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La Jefa

La Jefa

Autor: : Hernando J. Mendoza
Género: Romance
Ella es la multimillonaria, fría, arrogante y experimentada, adicta al concúbito. Mira a todos por encima del hombro o con su hermoso rostro levantado, mientras los demás agachan su cabeza, postrándose ante su majestuosa presencia. Hechiza a hombres y mujeres por igual, con su divina belleza, como una auténtica diosa griega descendida de los cielos. Hestia Haller estaba buscando a alguien con quien jugar, para liberar su estrés y su libido, y como enviado por el destino, Heros Deale, un joven humilde, amable y virgen, que está enamorado de su amiga de la infancia, se presentará en su empresa, revelando un secreto del cual sacará provecho. Pero un rechazo contundente de parte de él a sus insinuaciones, por ser fiel a sus sentimientos y a la mujer que ama, provocará que deseé tenerlo solo para ella. Así que, debido a misteriosas circunstancias, lo convertirá en su asistente y lo seducirá hasta hacerlo suyo, porque nadie le dice que no a la jefa.

Capítulo 1 Prefacio: El timbre

La preciosa mujer, de aspecto divino, se encontraba en su glamuroso despacho ejecutivo. El paisaje soleado de la ciudad, se veía a su espalda, en las grandes ventanas del rascacielos administrativo. Estaba sentada en su cómoda silla de oficina, frente a su alargado escritorio de madera pulida de tono ébano. Era la CEO y dueña de su propia empresa, siendo la accionista mayoritaria de la misma.

Hestia Haller era hija primera de una familia distinguida y adinerada, de raíces francesas y alemanas; pero había construido su corporación financiera de inversiones, con sudor, trabajo y una diestra habilidad para las matemáticas y la psicología, porque le gustaba el dinero y ser capaz de influenciar en las demás personas, sin que ellos se dieran cuenta de que estaban siendo manipulados. Era rebelde y le gustaba ser libre, por eso se había apartado del dominio de sus padres. Siendo así, considerada la oveja negra, por no acatar órdenes de nadie. Pero sus ascendientes no se preocuparon por eso, porque habían quedado con su inmaculada y detestable hermana menor; su archienemiga, y la que era la niña perfecta, pura, inteligente y obediente ante los ojos la sociedad; esa que hacía todo lo que ellos quisieran y la que anteponía la comodidad y la felicidad de las otras personas, por encima de la de suya. Sabía que era una farsa de parte su consanguínea idéntica. Conocía al monstruo detrás de esa fachada. Mas, no estaba para martirizarse por su consanguínea. Había sido suficiente con soportarla durante su niñez y su adolescencia, para hacerlo también ahora que estaban en lados opuestos del mundo.

Las hermosas facciones de su rostro eran inexpresivas, como aburrida. En los últimos años, su rutina era la misma y su vida se había vuelto monótona. Aunque, en el pasado, había estado emparejada con un par de hombres que, habían sido amantes. No obstante, con ninguno llegó a formalizar una relación y tampoco duró más de un mes. Así que, con aquellos sujetos no había ocurrido la gran cosa, pues le gustaba ser libre, y ellos no habían encendido la llama del amor en su corazón; sí era que, tenía un órgano latiéndole en el pecho, porque jamás había llegado a sentir nada, ni siquiera alguna emoción de apego por sus padres, o de fraternidad, por su detestable hermana menor. Era independiente, sagaz, segura de sí misma, y sobre todo, le fascinaba delirar ante la frenética sensación del orgasmo. Sí, le encantaba el concúbito y masturbarse en casi cualquier momento o lugar. De esa manera podía apaciguar la libido que había crecido a lo largo del tiempo, al no contar con una intervención masculina que, fuera capaz de dominarla y de llenarla en su entrepierna, con esa erguida y firme virtud de las que eran poseedores; eso era lo único interesante que tenían para ofrecerle. Sin embargo, su adicción era experimentar el clímax, por lo que no iba acostándose con cualquiera que se la colocara al frente. Era ninfómana, más no promiscua, fácil o una zorra, a la que todos pudieran tener. Podía hacerlo hasta cien veces con el mismo. Conocía su valor, su fortuna y su distinción en la escala social, por lo que se consideraba un rubí, ubicado en la cima de una gigante rascacielos. Sí, alguien quería meter su juguetito dentro de ella, debía ser digno de poder hacerlo. Suficiente había tenido con la mala experiencia con sus olvidados amantes, que se habían jactado de ser buenos en la cama, pero era más lo que habían dicho, que lo que en realidad hicieron, debido a que, ni habían podido satisfacerla o hacerla sentir de verdad una mujer. Era, por eso, que había estado sin un compañero de cama. ¿Desde hace cuándo? Ya ni siquiera lo recordaba, porque no los había necesitado, hasta la fecha. Así que, había que tenido que hacerlo por su propia mano, y para ello, había comprado gran parafernalia para autocomplacerse; hasta había creado una habitación púrpura, donde podía hacerlo sin contenerse y sin pudor alguno. Era partidaria de la idea, de que las mujeres también podían tener un sitio, para liberar sus bajos y lascivos instintos, porque ellas también tenían ataques de lujuria, en la que debían apagar esa intensa flama en sus zonas privadas. Y, eran mucho mejor que la de los varones, porque eran multiorgásmicas.

