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La Esposa Despreciada

La Esposa Despreciada

Autor: : S. Mejia
Género: Romance
Catalina Rivas dedicó cinco años a un matrimonio vacío con Leonard Halsten, el CEO más temido del país. Él la veía como un estorbo, una obligación, y nunca se molestó en conocerla. Cuando al fin consigue deshacerse de ella, cree que todo ha terminado. Pero Catalina regresa con una nueva identidad, convertida en la directora de una compañía rival y respaldada por un grupo empresarial que busca derribar a Leonard. Ahora es fuerte, imparable y hermosa... y él comienza a desear lo que una vez despreció. Pero Catalina guarda un secreto que puede cambiarlo todo: el hijo que él nunca supo que existía.

Capítulo 1 El Frío Final

La lluvia golpeaba los ventanales de la enorme mansión Halsten como pequeños alfileres de hielo. El invierno había llegado temprano ese año, como si incluso el clima quisiera anunciar el final de algo importante.

Catalina Rivas estaba de pie junto a la chimenea encendida, observando las llamas danzar mientras sentía el calor rozar su rostro. A sus espaldas, los pasos firmes de Leonard Halsten rompieron el silencio de la sala. Ella no se giró. Ya no esperaba nada de él.

-Has llamado a mi oficina -dijo Leonard con voz grave y distante, desabrochándose el abrigo negro antes de dejarlo caer sobre uno de los sillones de cuero.

Catalina cerró los ojos un instante, respirando hondo. Cada encuentro entre ellos en los últimos meses había sido igual: formal, frío, carente de cualquier rastro de los votos que alguna vez pronunciaron.

-Necesitamos hablar -respondió ella con voz serena, controlada.

Leonard caminó hasta el minibar y sirvió whisky en un vaso de cristal. Movía los dedos con elegancia, como quien domina cada detalle de su vida. Catalina lo observó de reojo; incluso en su indiferencia, él seguía siendo imponente. Traje a medida, cabello oscuro perfectamente peinado, mandíbula fuerte, y esos ojos grises que en el pasado supieron desarmarla... y que ahora la atravesaban sin verla.

-Siempre necesitamos hablar, Catalina. Pero tú y yo sabemos que ya no queda mucho de qué hablar -bebió un sorbo, luego giró para mirarla directamente-. Si es otro intento de reconciliación, ahorrémonos el discurso.

Las palabras cayeron como cuchillas. Catalina apretó los puños junto al cuerpo. No era la primera vez que él la reducía a una simple molestia. Cinco años de matrimonio, y jamás se permitió conocerla realmente.

-No vengo a pedir reconciliación -le sostuvo la mirada con firmeza-. Vengo a darte lo que has estado esperando.

Leonard alzó una ceja, ligeramente interesado. Caminó hacia el escritorio de roble y se sentó, dejando el vaso sobre el posavasos de cuero. Sus ojos, fríos, evaluaban cada movimiento de ella.

-¿Y qué es lo que, según tú, he estado esperando?

Catalina abrió su bolso de mano y sacó un sobre manila, que colocó sobre el escritorio. Leonard lo tomó con rapidez, lo abrió y revisó los papeles.

El silencio se extendió unos segundos.

-¿El divorcio? -preguntó sin emoción.

-El divorcio -confirmó Catalina, firme-. Firmado. He renunciado a cualquier reclamo económico. No quiero tu dinero, Leonard. Nunca lo quise.

Leonard dejó los papeles a un lado, con un gesto apenas perceptible de sorpresa. No era lo que esperaba. Quizá había pensado que ella intentaría obtener una compensación, o prolongar el proceso para fastidiarlo. Pero no. Catalina se lo estaba poniendo demasiado fácil.

-Al fin -murmuró, bebiendo otro trago de whisky-. Me sorprende, debo admitirlo. Por un momento pensé que seguirías aferrándote a esta farsa.

Catalina sintió el nudo en la garganta, pero lo tragó con orgullo. No le daría el placer de verla derrumbarse.

