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La Flor del Magnate

La Flor del Magnate

Autor: : Hernando J. Mendoza
Género: Romance
Ha-na, una mujer coreana cuyos padres emigraron a América, enfrenta una pesadilla en lo que debería ser el día más feliz de su vida, cuando su prometido la deja plantada en el altar. En medio de su desesperación aparece Heinz Dietrich, un magnate arrogante, quien le roba un beso ante la multitud y se la lleva en brazos. Ahora, a pesar de su diferencia de edad y de su estatus social, Ha-na debe cumplir con un contrato olvidado: darle un beso diario, antes de medianoche. ¿Mantendrá su resentimiento hacia el amor o se rendirá a nuevos sentimientos por Heinz?

Capítulo 1 Prefacio: La verdad

La novia estaba en el cuarto de espera del hotel de eventos. Su padre estaba allí, junto a ella, aguardando el momento en que su prometido llegara al salón. Se suponía que el novio ya se debía encontrar en el sitio, esperándola en el altar. Ellos miraban la hora de forma constante en su reloj.

Ha-na, que, en kanji, significaba: "Flor", y, en hangeul: "La primera". Aunque tenía otras variedades. Ella era una mujer de treinta años, cuyos padres se habían mudado a América y se habían radicado allí. Había crecido en tierras extranjeras sin ningún inconveniente, adaptándose a la cultura y las tradiciones de ese lugar. Su papá era japonés, pero viajó a la península, y fue en Corea donde conoció a su madre surcoreana.

Ha-na llevaba puesto un maravilloso vestido de bodas blanco. Su figura era esbelta, delgada. El atuendo tenía un escote en su torso que le dejaba ver su piel blanca y sus huesos de la clavícula. Su rostro era fino y con su maquillaje, aparentaba menor edad de la que tenía, como si tuviera entre veinte o veinticinco. Era típico de las coreanas parecer más jóvenes. Su cabello liso y oscuro estaba recogido en un moño. En su cabeza había una tiara plateada que soportaba el velo que caía detrás de ella y que le ocultaba su rostro hermoso con sus facciones asiáticas.

En la sala principal había una mezcla de personas de oriente y de occidente. Ya llevaban esperando más de media hora. El prometido era el primero en llegar para recibir a la novia. Mas, no estaba allí y no había rastro de él por ningún lugar. El sacerdote aguardaba de forma impaciente. Los invitados, allegados y los familiares de ellos murmuraban entre ellos.

Ha-na recibió una llamada de su mejor amiga, la cual no había podido asistir, debido a que tuvo que viajar. Contestó de inmediato al tocar su móvil.

-Mi querida Ha-na -dijo Kate Williams-. ¿Cómo va tu matrimonio, cariño?

-Kate, Edward no llega. ¿Sabes qué le ha pasado? -preguntó Ha-na con un acento diferente, debido a sus raíces extranjeras. Ni siquiera en todos los años viviendo allí lo había perdido.

-Ve al salón principal, hay algo que debes ver -comentó Kate de manera sagaz.

Ha-na se puso de pie y salió del salón para ir al sitio principal. Allí había una enorme tela blanca, en la que apuntaba un proyector. Este de inmediato se incendió y comenzó una grabación. Era de noche, había música y varias personas.

-Edward, ¿mañana te vas a casar? -le preguntó Kate.

-Claro que no -respondió él, mientras sostenía un vaso de licor.

-¿Te gusta Ha-na? -preguntó Kate.

-No, sabes que no.

-Entonces, ¿por qué le propusiste matrimonio?

-En la universidad tú me hiciste la apuesta de enamorar a la china y de llevarla a la cama -respondió Edward sin ningún pudor-. Pero ella era difícil. Debido a sus creencias y tradiciones, no quería acostarse conmigo, a menos que me casara con ella.

-¿Y lo conseguiste? ¿Quitarle la virginidad? -preguntó Kate de forma astuta.

-Sí... Pero fue difícil. Solo una vez y al proponerle matrimonio fue que cedió -respondió Edward de manera vitoriosa y orgullosa.

-¿Quién te gusta? -preguntó Kate.

