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La Guardía de Infierno

La Guardía de Infierno

Autor: : Yi Shi
Género: Fantasía
El aire del Mictlán era frío, como siempre, pero el calor de la desesperación quemaba más. El portal de regreso, nuestra única esperanza, se encogía a cada segundo. La Catrina, mi novia, se paraba firme, bloqueando el camino. "No. Él vendrá. Le prometí que lo esperaría", dijo, refiriéndose a El Charro. La desesperación se convirtió en furia mientras mi cuerpo empezaba a deshilacharse. La amaba, el recuerdo de ese amor, pero la supervivencia era más fuerte. La golpeé en la nuca, un golpe seco y preciso. La arrastré conmigo a través del portal justo cuando se cerraba. De vuelta en el Mictlán, la observé despertar, furiosa, pero eventualmente pareció aceptar. Años de paz pasaron en mi mansión, nuestras almas fortalecidas. Yo estaba a punto de ascender, de convertirme en Cacique del Inframundo. Pero en medio de la ceremonia, el ataque de las Almas en Pena llegó. Y dirigiendo a la turba, estaba ella, La Catrina. Su rostro, cubierto de odio puro, me gritó: "¡Si no hubieras sido tan egoísta, El Charro no se habría desvanecido! ¡Tú lo mataste!". "¡Ahora ve y acompáñalo en su perdición!". Mi alma fue desgarrada, el dolor y la traición absolutos. Mi último pensamiento fue una furia que quemaba más que el fuego del infierno. Y entonces, desperté. Con el mismo olor a cempasúchil y tierra mojada. El mismo portal tembloroso y las mismas Almas en Pena. Y frente a mí, La Catrina, bloqueando el paso, con la misma expresión terca. "No. Él vendrá. Le prometí que lo esperaría". Había vuelto. Al día en que todo se fue al demonio. Pero esta vez, no habría golpe rápido ni escape. Esta vez, los iba a destruir. A los dos.

Introducción

El aire del Mictlán era frío, como siempre, pero el calor de la desesperación quemaba más.

El portal de regreso, nuestra única esperanza, se encogía a cada segundo.

La Catrina, mi novia, se paraba firme, bloqueando el camino.

"No. Él vendrá. Le prometí que lo esperaría", dijo, refiriéndose a El Charro.

La desesperación se convirtió en furia mientras mi cuerpo empezaba a deshilacharse.

La amaba, el recuerdo de ese amor, pero la supervivencia era más fuerte.

La golpeé en la nuca, un golpe seco y preciso.

La arrastré conmigo a través del portal justo cuando se cerraba.

De vuelta en el Mictlán, la observé despertar, furiosa, pero eventualmente pareció aceptar.

Años de paz pasaron en mi mansión, nuestras almas fortalecidas.

Yo estaba a punto de ascender, de convertirme en Cacique del Inframundo.

Pero en medio de la ceremonia, el ataque de las Almas en Pena llegó.

Y dirigiendo a la turba, estaba ella, La Catrina.

Su rostro, cubierto de odio puro, me gritó: "¡Si no hubieras sido tan egoísta, El Charro no se habría desvanecido! ¡Tú lo mataste!".

"¡Ahora ve y acompáñalo en su perdición!".

Mi alma fue desgarrada, el dolor y la traición absolutos.

Mi último pensamiento fue una furia que quemaba más que el fuego del infierno.

Y entonces, desperté.

Con el mismo olor a cempasúchil y tierra mojada.

El mismo portal tembloroso y las mismas Almas en Pena.

Y frente a mí, La Catrina, bloqueando el paso, con la misma expresión terca.

"No. Él vendrá. Le prometí que lo esperaría".

Había vuelto.

Al día en que todo se fue al demonio.

Pero esta vez, no habría golpe rápido ni escape.

Esta vez, los iba a destruir.

A los dos.

