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La Heredera Renacida Busca el Divorcio

La Heredera Renacida Busca el Divorcio

Autor: : PR
Género: Romance
Tras un acalorado enfrentamiento con su marido y su compañera, Emilia fue empujada escaleras abajo. Creía que moriría, pero cuando despertó de nuevo, se dio cuenta de que había viajado al pasado dos años atrás. Dios le ofreció una oportunidad de enmendar su camino. Esta vez, devolvería la gloria a su familia y haría que todos los traidores pagaran. Sin embargo, en el proceso de ascender a la cima de su carrera, conoció a un hombre muy intimidante y apuesto. Emilia no quería volver a involucrarse con otro hombre, pues se había demostrado a sí misma que ellos solo la arrastrarían hacia abajo. Sin embargo, sus constantes incidentes con él estaban rompiendo poco a poco el muro de su corazón...

Capítulo 1 Capítulo 1

Punto de vista de Emilia

Bebí mi último trago y agarré mi bolsa. Luego, volteé a ver a Camila, mi única amiga, quien tenía una ceja levantada mientras miraba su reloj.

"¡Emi, no seas así! Todavía es temprano", se quejó

"Tengo que irme. Kayden debe estar esperándome", contesté, negando con la cabeza.

"Amiga, ¡no me hagas reír! Ese hombre nunca se ha preocupado por ti. De hecho, sigo sin entender por qué sigues casada con alguien como él", refutó ella.

Sus palabras me lastimaron hasta el alma, aunque sabía que esa no había sido la intención de Camila. De hecho, ella estaba furiosa, pues llevaba tres años casada con Kayden Horrison y durante todo ese tiempo, él nunca me había mostrado ni una pizca de amor.

"Ay, Camila. Tú sabes mejor que nadie cuánto lo amo", suspiré resignada.

"¿De verdad crees esto vale la pena?", preguntó ella, tomándome de las manos.

Mi amiga estaba genuinamente preocupada. Yo también estaba consciente de que mi matrimonio no había tenido el mejor inicio, pero confiaba en que mi amor sería suficiente para hacer cambiar a Kayden Horrison.

Él siempre se había portado distante conmigo, pero cuando estaba en el punto más bajo de su vida, le pedí que nos casáramos y él no lo dudó ni un instante.

No sabía a ciencia cierta si valía la pena quedarme en ese matrimonio, pero yo esperaba que sí.

"Ya me voy, pero tú sigue divirtiéndote", le pedí a mi amiga, con una sonrisa forzada, tras abrazarla.

"Vete con cuidado", respondió ella, correspondiendo mi abrazo.

Me subí a mi carro y manejé en completo silencio a mi casa. Por más que intentaba evitarlo, las palabras de Camila se repetían una y otra vez en mi mente. No importaba lo que los demás dijeran, mi marido volvía todas las noches a casa, lo que indicaba que todavía era posible salvar mi matrimonio.

Sin embargo, cuando entré a mi hogar, fui testigo de la más cruel de las traiciones. Encontré a mi esposo en la escalera, en compañía de una figura femenina.

Mi corazón se aceleró cuando él le sonrió con amor a su acompañante. Me acerqué un poco a ellos y reconocí la identidad de la intrusa: Amelia Contreras, su ex y primer amor.

Ellos estaban en su mundo, así que ni siquiera se daban cuenta de que yo los espiaba desde las sombras.

"Tengo una sorpresa para ti, mi amor.", empezó ella, con una sonrisa que mi esposo correspondió.

Los celos me invadieron al ver los ojos del hombre que amaba llenos de alegría, amor y paz, algo que no pasaba cuando él y yo estábamos juntos. Las lágrimas inundaron mis ojos y mis manos comenzaron a temblar.

Estaba furiosa por su traición. Acabábamos de hablar el mes pasado y me había jurado que ya no veía a su primer amor, pero ¡todo era mentira! Lo había descubierto en el acto y en mi propia casa.

