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La Institutriz | Mi Luz (libro 1)

La Institutriz | Mi Luz (libro 1)

Autor: : Gisse Astrada
Género: Romance
Sophie Moore es una joven risueña, amable y encantadora que recién comienza a descubrir sus propios deseos, el placer y el amor; y todo lo descubrirá de la mano del señor Thomas Müller, a quien creyó sería un ogro gruñón como le dijeron que sería. Pero él con ella será todo lo opuesto. Porque lo que Sophie logra despertar en él, es algo que Thomas creyó que había dejado de sentir hace tiempo. Un pasado en común, secretos por revelar y verdades por contar, que pondrán a prueba el amor de ambos. Anímate a descubrir un poco más sobre esta pareja, que te hará soñar con los ojos abiertos. «El amor suele ser un destello de luz en nuestra oscuridad» Prohibida cualquier adaptación y/o copia. Reservados los derecho de autor.

Capítulo 1 Un nuevo rumbo.

El día que le notificaron que su vida tomaba un nuevo rumbo era un día soleado, el sol brillaba en todo su esplendor y la brisa suave acariciaban sus castaños cabellos que parecían bailar en el aire.

Un grupo de niños cruzó corriendo frente a ella. Sonrió recordando lo que se sentía tener esa edad. A los ocho años la vida parecía ser más sencilla, más fácil.

Ahora todo cambiaría. A sus veintitrés años y culminado sus estudios soñaba con ser maestra. Había descubierto que su pasión era enseñar a aquellos niños que tenían toda una vida por delante.

Sujetó sus libros con fuerza y siguió su camino hacia los dormitorios pertenecientes al internado del colegio que estaba también unido al orfanato San Sebastián. Todo formaban parte de un sólo edificio.

Cruzó el patio el cual estaba decorado con unas petunias, tulipanes, rosas de varios colores y algunos geranios. Todos los aromas llegaban a sus fosas nasales brindándole una sensación de armonía.

Antes de llegar al otro extremo del patio, la voz de su amiga, Emily la detuvo.

-¡Sophie! -gritó su amiga, corriendo en su dirección- ¡Sophie!

-Emily, ¿Qué sucede? -preguntó apenas tuvo a su amiga en frente.

-La directora... -jadeó cansada, apoyando sus manos en sus rodillas- Ella, te está... buscando. -respiró profundo recuperando el oxígeno perdido.

-¿Me busca? ¿Por qué?

-La escuché hablar con el señor Osterfield, hablaban de ti y que al parecer te han conseguido un trabajo. -mencionó sonriente.

-¿Trabajo? ¿En serio? –preguntó y una leve sonrisa se asomó en su rostro.

Pues unas semanas antes le había pedido a la directora si podía conseguirle un empleo como maestra docente para los niños de primaria. Al parecer el sueño se le estaba por cumplir.

-Sí. Debes ir ahora a su oficina -anunció su amiga con premura.

-Iré ahora mismo -dijo manteniendo su sonrisa-. Llévame esto a nuestra habitación, por favor. -pidió entregándole los libros que llevaba en sus manos.

-De acuerdo, ahora ve. -alentó.

Sophi, asintió con la cabeza y se encaminó hacia la oficina de la directora.

Apresuró su paso en los pasillos en un ligero trote. Subió las escaleras a la segunda planta del edificio y se detuvo frente a la puerta de la dirección. Frotó sus manos nerviosa y respiró tratando de tranquilizarse, golpeó y entró cuando de adentro se lo autorizaron.

-Buenos días, Sophie. Pasa. -expresó la directora con una sonrisa.

-Buenos días, directora. -respondió Sophie animosamente.

-Ya conoces al señor Osterfield, ¿verdad? -señaló al susodicho.

-He oído hablar de él -respondió algo nerviosa, pues bien sabía a qué se dedicaba Osterfield-. Buenos días.

-Buenos días, Sophie.

Joshua Osterfiel, era el encargado de supervisar todo el instituto educativo, así cómo también el orfanato. Nada sucedía sin que él lo supiese. Era también el encargado de recaudar y recibir las donaciones que allí se hacían.

-Sabrás a qué te he llamado. Así que iré directo al grano, Sophie -Sophie, miró y escuchó atenta-. Me has pedido hace dos semanas que te consiguiera un trabajo como maestra -Sophie, asintió-. Pues te conseguí algo parecido. -señaló.

-¿Parecido? -preguntó frunciendo el ceño- ¿A qué se refiere con exactitud?

-Tienes grandes capacidades, Sophie y son admirables, créeme. Por eso sé que estás más que capacitada para lo que te propondré. -mencionó la directora, orgullosa.

-Según me contó la directora, Janice -habló, Osterfield-; tienes un talento innato con los niños, sabes cómo tratarlos y también tienes un gran talento con los idiomas. Me dijo que sabes dos idiomas, ¿Es así?

-Efectivamente. Francés e italiano. Bueno sin mencionar nuestra lengua materna, el inglés... aunque ahora me encuentro intentando dominar el alemán. -dijo sin sonar arrogantes sobre sus conocimientos.

-Asombroso -manifestó con una sonrisa-. También me ha mencionado que tienes amplio conocimiento sobre historia y matemáticas -Sophie, asintió nuevamente-. Y ¿Sabes tocar algún instrumento musical?

-El piano y el violín, aunque no tan bien cómo quisiera admitirlo -se sonrió por esa admisión suya-. Ambos son un pasatiempo para mí.

