Hoy es mi último día como Violet Lasting.
Las calles del Pantano son silenciosas durante las primeras horas de la
mañana, solo se oyen los pasos lentos y pesados de un burro y el tintineo de
botellas de vidrio causado por el andar de la carreta de un lechero. Corro mis
sábanas y me pongo la bata de baño sobre el camisón. La bata, de un azul
oscuro, es una prenda que heredé de mi madre, y tiene los codos desgastados.
Solía quedarme enorme, las mangas cubrían mis manos por completo y el
dobladillo se arrastraba por el suelo. Durante los últimos años, crecí con ella
puesta, esperando para que me quedara bien, y ahora me calza de la misma
manera que a mi madre. Me encanta. Es uno de los pocos objetos que me
permitieron traer conmigo a la Puerta Sur. Tuve suerte de poder traer todo lo
que traje. Los otros tres centros de retención son más estrictos con respecto a los
objetos personales; la Puerta Norte los prohíbe por completo.
Presiono mi rostro contra los barrotes de hierro forjado de la ventana; son curvos y están enredados en forma de rosas, como si el hecho de ser agradables a
la vista les permitiera fingir ser algo que no son.
Las calles de tierra del Pantano brillan con un resplandor dorado opaco con la
luz de la madrugada; casi puedo imaginar que están hechas de un material
majestuoso. Son las calles las que le dan al Pantano su nombre: todas las piedras,
el cemento y el asfalto fueron llevados a los círculos más adinerados de la ciudad,
por lo que el Pantano quedó con las calles cubiertas de un lodo oscuro y grueso
que huele a sal y azufre.
Los nervios revolotean en mi pecho, como si tuvieran pequeñas alas. Hoy
podré ver a mi familia por primera vez en cuatro años. A mi madre, a mi Ochre,
y a la pequeña Hazel. Probablemente ya no sea tan pequeña. Me pregunto si
siquiera desean verme, si me he convertido en una extraña para ellos. ¿He
cambiado quien solía ser? No estoy segura de poder recordar quién fui una vez.
¿Y si ni siquiera me reconocen?
La ansiedad repiquetea en mi interior a medida que el sol, lejos, se eleva con
lentitud sobre la Gran Muralla, la que rodea la totalidad de la Ciudad Solitaria.
La muralla que nos protege del océano violento que está del otro lado. La que
nos mantiene a salvo. Amo el amanecer aún más que el atardecer. Hay algo tan
fascinante en ver al mundo cobrar vida con una paleta infinita de colores. Es
esperanzador. Me alegra poder presenciar este: franjas rosadas y lavandas se
entremezclan con ríos rojos y dorados. Me pregunto si podré presenciar algún
amanecer cuando comience mi nueva vida en la Joya.
A veces, desearía no haber nacido sustituta.
Cuando Patience viene a buscarme, estoy acurrucada en la cama, todavía en mi
bata de baño, memorizando mi habitación. No es la gran cosa, solo hay una
cama pequeña, un armario y un tocador de madera descolorido. Mi violonchelo
está apoyado en una esquina. Sobre el tocador hay un jarrón con flores, que
luego de unos días las cambian, un cepillo, un peine, algunas cintas para el
cabello y una cadena vieja que tiene el anillo de bodas de mi padre. Mi madre
me obligó a quedármelo luego de que los médicos me diagnosticaron, antes de
que los soldados vinieran a llevarme.
Me pregunto si lo ha extrañado, después de tanto tiempo. Me pregunto si me
ha extrañado al igual que yo la he extrañado a ella. Un nudo se tensa en mi estómago.
La habitación no ha cambiado mucho desde que llegué aquí hace cuatro años.
Sin cuadros. Sin espejo. Los espejos están prohibidos en los centros de retención.
La única incorporación ha sido mi violonchelo, que ni siquiera es mío en
realidad, dado que pertenece a la Puerta Sur. Me pregunto quién lo usará
cuando me haya ido. Es extraño, pero por más aburrida e impersonal que sea
esta habitación, creo que la voy a extrañar.
–¿Cómo lo llevas, querida? –pregunta Patience. Siempre usa esos apodos con
nosotras: "querida", "cariño" y "borre-
guita"; como si tuviera miedo de usar nuestros nombres reales. Tal vez
simplemente no quiere encariñarse. Ha sido la cuidadora en jefe en la Puerta Sur
por un largo tiempo. Probablemente ha visto cientos de jóvenes pasar por esta
habitación.
–Estoy bien –mentí. No tiene sentido decirle la verdad, que me siento como si
la piel me picara de adentro hacia afuera y como si hubiera un peso en la parte
más profunda y oscura de mi ser.
Sus ojos me observan de pies a cabeza, y frunce los labios. Patience es una
mujer rellenita que tiene mechones grises en su ralo cabello castaño, y su rostro
es tan fácil de leer, que puedo adivinar lo que dirá antes de que lo haga.
–¿Estás segura de que eso es lo que quieres usar?
Asiento, mientras acaricio la suave tela de la bata de baño con mi pulgar y el
índice, y salgo de la cama a toda prisa. Ser una sustituta tiene ventajas. Podemos
usar la ropa que nos plazca, comer lo que queramos y dormir hasta tarde los
fines de semana. Nos dan educación; una buena educación. Nos dan comida y
agua fresca, siempre tenemos electricidad y nunca debemos trabajar. Nunca
debemos en-
frentarnos a la pobreza, y las cuidadoras nos dicen que obtendremos aún más
beneficios una vez que comencemos a vivir en la Joya.
Excepto libertad. Jamás la mencionan.
Patience sale de la habitación y yo la sigo. Los pasillos del Centro de
Retención de la Puerta Sur están revestidos con madera de teca y palo de rosa;
obras de arte cuelgan en las paredes, manchones de color que no muestran nada
real. Todas las puertas son exactamente iguales, pero yo sé hacia cuál nos
dirigimos. Patience te despierta solo si tienes una consulta con el médico, si hay una emergencia, o si es tu Día de la Verdad. Solo hay otra chica más en este
piso, sin contarme a mí, que irá a la Subasta mañana. Mi mejor amiga: Raven.
Su puerta está abierta y ya está vestida con unos pantalones de cintura alta
color canela y una camiseta con escote en V.
No puedo decir si Raven es más linda que yo, porque no he visto mi propio
reflejo en cuatro años. Pero sí puedo afirmar que ella es una de las sustitutas más
hermosas de la Puerta Sur. Ambas tenemos el cabello negro, pero el de Raven es
muy corto, lacio y brillante, mientras que el mío cae en ondas por mi espalda.
Tiene la piel sedosa color caramelo y ojos almendrados casi tan oscuros como su
cabello, que enmarca un rostro ovalado perfecto. Es más alta que yo, lo que es
mucho decir. Mi piel es color marfil, lo que contrasta en forma extraña con mi
cabello, y mis ojos son violetas. No necesito un espejo para saber eso. Por ellos
tengo este nombre, Violet.
–Gran día, ¿eh? –me dice Raven, saliendo al pasillo para reunirse con
nosotras–. ¿Eso te vas a poner?
Ignoro su segunda pregunta.
–Mañana será un día más importante.
–Sí, pero no podemos elegir qué vestir mañana. O el día siguiente. O... bueno,
nunca más –se acomoda el cabello detrás de las orejas–. Espero que quien sea
que me compre me permita usar pantalones.
–Yo no me haría ilusiones, querida –dice Patience.
Debo admitir que tiene razón. La Joya no parece ser el tipo de lugar donde las
mujeres vistan pantalones, a menos que sean sirvientes que trabajen en lugares
ocultos a la vista. Incluso si nos venden a una familia mercante del Banco, es
probable que los vestidos sean el atuendo requerido.
La Ciudad Solitaria está dividida en cinco círculos, cada uno separado por un
muro, y todos, excepto el Pantano, tienen apodos basados en su industria. El
Pantano es el círculo exterior, el más pobre. No tenemos industria, solo
albergamos a la mayoría de los trabajadores que trabajan en los otros círculos.
El cuarto círculo es la Granja, donde se cultivan todos los alimentos. Luego, le
sigue el Humo, donde están las fábricas. Al segundo círculo se lo llama el Banco,
porque allí es donde todos los comerciantes tienen sus tiendas. Y por último está
el círculo interno, o la Joya. El corazón de la ciudad, donde vive la realeza. Y
donde, después de mañana, Raven y yo viviremos también.
