Cuando desperté, el olor a desinfectante me golpeó, y las paredes blancas del hospital reflejaban el vacío de mi vientre.
Una vez más, el doctor pronunció esas palabras devastadoras.
"Señora Rojas, lo lamento mucho. Hicimos todo lo que pudimos, pero no logramos salvar al bebé" .
Era mi séptimo aborto espontáneo, siete pequeñas vidas que se habían ido, y mi corazón ya no podía sentir más dolor.
Ricardo, mi esposo, llegó corriendo, su rostro una máscara de angustia, y yo me apoyé en él, buscando consuelo.
"Shhh, no digas nada. No es tu culpa, mi amor. Descansa, yo me encargo de todo" , susurró con voz tranquilizadora.
Pero entonces, a través de la puerta entreabierta, escuché su voz, no la de mi amoroso esposo, sino una llena de alegría y emoción contenida.
"Valeria, mi amor, todo salió perfecto. Se lo creyó todo" .
Mi respiración se detuvo, un escalofrío helado me recorrió, Valeria Solís, su asistente.
"Sí, el séptimo. Justo como lo planeamos. El doctor Ramírez es un genio, el 'accidente' fue impecable" .
Planearon... ¿un accidente?
Luego lo escuché, con una frialdad repugnante, llamar a nuestros hijos no nacidos... "engendros" .
"Ya hablé con Ramírez. Le dije que necesitamos una solución permanente. Una histerectomía. Dijo que puede hacer que parezca una complicación necesaria por el último aborto" .
Ricardo, el hombre al que amaba, el que había compartido mi vida durante diez años, había asesinado a mis siete hijos.
Él y su amante, Valeria Solís, me lo habían quitado todo.
Pero las lágrimas que ahora brotaban no eran de tristeza, eran de rabia y de una promesa silenciosa: iban a pagar.
Cuando desperté, el olor a desinfectante llenó mis fosas nasales.
Las paredes blancas de la habitación del hospital se sentían frías y vacías, al igual que mi vientre.
El doctor estaba de pie junto a mi cama, con una expresión de lástima en su rostro.
"Señora Rojas, lo lamento mucho. Hicimos todo lo que pudimos, pero no logramos salvar al bebé" .
Mi corazón se detuvo.
Era mi séptimo aborto espontáneo.
Siete veces.
Siete pequeños que se habían ido antes de poder ver el mundo.
Una lágrima rodó por mi mejilla, pero mi rostro permaneció impasible. El dolor era tan profundo que ya ni siquiera podía expresarlo.
Mi esposo, Ricardo Morales, entró corriendo a la habitación. Su rostro mostraba una angustia perfecta.
"¡Sofía, mi amor! ¿Cómo estás? Me enteré en cuanto pude y vine corriendo" .
Se arrodilló junto a mi cama, tomó mi mano y la besó. Sus ojos estaban rojos, como si hubiera estado llorando.
En ese momento, lo único que sentí fue un profundo agotamiento. Me apoyé en él, buscando un consuelo que parecía genuino.
"Ricardo... otro más... no pude..." .
"Shhh, no digas nada. No es tu culpa, mi amor. Descansa, yo me encargo de todo" .
Su voz era suave y tranquilizadora, el refugio que siempre había conocido.
El doctor le explicó la situación a Ricardo, recomendando reposo absoluto. Ricardo asentía con seriedad, haciendo preguntas sobre mi cuidado, luciendo como el esposo más devoto del mundo.
Después de que el doctor se fue, Ricardo me arropó con cuidado.
"Voy a hablar con el doctor sobre los trámites. No te preocupes por nada, volveré en un momento" .
Besó mi frente y salió de la habitación, cerrando la puerta suavemente.
Me quedé mirando el techo, sintiendo el vacío en mi cuerpo y en mi alma. Estaba tan cansada, tan rota.
Pero entonces, a través de la puerta apenas cerrada, escuché la voz de Ricardo. No era la voz preocupada de hace un momento, sino una llena de alegría y emoción contenida.
"Valeria, mi amor, todo salió perfecto. Se lo creyó todo" .
Mi respiración se detuvo.
¿Valeria? ¿Valeria Solís, su asistente?
"Sí, el séptimo. Justo como lo planeamos. El doctor Ramírez es un genio, el 'accidente' fue impecable" .
Un escalofrío recorrió mi espalda. Un terror helado que nunca antes había sentido se apoderó de mí.
¿Planearon? ¿Accidente?
La voz de Ricardo continuó, baja y conspiradora.
"Ya no puedo esperar más, mi vida. Esta vez nos aseguraremos de que no vuelva a pasar. Odio tener que fingir tristeza cada vez que uno de esos engendros se muere" .
Engendros.
Llamó a nuestros hijos no nacidos... engendros.
"No te preocupes, ya hablé con Ramírez. Le dije que necesitamos una solución permanente. Una histerectomía. Dijo que puede hacer que parezca una complicación necesaria por el último aborto" .
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Mi cuerpo entero temblaba sin control.
Me iban a quitar el útero.
Me iban a robar para siempre la posibilidad de ser madre.
"Sí, mi amor, para que solo tú puedas darme hijos. Para que nada de la fortuna de Sofía vaya a parar a manos de nadie más. Pronto, todo será nuestro y podremos estar juntos, sin esta carga" .
La carga.
Yo era la carga.
Mis hijos eran la carga.
Ricardo Morales, el hombre con el que había compartido mi cama, mis sueños, mi vida entera durante diez años, el hombre al que amaba con cada fibra de mi ser, era el monstruo que había asesinado a mis siete hijos.
