Chapter 1
El silbato del tren anunció la proximidad a la estación de Santander. Mi madre, que había aguantado el viaje sin perder la correcta postura y sin que se le descolocase un pelo, levantó la mirada de la revista que ojeaba con la indolencia del empedernido viajero. Provenía de una familia de rancio abolengo y esmerada educación en las formas sociales. Había aportado al matrimonio el título del marquesado de Lucientes. Mi padre, como era habitual en él, se hallaba en el vagón restaurante, perdido entre el humo de los habanos y las sucesivas copas mientras debatía con otros caballeros aburridos. Su aportación al matrimonio había sido el dinero que le faltaba a la señorita marquesa. Una unión de conveniencia que no se habían preocupado de ocultarme, tal era el hastío de ambos con la situación. Hasta donde yo sabía ninguno era infiel. Tampoco me había molestado en profundizar sobre sus vidas.
-Alba, arréglate un poco. ¿Cómo te las apañas para arrugar tanto el vestido?
No había censura en la observación, sino verdadera curiosidad. Para mi madre resultaba incomprensible que yo fuera carne de su carne y no hubiera heredado ninguna de sus perfecciones, excepto sus insulsas facciones.
-Estoy deseando llegar y salir de este horno -objeté.
-Una dama no suda, no seas vulgar -corrigió instintivamente, pues había renunciado, hacía años, a que me pareciera a ella.
Desde que nací no tuve mucho contacto con mis padres. Ocupados en bailes, conciertos y cenas sociales, me dejaron en manos de las niñeras y, más adelante, con la institutriz. Fueron años felices en los que doña Amparo, además de instruirme en aritmética, francés, geografía, literatura e historia, me introdujo en el maravilloso mundo de las reivindicaciones femeninas; por supuesto, a espaldas de mis padres. Era una mujer muy culta y con conocimiento de idiomas, así que seguía los avances de las mujeres en la lucha por sus derechos tanto en Inglaterra como en Estados Unidos. Me enseñó el valor de la independencia, la satisfacción de valerse por una misma, de no depender de nadie, y eso me condujo a la inevitable incomprensión y alejamiento del estilo de vida de mis progenitores.
El tren se detuvo y, solo entonces, mi madre, sin prisa pero sin pausa, recogió sus cosas, se colocó diestramente el sombrero y se puso de pie. Yo aguardé y la seguí mientras ella se abría paso por el vagón con gran elegancia: erguida, con movimientos pausados y mirada al frente, como si nada de lo que la rodeara despertara su interés. Por el contrario, yo movía la cabeza en todas las direcciones, empapándome de los detalles, de los vestidos, de las personas que nos rodeaban, de los colores, de las voces y de la vida en definitiva. En el andén nos aguardaba mi padre, quien se había encargado de contratar un mozo de cuerda para que se hiciera cargo del equipaje.
-Basilio ha venido a buscarnos -informó-. Ha ido con el ayuda de cámara para indicarle la carreta que ha alquilado para transportar los baúles. Será mejor que esperemos aquí su regreso, en el coche hará demasiado calor.
Me entretuve observando a la gente que había bajado del tren: unos saludaban a los familiares que habían acudido a recogerlos; otros, con una pequeña maleta, caminaban deprisa hacia el exterior. El rigor y la etiqueta no iban conmigo, así que cedí a mi impulso y salí afuera, ansiosa de sentir la brisa húmeda del norte.
-¡Ups! Disculpe mi torpeza.
El mismo caos que reinaba en el interior se repetía en el exterior, donde los coches y los carruajes se concentraban y se afanaban por aproximarse a la puerta de la estación. Había avanzado distraída, sin mirar por donde iba y me tropecé con un hombre.
-¡Tenga cuidado! -advirtió el caballero a la vez que me cogía de los hombros y me apartaba a un lado.
Un par de caballos, que arrastraban un sencillo y ligero faetón, frenó a nuestro lado. Me sentí como una torpe marioneta.
-¿Está usted bien? -se interesó.
La pregunta era un mero formulismo social puesto que era obvio que, a pesar de mi aturdimiento, no me había sucedido nada.
-Sí, gracias.
