Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > La Jaula de Cristal del Magnate
La Jaula de Cristal del Magnate

La Jaula de Cristal del Magnate

Autor: : S. Mejia
Género: Romance
Valeria M. es la fiscal más implacable de la ciudad, una mujer que ha dedicado su vida a la justicia y que está a un solo paso de ver caer al hombre que ha corrompido cada estrato del poder: **Dante Voci**. Pero la justicia es un cristal frágil. Minutos antes de presentar la prueba definitiva, Valeria desaparece de la faz de la tierra. No despierta en una celda húmeda, sino en un paraíso de seda, mármol y muros de cristal. Dante Voci no ha venido a matarla. En su lugar, ha construido para ella una **jaula de oro** en una finca donde el tiempo parece detenerse y el mundo exterior ha sido borrado. Para Dante, Valeria no es solo su enemiga; es la única mujer que posee la inteligencia necesaria para estar a su altura, y no descansará hasta que ella le pertenezca en cuerpo y alma. Mientras Valeria intenta desesperadamente escapar, descubre una verdad aterradora: sus aliados la han traicionado y el sistema que juró proteger ha puesto precio a su cabeza. Atrapada entre el hombre que la mantiene cautiva y los asesinos que la esperan afuera, Valeria deberá decidir si lucha por una libertad que ya no existe o si acepta su lugar al lado del monstruo que la reclama. En este juego del gato y el ratón, la línea entre el odio y la devoción es tan delgada como el cristal. Ella descubrirá que, en un mundo de lobos, **la jaula de Dante es el único lugar seguro... y que su mayor peligro no es estar prisionera, sino desear no irse jamás.** --- **Temas principales:** * **Enemies to Lovers:** De enemigos jurados a una alianza oscura. * **Captive Romance:** La tensión de una libertad perdida y una pasión encontrada. * **Corruption & Power:** Una mirada cruda a la política y el inframundo. * **Obsession:** Un magnate que no acepta un "no" por respuesta.

Capítulo 1 El Abismo

El cielo sobre la ciudad no prometía justicia, sino una de esas tormentas densas y oscuras que lavan la sangre de las aceras pero dejan intacta la podredumbre. Valeria subió el cuello de su gabardina, sintiendo el peso frío y reconfortante del maletín de cuero negro que colgaba de su hombro derecho. Dentro, guardado en un disco duro encriptado y respaldado por miles de folios meticulosamente organizados, descansaba el fin de un imperio. El fin de Dante Voci.

Había pasado tres años persiguiendo a una sombra que olía a sándalo, dinero viejo y pólvora. Tres años de testigos repentinamente amnésicos o convenientemente muertos, de sobornos que llegaban hasta las puertas de sus superiores en la fiscalía, y de noches interminables bebiendo café amargo frente a un monitor de ordenador que le devolvía el reflejo de una mujer cada vez más pálida, más delgada, más consumida por un único propósito.

Pero hoy era el día. El Gran Jurado la esperaba a menos de cien metros, tras las pesadas puertas de roble del Palacio de Justicia.

-Hoy no, Dante. Se acabó -susurró para sí misma, con los nudillos blancos de tanto apretar el asa del maletín. Su voz sonó firme, una pequeña ancla de realidad en medio de la vorágine de adrenalina que le inundaba el torrente sanguíneo.

Valeria cruzó las puertas de cristal del nivel B-3 del aparcamiento subterráneo, el área de acceso restringido para jueces y fiscales de alto rango. El eco de sus tacones contra el hormigón desnudo generaba una cadencia rítmica, casi militar. Valeria era una mujer de leyes, de estructuras rígidas y orden inquebrantable. Creía ciegamente en la balanza de la justicia, incluso cuando el plato del mal, del caos y de la corrupción siempre parecía pesar más. Hoy, ella iba a poner la espada sobre el plato vacío.