"¡Estoy embarazada!", exclamó Amelia.

No daba crédito a sus palabras. ¿Embarazada? ¿Kayden había sido tan c*brón como para embarazar a su amante?

En los ojos de mi marido apareció la sorpresa, pero pronto se convirtió en felicidad. Yo sentía que mi corazón se rompía en miles de pedazos.

Todavía recordaba lo que me había dicho durante los primeros días de nuestro matrimonio. No quería tener hijos pronto, pues aún estaba preparándose para ser un buen padre; sin embargo, me prometió que me diría cuando estuviera listo. Por esa razón, yo tomaba pastillas anticonceptivas. No obstante, al verlo tan dichoso porque sería el padre del hijo de otra mujer tuve que reconocer su traición: ¡ese inf*liz me había estado mintiendo!

"¡Me haces el hombre más feliz del mundo! ¡Muchas gracias, nena!", respondió él.

Las lágrimas rodaron por mis mejillas, pero inmediatamente las sequé y comencé a caminar hacia ellos. Mis tacones hacían ruido mientras subía las escaleras, así que ellos voltearon a verme casi de inmediato.

Sentí un fuerte dolor en el pecho cuando Kayden colocó a Amelia detrás de él. Para él yo no era más que una bruja despiadada que quería lastimar a su tierna e inocente princesa.

Lo que esos imb*ciles ignoraban era que yo seguía siendo legalmente su esposa. El recordar eso aumentó mi ira. Era incapaz de contenerme.

"Kayden, ¡¿cómo pudiste hacerme esto?! ¡Me juraste que ya no había nada entre ustedes! ¡Eres un m*ldito mentiroso!", le grité, mientras lo golpeaba con mi bolsa.

"Emilia, déjate de est*pideces", soltó él con frialdad, apretando con fuerza mi muñeca.

"¿Est*pideces? ¿Te parece que ser un p*nche infiel es una est*pidez? ¿Sabes qué? ¡Váyanse a la chingada tu p*ta y tú!", solté, con el ceño fruncido y las lágrimas escurriendo por mi rostro.

"Emilia, no vuelvas a insultar a Amelia. Serás legalmente mi esposa, pero ella es mi verdadero amor", declaró.

«Su verdadero amor», repetí en mi cabeza.

"¡Qué raro, Kayden! No te referiste a ella así la última vez que hablamos. ¿Por qué me haces esto?", le pregunté.

"No tengo que darte explicaciones. Yo puedo hacer lo que se me antoje. Y ya deja el tema por la paz, o tendré que divorciarme de ti, ¿entendiste?", me amenazó, con el ceño fruncido.

¿Divorciarnos? ¿Cómo se atrevía a decir eso cuando en la mañana había conseguido una inversión nueva para su empresa? ¿Quién se creía que era?

"P*ndejo", le dije, tras zafarme de su agarre y cachetearlo con todas mis fuerzas.

"Emilia, no lastimes a Kayden, por favor. No es culpa de nadie, en el amor no se manda", intervino Amelia.

"¡Cállate, p*rra!", escupí, mirándola directamente a los ojos.

"¡YA TE DIJE QUE NO LE HABLES ASÍ A MI AMADA, EMILIA! ¡ES LA ÚLTIMA VEZ QUE TE LO DIGO!", exclamó Kayden, apretando mi cuello con su mano.

"¿O qué? ¿Te divorciarás de mí? ¿Eh?", pregunté con un hilillo de voz, pues me costaba trabajo respirar.

"No me tientes", contestó él, apretando los dientes.

"Kayden, no puedes hacer eso. No eres capaz de dejarme", lo provoqué.

"Eres más ingenua de lo que creía, Emilia. Claro que puedo. Yo nunca te he amado", contestó él, con una sonrisa siniestra. Acto seguido, quitó su mano de mi cuello.

Las lágrimas volvieron a rodar por mi rostro. Quería contestarle algo hiriente, pero mis labios solo temblaban. Me había dolido en el alma escucharlo decir eso.