Me volví hacia la persona según respondía y me enfrenté a una mirada verde. Se trataba de un hombre alto, de pelo ondulado y oscuro, y muy apuesto.
-¿Está sola o viene alguien a recogerla? -Se preocupó con afabilidad.
-He llegado con mis padres. Esperamos a que nuestro mayordomo resuelva el transporte del equipaje.
Me sonó ridículo que una mujer de veintitrés años viajara con sus padres y me ruboricé. Sin proponérmelo, había descubierto mi estado civil.
-Preste más atención si no quiere morir joven.
Tanto su mirada como la voz se volvieron duras e indiferentes. Turbada por el radical cambio en los modales del atractivo caballero, en lugar de obedecer, me quedé paralizada contemplando cómo subía al faetón y se acomodaba. Vestía un terno de lino de buen sastre que le sentaba muy bien y se movía con la seguridad de quien domina el entorno, como mi madre. Lo vi partir sin que me dedicara una mera ojeada, desentendiéndose de mí.
-Vamos, Alba -me apremió mi madre.
El mayordomo, Basilio, abrió el camino hasta el landó familiar. Me apropié del asiento junto a la ventana para contemplar las calles, las casas y el mar durante el recorrido hasta el Sardinero. Estaba harta de pintar las plantas del jardín Botánico.
Aquí los paisajes eran agrestes y reflejaban la fuerza de la naturaleza indomable sobre los acantilados. Se respiraba amplitud frente a los espacios constreñidos de Madrid.
-Leonardo y María Ángeles ya se encuentran aquí -comentó mi padre-. Basilio me ha dicho que ha llegado una invitación para cenar el sábado en casa de mi madre.
-¡Qué mujer tan imprudente! ¿Por qué habrá vendido el ingenio con todo el dinero que generaba? -cuestionó mi madre.
-Igual está enferma. De ahí las prisas por reunirnos.
-¿Qué edad tiene?
-Sesenta y dos.
El silencio reinó entre mis padres. No hacía falta añadir nada más. Todo estaba dicho. Anhelaban la fortuna que les correspondería a la muerte de la abuela. Más dinero para dilapidar, para vivir sin restricciones, para presumir ante los demás. Con la mirada perdida en el horizonte azul salpicado de barquillas, pensaba en lo que me distanciaba de mis padres: la educación de doña Amparo.
-Si contáramos con más dinero, podríamos adquirir una villa más adecuada. Resulta muy cansado buscar una de alquiler todos los veranos. Este año, si no llega a ser por la enfermedad del conde de Valdemoro, no habríamos podido venir.
-Habrá que aguardar hasta ver qué sucede y cuáles son los planes de mi madre.
-¿Estás inquieto?
-Como para no estarlo. ¿Has olvidado la última vez que pisó Madrid?
-Hay que reconocer que fue bastante beneficioso -constató mi madre con una sonrisa de satisfacción.
-Me dejó en evidencia ante mis propios empleados -reconoció mi padre con un dejo de amargura, más preocupado por el orgullo que por la necesidad.
-Si ha vendido el ingenio, ya no le quedará energía. No te angusties -animó mi madre, pero a mí me pareció detectar cierta tristeza en mi padre.
Escuchar ese tipo de conversaciones, sin ningún recato ni rubor ante mi presencia, revelaba, más que la confianza de que los asuntos familiares no se aireaban en público, la falta de escrúpulos cuando había dinero fácil en perspectiva. Me asombraba que no hicieran nada para ganarlo y, en cambio, mucho para perderlo. El dinero era un medio que llegaba puntualmente de Cuba, como si brotara de la tierra por arte de magia, aunque, por lo que había leído en la prensa, esa idea se acercaba bastante a lo que estaba sucediendo con el precio del azúcar. Lo llamaban la «danza de los millones». Me refugié en el paisaje y en mis planes de independencia, que llevaba adelante con el sigilo de un furtivo. Si sospecharan en lo que ocupaba mi tiempo, no quería pensar en lo que me harían. Por transgredir las normas, un delincuente en la cárcel es lo más cercano que se me ocurría. El coche torció por un lateral del Casino y prosiguió, dejando atrás las fondas y rebasando las casas particulares que se habían construido al amparo del voluminoso edificio de recreo. Se detuvo antes de iniciar el ascenso al Alto de Miranda.