Sin embargo, a mitad de camino hacia el ascensor de máxima seguridad, una sensación gélida le recorrió la nuca. Era ese instinto primitivo y visceral que solo se desarrolla cuando has pasado demasiado tiempo mirando a los monstruos a los ojos. El aire en el aparcamiento cambió; la presión atmosférica pareció descender de golpe, como si el oxígeno se estuviera filtrando por las grietas del suelo.

Valeria se detuvo. El silencio era absoluto. Demasiado absoluto.

Los dos guardias de seguridad armados que siempre custodiaban el acceso al ascensor VIP no estaban en sus puestos. No había sonido de radios, ni el murmullo habitual de los motores en la distancia. Las luces fluorescentes del techo, habitualmente de un blanco clínico e inmaculado, parpadearon de forma errática antes de que la hilera más cercana a ella se apagara con un chasquido eléctrico, sumiendo la mitad del nivel en una penumbra amenazante.

Su mano libre bajó instintivamente hacia el bolsillo de su gabardina, donde guardaba el botón de pánico conectado directamente a la central de la policía. Lo presionó tres veces, la señal de código rojo. Esperó el zumbido de confirmación en su teléfono.

No hubo nada. Señal bloqueada.

El pánico, frío y afilado, intentó trepar por su garganta, pero Valeria lo tragó. No era una novata. Sabía que ir tras el magnate más poderoso y letal del inframundo de la ciudad conllevaba riesgos astronómicos. Dante Voci no era un simple jefe de la mafia; era un arquitecto del caos, un hombre que se movía en las altas esferas sociales con la misma facilidad con la que ordenaba ejecuciones en los callejones. Era culto, sofisticado, y sus tentáculos abarcaban desde la oficina del alcalde hasta las comisarías de barrio.

De repente, el rugido sordo y profundo de un motor rompió el silencio. No hubo derrapes espectaculares ni chirridos de neumáticos, solo el deslizamiento fluido y depredador de un SUV negro sin matrícula, con los cristales completamente tintados, que emergió de las sombras del fondo del aparcamiento y se interpuso entre ella y la salida hacia las escaleras.

Valeria retrocedió un paso. Sus ojos, oscuros y calculadores, buscaron una vía de escape. El ascensor estaba comprometido. El coche bloqueaba las escaleras. Estaba rodeada de muros de hormigón.

Las puertas del vehículo se abrieron simultáneamente y en completo silencio. De su interior no salieron matones de poca monta con bates o cadenas, sino tres figuras vestidas con equipo táctico negro, sin insignias, con los rostros cubiertos por pasamontañas oscuros. Se movían con una sincronización escalofriante, fluida y profesional. No era un asesinato; era un operativo de extracción. Un trabajo quirúrgico.

-Si me tocan, cada agencia federal de este país caerá sobre ustedes -advirtió Valeria. Su voz no tembló, resonando con la autoridad de quien ha enviado a docenas de hombres a cadena perpetua. Pero en el fondo, sabía que las palabras eran inútiles. Estaba esgrimiendo leyes frente a hombres que operaban fuera de la realidad civilizada.

Ninguno de los tres hombres respondió. No hubo amenazas, no hubo bravuconadas. Solo una aproximación rápida y letal.

Valeria actuó. Se quitó los zapatos de tacón en un movimiento rápido, ganando tracción en el suelo liso, y corrió hacia el pasillo de servicio más cercano, el único punto ciego que no estaba cubierto por el vehículo. Su corazón martilleaba contra sus costillas como un pájaro enloquecido, bombeando sangre a sus extremidades. Apretó el maletín contra su pecho. Si caía, la evidencia caería con ella, pero mientras tuviera aliento, no se lo pondría fácil.

Uno de los hombres la interceptó antes de que pudiera llegar al pasillo. Valeria no se encogió. Giró sobre su propio eje, utilizando el impulso de su carrera para lanzar el pesado maletín directamente contra el rostro del atacante. El golpe fue certero y resonó con un ruido sordo, obligando al hombre a retroceder con un gruñido ahogado.