-Sophie, podrás enseñar -prestó atención a sus palabras, pues sabía que algo crucial diría-, pero lo harás mejor como institutriz.

-¿Institutriz? -no pudo Sophie, evitar fruncir sus cejas.

-Así es -confirmó nuevamente-. Serás institutriz de dos niños por el lapso necesario. Se te pagará mensualmente un salario y gozarás de vacaciones también.

Sophie, no podía creer lo que le decían. ¿Ser institutriz? No era lo que tuviera en mente, pero al menos podría enseñar como lo había deseado y tal vez, más adelante, el poder ser una maestra de primaria se le haría realidad.

-Y exactamente ¿Para quién trabajaría?

-¿Has escuchado hablar sobre los viñedos al norte, cerca de las montañas? -preguntó, Osterfield.

-Sí, sé qué por esos lados hay una plantación de vid -confirmó, Sophie-. Muchos de los del pueblo van a trabajar allí. Se dice que se les paga bien, pero no conozco al dueño.

-El señor Thomas Müller, es el dueño del lugar -mencionó, Osterfield-. Tiene dos hijos mellizos y una hermana a cargo, ella debe tener quizás tu edad. El señor Müller, es un hombre muy reservado y muy protector con sus hijos, por eso nos pidió que le consiguiéramos a alguien de confianza, reservado y que esté a la disposición de sus hijos y que pueda cuidarlos también.

-¿Seré niñera?

-No, Sophie, no serás niñera -Osterfield sonrió-. Pero, tendrás que suplir parte de esa categoría también. El señor Müller, debe estar seguro de que sus hijos estarán en buenas manos. Ellos ya tienen aparte su propia niñera.

-De ser así, aceptaré. ¿Cuándo empiezo? -preguntó emocionada.

-El lunes a primera hora deberás presentarte en su casa.

★*☆~~~☆*★

Tomó sus libros de literatura romántica, los de historia y los de matemáticas y los guardó dentro de su maleta con cuidado, junto a sus otros libros de idiomas. Dobló sus prendas de vestir y guardó todo en otra maleta, incluyendo una foto con su mejor amiga, Emily. Recorrió con su mirada toda la habitación en la que compartió con su mejor amiga por diez largos años.

-Voy a echarte de menos, Sophie. -dijo su amiga con nostalgia sentada sobre la cama.

-Y yo a ti -Sophie, sonrió para reconfortar a su amiga-. Esta será la primera vez que nos separamos, pero hay que ver el lado bueno de todo, ¿no?

-Sí, claro que sí -Emily, sonrió cómplice-. Tienes un nuevo empleo, aunque no es exactamente lo que deseabas en un principio, pero aún así, enseñarás. -manifestó feliz por su amiga.

-Eso es lo que más deseo, enseñar. Sé que será un empleo de tiempo completo, pero Osterfield, me dijo que el señor Müller, paga muy bien. No tendré de qué quejarme. -dijo tranquila.

-Y tendrás el fin de semana libre y vacaciones, así que puedes visitarme o yo ir a visitarte -Sophie, volvió a sonreír a las palabras de su amiga-. No sé si podré estar lejos de ti por mucho tiempo, eres mi única amiga aquí.

-No te desanimes -Sophie, dejó lo que hacía y tomando las manos de su amiga, se sentó a su lado-. Tú también andas buscando un empleo, ¿por qué no le pides a la directora si puede conseguirte algo en la hacienda Müller? -el rostro de Emily, se iluminó- ¿Qué me dices?

-Sería una gran idea, Sophie.

Emily, saltó de emoción, ya que podría seguir cerca de su amiga de la cuál no se había separado desde que la conoció a los seis años. Ambas se habían vuelto carne y uña, inseparables.

-Ahora ayúdame a terminar de empacar. Mañana debo salir muy temprano para tomar el autobús.

-Sí, señora -hizo una posición militar hacia su amiga y ambas rieron con alegría-. Ey, he escuchado rumores de pasillo sobre el señor Müller.

Comenzó a decir Emily, con cierto dejo de preocupación.

-¿Qué tipo de rumores? -alzó la vista y miró a su amiga- No deberías guiarte por lo que dice la gente, Emm.

-Sí, lo sé. Pero, dicen que el señor Müller, tiene un mal carácter y que es muy altanero -señaló con preocupación-. Que todo debe hacerse cómo él ordena, es un mandón malhumorado.

Sophie, no pudo evitar reír ante las palabras de su amiga.

-No creo que sea así. Cómo tu misma has dicho son sólo rumores. -negó Sophie, con su cabeza.

-Pero creo qué deberías estar atenta a cualquier cosa. Eres la única persona que conozco que tiene una paciencia infinita, que él no te la quite -advirtió divertida.

-No lo hará. -aseguró.

Capítulo 2 Primer encuentro.

El despertador sonó a las cinco y media, lo apagó inmediatamente, pues no quería que el incesante sonido despertará a su amiga, pues muy de noche se había despedido de ella.

Hizo su cama, se cambió de ropa y se puso un calzado ligero. Se acercó a su amiga y le acarició sus cabellos dorados. La echaría mucho de menos sin duda.

Se levantó y tomó sus dos maletas y sin hacer mucho ruido salió de su habitación. Cruzó los largos pasillos que la llevaban al patio del internado que también compartía espacio con el orfanato. Miró con nostalgia aquella construcción de piedra caliza en el que había crecido, ese era su único hogar, el único que conocía. Suspiró y dando media vuelta, salió de allí.

