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La Justicia Siempre Gana

La Justicia Siempre Gana

Autor: : SUSANITA TINEO
Género: Suspense
La víspera de la selectividad, mi novio Mateo me impidió tomar el último autobús por esperar a Valeria, su "pura" amiga de la infancia, que se había ido a buscar una flor. Cedí a su terquedad y a mi amor ciego, abandonando mi futuro por el de ellos. Al final, Valeria perdió el examen, su vida se desmoronó y murió en un accidente laboral. Mateo nunca me perdonó mi "éxito" y el día que fui a matricularme en la universidad, él me esperaba en la Giralda. Sus manos me empujaron al vacío, sellando mi destino con sus últimas palabras: "Esto es por Valeria". Morí creyendo en la bondad de otros, traicionada por aquellos a quienes más había querido. Pero entonces, desperté. Volví al mismo refugio, a la misma noche de lluvia torrencial, con el mismo dilema y el olor a pino mojado. Esta vez, el frío intenso no era solo por la tormenta, sino por el recuerdo vívido de la caída, del odio en los ojos de Mateo. ¿Cometería el mismo error por segunda vez? No. Respiré hondo, el plan claro en mi mente. La venganza es un plato que se sirve frío, y yo acababa de empezar a cocinarlo.

Introducción

La víspera de la selectividad, mi novio Mateo me impidió tomar el último autobús por esperar a Valeria, su "pura" amiga de la infancia, que se había ido a buscar una flor. Cedí a su terquedad y a mi amor ciego, abandonando mi futuro por el de ellos. Al final, Valeria perdió el examen, su vida se desmoronó y murió en un accidente laboral.

Mateo nunca me perdonó mi "éxito" y el día que fui a matricularme en la universidad, él me esperaba en la Giralda. Sus manos me empujaron al vacío, sellando mi destino con sus últimas palabras: "Esto es por Valeria". Morí creyendo en la bondad de otros, traicionada por aquellos a quienes más había querido.

Pero entonces, desperté.

Volví al mismo refugio, a la misma noche de lluvia torrencial, con el mismo dilema y el olor a pino mojado. Esta vez, el frío intenso no era solo por la tormenta, sino por el recuerdo vívido de la caída, del odio en los ojos de Mateo.

¿Cometería el mismo error por segunda vez? No.

Respiré hondo, el plan claro en mi mente. La venganza es un plato que se sirve frío, y yo acababa de empezar a cocinarlo.

Capítulo 1

La víspera de la Selectividad, el cielo sobre la Sierra de Grazalema se rompió. La lluvia caía a cántaros, golpeando con fuerza el techo del viejo refugio de montaña donde nos habíamos guarecido. El aire olía a tierra mojada y a pino.

"El último autobús sale en diez minutos", dijo Lucía, mi mejor amiga, mirando su reloj con nerviosismo. Su cara reflejaba la ansiedad que todos sentíamos. Perder ese autobús significaba perder el examen más importante de nuestras vidas.

Pero Mateo, mi novio, se cruzó de brazos, bloqueando la salida. Su mirada estaba fija en el sendero embarrado.

"No nos vamos sin Valeria".

Su voz era terca, inamovible.

"Mateo, va a llegar tarde", insistió Lucía. "Se fue hace una hora a buscar no sé qué flor rara. ¡Está loca!".

"Es para su herbario", la defendió él. "Es importante para ella".

"¿Más importante que nuestro futuro?", saltó otro compañero, con el pánico asomando en su voz.

En mi vida anterior, este fue el momento en que todo se fue al infierno. Grité, discutí, y al final, convencí a los demás para atar a Mateo y subirlo a la fuerza al autobús.

Llegamos a tiempo, sí. Pero Valeria no.

Ella se quedó atrapada en la sierra, perdió la Selectividad y su vida se convirtió en una sucesión de trabajos mal pagados. Años después, murió en un accidente en una fábrica, aplastada por una máquina. Mateo nunca me lo perdonó.

El día que fui a matricularme en la Universidad de Sevilla, feliz y llena de sueños, él me esperó en lo alto de la Giralda. Sus ojos estaban llenos de un odio que no comprendí hasta que sus manos me empujaron al vacío. "Esto es por Valeria", fue lo último que escuché.

Ahora, de vuelta en este refugio, con el mismo olor a lluvia y la misma tensión en el aire, sentí un frío helador. La memoria de la caída, del dolor, era tan real que me hizo temblar.