-¿Cuál es? -indagó mi padre asomado a la ventanilla.
-La que está detrás -informó mi madre con un mohín de disgusto-. Y no te quejes; al menos, hemos venido.
-No te preocupes. Estudiaré el asunto de la casa -claudicó mi padre con un gesto cansado.
Mi madre, la interesada marquesa de Lucientes, se deshizo en una sonrisa propia de los vencedores.
La villa resultaba bastante modesta al lado de las casas que estaban diseñando en la actualidad, más ricas en decoración y más grandes, se trataba de un simple un caserón de tres plantas con tejado a dos aguas. Estaba claro que el viejo conde de Valdemoro veraneaba en Santander antes de que rey Alfonso XIII descubriera la ciudad y sus encantos. Las paredes rezumaban humedad y la oscuridad, a causa de la estrechez de las ventanas, imponía al interior un aire triste y lóbrego, acentuado por los paneles de madera en las paredes y las gruesas alfombras que cubrían los suelos. Olía a viejo.
Chapter 2
Una vez instalados en la villa de alquiler, como era habitual, cada uno retomó su vida con independencia de los demás, lo que subrayaba que no éramos una familia, sino unas personas unidas en torno a unos intereses económicos. En Madrid, el servicio se había acostumbrado a tan singular comportamiento, incluso la cocinera ya no se tomaba a mal que no se presentara alguno de nosotros a las comidas. En la mesa del recibidor dejábamos recados sobre nuestro paradero, más falsos que San Pedro negando a Jesús.
El viento que imperaba en la costa mantenía el tiempo estable, el cielo despejado y la temperatura fresca, lo que era de agradecer por parte de los meseteños, que llegábamos escapando de los rigores estivales, aunque este año en particular había una siniestra razón que nos empujaba a abandonar Madrid: la gripe. La prensa española hablaba abiertamente de la epidemia que asolaba Europa y Estados Unidos y que llamaban «española» porque el brote más severo, del que se tenía conocimiento, había surgido durante los meses de mayo y junio en la capital. Era algo que me asustaba pues, por lo que había entendido, no existía remedio y el enfermo debía confiar en sus propias fuerzas para superarla.
A primera hora de la mañana, cogí el pesado maletín de pinturas y mi silla plegable de lona, donde llevaba un mandil viejo desechado por el servicio, y me escabullí hacia la playa. El nordeste no se había levantado todavía, era un viento vago: aparecía a media mañana, arreciaba a mediodía y se acostaba temprano. Retomé la costumbre de veranos anteriores de pintar entre las ocho y las diez, antes de que se transformara el lugar en un hervidero de gente vociferante y de que el sol arruinara mi obra. Dentro del maletín, además de los tubos de pintura, iba el tablero, las amplias y gruesas hojas que empleaba, esparadrapo, un frasco con agua, pinceles de pelo de ardilla de diferentes grosores, la paleta de porcelana para mezclar los colores y varios trapos viejos.
La acuarela me permitía ejecutar de forma rápida y limpia el paisaje e incluso esbozaba unos retratos bastante buenos, mientras que el óleo resultaba más complicado ya que el bastidor del lienzo y el caballete añadían un peso impensable para mí. Me dirigí a mi lugar favorito bajo la ermita de San Roque. Como la marea estaba baja, me aposenté cerca de las rocas, donde un chico, en pantalón corto y armado de un redeño y un cubo, se deslizaba entre las pozas en busca de los regalos que ofrecía el mar: cangrejos, quisquillas y pulpos. Busqué la sombra que proyectaba la ermita, desplegué la silla, me puse el mandil, abrí el maletín y me senté. Una vez fijada la hoja sobre el tablero con esparadrapo, la mojé con una brocha y la dejé secar mientras afilaba el lápiz y me fijaba en lo que iba a pintar. Señalé unos puntos con el lápiz de gran dureza para indicar el lugar de las rocas y me entregué de lleno a mezclar colores y a aplicarlos de forma que dieran vida a lo que sería mi obra, primero los más claros y luego los más oscuros. Me absorbió tanto el trabajo que me olvidé de la hora y de lo que me rodeaba, como solía sucederme con bastante frecuencia.