Por un instante, creyó que tenía una oportunidad. Metió la mano en su bolso buscando el spray de pimienta de grado policial que siempre llevaba, pero antes de que sus dedos rozaran el cilindro metálico, el segundo hombre la flanqueó.

Una mano enguantada y férrea se cerró alrededor de su muñeca, aplicando un punto de presión tan exacto que el dolor le entumeció el brazo entero, obligándola a soltar el bolso. Valeria soltó un grito de rabia, pateando hacia atrás, intentando conectar con la rodilla de su captor, peleando con la ferocidad de un animal acorralado. Consiguió arañar el cuello de uno de ellos, sintiendo la piel bajo sus uñas, pero la diferencia de fuerza era abismal e insuperable.

El tercer hombre se acercó por detrás. Valeria sintió un brazo grueso y frío rodear su cuello, bloqueando sus vías respiratorias sin llegar a asfixiarla por completo, inmovilizando su cabeza.

-Tranquila, fiscal -murmuró una voz profunda y rasposa junto a su oído, las primeras y únicas palabras pronunciadas durante el ataque-. El señor Voci le envía sus saludos.

Dante.

El nombre estalló en su mente, trayendo consigo una mezcla tóxica de frustración y furia impotente. Lo había sabido desde el principio. Él siempre iba un paso por delante. Mientras ella jugaba al ajedrez, él estaba comprando el tablero entero.

El maletín de cuero negro, el contenedor de su victoria de tres años, yacía ahora en el suelo húmedo y sucio del aparcamiento, pateado a un lado por las pesadas botas tácticas de los hombres. Observó cómo uno de ellos lo recogía con total indiferencia. Su trabajo de vida, la justicia de cientos de víctimas, arrebatado en menos de sesenta segundos.

Valeria se retorció una última vez, su respiración volviéndose errática. Fue entonces cuando sintió el pinchazo.

Frío, agudo, directo en la vena de su cuello.

No fue doloroso, pero el efecto fue devastadoramente rápido. Un calor extraño y artificial se expandió desde el punto de inyección, corriendo por su torrente sanguíneo como plomo derretido. Sus rodillas fallaron casi de inmediato. Los brazos que la sostenían aflojaron ligeramente la presión, dejándola caer con lentitud controlada hasta que sus pies descalzos rozaron el hormigón.

-No... -intentó articular Valeria, pero la palabra fue solo un soplo de aire en sus labios adormecidos.

La sala del aparcamiento empezó a dar vueltas. Las luces estroboscópicas del techo se convirtieron en líneas borrosas de un amarillo enfermizo. El sonido del motor del SUV se transformó en un zumbido bajo el agua. Sentía que su propia mente se estaba desconectando de su cuerpo, un apagón progresivo de sus sentidos.

Lo último que registró antes de que el peso opresivo de la oscuridad la tragara por completo, no fue el miedo a la muerte. Fue la amarga y humillante comprensión de su propia derrota. La justicia no era ciega. La justicia era una marioneta, y Dante Voci era el hombre que movía los hilos.

Cerro los ojos. El mundo se volvió negro. El abismo la reclamó, y la fiscal Valeria dejó de existir.

Capítulo 2 Seda y Desorientación

El regreso a la consciencia no fue un impacto violento, sino un ascenso lento y agónico desde las profundidades de un océano de alquitrán. Valeria intentó aferrarse a la oscuridad, a ese vacío anestesiado donde no existía el fracaso ni el rostro de sus captores, pero sus sentidos comenzaron a encenderse uno por uno, como las luces de emergencia de un edificio al borde del colapso.

Lo primero que registró fue el tacto.

Su mente, programada para anticipar el frío áspero de una celda de hormigón, las ataduras cortantes en las muñecas o la humedad de un sótano clandestino, sufrió un cortocircuito. Bajo ella no había piedra, ni metal, ni suciedad. Había una suavidad casi irreal. Movió los dedos, lentos y entumecidos, deslizándolos sobre la superficie en la que yacía. Era seda. Seda pura, fría y resbaladiza, de una densidad y textura que solo el dinero obsceno podía comprar.