Pero esta vez, no iba a cometer el mismo error.

Respiré hondo y me acerqué a Mateo. Puse una mano en su brazo, mi voz suave y comprensiva.

"Tiene razón. La amistad es lo primero".

Todos me miraron como si me hubiera vuelto loca. Lucía abrió la boca para protestar, pero la detuve con una mirada.

"Esperaremos a Valeria. Juntos".

Mateo me miró, sorprendido y agradecido. Una sonrisa de triunfo se dibujó en su rostro. "Sabía que lo entenderías, Sofía. No eres como ellos".

Vi el motor del autobús arrancar a lo lejos, sus luces perforando la cortina de lluvia. Se detuvo un instante en la parada, esperando. Luego, con un suspiro de sus frenos de aire, se marchó, llevándose nuestro futuro con él.

Justo en ese momento, Valeria apareció en el claro, empapada y sonriente, con una estúpida orquídea en la mano.

"¡La encontré!", gritó, ajena a todo.

El silencio que siguió fue más ruidoso que la propia tormenta.

Capítulo 2

"¿Habéis perdido el autobús por mí?", preguntó Valeria, con un falso tono de preocupación que no engañaba a nadie.

Mateo se apresuró a tranquilizarla. "No te preocupes, Val. No es tu culpa. Ya encontraremos una solución".

La cara de Lucía era un poema. Miraba a Mateo y a Valeria con una mezcla de incredulidad y rabia. Los demás compañeros empezaron a murmurar, el pánico inicial transformándose en un enfado creciente.

"¿Una solución? ¡Mateo, no hay solución!", gritó Carlos, uno de los chicos. "¡Hemos perdido la Selectividad! ¿Sabes lo que significa eso para nosotros? ¡Un año entero a la basura!".

"No seáis tan dramáticos", respondió Valeria, encogiéndose de hombros. "Es solo un examen".

"¡Para ti será solo un examen!", replicó Lucía, incapaz de contenerse más. "Algunos de nosotros no tenemos padres ricos que nos paguen una universidad privada. ¡Esta era nuestra única oportunidad!".

La tensión era insoportable. Mateo se puso delante de Valeria, como un perro guardián. "¡Dejadla en paz! ¡No es culpa suya que la tormenta se pusiera así!".

En ese momento, las luces del refugio parpadearon y se apagaron. La oscuridad fue total, solo rota por los relámpagos lejanos. Alguien intentó llamar con su móvil.

"No hay señal. Nada".

El pánico volvió, esta vez más fuerte. Estábamos atrapados, incomunicados y sin forma de volver a la ciudad.

Fue entonces cuando decidí actuar.

"Esperad", dije, fingiendo recordar algo de repente. "Mi abuelo... me dio un teléfono por satélite para emergencias. Dijo que, viviendo en el campo, nunca se sabe".

Todos se giraron hacia mí, sus ojos brillando con una nueva esperanza en la oscuridad. Saqué de mi mochila el pesado y anticuado teléfono, un trasto que mi abuelo me obligó a llevar "por si acaso".

Marqué su número. La voz de mi abuelo, Don Alejandro, el dueño de una de las bodegas más antiguas y prestigiosas de Jerez, sonó al otro lado, clara y potente a pesar de la distancia.

"¿Sofía? ¿Qué ocurre? ¿Estás bien?".

"Abuelo, estoy bien, pero estamos atrapados en la sierra de Grazalema. Ha habido un desprendimiento y la carretera está cortada".

"No digas más. Mándame tu ubicación. El helicóptero sale para allá ahora mismo".

Colgué y miré al grupo.

"Mi abuelo manda su helicóptero a buscarnos", anuncié con calma.

La noticia fue como una bomba. El alivio inicial dio paso a la sorpresa y a las preguntas. ¿Un helicóptero? ¿Tu abuelo?

Mateo me miraba con una expresión extraña, una mezcla de confusión y sospecha. "¿Desde cuándo tu familia tiene un helicóptero, Sofía?".

"Es de la bodega de mi abuelo", respondí con simpleza, como si fuera lo más normal del mundo. "Para emergencias y visitas importantes".

La revelación de mi verdadera identidad había comenzado. Y ellos, en su ignorancia, no tenían ni idea de la tormenta que se les venía encima.

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