-¿Ese chico soy yo?
Me sobresalté al escuchar la voz tan cerca. No me había percatado de que el modelo se había escapado del paisaje y se había colocado a mi lado.
-Sí, aunque puede ser cualquier otro. Está demasiado lejos para apreciarse el parecido. En realidad, es una figura en medio de un paisaje.
-Es bonito. Me gusta. ¿Cómo sabe qué colores debe mezclar?
Me fijé en el chico, bien vestido y guapo de cara, moreno e impaciente, como si fuera un sacrificio estar quieto más de un minuto. Sonaba raro su acento, como si fuera extranjero. Sonreí.
-Cualquier cosa que emprendas en la vida requiere capacidad innata y dedicación, es decir, que muestres cierta destreza y emplees mucho tiempo en adquirir la técnica.
-Algo así me dice mi padre: vocación y afán de superación. A mí me gusta pescar y tengo facilidad en conseguir buenos pulpos -alzó el cubo para mostrarme dos magníficos ejemplares-, así que seré pescador.
Reí ante la salida del chico, a quien le calculé unos siete u ocho años.
-Por la calidad de tus ropas, no creo que un oficio forme parte de los planes de tus padres.
-De mi padre. Mi madre murió.
-¡Oh! Lo lamento mucho.
-Ya no estoy triste. Fue hace mucho. ¿Vendrá otro día a pintar?
-Siempre que no llueva o haga demasiado viento me encontrarás por aquí a esta hora.
-¡Genial! Así me pintará más de cerca y se me reconocerá.
-Perfecto. Te haré un retrato. Se me dan bien.
A la mañana siguiente, allí estaba, agachado en una poza entre las rocas con los utensilios de pesca. Con el rumor de las olas como compañía, comencé a armar mi estudio portátil, saqué una lámina, la preparé para que no se obleara después, y, en cuanto percibió mi presencia, el chico se acercó.
-Buenos días.
-Buenos días tengas tú también. ¿Dispuesto a ser mi modelo? -Asintió con la cabeza y con una sonrisa de oreja a oreja-. Solo te necesitaré para realizar el esbozo y después podrás irte, ¿de acuerdo? Quítate el sombrero para que te vea la cara y no haya importunas sombras. ¿Cómo te llamas?
-Miguel Arias, para servirla a usted.
Los primeros minutos aguantó rígido, luego, comenzó a luchar con picazones imaginarias y se llevaba la mano a la nariz, a la oreja, al mentón. La roca sobre la que se había sentado tampoco era de su acomodo por cómo intentaba moverse sin que se notara. Se me escapó una sonrisa comprensiva en tanto me apresuraba en los escasos trazos para no prolongar la tortura.
-Puedes moverte. Dentro de un rato te necesitaré para algunos retoques. Miguel se puso a mi lado para curiosear.
-¡Vaya! Con esas pocas líneas ya me reconozco. Es usted muy buena.
-La acuarela es una pintura muy transparente por lo que no se puede emplear mucho el lápiz. Ahora, marcha por ahí, me pone nerviosa que me miren mientras trabajo. Si te necesito, agitaré la mano.
El chico obedeció alegremente y corrió hasta internarse en el laberinto de rocas. Yo me perdí en la mezcla de colores terrosos, en los rasgos del rostro infantil, en los inocentes ojos verdes, en la desenfadada sonrisa, en el hoyuelo...
-Miguel estaba en lo cierto. Es muy buena.
Mi concentración se vino a tierra a causa de la voz a mi espalda. Sin darme la vuelta, pregunté:
-¿Lo conoce?
-Soy su padre.
Dejé la paleta sobre el maletín para que no se manchara de arena, me levanté para saludar al progenitor de tan admirable chiquillo y me hallé frente al caballero de la estación. Nada en su actitud reveló que me recordase del incidente. Se mantuvo erguido e inclinó levemente la cabeza a modo de saludo. Yo lo imité.
-¿Ha llegado a algún acuerdo con Miguel?
-¿A un acuerdo? ¿A qué se refiere? -inquirí desconcertada.