Bajamos por la amplia escalera de madera, siguiendo a Patience. El aroma
desde la cocina envuelve la escalera: pan recién horneado y canela. Me recuerda
a cuando mi madre hacía bollos de canela almibarados para mi cumpleaños, un
lujo que casi nunca podíamos pagar. Puedo comerlos cuando desee ahora, pero
no tienen el mismo sabor.
Pasamos por una de las aulas; la puerta está abierta y me detengo un segundo
para observar. Las niñas son jóvenes, tal vez tengan solo once o doce años.
Nuevas. Como yo lo fui una vez. Cuando augurio era solo una palabra, antes de
que me explicaran que yo era especial, que todas las niñas en la Puerta Sur lo
eran. Que gracias a una peculiaridad genética, teníamos la capacidad de salvar a
la realeza.
Las niñas están sentadas en los escritorios, cada una con una cubeta pequeña a
un lado, y hay un pañuelo cuidadosamente doblado junto a cada una de ellas.
Cinco cubos color rojo están alineados delante de cada niña. Una cuidadora está
sentada en un gran escritorio, tomando notas; detrás de ella en el pizarrón está
escrita la palabra VERDE. Las están evaluando en el primer Augurio: Color.
Esbozo una media sonrisa, pero también me estremezco al recordar todas las
veces que di ese examen. Observo a la niña que está más cerca de mí, mientras
transformo un cubo imaginario en mis manos y ella transforma uno de un rojo
intenso en las suyas.
*Una vez para verlo como es. Dos, para verlo en tu mente. Tres, para que obedezca tu voluntad.*
Unas vetas verdes se expanden desde el área donde sus dedos tocan el cubo y se
arrastran a través de la superficie roja como si fueran enredaderas. Los ojos de la
niña están entrecerrados por la concentración, mientras lucha contra el dolor, y
si puede aguantar solo unos segundos más, sé que podrá lograrlo. Pero el dolor
gana, y ella llora y suelta el cubo. El rojo le gana al verde. Luego sujeta la
cubeta y escupe una mezcla de sangre y saliva. Un delgado hilo de sangre sale de
su nariz y lo limpia con el pañuelo.
Suspiro. El primer Augurio es el más fácil de los tres, pero ella solo logró
cambiar el color de dos de sus cubos. Tiene un largo día por delante.
–Violet –llama Raven, y me apresuro a alcanzarla.
El comedor no está lleno, la mayoría de las chicas ya están en clase. Cuando
Raven y yo ingresamos, todas las conversaciones se detienen, las cucharas y las
tazas se apoyan, y cada chica en la habitación se pone de pie, cruza dos dedos de la mano derecha y los presiona contra su corazón. Es una tradición del Día de la
Verdad, un homenaje para las sustitutas que se irán para ser parte de la Subasta.
Yo misma he hecho el mismo gesto cada año, pero se siente extraño que esté
dirigido hacia mí. Se me hace un nudo en la garganta y me pican los ojos. Puedo
sentir a Raven poniéndose tensa a mi lado. Muchas de las chicas que nos saludan
con el gesto también irán a la Subasta mañana.
Nos sentamos en nuestra mesa de siempre, en una esquina junto a las ventanas.
Me muerdo el labio, dándome cuenta de que, en muy poco tiempo, ya no será
"nuestra" mesa. Este es mi último desayuno en la Puerta Sur. Mañana, estaré en
un tren.
Una vez que tomamos asiento, el resto de la habitación hace lo mismo, y las
conversaciones empiezan de nuevo, ahora en susurros bajos.
–Sé que es un símbolo de respeto –murmura Raven–, pero no me gusta estar
del lado que lo recibe.
Una cuidadora joven, llamada Mercy, se apresura a acercarse con una cafetera
plateada.
–Buena suerte mañana –dice con voz tímida. Apenas logro sonreír. Raven no
dice nada. El rostro de Mercy se torna un poco rosado–. ¿Qué puedo traerles
para desayunar?
–Dos huevos fritos, papas aplastadas fritas, tostadas con manteca y jalea de
frutilla; y tocino, cocido pero no quemado.
Raven recita sin pausas y con velocidad toda su lista de desayuno, como si
estuviese deseando que Mercy se equivoque. Probablemente, logró que la
cuidadora se confundiera. A
Raven le gusta molestar a las personas, sobre todo cuando está nerviosa.
Mercy simplemente sonríe e inclina la cabeza.
–¿Y para ti, Violet?
–Ensalada de frutas –digo. Mercy se escabulle hacia la cocina–. ¿De verdad te
vas a comer todo eso? –le pregunto a Raven–. Yo siento que mi estómago se
encogió de pronto.
–Siempre estás preocupada –dice, y agrega dos cucharadas generosas de azúcar
a su café–. Lo juro, un día te vas a generar una úlcera.
Bebo un sorbo de café y observo al resto de las chicas en el comedor. Sobre
todo a las que irán a la Subasta. Algunas se ven como yo me siento, como si desearan acurrucarse en la cama y esconderse debajo de las sábanas; pero otras
chicas están conversando con entusiasmo. Nunca logré comprender del todo a
esas jóvenes, a las que creían todas las palabras de las cuidadoras sobre lo
importantes que somos, y sobre cómo estamos cumpliendo con una tradición
noble y antigua. Una vez le pregunté a Patience por qué no podíamos regresar a
casa después de haber dado a luz, y ella dijo: "Eres demasiado valiosa para la
realeza. Quieren cuidarte por el resto de tu vida. ¿No es maravilloso? Tienen un
corazón tan generoso".
Le respondí que prefería a mi familia antes que la generosidad de la realeza. A
Patience no le gustó mucho mi comentario.
En una mesa cercana, una niña más joven que parecía tímida, grita presa del
dolor y la sorpresa al ver cómo su vaso de agua se convierte en hielo. Lo suelta y
se hace trizas contra el suelo. Le empieza a sangrar la nariz, toma una servilleta y
sale corriendo del comedor, mientras que una cuidadora se apresura a seguirla
con una pala en la mano.
–Me alegra que eso ya no suceda –dice Raven. Los Augurios son difíciles de
controlar cuando empiezas a aprenderlos, y el dolor siempre es peor cuando no
te lo esperas. La primera vez, tosí sangre y creí que estaba muriendo. Pero deja
de suceder después de un año o dos. Ahora, solo me sangra la nariz cada tanto.
–¿Recuerdas cuando hice que toda esa canasta de fresas fuera azul? –pregunta
Raven, casi riendo.
Me estremecí ante el recuerdo. Al principio, había sido divertido, pero no
pudo detenerlo durante un día entero: todo lo que tocaba se teñía de azul.
Raven se enfermó gravemente, y los médicos tuvieron que ponerla en
cuarentena.
Ahora la miro, observo cómo le agrega con tranquilidad leche a su café y me
pregunto cómo se supone que viviré sin ella.
–¿Sabes tu número de lote? –le pregunto.
La cuchara tintinea contra la taza de Raven, su mano tiembla por un segundo
ínfimo.
–Sí.
Es una pregunta estúpida, a todas nos asignaron nuestros números de lote
anoche. Pero quiero saber cuál es el de Raven. Quiero saber por cuánto tiempo
más podré ver a mi mejor amiga.
–¿Y?
–Lote 192. ¿Tú?
Exhalo antes de responder.
–197.
–Parece que somos productos deseados –dice Raven sonriendo.
Cada Subasta consta de una cantidad diferente de sustitutas y todas responden
a una clasificación. Se considera que las últimas diez en ser subastadas son de la
mejor calidad y, por lo tanto, son las más codiciadas. Este año tiene la mayor
cantidad de sustitutas para subastar en la historia reciente: 200.
No me importa demasiado mi posición. Prefiero estar con una pareja
agradable que con una adinerada; pero esos números implican que Raven y yo
estaremos juntas hasta el final.
El comedor queda sumido en silencio cuando tres chicas ingresan en él. Raven
y yo nos ponemos de pie al igual que el resto y saludamos a las muchachas que
mañana viajarán con nosotras en el tren. Dos de ellas se sientan en una mesa
debajo del candelabro, pero la otra, una rubia pequeña con grandes ojos azules,
se acerca a nosotras con paso animado.
–Buen día, chicas –dice Lily efusivamente, dejándose caer en una de las sillas
elegantes, con una revista de chismes apretada entre las manos–. ¿No están
entusiasmadas? ¡Yo estoy más que emocionada! Mañana podremos ver la Joya.
¿Pueden creerlo?
Lily me cae bien, a pesar de su entusiasmo abrumador y de caer en la categoría
de chicas exaltadas que no comprendo.