"Nunca te quise. Solo te usé y tú fuiste tan est*pida como para creerte mis mentiras", añadió, dando unos pasos hacia atrás.

"Y ahora ya no me sirves, Emilia. Llegó el momento de que me deshaga de ti y por fin pueda vivir al lado de la mujer que amo", remató, regresando con Amelia, mientras me miraba con desprecio.

Al principio creí que moriría. Mi dolor era tanto y mi corazón estaba tan roto que no estaba segura de que pudiera volver a amar a alguien. Sin embargo, la ira comenzó a llenar mi corazón: los últimos tres años habían sido una mentira y yo había sido una imb*cil por creerle a ese poco hombre.

Camila tenía razón, no valía la pena seguir en ese matrimonio de m*erda.

Despacio enjugué mis lágrimas, inhalé profundamente para calmar mi respiración y me enderecé. Luego dije: "Entonces, ¿de verdad estás decidido a ponerle fin a lo nuestro?".

"Sí", contestó él, con una voz en la que no había ni atisbo de duda. Yo no pude evitar sonreír con ironía.

"Bueno, entonces mi abogado se pondrá en contacto contigo para entregarte el acuerdo de divorcio, así como el plan de desinversión", sentencié.

"¿Qué estás diciendo?", preguntó él de inmediato.

"Ya sabes, desinversión. No hay ninguna razón para que apoye a tu empresa ahora que nos divorciemos", me burlé.

"Emilia, ¡no hagas eso, por favor! Sin ese dinero, el negocio de Kayden quebrará", interrumpió Amelia.

"¡Ya te dije que te calles, p*ta!", le grité.

"¡EMILIA!", exclamó mi esposo.

Ignoré a Kayden y me concentré en Amelia. Fingía que era una mujer frágil, que estaba a punto de llorar, cuando en realidad era una c*lera doble cara que había logrado engañar a todos a su alrededor. No me extrañaba que nadie se diera cuenta de que en realidad era una mujer malvada, pues solo a mí me mostraba esa parte de ella.

"Yo solo quiero...", empezó, pero pronto rompió en llanto.

"Ahórrate el espectáculo y tus explicaciones", le dije, sin nada de paciencia.

Cuando Amelia intensificó la fuerza de sus sollozos y se cubrió la cara con las manos, casi le aplaudí. ¡Era una muy buena actriz! Sin embargo, mi humor cambió cuando me di cuenta del anillo que llevaba.

¡Esa sortija era mía! Y no era cualquier anillo: era el que mi abuelo me había dado como regalo de bodas. Lo había mandado a hacer, especialmente para mí, con un exclusivo diseñador el mismo año en el que nací y solo había uno en el mundo. ¡¿Cómo se atrevía esa p*rra a ponerse algo que no era suyo?!

"¡Una cosa es que seas una m*jerzuela y otra que seas una ladrona!", chillé, caminando hacia ella, con la intención de recuperar mi anillo, pues no iba a permitir que esa cu*lquiera profanara el recuerdo de mi abuelo, el hombre que me amó con todo su ser y a quien yo había defraudado.

"¡EMILIA, TE LO ADVERTÍ!", rugió mi esposo.

Antes de que pudiera poner un dedo sobre mi anillo, Kayden me había tomado de los brazos y alejado de su amante. Lo siguiente que supe fue que me dio una cachetada tan fuerte que me mandó hacia atrás, perdí el equilibrio y terminé rodando por las escaleras.

Escuché que Amelia gritó, pero yo no tenía tiempo para ella. Me sentía mareada y veía todo borroso. Sabía que estaba indefensa sobre el frío piso, pero por más que quería, no podía moverme.

Mientras mi visión se oscurecía, sentí algo húmedo en la parte posterior de mi cabeza.