El sol ya apuntaba sus tenues rayos en el horizonte. El aire todavía era fresco y le agradaba. Siguió el camino por un kilómetro y se detuvo en la parada del autobús bajo un enorme roble. No tuvo que esperar mucho para que el autobús pasará por ahí, hizo señas y el gran transporte de metal se detuvo.

-Buenos días -saludó amable al subir y fue recibida por un asentimiento de cabeza por parte del chofer-. Me dirijo hacia los viñedos, por la ruta norte. ¿Este pasa por allí?

-Sí pasa, pero no entra al camino que dirige a la finca -dijo-. Puedo dejarla sobre la ruta, pero a partir de ahí tendrá que caminar.

-Muy bien, gracias.

Pagó su boleto y tomó asiento del lado de la ventanilla. El sol ya se hacia notar con más fulgor dándole a entender que eran pasadas las seis y veinte de la mañana.

Miró el paisaje a medida que el autobús avanzaba. Árboles fue lo que observó en todo el recorrido hasta que el autobús se detuvo.

Apenas puso sus pies en el suelo, el autobús siguió su recorrido y dándose la vuelta, al otro lado de la ruta, se encontraba su camino a los viñedos.

Sujetó sus maletas y emprendió su caminata por aquel largo y extenso camino de tierra.

Después de haber hecho un par de kilómetros, se detuvo bajo la sombra de un árbol. Todo el camino estaba lleno de árboles, uno al lado del otro y parecía que no llegaría jamás, pues no se veía ni una persona y menos podía ver los viñedos.

Miró hacia ambos lados, nada. Cerró sus ojos por un momento y suspiró cansada, y la bocina de un automóvil la sobresaltó en su lugar.

El vehículo se detuvo a su lado y ella no hizo más que apreciar la maravilla de auto.

-Señorita, ¿necesita ayuda? -preguntó el hombre detrás del volante al bajar la ventanilla.

A su corta edad eran muy pocos los vehículos que había visto en el pueblo y nunca uno tan lujoso cómo aquel. Los únicos automóviles que lograba ver de esa categoría era cuando llegaba algún matrimonio al orfanato buscando adoptar algún niño. Se notaba que era un modelo nuevo.

-¿Señorita? –volvió a insistir y prestó su atención a aquel apuesto hombre de ojos azules- ¿Está perdida?

-No... -Sophie, se recompuso inmediatamente– Estoy segura que voy por el camino correcto.

-¿Y a dónde se dirige? –preguntó curioso.

-Me dirijo a la finca Müller -el hombre sonrió al escuchar la información- ¿Puede decirme cuánto falta para llegar?

-En definitiva es el camino correcto, pero... -hizo una pausa y miró las maleta que llevaba, una era muy grande y al parecer pesada, y el borde de su vestido estaba sucio y cubierto con barro. Había llovido hace poco por esos lados- le falta unos ocho kilómetros por recorrer.

-Gracias. -agradeció.

Sujetó sus maleta e hizo algunos pasos alejándose del vehículo, pero al parecer aquel hombre no quería dejarla ir así no más, bajándose del vehículo, se mantuvo detrás de la puerta.

-Señorita, ¿Por qué no la llevo? –se ofreció y Sophie, se detuvo y volteó a verlo– Resulta que también me dirijo hacia allá –sonrió–. Puedo llevarla, si usted quiere, claro está.

Sophie, parecía meditarlo un poco. Subirse al auto de un extraño no era algo que hiciera todos los días.

-Un par de kilómetros más adelante hay mucho fango, con esos zapatos no creo que pueda cruzar. -alegó.

Sophi, se miró los pies y evidentemente, no eran aptos para el terreno.

-De acuerdo. -aceptó y él sonrió ampliamente descolocando la cordura de Sophie, que jamás había visto hombre más atractivo cómo el que tenía enfrente.

-Permítame -dijo él tomando las maletas de la muchacha y guardándolas en el portaequipaje-. Por favor. -dijo rodeando el vehículo y abriendo la puerta del copiloto para que ella se subiera y así lo hizo, aunque algo nerviosa.

-Gracias de nuevo -dijo una vez él se ubicara detrás del volante-. Aunque lamento ensuciar su tapizado. -se disculpó por subir con sus zapatos y el borde de su vestido sucios de barro.

-Un placer y por eso no se haga problema, siempre se puede limpiar -puso andar el vehículo y no pudo evitar preguntar-. ¿Cuál es el motivo que la lleva a la hacienda Müller?

-Por trabajo. El señor, Müller tiene dos hijos, seré la institutriz de los pequeños. -reveló.

Aquel hombre volteó a mirarla bastante interesado por lo que decía.

-Es muy joven para ser institutriz, sin ofender, pero creí que del instituto mandarían a alguien... mayor.

-Me crié en ese lugar y me han educado de muy temprana edad y créame que estoy más que capacitada para ser institutriz. –dijo defendiendo su capacidad de enseñar.

-¿En serio? -preguntó algo incrédulo en qué una chiquilla como ella, pudiera tener amplio conocimiento para ser institutriz-. Estoy informado de que los mellizos necesitan aprender idiomas, ¿Sabe alguno?

-Oui, ne me prends pas pour un imbécile.

«Claro que sí, no me tome por tonta»

-Je ne ferais jamais quelque chose comme ça.

«Jamás haría algo así»

Sophie, desvió su mirada hacia aquel hombre que tenía una sonrisa ladeada y la vista en el camino.

-Es usted muy listo -sonrió, Sophie-. Debo admitir que me ha sorprendido.