-Nunca me aferré a ti, Leonard. Me aferré a la esperanza de que, algún día, serías el hombre que prometiste ser.

-Las promesas son palabras, Catalina. Negocios. Como todo lo demás.

Ella lo miró en silencio, con una mezcla de tristeza y dignidad.

-Espero que encuentres lo que buscas -dijo finalmente.

-Ya lo tengo -respondió él con frialdad, levantándose-. Libertad.

Catalina asintió. Ya no había más que decir. Tomó su bolso, giró sobre sus tacones y caminó hacia la puerta. Pero antes de salir, se detuvo por última vez.

-Algún día, Leonard Halsten... desearás aquello que desprecias hoy -susurró sin mirarlo, y salió.

Leonard quedó de pie, solo en aquella sala lujosa, mirando la puerta cerrarse lentamente. El eco de sus palabras quedó suspendido en el aire como una amenaza vaga, pero no pudo evitar sentir un leve escalofrío.

Él creyó que todo había terminado.

Pero apenas estaba comenzando.

Capítulo 2 Humillación pública

Dos semanas después del divorcio, Catalina creyó que lo peor ya había quedado atrás. Había firmado los papeles, había empacado sus cosas y, por primera vez en años, dormía sin el peso del nombre Halsten sobre sus hombros.

Pero Leonard no era un hombre que dejara asuntos inconclusos sin añadir su toque final.

La gala anual de la Fundación Halsten era uno de los eventos más exclusivos del país. Reunía a empresarios, políticos, celebridades y a la élite financiera que orbitaba alrededor del poderoso imperio Halsten Corp. Catalina había planeado no asistir este año, pero la invitación llegó de forma inesperada. No solo con su nombre de soltera, sino acompañada de un elegante mensaje:

"Sería un gesto elegante despedirte de la sociedad que tanto te acogió. Nos vemos allí. - Leonard."

Era una trampa. Y ella lo sabía.

-No tienes que ir, Catalina -le advirtió Sofía, su mejor amiga, mientras la ayudaba a ajustarse el vestido negro ceñido al cuerpo-. Ese hombre solo quiere herirte otra vez.

-Justamente por eso debo ir -respondió Catalina, levantando la barbilla-. Esta será la última vez que juegue su juego. Después de esta noche, no volveré a ser su sombra.

Su reflejo en el espejo la sorprendía incluso a sí misma. Había perdido el brillo inocente de la mujer que entró a ese matrimonio cinco años atrás. Ahora sus ojos eran más fríos, su postura más firme, su belleza más sofisticada.

Era una mujer que ya no pertenecía a Leonard Halsten.

La gran sala del Hotel Imperial resplandecía bajo las lámparas de cristal. Los flashes de los fotógrafos iluminaban la alfombra roja mientras los invitados llegaban uno tras otro. Las cámaras captaban cada detalle para los titulares del día siguiente.

Cuando Catalina apareció en la entrada, un murmullo recorrió a los presentes como una ola silenciosa.

-¿Es ella?

-La ex señora Halsten...

-Pero... ¡está deslumbrante!

Catalina avanzó con paso seguro, ignorando las miradas curiosas, los cuchicheos venenosos y las sonrisas falsas. Sabía que, para muchos de los presentes, ella era ahora poco más que un capítulo cerrado.

Pero no para Leonard.

Él la esperaba al fondo del salón, conversando con algunos socios. Al verla, sus ojos grises la recorrieron lentamente. Sonrió, esa sonrisa arrogante que Catalina conocía tan bien: la sonrisa de un hombre que se siente superior.

Ella le sostuvo la mirada mientras se acercaba. Un mesero apareció a su lado ofreciéndole una copa de champán. Catalina la tomó con elegancia.

-Catalina -saludó Leonard, modulando la voz para que todos pudieran escucharlo-. Me alegra que hayas aceptado la invitación. Te ves... renovada.

