Vanessa.
Entré al casino observando el bullicio, las luces parpadeantes y el sonido constante de las máquinas. Era como entrar a otro mundo. Caminé directo al camerino, dejé mis bolsos en un rincón, y me coloqué el delantal: el uniforme que todas las chicas usábamos aqui. Frente al espejo, me maquillé con rapidez, dejando mi cabello largo recogido en una cola alta. Tomé mi recipiente metálico y coloqué dentro dos cajetillas de cigarrillos. Ya estaba lista.
Caminé sin prisa hacia el Gran Salón, donde una multitud de personas derrochaba sus riquezas sin remordimientos. Me habría encantado ser rica también... no para gastar sin sentido, sino para darle una vida digna a mi padre. Si mi madre estuviera viva, tal vez nada de esto sería necesario. Pero falleció hace más de un año, y con su partida llegaron las deudas. Todo recayó sobre mí. No tengo opción, más que quebrarme el lomo todos los días.
Trabajo por las mañanas en un pequeño cafetín y por las noches en este casino. Mi novio me ayudó a conseguir este empleo. Apenas llevo unos días, pero siento que me ahogo con cada olor a cigarro, con cada mirada lasciva de los hombres. Y aun así, tengo que aguantar. La paga es buena, incluso las propinas son generosas. A veces llego a hacer hasta 300 dólares en una noche.
Camino entre las mesas y ya siento algunas miradas clavadas en mí, pero las ignoro. Algunas compañeras incluso me miran mal, les molesta que los clientes se acerquen solo a mí para pedirme monedas. Uno de ellos me llama con un gesto de su dedo.
-Por favor, quiero jugar mil monedas -me dice.
-Claro que sí, enseguida se las genero -le respondo, amable.
Me entrega los mil córdobas. Los convierto en fichas y las coloco en su recipiente. Pero justo cuando estoy por retirarme, su mano aprieta mis dedos.
-Gracias, belleza -dice, con una sonrisa repugnante.
Me suelto con cuidado y continúo mi recorrido entre el ruido, las luces, el humo. El cansancio del cafetín empieza a pesarme, pero no hay de otra. Esto o seguir deambulando sin encontrar un trabajo decente. Nunca pude terminar la universidad, no por falta de ganas, sino de dinero. Me habría encantado estudiar y dedicarme a algo más... algo que no fuera esto. Pero debo mantener a mi padre. No hay escapatoria.
-¡Ves tú! Me diste suerte -escucho que decir al hombre, cuando estoy cerca de él, luego me entrega una propina de treinta dólares.
-Muchas gracias -respondo, agradecida.
Continúo caminando entre las mesas. Algunas chicas coquetean con los clientes. Yo no soy así. Tengo novio. Y, para colmo, lo veo en una esquina, sonriendo mientras un tipo le ofrece una bebida. Frunzo el ceño. ¿Por qué acepta cualquier cosa? Me incomoda... pero no digo nada. Sigo mi camino, hasta que, sin querer, choco con alguien.
Alzo la vista.
Un hombre alto me observa. Su mirada es intensa y seria. La tenue luz roja del salón apenas me deja distinguir su rostro, pero su presencia es imposible de ignorar. Me mira un instante y luego ladea la cabeza.
-¿Acaso estás ciega? -pregunta, con voz firme.
Retrocedo un paso, incómoda.
-Discúlpeme... -murmuro.
Pero se interpone en mi camino otra vez. Sonríe de lado.
-Quiero jugar. ¿Tienes monedas?
-Sí, señor, tengo monedas.
-Búscame una máquina. ¿Cuál crees tú que sea la mejor?
-No lo sé, señor... pero quizás la del medio.
-Si gano esta noche, te daré una buena propina. Y si pierdo... ¿cómo me las vas a pagar?
-No entiendo a qué se refiere, señor -le digo, nerviosa.
Se acerca un poco más. Mi pulso se acelera. Su colonia es intensa... masculina, exquisita.
-Si pierdo, no te preocupes. No pasa nada -dice, bajando el tono-. Y si gano... te daré las quinientas monedas que prometí. Y algo más.
-¿Algo más?
Saca la lengua con picardía y me pide que lo acompañe. Lo sigo hasta la máquina del centro. Le cambio 2000 córdobas en monedas. Me sorprende.
-Voy a jugar todo esto. Quiero sacar mil más. Si lo logro, te daré quinientas monedas. Es un reto. Pero si no gano... igual te daré algo. No te preocupes.