-¿Cuánto cobra por su trabajo?
¿Por mi trabajo? Algo vislumbré en sus ojos que mi instinto me aconsejó que siguiera el juego. El caballero no era tan inocente como parecía. Me recordaba, pero se me escapaba esa animosidad contra mi persona, pues estaba segura de que trataba de ofenderme.
-A diez pesetas el retrato.
Hinché el precio como venganza por la ofensa. El hombre, sin dejar de mirarme, evaluó la propuesta.
-En París, los artistas callejeros son más baratos -objetó.
-Pues vaya a París -contesté displicente.
Los ojos se achicaron como si sonriesen por mi falta de decoro o mi desparpajo.
-Tiene razón, queda un poco lejos. ¿Tardará mucho en terminarlo?
-En un par de minutos estará seco.
-¿No lo firma? -El tono burlón de su voz me enervó y mi descuido en los detalles me ruborizó. ¿Cómo se pueden gestionar tantas sensaciones a la vez? Me puse más nerviosa.
-Sí, por supuesto.
Tomé asiento de nuevo y elegí un pincel fino. Escogí un color que destacase y firmé: A. Ansorena, con mi letra caligráfica.
-También me quedo con el otro.
Observé la lámina del día anterior que carecía de firma.
-No está terminado. Los paisajes son más complicados. Cuesta doce.
-¿Cuánto cobra por un retrato?
Chapter 3
Un matrimonio se había parado y curioseaba las láminas. ¿Me habían tomado por una artista callejera? Levanté la mirada dispuesta a deshacer el malentendido y descubrí una media sonrisa maliciosa del caballero de la estación. ¿Qué había hecho yo para merecer ese trato?
-Diez pesetas. -Acepté el reto, aunque desconocía sus consecuencias.
Levanté la barbilla para dejar sentado que no me arredraba por una bagatela como aquella. El gesto del hombre se tornó ¿admirativo?
-Mañana pasaré a recogerlas.
Hizo el ademán de buscar la cartera, pero lo detuve.
-Nunca cobro antes de entregar el trabajo -rechacé en tono profesional.
Inclinó la cabeza antes de retirarse y dejarme con los nuevos clientes. La mañana transcurrió de forma inusitada. Realicé el esbozo de la señora y quedé con ellos a la mañana siguiente. La ermita de San Roque tocaba las once y me percaté de que ya había gente en el balneario. Recogí mis bártulos, antes de que surgiera un nuevo cliente, y emprendí el regreso a casa. Por el camino sonreía ufana pues, sin ser consciente de ello, había ganado mi primer salario, y todo por orgullo. ¿Qué pensarían mis padres si se enteraban? ¡La hija de los marqueses de Lucientes pintando para ganar unas pesetas! Un atentado contra la ética aristocrática que no mencionaba el dinero porque era de mal gusto, aunque no se mostraban melindrosos si les caía de Cuba. Otra cuestión era la identidad del caballero. Anduve el resto del día con él en la mente: esos ojos tan expresivos, tan observadores, tan burlones y retadores. ¿Por qué? No me conocía de nada. Y estaba casado, era padre. No, era viudo. El chiquillo dijo que su madre había fallecido. Intenté centrarme en los preparativos para la cena del sábado, en la que nos reuniríamos la familia y conocería a la rica abuela, de quien conservaba un vago recuerdo de niña. Por lo que había oído a mi padre y a la tía María Ángeles, era una mujer severa y fabricaba millones con el azúcar. ¿O era el azúcar el que se convertía en millones? En casa se respiraba la ansiedad que generaba la cena. Mi padre había acudido a casa de la abuela a presentarle sus respetos y se hallaba ausente. Lo mismo le había sucedido a la tía, que se había adelantado unos días para ganarle la partida a su hermano en el afecto de la anciana señora. ¿Eran así las madres? ¿Se portaban así los hijos? Al parecer, en mi rica y aristocrática familia era una premisa. Mi abuela, por el momento, despertaba mi curiosidad: una mujer del pueblo, trabajadora, sin cultura y enriquecida por capricho del destino, era la impresión que me habían dejado las palabras de mi madre.