Me dolía horriblemente la cabeza y el frío me calaba hasta los huesos. Esperaba que alguien acudiera en mi ayuda, o que al menos me abrazara en mis últimos momentos. Busqué a Kayden con la mirada y por el rabillo del ojo lo vi abrazando a Amelia. Incluso en un momento como ese, su prioridad era calmar a su amante.

Por fin me daba cuenta de lo ciega que había estado. Kayden nunca me había amado y jamás se había preocupado por mí, ni siquiera en mis últimos instantes. Me sentía rota en todos los sentidos.

Antes de que la oscuridad me consumiera por completo, me pareció ver las preocupadas caras de mis padres y de mi abuelo. Las lágrimas rodaron por mis mejillas, mientras el resentimiento llenaba lo que quedaba de mí.

«Abuelo, perdóname. Fui una tonta por no haberte escuchado. Nunca debí casarme con ese hombre cruel e interesado, que lo único que quería era mi dinero. Fui una est*pida por acabar con la fortuna familiar para complacer todos sus deseos», comencé.

«Perdóname por haberme convertido en la esclava de ese monstruo ambicioso, en lugar de seguir siendo tu orgullosa heredera. No sabes lo arrepentida que estoy. Ahora me doy cuenta de que estaba completamente equivocada y si pudiera regresar en el tiempo, nunca me casaría con él ni cometería los mismos errores».

«Abuelito, si tuviera otra oportunidad, te aseguro que no caería en los engaños de esa basura. ¡Recuperaría mi orgullo y el de nuestra familia!», concluí.

Sin embargo, en mi lamentable estado, ¿sería posible que tuviera otra oportunidad?

Capítulo 2 Capítulo 2

Punto de vista de Emilia

Un escalofrío recorrió mi cuerpo cuando un aire helado besó mis mejillas. Parecía que todo mi cuerpo estaba húmedo.

Abrí los ojos lentamente. Un cielo en calma me dio la bienvenida.

¿¡Qué ch*ngados!?

«¿No se supone que estoy muerta? El inf*liz de mi esposo me empujó por las escaleras y luego dejó que me desangrara hasta morir», pensé.

Todavía recordaba la horrible experiencia. Toda gota de vitalidad me abandonó y poco a poco la vida escapó de mi cuerpo y dio paso a la debilidad, el frío y el miedo.

También me acordaba de haberle pedido ayuda a Kayden, pero él ni siquiera se acercó a mí. Me miró con frialdad y sin rastro de culpa mientras me moría. De hecho, parecía que había estado esperando ese momento por mucho tiempo.

Tampoco era algo que me sorprendiera. Después de todo se había casado conmigo por mi dinero y apenas muriera, él se convertiría en el heredero de toda mi fortuna, pues era mi esposo.

Mientras le daba vueltas al asunto, pasé mi mano por mi cabeza, para encontrar la prueba de que ese c*brón me había m*tado. Sin embargo, no encontré ninguna herida; además, la humedad en mi cabello parecía causada por agua en lugar de sangre.

«¡¿Qué está pasando?!», me pregunté.

Miré hacia abajo y examiné mi cuerpo. Noté que llevaba una vieja blusa hecha a mi medida. Todavía recordaba la tarde en la que mi fúrico marido la destrozó, porque según él, ofendí a su amante, aunque en realidad fue ella la que me insultó.

Nada tenía sentido. ¿Cómo llevaba puesta esa blusa? Yo sabía que estaba rota.

«Debo estar soñando o alucinando», reflexioné.

Unos sollozos me sacaron de mis pensamientos. Volteé hacia la izquierda y me encontré con Kayden y Amelia. Ella lloraba con mucha fuerza y me di cuenta de que estaba empapada, a pesar de que estaba cubierta con la camisa de mi marido. A su lado, mi descamisado esposo la consolaba.

Recorrí el lugar con mis ojos y contuve el aliento al darme cuenta de que estaba en mi casa de vacaciones. No había duda, frente a mí tenía la inmensa alberca. Jadeé por la sorpresa, aunque casi de inmediato me tapé la boca para que nadie se diera cuenta de mi reacción.