Capítulo 1

El aire del Mictlán, el inframundo, era siempre frío, un frío que se metía en los huesos y recordaba a los espíritus que ya no pertenecían al mundo de los vivos, pero el portal de regreso estaba a punto de cerrarse, y el calor de la desesperación era mucho peor que cualquier helada.

El portal, una grieta de luz temblorosa que olía a cempasúchil y a tierra mojada, se encogía a cada segundo.

Era nuestra única oportunidad de volver a casa antes de que el sol del mundo de los vivos nos borrara para siempre.

"¡La Catrina, por favor! ¡Abre paso! ¡Nos vamos a desintegrar!", gritaba un alma en pena, su forma ya traslúcida.

Pero ella, mi novia, La Catrina, se paraba firme frente a la salida, con sus brazos extendidos, bloqueando el camino.

Su hermoso rostro, pintado con la elegancia de la muerte, estaba tenso por la espera.

"No. Él vendrá. Le prometí que lo esperaría".

Su primer amor, El Charro. Siempre El Charro.

El tiempo se agotaba. Vi cómo los bordes de mi propio cuerpo empezaban a deshilacharse, volviéndose humo.

Si no cruzábamos ya, quedaríamos atrapados aquí, en el mundo de los vivos, condenados a desaparecer con el amanecer.

La amaba, o al menos, amaba el recuerdo de lo que fuimos. Pero mi instinto de supervivencia era más fuerte.

Me moví rápido, sin pensarlo dos veces.

Mi mano se cerró en un puño y la golpeé en la nuca.

Fue un golpe seco, preciso.

La Catrina se desplomó en el suelo, inconsciente, su elegante sombrero rodando por el polvo.

Sin dudarlo, la arrastré conmigo y me lancé a través del portal justo cuando se cerraba en un susurro.

Caímos en la tierra familiar y fría del Mictlán.

Detrás de nosotros, en el mundo de los vivos, vi la figura de El Charro desvanecerse como el rocío con los primeros rayos del sol.

Nunca lo logró.

Los años que siguieron en el inframundo fueron extrañamente pacíficos.

La Catrina despertó, furiosa al principio, pero con el tiempo, pareció aceptar su destino.

O eso creí yo.

Vivimos juntos en mi mansión del inframundo, cultivando nuestros poderes, fortaleciendo nuestras almas.

Yo estaba en la cúspide de mi poder, a punto de ascender, de convertirme en un Cacique del Inframundo, un líder entre los espíritus.

La ceremonia era grandiosa, el aire vibraba con energía.

Estaba arrodillado, listo para recibir la bendición final.

Fue entonces cuando sentí el primer ataque.

No era un enemigo externo.

Eran Almas en Pena, innumerables, con los ojos vacíos y llenos de odio, abalanzándose sobre mí.

Y en medio de ellos, dirigiendo el ataque, estaba ella.

La Catrina.

Su rostro ya no tenía la dulzura que una vez amé, solo un odio puro y retorcido.

"¡Si no hubieras sido tan egoísta, El Charro no se habría desvanecido! ¡Tú lo mataste!", gritó, su voz cortando el aire como un cuchillo de obsidiana.

"¡Ahora ve y acompáñalo en su perdición!".

Sentí cómo mi alma era desgarrada, reducida a un simple hilo de luz, a punto de extinguirse.

El dolor era absoluto. La traición, aún peor.

Mientras mi conciencia se desvanecía, mi último pensamiento fue de una furia tan intensa que quemó más que cualquier fuego del infierno.

Y entonces, desperté.

El mismo olor a cempasúchil y tierra mojada.

El mismo portal tembloroso.

Las mismas Almas en Pena gritando desesperadas.

Y frente a mí, La Catrina, bloqueando el paso, con la misma expresión terca en su rostro.

"No. Él vendrá. Le prometí que lo esperaría".

Había vuelto.

Había vuelto al día en que todo se fue al diablo.

Pero esta vez, no habría un golpe rápido e inconsciencia.

No habría un escape de último segundo.

Esta vez, los iba a destruir. A los dos.