No tenía una familia demasiado buena en el Pantano. Su
padre la golpeaba, y su madre era alcohólica. El haber sido diagnosticada como
sustituta sí fue algo bueno para ella.
–De seguro es un cambio en la rutina –dice Raven con acidez.
–¡Lo sé! –Lily es incapaz de detectar el sarcasmo.
–¿Irás a casa hoy? –pregunto. No puedo imaginar que Lily quiera ver a su
familia de nuevo.
–Patience dijo que no tengo que hacerlo, pero me gustaría ver a mi madre –
explica Lily–. Y ella dijo que puedo llevar unos soldados como escolta, para que
papi no me lastime –su boca dibuja una sonrisa amplia, y siento una fuerte
punzada de lástima.
–¿Ya sabes tu número de lote? –le pregunto.
–Agh, sí. 53, ¿pueden creerlo? ¡De 200! Es probable que termine con una
familia mercante del Banco.
La realeza le permite a una cantidad selecta de familias del Banco asistir a la
Subasta cada año, pero ellos solo pueden hacer una oferta por las sustitutas que
están en las posiciones bajas. El Banco no necesita a las sustitutas tanto como la
realeza; las mujeres del Banco son capaces de engendrar sus propios hijos. Para
ellos, nosotras solo somos un símbolo de status.
–¿Ustedes qué posiciones tienen, chicas?
–192 –responde Raven.
–197.
–¡Lo sabía! Sabía que ambas obtendrían puntajes excelentes. Ooooh, ¡estoy tan
celosa!
Mercy se acerca a paso rápido con nuestro desayuno.
–Buen día, Lily. Suerte para mañana.
–Gracias, Mercy –Lily le sonríe–. Ah, ¿puedes traerme tortitas de arándanos?
¿Y jugo de pomelo? ¿Y mango cortado?
Mercy asiente.
–¿Eso es lo que te vas a poner? –me pregunta Lily, frunciendo el ceño con
preocupación genuina.
–Sí –digo, exasperada–. Esto es lo que me pondré. Es mi ropa favorita y dado
que es la última vez en mi vida en la que podré elegir mi propio atuendo, elijo
usar esto, porque me encanta y porque es mío. No me importa cómo me veo.
Raven esconde su sonrisa detrás de una cucharada de huevos y patatas. Lily
parece confundida por un segundo, pero pronto vuelve a la normalidad.
–¿Se enteraron? ¿Sobre la Electriz? –nos mira con expectativa, pero Raven
está más interesada en su comida, y yo nunca le presté demasiada atención a la
política de la Joya. Sin embargo, algunas chicas sí están al tanto de los chismes.
–No –respondo para ser amable, pinchando un trozo de melón con el tenedor.
Lily apoya la revista sobre la mesa. El joven rostro de la Electriz nos observa
desde la cubierta de La Joya hoy, debajo del titular que dice LA ELECTRIZ ASISTIRÁ A LA
SUBASTA.
–¿Pueden creerlo? ¡La Electriz en nuestra Subasta! –está fuera de sí. Adora a la
Electriz, al igual que varias de las chicas de la Puerta Sur. Su historia es bastante inusual: ella nació en el Banco, no es parte de la realeza en realidad, pero el
Exetor la vio durante un viaje que hizo a una de las tiendas de su padre, se
enamoró de ella, y se casaron. Muy romántico.
La familia de la Electriz es parte de la realza ahora, por supuesto, y vive en la
Joya. Muchas chicas la ven como un símbolo de esperanza, como si sus destinos
pudieran cambiar como el de ella. Aunque no entiendo, en primer lugar, qué es
lo terrible de ser la hija de un comerciante.
»Nunca pensé que vendría –continúa Lily–. Es decir, su hermoso hijito nació
hace pocos meses. Imagínense: ¡podría elegir a una de nosotras para engendrar a su
próximo bebé!
Quiero destrozar el mantel de encaje con mis uñas. Lo dice como si tuviéramos
que sentirnos honradas, como si fuera nuestra decisión. No quiero engendrar el
bebé de nadie, ni el de la Electriz ni de ninguna otra. No quiero que me vendan
mañana.
Y Lily se ve tan entusiasmada, como si realmente existiera la posibilidad de que
la Electriz hiciese una oferta por ella. Solo es el Lote 53.
Me odio a mí misma en cuanto se me ocurre ese pensamiento. Ella no es el Lote
53, ella es Lily Deering. Ama el chocolate, los chismes y los vestidos rosas con
collares de encaje, y toca el violín. Viene de una familia horrible y nunca te
darías cuenta, porque tiene algo bueno que decir de todas las personas que ha
conocido. Ella es Lily Deering.
Y mañana, la comprarán y pagarán por ella, y vivirá en una casa desconocida
bajo las reglas de una mujer extraña. Una mujer que tal vez no la comprenda a
ella ni a su incansable e infinito entusiasmo. Una a la que no le importe o que no
sepa cómo hablar con ella. Una mujer que obligará a su propio hijo a crecer
dentro de Lily, le guste a ella o no.
De pronto, estoy tan enojada que apenas puedo tolerarlo. Antes de darme
cuenta, estoy de pie con las manos cerradas como puños.
–¿Qué...? –comienza a preguntar Lily, pero ni siquiera la escucho. Apenas
vislumbro la expresión de sorpresa de Raven antes de marcharme a través de las
mesas, ignorando las miradas furtivas y curiosas de las otras chicas, y de repente
estoy corriendo fuera del comedor y subiendo las escaleras. Cierro la puerta de
mi habitación de un portazo.
Sujeto el anillo de mi padre y lo coloco en mi pulgar; es el dedo más grande que tengo y al anillo aún le queda holgado. Cierro los dedos formando un puño
alrededor de la cadena.
Camino sin cesar de un lado a otro por la celda pequeña que es mi habitación;
no puedo creer que pensé que extrañaría este lugar. Es una cárcel, un sitio en
donde me mantienen encerrada antes de que me despachen para convertirme en
la incubadora humana de una mujer que jamás he conocido. Las paredes
comienzan a cerrarse sobre mí y tropiezo con mi tocador y todo cae al suelo.
Escucho los golpes cortos del cepillo y el peine mientras rebotan contra la
madera, y cómo el jarrón se hace trizas y desparrama las flores por doquier.
Mi puerta se abre. La mirada de Raven va de mí al desastre en el suelo sin
parar. La sangre palpita con fuerza en mi sien y el cuerpo me tiembla. Se acerca
hacia mí mirando dónde pisar y me envuelve con sus brazos. Los ojos se me
llenan de lágrimas y no puedo contenerlas, se deslizan por mis mejillas y su blusa
las absorbe.
Nos quedamos en silencio por un largo rato.
–Tengo miedo –susurro–. Tengo miedo, Raven.
Me abraza con fuerza, y luego comienza a levantar los trozos desparramados.
Siento una oleada cálida de vergüenza por el desorden que he causado, y me
inclino a ayudarla.
Colocamos los restos del jarrón destrozado sobre mi tocador y Raven se limpia
las manos en el pantalón.
–Vamos a asearte –dice.
Asiento y caminamos por el pasillo, tomadas de la mano, hasta el baño. La
chica que dejó caer el vaso de hielo está allí, limpiándose la nariz con un paño
húmedo; el sangrado se ha detenido, pero tiene la piel cubierta de una capa
delgada de sudor. Se sorprende al vernos.
–Fuera –ordena Raven. La chica suelta el paño y se apresura a salir por la
puerta.
Raven toma un paño facial limpio y lo remoja en agua y jabón de lavanda.
–¿Estás nerviosa... –estuve a punto de decir "por la Subasta", pero cambié de
opinión– por ver de nuevo a tu familia?
–¿Por qué debería estarlo? –responde, limpiando mi cara con el paño húmedo.
El aroma a lavanda es reconfortante.
–Porque no los has visto en cinco años –digo con delicadeza. Raven ha estado aquí más tiempo que yo.
Se encoge de hombros, pasando el paño debajo de mis ojos. La conozco lo
suficientemente bien y sé que debo cambiar el tema. Enjuaga el paño y comienza
a peinar mi cabello. El corazón me late con fuerza al pensar en lo que ocurrirá
después de este día.
–No quiero ir –confieso–. No quiero ir a la Subasta.
–Por supuesto que no quieres –responde–. No estás loca como Lily.
–No seas mala. No digas eso.
Raven pone los ojos en blanco, apoya el peine, y me acomoda el cabello sobre
los hombros.
–¿Qué nos sucederá? –pregunto.