¡Recordaba ese momento! De hecho lo identificaba como el punto de quiebre en mi matrimonio.

El día de mi primer aniversario de bodas me enteré de que Kayden iba a nuestra casa de vacaciones. Emocionada y pensando en sorprenderlo, decidí ir, pero la sorprendida fui yo: apenas llegué me encontré con Amelia, quien estaba esperando a mi esposo.

«Entonces, ¿regresé en el tiempo? ¿Renací y tengo una segunda oportunidad para corregir mis errores?», medité.

"¡EMILIA, ERES UNA CELÓPATA EGOÍSTA!", me recriminó mi marido.

Miré a Kayden, quien me veía con molestia. Tenía la cara y el cuello rojos por el coraje y sus ojos estaban llenos de ira.

Fruncí el ceño e intenté identificar la razón de su enojo. ¿Qué había hecho para...? ¡Claro! Amelia vio que Kayden iba hacia nosotras, así que me empujó a la alberca y luego se lanzó al agua y comenzó a fingir que la estaba ahogando.

"¡EMILIA, ¡¿TE VOLVISTE LOCA?! PRIMERO USASTE TU DINERO Y TUS CONTACTOS PARA LLENAR A AMELIA DE PROYECTOS Y EVITAR QUE VOLVIERA AL PAÍS, ¿Y AHORA INTENTAS MATARLA?", me acusó mi esposo.

Como pude, me levanté y miré a Amelia. Quería gritarle de cosas, pero todavía no podía creer que había renacido.

"Emilia, no te quedes ahí parada y discúlpate", gruñó Kayden, con la mandíbula tensa.

¿Disculparme? Sí, eso había hecho la primera vez que viví ese episodio. No solo me había disculpado, sino que ese día me convertí en un mar de lágrimas y regresé devastada a mi casa. Había llorado en la cama hasta quedarme dormida y a la mañana siguiente le rogué a mi esposo para que volviera a casa. ¡Qué t*nta había sido!

Ese había sido el comienzo del infierno que viví con Kayden.

Durante nuestro primer año juntos, él solo me había tratado con indiferencia y apenas y me dirigió la palabra, pero después de ese incidente comenzó a chantajearme y usó el amor que sentía por él para controlarme.

Aún tenía grabado en la memoria el momento en el que me hizo renunciar a mi trabajo en Grupo Guzmán, la empresa de mi abuelo, amenazándome con que si no dejaba de trabajar se divorciaría de mí. Como yo lo amaba tanto y no quería perderlo, acepté sin rechistar.

¿Amor? Ahora me daba cuenta de que todo había sido un autoengaño para no reconocer que ese b*stardo me usaba para salvar su nombre y su mediocre empresa.

"Kayden, déjala... Estaba tan enojada que actuó sin pensar. Y de cualquier forma, ella sigue siendo tu esposa, así que no le hagas nada", intervino Amelia.

Sus palabras me devolvieron a la realidad. ¡Por un momento casi olvidaba que esa mujer era una doble cara! Lo único para lo que era buena era para mentir, cuestión que no debía sorprenderme, pues después de todo era actriz.

Kayden negó violentamente con la cabeza. De lo enojado que estaba, su pecho subía y bajaba rapidísimo. "Nada de eso, Amelia. Ella tiene que disculparse contigo. Además, ya estoy harto de su actitud, ¡está tan desesperada por llamar mi atención que no teme poner en peligro a los demás! ¡Ya no la soporto!", contó él.

Lejos de lastimarme, sus palabras me molestaron. ¿Cómo había soportado la asquerosa actitud de ese m*ldito? ¿De verdad había estado tan cegada como para no darme cuenta de la basura con la que me había casado?

"¡Ay!", grité, cuando Kayden me tomó de la muñeca y me jaló hacia él con fuerza.

Sabía lo que tenía que hacer. Traté de liberarme de su agarre, pero solo conseguí que me apretara con más fuerza.