-Suelo causar ese efecto en las personas... Para bien o para mal. -añadió y Sophie, no pudo evitar reír y aquel sonido le agradó en su totalidad.

-¿Usted a que va a la finca Müller? -quiso saber Sophie, para matar el silencio del viaje- Si se puede saber.

-Por trabajo -respondió tranquilo escondiendo una sonrisa-. He oído que la anterior institutriz se marchó por que no supo cómo manejar a los niños -Sophie, lo miró atenta-. Ellos son algo rebeldes y traviesos, ¿tendrá problemas con eso, señorita...?

-Moore, Sophie Moore.

-Lindo nombre, Sophie. ¿Cree tener problema con eso? El señor Müller, es algo celoso con sus hijos.

-No será problema -sonrió-. La mayoría de los niños son rebeldes a esa edad, algunos más que otros. En el orfanato siempre hay un nuevo berrinche de los niños y es cómo si tuviera un don para tranquilizarlos. Siempre estoy ahí para intermediar -suspiró-. La mayoría se altera al recordar a sus padres que ya no tienen y otros añoran poder tener uno. Una familia.

-Creo que el señor Müller, no tendrá quejas con usted. -sonrió al decir aquello.

-Usted parece conocerlo muy bien, podría decirme ¿Cómo es él? -preguntó nerviosa- He escuchado decir por ahí que es un ogro gruñón.

Él desvió su atención a ella por unos segundos y río ante lo que escuchaba.

-Depende que lado despiertes de él -respondió-. Aunque la mayoría de las veces su humor depende del día que hace.

-Puede ser tolerable y yo nací con una paciencia infinita. -la miró de reojo.

Sí, la muchacha era hermosa aunque algo joven, pero eso no le quitaba en absoluto la madurez con la que hablaba.

-Llegamos.

Sophie, miró hacia adelante cómo una enorme construcción se cernía frente a ellos. El vehículo avanzó y atravesó un camino de grava y rodeando una fuente de agua, estacionó frente a la puerta principal de la finca.

Aquel hombre fue el primero en bajar y rodear el auto para abrir la puerta de su acompañante como el caballero que siempre era. Sophie, sujetó la mano que este le ofrecía y bajó con cuidado del vehículo.

-¡Peter!

Aquel hombre llamó a uno de los sirvientes que se asomaba por la puerta principal y al escuchar su nombre corrió hasta él.

-Dígame señor Mü... -detuvo su palabrería con la mirada de advertencia que él le estaba devolviendo- ¿En qué lo ayudo señor? -preguntó al fin al notar lo que quería decirle en los gestos que le había hecho para que no lo delatara aún frente a Sophie.

-Ayuda a la señorita Moore, con su equipaje. -indicó.

-Sí, señor.

Peter, fue directo al portaequipaje y sacó de ahí las maletas de Sophie.

-No es necesario, yo puedo hacerlo. -se ofreció, Sophie.

-No se preocupe, señorita, para eso estoy yo. Este es mi trabajo. -dijo Peter, con una sonrisa amigable.

-Muchas gracias, entonces.

Sophie, le regaló una sonrisa amable y Peter, le hizo el gesto de entrar a la casa.

-Por aquí, señorita Moore -le indicó el hombre abriendo de par en par las doble puerta principal-. Espere aquí en la sala, le diré al señor Müller que usted se encuentra aquí.

-Gracias, muy amable.

Él volvió a sonreír y se dirigió hacia los pasillos desapareciendo del campo de visión de Sophie, quién se quedó maravillada con lo enorme que era la sala, imaginándose cómo sería el resto de la casa, debía de verse igual a ese increíble lugar.

Peter, sostenía aún las maletas de Sophie, y cuando pasó a su lado con dirección a las escaleras, le hizo un leve asentimiento de cabeza y subió, dejándola allí sola.

Sophie, comenzó a caminar de un lado a otro con aparente nerviosismo.

¿Y si no le agradaba al señor Müller, cómo creía? Tal vez era un ogro gruñón cómo todos decían y posiblemente también era gordo y calvo. Se río de sus propios pensamientos, pero estos se vieron interrumpidos por unos pasos que se acercaban a ella con cautela.

Se dio la vuelta para conocer al señor Müller, pero lo que no entendía era ¿qué hacía el mismo hombre que la había llevado en su automóvil, ahí frente a ella? Se suponía que él, le avisaría al señor Müller, de su presencia en la finca.

-¿Acaso el señor Müller, no se encuentra? -preguntó desconcertada, con una gota de inocencia y él expandió una sonrisa en su rostro.

-Señorita Moore, yo soy el señor Müller.

El rostro de Sophie, parecía haber tomado el color de un tomate, pues la vergüenza se había apoderado de ella, en ese preciso instante.

-¿Usted es el señor Müller? -volvió a asegurarse y él asintió en respuesta- Todo este trayecto y no me lo dijo. -protestó sintiéndose engañada.

-Lamento no haberme presentado cómo correspondía. Me disculpo por eso. Pero a veces así se conoce mejor a las personas.

Capítulo 3 Nervios.

Sophie, miró al señor Müller con detenimiento. Nunca antes había visto hombre más atractivo cómo él. Mandíbula cuadrada, una ligera barba cubría su rostro, nariz perfilada, ojos azules y de labios apetecibles, al menos así le pareció a Sophie, y ese pensamiento la hizo sonrojarse aún más todavía.