-Está bien, señor...
Me pide un cigarrillo. Lo saco con algo de nervios, pero él me indica que se lo ponga en la boca. Obedezco. Luego enciendo el encendedor y prendo el cigarro. Me dedica una sonrisa. Entonces lo veo bien, sus ojos... son de un verde profundo, provocativo, imposible de descifrar.
Empieza a jugar, moviendo los dedos con agilidad sobre los botones. De pronto, la máquina lanza tres veces el número siete. Mis ojos se abren de par en par.
El sonido de las monedas cayendo es como música.
-Me diste suerte, Rosabella-susurra, mientras me entrega la bandeja llena de monedas.
Ese apodo... me deja helada y, al mismo tiempo, me ruboriza.
Cruzo las monedas al cajero. Él continúa jugando. De vez en cuando me mira, como si pudiera leerme los pensamientos.
-¿Va a seguir jugando? -le pregunto.
-Claro que seguiré. Esta noche no pienso perder. No con una mujer tan bella como tú cerca. Quizás seas mi amuleto.
-Seguramente no soy yo... pero suerte no le falta.
-Podría ser que sí lo seas. Y si no, igual no me arrepiento de tenerte aquí.
Empieza a beber mientras juega. Yo permanezco de pie, sintiendo que mis piernas ya no me sostienen. El cuerpo me pesa. Cierro los ojos solo un instante.
-¿Te estás durmiendo? ¿Te aburre estar de pie en tu trabajo?
-No, señor. Claro que no -respondo rápido.
-Bebe conmigo.
-No puedo, estoy trabajando...
-Es una orden.
-Lo siento, señor... no puedo.
Él deja de jugar y me mira fijamente. Una mirada que me atraviesa, como si quisiera entender todo lo que escondo... o desnudar mi alma sin tocarla.
Después de varios minutos, vi que uno de los meseros se acercaba. El hombre que juega al parecer es muy conocido aqui, con una señal le indicó que dejara una silla. Me sorprendí cuando todos comenzaron a mirarme.
-Siéntate -ordenó el hombre, con un tono autoritario.
-Estoy en mi trabajo... -intenté decir.
-He dicho que te sientes -repitió, ahora con voz más firme, como si no aceptara una negativa.
No tuve opción. Me senté, no sabía si era por pena o por miedo a que me echaran por desobedecer a un cliente que, claramente, tenía mucho dinero.
-Ya que no quieres beber alcohol, al menos toma algo para refrescarte -mencionó sin dejar de ver la máquina.
Acepté la bebida. Vi cómo se acomodaba su camisa, subía las mangas y quedé sorprendida al ver la cantidad de tatuajes que tenía en los brazos, incluso en los dedos. Seguía jugando mientras yo bebía lentamente. Luego me pidió que cambiara las monedas nuevamente. Me levanté, lo hice y se las entregué. Creo que habían pasado ya más de tres horas, y honestamente sentía que ese hombre se había ganado la lotería.
Cuando terminó su juego, se acercó a mí. Instintivamente quise retroceder, pero no tenía a dónde ir.
-Gracias por esta noche. Toma, esto es tuyo -me dijo, entregándome los quinientos dólares que me había prometido-. Regresaré -añadió, me guiñó el ojo y se dirigió a la caja para pagar.
Solté un suspiro al verlo marcharse, y justo en ese momento una de las chicas del lugar se acercó a mí.
-¿Qué fue todo eso? -me preguntó, intrigada.
Encogí los hombros, aún en shock.
-No lo sé...
-¡Vanessa!- Giro al ver que me llamaron desde la zona de supervisión. Me acerqué algo nerviosa, pensando que me iban a reprender por haber estado sentada tanto tiempo.
-Sí, señor...
-Tienes dos horas libres.
-¿Cómo así?
-Si quieres puedes descansar o terminar antes de las dos horas e irte. Pero tú solo obedeces, ¿verdad?
Me quedé mirando en dirección a donde el hombre había ido. A lo lejos, lo vi de pie, con una rosa en una mano y levantando el dedo en señal de despedida. Me guiñó el ojo antes de salir por las grandes puertas. ¿Qué fue eso? ¿Qué habrá hecho ese hombre?
-Está bien, muchas gracias. Voy a tratar de terminar antes de las dos horas para irme.