"¡Suéltame!", demandé, forcejeando.

"¡No hasta que te disculpes!", escupió él, rechinando los dientes y apretando todavía más fuerte mi brazo. Estaba segura de que me lo rompería.

Para liberarme, lo empujé. Mis esfuerzos rindieron frutos, aunque terminé con el brazo arañado y de las heridas escurría un poco de sangre. Me lamenté por no ser más cuidadosa, pues los arañazos me ardían.

"¡Kayden, no la lastimes, por favor!", chilló Amelia, con toda la preocupación que era capaz de fingir.

Yo analicé mis heridas y me mordí la lengua, antes de voltearme hacia Kayden completamente estoica. Él se impactó al notar mi indiferencia.

Por mi parte, yo estaba decidida a aprovechar mi nueva oportunidad al máximo. No volvería a cometer los mismos errores. Mi renacimiento era el momento para convertirme en una mujer fuerte y nueva.

Y lo primero que haría sería salvarme de ese matrimonio enfermo y tóxico.

"Escúchame bien, Kayden. Yo no voy a disculparme, ni ahora ni nunca", sentencié.

Acto seguido me giré y comencé a irme, pero mi molesto esposo me tomó del brazo y me jaló fuertemente hacia él. Quedamos frente a frente.

"¡¿Qué?!", exclamé. El dolor, la ira, el odio y mi deseo de cambiar mi destino habían estallado dentro de mí. Si quería sobrevivir, tenía que dejar las cosas claras con él.

"¡Discúlpate ahora, Emilia! ¡Hazlo o me divorciaré de ti en este instante!", me amenazó él, señalándome con su dedo.

Yo aparté su mano de un manotazo y viéndolo directamente a los ojos, le dije: "¡No vuelvas a señalarme ni amenazarme en tu vida!".

"Kayden, estoy bien. Ya deja el asunto por la paz. Vámonos", interrumpió Amelia, tomando del brazo a mi marido.

Una sonrisa sarcástica apareció en mi rostro. De verdad que esa p*rra pretenciosa era convincente. De no ser porque sabía la clase de mujer que era, habría caído en su actuación de santa amable, paciente y piadosa. Pero yo sabía la verdad sobre la pecadora amante de mi marido.

"¡Te dije que te disculpes! No estoy bromeando, ¡si no lo haces nuestro matrimonio se acabará!", arremetió él, con la ira saliendo de cada poro de su cuerpo.

Yo alcé una ceja y con toda la calma que pude contesté: "No lo haré. Y si tanto te molesta, divorciémonos. A mí no me importa".

Luego le di la espalda y me alejé, con una sonrisa en los labios. Nunca me había sentido tan viva. ¡Todavía no podía creerlo! Para mí todo seguía siendo una locura, pero estaba agradecida por mi segunda oportunidad.

Apenas salí de la casa, vi mi lujoso carro. Recordé que lo había vendido cuando la empresa de mi abuelo comenzó a irse a la quiebra. Lo peor era que todo había sido mi culpa: yo había sacado una fuerte suma de dinero y la había invertido en la empresa de mi marido. Era momento de corregir mis errores.

Haría las cosas bien y me aseguraría de que Kayden pagara cada humillación y dolor que nos causó a mi familia y a mí.

Capítulo 3 Capítulo 3

Punto de vista de Emilia

Estaba en mi cuarto, parada frente a mi calendario. Ya no quedaba duda de que todo era real: la fecha indicaba que estaba en mayo de 2021.

¡Había viajado en el tiempo!

Seguía sin entender lo que había pasado, pero de una cosa estaba segura: era momento de hacer las cosas bien. No volvería a ser la esclava de la basura a la que llamaba esposo, sino que aceptaría mi destino como heredera y exitosa mujer de negocios.

Si quería cambiar mi vida por completo, tenía que empezar a la brevedad. Recordaba que una semana después del incidente de la alberca, Kayden me había obligado a renunciar a la empresa de mi abuelo.