–Concuerdo con usted -articuló cuándo al fin dejó de detallarlo al notar la intensa mirada que él puso sobre ella-. Bueno, creo que ya hizo su entrevista en el viaje ¿O necesita saber algo más sobre mí?

–Por favor, sígame. -sonrió de nuevo y guió a Sophie, a su oficina.

Caminaron por los pasillos, el piso era de madera y las paredes pintadas de color beige estaban decoradas con algunas fotografías familiares.

El señor Müller, abrió la puerta de su oficina y la invitó a pasar primero y luego de hacerlo él, cerró la puerta tras de sí.

La oficina constaba de un escritorio con un sillón de cuero y un par de sillas, un estante con libros y otro dónde reposaba una botella de vino junto a dos copas.

Thomas Müller, apartó uno de las sillas que estaban enfrente de su escritorio y la invitó a tomar asiento como el caballero que siempre era.

Sophie, caminó hacia él y se sintió ligeramente nerviosa ante la presencia del señor Müller, tomó su lugar y él hizo lo propio.

–Bien, señorita Moore –clavó sus ojos en ella–. Dígame en qué tiene conocimiento.

–Mi fuerte es la lengua –al decir aquello no era consciente de lo que provocaba en Thomas, quién se relamió los labios y Sophie, no pudo apartar la vista de ese gesto tentador–. Quiero decir que soy buena con los idiomas. -carraspeó nerviosa, otra vez.

–Aparte del francés, ¿qué otro idioma sabe? -inquirió interesado.

–Italiano y estoy intentando dominar el alemán. –respondió con su simpleza singular.

–Interesante. ¿Qué más? -instó de nuevo sin apartar esos profundos ojos azules de su rostro.

–Historia, matemáticas y sé también tocar el piano y el violín.

–Teniendo tanto conocimiento, ¿por qué no está impartiendo clases en la escuela? -quiso Thomas, saber ese detalle.

–Terminé mis estudios hace poco y le pedí el favor a la directora, Janice; que me consiguiera poder entrar a dar clases -explicó-. Ella fue quién me propuso el trabajo de ser institutriz.

–¿Y cree qué se siente capacitada para serlo? -preguntó serio-. Mis hijos son lo más importante de mi vida y quién esté con ellos debe saber que debe de cuidarlos y tratarlos cómo ellos se lo merecen.

–Sí, lo sé -respondió con una sonrisa amable-. Cómo le mencioné anteriormente he tratado con niños por bastante tiempo y con diferentes problemas. Cada niño es diferente pero siempre hay que tratarlos con cariño y paciencia, sobretodo.

–La anterior institutriz no pudo manejar ciertos berrinches de los mellizos -dijo esperando alguna reacción negativa por parte de Sophie, pero no hubo nada-. Espero que usted no me decepcione, señorita Moore.

–Tenga por seguro de que daré mi mejor esfuerzo.

Thomas sonrió, no era muy común en él hacerlo muy a menudo en un sólo día, pero aquella chiquilla lo incitaba a hacerlo. Tal vez era su personalidad tan joven o porque el simple hecho de verla sonreír y sonrojarse era motivo suficiente para él sonreír. Cualquiera fuera, seguía siendo extraño para él.

–Venga conmigo -dijo poniéndose de pie-. Le mostraré dónde se quedará.

Sophie, asintió e imitó la acción de Thomas, y empezó a seguirlo una vez salieron al pasillo. Llegaron a las escaleras y subieron al siguiente piso.

El porte tan masculino de Thomas, atraía en sobremanera a Sophie, quién empezaba a sentir cierta rareza en su cuerpo que no supo comprender. Las palmas de las manos le picaban y sudaban ante su presencia, cosa que no le pasaba nunca con nadie. Nervios, eso era, el señor Thomas Müller, la ponía extremadamente nerviosa.

¿Y cómo no lo haría? Si su sola presencia pondría nerviosa a cualquiera, era un hombre maduro pero no «viejo», pensó Sophie, y «muy atractivo» también y para rematar llevaba dos zafiros por ojos.

–¿Señorita Moore? ¿Está escuchándome?

Thomas, se detuvo frente a una puerta de roble y sonrió para sus adentros al darse cuenta que la muchacha no dejaba de repararlo de pies a cabeza.

Sophie, se percató de aquella voz ronca y al mirarlo a la cara, no pudo evitar sonrojarse de nuevo.

–Lo siento. -–dijo apenada.

–Le decía, señorita Moore, que esta será su habitación mientras tanto –dijo abriendo la puerta y seguido ambos entraron–. La habitación consta de baño propio para su comodidad. Allí están sus maletas. -señaló las mismas a un lado de la cama.

–Gracias.

Sophie, miró la habitación, era enorme a comparación a la que compartía con Emily y además tenía baño propio. En el instituto siempre debía recorrer hasta el otro extremo del edificio para llegar a los baños o las duchas.

Se acercó a sus maletas y las colocó sobre la cama y abrió aquella que había llenado de libros y empezó a sacarlos uno por uno. Thomas, se acercó curioso, no creyó de verdad que pudiera cargar con toda una biblioteca para ella sola.

–¿Jane Austen? -preguntó con una leve sonrisa sosteniendo dicho libro y Sophie, asintió- Interesante.

–Es de mis escritoras favoritas. -reveló.

–¿Cuál es su novela favorita? –preguntó interesado.

–Orgullo y prejuicio. -se sonrió al decirlo.

–Dejaré que se instale –dejó el libro sobre la cama–. Me imagino que aún no ha desayunado, ¿o sí? –Sophie, negó– El desayuno estará listo en unos minutos y por favor, cambie su vestido. –la miró de pies a cabeza y le encantó ver sus mejillas arder ante la inspección de su mirada.