Capítulo 2

El pánico se apoderó de los espíritus atrapados.

El sol estaba a punto de salir en el mundo de los vivos, y su luz era veneno para nosotros.

Podía sentir cómo mi propia esencia se debilitaba, como si una mano invisible me estuviera deshaciendo grano a grano.

"¡Catrina, maldita seas! ¡Nos vas a matar a todos!", aulló un espíritu anciano, cuya barba fantasmal ya se había desvanecido por completo.

"¡Tu egoísmo nos condenará!".

La multitud de almas se agitaba, un mar de desesperación y rabia.

Empujaban, intentando abrirse paso, pero La Catrina era un muro infranqueable.

La miré.

Esta vez, no vi a la mujer que amé.

Vi a la traidora que me había destrozado el alma.

Vi a la mujer que, en otra vida, me había gritado que acompañara a su amado en la perdición.

La Catrina ni siquiera se inmutó ante los gritos.

Su mirada estaba fija en el horizonte, buscando la silueta de su Charro.

"Silencio", dijo con una voz fría y autoritaria, una voz que no toleraba réplicas. "Él vale más que todos ustedes juntos. Esperaremos".

La arrogancia en su voz era tan espesa que se podía palpar.

Un espíritu joven y temerario intentó pasar corriendo a su lado.

Fue un error fatal.

La Catrina se movió con una velocidad antinatural.

Sus manos se encendieron con un fuego etéreo, un fuego fantasmal de color azul pálido que no quemaba la carne, sino el alma.

La Danza de Fuego. Un poder ancestral que pocos dominaban.

Lanzó una llamarada que envolvió al joven espíritu.

Él no gritó. Simplemente se deshizo en un chillido silencioso, su esencia consumida por las llamas azules hasta que no quedó nada más que un eco de su existencia.

El silencio que siguió fue total, pesado, lleno de terror.

Nadie más se atrevió a moverse.

Ahora todos sabían que La Catrina no bromeaba. Estaba dispuesta a destruir a quien se interpusiera en su espera.

Era mi momento de actuar.

Caminé lentamente hacia ella, mi rostro mostrando una falsa expresión de apoyo y comprensión.

Me paré a su lado, dándole la espalda a las demás almas.

"Catrina", dije en voz baja, asegurándome de que solo ella me oyera. "Haces bien. El amor verdadero requiere sacrificios".

Ella me miró, sorprendida por mi apoyo.

"No dejes que estos cobardes te presionen", continué, mi voz era miel envenenada. "Esperaremos juntos. Yo te cubriré la espalda".

Luego me volví hacia las almas aterrorizadas.

"¡Escuchen todos!", grité, mi voz resonando con una autoridad que no sabían que poseía. "La Catrina tiene razón. La lealtad es una virtud. Esperaremos a El Charro. Aquellos que confíen en ella, serán recompensados. Aquellos que duden... ya han visto el precio".

Mi discurso fue una daga de doble filo.

Para La Catrina, eran palabras de apoyo que alimentaban su ego.

Para las demás almas, era una sentencia de muerte firmada por mí.

Vi la desesperanza absoluta en sus rostros.

Cualquier pequeña llama de rebelión que quedaba, se extinguió.

Estaban atrapados entre la luz del sol que los borraría y una guardiana loca dispuesta a incinerarlos.

La Catrina me dedicó una pequeña sonrisa de suficiencia, un gesto de aprobación.

"Sabía que entenderías, Indio".

Oh, yo entendía perfectamente.

Entendía que su arrogancia y su ceguera serían sus verdugos.

Y yo, con mucho gusto, sería quien afilaría el hacha.

La Catrina, ahora segura de que nadie más la desafiaría, se cruzó de brazos.

Levantó la barbilla con un aire de desprecio absoluto, mirando por encima de las cabezas de los espíritus temblorosos como si fueran insectos.

Su postura gritaba victoria, su confianza era un insulto a la agonía que nos rodeaba a todos.

Perfecto.

Todo iba según el plan.

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