Hestia bostezó con disgusto; debía distraerse lo antes posible, o se volvería loca. No pasaba nada interés. Deseaba que ocurriera o que apareciera alguien, con el que pudiera liberar toda la libido que tenía retenido en su cuerpo y en su alma, y que necesitaba salir, como un impetuoso tsunami, que la hiciera estremecer del delirante placer. Ya los objetos, no eran suficientes para complacerla. Había estado usándolos por año, pero ya había agotada su momento cumbre del gozo, que podían proporcionarle a su necesidad primordial. Alzó su cara, mirando a través de los lentes antirreflectores de sus gafas, que se tornaron de violeta. Sus hipnotizantes ojos verdes, como una esmeralda brillante, se hicieron notar. Vestía una un traje de sastre de encaje con falda de color negro, sin blusa por dentro, por lo que sus grandes pechos, se mostraban en la parte superior, siendo protegidos por un incitador sujetador oscuro. Ambas piernas las tenía tapadas por medias pantalón, que estaban unidas por tirantes a su braga. Su cabello ondulado, corto, era rojo como el granate; le llegaba hasta por encima de los hombros, y era, como un fuego escarlata en una antorcha, que combina a la perfección con su piel caucásica. Sus cejas sacadas eran de un matiz oscuro, como la del vino, y sus pestañas eran redondas y espesas. Se giró en su puesto y movió la llave, para abrir un de los puestos de los cajones, de donde tomó un diminuto artefacto de forma de huevo, que era morado. Inclinó su cabeza hacia atrás y hundió el botón del control. Apretó los muslos ante la estimulación, que estaba recibiendo por parte del consolador, que había incrustado en su intimidad, antes de salir de su enorme suite de lujo. Sus carnosos labios pintados de labial cereza, se estremecieron de forma leve, ante las veloces oscilaciones. Su boca se mojó con su saliva, por la excitación. Una comezón se produjo en su humanidad, que debía ser calmada lo más pronto posible. Entonces, el timbre de su teléfono sonó con escándalo y se asustó con disimulo ante al asombro inesperado.

***

Cordiales saludos.

Empezamos un nuevo proyecto. Algunas/os lindas/os personas ya me conocen y otras no. Bienvenidos de vuelta a mi mundo literario. He querido probar algunas cosas diferentes, que no había hecho en mis anteriores novelas. Ya veremos cómo nos va. Habrá mucho erotismo, intriga y juegos candentes. Si, la trama es de su interés, agradezco su apoyo a mis escritos, dejando sus cinco estrellas, sus comentarios y sus votos. No es obligatorio hacerlo, por supuesto. Hágalo, solo, si logro cautivarla con mis letras.

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Mis otras novelas en Manobook:

SUGAR MOMMY.

Capítulo 2 El permiso

Los sentidos de Hestia se dispararon ante la sorpresa. Sus oscuras pupilas se dilataron en iris verdoso, y los vellos de su blanca piel, se erizaron en alarma. Era su cuerpo activando su mecanismo de defensa por el estupor. Sin embargo, con un semblante inexpresivo, se acomodó en su silla y volvió a su postura normal. Se recogió la manga de su saco y miró la hora en su reloj plateado con detalles dorados, suizo. Eran, apenas, las nueve de la mañana; no le gustaba que la molestaran en su tiempo laboral.

Le restó una velocidad al artefacto y escondió el regulador, debajo de varios portafolios, que se hallaban, de manera ordenada, sobre la mesa. Levantó el auricular con sutileza y lo pegó a su oreja, en tanto el vibrador, seguía estando activo en su lubricada humanidad.