-Perfecto. Gracias a ti, ese hombre dejó una buena propina.
-De verdad.
-¿Así es? Así que, ¡aprovéchalo!
Volví a mi rutina, y poco después, vi que mi novio se acercaba.
-Veo que te han dado buena propina -dijo con una media sonrisa.
-¿Cómo lo sabes?
-Ese hombre que se acaba de ir viene frecuentemente a este lugar y tú fuiste la primera con la que entabló conversación. Te estuve observando.
-¿Estás celoso? -pregunté en broma.
-No, tranquila... ¿Cuánto te dio?
-Bueno... quinientos dólares.
-¡Wow, mi amor! Qué bueno. Y eso que no hiciste nada...
-¿Cómo que no hice nada? - pregunté elevando las cejas.
-¿Será que me puedes prestar algo para hoy? Tengo que pagar unas cosas. Mi amor, se agradecida conmigo, ¿sí?
-Está bien, te puedo prestar treinta. ¿Te parece?
-Es muy poco...
-Es lo que tengo. Esos quinientos son para mi padre y sus medicamentos.
-Bueno... acepto los treinta, por lo menos para el Driver.
Me dio un beso en los labios y luego se alejó con los treinta dólares. Lo observé mientras caminaba hacia una de las maquinitas. Lo vi producir diseños y sentí una duda en el pecho. Quise acercarme a preguntarle qué haría, pero una de las chicas se me adelantó.
-Veo que coqueteaste muy bien con ese hombre. Casi no platica con nadie.
-¿A qué te refieres?
-¿Qué hiciste para que tuviera toda tu atención?
-Lo siento, no sé a qué te refieres. Solo estaba haciendo mi trabajo.
-¿Sabes cuántas de nosotras quisiéramos estar cerca de él?
-¿Qué quieres decir?
-Fuiste la primera mujer con quien conversó. Hasta te consiguió una silla, te dio de beber, y encima te dio quinientos dólares. Ese hombre viene aquí seguido y no le habla a nadie. Es muy serio, no le gusta que nadie se le acerque, ni siquiera las mujeres. ¿Te imaginas? ¿Será que tienes algún hechizo que nos puedas pasar para conquistar así a un poderoso?
-Claro que no... No sé a qué te refieres.
Rodé los ojos, molesta, y comencé a recoger cajetillas de cigarros vacías.
-Dime, ¿te pidió que te acostaras con él?
Me quedé de pie, congelada.
-¿Cómo puedes decir eso? Cualquiera que te escuche va a pensar que sí lo hice.
-Tranquila... ¿Tu novio no se molestó al verte con ese hombre tan misterioso?
-¿A qué te refieres?
-A que también le gusta coquetear con mujeres adultas...
-¿Estás hablando en serio?
-Solo obsérvalo. Pero no ahora, ya está jugando. Ay... si quieres, quédate ciega.
-¿Qué dijiste?
-Nada, nada. Aprovecha tus dos horas. Suerte con ese riquillo. La próxima vez, haz algo para que nosotras también podamos acercarnos a él.
-Lidia, por favor...
-Bueno, hasta luego Vanessa. Yo seguiré buscando quién me dé propina. Como tú ya tienes mucha, me imagino que no te interesan los clientes. Así que déjamelos a mí. Chao.
Solté un bufido, molesta, y seguí con mi trabajo. Al terminar mi ronda, entré al camerino. Quise hablar con Daniel, pero lo dejé así. Seguramente estaba jugando. Tal vez trataba de conseguir dinero, ya que no le presté más. ¿Sería buena idea? Pero él sabe que necesito ese dinero. Por el momento, no puedo prestarle nada más.
Terminé todo, me cambié. Me puse mis jeans rasgados, una camiseta sencilla, colgué mi bolso al hombro y decidí irme. Quise escribirle a mi novio, pero lo vi platicando con unos clientes. Quizás era mejor no interrumpirlo.
Salí del casino y esperé poder conseguir un Driver. Mientras escribía, caminaba rápidamente hacia la entrada. Había mucho movimiento: autos lujosos en fila, motocicletas... y por no estar viendo bien, choqué con alguien otra vez.
Estuve a punto de resbalar, pero sentí unas manos fuertes sujetarme de la cintura y atraerme contra un cuerpo. Me asusté, y rápidamente intenté alejarme, pero al ver quién era, me quedé de piedra.
Era él.