Frunció el ceño, el dolor estallando en sus sienes con la fuerza de un martillazo. El rastro del narcótico aún nadaba por sus venas, dejándole la boca pastosa y la respiración pesada.

Abrió los ojos. Esperaba la ceguera de un calabozo o el resplandor cegador de un foco de interrogatorio. En su lugar, la recibió una iluminación ambiental tenue y cálida, diseñada específicamente para no agredir las pupilas. Parpadeó varias veces, intentando enfocar la vista mientras se incorporaba lentamente sobre los codos.

Estaba en el centro de una cama inmensa, un mueble de diseño minimalista que parecía flotar sobre el suelo de madera de ébano. La habitación era un prodigio de la arquitectura moderna, un espacio inmenso, pulcro y letalmente silencioso. No había cuadros en las paredes grises, ni objetos personales, ni relojes. Solo el lujo austero e intimidante que dictaba que quienquiera que hubiese diseñado aquel espacio no necesitaba demostrar su riqueza; la respiraba.

Valeria se pasó una mano por el pelo, que ahora caía suelto sobre sus hombros, despojado del moño tirante que siempre llevaba a los juzgados. Fue entonces, al bajar la mirada, cuando el pánico -un animal frío, viscoso y de garras afiladas- trepó por su espina dorsal.

Su ropa no estaba.

Ya no llevaba la gabardina rígida, ni el traje sastre azul marino que era su armadura diaria, ni la blusa de seda blanca abotonada hasta el cuello. Alguien la había desvestido. Ahora llevaba un camisón de seda plateada, de corte lencero, que se adhería a su piel como una segunda capa. Era exquisito, pero se sentía como una marca de propiedad.

Un latido ensordecedor le golpeó los oídos. Se palpó rápidamente el cuerpo por encima de la tela, buscando heridas, puntos de dolor, cualquier señal de que el ultraje hubiera ido más allá de cambiarle la ropa. Estaba intacta. No había magulladuras nuevas, aparte de un leve hematoma en la muñeca donde el mercenario la había agarrado en el aparcamiento, y el pequeño pinchazo en el cuello.

-Respira -se ordenó en voz alta. Su propia voz sonó ronca y extraña en la inmensidad de la habitación-. Piensa, Valeria. Eres una fiscal. Analiza la escena.

Llevó las rodillas al pecho por un instante, cerrando los ojos para sofocar el terror instintivo. *Alguien me ha tocado. Alguien me ha despojado de mi identidad.* Pero el pánico era un lujo que no podía permitirse. Si Dante Voci la quería muerta, le habrían pegado un tiro en el B-3 y habrían disuelto su cuerpo en ácido antes del amanecer. Pero estaba viva, intacta y envuelta en sábanas de mil hilos. Esto no era una ejecución; era una demostración de poder. Un juego enfermo.

Salió de la cama. Sus pies descalzos tocaron la madera pulida, que estaba climatizada. Comenzó a caminar por la habitación, sus pasos insonorizados, escaneando el entorno con la misma precisión con la que revisaba la escena de un crimen.

El mobiliario era escaso pero de una calidad abrumadora: un sillón de cuero de diseño italiano en una esquina, una mesa de noche vacía, un armario integrado en la pared. Caminó hacia este último y lo abrió. Estaba lleno de ropa de su talla. Vestidos, pantalones, blusas, todos de marcas de alta costura, todos en tonos neutros o fríos. No había ni un solo par de zapatos.

Se giró hacia la pared por la que, lógicamente, debería haber entrado. La puerta era un panel liso que se camuflaba perfectamente con el muro. No había pomo, ni cerradura visible, ni panel numérico en el interior. Estaba sellada herméticamente. Golpeó la superficie con los nudillos. El sonido sordo e inflexible le confirmó lo que temía: acero sólido recubierto de madera o polímero. Infranqueable.