-Permiso para entrar a su oficina, directora -dijo una voz femenina y dócil, al otro lado de la línea.

-Entra -respondió Hestia, sin esfuerzo, exponiendo su ligero acento francés. Su nación natal era Francia, pero había decidido a mudarse a su país actual, donde se había convertido en la fundadora, dueña, directora general y presidente ejecutiva de corporaciones Haller, a la que todos le apodaban como la jefa.

Hestia volvió a colocar el auricular en la base, para terminar la llamada. Se acomodó un mechón de su ondulado cabello rojizo con elegancia.

-Señora Haller, ¿puedo hablar con usted un momento? -comentó una linda muchacha, de melena castaña y ojos cafés.

Lacey West era la secretaria ejecutiva de la CEO de la empresa. Nada más compartían una relación de jefa y empleada, en la que solo dialogaban sobre asuntos laborales. Llevaba puesto un vestido negro y tacones de gruesos. Sostenía en sus manos, lo que parecía ser un sobre de paquete azul y una hoja de papel impresa.

-¿Novedades de los socios o los inversionistas? -preguntó Hestia, con seriedad. Se quitó las gafas con lentitud y clase, mientras sus ojos verdes, relucieron piedras preciosas al sol.

-No, mi señora, lo que me motiva a venir a su oficina es... -Lacey bajó su cabeza con ligereza, manifestando su puesto en la cadena de mandos empresarial. Dudó en sí debía decirlo, pero era urgente y no podía posponerse. Tragó saliva y al fin se atrevió comentarlo-. Me voy a casar en varios meses.

Hestia no se inmutó ante las palabras de su secretaria; poco lo que importaba lo que hiciera o no hiciera con su vida. Era superfluo para ella ese tema. Suspiró con pesadez, al hacer un pequeño movimiento, que la hizo sentir más el vibrador en su intimidad. Su entrepierna le rascaba y quería tocarse con sus dedos. Debía terminar lo antes posible su innecesaria conversación con Lacey, para que se fuera lo antes posible de su despacho, y así poder culminar su acto cumbre del onanismo.

-¿Y qué quieres que haga? Soy tu jefa, no tu sacerdote de ceremonia de bodas -dijo Hestia, con antipatía y menosprecio al futuro evento nupcial de su emplead.

La implacable jefa no creía en cuentos de matrimonio y que vivieron felices para siempre. Solo eran tonterías y patrañas de películas, que ni siquiera eran para niños. "En la salud y en la enfermedad", sonrió de forma casi imperceptible a la vista al pensar en esas absurdas cursilerías; no se necesitaba un anillo de compromiso en la mano izquierda y otro en el anular derecho, para ir a la cama y disfrutar del mayor placer de la carne. La intimidad, solo era para desbordarse de las sensaciones y no se necesitaba que de un marido para revolcarse como animales bajos las sábanas. Un aura de demonio la cubría, como un manto rojo. Finos cuernos le salieron en la frente, una cola puntiaguda en la espalda y un trinche en su mano. Apagó sus pensamientos y volvió a la aburrida realidad.

-Es que quisiera invitarla -dijo Lacey, con timidez. Se acercó con temor al escritorio de madera pulida de ébano y le entregó el sobre azul, que estaba cargando.

Hestia lo recibió por mera cortesía. Ya sabía qué haría cuando se marchara; porque no le gustaban las ceremonias de bodas, ni ver como dos ilusas personas se juraban amor eterno y se amarraban la soga al cuello, por iniciativa propia. Pensó que su secretaria se iría luego de eso, pero divisó que todavía sostenía un papel. Así que, era obvio que tenía que contarle otro asunto. Si no fuera por el consolador, que había introducido en su entrepierna, hubiera gastado todo el tiempo del mundo. Sin embargo, nada más deseaba que se largara con prontitud y la dejara gozar de su corta liberación del estrés y el aburrimiento. Aunque, ya ni los consoladores la dejaban satisfecha. Anhelaba algo más robusto, que la hiciera sentir. Pero no solo eso, también que la comieran por todo el cuerpo, en tanto la complaciera y la llenara de besos, cariño y de placer. Nada de amor, palabras bonitas y cursilerías, solo apasionadas y profundas sesiones de concubinato

-¿Algo más? -preguntó Hestia, con voz neutra. Estaba conteniendo sus inmensas ganas de echarla fuera su oficina, por importuna e ingenua.