El mismo hombre intimidante que había estado jugando hace más de una hora.
-Hola, Rosabella -dijo, con una voz profunda.
Abrí los ojos con sorpresa. ¿Rosabella? ¿Qué hace aquí este tipo?
-Disculpe -dije nerviosa.
-Te estuve esperando -susurró acercándose a mí.
Sentí que mi piel se erizaba por completo.
¿Qué le pasa a este loco? ¿Por qué estaba esperándome? ¿Qué quiere conmigo?
Vanessa
Aceleré el paso alejándome de ese hombre, con el corazón latiéndome con fuerza. El miedo me tenía atrapada y solo quería encontrar un driver que me llevara a casa cuanto antes. Sentía que él me seguía y, justo cuando iba a sacar el celular para pedir el servicio, una mano me detuvo por el brazo. Me giré bruscamente, con la intención de gritar, pero su mirada intensa me paralizó.
-¿Para qué gritar si nadie hará nada? -murmuró, frunciendo el ceño y clavando sus ojos oscuros en los míos.
Miré a mi alrededor. Gente pasaba, pero nadie se detenía. Era como si fuéramos invisibles.
-¿Qué quiere? -pregunté, nerviosa, intentando mantener la voz firme.
-Llevarte en mi moto.
Lo miré incrédula y molesta. Intenté soltarme, pero volvió a sujetarme, esta vez con más firmeza, y me guió hacia una imponente motocicleta negra, como sacada de una película de acción. Mi instinto me gritaba que saliera corriendo, pero algo en él, quizás su seguridad o el tono autoritario de su voz, me mantenía clavada en el lugar.
-Súbete. Voy a llevarte a tu casa. ¿De verdad crees que algún driver o taxi se va a detener por ti a esta hora? -dijo con tono desafiante.
-No me iré con usted, no lo conozco.
-Cállate y obedece. No me gusta que una mujer rechace lo que digo. Aunque... creo que eres la primera a la que le pido esto.
-¿A qué se refiere?
-A que me quedé esperándote dos horas - afirmo, cruzando los brazos con molestia-. Dos horas de mi valioso tiempo para llevarte sana y salva. ¿Y tú sigues dudando?
-No entiendo nada de lo que está hablando -respondí, dando un paso atrás, pero él volvió a acortar la distancia.
-No estoy aquí para hacerte daño. Solo quiero ayudarte. Sube de una vez, no me hagas perder más tiempo -gruñó. Su voz retumbó en mi pecho y por un segundo sentí miedo, pero también curiosidad. ¿Quién era este hombre?
Finalmente, resignada y temblando, asentí levemente. Él se subió primero y luego, con cierta dificultad, me subí detrás de él. Me ofreció un casco. Me lo puse obediente. Luego me sujeté de su cintura, aunque mis manos eran tan pequeñas que apenas podía rodearlo.
-Sujétate fuerte -gritó antes de arrancar la moto.
Sentí un escalofrío recorrer mi espalda. El viento helado golpeaba mi rostro con fuerza mientras la moto avanzaba veloz por la carretera. Me acerqué más a él, apretando mis manos con fuerza contra su abdomen firme y musculoso. Rogué en silencio que me llevara sana a casa. No sabía quién era ni qué buscaba, pero por alguna razón, le creí, quizá solo de verdad trabaja de ayudarme. Pero se nota que es algún riquillo con aspecto de delincuente que frecuenta el casino.
-Estoy en la avenida quinta, cerca del parque... -le dije casi gritando por el ruido del viento.
-No te preocupes. Yo te llevo -respondió con seguridad.
El frío se volvió insoportable, calando en mis huesos. De pronto, detuvo la moto al borde de la carretera.
-¿Qué hace? ¿Por qué se detiene? -pregunté asustada.
-Cállate -vociferó, mirándome con molestia.
Se quitó el chaleco de cuero y, sin decir más, me lo colocó sobre los hombros.
-Ya no tendrás frío. Estás tiritando. Flaca como estás, no aguantas este clima. Ahora sí... vamos.
Volvió a arrancar y me sujeté con fuerza. Finalmente, al ver que tomaba la ruta correcta hacia mi casa, me sentí un poco más tranquila.
Entramos a mi calle.
-¿Dónde vives?
-Allí -señalé con un gesto, aún desconfiada.
-Gracias, desconocido -murmuré.
-Me llamo Dorian. Dorian Meissner -respondió, sonriendo de lado.