Fue entonces cuando se dio cuenta de la anomalía más perturbadora de la estancia. No había ventanas.

Al menos, no ventanas al mundo exterior. En su lugar, toda la pared oeste de la inmensa habitación estaba formada por paneles de cristal que iban del suelo al techo.

Valeria se acercó lentamente, como si el cristal estuviera electrificado. Al posar la yema de los dedos contra la superficie, sintió un frío industrial. Golpeó suavemente con el anillo que aún llevaba en el dedo índice. El sonido fue opaco, sin vibración. Cristal balístico. Vidrio reforzado del mismo grosor que utilizaba el presidente en su coche blindado.

Pero no era el cristal lo que la dejó sin aliento, sino lo que había al otro lado.

Tras la barrera transparente se extendía un jardín interior, un oasis de serenidad nipona meticulosamente diseñado. Bajo una luz artificial que imitaba con una perfección asombrosa la suave claridad de una luna llena, había caminos sinuosos de arena blanca, rastrillada en ondas perfectas que rodeaban rocas volcánicas oscuras. Un pequeño puente de madera rojiza cruzaba un estanque donde grandes peces koi, como manchas de oro y sangre líquida, nadaban en círculos perezosos y eternos. En el centro, un sauce llorón enano dejaba caer sus ramas sobre el agua, meciéndose bajo una brisa que tenía que estar generada por conductos de ventilación ocultos.

Era hermoso. Era de una paz sobrecogedora. Y era la metáfora más cruel que Valeria había visto en su vida.

El jardín no tenía cielo. El techo sobre él era una cúpula oscura, salpicada de pequeñas luces LED que simulaban estrellas. Era un ecosistema cerrado y artificial. Un terrario de lujo absoluto.

Apoyó ambas manos en el cristal blindado, sintiendo que los pulmones se le encogían. Dante no la había metido en un calabozo porque eso habría sido predecible, mundano. Él quería quebrarla de una manera mucho más profunda. Quería que se sintiera como uno de esos peces koi: nadando en la opulencia, creyendo que tenía espacio para moverse, pero estrellándose perpetuamente contra límites invisibles, atrapada en una jaula de la que todo el mundo podía observar su impotencia.

*Observar.*

La palabra detonó en su mente. Retrocedió dos pasos, alejándose del cristal, y alzó la vista hacia el perímetro superior de su habitación. Empezó a recorrer con la mirada la unión entre las paredes y el techo, buscando en los rincones de sombra.

Allí estaba. En la esquina superior derecha, sobre la puerta camuflada, había una pequeña cúpula negra, del tamaño de una moneda. En el centro de esa cúpula parpadeaba, con un ritmo lento y rítmico como el latido de un corazón digital, una minúscula luz roja.

La estaban mirando. *Él* la estaba mirando.

Valeria sintió una oleada de calor subiendo por su cuello, pero no era vergüenza por estar vestida únicamente con una fina capa de seda. Era ira. Una furia pura, hirviente y volcánica que amenazaba con devorar el miedo. Dante Voci le había quitado su maletín, sus años de trabajo, su ropa y su libertad. Ahora mismo, seguramente la ciudad entera pensaba que estaba muerta o que se había dado a la fuga tras aceptar un soborno millonario. Su reputación, su única armadura inquebrantable, estaba siendo destrozada mientras ella despertaba en esa jaula de cristal.

Apretó los puños hasta que las uñas se clavaron en sus palmas, utilizando el dolor físico para anclarse al presente. No iba a llorar. No iba a gritar ni a golpear las paredes como un animal desquiciado, porque sabía que eso era exactamente lo que su captor estaría esperando ver desde el otro lado de la lente.

Con la mandíbula apretada y la espalda recta como una vara de acero, Valeria caminó directamente hacia la cámara. Se detuvo justo debajo, levantó el rostro hacia el parpadeo rojo y sostuvo la mirada hacia el vacío, sus ojos oscuros ardiendo con una promesa silenciosa de guerra absoluta.