-Es que, mañana será el quinto aniversario de nuestro noviazgo, y quisiera que me firmara una petición, para adelantar el trámite de mi permiso -comentó Lacey, con temor. Se encogió de hombros al finalizar su confesión. En las cuatro ocasiones pasadas, todavía no trabajaba para Hestia y así, en otros lugares, había construido una excelente hoja de vida y experiencia, que la hizo ganarse el puesto de secretaria ejecutiva en corporaciones Haller, sirviendo de manera directa a la misma CEO de la empresa.

Hestia apretó los puños, para aguantarse el enojo de tal solicitud. En su corporación no había atajos, ni privilegios para nadie. Eso era algo que no le gustaba.

-Las licencias son en el departamento de recursos humanos, no conmigo -dijo Hestia, con apatía y severidad.

-Sí, mi señora, es que lo pedí a principio de mes, y creo que se demoraran en aprobarlo, porque todavía no estamos a la mitad de los treinta días. Si usted me da su firma, ellos me darían la autorización hoy mismo.

Hestia quería expresar lo que pensaba al respecto. Pero ya que se había tomado la molestia de invitarla al matrimonio, y sobre todo, porque quería que se marchara, para poder concluir su lascivo momento. Así que, hoy era el día de suerte de su inoportuna secretaria, porque con la escasa gracia que tenía, le otorgaría la dichosa firma.

-Aquí tienes -dijo Hestia, al finalizar el grabado de su nombre en el papel-. Ya puedes retirarte.

-Muchas gracias, señora Hestia. Usted es la invitada de honor.

Lacey hizo una reverencia, mientras mostraba su felicidad al lograr su cometido. Salió del despacho con rapidez y regresó a su sitio de trabajo. Se aseguró de que nadie la estuviera observando, y entonces, al estar en solitario, cambió la expresión en su bello rostro juvenil a uno perverso y astuto. El peor momento de su día, era cuando tenía que ver o hacerle algo a la fastidiosa de su jefa, que se la veía por encima del hombro, como si fuera escoria. Esa mujer arrogante era una arpía, en que las pocas veces que hablaba, destilaba veneno, similar a una cascabel real. Agradecía que ya pronto entraría a la vejez y tendría que caminar con un bastón. Entonces rio en silencio, ante su pensamiento; insultar y hace chistes de su horrible jefa, era lo más rescatable de su trabajo. Al principio, no había pasado nada con la directora Hestia, pero luego le fue tratando como un trapo sucio, en la que castigaba y exhortaba, hasta por respirar. Su más grande deseo era que le sucediera algo, para que perdiera su cargo, y un atractivo, hermoso y dominante hombre, como en las novelas, ocupara el puesto de CEO, para vivir su historia de amor. No obstante, en la realidad se había venido a topar con esa malhumorada y detestable senil.

-Vieja bruja -susurró Lacey, moviendo con ligereza sus labios. Le fastidiaba el hecho de actuar como una estúpida, dócil y obediente, sumisa, ante su jefa, la que tenía el cabello, como antorcha roja-. Tonta, anciana. Lo bueno es que tienes mucho dinero para tu acilo de abuela. Y ni siquiera solicité la licencia a principio de mes, estúpida. -Moldeó una macabra sonrisa. Sabía que su jefa no iría a su boda y que pasaba más ocupado en otras cosas, que en averiguar la autorización de una de sus trabajadoras; por lo que había decidido obtener un permiso veloz, con la ayuda de una practicada actuación. Quizás, en otra realidad, era una estrella de Hollywood. Sacó su teléfono y le marcó al que era su "Corazón", para darle la buena noticia-. Aló. Ya tengo la firma de la momia. La muy tonta cayó redondita. Nos vemos mañana, mi amor. Espero que no me desilusiones con la sorpresa que vas a dar. Te amo. -Ubicó el móvil al frente de su boca y realizó el ruido de un beso al aire.

Capítulo 3 El consolador

Hestia miró con desagrado la partida de su secretaria. Sus sentidos estaban concentrados en otro asunto, pero las expresiones que había realizado Lacey, parecían forzadas y falsas. Pero no iba a perder el tiempo con ella. Agarró el control, que había debajo de los portafolios, y se levantó de su silla, con el sobre de invitación morado en sus manos. Primero, atrancó la entrada a su oficina con llave y se dirigió al bote de basura. Allí hundió el pedal, con la punta de su zapato, alzando la tapa de la caneca.