-Tú, cariño. -Edward la abrazó y le dio un beso ante la cámara.

Así, la grabación del vídeo terminó de proyectarse y comenzó a transmitirse una videollamada en vivo. Allí se mostraba a Kate bajo las sábanas blancas con el dorso de Edward que dormía de forma plácida a su lado.

-Me disculpo por el novio -dijo Kate con una expresión mordaz y tono burlesco-. Está cansado y creo que no podrá ir a la boda. Estuvimos ocupados toda la noche. Ya saben a qué me refiero. -Guiñó el ojo y lanzó un beso-. Esa es la verdad de todo este asunto. Chao... Feliz ceremonia a todos. Más a ti... Ha-na. Disfruta de la boda.

Ha-na percibió que el aire se volvía más denso con cada palabra que salía del altavoz. El mundo a su alrededor se desmoronaba en una realidad que nunca imaginó posible. Permaneció de pie frente al proyector, congelada como una estatua, mientras las imágenes se proyectaban con cruel claridad. Los comentarios, la risa y cada gesto de Edward la atravesaban como cuchillos afilados, desgarrando sus ilusiones y su corazón. No podía moverse, ni siquiera cuando las voces a su alrededor se transformaron en murmullos horrorizados y risas ahogadas. Su pecho ardió, acompañado de un dolor profundo y punzante, que la dejó sin aliento.

El silencio cayó con fuerza en la sala, uno que retumbaba en sus oídos con más violencia que cualquier grito. Apretó los puños, con sus uñas clavándose en la palma de sus manos. Dolía, pero nada comparado con la herida que sentía en su interior. Era como si todo lo que había construido, todo en lo que había creído, se desvaneciera en un instante. Edward, el hombre que había elegido para compartir su vida, no era más que un cruel impostor. Las palabras de la grabación resonaban una y otra vez en su mente, formando un eco interminable que la hacía estremecer. "¿Enamorar a la china?". El aire le faltaba en los pulmones. Ni siquiera respetaban sus raíces coreanas y de forma despectiva la trataban como una más del montón. Todo había sido una apuesta, un juego para él. Su amor, su entrega, su vulnerabilidad... Eso había sido utilizado y desechado con desdén. Muchas veces se había negado a entregarse a él antes del matrimonio y solo lo había hecho una vez y, esa había sido su peor decisión. Ese traidor le había robado su pureza, su virginidad; se la había regalado a alguien que no la merecía.

Las lágrimas ardían en sus ojos, amenazando con escapar, pero se negó a dejarlas salir. No quería darle a nadie el espectáculo de verla derrumbarse, de verla rota por dentro. No en ese momento. No frente a esa multitud que ahora la miraba con lástima y conmoción. Giró la cabeza lentamente, buscando desesperadamente a alguien, algo que la anclara a la realidad, pero lo único que encontró fueron rostros confusos, algunos de ellos con expresiones de horror, otros con sonrisas de satisfacción morbosa.

La voz de Kate, cargada de burla y triunfo, hacía eco en ella y era un zumbido desagradable en sus oídos. Una oleada de náuseas y el impulso de salir corriendo de ese lugar. Quería gritar, pero su garganta se cerró, atrapando todo ese dolor y rabia en un nudo sofocante.

Por un instante, su vista se desvió hacia la puerta, su posible escape de esa pesadilla. Pero sus piernas no le respondían. Era como si pesaran toneladas, como si estuviera atrapada en arenas movedizas, hundiéndose lentamente en un abismo de humillación. La risa de Kate se apagó cuando la videollamada terminó abruptamente, dejando la sala sumida en un silencio insoportable. La pantalla quedó en blanco, pero las imágenes y las palabras seguían grabadas en su mente con una nitidez aterradora.

Ha-na cerró los ojos, intentando contener la tormenta interna que amenazaba con consumirla. Las enseñanzas de sus padres, la cultura en la que había sido criada, la habían formado para ser fuerte, para soportar el dolor con dignidad. Sin embargo, esto iba más allá de cualquier lección de fortaleza. Era una traición que atravesaba cada fibra de su ser, un insulto no solo a ella como mujer, sino a todo lo que representaba. Había sacrificado tanto por ese hombre, había dejado de lado sus propias dudas y temores para abrirle su corazón, solo para descubrir que, para él, ella nunca había sido más que una apuesta, un trofeo que mostrar, solo por ser diferente, por ser asiática.