Raven toma mi barbilla con la mano y me mira directo a los ojos.
–Escúchame con atención, Violet Lasting. Vamos a estar bien. Somos
inteligentes y fuertes. Estaremos bien.
El labio inferior me tiembla y asiento. Raven se relaja y acaricia mi cabello por última vez.
–Perfecto –dice con firmeza–. Ahora, vayamos a ver a nuestras familias.
Los carruajes eléctricos nos trasladan a través de las calles polvorientas.
Las cortinas gruesas de terciopelo nos protegen de las partículas de lodo seco que flotan en el aire, las que se adherían en mi piel cuando
era una niña. Incapaz de evitarlo, espío a través de la tela. No he salido del
centro de retención desde los doce años.
Las calles están delineadas por casas de un solo piso hechas de ladrillos de lodo;
algunos techos están podridos o a punto de colapsar. Hay niños corriendo
semidesnudos por la acera, y hombres panzones apoyados contra la pared de los
callejones o sentados en taburetes, que beben licores fuertes de botellas
escondidas en bolsas de papel. Pasamos por una casa de beneficencia con las
ventanas y las puertas cerradas, estas últimas con candado. El domingo habrá
una fila larga en esta calle: estará llena de familias esperando recibir cualquier
tipo de comida, ropa o medicinas que la realeza haya donado para ayudar a los
menos afortunados. Sin embargo, sin importar cuántas provisiones envíen, nunca es suficiente.
Algunas calles más adelante, veo tres soldados alejando a empujones de la
verdulería a un niño escuálido. Ha pasado mucho tiempo desde que vi a un
hombre, sin contar a los médicos que nos revisan. Los soldados son jóvenes, con
manos y narices grandes y hombros anchos. Dejan de acosar al niño cuando mi
carruaje pasa junto a ellos, y asumen una postura firme. Me pregunto si me ven
espiándolos a través de las cortinas. Las cierro con rapidez.
Somos cuatro en el carruaje, pero Raven no está aquí. Su familia vive en el
otro extremo de la Puerta Sur. El Pantano es como la rueda de una bicicleta que
rodea las afueras de la Ciudad Solitaria. Si alguna vez la Gran Muralla se
derrumba, seremos los primeros en morir, consumidos por el terrible océano que
nos rodea por completo.
Cada círculo de la ciudad, a excepción de la Joya, está divido por dos rayos
que forman una X, en cuatro distritos: Norte, Sur, Este y Oeste. En el medio de
cada distrito del Pantano hay un centro de retención. La familia de Raven vive
al este de la Puerta Sur; la mía, al oeste. Me pregunto si ella y yo nos
hubiéramos conocido de no haber sido diagnosticadas como sustitutas.
Agradezco que nadie hable en el carruaje. Me froto la muñeca y siento el
relieve duro del transmisor circular que me implantaron bajo la piel. A todas nos
colocan uno antes de visitar nuestro hogar. Solo es temporal, se disolverán en
ocho horas, aproximadamente. Es el método que utiliza la Puerta Sur para
hacer cumplir las reglas: no hablar de lo que sucede dentro del centro de
retención. No hablar de los Augurios. No hablar de la Subasta.
El carruaje nos lleva a destino, una por una. Soy la última.
Mi cuerpo entero está temblando cuando llego a mi casa. Escucho con
atención, buscando un indicio de que mi familia está allí afuera, esperándome,
pero solo oigo el ruido sordo de mi pulso latiendo en mis oídos. Utilizo toda mi
energía para estirar la mano y mover la manija de metal sobre la puerta del
carruaje. Por un segundo ínfimo, creo que no puedo hacerlo. ¿Y si ya no me
quieren? ¿Y si se olvidaron de mí?
Luego escucho la voz de mi madre.
–¿Violet? –llama con timidez. Abro la puerta.
Están parados en fila, vestidos con lo que deben ser sus mejores prendas. Me
sorprendo al ver que Ochre ha crecido y es más alto que mi madre; su pecho y sus brazos son musculosos, tiene el cabello corto y la piel seca y bronceada. Debe
haber conseguido trabajo en la Granja.
Mi madre parece mucho mayor de lo que recuerdo, pero su cabello sigue
siendo rojo cobrizo. Tiene arrugas pronunciadas alrededor de los ojos y de la
boca.
En cambio, Hazel... Hazel está casi irreconocible. Tenía siete años cuando me
fui, ahora tiene once. Sus piernas y brazos son largos, y el delantal harapiento le
cuelga con tristeza del cuerpo huesudo. Pero su rostro es idéntico al de papá;
tiene exactamente sus mismos ojos. Ambas tenemos el cabello largo, negro y
ondulado. La semejanza me hace sonreír. Hazel se acerca con lentitud un poco
hacia Ochre.
–¿Violet? –repite mi madre.
–Buenos días –digo, sorprendida por mi formalidad. Bajo del carruaje y siento
el polvo grueso del pantano entre los dedos de mis pies. Los ojos de Hazel se
agrandan; no sé qué pensaba que llevaría puesto, pero es probable que no
esperara un camisón y una bata de baño. Ningún miembro de mi familia está
usando zapatos. Me alegra que yo tampoco. Quiero sentir la tierra bajo mis pies,
el polvo sucio de mi hogar.
El silencio incómodo dura un segundo, y luego mi madre da un paso torpe
hacia adelante y me envuelve en un abrazo. Está muy delgada y noto una leve
renguera que estoy segura que no tenía antes.
–Ah, mi niña –canturrea–. Estoy tan feliz de verte.
Inhalo su aroma a pan, sal y sudor.
–Te extrañé –susurro.
Limpia mis lágrimas y me sostiene a un brazo de distancia.
–¿Cuánto tiempo tenemos?
–Hasta las ocho.
Mi madre abre la boca, luego la cierra con un leve movimiento de cabeza.
–Bueno, entonces aprovechémoslo al máximo –gira para ver a mis hermanos–.
Ochre, Hazel, vengan a abrazar a su hermana.
Ochre se acerca con pasos largos; ¿cuándo creció tanto? Solo tenía diez
cuando me fui. ¿Cuándo se convirtió en un hombre?
–Hola, Vi –dice. Después se muerde el labio, como si
estuviera preocupado por hablarle a una sustituta de manera tan informal.
–Ochre, estás enorme –bromeo–. ¿Con qué te ha estado alimentando mamá?
–Mido 1,80 –dice con orgullo.
–Eres un monstruo.
Sonríe ante mi respuesta.
–Hazel –exclama mi madre–, ven a saludar a tu hermana.
Entonces ella, mi pequeña Hazel, quien solía escuchar mis canciones en la
noche, comer las galletas que le llevaba a escondidas luego de que apagaran las
luces, y jugar conmigo a "Ponle la joya a la corona" en nuestro patio trasero, se
da vuelta y entra corriendo a la casa.
–Solo necesita un poco de tiempo –dice mi madre después de unos minutos,
mientras me sirve té de crisantemo.
Pero si hay algo que no tengo, es tiempo.
Bebo un sorbo de té y hago mi mayor esfuerzo para evitar fruncir la cara. He
olvidado el sabor amargo y astringente; mis papilas gustativas están muy
acostumbradas al café y al jugo recién exprimido. La culpa se desliza hacia mi
estómago mientras trago.
Mi madre y yo estamos en la mesa de madera, sentadas en sillas que mi padre
construyó. La casa es más pequeña de lo que recuerdo. Tiene una sola
habitación para la cocina y el comedor. Hay un lavabo, un pequeño hornillo a
querosén y un mueble que funciona de mesa auxiliar y tiene un gabinete para
guardar platos y cubiertos. Hay un solo sillón, con el relleno a la vista en
distintas zonas, y una mecedora junto a la chimenea. Mi madre tejía en esa silla.
Me pregunto si aún lo hace.
–Hazel no se acuerda de mí –digo con tristeza.
–Sí que te recuerda –replica mi madre–. Solo... no como eres ahora. Es decir,
por todos los cielos, Violet, mírate.
Bajo la mirada. ¿De verdad me veo tan diferente? Mis brazos son más gruesos
que los de ella y mi piel tiene un tono rosado saludable.
–Tu rostro, cariño –ríe mi madre con dulzura.
Se me tensa la garganta.
–No... no he visto mi rostro por un tiempo.
–¿Te gustaría verlo ahora? –pregunta, y frunce los labios.
No puedo tragar. Mi mano se desliza dentro del bolsillo de mi bata y aprieto el anillo de mi padre.