La víspera de la cena bajé con mi maletín a la playa. La marea había cambiado y me situé más arriba. El matrimonio me aguardaba acompañado de otras personas.
-Buenos días -saludé con simpatía-. He terminado su retrato.
-Buenos días. ¡Fantástico! -Se entusiasmó el señor-. Estos amigos, en cuanto aprecien su arte, desearán uno para ellos.
Me sorprendí de la demanda. Me gustaba pintar, pero nunca me preocupé por el nivel de destreza. Saqué el retrato de la señora y se cerraron en torno a él. Monté mi estudio al aire libre con las alabanzas y las buenas críticas de fondo. El cambio de sitio a causa de la marea me obligó a abrir la sombrilla y atarla a la silla para proteger la lámina y que no se secara antes de tiempo. Eché en falta a Miguel y a su padre.
-¿Cuántos puede hacer en un día? -me preguntó una de las señoras.
-¿Cuántos? -repetí aturdida. Nunca me lo había planteado-. Dos -dije al azar.
-Yo, primero. -La señora tomó asiento en una silla que habían acercado del balneario.
-¿Por qué no juntos?
-¿Se puede? Muchísimo mejor. -Se emocionó el marido, quien se colocó de pie, detrás de su mujer.
-Demasiado formal -objeté-. Parece una foto. No importa, yo lo cambiaré. Primero, la señora y, luego, ya le indico dónde debe ponerse.
Me dejé llevar por las circunstancias y, en ningún momento, se me ocurrió confesar la verdad. En mi bolsillo guardaba mi primer sueldo: diez pesetas. Me sentía útil. Como era habitual, me concentré en las facciones que tenía delante y tracé el esbozo de la señora. Con el marido surgió mi chispa rebelde y le indiqué que se sentara sobre el brazo de la silla y apoyara un brazo en el respaldo, de forma que quedaba un poco inclinado hacia ella.
-¿No será demasiado informal? -Se preocupó el marido.
-Íntima, pero ¿no se trata de un recuerdo de las vacaciones?
Conquisté a la mujer, que se ruborizó como una colegiala, y el señor la miró con complicidad. Así descubrí que también se me daba bien ganarme a los clientes. Me apliqué con el recuerdo de la expresión del hombre, que reveló sus sentimientos en el breve instante de satisfacción. Terminé el trabajo con el lápiz, levanté la cabeza y fui consciente de que el grupo había crecido a mi alrededor. Entre los curiosos reconocí el gesto serio del apuesto padre de Miguel. ¿No sonreía nunca?
Hasta que no tomé nota de nuevos encargos y se dispersaron, no se acercó.
-Le va bien el negocio. Podrá pagarse un buen alojamiento.
-Gracias por su preocupación por mi bienestar -dije con voz neutra y educada, como si fuera lo más natural.
Saqué las láminas y se las tendí. Por costumbre lo miré a los ojos y de nuevo intuí ¿admiración?, ¿diversión? Antes de hallar una respuesta, los desvió hacia mi trabajo. Observó largamente el rostro de su hijo.
-Sobre el papel, va más allá de los rasgos físicos. Tanto en el retrato de la señora como en el de Miguel ha captado la esencia de la persona. -Su mirada verde se clavó en la mía-. Me da miedo lo que pueda leer en mi rostro.
¿Era un reto? ¿Una invitación? No lo pensé y contesté:
-No estoy muy segura: ¿agresividad o amargura?, ¿rencor o soledad? Está enfadado con el mundo y lo paga conmigo.
Le mudó el gesto y la careta cayó. Leí incredulidad, vulnerabilidad de quien es descubierto, pero fue muy rápido.
-Era una forma de hablar, no una invitación a que me realizara un análisis psicológico propio de una aficionada. -Sus facciones se fueron endureciendo a medida que hablaba.
Me tendió el dinero y se alejó sin darme la oportunidad de resarcirme. Me estaba bien empleado por entrar adonde no me habían llamado. Furiosa y avergonzada, recogí y me encaminé hacia el paseo justo a tiempo de evitar un encuentro indeseado. Si seguía prolongando el rato en la playa, terminarían sorprendiéndome y se enterarían mis padres.