Arrojó el paquete, sin pisca de remordimiento, y caminó con normalidad hacia el baño interno de su despacho ejecutivo. El olor a lavanda, perfumaba la habitación con agrado. Entró al cuarto del retrete y cerró la puerta con seguro. Se aflojó la falda y se la recogió sin quitársela. Se sentó sobre el inodoro y separó sus esbeltas piernas, revelando su braga de encaje negra, con puntuales detalles. Los tirantes de las medias se notaban a plenitud. Movió hacia un lado su lencería y de su intimidad afloró un diminuto cordón delgado, que estaba integrado a la reconfortante pieza. Jadeó con más fuerza al aumentar las oscilaciones al nivel más rápido del aparato. Se soltó los botones de su saco y subió el brasier exhibiendo sus abultados y enormes senos. Una extensa aureola rosa marrón, rodeaba los endurecidos pezones. Empezó a apretarse el izquierdo con su mano zurda, y ni siquiera su palmar abierto, podía cubrirlo por completo. Mientras que con la diestra se frotaba su zona más erógena en el exterior de su curvilíneo cuerpo de diosa. Experimentó una corriente eléctrica que le nació de la entrepierna. El fluido de su clímax salió de ella, como un chorro de agua de una manguera que ensució el piso y alcanzó a rozar su ropa, con leves gotas que le salpicaron. Apagó el consolador y lo sacó de su interior como si nada, con su semblante insatisfecho. Largos minutos molestándose, para efímeros segundos de éxtasis, que ya no lograban aplacar su libido, ni hacerla perder la cordura. Respiraba, solo un poco agitada, por los movimientos que tenía que realizar. Alzó el vibrado ovalado y lo observó con brevedad; brillaba por sus fluidos y escurría su viscoso y cristalino orgasmo. Sacó la lengua y se lo metió en la boca por completo, disfrutando de su propia y exquisita esencia natural. Degustó en su lengua, una vez más, su dulce néctar, como en las casi cientos de ocasiones, en las que había recurrido a la distinta parafernalia del auto placer femenino. Pero estaba aburrida de hacer lo mismo. Ya, poco a poco, comenzaba a desanimarse. Tragó su saliva y se puso de pie, para acomodarse su atuendo elegante de sastre. No había emoción, ni vehemencia, ni sudor, ni golpes, ni gemidos que le salieran del alma; solo lo hacía por costumbre. Nada más hoy, había regresado un poco la adrenalina con la llamada y la presencia de su auxiliar administrativa. Necesitaba un estímulo más fuerte, alguien a quien dominar, pero que después fuera capaz de agarrarla con autoridad y embestirla contra la pared, la cama o con cualquier otra cosa. Así que, lo que más deseaba era un consolador de carne y hueso, el cual pudiera moverse y pensar por sí mismo, sin que fuera necesario oprimir un botón, pero también que pudiera aprender y de evolucionar en la intimidad, y no solo limitarse a una sola cosa. Pero, ¿dónde encontraría ese valioso juguete? Pagaría lo que fuera necesario, por eso no había problema; tenía tanto dinero, que si gastara una fortuna, seguiría siendo todavía más millonaria que miles de personas ricas y que de países enteros.

Al concluir su hora de trabajo, marchó a las afueras de las instalaciones del imperioso rascacielos de corporaciones Haller. Su dúo de guardaespaldas y su chofer la esperaban fuera del carro, con sus cabezas gachas, a pesar de que eran más altos que ella, se postraban ante su majestuosa presencia. El conductor le abrió la puerta trasera del vehículo, como una reina que iba a embarcar su carruaje real.

La inevitable noche hacía alarde en el firmamento, exhibiendo su tranquila oscuridad. Abrazaba a una parte del planeta, mientras que otro lado estaba amaneciendo. Eso era una de las grandes encantos de la vida, el paso imparable del tiempo, en el que se atestiguaba a través del sol y la luna.