-Gracias, Leonard -respondió ella, sonriendo sin mostrar los dientes-. Tú también pareces disfrutar de tu recién adquirida "libertad".

Alrededor, varios empresarios forzaban sonrisas mientras observaban el cruce con disimulada curiosidad.

Leonard, siempre maestro de las apariencias, se inclinó levemente hacia ella, bajando el tono pero manteniendo su cruel intención.

-Espero que la soledad no haya sido demasiado dura estos días -susurró-. Supongo que ya no es tan fácil vivir sin el apellido Halsten, ¿verdad? Sin mis contactos. Sin mis recursos.

Catalina apretó la copa con más fuerza, pero no desvió la mirada.

-Nunca dependí de tu nombre, Leonard. Solo tú necesitas sentir que eres indispensable.

-Oh, querida -se irguió, alzando la voz deliberadamente para que el grupo cercano los escuchara-. Pero todos sabemos que, durante cinco años, lo único que te sostuvo fue la caridad de este matrimonio. Fuiste un lindo adorno, Catalina. Pero los adornos, cuando se desgastan, se reemplazan.

Una risa forzada brotó de algunos invitados. Catalina sintió el calor subirle por el cuello, pero mantuvo su expresión intacta.

No le daría el placer de verla derrumbarse.

-Es curioso -respondió con calma venenosa-. Porque a veces los adornos terminan valiendo más cuando dejan de estar al alcance de quien los despreció.

La frase flotó en el aire unos segundos, cortante, mientras algunos asistentes se removían incómodos. Leonard la observó con los ojos entrecerrados.

-Disfruta la velada, Catalina -replicó finalmente, sonriendo con una frialdad escalofriante-. Seguro alguien se apiadará y te ofrecerá algún trabajo... después de todo, la vida de exesposa es bastante... solitaria.

Dicho eso, Leonard se giró hacia su grupo de inversionistas, dejándola allí, bajo la mirada inquisitiva de toda la sala.

Catalina tragó el nudo que amenazaba con asfixiarla y giró sobre sus talones. Caminó hacia la terraza exterior, donde la música apenas se oía y la brisa helada la golpeaba. Solo entonces permitió que las lágrimas asomaran, pero no cayeron.

-No más, Catalina -se susurró a sí misma-. No más lágrimas por ese hombre.

Desde un rincón apartado, una figura la observaba atentamente. Un hombre de porte elegante, con ojos calculadores. No pertenecía al círculo de Leonard, pero había puesto sus ojos en ella esa noche.

Su nombre aún no importaba.

Pero pronto, sería pieza clave en el nuevo juego que Catalina estaba por iniciar.

El juego donde Leonard Halsten aprendería que la mujer que una vez humilló... sería quien lo destruyera.

Capítulo 3 La firma

El despacho de los abogados de Halsten Corp era frío y aséptico, como si la calidez estuviera prohibida en aquellas paredes de mármol blanco y cristal impecable. Catalina observaba su reflejo en el ventanal mientras las agujas del reloj avanzaban con un ritmo irritante.

Había llegado puntual, como siempre. Leonard, como de costumbre, la hacía esperar.

Cada minuto que pasaba no era solo una falta de respeto; era un mensaje claro: "Yo marco los tiempos. Tú esperas."

Catalina entrelazó los dedos sobre su regazo, esforzándose por mantener la compostura. Ya había llorado demasiado. Ya se había permitido demasiada debilidad. Hoy no. Hoy sería el final.

La puerta de madera se abrió con suavidad. Leonard entró, impecable como siempre, acompañado de su abogado personal, el señor Whitaker, un hombre de rostro inexpresivo y traje oscuro. Detrás de Catalina estaba su propia representante legal, la joven abogada Laura Montenegro, quien, aunque eficiente, no podía ocultar su incomodidad frente al peso de los Halsten.

-Señor Halsten, señora Rivas -saludó Whitaker, acomodándose en su asiento-. Creo que podemos proceder.