-Gracias, señor Dorian Meissner.
-Para ti, soy solo Dorian -corrigió.
-¿Qué le pasa a usted? -respondí molesta.
-Por lo menos di gracias por el aventón.
-No se lo pedí señor.
-Gracias por dejar que te llevara, Vanessa -dijo, burlón-. ¿Puedo pasar?
-No. No se puede -respondí de inmediato. ¿Pero cómo sabe mi nombre?
-¿Por qué no puedo pasar? Y tú nombre, lo escuché en el casino.
-Eso suena rara y no puede entrar ya es muy tarde-contesté, cada vez más molesta.
Se bajó de la moto y guardó las llaves en su bolsillo.
-¿Qué le parece si al menos me regalas un vaso de agua? Después de todo, te traje con bien.
Bufé, rodando los ojos, pero asentí. Entré a casa y él vino detrás. Rápidamente agarré un cuchillo de la cocina y lo apunté.
-Aunque me apuntes con eso, no te haré daño -dijo con calma-. Si quisiera, ya lo habría hecho.
Se levantó la camiseta y me mostró lo que llevaba: una pistola y una navaja enfundada.
-¿Es usted mafioso? ¿Un ladrón?
-¿Tú crees que un ladrón se vestiría así? -respondió señalando su ropa elegante, los anillos de oro y un reloj que parecía costar más que mi casa entera.
Le serví el vaso de agua, aún desconfiando.
-Vives mal -comentó mirando alrededor-. Deberías desear una vida mejor.
-Prefiero vivir tranquila. Nunca tendré riqueza.
-¿Y quién dice que no se puede tener ambas? -preguntó, alzando una ceja.
-¿A qué se refiere?
-¿Con quién vives?
-Buenas noches -dijo de pronto la voz de mi padre, que salió con su bastón en mano.
-¿Padre, que haces despierto esta hora?
-¿Hija? ¿Quién trajiste? ¿Tu novio?
-No, papá -respondí, avergonzada-. Solo es un driver.
-¿Un driver tan elegante?
-Solo me pidió agua.
-Buenas noches, señor, debo irme - Mencionó entregandome el vaso.
-Gracias por traer a mi hija.
-No es nada, señor. Buenas noches... Rosabella.
Otra vez con ese nombre. Me incomodó. Me miró, guiñó un ojo y salió por la puerta.
-¿Quién era ese hombre? -insistió mi padre.
-Un conocido. No quiero hablar de eso ahora, por favor ya es tarde, deberías estar dormido.
Mi padre asintió y yo solo cerré con seguridad.
Subí a mi cuarto, cerré la puerta y me asomé por la ventana. Ahí estaba él. Aún me observaba. ¿Por qué? ¿Qué quería realmente? ¿Por qué me había estado esperando en el casino, que buscara en mi?
Demasiadas preguntas se agolpaban en mi mente. Y ninguna respuesta a la vista. Solo una extraña sensación... solo espero que ese desconocido no quiera seguir fastiandome.
Dorian
Cuando llego a casa, lo primero que me recibe no es el silencio, tampoco el frío ni la oscuridad. No. Es él.
-¿Quién más podría estar tan feliz de verme a las tres de la mañana como tú, eh, Nox? - vociferó con sarcasmo mientras me agacho a acariciarlo.
Mi perro, un doberman negro como la maldita noche, se abalanza sobre mí moviendo la cola. Le puse Nox por simple ironía, por cómo todos creen que soy el diablo de la noche encarnado. Qué dramáticos. Yo solo hago lo que muchos no se atreven: tomar lo que quiero y destruir lo que estorba. Nada más.
Entro a casa. Mi madre no está en la sala como de costumbre. Raro. Siempre espera despierta, a pesar de mis miles de veces diciéndole que deje de hacerlo. Ya no soy el niño que necesitaba su protección. Ese mocoso murió hace años, el día que aprendí que la compasión no sirve de escudo.
Soy un hombre. Un cabrón hecho y derecho. Capaz de todo. Cruel, calculador y sin miedo.
Bueno... sólo le temo a uno: el de allá arriba. Dios.
Sí, soy un mafioso, lleno de pecados y monstruosidades, pero la fe... esa no la pierdo. Porque cuando el infierno se desate, más me vale tener una carta bajo la manga.