Se preguntaba de qué otra forma podría hacerla sonrojarse de esa manera. Podría ser divertido averiguarlo.

La reparó una vez más y se marchó dejándola sola.

Sophie, dejó salir el aire que sin darse cuenta había retenido desde que él se le había acercado. Intentó despejar su mente de toda esa bruma que representaba, Thomas Müller.

Terminó de sacar sus libros y acomodarlos sobre una pequeña repisa. Fue por su otra maleta y desempacó toda su ropa y guardó en perchas y algunas prendas en cajones.

Optó por unos pantalones de fibrana holgados en color negro junto a unas sandalias y camisa rosa claro. Se dejó su cabello suelto como lo había traído.

Salió de su habitación y bajó las escaleras hacia la sala y se dejó llevar por el aroma a café recién hech, yendo en dirección a la cocina.

Una joven con un delantal atado a la cintura colocaba jugo de naranja sobre la mesa acompañando los frutos, café, tostadas, mermeladas y más que yacían sobre la mesa.

–¿Tú eres la nueva institutriz, cierto? –preguntó una voz femenina detrás de ella.

Sophie, se volteó y una joven de cabellos negros y ojos azules, le sonreía amigable.

–Así es. Soy Sophie Moore, ¿Tú eres? –preguntó devolviendo el gesto.

–Polette Müller, un gusto –estrechó su mano a la de Sophie–. Ven, toma asiento junto a mí.

Le indicó un lugar en la mesa y tomaron asiento, poco después Thomas, las acompañó.

–¿Vendrá hoy, Patrick? –preguntó, Polette a su hermano.

–Llamó hace unos minutos –contestó bebiendo un sorbo de su café casi amargo–. Llegará a más tardar el miércoles por la tarde y se quedará el mes entero, según me contó.

Al decir eso Polette, chilló de la emoción sorprendiendo un poco a Sophie, y provocando una sonrisa en Thomas.

–¿Lo dices en serio? –preguntó sonriente.

–Él mismo me lo confirmó -aseguró-. Así qué es un hecho.

–Será grandioso, hace tiempo no viene por casa y lo extraño –expresó y miró a Sophie–. Sophie, Patrick es nuestro hermano –dijo feliz, Sophie sonrió contagiada por la dicha de Polette–. Es mayor que yo y menor que Thomas, tal vez puedan coincidir.

Sophie, miró por automático a Thomas, quién se mostraba estoico ante la mención de aparentarla con su hermano y esa idea no le agradaba.

–Eres amable –habló, Sophie–. Pero no sería muy profesional de mi parte, sólo vine a enseñar a los niños, es... –aclaró su garganta– es todo.

–Bueno, yo sólo decía –agregó, Polette–. Nunca se sabe. –dijo mordiendo una tostada que embarró en mermelada.

Sophie, mordió su labio inferior y estaba segura que sus mejillas enrojecieron, gesto que no pasó desapercibido por Thomas.

–Te presentaré a mis hijos –dijo Thomas, cambiando de tema–. Están en el jardín ahora.

Thomas, se puso de pie y Sophie, imitó la acción de él y salieron rumbo al jardín.

Siguieron el recorrido del pasillo que daba hacia la parte trasera de la casa. Al salir, un hermoso jardín se hizo presente, un pequeño espacio verde con flores y un gran árbol, le brindaba a Sophie, una gran vista; y más allá se podían apreciar los viñedos y los trabajadores.

Avanzaron un par de pasos y llegaron a dónde un par de niños se encontraban jugando al cuidado de una mujer entrada en años.

–Annette, Alex –llamó Thomas, a sus hijos quienes dejaron lo que hacían y observaron a su padre–. Quiero presentarles a alguien.

Annette y Alex, observaron a su padre en compañia de una joven. Ambos niños fruncieron el ceño y se miraron entre sí.

¿Quién era la nueva invasora?

Se acercaron con desconfianza hacia ellos y se cruzaron de brazos una vez quedaron frente a ellos.

–Annette, Alex –habló su padre–. Ella es Sophie, y será su nueva institutriz. ¿De acuerdo?

–¿Cómo así, padre? –cuestionó Annette, desconfiada y mirando con recelo a Sophie. Llevaba su cabello negro recogido en una hermosa trenza–. No has pedido nuestra opinión al respecto.

–Ya hemos hablado de esto –Thomas, le dio una mirada severa a su hija–. Sophie, será su nueva institutriz hasta que yo lo decida, ¿Está claro?

–Sí, padre.

Annette, de mala gana asintió frunciendo sus labios molesta.

–¿Y tú Alex? –miró a su hijo está vez.

–Se ve más agradable que Meredith –con una sonrisa reveló el pequeño Alex, haciendo referencia a su anterior institutriz–. Eres linda.

Al decir eso hizo sonrojar a Sophie, quién sonrió ampliamente, pero llevándose una mala mirada de parte de su hermana.

–Gracias Alex, tú también eres lindo, ambos lo son.

Alex, sonrió y Annette, molesta se fue con su ceño fruncido y cruzada de brazos.

–Eso no es nada –dijo Thomas, suspirando y haciendo una mueca–. Suele ser peor.

–Entonces fue un buen inicio –respondió con una sonrisa–. Trabajaremos en nuestra comunicación.

Thomas, asintió a sus palabras y dirigió su atención a su hijo que aún seguía ahí junto a ellos.

