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La Gruta del Deseo

La Gruta del Deseo

Autor: Mundo Creativo
Género: Fantasía
A sus dieciocho años, Elena posee una certeza que escandalizaría a su entorno: su cuerpo no entiende de sutiles romanticismos, sino de una urgencia voraz, eléctrica y sin tabúes. Mientras las jóvenes de su edad sueñan con promesas inocentes, ella fantasea con el peligro de las manos maduras, el roce prohibido y el placer absoluto de ser explorada sin límites. En la urbanización donde pasa el verano, los chicos de su edad resultan predecibles y contenidos. Ni siquiera Javier, el muchacho más codiciado del grupo, es capaz de seguir el ritmo de sus insinuaciones subacuáticas en la piscina. Sin embargo, la mirada de un hombre maduro -alguien que triplica su experiencia y encarna la autoridad- despierta en Elena una obsesión irrefrenable. Un juego clandestino de roces calculados bajo el agua encenderá una mecha que ya no se podrá apagar. Obligada a canalizar esa insoportable tensión sexual, Elena encuentra un refugio seguro y ardiente en sus dos mejores amigas, Marta e Isabel. Juntas, las tres romperán las barreras de la timidez en una tarde de entrega absoluta, descubriendo una complicidad erótica que se convertirá en su secreto más preciado. Pero para Elena, el juego con sus amigas es solo el preludio. Ella necesita cruzar la línea definitiva. Al regresar a las estrictas aulas del colegio, Elena diseña el plan perfecto para saciar su curiosidad con el candidato más prohibido y peligroso: el confesor de la institución. Semana tras semana, detrás de la celosía del confesionario, Elena transformará el ritual del perdón en un juego de seducción psicológica, narrando sus fantasías más explícitas hasta desarmar por completo la rigidez del hombre sagrado. ¿Qué pasa cuando la tentación destruye los votos y el deseo se consume entre las sombras de una sacristía? La Gruta del Deseo es una novela erótica audaz y magnética sobre el despertar sexual sin complejos, el poder de la manipulación femenina y la búsqueda implacable de un placer que no entiende de moral, culpas ni redención.
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Capítulo 1 El calor en la piel

El calor de diciembre en la urbanización no se quitaba ni metiéndose al agua. Era esa clase de bochorno denso, pesado, que te pegaba la ropa al cuerpo y te dejaba la mente flotando en un solo pensamiento: tocar y que te toquen.

A mis dieciocho años, yo ya sabía perfectamente lo que quería, aunque las monjas del colegio se la pasaran diciendo que las chicas decentes debían mantener la mente limpia. Qué soberana estupidez. A mí lo que me limpiaba la mente era imaginar unos dedos largos, firmes, subiendo lentamente por mis muslos, desafiando el borde de mis braguitas hasta encontrar ese punto exacto donde la piel se vuelve fuego. Me volvía loca la idea de la rendición, de sentir una mano experta abriéndose paso en mi pernera, hundiéndose en mi gruta húmeda hasta hacerme perder el control. Deseaba tanto ese magnetismo que a veces, por las noches, me imaginaba que seres lascivos y libidinosos se acurrucaban en mis entrañas, lamiéndome por dentro, llenándome de un placer infinito que ningún chico de mi edad era capaz de entender.

Los de la pandilla eran unos malditos cortados. Por más que una se insinuara, se pusiera el biquini más ajustado o les hablara con la voz cargada de doble sentido, ellos se quedaban petrificados, como si el cuerpo de una mujer fuera una bomba a punto de estallar. Cobardes. Todos ellos.

-Míralo, es que es perfecto -susurró Marta, sacándome de mis pensamientos.

Estábamos sentadas al borde de la piscina municipal, con las piernas sumergidas en el agua templada. A nuestro lado, Isabel se acomodaba las gafas de sol, devorando con la mirada la misma escena.

Al otro lado del vaso de la piscina, Javier salía del agua. El sol de la tarde le brillaba en el pecho adolescente, las gotas rodando por sus abdominales apenas dibujados. Era, sin duda, la cosa más bonita de la urbanización. Las tres estábamos locas por él, o al menos eso creían ellas.