Capítulo 2 El ladrón de besos

Ha-na recordó las noches que pasaron juntos, las promesas susurradas al oído, las caricias que ahora se sentían como golpes. Cada uno de esos momentos parecía teñirse ahora de una mentira amarga, una farsa bien ejecutada por alguien que nunca la valoró realmente. Le había entregado su virginidad, su amor, su confianza... y él había pisoteado todo eso sin remordimiento alguno. Su rostro comenzó a arder de vergüenza, una vergüenza que se enredaba con la rabia y la impotencia. Podía sentir las miradas sobre ella, como si estuvieran escudriñando cada rincón de su alma desnuda.

¿Qué pensarían ahora? Que era una tonta ingenua que había caído en las trampas de un hombre sin escrúpulos. La cultura a la que pertenecía la juzgaría, no a él, sino a ella, por no haber sido lo suficientemente cautelosa, por haber permitido que alguien la engañara de esa manera.

Tragó con dificultad. Su garganta dolía, como si un grito atascado la ahogara. Respiró hondo, intentando calmar el torbellino que se desataba en su interior. Estaba quebrada, rota en pedazos diminutos que se esparcían por cada rincón de su ser. El amor que sentía por Edward se transformaba rápidamente en un odio frío y punzante, una furia que la hacía temblar. Ella no merecía esto, no merecía ser humillada de esta forma por alguien que no tenía ni un ápice de decencia.

Ha-na abrió los ojos sin poder moverse. Estaba petrificada y anclada en mitad de la tarima, siendo escudriñada por todos ellos.

El mundo se cerró a su alrededor, tornándose oscuro. Los rostros a su alrededor se deformaban en sombras grotescas, sus sonrisas malévolas irradiaban una crueldad que la paralizaba. Su corazón latía con una fuerza desbocada, como si quisiera escapar de su pecho. La tela del velo blanco la envolvía, actuando como una prisión translúcida que la separaba de la realidad, amplificando su soledad. Sus piernas temblaban, incapaces de sostenerla. Era como si estuviera sumergida en un océano oscuro, donde el agua helada la asfixiaba, haciéndola incapaz de gritar o moverse. Todo lo que podía hacer era permanecer de pie, congelada en ese lugar de pesadilla. Ese salón de bodas, que se suponía daría lugar al comienzo de su felicidad, a su cuento de hadas, su historia de amor como marido y mujer.

Las lágrimas, traicioneras, comenzaron a fluir sin control, deslizándose por sus mejillas y arruinando el maquillaje que había llevado con tanto cuidado. Ya no podía contenerlo, estaba rota, lastimada y herida. El llanto era una evidencia inminente de su angustia, de su humillación, de la destrucción de sus sueños. Las gotas frías y húmedas acariciaban su rostro con dolorosa ternura, mientras se deslizaban por su barbilla y caían al impecable piso del salón de bodas.

El murmullo de la gente era un eco lejano, distorsionada por su propia incertidumbre y la sensación de que el tiempo se había detenido. El sabor salado de sus lágrimas llegó a sus labios, recordándole que todo aquello era real, que la pesadilla que vivía no era un mal sueño del que podía despertar. ¿Qué podía hacer? No sabía cómo irse de allí. Por favor, algo, alguien. Era como si un montón de gente la estuviera viendo sin ropa, parada en esa tarima. ¿Dónde estaban los héroes? Si su príncipe azul era quien la había traicionado. Ya no había esperanza para ella. Había sido abandonada por la suerte.