Se quedó allí, inmóvil, retando al ojo mecánico durante lo que parecieron horas, negándose a ser la víctima que él quería que fuera.

De repente, un sonido metálico rompió el sepulcral silencio de la habitación.

Un *clac* profundo y sordo. Los pestillos magnéticos de la pared se habían liberado.

Valeria giró sobre sus talones justo a tiempo para ver cómo el panel liso que servía de puerta comenzaba a abrirse lentamente hacia afuera, revelando la oscuridad de un pasillo al otro lado. Una sombra larga y elegante se proyectó sobre el suelo de ébano, interponiéndose entre ella y su inexistente libertad.

Capítulo 3 El Anfitrión

La sombra en el umbral se materializó lentamente, desafiando la urgencia del pánico que latía en las venas de Valeria. No hubo una entrada irrupción violenta, ni el alarde tosco de un matón de poca monta. Quien cruzó la puerta de acero camuflada lo hizo con la cadencia pausada y dueña de sí misma de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde huir.

Dante Voci entró en la habitación.

Valeria contuvo el aliento, forzando a sus pulmones a no delatar la repentina opresión en su pecho. Lo había visto en fotografías de vigilancia, en recortes de prensa financiera y, una única vez, a través del cristal blindado de una sala de interrogatorios hace dos años. Pero la cámara y el cristal no le hacían justicia. En persona, la presencia de Dante ocupaba todo el oxígeno de la estancia.

Era alto, de hombros anchos que llenaban a la perfección un traje a medida de tres piezas en color gris carbón. No llevaba corbata; el cuello de su camisa blanca estaba inmaculadamente almidonado pero desabrochado en el primer botón, restándole formalidad pero sumándole una pátina de peligro relajado. Su rostro era una obra de arte tallada en ángulos duros: una mandíbula tensa, pómulos marcados y unos ojos tan oscuros que el iris parecía fundirse con la pupila, como ónix pulido absorbiendo la luz artificial. Una fina y pálida cicatriz le cortaba la ceja izquierda, el único defecto en una fachada por lo demás aristocrática.

Pero lo más desestabilizador no era su apariencia, sino el carrito de servicio de plata maciza que empujaba con una sola mano.

Dante se detuvo a un par de metros de ella. Sus ojos oscuros la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose una fracción de segundo en la fina seda plateada de su camisón antes de volver a su rostro. No hubo lascivia en su mirada, sino una evaluación fría, casi clínica, teñida de una satisfacción que hizo que la sangre de Valeria hirviera.

El aroma inconfundible a sándalo, caro y ahumado, inundó el espacio entre los dos.

-Aprecio la compostura -fueron sus primeras palabras. Su voz era un barítono profundo, suave como el terciopelo pero con un filo metálico subyacente-. La inmensa mayoría de mis... invitados, estarían gritando, llorando o arañando la puerta a estas alturas. Tú, en cambio, pareces estar calculando mis puntos débiles.

Valeria alzó el mentón, negándose a cruzar los brazos sobre su pecho, negándose a mostrarse vulnerable a pesar de estar descalza y prácticamente desnuda frente a su peor enemigo.

-No soy la mayoría de las personas, Voci -replicó, su voz destilando un desprecio gélido-. Y tú acabas de cometer el error de tu vida. Secuestrar a una fiscal federal en el edificio de los juzgados no es un crimen que puedas comprar con dinero. Habrá retenes en cada autopista, helicópteros barriendo la ciudad y el FBI desarmará tu organización pieza por pieza antes del amanecer.

Dante esbozó una media sonrisa. No era una sonrisa cruel, sino una de genuina y condescendiente diversión, como un maestro escuchando a un alumno brillante recitar una lección que ya ha quedado obsoleta.

Con una tranquilidad exasperante, se giró hacia el carrito de plata. Tomó una botella de vino tinto sin etiqueta, ya descorchada, y vertió el líquido rubí en dos copas de cristal de Bohemia. El tintineo del vidrio sonó obscenamente fuerte en el sepulcral silencio de la habitación.