-Si no le metes mano hoy en el agua, Elena, lo hago yo -sentenció Isabel, dándole un trago a su refresco-. Lleva toda la tarde mirándote el escote.

-Mirar sabe cualquiera -respondí, acomodándome el tirante del biquini negro, dejando que mis dedos rozaran el inicio de mis pechos a propósito, sabiendo que Javier nos observaba-. El problema de Javier es que solo sabe mirar. Le falta calle, chicas. Le falta sangre.

-Pues a mí me vale con que me mire así -suspiró Marta.

En ese momento, la puerta metálica del recinto de la piscina se abrió con un chirrido familiar. Mis ojos se desviaron de inmediato. No era Javier quien me aceleraba el pulso de verdad, sino la sombra que venía detrás.

Don Julián, el padre de Javier.

Pasaba de los cuarenta, pero tenía esa estructura sólida de los hombres que saben lo que valen. Los hombros anchos, el pelo castaño salpicado de canas en las sienes y una mirada oscura, pesada, que cuando se posaba en ti te hacía sentir desnuda. Él no era un niño jugando a ser hombre; él era el peligro real. Mientras Javier se acercaba a nosotras con una sonrisa tímida, Julián se quedó junto a las tumbonas, quitándose la camiseta de lino. Tenía el torso bronceado, velludo en su justa medida, y unos brazos fuertes que yo ya había imaginado mil veces sosteniéndome contra una pared.

-Hola, chicas -dijo Javier, salpicándonos un poco al sentarse a nuestro lado-. El agua está buenísima. ¿No se van a meter?

-Estábamos esperándote, guapo -le dijo Marta con una risita coqueta.

Yo no respondí. Me deslicé dentro del agua sin hacer ruido, sintiendo el frescor momentáneo cubrir mi vientre y subir hasta mis pechos hinchados por el calor. Javier me imitó de inmediato, sumergiéndose a mi lado.

Comenzó el juego de siempre. Nos perseguíamos por el agua, dábamos vueltas, nos abrazábamos entre risas falsamente inocentes. Dejé que mi cuerpo se rozara con el suyo; mi vulva ardiente buscó el contacto con su muslo bajo la superficie, y mis tetas en desarrollo se aplastaron un segundo contra su brazo. Sentí cómo Javier se ponía rígido, asustado por la audacia del contacto, incapaz de devolver el juego. Era como tocar un témpano de hielo que quería derretirse pero no sabía cómo. Qué frustración.

A unos metros, Julián entró al agua de un salto limpio. Al salir a la superficie, se sacudió el pelo y nos miró con una sonrisa de medio lado, una de esas sonrisas que los adultos usan cuando saben perfectamente lo que las jóvenes están pensando.

-Vaya, qué energía tienen -nos dijo, acercándose con brazadas lentas y potentes-. A ver si es verdad que son tan rápidas nadando como hablando. Les juego una carrera hasta el otro extremo. Si gano, me deben un helado a mí y a Javier.

-¿Y si ganamos nosotras? -desafié, sosteniéndole la mirada, flotando a apenas un metro de él. Pude ver cómo sus ojos bajaron un segundo hacia el agua, intentando adivinar las formas de mi cuerpo bajo el reflejo cristalino.

-Si ganan ustedes... piden lo que quieran -respondió con una voz más baja, una insinuación sutil que me recorrió la espina dorsal como una descarga eléctrica.

Marta e Isabel aceptaron enseguida entre gritos. Nos colocamos en línea. Julián dio la voz de salida y todas salimos nadando con desesperación. Pero yo no quería ganar la carrera. Quería otra cosa.

A mitad de la piscina, aproveché el chapoteo y la confusión de los brazos de mis amigas para desmejarme de la ruta. Julián nadaba a mi lado, con un estilo pausado pero rápido. Me sumergí por completo, abriendo los ojos bajo el agua. Vi sus piernas fuertes batiendo el agua, el bañador azul ajustado a sus caderas. Me deslicé por debajo de él como una anguila.