–Pórtate bien ¿sí? –Alex, asintió– Ayúdame un poco con tu hermana, ¿de acuerdo? –el niño sonrió cómplice a las palabras de su padre–. Yo debo trabajar –Thomas, aclaró un poco su garganta dirigiéndose a Sophie–. La veré para la cena, señorita Moore. Cualquier inconveniente con los niños, puede mandarme a llamar.

–Puede ir tranquilo. Estaremos bien. –aseguró con una sonrisa que Thomas, grabó en su mente para el resto de la tarde y se fue de ahí más ligero y tranquilo.

Sophie, lo vio marcharse en dirección a los viñedos. Tomó una bocanada de aire y dirigió su atención a Alex, quién la miraba expectante con aquellos par de ojos igual a su padre. Sonrió por ello.

–Alex, dime ¿qué han aprendido hasta ahora?

–En matemáticas estuvimos viendo las operaciones básicas –dijo mientras se dirigían al interior de la casa–. En geografía vimos los países y sus capitales...

Alex, siguió explicando a Sophie, todo lo que habían visto con su anterior institutriz. El niño la condujo hasta la biblioteca, lugar en donde ellos pasaban el tiempo estudiando.

Mientras Alex, seguía hablando muy animado, Sophie admiró el lugar y la cantidad de libros que allí había. Tomó uno en sus manos, Moby Dick de Herman Melville. Sonrió inmensamente, ese solía ser uno de sus favoritos cuándo niña.

–Meredith, no era buena enseñando música –Sophie, se dio la vuelta mirándolo–. No acertaba bien en las notas. -se encogió de hombros.

–¿Qué instrumento tocaba? –indagó, Sophie.

–El piano, pero no lo hacia bien. –dijo el niño, señalando el piano que se encontraba en un rincón de la biblioteca.

–¿Qué días les enseñaba música? –preguntó caminando hacia el banquito propio del piano- No quiero cambiar los días dónde estudiaban cada materia.

–Música nos daba los miércoles –respondió Alex, caminando hacia ella y tomando lugar a su lado en el banquito–. Hoy tendríamos historia por la mañana y matemáticas por la tarde.

–¿Quieres que empecemos con algo de historia? –él asintió– ¿Qué fue lo último que vieron?

–Los reyes de nuestro país...

Comenzó a nombrar a la mayoría de reyes que recordaba habían gobernado Inglaterra hasta la actual reina.

Hablaba con tanta elocuencia y soltura, que no pareciera un niño de ocho años. Sus cabellos eran de color negros con algunos reflejos claros naturales. Su piel muy blanca y unos lunares adornaban su rostro haciendo que su piel luciera mucho más clara. No era del mismo tono de piel que su padre, el cuál era unos tonos más oscuro, atribuyó eso a que pasaba muchas horas trabajando en los viñedos bajo el arduo sol de verano.

Se reprendió a sí misma por tal pensamiento. ¿Por qué tenía que pensar en la piel de Thomas o en su color? Sacudió su cabeza con una sonrisa.

Aunque había notado esos pequeños detalles entre Thomas y su hijo; con Annette, pasaba lo contrario, con lo poco que vio de ella era mucho más parecida a su padre de lo que se creía.

–Annette, no es mala –dijo Alex, de repente–. Sólo es qué... –se quedó callado, no sabía si contarlo o no.

–¿Qué? Alex, dime. –instó Sophie, con voz amigable. Ese tono de voz que siempre implementaba con los niños del orfanato.

–Ella extraña a mamá -reveló al fin- y por eso tiene pesadillas.

–¡Cierra la boca, Alex! -vociferó enojada Annette, desde la puerta de la biblioteca. Al parecer había decidido ir hasta allí para tomar las clases con la nueva institutriz y así no tener problemas con su padre- Era nuestro secreto y se lo acabas de contar a una desconocida.

Annette, miró a su hermano con lágrimas en sus ojos sintiéndose traicionada y Alex, se sintió apenado y culpable.

Sophie, miró de uno a otro buscando comprender lo que sucedía.

–Lo siento, Anni, pero debes hablarlo con alguien.

–Y tu mejor idea fue contárselo a una extraña que apenas conocemos. –le reclamó molesta.

–Ella me agrada y no es una extraña. –se defendió, Alex.

–¡Claro que lo es! ¡Yo no confío en ella! Me traicionaste, Alex. –gritó, dolida.

–No lo hice. –contradijo, Alex.

–¡Sí lo hiciste!

–Niños, basta. No peleen entre ustedes, por favor –intentó intermediar, Sophie–. Annette, Alex lo dijo con la intención de ayudar. No te enojes con él.

–Tú no sabes nada. ¡No te metas!

Annette, se dio media vuelta y con las lágrimas recorriendo sus mejillas se fue corriendo directo a su habitación.

Alex, no pudo contener su llanto y Sophie, no dudó un segundo en rodearlo con sus brazos y estrecharlo contra su pecho y en un impulso, depositó un beso en su coronilla.

Cuando su llanto mermó, ambos decidieron ir en busca de Annette.

¿Qué tipo de pesadillas podría estar teniendo la pequeña Annette? ¿Y por qué?

Se apresuraron en llegar hasta la habitación, con cuidado Sophie, abrió la puerta y sobre la cama, echa un ovillo, se encontraba Annette, sollozando.

Algo dentro de Sophie, se rompió. Se vio a sí misma a su edad y todas aquellas noches que lloraba la ausencia de sus padres.

