Las llamas me quemaban, pero el fuego más intenso era el odio por dentro, mientras arrastraba a Valentina conmigo a este infierno. No entendía por qué, incluso en mis últimos momentos, ella aborrecía tanto a mi familia.
La había traído a casa por lástima, una compañera de cuarto que parecía perdida. Pero esa noche, la víspera de la audición crucial de mi hermano Mateo para la beca de baile de su vida, Valentina se metió a escondidas en su habitación y, al día siguiente, lo acusó falsamente de agresión.
Esa mentira venenosa lo destruyó todo: Mateo perdió la audición, su reputación quedó hecha pedazos, y la escuela de danza lo expulsó. Para "protegerme", mis padres cometieron el terrible error de permitir que Valentina se quedara, convirtiéndola en una reina cruel que los humillaba y a Mateo lo obligó a trabajar en una fábrica clandestina para satisfacer sus caprichos.
La tragedia no terminó ahí: Mateo murió aplastado y mis padres, consumidos por el dolor, fallecieron poco después, dejándome sola con un odio envenenado. No comprendía la magnitud de su maldad ni por qué nos hizo esto.
Así que la traje de vuelta a nuestra casa, le prendí fuego y esperé el final. Pero en lugar de la nada, abrí los ojos: estaba en mi habitación de la escuela, a mis dieciocho años, el día antes de la audición de Mateo. Era real, había vuelto para reescribir el guion.
Las llamas me quemaban la piel, pero el odio que sentía por dentro era mucho más caliente, un fuego que consumía mi alma antes de que mi cuerpo se convirtiera en cenizas.
Arrastré a Valentina a este infierno conmigo, su cara desfigurada por el terror mientras el humo nos ahogaba a las dos.
Incluso en mis últimos momentos, con el olor a gasolina y carne quemada llenando mis pulmones, no podía entenderlo.
No entendía el odio tan profundo que Valentina sentía por mi familia.
La había llevado a mi casa por pura lástima, una compañera de cuarto que parecía perdida y sola.
Pero esa noche, la noche antes de la audición de mi hermano Mateo para la beca de baile más importante de su vida, todo se vino abajo.
Valentina se metió a escondidas en la habitación de Mateo.
Al día siguiente, armó un escándalo monumental, gritando y llorando, acusándolo de haberla agredido.
Fue una mentira, una mentira tan venenosa que destruyó todo lo que amaba.
Mateo perdió la audición.
Su reputación quedó hecha pedazos.
La escuela de danza, nuestro sueño compartido, lo expulsó sin siquiera investigar a fondo.
Ninguna otra escuela lo aceptó después de eso.
El escándalo era demasiado grande.
Para evitar que el lodo me salpicara a mí también, para "proteger" mi futuro, mis padres tomaron la decisión más terrible de sus vidas, permitieron que Valentina se quedara en nuestra casa.
Fue como invitar a un demonio a cenar.
Valentina vivió como una reina a nuestra costa, una reina cruel y déspota.
Exigía que mis padres le lavaran los pies cada noche, humillándolos, disfrutando de su poder.
Mateo, mi talentoso hermano, tuvo que abandonar el baile para siempre.
Consiguió un trabajo en una fábrica clandestina, un lugar peligroso y sin alma, solo para poder pagar los caprichos interminables de Valentina, para mantenerla callada y evitar que destruyera lo poco que nos quedaba.
Pero la tragedia no había terminado.
Un día, una máquina en la fábrica falló.
Mateo murió aplastado.
El dolor mató a mis padres. No de un solo golpe, sino lentamente, consumiéndolos desde adentro hasta que sus corazones simplemente no pudieron más.
Enfermaron gravemente y se fueron poco después, dejando solo un vacío inmenso y a mí, llena de un odio que me envenenaba.
Así que la traje aquí, a nuestra vieja casa, y le prendí fuego.
Si mi familia estaba destruida, ella no merecía seguir viviendo.
Mientras las llamas nos envolvían, su cara se retorcía de miedo, pero en la mía solo había una pregunta sin respuesta, "¿Por qué?".
Cerré los ojos, esperando la nada.
Pero en lugar de la oscuridad eterna, sentí una extraña ligereza.
Abrí los ojos de golpe.
Estaba en mi habitación del dormitorio de la escuela.
Las paredes estaban cubiertas con los mismos pósteres de bailarines famosos que había quitado hacía años.
Mi cuerpo se sentía ligero, joven, sin el peso del odio y el dolor.
Miré mis manos, eran las manos de una chica de dieciocho años, suaves y sin cicatrices.
Mi corazón empezó a latir con una fuerza brutal.
Busqué mi celular con manos temblorosas y miré la fecha.
Era el día.
El día en que todo comenzó.
El día antes de la audición de Mateo.
El día en que Valentina me pidió ir a casa conmigo.
Un sudor frío recorrió mi espalda. Era real. De alguna manera, había vuelto.
En ese preciso instante, alguien tocó suavemente la puerta de mi habitación.
La voz que escuché a través de la madera me heló la sangre, era la voz dulce y empalagosa que había aprendido a odiar más que a nada en el mundo.
"¿Sofía? ¿Estás ahí?"
Era Valentina.
"¿Puedo hablar contigo un segundo? Es algo importante."
Me quedé paralizada, mi respiración atrapada en mi pecho.
El monstruo estaba en mi puerta, repitiendo las mismas líneas del guion que nos había llevado a la ruina.