Cuando Julián disminuyó la velocidad al llegar casi al borde, emergí justo a su lado, tan cerca que nuestras pieles se pegaron. El agua borboteaba a nuestro alrededor, ocultando lo que sucedía abajo. Mis amigas y Javier seguían gritando en la orilla opuesta, creyendo que aún estábamos compitiendo.

Con un movimiento rápido y calculado, me agarré de su brazo para "no hundirme". Al hacerlo, me deslicé hacia abajo en el agua y acomodé mi cuerpo de tal manera que su mano derecha quedó atrapada justamente a la altura de mi entrepierna.

Cerré mis muslos con fuerza, aprisionando su mano contra mi biquini, justo sobre mi coño ardiente.

Julián se quedó paralizado. Su respiración se cortó de golpe. Hizo un amago instintivo de retirar la mano, el reflejo del adulto que sabe que está cruzando una línea prohibida, pero la presión de mis piernas era firme, decidida. No lo iba a dejar ir. Lo miré fijamente a los ojos, con el agua por el cuello, desafiándolo en silencio.

Cedió. El destello de culpa en sus ojos fue devorado por una chispa de pura lascivia.

Bajo el agua, sentí cómo giraba la palma de su mano. Sus dedos, gruesos y ásperos, comenzaron a moverse. A través de la fina tela elástica de mi biquini, apretó con fuerza, buscando la forma de mi vulva. Ahogué un gemido tragando saliva cuando sentí la presión directa de sus dedos hundiéndose en la entrada de mi vagina, frotando con una precisión brutal mi clítoris sobre la tela húmeda. Era el paraíso. Mi cuerpo entero se tensó, mi coño empezó a destilar sus propios jugos, mezclándose con el agua de la piscina. Quería más. Esperaba con el corazón en la boca el momento en que metiera la mano por la pernera del biquini y me penetrara allí mismo, frente a todos.

Pero algo en su cabeza le dio un toque de alerta. Escuchó la risa de Javier que se acercaba nadando.

Julián apartó la mano con brusquedad, saliendo del agua casi de inmediato, respirando con dificultad.

-Me... me voy a casa -dijo, sin mirarme, con la voz ronca y el rostro encendido-. Se me hizo tarde. Disfruten del agua, chicas.

Lo vi salir de la piscina, con el bañador notablemente abultado en la entrepierna, caminando a paso rápido hacia su casa. Sonreí para mis adentros, flotando en mi propia humedad. Sabía perfectamente a qué iba: a echarse un gran polvo con su mujer para quitarse la insoportable excitación que una adolescente de dieciocho años le había provocado en cinco segundos.

Esa misma noche, encerrada en mi habitación con el ventilador a tope, me metí los dedos pensando en él, imaginando su mano áspera rompiendo la tela de mi biquini. Pero el autoplacer ya no era suficiente. Necesitaba más.

Al día siguiente, mis padres salieron a hacer unas compras por la tarde, dejándome la casa sola. Había citado a Marta y a Isabel con la excusa de estudiar, pero la atmósfera en mi sala ya estaba cargada de otra cosa. Estábamos sentadas en la alfombra, el calor seguía siendo insoportable, y yo no aguantaba más el secreto.

-Ayer en la piscina pasó algo -solté, mirándolas fijamente mientras me abanicaba con un cuaderno.

Marta dejó su bolígrafo y me miró con los ojos abiertos. Isabel se inclinó hacia adelante.

-¿Con Javier? -preguntó Marta, ansiosa.

-No -sonreí con malicia, sintiendo cómo la adrenalina volvía a encender mi entrepierna-. Con su padre.

Las dos se quedaron sin respiración, mudas, esperando que soltara hasta el último y más sucio detalle de lo que había pasado bajo el agua. La tarde apenas empezaba, y el calor ya no solo estaba en el ambiente; estaba a punto de estallar entre nosotras.