Leonard no dijo nada. Apenas le dirigió una mirada fugaz a Catalina antes de sentarse con su habitual elegancia. Sacó su pluma estilográfica del bolsillo interior de su chaqueta, la hizo girar entre los dedos y la dejó reposar sobre el contrato.

El documento del divorcio ocupaba gran parte de la mesa de roble. Varias páginas de cláusulas, acuerdos y condiciones, la mayoría de las cuales ya estaban previamente discutidas. Catalina había sido clara desde el inicio: no quería dinero, no quería propiedades, no quería pensiones. Solo quería libertad.

Laura aclaró la garganta con sutileza.

-Todas las condiciones están tal como se acordaron. La señora Rivas ha renunciado a cualquier compensación económica o participación en los activos de Halsten Corp. Solo resta la firma de ambas partes.

Leonard sonrió levemente, sin mirar a Catalina.

-Qué generosa decisión -comentó con ironía-. Muy pocas mujeres renunciarían a la oportunidad de quedarse con una parte del imperio Halsten. Me sorprendes, Catalina.

Ella levantó la vista, clavando sus ojos oscuros en los de él.

-No vine a esta firma a sorprenderte, Leonard. Vine a cerrarla. Quiero terminar con esto de una vez.

Leonard tomó la pluma con una lentitud casi teatral, hojeó rápidamente los documentos, como si realmente necesitara revisarlos otra vez, y firmó en los espacios indicados. Sus movimientos eran precisos, calculados. Un simple trámite más.

Cuando terminó, empujó los papeles hacia Catalina.

-Tu turno -le dijo con ese tono neutro que tanto la irritaba, como si ella fuera apenas un trámite más en su vida.

Catalina respiró hondo. Sus dedos se deslizaron firmes sobre la pluma. Su firma, ahora solo "Catalina Rivas", ocupó cada línea como un acto de liberación. Cuando firmó el último documento, soltó lentamente el bolígrafo y se recostó hacia atrás.

El silencio se volvió espeso.

Leonard la observó por unos segundos. Catalina notó cómo sus ojos la recorrían una vez más, como si intentara leer algo detrás de su rostro inmutable. Pero no dijo nada.

Fue Whitaker quien rompió la tensión.

-Perfecto. Los documentos quedarán registrados de inmediato. El divorcio será efectivo en las próximas horas.

Catalina asintió.

Laura comenzó a recoger sus papeles, pero antes de levantarse, Catalina volvió a mirar a Leonard, esta vez con una extraña calma.

-Espero que, al menos, encuentres la paz que crees que te mereces -le dijo en voz baja, pero firme.

Leonard ladeó la cabeza, como si no pudiera evitar provocarla una vez más.

-La paz siempre ha estado de mi lado, Catalina. Tú eras el caos en mi vida. Esto es... restablecer el equilibrio.

El caos.

Catalina apretó los labios un segundo, pero no cayó en el juego. Se levantó, recogió su bolso, y antes de salir, añadió:

-A veces el caos es lo único que te hace sentir vivo, Leonard. Tal vez algún día lo descubras... cuando ya sea demasiado tarde.

Cerró la puerta tras de sí sin esperar respuesta.

El eco de sus tacones resonó por el pasillo del bufete mientras caminaba hacia la salida. A medida que avanzaba, sentía una mezcla extraña de vacío y alivio. Como si hubiera arrancado finalmente una espina que llevaba clavada durante años.

Cuando llegó a la calle, respiró hondo. El aire fresco de la ciudad la envolvió. Su teléfono vibró dentro del bolso. Era un mensaje de Sofía:

"¿Todo bien? ¿Firmaste?"

Catalina escribió rápidamente:

"Sí. Se acabó."

Pero mientras guardaba el móvil, sus pensamientos eran otros.

No. Esto apenas comienza.

Leonard pensaba que ella era débil. Que su salida de ese matrimonio la dejaría reducida a la nada.

Lo que él no sabía era que Catalina Rivas había muerto en esa oficina.

Y quien había salido de allí... sería su peor pesadilla.

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