Frente a mí estaba ella, con sus grandes ojos cafés llenos de lágrimas falsas y una expresión de desamparo perfectamente ensayada.
En mi vida pasada, esa cara me había conmovido.
Había visto a una chica asustada y sola, y mi compasión nos había costado todo.
Ahora, solo veía a la serpiente que había destruido a mi familia.
Recordé su sonrisa triunfante cuando mis padres le servían, la forma en que miraba a Mateo con una mezcla de desprecio y envidia, la crueldad casual en sus ojos cuando nadie más miraba.
Recordé la ingenuidad de mis padres, su bondad, su incapacidad para ver la maldad que se escondía detrás de una cara bonita.
Esta vez, no habría compasión.
Esta vez, no habría ingenuidad.
Esta vez, protegería a mi familia, costara lo que costara.
Me levanté, mi cuerpo temblando no de miedo, sino de una nueva y fría determinación.
El guion había comenzado de nuevo, pero esta vez, yo conocía el final, y estaba dispuesta a reescribirlo.
Abrí la puerta y la miré directamente a los ojos.
Valentina ya había empezado su actuación, sus hombros temblaban ligeramente y sus labios formaban un puchero.
"Sofía, qué bueno que abres", dijo con voz temblorosa. "Tengo un problema enorme. Me acaban de echar de mi departamento, el dueño es un desgraciado, y no tengo a dónde ir esta noche. Sé que es mucho pedir, pero... ¿crees que podría quedarme en tu casa? Solo por esta noche, lo juro."
Ahí estaba. La misma petición. Las mismas palabras que en mi vida anterior habían sido el principio del fin.
En ese entonces, mi corazón se había encogido de pena por ella y le había dicho que sí sin dudarlo.
Esta vez, el único sentimiento que recorría mi cuerpo era un frío glacial.
"No."
La palabra salió de mi boca, tan firme y cortante que sorprendió incluso a mí misma.
La cara de Valentina cambió de inmediato. La tristeza ensayada desapareció por un instante, reemplazada por una genuina confusión y molestia.
"¿Qué?"
"Dije que no", repetí, cruzando los brazos sobre mi pecho. "No puedes quedarte en mi casa."
Valentina parpadeó, procesando mi negativa. Era obvio que no se lo esperaba. En su mente, yo era la chica buena y compasiva, fácil de manipular.
Rápidamente, su máscara de víctima volvió a su lugar, esta vez con más fuerza.
Las lágrimas, que antes solo amenazaban con salir, ahora rodaban libremente por sus mejillas.
"Pero, Sofía... ¿por qué? ¡No tengo a nadie más! ¡Pensé que éramos amigas! ¿Me vas a dejar en la calle?"
Su voz se quebró en el momento justo, un truco de manipulación emocional que en otro tiempo me habría hecho sentir culpable.
Ahora, solo me provocaba náuseas.
"Lo siento, Valentina, pero mis padres son muy estrictos con las visitas inesperadas", mentí con calma. "No les gusta que lleve gente a casa sin avisar con mucho tiempo de anticipación. Simplemente no es posible."
Era una excusa débil, pero era mejor que gritarle la verdad en la cara.
Necesitaba mantener la calma, no mostrarle mis cartas todavía.
Valentina me miró, sus ojos llorosos buscando cualquier signo de debilidad en mí, cualquier fisura en mi determinación por la que pudiera colarse.
"Pero es solo una noche", insistió, dando un paso hacia mí. "Puedo dormir en el suelo, no seré una molestia. Por favor, Sofía. Te lo ruego."
"Mi respuesta es no", dije, mi voz sin inflexiones. "Ya te di mi razón. Deberías buscar un hotel o llamar a otro amigo."
Mantuve mi postura firme, sin ceder ni un centímetro. No me moví de la puerta, bloqueándole el paso a cualquier idea de entrar a mi habitación para seguir con su drama.
Ver que su chantaje emocional no estaba funcionando la enfureció.
La máscara se deslizó de nuevo, y esta vez vi el destello de ira y resentimiento en sus ojos, el mismo que recordaba de mi vida pasada.
Se dio cuenta de que había perdido esta primera batalla.
Dejó de llorar abruptamente. Se secó las lágrimas con un gesto brusco y me lanzó una mirada cargada de veneno.
"Bien", espetó, su voz ya no era temblorosa sino dura y fría. "¡No te preocupes! No necesito tu lástima de todos modos. Encontraré un lugar."
Se dio la vuelta y se marchó por el pasillo a grandes zancadas, su espalda rígida de indignación fingida.
Cerré la puerta y me apoyé en ella, mi cuerpo finalmente permitiéndose temblar.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
Un sentimiento de alivio inmenso me invadió.
Lo había hecho.
Había dicho que no.
Había cambiado el primer paso de la tragedia.
Una pequeña sonrisa se formó en mis labios. Quizás era así de simple. Quizás con esta pequeña acción, había salvado a mi familia.
Me sentí ligera, casi eufórica.
Por primera vez desde que había abierto los ojos en este nuevo pasado, sentí una oleada de esperanza genuina.
El futuro ya no parecía una condena inevitable.
Parecía una página en blanco que yo podía escribir.
Confiada en mi pequeña victoria, recogí mis cosas y me dirigí a casa, ansiosa por ver a Mateo y a mis padres, por disfrutar de una noche de paz que en mi vida anterior me había sido robada.