Capítulo 2 El pacto de la alfombra

Marta e Isabel se quedaron petrificadas, con las bocas entreabiertas y los ojos fijos en mí, como si acabara de confesar un crimen. El silencio en la sala solo era interrumpido por el zumbido monótono del ventilador de techo, que movía el aire caliente sin lograr refrescarnos. Mis amigas ni siquiera parpadeaban. La expectación en el ambiente era tan densa que casi se podía tocar.

-¿El padre de Javier? -susurró Isabel por fin, tragando saliva-. Elena, estás loca. ¿Qué pasó? Cuéntalo ya, no seas maldita.

Me acomodé en la alfombra, cruzando las piernas y apoyando la espalda contra el sofá. Sentía una oleada de orgullo y excitación recorriéndome el pecho. Sabía el poder que tenía en ese momento, no solo sobre don Julián, sino sobre la imaginación de mis amigas.

-Ayer, cuando jugábamos a las carreras -empecé, bajando la voz como si las paredes pudieran oírnos-, me sumergí debajo de él. Cuando salí, me pegué a su cuerpo. Le agarré el brazo con la excusa de que me hundía y obligué a que su mano quedara atrapada justo entre mis muslos. Le apreté la mano contra mi biquini, directo en el coño.

Marta soltó un jadeo ahogado, tapándose la boca con las manos. Isabel se inclinó aún más, con las mejillas encendidas y la respiración acelerándose.

-¿Y él qué hizo? -preguntó Marta en un hilo de voz-. ¿Te apartó?

-Al principio hizo el amago, por puro miedo, pero luego cedió -sonreí con malicia, recordando la fricción-. Giró la palma y empezó a frotarme con una fuerza brutal. Me aplastó el clítoris a través de la tela elástica. Fue glorioso, chicas. Estuve a punto de correrme allí mismo, en medio de la piscina, mientras ustedes nadaban al otro lado. Si Javier no se hubiera acercado, les juro que don Julián me mete la mano por la pernera y me folla en el agua. Se fue a su casa ardiendo, con el bañador que le reventaba. Seguro que tuvo que pegarle un polvo salvaje a su mujer solo para bajarse la erección que yo le provoququé.

-Dios mío... -Marta se abanicó la cara con la mano, visiblemente afectada-. Es que... don Julián está buenísimo. Yo también he fantaseado con él. Es tan hombre.

-Todas lo hemos hecho -admitió Isabel, cuya mirada ya no estaba fija en mis ojos, sino que bajaba inconscientemente hacia mi escote y mis piernas descubiertas-. Pero tú te atreviste, Elena. Eres una salvaje.

-Fui a su casa esta mañana -añadí, soltando la última bomba-. Sabía que Javier estaba en los entrenamientos de fútbol y que su madre trabajaba. Fui con la excusa de pedir un libro prestado, pensando que me metería y me follaría de una vez por todas. Pero se acobardó. Me abrió la puerta, me miró como si fuera el mismo demonio, me dijo que Javier no estaba y me despidió casi temblando. Los hombres maduros desean el peligro, pero les aterra perder el control.

La conversación entró en un terreno magnético. Hablar de don Julián, de la rigidez de su mano bajo el agua y de la frustración de quedarnos a medias encendió un fuego en la habitación que ya no se podía apagar con palabras. Marta se estiró en la alfombra, boca arriba, con la camiseta de tirantes pegada al pecho por el sudor. Isabel se mordía el labio inferior, moviéndose inquieta.

-Es una tortura -protestó Marta, mirando al techo-. Los chicos de clase son unos idiotas que no saben ni besar, los maduros se asustan... Nos vamos a quedar vírgenes y amargadas para siempre.

-A lo mejor no necesitamos a ningún chico para empezar -soltó Marta de repente, girando la cabeza para mirarnos.

Isabel y yo nos quedamos mudas un segundo. La propuesta flotó en el aire, cargada de una electricidad nueva, prohibida pero extrañamente natural. Muchas chicas lo hadn't hecho, lo sabíamos por los rumores del colegio, pero nunca habíamos cruzado esa línea.