Subo a mi habitación. Me quito la camisa, dejo los zapatos tirados y me meto a la ducha. El agua fría cae sobre mí, como si intentara apagar el fuego que esa mujer ha encendido en mi cabeza.
Ella.
Esos ojos... ese cabello oscuro que me recuerda al lado más adictivo de la noche.
Maldita sea. No puedo sacarla de mi cabeza.
Y no, no me importa que me haya rechazado.
¿Desde cuándo el "no" de una mujer me ha detenido?
Cuando quiero algo, lo consigo. A como dé lugar.
Escuché que tiene novio. Daniel Carballo.
Un imbécil de cuarta que se cree hombre por manejar un club barato y jugar a ser importante. Pero eso, ella no lo sabe del todo, el idiota también trabaja en mi club y maneja el suyo a clandestina.
Si cree que puede cuidarla...
Bueno, que se prepare para perderla. Porque cuando Dorian Meissner pone los ojos en algo, lo arranca de raíz. Con o sin espinas.
Salgo de la ducha, me envuelvo con una toalla y camino a mi pequeña sala personal. Sirvo un coñac, agarro un caramelo de goma y lo mastico como si fuera la calma que precede a la tormenta. Me dejo caer en mi silla giratoria y miro el techo.
-Vanessa Karisa Logan -susurro con media sonrisa. Qué nombre tan delicioso. Tan único como ella.
Esa mujer entró por mis ojos y ahora no puedo, ni quiero, sacarla.
Mañana por la noche haré mi jugada. Y la voy a conquistar. A mi manera.
Si tengo que jugar sucio, lo haré.
Porque cuando quiero una rosa, no me importan las espinas. Las arranco, una por una.
Me lanzo a la cama con esa imagen en la mente. Es tiempo de descansar. Se vienen días interesantes.
🌹🌹🌹
Ya estoy en una de mis tantas empresas. Esta, en particular, es donde manejo las carreras clandestinas de motocicletas.
Los que corren bien, se llevan mucho dinero. Los que no... bueno, que se preparen para besar el pavimento.
También tengo empresas de autos, bares, clubes nocturnos y casinos.
Ah, los casinos...
Aún nadie sabe que soy el verdadero dueño de los más importantes del país.
Y así quiero que siga.
Prefiero trabajar en las sombras, dejar que los idiotas crean que mandan. Así descubro a los traidores.
Y los traidores, no tienen segundas oportunidades.
La traición, para mí, se paga con sangre.
Mis hombres están tomando fotos de las motos, las piezas nuevas, todo lo que se necesita para la próxima carrera ilegal. Los demás del grupo Los centellas harán su entrada este fin de semana y mi cuadrilla los Shadow Races seremos los ganadores y ganaremos muchos dolares.
Un poco de dinero a los oficiales de la zona, y asunto resuelto.
Aquí no hay obstáculos. Solo billetes malgastados y adrenalina.
Termino de firmar unos papeles, autorizo la salida de motos a algunos corredores, y bajo al vestíbulo.
Salgo al estacionamiento privado, donde mi más reciente adquisición me espera:
un Lamborghini Revuelto 2025 pintura negra mate, vidrios polarizados, motor rugiente como un león enjaulado.
Hermoso. Letal. Como yo.
Subo, prendo el motor, y antes de avanzar, mi teléfono suena.
El dective más rápido me esta llamando.
-Dígame.
-Señor Meissner, ya tengo la información de la muchacha.
-Habla.
-Trabaja en un cafetín en Las Brisas. Su nombre completo es Vanessa Karisa Logan. Su madre falleció hace dos años, su padre está enfermo, y efectivamente, Daniel Carballo es su pareja. Él le consiguió trabajo en el casino Meissner.
-¿Edad?
-Aproximadamente veinte años.
-Interesante... ¿Y del otro asunto que te pedí?
-Ningún rastro del hombre. Seguimos buscando.
-Perfecto. Manda la dirección del cafetín a mi WhatsApp.
-Ya mismo, señor Meissner.
-Muy bien.
Cuelgo la llamada.
Y sonrío.
-Mi Rosabella... -susurro con voz grave-. Voy a hacerte una pequeña visita.
Acelero el Lamborghini, dejando atrás mi empresa mientras el rugido del motor avisa que el cazador ha salido.
Mi objetivo ahora tiene nombre y apellido.
Vanessa Logan.
Y cuando yo decido que algo es mío...
No hay nadie, absolutamente nadie, que pueda detenerme.