De repente, entre la bruma de sombras y figuras monstruosas, una silueta emergió desde el fondo. Aquel hombre se movía con una seguridad y una determinación que contrastaban con la atmósfera opresiva del lugar. Ha-na no podía ver su rostro con claridad, no en ese primer momento. Era como un faro de luz que atravesaba la penumbra, desplazando la oscuridad con su presencia. Una chispa de curiosidad se encendió en su interior. ¿Quién era él? ¿Qué estaba haciendo? Cada paso que daba hacia ella era como una onda expansiva, una vibración que recorría el aire y la hacía temblar.

Al acercarse lo suficiente, Ha-na apenas podía respirar. La mezcla de su agobio y su tristeza la oprimía el torso. Todo su cuerpo se tensó al máximo cuando le alzó el velo. La tela se levantó lentamente, revelando el rostro de aquel joven. Era hermoso, más de lo que ella podría haber imaginado en su estado de confusión. Irradiaba seguridad y seriedad en su expresión. La tensión en la atmósfera era como un relámpago a punto de golpearla. No sabía qué esperar. Su mirada era intensa, clara y profunda, como si pudiera ver a través de su dolor y su vergüenza.

Antes de que pudiera procesar lo que estaba sucediendo, la atrajo hacia él. Sintió el calor de su mano en la espalda, firme y compacta, mientras la otra se posaba en su nuca, manteniéndola en su lugar. Su toque era ardiente, como una descarga eléctrica que la recorrió por completo. No podía apartar la vista de aquel joven extraño, de sus ojos azules que la observaban con una vehemencia que la hizo estremecer. Era como si él quisiera absorber toda su angustia, como si se conocieran de toda la vida. Aunque no tenía la menor idea de quién era.

Y entonces, ese desconocido, se acercó a ella como si fuera en cámara lenta y la besó. Se halló perpleja ante lo que hacía, su alma experimentaba algo a lo que no sabía cómo explicar, como un torbellino de emociones. Era como si el mundo se desintegrara a su alrededor, dejando solo ese punto de roce entre ellos. Se suponía que esa acción estaba guardada para su esposo. Pero ese extraño se lo robaba sin ninguna mediación, sin haber emitido ni una sola palabra.

El ósculo sorpresivo la consumió, la atrapó en una vorágine de sensaciones tan abrumadoras que dejó de sentir el suelo bajo sus pies. Sus labios que, al principio, no sintieron nada, ahora comenzaban a arder, encendiéndose bajo el contacto de los de él. Había una urgencia, una necesidad casi desesperada que la envolvía, quemándola desde adentro. Cerró los ojos, no porque quisiera, sino porque la vehemencia, la sensación agradable del beso y el abrazo, la sobrepasaba. Era como si aquel acto tuviera el poder de borrar todo su dolor, de transformar su humillación en algo ferviente y visceral. Era que la sensación blanda, húmeda de su boca contra la suya era apacible y serena, como si alcanzara un trance confortable.

Su mente se nubló, las sombras y las voces desaparecieron. Solo estaba él, ese extraño y el fuego que nacía de sus labios. Cada fibra de su ser se tensó, despertando a una sensación nueva, desconocida. Su corazón golpeaba de forma frenético en su pecho. Su cuerpo entero se derretía ante aquella acción inminente y confusa. Todo lo que había sentido momentos antes, la angustia, la vergüenza, la humillación, se desvanecía en el calor abrasador de aquel ósculo. Era como si él hubiera irrumpido en su pesadilla para arrebatarla de las garras de la desesperación, para envolverla en un abrazo ardiente que la hacía olvidar todo. Era agradable, afectuoso, confortable... Placentero.

Ha-na no sabía cuánto tiempo había pasado y, poco a poco, le fue correspondiendo, más como acto reflejo de tal gusto que experimentaba. Podrían haber sido segundos o siglos. El tiempo se volvió un concepto irrelevante mientras se entregaba a esa sensación. Había una dulzura en él, sí, pero también una fuerza salvaje, un deseo contenido que amenazaba con desbordarse. Y ella se dejó llevar, como si él fuera la única ancla en ese mar de oscuridad. Sus brazos cayeron a sus lados sin ninguna fuerza, ni ninguna objeción. Reaccionó por instinto, respondiendo al ardor de su boca, a la presión de sus labios. Sintió un estremecimiento recorrerla de la cabeza a los pies, en una descarga eléctrica que la consumía.