Y su amante, Valeria Solís, era su cómplice.
Una náusea violenta subió por mi garganta. Quería gritar, romper todo, enfrentarlo.
Pero no podía.
Estaba atrapada en esta cama, débil y vulnerable.
Ricardo abrió la puerta y entró con una sonrisa triste en el rostro.
"Ya está todo listo, mi amor. Pronto nos iremos a casa" .
Lo miré, viendo por primera vez al demonio que se escondía detrás de esa máscara de esposo amoroso.
Las lágrimas que antes no salían, ahora fluían libremente. Pero no eran de tristeza.
Eran de rabia.
De odio.
Y de una promesa silenciosa.
Iban a pagar.
Ricardo Morales. Valeria Solís.
Los destruiría.
Aunque fuera lo último que hiciera en mi miserable vida.
Me sequé las lágrimas y le ofrecí una sonrisa débil.
"Gracias, Ricardo. No sé qué haría sin ti" .
Él me sonrió, satisfecho. No tenía idea de que acababa de despertar a una mujer que ya no tenía nada que perder.
Afuera, una voz en el pasillo, la del Doctor Ramírez, le decía a una enfermera:
"Hay que prepararla para una intervención de emergencia. Hay complicaciones. Asegúrate de que el anestesiólogo sepa que la dosis debe ser fuerte, no queremos que sienta nada" .
No, doctor.
No querían que yo supiera nada.
Pero ya era demasiado tarde.
Lo sabía todo.
Y mi venganza acababa de empezar.
Ricardo me llevó a casa al día siguiente.
Me cargó en brazos para subir las escaleras, susurrando palabras de consuelo en mi oído.
"Ya estás en casa, mi vida. Aquí te cuidaré y te pondrás bien" .
Cada palabra suya era como veneno. Cada toque me quemaba la piel.
Pero yo sonreía.
Sonreía mientras mi corazón se rompía en mil pedazos. Tenía que fingir, tenía que ser la Sofía ingenua y rota que él esperaba ver. Era mi única oportunidad de sobrevivir.
Me instaló en nuestra cama, rodeándome de almohadas.
"Descansa, mi amor. No te muevas. Yo te traeré todo lo que necesites" .
Se sentó a mi lado, sosteniendo mi mano. Sacó su teléfono y comenzó a revisar sus correos, pero dejó el altavoz activado por "accidente" .
"Solo por si necesitas algo mientras estoy en la llamada, para no soltar tu mano" , dijo con una ternura que me revolvió el estómago.
Entonces, sonó el teléfono.
Era una llamada de un número desconocido. Ricardo contestó.
"¿Bueno?" .
Una voz rasposa y vulgar respondió, claramente la de un hombre de clase baja.
"Señor Morales, habla el mecánico. Solo para confirmar que el trabajo en los frenos del carro de su esposa quedó 'listo' . Fallaron justo en el momento preciso, como me pidió" .
Mi sangre se heló.
Así fue como perdí a mi último bebé. Un "accidente" de coche. Un camión que se me cruzó de repente y tuve que frenar en seco. El coche no respondió. El impacto fue brutal.
Ricardo apretó mi mano con fuerza, su rostro una máscara de preocupación.
"Creo que se equivoca de número" , dijo con voz firme y colgó.
Me miró, fingiendo confusión.
"Qué gente tan extraña llama a veces. No te preocupes, mi amor" .
Yo asentí, tragándome el grito que quería escapar de mi garganta. Mis manos temblaban bajo las sábanas, y un sudor frío me recorría la espalda.
Tenía que parecer que no había entendido nada.
"Tengo sed, Ricardo" , susurré.
"Claro que sí, mi vida. Te traeré un vaso de leche tibia, te ayudará a dormir" .
Bajó a la cocina. Lo escuché tararear una melodía alegre mientras preparaba la leche. El sonido me enfermaba.
Regresó con una taza humeante.
"Aquí tienes, mi amor. Bébetela toda" .
Me ayudó a incorporarme. Vi cómo sus dedos sostenían la taza. Olía a leche, pero había algo más, un olor químico casi imperceptible.
Sabía que estaba drogada.
Pero tenía que beberla. Si me negaba, sospecharía.
Tomé sorbos lentos, sintiendo el líquido tibio bajar por mi garganta. Cada trago era una rendición, una humillación. Pero era necesario.
"Así me gusta, mi niña buena" , dijo, acariciando mi cabello.
Mis párpados comenzaron a pesar. El mundo a mi alrededor se volvió borroso, los sonidos distantes.
Justo antes de perder el conocimiento, lo escuché hablar por teléfono de nuevo. Esta vez, su voz era un susurro cruel y afilado.
"Ramírez, ya está dormida. Puedes venir. Recuerda el plan: la histerectomía es lo principal. Pero quiero más" .
Hubo una pausa.
"Quiero que te 'equivoques' un poco durante la cirugía. Daña el nervio ciático. Quiero que quede paralítica. No quiero que vuelva a caminar, ni a valerse por sí misma. Quiero que dependa de mí para todo, para siempre" .
Una última lágrima se deslizó desde el rabillo de mi ojo y se perdió en la almohada.
Mi mente gritaba.
¡Monstruo! ¡Demonio!
¿No era suficiente con quitarme a mis hijos? ¿No era suficiente con robarme mi capacidad de ser madre?
También quería romperme las piernas. Quería convertirme en una muñeca rota, una inválida a su merced.
Caí en la oscuridad, con su risa malvada como último sonido en mis oídos.
Una risa que juré, desde lo más profundo de mi ser, que le borraría de la cara para siempre.