-¿A qué te refieres? -preguntó Isabel, aunque su voz delataba que sabía perfectamente la respuesta.

-A que estamos las tres solas, estamos calientes y nos morimos de ganas -dijo Marta, sentándose de golpe. Su timidez habitual se había esfumado, reemplazada por la misma urgencia voluptuosa que me dominaba a mí-. ¿Por qué no nos lo hacemos entre nosotras?

Al principio, Isabel y yo nos miramos sin saber qué decir, divididas entre la sorpresa y el deseo que ya nos humedecía las bragas. Pero la tensión acumulada de todo el verano era demasiada. Una risita nerviosa escapó de mis labios, y esa fue la señal de salida.

Me acerqué a Marta gateando por la alfombra. Ella no se movió; me esperaba con los ojos brillantes y los labios entreabiertos. La agarré de la cara con ambas manos, hundiéndose en su mirada antes de juntar nuestros labios. El primer contacto fue suave, un tanteo tímido, pero la necesidad nos arrastró de inmediato. Metí mi lengua en su boca, encontrando una calidez dulce y húmeda, y jugueteé con la suya con un placer que me sacudió el vientre. Marta gimió contra mis labios, rodeando mi cuello con sus brazos y pegando su pecho contra el mío.

-Vamos a mi habitación -propuse, separándome apenas un milímetro, con la respiración entrecortada-. Estaremos más cómodas.

Nos levantamos como tres sonámbulas guiadas por el instinto. Al cruzar el umbral de mi cuarto, la ropa comenzó a caer al suelo sin ceremonias. Camisetas, biquinis, shorts. Ver los cuerpos desnudos de mis amigas y contemplarme a mí misma frente al espejo de la cómoda fue una revelación absoluta de texturas, curvas y colores que el sol del verano había esculpido de manera diferente en cada una.

Marta quedó expuesta bajo la luz de la tarde, luciendo un bronceado canela, uniforme y encendido que resaltaba la firmeza de sus formas. Sus pechos eran redondos, coronados por unos pezones oscuros y erectos que apuntaban hacia el frente con descaro; su cintura era estrecha, quebrando una línea perfecta hacia unas caderas anchas. Isabel, en cambio, era un contraste exquisito: su piel poseía una palidez láctea, casi traslúcida, salpicada por un camino de pecas diminutas. Sus pechos eran más pequeños pero turgentes, de una blancura que contrastaba con la aureola rosada de sus pezones.

Y luego estaba yo. Mi cuerpo tenía un tono dorado intermedio, un bronceado cálido que el sol de la piscina había fijado en mis hombros y en la curva de mi espalda. Siempre había sido más voluptuosa que ellas; mis pechos eran pesados, llenos, con una caída natural y tentadora que terminaba en unas aureolas anchas, de un marrón encendido que delataba mi constante estado de excitación. Al quitarme el biquini, la marca blanca de la tela contrastaba de golpe con la piel dorada de mis caderas anchas y de mis glúteos firmes, redondos, que se tensaban con cada paso. Mi vientre, suave y ligeramente curvado hacia abajo, moría en un monte de Venus espeso, oscuro y recortado, que ya empezaba a brillar por la humedad que brotaba de mi gruta. Verme allí, flanqueada por la piel canela de Marta y la blancura de Isabel, era la estampa perfecta de la lascivia: tres tonalidades de piel distintas dispuestas a fundirse en una sola.

Nos metimos en la cama, un torbellino de extremidades, bocas y suspiros. Las tres estábamos tan sumamente salidas que cualquier roce de muslos, el roce de las caderas o la caricia de los pechos provocaba un escalofrío general. Isabel se colocó entre mis piernas; sus manos, temblorosas pero ansiosas, subieron lentamente por la parte interna de mis muslos, acariciando la piel suave antes de que sus dedos alcanzaran mi vulva, completamente empapada. Solté un gemido que quedó atrapado en la boca de Marta, que me besaba con un hambre voraz mientras aplastaba su vientre canela contra el mío.