–No –susurro. No sé por qué, pero el mero pensamiento de ver mi reflejo me
aterroriza. Observo las manos de mi madre que están dobladas sobre su falda:
están deformadas por la artritis y las venas azules sobresalen como si fueran ríos
de un mapa topográfico.
–¿Dónde está tu anillo? –le pregunto. Sus mejillas se tornan rosadas y se
encoge de hombros–. Madre –insisto–, ¿qué le sucedió a tu anillo?
–Lo vendí.
–¿Qué? ¿Por qué? –pregunto mientras siento cómo mis ojos sobresalen de sus
cuencas. Me observa con expresión desafiante.
–Necesitábamos el dinero.
–Pero... –niego con la cabeza, desconcertada–. ¿Y el salario?
A las familias de las sustitutas les dan un salario anual en compensación por la
pérdida de una hija.
Mi madre suspira.
–El salario no alcanza, Violet. ¿Por qué crees que Ochre tuvo que abandonar
la escuela? Mira mis manos; ya no puedo trabajar tanto como antes. ¿Quieres
que envíe a Hazel a las fábricas? ¿O a los huertos?
–Por supuesto que no.
No puedo creer que se atreva a sugerir eso. Hazel es demasiado joven para
resistir el trabajo inhumano en la Granja, apenas tiene algo de músculo. Y jamás
sobreviviría en el Humo. Me estremezco al pensar en ella operando alguna
maquinaria pesada, ahogándose con el polvo que satura el aire.
–Entonces no me juzgues por cómo mantengo a esta familia. Tu padre, que en
paz descanse, lo entendería. Solo es algo de oro –se pasa la mano por la frente–.
Solo es algo de oro –repite en un murmullo.
No sé por qué estoy tan molesta. Tiene razón, es solo un objeto. No es mi
padre.
Sujeto con fuerza su anillo por última vez, lo extraigo del bolsillo y lo apoyo
sobre la mesa.
–Toma. Te lo devuelvo. De todos modos, no puedo quedármelo.
Hay algo en la mirada de mi madre mientras recoge el anillo, y entiendo
cuánto le costó vender el suyo.
–Gracias –susurra.
–¿Puedo quedarme con la bata de baño? –pregunto.
Se ríe, y los ojos le brillan llenos de lágrimas.
–Por supuesto. Ahora te queda muy bien.
–Probablemente la desechen. Pero me gustaría conservarla lo más que pueda.
Extiende el brazo y aprieta mi mano.
–Es tuya. Me sorprende que te permitan visitarnos en pijama.
–Podemos usar lo que queramos. Sobre todo hoy.
El silencio se apodera de la habitación y me aplasta como una almohada,
ahogando todo lo que quiero decir. Una mosca zumba en la ventana junto al
lavabo. Mi madre acaricia mi mano con el dedo, su expresión distante,
preocupada.
–Te cuidan bien allí, ¿verdad? –pregunta.
Me encojo de hombros y aparto la mirada. No tengo permitido hablar con ella
sobre la Puerta Sur.
–Violet, por favor –dice–. Por favor, dímelo. No puedes imaginar lo difícil que
ha sido. Para mí, para Hazel y Ochre. Primero tu padre y... mírate, has crecido
y... me lo perdí –una sola lágrima escapa y se desliza por su mejilla–. Me lo
perdí, mi niña. ¿Cómo se supone que viva con eso?
Se me hace un nudo en la garganta.
–No es tu culpa –respondo, con la vista fija en sus manos–. No tuviste otra
opción.
–No –murmura mi madre–. No la tuve. Pero de todos modos te perdí. Así que
por favor, dime que algo bueno ha salido de esto. Dime que tienes una vida
mejor.
Desearía poder decirle que sí. Desearía poder decirle la verdad sobre los tres
Augurios, los años de dolor, las pruebas interminables y las visitas médicas.
Desearía decirle cuánto la he extrañado, y que hay más ternura en su dedo
acariciando mi mano que en todas las cuidadoras juntas. Desearía poder decirle
cuánto me encanta tocar el violonchelo y lo buena que soy. Creo que estaría
orgullosa de mí si lo supiera. Creo que le gustaría escucharme tocar.
El nudo en mi garganta está tan hinchado que me sorprende que todavía
pueda respirar. Mi mente se traslada con velocidad al horrible día en el que los
soldados vinieron, un recuerdo tan viejo y enredado como un rompecabezas con
piezas perdidas. Me veo a mí misma llorando, gritando, rogándole a ella que no permita que me lleven. Los ojos de Hazel, abiertos y suplicantes, sus manos
pequeñas aferradas a mi vestido andrajoso. El destello frío del arma del soldado.
Y mi madre, presionando los labios contra mi frente, sus lágrimas empapando
mi cabello mientras decía: "Tienes que ir con ellos, Violet. Tienes que ir con
ellos".
De pronto, hace demasiado calor en la habitación.
–Yo... necesito aire –digo con la voz entrecortada. Empujo mi silla y salgo
con paso torpe por la puerta de atrás.
El patio trasero no es más que un sector de tierra seca y césped amarillento.
Pero me siento mejor cuando una brisa fresca acaricia mi piel y hace crujir las
hojas del limonero que está en el centro del patio. El árbol que ni una sola vez
dio un limón. ¿Cómo era la canción que cantaba mi padre?
«Qué bonito el limonero,
Y qué dulce que es su flor.»
Era algún tipo de analogía sobre la naturaleza peligrosa del amor, pero lo
único que recuerdo pensar cuando la cantaba era las ganas que tenía de comer
un limón. Fue lo primero que probé cuando llegué a la Puerta Sur. Debido a mi
entusiasmo, mordí la cáscara y la acidez me sorprendió mucho.
–Te ves diferente.
Giro sobre mí misma. Hazel está sentada en una cubeta dada vuelta contra la
pared de la casa. Ni siquiera la vi.
–Eso es lo que dice mamá –respondo. Mi voz suena un poco áspera.
Me observa con atención por un momento. Sus ojos son sagaces e inteligentes.
Me sorprende otra vez lo parecida que es a nuestro padre.
–Dice que mañana irás a la Subasta –comenta Hazel–. Por ese motivo
permiten que nos visites.
Asiento.
–Lo llaman el Día de la Verdad. Es cuando... saldas cuentas con tu pasado
antes de comenzar tu futuro –no sé por qué lo dije. La frase que escuché cientos
de veces de la boca de las cuidadoras tiene un sabor amargo.
Hazel se pone de pie.
–¿Eso es lo que somos? ¿Una cuenta que saldar antes de que te vayas a vivir a
algún palacio de la Joya?
–No –respondo, aterrada–. No, por supuesto que no.
Forma puños con las manos y los presiona con fuerza, al igual que yo cuando
estoy enojada o herida.
–¿Entonces por qué estás aquí?
Niego con la cabeza, sorprendida.
–¿Por qué...? Hazel, estoy aquí porque los quiero. Porque te extrañé. Y a
mamá y a Ochre también. Los extraño todos los días.
–¿Entonces por qué no me escribiste? –grita Hazel, y se le quiebra la voz, al
igual que mi corazón–. Prometiste que lo harías. "Pase lo que pase", dijiste.
¡Esperé todos los días recibir una carta y tú nunca, pero nunca, escribiste! ¡Ni
una sola vez!
Sus palabras me golpean el pecho como un puño. Pensé que se había olvidado
de esa promesa. Había sido tan evidente que me sería imposible escribirle una
vez que estuviese dentro del centro.
–Hazel, no pude. Nos lo prohíben.
–Apuesto a que ni siquiera lo intentaste –suelta–. Solo querías tener cosas
elegantes, ropa nueva, comida fresca y agua caliente. Por eso entraste allí, lo sé,
así que deja de mentir.
–Sí, me dan esas cosas. Pero ¿no crees que devolvería todo en un segundo si
eso me permitiera volver a vivir contigo? ¿Y arroparte por la noche y cantarte?
¿Y hacer pasteles de lodo cuando llueve, para luego tirárselos a Ochre cuando
esté distraído? –las imágenes aparecen sin detenerse y amenazan con
consumirme. La vida que podría haber tenido. Pobre, sí, pero feliz–. ¿De verdad
piensas que abandoné a mi familia por agua corriente y ropa? No tuve opción,
Hazel. No me dieron opción.
»Todos los años festejo tu cumpleaños –le digo. Corro el riesgo de encender el
transmisor, pero no me importa–. Hago que preparen un pastel de chocolate
con cobertura de vainilla, escriben tu nombre en él con glaseado verde y
encienden una vela; y mi amiga Raven y yo cantamos el "Feliz cumpleaños".