Sin invitación, Sophie entró seguido de Alex y se puso de rodillas frente a la cama, estiró su mano y acarició aquellos cabellos negros y Annette, se removió.

–Cariño –la llamó con voz dulce–. No llores más.

–Deja-me –habló entrecortado Annette, e intentó alejarse de Sophie–. No te im-porta... lo que me pasa.

–Anni, me importa, créeme –Sophie, se acercó aún más a ella, tanto que Annette, no pudo rechazar sus caricias, que aunque le costara admitir, la reconfortaba cómo nunca nadie–. Sé cómo se siente la ausencia de una madre. Yo perdí a los míos cuando cumplí los tres años y aunque no recuerde sus rostros, los extraño muchísimo –siguió con sus caricias en su espalda, sintiendo el cuerpo de Annette, relajarse un poco–. Está bien si no quieres contarme, pero no te molestes con Alex, es tu hermano y sé que se preocupa por ti.

Annette, secó sus lágrimas con la manga de su suéter e hizo ruido al tragar sus mocos. Se dió la vuelta y observó a Sophie, con sus ojos rojos.

–¿Perdiste a tus padres? ¿a los dos?

–Sí, a los dos –sonrió triste–. No tenía ningún familiar que se hiciera cargo de mí y por eso crecí en un orfanato. Allí hice muchos amigos, Emily, es una de ellos; ella es cómo una hermana –mencionó con una sonrisa más tranquila–. Y el tiempo que pasamos enojadas la una con la otra era tiempo que podríamos haber pasado juntas divirtiéndonos –tomó la pequeña mano de Annette, entre las suyas–. Por eso te pido que no te enojes con tu hermano, sé que te quiere.

–De acuerdo –respondió con una sonrisa y Alex, quién se había mantenido a un lado de la cama, se acercó a ella–. Lo siento, Alex. –dijo apenada.

–Estamos bien. –se sentó a un lado de su hermana y la rodeó en un tierno abrazo de hermanos.

–Así es mejor, ¿no lo creen? –preguntó Sophie, sonriente al ver el hermoso abrazo que compartían.

–Te dije que era buena –dijo Alex, a su hermana–. Meredith, no era buena con esto. Me refiero a qué no es buena haciendo lo que hiciste ahora, con Annette.

–¿Y su padre? ¿él sabe de tus pesadillas, Anni? –ella negó– Deberías contarles, tal vez así desaparezcan. –aconsejó.

–Él se molestará conmigo.

–¿Por qué lo haría? –Sophie, frunció el ceño.

–Porque sueño con mamá y sé que él también la extraña.

–Pero tal vez no sea así, estoy segura de que no se molestará y podrá comprenderte y te ayudará.

Annette, asintió nuevamente un poco más aliviada. Tal vez Sophie, tenía razón y decirlo a su padre no sería mala idea.

El sol ya había avanzado lo suficiente. Con el dorso de su mano, quitó el sudor de su frente y se detuvo un segundo y miró orgulloso todo el trabajo que habían realizado en todo el año. Faltaba unos pocos días para la vendimia, nada ansiaba más que eso.

–Acaban de informarme que la nueva institutriz es muy bonita, ¿es así?

Thomas, salió de sus pensamientos y miró con su ceño fruncido a Víctor, su mano derecha en el trabajo.

–¿Quién te dijo que era bonita? –preguntó molesto. Lo que era común en él.

–Peter. No vayas a enojarte con él –Víctor se encogió de hombros restándole importancia–. Lo dijo sin pensar, parece que le gustó la muchacha.

–Peter es un niño todavía y la muchacha es más grande que él.

–Sólo tiene 19 años, no es tan chico –refutó Víctor–. En cambio nosotros ya estamos viejos para eso.

–Habla por ti, ¿quieres? –protestó Thomas, riendo al ver el gesto escandalizado de Víctor–. Ya. Sigamos trabajando.

–Parece que la muchacha te gustó más a ti. –añadió Víctor divertido y con una ceja alzada.

–Vuelve a trabajar. –habló con voz grave y con la molestia en las palabras. Víctor se echo a reír al lograr el gesto molesto de Thomas.

Las horas pasaron y Thomas no dejaba de pensar cómo la nueva institutriz estaría llevando la situación con los mellizos.

Aún no lo había hecho llamar cómo siempre solían hacer las anteriores institutrices que contrataba.

¿Iría todo realmente bien?

El sol empezó a ocultarse en el horizonte y tanto él cómo el resto de los trabajadores dejaron lo que hacían. Todos se prepararon para regresar a sus habitaciones que tenían asignadas en la finca.

Se despidió de todos y a paso apresurado regresó a la casa. Pronto sería la hora de la cena, tiempo que compartía y dedicaba a sus hijos.

Una vez dentro buscó a sus hijos y el sólo hecho de no escuchar gritos de berrinches llamó su atención a gran escala.

–Ruth ¿los niños? –le preguntó a la niñera de los pequeños al ingresar a la cocina.

Ruth quién estaba ayudando a Diana en la cocina a terminar la cena que pronto se serviría, dejó lo que hacía y dirigió su atención al señor Müller.

–En la biblioteca aún, señor.

–Gracias. Puedes ir a descansar. Hasta mañana.

–Hasta mañana, señor.

Salió de allí rumbo a la biblioteca y al acercarse aún más hacia la puerta podía escuchar las dulces voces de sus hijos. Sonrió y lentamente abrió la puerta y el escenario que veía le hizo saber que no se había equivocado ésta vez en aceptar a Sophie.

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