Hestia miraba los demás vehículos por la ventana, con su rostro inexpresivo. Llegó a un imperioso rascacielos y subió por el ascensor a su suite de lujo. Entonces disfrutó de una ligera cena de ensalada y frutas, en tanto les había ordenado a sus camareras personales, que le prepararan la bañera con espumas. La inevitable noche hacía alarde en el cielo de su tranquila oscuridad. Se hallaba en su grandiosa habitación en soledad, pero glamurosa. Aflojó el cierre de su falda y la dejó caer al piso. Luego se despojó de su saco con lentitud. Ahora mostraba con su ropa interior de encaje negro y su artística silueta. Su figura voluptuosa y envidiable, podría encantar a hombres y mujeres por igual. Su abdomen plano, estaba definido de manera atlética, debido a que era amante del gimnasio. Se retiró las medias que le tapaban las piernas. Se limpió el maquillaje en su hermoso rostro y se puso ropa deportiva. En sus orejas había colocado unos audífonos, mientras escuchaba música relajante. Encendió la caminadora eléctrica e inicio a correr de forma lenta, para luego ir aumentándola. El sudor había mojado sus prendas, en tanto le bajaba por la frente y por el vientre. Destapó su termo y tomó agua, para calmar su sed y refrescar su garganta reseca. Abrió el sobre de una chocolatina y también se la comió; le fascinaba el chocolate. Esperó a reposarse, en el balcón, mientras observaba el iluminado panorama; ellos estaban allá debajo y ella en la cima del mundo, mirándolos desde el último novel de un gigante edificio, similar a una deidad griega en el monte Olimpo, viendo la tierra de los mortales. Después de algunos minutos, entró a su cuarto de baño. Había agarrado una botella de vino y una copa de cristal. Se introdujo con levedad a la bañera de espuma, y se sirvió un poco del gustoso elixir, que era una auténtica ambrosía de diosas, digna de su magnificencia. Movió el vaso, como una excelente catadora, y consumió del líquido escarlata, empapando su sus carnosos labios. Extendió su brazo, para colocar la copa sobre una mesita de madera, que estaba cubierta por una servilleta de tela blanca. Al tener su cara levantada, miraba hacia el techo. Había silencio, tranquilidad y armonía; era todo lo que no le gustaba, porque era amante de la fiesta, el desorden y sesiones intensas de fornicación.

-Je m'ennuie -susurró en un refinado francés, para ella misma. Cerró los ojos y se sumergió por completo en la espuma. Había comentado su aburrimiento, con el estado actual de su vida; necesitaba que pasara una tormenta y la hiciera volar por las alturas, y transportarla a otra realidad, como a Dorothy Gale de: El maravillo mago de Oz.

Al día siguiente, en la hora del almuerzo, el sol resplandeció con vehemencia y sofocaba a los transeúntes de la ciudad.

Hestia se bajó de su auto, luego de que su chofer la abriera la puerta. Uno de sus dos escoltas, que venía otro vehículo detrás de ella, la acompañaba, para hacer guardia. Llevaba puestas, gafas y un abrigo oscuro, que complementaba su atuendo. Frente a ella se levantaba un imponente y costoso restaurante de cinco estrellas, al que asistía de vez en cuando, y al que le gustaba asistir, manteniéndolo en secreto, para descansar de todo ese mundo que la rodeaba en la oficina. Pero, de igual manera, para deleitarse con auténticos manjares, ya que era uno los más caros, y nada más los más privilegiados eran los que podían acceder a él. Aunque a veces realizaban promociones y descuentos, para aquellos que quisieran disfrutar del servicio. Justo, hoy un evento de rebaja. Se dirigió a su mesa, a la cual ya había apartado con exclusividad en la zona VIP, alejado de todos los demás clientes; le encantaba el ruido, pero en fiestas, no cuando iba a comer o quería relajarse por cuenta propia, porque en esos casos, si le fastidiaba la presencia de otros y el escándalo. Al terminar su plato fuerte, se limpió la boca con clase y elegancia. Se puso de pie y agarró su bolso de mano, para ir al tocador. Avanzaba con normalidad, pero un sorpresivo choque con un cliente distraído, la hizo soltar su cartera. Tensó la mandíbula, por lo que había sucedido. Su guardaespaldas dio un paso hacia delante, para intervenir en la situación, pero le hizo una señal, para que se quedara donde estaba. Ni siquiera tenía ganas de ver a despistados, siendo sometidos por uno de los integrantes de su seguridad.

-Lo siento -dijo con apuro el hombre. Se agachó a recoger el bolso, y al levantarse, quedó pasmado con le increíble belleza de la mujer que estaba frente a él. Era como si fuera quedado hipnotizada, solo al verla.

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