Y el ramo que cargaba en su derecha cayó al reluciente piso de la tarima, mientras el acto inesperado de aquel ósculo seguía su curso entre ella y ese completo desconocido que había aparecido de la nada, para darle ese beso tan delirante. Segundos que parecían siglos, estuvieron así, besándose ante esa multitud llena de amigos y familiares. Nunca había imaginado que su matrimonio tuviera ese desenlace. Eso solo pasaba en los webtoons, manhwas, mangas o novelas, no en la vida real, porque era demasiado ficticio e improbable que ocurriera.

Entonces, el oxígeno se volvió una necesidad ineludible y se separaron. Ha-na abrió los parpados, sin aliento, acalorada y con su hermoso rostro asiático, ruborizado. Él la había sacudido hasta lo más profundo. Lo miró, llena de preguntas y desorientada. Esos ojos azules la atravesaban con intensidad. Su mente intentaba procesar lo que acababa de suceder, pero cada pensamiento era borrado por la intensidad de sus propias emociones. ¿Quién era él? ¿Por qué la había besado de esa manera, de esa forma apasionante? Y lo más perturbador de todo, ¿por qué ella había respondido? Sin mencionar que se notaba que era más joven que ella. ¿Cuántos años tendría ese muchacho?

El eco de ese beso persistía en el aire entre ellos. Las sombras en su visión se desvanecieron, y el salón volvió a hacerse visible a su alrededor. Pero ya no importaba. Nada era relevante, salvo el hombre frente a ella, el extraño que había irrumpido en su oscuridad para iluminarla con un beso abrasador.

-He venido a buscar lo que me debes... No puedes casarte con nadie más, solo conmigo, porque... -dijo él con voz ronca y con una seguridad intensa. Le acarició la mejilla y le dedicó una mirada posesiva-. Tú, me perteneces, Ha-na... Mi flor.

Capítulo 3 Robarse a la novia

Heinz Dietrich observaba desde la penumbra del salón. Su figura alta y solemne permanecía oculta entre las sombras mientras todos esperaban ansiosos el comienzo de la ceremonia. La sala estaba llena de flores y luces, un escenario perfecto para la boda que se suponía celebraría el amor entre Ha-na y su prometido. Sin embargo, para él, todo aquello era un maldito teatro. Sus ojos, fríos y penetrantes, se clavaron en la tarima donde ella se encontraba. Vestida de blanco, tan hermosa como la recordaba, tan intocable y etérea.

Su corazón latía con furia contenida, un tamborileo constante que mantenía su cuerpo en tensión.

Habían pasado años desde la última vez que la había visto. Le había perdido el rastro en todo ese tiempo. Solo había vuelto a saber de ella cuando, al decidir buscarla, se enteró de la noticia de su matrimonio. No era su acosador, ni su obsesivo vigilante. Sin embargo, en su mente, cada detalle de ella permanecía intacto. La primera vez que se cruzaron, la forma en que había sonreído, esa mirada que le había dado y que se le quedó grabada como una marca de fuego en su alma. Pero ella probablemente no lo recordaba. No como él la recordaba a ella. La vida había seguido su curso y Ha-na tomado un camino que no lo incluía. Era aceptable, porque solo habían tratado en aquella oportunidad de una manera inusual. Desde que se enteró de que se iba a casar, se entristeció. Entonces, no la molestaría, ni interferiría en su vida. Respetaría su acto de comprometerse con alguien más. Aunque, ese pensamiento le había producido un dolor sordo en el pecho, con una mezcla de amargura y celos que había aprendido a enterrar muy profundamente en los últimos días, hasta hoy.

Había venido al salón dispuesto a observar, a ser testigo del momento en que ella sellaría su destino con otro hombre, a atormentarse como la mujer que siempre le había gustado se casaba con otro. Se lo había repetido a sí mismo mil veces: si ella era feliz con él, lo aceptaría. La dejaría ir, aunque le arrancara el corazón. Pero cuando vio proyectarse aquel video, cuando escuchó las palabras repugnantes del hombre que pretendía ser su esposo, todo su autocontrol se hizo añicos. La furia se encendió dentro de él, una llamarada ardiente y abrasadora que recorrió cada nervio de su cuerpo. Ha-na había sido traicionada de la manera más vil y despreciable, y todo ante la mirada de una multitud que la juzgaba. Aquello no era algo que pudiera permitir.