Hacemos lo mismo para el hermano de Raven y para Ochre. Hazel parpadea.
–¿De verdad?
Una lágrima rueda por mi mejilla y aterriza en la comisura de mi boca.
–A veces, te hablo cuando apagan las luces. Te cuento bromas que he oído, o
historias sobre mis amigos y la vida en el centro. Todos los días te extraño, Hazel.
De pronto, acorta la distancia entre nosotras y me envuelve con los brazos. La
sujeto con fuerza mientras su frágil cuerpo huesudo tiembla por los sollozos. Más
lágrimas caen por mis mejillas y se pierden en su cabello.
–Pensé que no te importaba –su voz suena amortiguada contra mi bata–.
Pensé que me habías abandonado para siempre.
–No –susurro–. Siempre te querré, Hazel. Lo prometo.
Me alegra tanto tener este breve momento. Sin importar lo que pase después ni
lo que me depare el resultado de la Subasta, estoy agradecida de que, al menos,
pude compartir este último momento con mi hermana.
Esa noche, la cena es un pequeño pato asado que es puro hueso, patatas hervidas
y algunas arvejas mustias.
Me siento culpable al pensar en todas las cenas que he comido, en la infinita
variedad de los productos más frescos. Y mi familia trata a esta comida humilde
como si fuera un festín digno de la Electriz.
–Ochre trajo crema de la lechería–exclama Hazel, jalando mi manga–.
Podemos comer helado de postre.
–Qué delicioso –digo con una sonrisa antes de pasarle las patatas a mi
hermano–. ¿Así que trabajas en la lechería?
–La mayor parte del tiempo –responde Ochre, sirviéndose una gran porción
de patatas en el plato; mamá le quita el recipiente antes de que pueda servirse
más–. Me gusta trabajar con los animales. El capataz dice que en un año podría
empezar a aprender a arar la tierra –el pecho se le hincha un poco al decirlo–.
Mientras pueda seguir trabajando para la Casa de la Llama estaré feliz. Son
justos con los empleados, nos dan recesos largos para tomar agua, nos hacen
trabajar horas decentes y todo eso. ¿Te acuerdas de Sable Tersing? Trabaja para
la Casa de la Luz y parece que son horribles. Los capataces tienen látigos y no
temen usarlos, y te descuentan el sueldo si te encuentran fumando, o...
–¿Y qué hace Sable Tersing fumando? –pregunta mi madre. Ochre se
ruboriza.
–No me refería a Sable, solo que...
–Ochre, lo juro por la tumba de tu padre, si alguna vez te veo con un
cigarrillo...
–Madre –Ochre pone los ojos en blanco–, lo único que digo es que no es justo para los trabajadores no saber cómo los van a tratar en cada casa real. Debería
haber reglas fijas, y deberían permitirnos apelar al Exetor si no se cumplen.
–Sí, claro, porque estoy segura de que el Exetor no tiene nada mejor que hacer
que escuchar las quejas de unos adolescentes –dice mamá. Pero no puedo evitar
sonreír.
–Suenas igual que papá –le digo a Ochre. Se rasca la nuca, avergonzado, e
introduce unas patatas en su boca.
–Hacía algunas observaciones interesantes –comenta con la boca llena.
Hazel vuelve a jalarme la manga, exigiendo atención.
–Soy la mejor de mi clase en la escuela –dice con orgullo.
–Claro que sí –respondo–. Eres mi hermana, ¿o no?
Nuestra madre se ríe.
–Tú no te metiste ni en la mitad de problemas que ella. El año apenas acaba
de empezar y ya ha estado involucrada en dos peleas.
–¿Peleas? –frunzo el ceño mirando a mi hermana–. ¿Con quién te has peleado,
Hazel?
Ella le lanza una mirada asesina a mamá.
–Con nadie. Solo unos niños estúpidos.
–Sí, y si vuelve a suceder, tendrás que hacer quehaceres extra y no habrá
juegos por una semana –dice mamá con firmeza. Hazel hace un mohín mirando
el plato.
Los celos se retuercen en mi interior al escuchar la vida diaria de mi familia.
Hay tanto amor alrededor de la mesa que es tangible: algo real, latente, vivo.
Observo cómo discuten Ochre y Hazel, y cómo mamá los hace callar. Veo cómo
hubiera encajado aquí, cómo hubiera completado esta familia.
Me posee el deseo de asegurarme de que mi madre sepa que estaré bien.
Aunque ni yo misma lo crea, aunque sea una mentira. No quiero hacer nada que
ponga en peligro la felicidad en esta habitación.
–No tienen que preocuparse por mí –digo. Todos hacen silencio y me
observan; tal vez no debí decirlo tan abruptamente–. Es decir... –miro a mi
madre–. Estaré bien –apoya el tenedor. Me obligo a sonreír y ruego que mi
expresión parezca sincera–. Mañana viviré en la Joya. ¿No es emocionante?
Seguro ahí van a cuidar muy bien de mí –los ojos de Hazel se abren de par en
par–. Pero deben saber... es decir... de verdad, cuánto los quiero. A todos –la voz me tiembla y bebo un sorbo de agua. Los ojos de mi madre están llenos de
lágrimas y presiona la mano contra su boca–. Si hubiera alguna forma de
quedarme con ustedes, lo haría. Estoy... estoy muy orgullosa de ser parte de esta
familia. Quiero que lo sepan, de verdad.
Sus ojos me penetran, y de pronto ya no puedo seguir mirándolos. El fuego se
extingue en la chimenea y me pongo de pie.
–El fuego se está apagando –digo, incómoda–. Traeré más leña.
Salgo de prisa por la puerta trasera y tomo una bocanada del frío aire
nocturno; las manos me tiemblan.
No llores, me digo a mí misma. Si lo hago, verán cuán asustada estoy. No puedo
permitir que lo vean. Deben pensar que seré feliz.
Me recuesto sobre la pared de la casa y contemplo el cielo nocturno; las
estrellas resplandecen. Al menos, sin importar dónde termine, estaré bajo el
mismo cielo. Hazel y yo siempre veremos las mismas estrellas.
Cuando giro hacia la pila de leña, mi mirada se posa en el limonero, plateado
bajo la luz de la luna, y se me ocurre una idea.
El tercer Augurio: Crecimiento.
Me acerco a él a paso rápido y deslizo la mano sobre su corteza familiar.
Dolerá, pero no me importa. Por una vez, el dolor valdrá la pena. Y sé que
puedo lograrlo: soy la mejor alumna del tercer Augurio en la Puerta Sur.
Encuentro un nudo pequeño en una de las ramas y presiono mi mano contra él
mientras repito las palabras en mi cabeza.
*Una vez para verlo como es. Dos, para verlo en tu mente. Tres, para que obedezca tu voluntad.*
Imagino lo que quiero en mi mente; el calor brota del centro de mi palma al
mismo tiempo que el dolor comienza en la base de la nuca. Puedo sentir la vida
del árbol, algo inquieto y titilante, y jalo de ella, como si fueran las cuerdas de
una marioneta, sacándola. Un bulto pequeño se forma en mi palma y una hoja
verde asoma entre mis dedos. El árbol se resiste un poco y doy un grito ahogado
mientras siento cómo un fuego consume mi columna, y parece que están
clavándome agujas en el cerebro; arqueo la espalda y la cabeza me da vueltas,
pero he experimentado dolores peores en mis cuatro años en la Puerta Sur, y
estoy decidida a lograrlo. Me obligo a concentrarme, mordiendo mi labio con
fuerza para evitar gritar, y saco los hilos de vida uno por uno, como el tejido de
una telaraña, manipulándolos, dándoles forma, y el bulto se agranda hasta que calza cómodamente dentro de mi mano.
Un limón.
Lo suelto, y mis rodillas ceden; las palmas golpean el suelo y permanezco
doblada, jadeando. Algunas gotas de sangre salpican la tierra y me limpio la
nariz con el reverso de la mano. Apoyo la frente sobre el árbol y cuento hacia
atrás desde diez, tal como nos enseñó Patience, y de a poco el dolor disminuye,
hasta que lo único que queda es una leve puntada detrás de mi oreja derecha.
Temblando, me pongo de pie.
El limón es perfecto: su piel es de un amarillo vibrante, y su cuerpo redondo
cuelga de la rama. A Hazel le encantará.
Aún siento la vida del árbol dentro de mí, y sé que también le di una parte mía
a él. Este árbol ya no será estéril.
