La noche de mi puesta de largo en la finca de Sevilla era un sueño de luces y risas, pero todo estalló en dolor cuando un cohete casero me alcanzó. Quemaduras en la cara y la pierna. Mi prometido, Patrick, y mi hermano, Máximo, sujetaban con furia a la culpable, la nueva moza de cuadra, Scarlett. Sus palabras de consuelo deberían haberme aliviado, pero no lo hicieron.
Postrada en cama, los vendajes apenas contenían el dolor físico. Pero lo más aterrador fue que empecé a ver palabras flotando en el aire: "Protagonista", "Scarlett", "Obstáculo". Las dulces palabras de Patrick y Máximo se contraponían con los fríos "comentarios" que revelaban su verdadera intención. Mi mundo perfecto se desmoronaba.
La farsa se hizo insoportable cuando, ante una supuesta enfermedad de Scarlett, Máximo y Patrick corrieron a atenderla, abandonándome sin dudar. Después, fui testigo de las mentiras de Scarlett, afirmando que yo la había provocado o intentado envenenar. Máximo me miró con una frialdad desconocida, me arrastró fuera de casa y me encerró en una cabaña abandonada, despojándome de mi apellido y mi dignidad.
La humillación continuó. Patrick rompió el compromiso con un desprecio insoportable y me dejó a merced de hombres lascivos. Luego me arrojaron a un miserable barrio portuario, obligándome a trabajar en una taberna inmunda. La sociedad y mi propia familia celebraban a Scarlett, mientras yo sufría en la miseria, enferma y desfigurada. ¿Cómo puede el amor y la lealtad convertirse en veneno tan rápidamente? ¿Por qué esta traición tan cruel?
Pero la desesperación se transformó en fuerza. No les daría la satisfacción de verme quebrada. Mi espíritu, forjado en la adversidad, prometió una cosa: sobreviviría. Y un día, les haría pagar por cada lágrima, cada humillación, cada cicatriz. Esto no era el final, era el principio.
La noche de mi puesta de largo, la finca de mi padre en Sevilla era un mar de luces y risas, pero todo se detuvo con una explosión.
Un cohete casero, lanzado por Scarlett Ramirez, la nueva moza de cuadra, explotó demasiado cerca. El fuego me alcanzó la cara y la pierna.
El dolor fue inmediato, agudo, insoportable.
Mientras me llevaban de urgencia, vi a mi prometido, Patrick Lawrence, y a mi hermano, Máximo Castillo, sujetando a Scarlett con furia.
"¡Pagarás por esto!", le gritó Máximo.
Sus palabras deberían haberme consolado, pero no lo hicieron.
Ahora, tumbada en mi cama, con la cara y la pierna vendadas, el dolor es una constante. Pero hay algo más, algo extraño.
Veo palabras flotando en el aire.
¿Protagonista? ¿Scarlett?
Miro a Máximo, que está sentado a mi lado, cambiándome las compresas frías con una expresión de profunda preocupación.
"Lina, hermanita, no te preocupes. Haremos que esa mujer pague por lo que te ha hecho. Jamás volverá a hacer daño a nadie."
Su voz es sincera, llena de afecto.
Pero las palabras en el aire dicen otra cosa.
El aire se vuelve frío. Miro a Patrick, que sostiene mi mano con fuerza.
"Mi amor, nos casaremos en cuanto te recuperes. Te protegeré siempre."
Sus ojos azules, que siempre me han dado seguridad, ahora parecen una máscara.
Siento náuseas. No por el dolor de las quemaduras, sino por el veneno de la traición que se filtra en mi corazón.
Estas palabras, estos "comentarios", son la verdad. Una verdad que nadie más puede ver.
Mi mundo, que hasta ayer era perfecto, se ha convertido en una farsa.
Yo no soy la protagonista de mi propia vida.
Soy solo un obstáculo.
Pasaron dos días. Dos días en los que Máximo y Patrick no se separaron de mi lado, prodigándome cuidados y promesas.
"Lina, te he traído tu caldo favorito", decía Máximo.
"Cariño, he encargado un nuevo vestido para cuando te recuperes", susurraba Patrick.
Sus palabras eran dulces, pero los "comentarios" que flotaban a su alrededor eran amargos.
Intenté convencerme de que estaba alucinando, que era un efecto de los analgésicos.
Pero entonces, un mozo de cuadra entró corriendo en la habitación, con el pánico dibujado en su rostro.
"¡Señorito Máximo, señorito Patrick! ¡La chica nueva, Scarlett, se ha desmayado en la bodega! ¡Tiene una fiebre altísima!"
Vi cómo la expresión de ambos cambiaba. La preocupación por mí se desvaneció, reemplazada por una alarma genuina y urgente por ella.
"¿Cómo está? ¿Llamaste al médico?", preguntó Máximo, poniéndose de pie de un salto.
Patrick ya estaba corriendo hacia la puerta.
"¡Voy a verla!"
Me quedé sola en la cama, viendo cómo me abandonaban sin una segunda mirada.
El cuenco de caldo que Máximo había traído seguía humeando en la mesilla.
Los "comentarios" llenaron el silencio de la habitación, burlándose de mí.
Las lágrimas que no había derramado por el dolor físico, ahora corrían por mis mejillas, mezclándose con las vendas.
La traición ya no era una sospecha.
Era una certeza que me quemaba más que el fuego.