Sus manos se crisparon a los costados, los nudillos blancos de la tensión mientras luchaban por no abalanzarse inmediatamente. Tenía que esperar el momento preciso, el instante en que ella más lo necesitara. Y ese momento llegó cuando la vio romperse. Ha-na, la mujer fuerte y digna que siempre había admirado estaba ahora rota en medio de esa tarima, sus lágrimas fluyendo silenciosamente bajo el velo blanco. En ese momento, supo que no podía permanecer quieto un segundo más. Ella lo necesitaba. Él había venido a reclamar lo que era suyo. Aunque había esperado años eternos para poder hacerlo. Su paciencia era una de su mayores virtudes, pero no dejaría sola a la mujer que le gustaba desde que era un niño.

Cruzó la distancia que los separaba con pasos firmes, sin vacilar. Todo su cuerpo se movía con una determinación inquebrantable. El silencio en la sala se hizo más pesado con cada uno de sus pasos. La multitud, como un océano de sombras y murmullos, se desvaneció en su mente. Solo existían ella y él. El rostro de Hana se volvió más nítido a medida que se acercaba, su expresión era una mezcla de dolor y desconcierto, atrapada en su propio sufrimiento. Heinz sintió que la furia se mezclaba con un torrente de emociones contradictorias: protección, deseo, una necesidad irrefrenable de hacerla suya de una vez por todas.

Al llegar frente a ella, alzó el velo con suavidad, sus dedos apenas rozando la tela mientras lo levantaba. Sus ojos se encontraron, y por un instante, todo el ruido a su alrededor se desvaneció. El tiempo se detuvo. Vio el miedo y la tristeza en los ojos de Ha-na, pero también vio algo más. Una chispa, un destello de algo que él había deseado ver durante tanto tiempo. Sin darle tiempo a procesar lo que estaba sucediendo, la atrajo hacia sí, con sus manos firmes, una en la nuca y la otra en la espalda, acercándola hasta que sus cuerpos se tocaron.

Sus labios se unieron con una pasión contenida que finalmente estallaba. Años había esperado por eso, un solo beso que siempre había estado distante de él y que, posiblemente, nunca se llegaría a dar, si ella se hubiera casado. Fue profundo, abrasador, lleno de todas las emociones que había reprimido durante tanto. Sentía su cuerpo temblar bajo su contacto, una mezcla de sorpresa, confusión y deseo que lo alimentaba aún más. Se entregó a ese ósculo, vertiendo en él todo lo que nunca le había dicho, todo lo que había sentido en secreto. Era un beso que reclamaba, que marcaba territorio, que le decía a todos los presentes que Hana le pertenecía. Porque, en su mente, siempre había sido suya, aunque ella no lo supiera.

Sintió sus labios suaves y cálidos bajo los suyos, la forma en que sus respiraciones se entrelazaban en ese momento tan íntimo. El sabor de sus lágrimas mezcladas con el dulce toque de su boca le provocó un escalofrío que recorrió todo su ser. Cada fibra de su cuerpo vibraba con una intensidad que lo hacía sentir vivo como nunca antes. El mundo podía arder en ese momento y no le habría importado. Solo importaba ella, solo importaba la promesa silenciosa que estaba sellando con ese beso. Había esperado mucho por ese instante y tal acto tenía un sabor especial y más dulce de lo que había imaginado.

Al separarse, sus ojos se encontraron de nuevo. Ella estaba sin aliento, sus labios enrojecidos y entreabiertos por la intensidad del beso. Había confusión en su mirada, sí, pero también algo más profundo, una conexión que él había estado esperando toda su vida. Heinz la miró, su pecho subiendo y bajando mientras intentaba controlar la tormenta de emociones que rugía en su interior.