Me alejo, tomo algo de leña de la pila y regreso adentro para reunirme con mi
familia.
Todo el centro de retención está en la plataforma para vernos partir.
La Puerta Sur posee su propia estación de tren, al igual que la Puerta
Norte, la Puerta Este y la Puerta Oeste. Somos la última parada en el Pantano;
los trenes no van más allá de los centros de retención. Las estaciones que
transportan a los trabajadores a los otros círculos de la ciudad están más
adelante, más cerca del muro que separa al Pantano de la Granja. Recuerdo que
caminé con mi padre hasta allí una vez cuando era niña, y me asusté ante la gran
máquina de vapor que tenía un silbido penetrante y una chimenea que escupía
nubes de humo blanco.
Es temprano en la mañana, justo después del amanecer, y muchas de las chicas
más jóvenes tienen los ojos somnolientos e intentan sofocar los bostezos, pero la
ceremonia es obligatoria. Recuerdo la primera a la que asistí: tenía frío, estaba
cansada y no conocía a ninguna de las jóvenes que iban a la Subasta. Solo
quería regresar a la cama.
Es extraño estar de pie de este lado de la plataforma. No sabremos cómo
estaremos vestidas hasta que lleguemos a las salas de preparación de la Casa de
Subastas, así que todas llevamos puesto lo mismo: un vestido recto color café
hasta la rodilla, con las iniciales que indican que somos las graduadas y nuestro
número de lote sobre el lado izquierdo.
Ahora soy oficialmente Lote 197. Violet Lasting ha desaparecido.
Un representante de la Joya está de pie detrás de un podio y da el discurso
habitual. Es un hombre robusto, tiene lentes con borde metálico y un chaleco de
brocado. Hay un anillo en su mano izquierda: tiene un rubí que parece una
cereza gorda y brillante, rodeado de diamantes pequeños. No puedo despegar los
ojos de él. Podría alimentar tres familias del Pantano por un año.
Tiene la voz suave y monótona, y el viento se lleva la mayoría de sus palabras
y las aleja. De todos modos no estoy escuchándolo, es prácticamente el mismo
discurso año tras año: hablan sobre lo noble que es la tradición de la sustitución,
lo esenciales que somos para la perpetuación
de la realeza, lo mucho que nos apreciarán los habitantes de
la ciudad.
No sé cómo será para el Banco y para la Joya, pero estoy bastante segura de
que al resto de la ciudad no puede importarle menos las sustitutas, excepto que
vivas en el Pantano y eso signifique perder a una hija. A ninguno de los círculos
más bajos (el Humo, la Granja y el Pantano) les permiten tener sustitutas. A
veces los padres intentan ocultar a sus hijas o sobornan a los médicos que les
hacen el análisis de sangre que indica que la sustitución es obligatoria para cada
niña del Pantano una vez que alcance la pubertad. No saben por qué solo las
chicas del círculo más pobre poseen la extraña mutación genética que provoca
los Augurios, pero la realeza no permitirá que ninguna escape del sistema. Si te
descubren intentando evitar el análisis, la sentencia es la muerte.
Me estremezco al recordar la primera ejecución pública que presencié. Fue
hace siete meses. Una chica fue atrapada luego de haberse escondido durante tres
años. La llevaron a la plaza ubicada frente a la entrada de la Puerta Sur: nos
pusieron detrás de las pantallas, transparentes de nuestro lado y opacas del otro,
para que la muchedumbre que se acercó no pudiera vernos. Busqué a mi madre
entre la multitud, pero no estaba allí. Lleva alrededor de una hora caminar
desde nuestra casa hasta la Puerta Sur. Además, probablemente quería mantener a Ochre y a Hazel alejados. Mis padres jamás asistieron a las ejecuciones
públicas; papá decía que eran "una atrocidad". Pero recuerdo que a mí me daba
curiosidad y me preguntaba cómo eran.
Sin embargo, cuando presencié una... entendí lo que él quiso decir.
La chica era una salvaje: el cabello largo y negro enmarañado sobre el rostro,
enmarcado por unos ojos de un brillante, casi impactante, color azul. Había
algo feroz e indómito en su apariencia. Parecía apenas unos años mayor que yo.
No se resistió ni luchó contra los soldados que la sostenían. No lloró ni suplicó.
Se veía extrañamente pacífica. Cuando pusieron su cabeza sobre el tajo del
verdugo, juraría que sonrió. El magistrado le preguntó si tenía algunas últimas
palabras que decir.
–Así comienza –dijo–. No tengo miedo –su rostro se entristeció, y añadió–:
Díganle a Cobalt que lo amo.
Luego la decapitaron.
Me obligué a mirar, a mantener los ojos sobre el cuerpo mutilado y a no
encogerme y alejar la mirada como Lily y varias otras chicas. Pensé que merecía
que alguien fuera tan valiente como ella, como si hacerlo validara de alguna
forma su vida y su muerte. Es probable que haya sido una idea estúpida, ya que
tuve pesadillas por una semana, pero aún me alegra haberlo hecho.
Cada vez que pienso en ella, me pregunto quién habrá sido Cobalt. Me
pregunto si alguna vez él supo que fue la última persona en la que ella pensó
antes de morir.
Vuelvo a enfocar mi atención en el representante de la Joya, que termina el
discurso y limpia sus lentes con un pañuelo de seda.
Este año, solo hay veintidós sustitutas de la Puerta Sur que irán a la Subasta.
La mayoría proviene de la Puerta Norte y la Puerta Oeste. Nuestro tren posee
una máquina a vapor color ciruela y tiene solo tres vagones; es mucho más
pequeño y acogedor que el tren que mi padre tomaba para ir al trabajo.
Nuestro médico de cabecera, el doctor Steele, estrecha la mano gorda del
hombre y luego se da vuelta para hablarnos.
Todo lo que respecta al doctor Steele es largo y gris: su barbilla, nariz y brazos
largos; cabello, cejas y ojos grises. Incluso su piel posee un tinte grisáceo. Lily me
comentó una vez que escuchó que es adicto a los narcóticos, lo que le quitó su
coloración natural.
–Y ahora, señoritas –dice el doctor Steele con voz frágil y susurrante–, es hora
de partir.
Mueve una mano de dedos largos y las puertas de la máquina a vapor se abren
con un fuerte sonido sibilante. Las sustitutas comienzan a ocupar los vagones.
Giro hacia atrás y veo a Mercy enjugándose las lágrimas y a Patience de pie, más
serena que nunca. Miro los barrotes en forma de rosa de las ventanas de los
dormitorios, del mismo rosado pálido que las piedras del centro de retención.
Observo los rostros de las otras sustitutas, las chicas que regresarán al centro una
vez que este tren se vaya y que nunca más volverán a pensar en nosotras. Mis
ojos se posan en una niña de doce años con ojos cafés hinchados. Es muy
delgada y es evidente que está malnutrida; debe ser nueva. Nuestras miradas se
encuentran, y ella cruza los dedos de su mano derecha y los presiona sobre su
corazón.
Subo al vagón y las puertas se cierran detrás de mí.
Los vagones están tan desprovistos de personalidad como nuestras habitaciones
en la Puerta Sur.
Cortinas color púrpura cubren las ventanas y un asiento largo delinea las
paredes del espacio rectangular, con una fila de cojines color ciruela. En este
vagón somos solo siete, y por un momento, nos quedamos de pie, incómodas, en
el compartimento escaso, sin estar seguras de qué hacer.
Luego el tren se sacude hacia adelante y nos separamos. Raven, Lily y yo nos
sentamos en una esquina. Raven corre las cortinas.
–¿Nos permiten abrirlas? –pregunta Lily en voz baja.
–¿Qué harán? –responde Raven–. ¿Dispararnos?
Lily se muerde el labio.
El viaje hasta la Joya dura dos horas. Es abrumador cuán rápido la certeza en
mi vida disminuye. Estoy segura de que este tren nos llevará a través de la
Granja, del Humo y del Banco, hasta la Casa de Subastas en la Joya. Estoy
segura de que iré a una sala de preparación, luego a una sala de espera y luego a
la Subasta. Y eso es todo. Eso es todo lo que me queda. Lo desconocido se
extiende ante mí como una vasta hoja de papel.
Miro por la ventana y veo las casas de ladrillos de lodo que centellean mientras
el tren avanza, y su color oscuro contrasta contra el gris pálido del cielo.
–No hay mucho que ver, ¿no? –dice Raven.
Me quito los zapatos con los talones y me siento sobre las piernas.
–No –susurro–. Pero es nuestro hogar.