-Un Pinot Noir de un viñedo pequeño en Borgoña. Lo compré entero hace cinco años -comentó Dante, ignorando olímpicamente la amenaza de Valeria. Tomó ambas copas, caminó hacia ella y le tendió una por el tallo-. Bebes vino tinto los viernes por la noche cuando te quedas hasta tarde revisando expedientes en tu despacho. Lo prefieres a temperatura ambiente.

Valeria miró la copa extendida y luego los ojos oscuros de él. El nivel de vigilancia que sus palabras implicaban hizo que se le helara la sangre, pero no retrocedió ni un milímetro.

-¿Qué le has puesto? ¿Más de lo que me inyectaste en el cuello para traerme aquí? -escupió.

Dante suspiró levemente, retiró la copa ofrecida y le dio un sorbo a la suya, manteniendo el contacto visual.

-No hay venenos ni sedantes, Valeria. Mi intención nunca ha sido drogarte hasta la sumisión. Lo del aparcamiento fue una necesidad logística. Eres una mujer obstinada y el tiempo apremiaba -bajó la copa, la expresión de su rostro endureciéndose marginalmente-. En cuanto a tu rescate... me temo que tienes una fe demasiado romántica en las instituciones a las que sirves.

-No es fe, es la ley.

-La ley es un conjunto de sugerencias para los hombres que no pueden permitirse reescribirla -Dante dejó su copa en el borde de una mesa de cristal auxiliar y metió una mano en el bolsillo interior de su chaqueta. Sacó una tableta electrónica ultradelgada y se la tendió-. Supongo que es mejor que lo veas con tus propios ojos. Así dejaremos atrás esta fantasía del FBI cabalgando al rescate.

Valeria dudó un instante. Su instinto le decía que no tocara nada que él le ofreciera, pero su mente analítica necesitaba información. Tomó la tableta, asegurándose de que sus dedos no rozaran los de él.

La pantalla estaba encendida, reproduciendo el canal de noticias de 24 horas de Sananza. El titular parpadeaba en rojo en la franja inferior: *"ESCÁNDALO EN LA FISCALÍA: VALERIA M. PRÓFUGA TRAS PRESUNTO SOBORNO MILLONARIO"*.

Valeria dejó de respirar. Tocó la pantalla para subir el volumen.

La voz del presentador llenó la habitación: *"...las imágenes de seguridad del nivel B-3 muestran a la fiscal subiendo de manera voluntaria a un vehículo no identificado. Según fuentes internas de la oficina del Fiscal General, se han detectado transferencias por valor de siete millones de dólares a una cuenta offshore en las Islas Caimán a nombre de una empresa fantasma vinculada a su familia. El Fiscal General, Thomas Sterling, ha emitido un comunicado hace escasos minutos..."*

La imagen cortó a una rueda de prensa improvisada. Allí estaba Sterling, su jefe, su mentor, el hombre con el que había cenado la noche anterior para ultimar los detalles de la acusación contra Dante. Sterling miraba a las cámaras con expresión compungida.

*"Es un día oscuro para la justicia,"* decía el Fiscal General en la pantalla. *"Confiábamos en Valeria. Pero las pruebas del desfalco y de su colaboración con carteles rivales son irrefutables. Creemos que la información que contenía su maletín era moneda de cambio para su huida. Hemos emitido una orden de captura internacional, pero presumimos que ya ha abandonado el país."*

Valeria sintió que el suelo de madera de ébano desaparecía bajo sus pies. Un pitido agudo se instaló en sus oídos. Sus manos temblaron tanto que la tableta casi se le escurrió entre los dedos.

No era un secuestro. Era una aniquilación.