Ese había sido mi segundo peor error. El primero era haberme casado con él.

Para mi fortuna, todavía no era demasiado tarde para corregir la situación.

Con calma, me dirigí a mi clóset y comencé a guardar mi ropa y otros artículos personales. No paré hasta que todo quedó completamente vacío y hubo cinco maletas llenas frente a mí.

Salí de mi cuarto y me detuve frente a las escaleras. Ese era el lugar en el que mi vida había acabado y donde empezaría a cambiar mi destino.

"¿Señora?", llamó tímidamente una de las sirvientas.

Miré en la dirección en la que estaban mis empleadas. Sabía que Kayden las despediría dentro de dos días y me obligaría a realizar todas las tareas domésticas. Sonreí con amargura al darme cuenta de la p*ndejada que permití.

"Ve a mi recámara y ayúdame a meter mis maletas en el carro", le indiqué.

"P-Pero, señora...", comenzó la criada más grande.

"No te preocupes. Todo está bien", le dije, con una sonrisa.

Las mujeres me ayudaron a guardar mi equipaje y yo me subí al auto y me fui. Manejé hacia la casa que mis padres habían construido especialmente para mí. En el camino no podía dejar de sorprenderme por lo t*nta que había sido: renuncié a una vida de lujos y comodidades para estar al lado de un miserable como Kayden.

Apenas llegué a mi destino, me dirigí a la sala, encendí mi laptop y me senté en el sofá. Me costó trabajo recordar la contraseña, pues llevaba varios años sin usarla, pero cuando logré desbloquearla, le mandé un correo a mi abogada para que comenzara con los trámites de divorcio. Como era su costumbre, contestó de inmediato.

En menos de quince minutos mi abogada llegó a mi casa y me extendió los papales de divorcio para que los revisara y firmara. Noté que me veía con una expresión entre confundida y conflictuada.

"Lleve estos documentos con el juez, abogada. Y que no se le olvide enviar una copia de la solicitud a la oficina de Kayden", le pedí, con una sonrisa en los labios.

"Emilia, ¿qué pasó?", preguntó la confundida mujer.

"Nada, abogada. Solo quiero terminar con mi matrimonio".

"Pero.", comenzó ella, con los ojos desorbitados.

Exhaló y luego asintió. Guardó los documentos en su bolsa y respondió: "Como usted ordene, señora".

Le di las gracias y la acompañé a la salida. Cuando me quedé sola, tomé mi celular y le envíe un mensaje a Kayden, avisándole que había comenzado con los trámites de divorcio.

Sonreí al recordar lo arrogante que era. Lo más probable fuese que se negase a dejarme ir tan fácil.

A la mañana siguiente, me desperté de muy buen humor. Me bañé y caminé hacia mi vestidor. Suspiré con frustración al darme cuenta de todos los vestidos de diseñador que había dejado abandonados por años.

A Kayden no le gustaba que saliera y no le importaba como me veía, así que pronto dejé de arreglarme para complacerlo. De hecho, mis ganas de hacerlo feliz eran tantas que no dude en caminar desnuda por su cuarto, después de que tuvimos s*xo. El recuerdo me provocó arcadas.

Para superar el mal momento, me puse un vestido beige de satín, que me llegaba encima de las rodillas y que se amoldaba perfectamente a mi cuerpo, resaltando mis mejores atributos. Lo mejor de todo era que las mangas me llegaban hasta las muñecas, así que escondía los rasguños que me había hecho mi esposo.

Me miré orgullosa en el espejo, tras secar y rizar mi cabello.

Me había pintado los labios de un rojo intenso y el delineado que me había hecho le daba mayor profundidad a mi mirada.

Agarré una de mis bolsas, a juego con mi vestido, y salí de mi cuarto. Mis tacones de aguja resonaban a cada paso que daba, lo que aumentaba aún más mi seguridad.