Raven ríe.
–Eres tan sentimental.
Hace una buena actuación, pero yo la conozco demasiado bien. Extrañará el
Pantano.
–¿Cómo estuvo tu Día de la Verdad?
Se encoge de hombros, pero su boca se tensa.
–Ah, bien, ya sabes... mi madre estaba fuera de sí de alegría por lo saludable
que me encontraba, lo mucho que había crecido y lo entusiasmada que debía estar
por ver la Joya. Como si estuviera yéndome de vacaciones o algo así. ¿El tuyo?
–¿Y qué hay de Crow? –pregunto. Es el hermano mellizo de Raven.
Quita su cabello de atrás de la oreja para permitir que caiga y cubra su rostro.
–Apenas me habló –susurra–. Pensé... es decir, no... –se encoge de hombros
de nuevo–. Supongo que no sabe cómo hablar con una sustituta.
Intento recordar lo que creí que sabía sobre las sustitutas, antes de descubrir
que era una. Me acuerdo que pensaba que eran algo diferente, especiales. Lo que
menos me siento ahora es especial.
En ese momento, Lily comienza a cantar. Su mano pequeña toma la mía y los
ojos le brillan mientras observa cómo dejamos el Pantano atrás. Su voz es dulce
y comienza a cantar una canción tradicional de nuestro círculo, una que todas
sabemos.
«Vengan doncellas dulces y bellas,
Y escuchen con atención cómo cortejar a un joven señor...»
Dos muchachas se unen al canto. Raven pone los ojos en blanco.
–No es una canción adecuada para este momento, ¿no te parece? –murmura.
–No –respondo con tranquilidad–. Tienes razón –la mayoría de las canciones
del Pantano son sobre muchachas que mueren jóvenes o son rechazadas por sus
amantes, no se aplican mucho a nosotras–. Pero, de todos modos, es agradable
escucharla.
«Ah, el amor es sublime, el amor es glorioso,
El amor es hermoso mientras es novedoso
Pero el amor envejece y se vuelve frío,
Y se desvanece como el rocío.»
Un silencio profundo le sigue a la canción y lo interrumpe solo el bombeo de
las ruedas debajo de nosotras. Luego Lily ríe con un sonido que es mezcla de
llanto y risa, y aprieta mi mano, y me doy cuenta que probablemente jamás
volveré a oír una canción del Pantano otra vez.
El tren reduce la velocidad y escucho cómo las enormes puertas de hierro hacen
un chirrido y rechinan mientras se introducen dentro del muro que separa la
Granja del Pantano. He leído sobre la Granja, por supuesto, aprendemos sobre
todos los círculos en la clase de Historia; pero verla es algo completamente
diferente.
Lo primero que llama mi atención son los colores. No sabía que existieran
tantos matices de verde en la naturaleza. Y no solo verde, sino también rojos,
amarillos pálidos, naranjas brillantes y rosados vibrantes.
Pienso en Ochre: ahora debe estar en una de las lecherías. Espero que pueda
continuar trabajando para la Casa de la Llama. Odio pensar en que mantenga a
nuestra familia por sí solo.
Otra maravilla de la Granja es el paisaje. En el Pantano, todo es llano; aquí, el
suelo parece ondeado. El tren atraviesa un puente dando resoplidos, donde un
río separa dos colinas. En las laderas, parras enredadas están en hileras
ordenadas, sobre palos y trozos de cable. Recuerdo que esto se llama viñedo,
donde se cultivan las uvas para hacer vino. He probado vino un par de veces, las
cuidadoras nos permiten beber un vaso en nuestro cumpleaños y en la
celebración de la Noche Eterna.
–Es tan grande –dice Raven.
Tiene razón. La Granja parece extenderse más y más, y por poco me olvido
que existe el Pantano, la Joya o la Subasta. Casi puedo pretender que no existe
nada más que esta infinita extensión de naturaleza.
En cuanto atravesamos las puertas de hierro que separan la Granja del Humo, la
luz se vuelve tenue, como si le hubieran bajado el brillo al sol.
El tren avanza con lentitud por un camino elevado que atraviesa un laberinto
de monstruosas fábricas de hierro fundido. Dominan la vista sobre las calles y sus
chimeneas escupen humo de diversos colores: gris oscuro, violeta verdoso, rojo opaco. Las calles están abarrotadas de personas con el rostro demacrado y la
espalda encorvada. Veo mujeres y niños mezclados entre los hombres. Un silbato
estridente suena, y la multitud se reduce mientras los trabajadores desaparecen
dentro de las fábricas.
Mi corazón se acelera al darme cuenta de que solo queda un círculo más
después de este. ¿Cuánto falta para que lleguemos a la Joya? ¿Cuántos minutos
de libertad me quedan?
–Aaaah –suspira Lily cuando ingresamos en el Banco–. Es tan lindo.
La luz del sol vuelve a su brillante color amarillo sedoso y por poco debo
cubrirme los ojos, dado que resplandece contra el frente de las tiendas que
delinean calles pavimentadas con piedras pálidas. Las ventanas redondeadas con
persianas plateadas y los carteles decorados grabados en oro son comunes aquí.
Ordenadas filas de árboles con troncos delgados y copas podadas en perfecta
forma de esferas verdes delinean los senderos, y hay carruajes eléctricos por
doquier. Hombres con bombines y pulcros trajes planchados acompañan a
mujeres que usan vestidos hechos de sedas y satines coloridos.
–Parece que Patience tenía razón –digo–. Las mujeres no usan pantalones
aquí.
Raven masculla algo ininteligible.
–¿No es adorable? –Lily apoya la cabeza contra el vidrio–. Piénsenlo: el
Exetor debe haber conocido a la Electriz en una de esas tiendas.
Raven niega con la cabeza lentamente.
–Es una locura. Todo esto... es decir... hemos visto fotografías, pero... tienen
tanto dinero.
–Y aún no hemos visto la Joya –susurro.
–De acuerdo, muchachas, tranquilas –dice al ingresar una cuidadora mayor
llamada Charity, seguida del doctor Steele. Sujeta una bandeja de plata con
pastillas de distintos colores ordenadas en filas pequeñas. Miro a Raven.
–¿Para qué son las pastillas? –susurro, pero ella solo se encoge de hombros.
–Cierren las cortinas, por favor –ordena Charity. Lily obedece con rapidez,
pero veo cómo otras chicas intercambian miradas nerviosas mientras las cierran.
La pálida luz púrpura que hay en el vagón parece un mal presagio.
–Calma, calma, no estén tan preocupadas –dice el doctor Steele. Su voz es
monótona y para nada reconfortante–. Es solo un poco de medicación para relajarlas antes del gran evento. Por favor, permanezcan sentadas.
Mi corazón late con fuerza contra mi pecho y tomo la mano de Raven. El
médico se desplaza con calma por la habitación. Las pastillas están clasificadas
por número de lote y cada chica saca la lengua mientras el doctor Steele coloca
el medicamento en sus bocas con un pequeño par de pinzas plateadas. Algunas
chicas tosen, otras se lamen los labios con expresión de amargura, pero, más allá
de eso, nada dramático sucede.
Llega el turno de Raven.
–192 –llama el médico, sosteniendo una pastilla celeste. Raven levanta la vista
y lo observa con sus profundos ojos negros y, por un segundo, pienso que se
negará a tomarla. Luego abre la boca y él coloca la pastilla sobre su lengua. Ella
continúa mirándolo, y no manifiesta ninguna reacción ante el medicamento. Es
el único acto de rebeldía que le queda.
El doctor Steele ni siquiera lo nota.
–197 –me dice. Abro la boca y suelta una pastilla violeta sobre mi lengua. Pica
y tiene sabor ácido, y me recuerda a aquella vez en la que mordí el limón. En un
segundo, se ha disuelto. Paso la lengua por los dientes y trago. La pastilla deja
una sensación de cosquilleo al desaparecer.
El médico asiente con la cabeza.
–Gracias, señoritas.
Charity se apresura a seguirlo cuando él abandona el vagón.
–¿Qué fue eso? –pregunta Raven.
–Lo que sea que haya sido, no tuvo muy buen sabor –murmuro–. Por un
segundo pensé que no tragarías la tuya.
–Yo también –dice Raven–, pero no hubiera tenido sentido negarme, ¿verdad?
Es decir, es probable que ellos solo hubieran...
Pero lo que sea que Raven creía que ellos hubieran hecho, nunca lo escucho,
porque, de pronto, la inconsciencia me envuelve y el mundo se torna negro.