-He venido a buscar lo que me debes... -dijo, su voz ronca y cargada de una seguridad inquebrantable-. No puedes casarte con nadie más, solo conmigo, porque... Tú, me perteneces, Ha-na... Mi flor.

Sus palabras salieron como un susurro, pero en la quietud de la sala se sintieron como un trueno. Sus ojos, oscuros y llenos de determinación, no se apartaron de los de ella. Levantó una mano, sus dedos acariciando suavemente la mejilla húmeda de Hana. La sintió temblar bajo su toque, pero no se retiró. Sus propios labios se curvaron en una leve sonrisa, una que reflejaba la certeza de su victoria, de su reclamación. Había esperado mucho tiempo para este momento, para tenerla en sus brazos, para decirle las palabras que siempre habían estado en su corazón.

Acariciarla así, sostenerla contra él, era como sostener un sueño hecho realidad. La calidez de su piel bajo sus dedos, el brillo de sus ojos aún empañados por las lágrimas... Todo eso le provocaba una oleada de emociones tan intensas que amenazaban con desbordarlo. Pero se mantuvo firme, su mirada fija en ella, transmitiéndole con sus ojos lo que aún no podía expresar con palabras.

-Lo siento. Pero ahora voy a robarte, Ha-na, mi flor -dijo Heinz con tranquilidad y convicción.

Heinz encorvó su cuerpo y cargó a Ha-na en sus brazos como su princesa y como si fuera su esposa. Caminó por la gran tarima blanca ante la vista y los murmullos de la gente sin que nada le importara.

-No se preocupen, señor y señora Harada, no pienso hacerle daño a su hija. Yo la cuidaré -dijo él con una frialdad y poderío absoluto, también mirando a los hermanos de ella-. Además, la boda se ha cancelado.

Heinz abandonó el edificio de eventos y, ante la mirada de otros extraños en la calle, la ubicó en la silla del copiloto con una mezcla de cuidado y autoridad, como si fuera la joya más preciada que había decidido proteger a cualquier costo. Le abrochó el cinturón de seguridad. Luego subió y encendió el motor, el cual rugió como un trueno surcando los cielos.

Heinz mantuvo la mirada fija en el camino mientras el motor del Ferrari rugía bajo sus manos, su sonido profundo y poderoso resonaba en la silenciosa noche. La oscuridad de la carretera se extendía ante ellos como un lienzo vacío, y él lo veía como el comienzo de algo nuevo, una oportunidad para arrebatar del destino lo que siempre había sentido como suyo. Ha-na estaba a su lado, con su presencia tangible y el calor de su cuerpo aún irradiando hacia él, aunque no la mirara directamente.

Mientras aceleraba, la furia y la determinación que lo habían impulsado momentos antes se fusionaban ahora con un sentido de propiedad inquebrantable. Él había reclamado a Ha-na de manera definitiva. Ella le pertenecía. Había ido a ese lugar con la intención de observar, de ser testigo de su felicidad, pero no había sido capaz de contenerse cuando vio su mundo hecho pedazos ante sus propios ojos. Ahora, al sentir el volante bajo sus manos y la carretera que se extendía ante él, supo que había tomado la decisión correcta. No permitiría que nadie más la hiriera. No permitiría que alguien más se interpusiera entre ellos.

El Ferrari se desplazaba por la carretera como una bestia indomable, con el sonido del motor resonando en sus oídos y vibrando en su pecho. Cada aceleración, cada cambio de marcha, era una liberación de la rabia contenida, una forma de canalizar todo lo que sentía. Ha-na estaba a salvo con él ahora, lejos de las miradas inquisitivas, lejos de las traiciones. Giró la cabeza por un breve instante para verla. Estaba allí, inmóvil, con sus ojos oscuros, sorprendidos mirando hacia adelante, probablemente sin saber qué pensar, qué sentir. Podía ver las lágrimas aún frescas en su rostro, el rastro del dolor que acababa de vivir. Una mezcla de compasión y posesión lo atravesó. Nadie volvería a herir a su hermosa flor, porque ya había venido a reclamarla y no dejaría que la lastimaran.

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