Sentir los labios y las lenguas de mis amigas recorriendo mi piel era una delicia perfecta. Isabel bajó la cabeza, deslizando su cuerpo pálido entre mis piernas, y empezó a lamer mi coño con una devoción experta, recorriendo mis labios menores y concentrándose en mi clítoris con pasadas rápidas y húmedas. Yo me arqueé en la cama, clavando las uñas en las nalgas firmes de Marta, devorada por la intensidad del placer.

Pronto, el deseo de satisfacción mutua nos llevó a coordinarnos sin necesidad de hablar. Nos acomodamos en la cama formando un triángulo perfecto, un círculo de pura lujuria donde los cuerpos se encajaban con precisión matemática. Marta se inclinó sobre Isabel, frotando sus pechos bronceados contra los senos blanquísimos de ella mientras lamía su vagina ardiente con entusiasmo; Isabel, a su vez, tenía la cabeza entre mis piernas, saboreando mis fluidos; y yo, con el cuerpo estirado y los dedos enredados en el pelo de Marta, hundía mi rostro en su coño oscuro y perfumado, disfrutando del sabor salado y húmedo de su entrega.

Era una coreografía perfecta de jugos, suspiros y contracciones. Mis dedos se enterraban en la carne firme de las caderas de Marta mientras mi lengua trabajaba en su clítoris, escuchando sus gemidos ahogados que estimulaban a Isabel para lamerme a mí con más fuerza. Disfrutamos de infinidad de orgasmos encadenados. No hubo recoveco de nuestros cuerpos que no recorriésemos con nuestras lenguas; nos besamos los pechos, nos recorrimos los vientres y nos entregamos a un placer infinito que nos dejó completamente vacías.

Cuando el sol empezó a ocultarse, tiñendo la habitación de un tono anaranjado, el triángulo se deshizo lentamente. Terminamos agotadas, sudorosas y sumamente felices, estiradas en la cama deshecha mirando el ventilador, con las pieles unidas por una mezcla de sudor y fluidos compartidos.

-Esto... hay que repetirlo -consiguió decir Isabel, con la voz ronca y una sonrisa de satisfacción absoluta.

-Siempre que lo necesitemos -coincidió Marta, abrazándose a mí, dejando que su brazo canela descansara sobre mi torso.

Las despedí una hora después con un pacto silencioso sellado en la piel. Lo que habíamos hecho era maravilloso, una liberación perfecta, pero mientras me duchaba y sentía el agua fría correr por mi cuerpo, una idea seguía fija en mi mente, inamovible como una roca.

La exploración con mis amigas había sido una delicia, pero no llenaba el vacío principal. Mi cuerpo seguía reclamando la madurez, el peso y la potencia. Necesitaba una polla. Necesitaba ser poseída por un hombre que supiera exactamente cómo romperme por dentro. Y si los hombres de la urbanización eran unos cobardes, tendría que buscar en otra parte. El verano estaba terminando, el regreso al colegio de monjas era inminente, y fue precisamente allí, entre sotanas y rezos, donde encontré la solución a mi obsesión.

Capítulo 3 El secreto de la celosía

Septiembre llegó arrastrando la pesadez del fin de las vacaciones y el regreso forzado a la rutina. La libertad de los días de biquini y las tardes en mi cama con Marta e Isabel quedó sepultada bajo el peso del uniforme del colegio: la falda plisada por debajo de la rodilla, la camisa blanca abotonada hasta el cuello y los calcetines altos. Una armadura de falsa castidad que la institución nos imponía a todas, pero que en mi caso solo servía para concentrar el calor de mi cuerpo y acelerar mis fantasías.

El pacto con mis amigas seguía vivo en nuestras miradas. Nos rozábamos las manos en los pasillos o nos dejábamos notas rápidas en los cuadernos, recordando la intensidad de aquella tarde de verano en la que nuestras pieles de tres colores se habían fundido en un solo torbellino de jugos y orgasmos. El espacio seguro que habíamos construido entre nosotras era perfecto para aliviar la urgencia del momento, pero no apagaba la verdadera hoguera que me consumía por dentro. Mi mente seguía fija en el peso de la madurez. Necesitaba la potencia de un hombre experimentado, la fuerza que don Julián se había cobrado a medias bajo el agua de la piscina antes de huir acobardado por la presencia de su propio hijo.