Por primera vez en mucho tiempo me sentía viva, además de más fuerte y audaz. Aunque había pasado poco tiempo, amaba mi nueva versión.

Me reuní con mi abogada en un restaurante de lujo, en el que se suponía que nos veríamos con Kayden. Lo esperamos toda la mañana, pero nunca llegó, así que me dirigí a su oficina.

Mi enojo aumentó cuando su asistente personal se plantó en la puerta para impedirme el paso.

"Quítate", le ordené.

"Me temo que no puedo, señora", respondió él.

Noté que una sonrisa se estaba formando en los labios de ese m*lnacido. Su jefe lo había entrenado bien.

Ese empleaducho era igual de c*brón que el hijo de p*ta de mi marido. Decidí lanzarle una mirada de pocos amigos para mostrarle que no estaba jugando.

"Señora, retírese, por favor. Al señor Horrison no le gusta que lo molesten", explicó el asistente.

"¿Por qué? ¿Está con su amante?", pregunté, con la ceja levantada.

El cínico hombre no disimuló más su sonrisa y contestó: "Así es, señora. Además, mi jefe me indicó que no dejara pasar a nadie. Si yo fuera usted, me iría inmediatamente. No tiene caso que se lastime de esa forma".

Me reí sarcásticamente. El hombre frunció el ceño, pues estaba acostumbrado a que yo fuera una mujer obediente y sumisa, pero eso había quedado en el pasado.

"Bien, dicen que Dios los hace y ellos se juntan. ¿Si te das cuenta de con quién estás hablando?", solté, barriéndolo con la mirada.

"Señora, retírese, por favor", insistió él.

"Te diré lo que pasará: te quitas de mi camino o le digo a tu esposa que todas las noches se te ve entrando a hoteles con mujeres diferentes", comenté estoica.

Al escuchar eso, los ojos del hombre se desorbitaron y su rostro palideció. Yo levanté una ceja y vi cómo se quitaba de la puerta y clavaba su vista en el piso.

"Si yo fuera tú, le diría la verdad a tu esposa. Buena suerte, perrito faldero", me burlé, antes de entrar a la oficina de Kayden.

Como esperaba, él no estaba ahí, sino en el cuarto privado. Sin embargo, desde la oficina principal se escuchaban gemidos y gruñidos.

Me sentía desdichada, pero mi ira era mayor. Caminé hacia la puerta del cuarto privado, que para mi buena suerte, estaba entreabierta.

Desde donde estaba lo vi todo. Kayden estaba acostado boca arriba en la cama y Amelia estaba a horcajadas sobre él y se movía de arriba a abajo.

Rechiné los dientes, saqué mi celular y comencé a grabar su repugnante fechoría. Amelia apenas estaba despuntando como actriz y si el video se filtraba, su carrera terminaría: dejaría de ser una joven promesa y se convertiría en una amante más.

Apenas conseguí suficiente material, abrí la puerta. Al verse descubierta, Amelia se bajó de inmediato de mi esposo y se cubrió con una sábana. Por su parte, él se amarró una toalla en la cintura y caminó hacia mí.

"Emilia, ¿qué haces aquí?", lanzó.

"Eso no importa. Vine a decirte que más te vale no faltar a nuestra reunión el viernes, o el video de tus aventuras s*xuales recorrerá todos los rincones del internet", contesté.

"¿Me estás amenazando?", soltó él, con los ojos entrecerrados y los dientes apretados, antes de acercarse más a mí.

"Te estoy dando la oportunidad de escoger", le aclaré.

"¿Y crees que te escogeré a ti, en lugar de a la mujer que amo?", cuestionó.

"Kayden, sé que la escogerás a ella. Y si quieres que su carrera finalmente despegue, te reunirás conmigo el viernes. Si me vuelves a dejar plantada...", dije, mirando a Amelia, quien seguía cubriendo sus miserias con la sábana.

"Me aseguraré de acabar con la carrera de Amelia Contreras", terminé, con una inmensa sonrisa.

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