Su carrera de tres años, sus noches sin dormir, su reputación impecable, su moralidad... todo había sido desmantelado y quemado en la plaza pública en cuestión de horas. Y los hombres que lo habían hecho no eran los mafiosos callejeros que ella perseguía, sino los mismos hombres de traje que se sentaban con ella en los tribunales. Sterling. Su jefe. Él la había vendido.

Dante dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. De repente, su presencia física era abrumadora. Valeria tuvo que alzar el rostro para mirarlo. Él le quitó la tableta de las manos temblorosas con una suavidad desconcertante y la dejó a un lado.

-El sistema que tanto defiendes es un castillo de naipes podrido, Valeria -murmuró Dante. Su voz ya no tenía la diversión de antes; ahora vibraba con una sinceridad oscura y pesada-. Sterling cobró dos millones por dar la orden de eliminarte. Hoy, al entrar a ese ascensor, ibas a recibir dos balas en el pecho. Yo no te secuestré de las manos de la justicia. Te arranqué de las fauces de un matadero.

-Estás mintiendo -susurró ella, aunque su mente legal y brillante ya estaba uniendo las piezas. Los guardias ausentes. El apagón selectivo en el aparcamiento. La facilidad del operativo. Todo encajaba de manera enfermiza.

-Nunca te mentiría. Es un insulto a tu inteligencia y a la mía -Dante acortó aún más el espacio. Estaba tan cerca que Valeria podía sentir el calor que irradiaba su cuerpo a través del traje y la fina barrera de su camisón de seda-. Para el mundo exterior, eres una criminal corrupta y una traidora. Si cruzas esa puerta de acero y te presentas en una comisaría, no te darán una medalla. Te meterán en una celda de aislamiento hasta que Sterling ordene que te 'suicides' ahorcándote con tus propias sábanas.

Valeria retrocedió un paso, chocando de espaldas contra el frío cristal blindado que daba al jardín interior. Estaba atrapada. Físicamente arrinconada por el hombre frente a ella, y existencialmente acorralada por la realidad que acababa de descubrir.

-¿Por qué? -preguntó. La voz le tembló por primera vez, traicionándola. Se odió por ello, pero necesitaba saberlo-. Si yo era un estorbo para ti y mis propios jefes querían matarme, ¿por qué salvarme? ¿Por qué traerme a esta... jaula?

Dante se acercó hasta detenerse a escasos centímetros de ella. Levantó una mano. Valeria se tensó, preparada para un golpe, pero los nudillos del magnate solo rozaron con una delicadeza escalofriante la línea de su mandíbula, apartando un mechón de cabello oscuro de su rostro. El contraste entre la dureza de sus nudillos y la suavidad de su toque era paralizante.

-Porque matarte habría sido un desperdicio criminal, y dejar que hombres inferiores a ti te destruyeran era un insulto -murmuró, sus ojos oscuros clavándose en los de ella con una intensidad obsesiva, casi devocional-. Has pasado tres años persiguiéndome, respirando mi nombre, anticipando mis movimientos. Eres la única persona en esta maldita ciudad que me ha visto realmente. Eres brillante. Eres feroz.

Dante inclinó ligeramente la cabeza, su respiración rozando los labios de Valeria.

-Legalmente, ya no existes, Valeria. Eres un fantasma. Y los fantasmas no tienen obligaciones, ni jefes, ni reglas. -Retiró la mano, dando un paso atrás y restaurando la distancia de cortesía con un control absoluto-. Este lugar es inexpugnable. Tienes comida, libros, ropa y mi protección absoluta. Nadie entrará aquí.

Se giró hacia la puerta oculta, sus pasos elegantes y silenciosos. Al llegar al umbral, se detuvo y la miró por encima del hombro.

-Lucha conmigo todo lo que quieras. Grita, rompe cosas, ódiame. Pero al final del día, te darás cuenta de que la jaula es el único lugar donde estás a salvo de los lobos. Bienvenida a casa.

La pesada puerta de acero se cerró con un chasquido hermético, dejando a Valeria a solas con el silencio, el cristal impenetrable y las ruinas humeantes de su vida anterior.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022