Fue durante la primera misa del curso, mientras el incienso saturaba el aire de la capilla, cuando encontré el objetivo perfecto. En el altar, guiando los rezos con una voz profunda, firme y magnética, estaba el nuevo capellán del colegio, el padre Andrés.

No pasaba de los cuarenta años. Tenía una estructura física imponente que la sotana negra no lograba disimular: hombros anchos, una postura recta y unas manos grandes, de dedos largos, que sostenían el cáliz con una seguridad que me hizo humedecer las bragas al instante bajo la tela pesada de mi falda. Su rostro era serio, anguloso, con unos ojos oscuros que parecían taladrar los bancos de las alumnas. Él no era un muchacho asustadizo de la urbanización; era un hombre maduro investido de una autoridad absoluta. Y el hecho de que fuera un hombre sagrado, alguien prohibido por las leyes del cielo y de la tierra, solo hacía que mi deseo de rendición ante él fuera una tentación insoportable.

Estudié sus hábitos durante las dos primeras semanas. Sabía que los viernes por la tarde, justo después de las últimas clases de tutoría, se sentaba en el confesionario del lateral de la capilla para escuchar las faltas de las estudiantes. El lugar era perfecto: un mueble de madera oscura, antigua, con una celosía tupida que separaba el cubículo de la penitente del espacio del sacerdote. Una barrera diseñada para que la carne no interfiriera con el espíritu, pero que yo pensaba utilizar como el escenario de mi juego más audaz.

El viernes elegido, esperé a que la mayoría de las chicas pasaran por el trámite y se marcharan a los autobuses. Cuando la capilla quedó en un silencio sepulcral, roto solo por el eco lejano de mis zapatos sobre el mármol, me acerqué al confesionario. El corazón me latía con fuerza en el pecho, pero no por miedo, sino por la pura adrenalina de la caza.

Me deslicé en el habitáculo estrecho, me puse de rodillas sobre el cojín de cuero gastado y cerré la portezuela de madera. El espacio olía a cera de vela, madera vieja y a la colonia limpia, con un toque de tabaco y madera, que emanaba del otro lado de la rejilla.

-Ave María Purísima -escuché su voz, un murmullo grave que vibró directamente en mi vientre.

-Sin pecado concebida -respondí, pegando los labios a la madera calada.

A través de los pequeños agujeros de la celosía, apenas se distinguía su silueta en la penumbra. Estaba de perfil, apoyando la frente en una mano.

-Bendígame, padre, porque he pecado -comencé, adoptando un tono falsamente sumiso-. He tenido pensamientos impuros... y he dejado que la carne me domine.

-El Señor es misericordioso con quienes buscan el perdón, hija. Confiesa tus faltas para limpiar tu alma -dijo él, con la distancia profesional de quien ha escuchado mil veces las mismas quejas infantiles sobre mentiras o desobediencias.

-No sé por dónde empezar, padre... Es que me gusta que me metan mano. No puedo evitarlo -solté sin anestesia, con una voz suave pero completamente nítida.

Noté cómo la silueta del padre Andrés se tensaba de inmediato. Separó la frente de su mano y giró levemente la cabeza hacia la rejilla. El silencio se prolongó durante unos segundos que parecieron eternos.

-La concupiscencia es una prueba difícil en la juventud, hija. Debes apartar esos pensamientos... -intentó reconducir, pero su tono ya no era tan firme. Había una leve vacilación en su voz.

-Es que no son solo pensamientos, padre. Este verano me entregué por completo a la voluptuosidad -continué, acomodándome de rodillas, dejando que el roce de mi falda contra mis muslos hiciera un leve ruido en el cubículo-. Había un hombre en la piscina de mi urbanización. Un hombre maduro, fuerte... casado. Me metí al agua con él y obligué a que su mano quedara atrapada entre mis muslos. Cerré las piernas con fuerza y dejé que tocara mi coño a través del biquini.

Escuché una respiración profunda del otro lado de la celosía. Una inspiración entrecortada.

-Hija, detén los detalles innecesarios, la confesión exige...

-Necesito que entienda la gravedad de mi culpa, padre -lo interrumpí con dulzura, pegando aún más la boca a la rejilla, sabiendo que mi aliento caliente cruzaba los agujeros de madera-. Sus dedos eran grandes y duros. Me aplastó el clítoris con una fuerza brutal a través de la tela húmeda, frotándome hasta que estuve a punto de correrme en medio del agua. Sentir la presión de un hombre de su edad, alguien con autoridad, me hizo destilar tanta humedad que pensé que me desmayaba.

El silencio que siguió fue absoluto. El aire en el confesionario parecía haber ganado temperatura. Pegé los ojos a la celosía y, acostumbrándome a la oscuridad, percibí que el padre Andrés ya no me miraba de reojo; estaba completamente girado hacia mí. Sus manos ya no estaban cruzadas sobre el pecho; una de ellas había bajado hacia su regazo, oculta bajo los pliegues de la pesada sotana negra.

-Esa misma noche -proseguí, bajando el tono a un susurro lúbrico, arrastrando las palabras con deliberación-, me encerré en mi cuarto. Estaba tan caliente que me quité la ropa y me metí los dedos pensando en él. Imaginé que su mano áspera rompía la tela, que sus dedos largos se introducían en mi vagina, hundiéndose en mis entrañas para lamer mis jugos desde dentro, como un ser libidinoso que me llenara de un placer infinito. Desde ese día, padre, no puedo dormir sin meter el dedo medio dentro de mí, frotándome con fuerza mientras sueño con que un hombre maduro me folle hasta destrozarme.

Un leve crujido de madera resonó en el habitáculo del sacerdote. Escuché el roce acelerado de la tela de su sotana a la altura de su entrepierna. El ritmo de su respiración ya no era el de un confesor; era el de un hombre excitado, atrapado en la trampa psicológica que le había tendido. El sonido sutil de un frotamiento rítmico llegó a mis oídos, idéntico al que yo hacía en la soledad de mi cama. El padre Andrés se estaba tocando, devorando cada una de las palabras explícitas que salían de mi boca de adolescente.

Para no dejarlo a la mitad de la paja, continué detallando la humedad de mis bragas, el ardor de mi vulva y mi desesperación por sentir una polla de verdad entrando en mi gruta del deseo. Los gemidos apagados del sacerdote se hicieron más evidentes, mezclados con el jadeo de quien está a punto de perder el control por completo tras la barrera que debía protegerlo.

De pronto, el frotamiento cesó con un suspiro largo y ahogado. Hubo unos momentos de quietud donde solo se escuchaba el intento del padre Andrés por recuperar la compostura. Se limpió discretamente y se acomodó la ropa. Cuando volvió a hablar, su voz era ronca, densa, desprovista de cualquier rastro de santidad.

-Tu... tu pecado es grave, hija -consiguió decir, carraspeando para disimular el temblor de sus cuerdas vocales-. La absolución requiere una penitencia especial. Quédate en la capilla... Espera a que terminen las confesiones de las últimas rezagadas. No te vayas.

-Sí, padre. Lo que usted ordene -respondí, con una sonrisa de triunfo absoluto dibujada en el rostro.

Salí del confesionario sintiendo mis bragas completamente empapadas, pegadas a mi piel dorada por el calor del deseo. Me senté en el último banco de la capilla, bajo la luz tenue de los vitrales. Estaba nerviosa, con las piernas cruzadas apretando mi propia entrepierna para contener el latido de mi coño. Iba a ser mi primera vez con un hombre. ¿Me dolería? ¿Sería salvaje o se contendría por la culpa de su investidura? Miré la gran polla que intuía bajo su sotana y sonreí. El juego de seducción había terminado; ahora empezaba la entrega real en las sombras de la sacristía.

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