NYX
Recuerdo como si fuera ayer el día que llegué al Bosque de Otoño. Tenía dieciséis años, llevaba tres días caminando sin parar, comiendo bayas silvestres y bebiendo de charcos. Mis padres habían muerto hacía una semana – atacados por lobos de la manada del Norte, que querían tomar nuestro pequeño territorio. Yo me escondí en un armario de madera mientras escuchaba los gruñidos, los gritos, el sonido de huesos rompiéndose.
Cuando salí, solo encontré cenizas y silencio.
Caminé hasta que mis pies no pudieron más, hasta que me encontré en un cobertizo abandonado en el borde de un gran bosque. Me acurruqué en un rincón, tratando de calentarme con los restos de una manta rota, cuando escuché pasos fuera. Me tapé la boca con las manos para no gritar, pero la puerta se abrió y apareció un hombre alto, con pelo gris como la lluvia y ojos cálidos como el sol de verano.
– Tranquila, niña. No te haré daño – dijo, acercándose despacio. Tenía el olor a bosque, a hierbas frescas, a poder. – Soy Orion Blackclaw, alfa de esta manada. ¿Cómo te llamas?
– Nyx – le dije, con la voz temblorosa. – Nyx Silverwood. Mis padres... están muertos.
El alfa Orion miró hacia el camino por donde venía, luego volvió a mirarme. Alzó una mano y me tocó la frente con su dedo índice – un gesto que luego aprendí que hacían los alfas para sentir la energía de alguien. Su ceño se frunció un instante, luego sonrió suavemente.
– Tienes algo especial, Nyx Silverwood – dijo. – Mi abuela, que fue sanadora antes que Marta, dejó una profecía: "Una niña con ojos de noche traerá poder a la línea de Blackclaw". Tus ojos son grises como la noche antes de la tormenta. Ven conmigo. Te acogeremos.
Así llegué al Bosque de Otoño. La aldea estaba en medio del bosque, con casas de madera y piedra, un gran edificio en el centro que era la casa del alfa. Allí conocí a Rafael, el hijo de Orion – dieciocho años, alto, delgado pero musculoso, con pelo rubio como el trigo y ojos ámbar que parecían ver hasta lo más profundo de ti.
No me saludó. Solo me miró de arriba abajo y dijo: – ¿Esa es la niña de la profecía? Parece débil.
Me quedé callada, avergonzada. En aquel entonces no sabía que él acababa de descubrir quién era su mate predestinada: Carmen Rosefur, una chica de la manada con pelo rojizo como el fuego y una risa que llenaba cualquier lugar. Vi cómo se miraban, cómo su energía se conectaba – algo que yo nunca había sentido con nadie.
Pero el alfa Orion estaba convencido de la profecía. Empezó a enseñarme todo sobre la manada: los rituales, las hierbas que curaban, cómo leer las huellas en el suelo, cómo organizar las patrullas para proteger los límites. Carmen fue la primera en acercarse a mí – me encontró un día sentada sola junto a un arroyo, mirando cómo los peces nadaban.
– ¡Hola! Soy Carmen – dijo, sentándose a mi lado sin pedir permiso. – Vi que llegaste hace poco. ¿Te gusta el bosque?
Yo asentí, nerviosa. Nadie me había hablado así desde que mis padres murieron.
– Es bonito – murmuré. – Pero es muy grande. No sé si podré aprender todos los senderos.
Carmen rio, un sonido alegre.
– ¡Claro que podrás! Yo te enseñaré. Sé cada rincón de aquí – dijo, cogiendo una piedra y tirándola al agua. – Además, necesitas una amiga. Todos son un poco raros al principio, pero son buenas personas.
Así empezó nuestra amistad. Ella me enseñó a reconocer las hierbas que curaban las heridas, a hacer collares con flores silvestres, a correr por los senderos sin perderse. Y poco a poco, fui integrándome en la manada: ayudaba en la cocina cuando había fiestas, cuidaba de los cachorros cuando sus madres tenían que salir, aprendí a coser las ropas rotas y a reparar las casas pequeñas que se dañaban con la lluvia.
Rafael nunca me prestó mucha atención – siempre estaba ocupado con sus deberes de futuro alfa, entrenando, estudiando los antiguos registros de la manada. Pero a veces, cuando estábamos en las reuniones, sentía su mirada sobre mí. No era una mirada cálida, ni cariñosa – era una mirada de observación, como si estuviera estudiando a un animal extraño.
Cuando cumplí diecinueve años, el alfa Orion se enfermó gravemente. Mientras estaba en cama, me llamó a su habitación y me tomó la mano.
– Nyx, mija – dijo, con la voz débil –. La profecía debe cumplirse. Rafael va a ser el nuevo alfa, y necesitará una luna que le dé hijos fuertes. Quiero que te cases con él.
Mi corazón dio un salto. Me gustaba Rafael desde el primer día – aunque nunca había dicho nada a nadie. Pero sabía que él amaba a Carmen.
– Señor Orion... yo no soy su mate – le dije, bajando la cabeza.
– Los mates son importantes, pero la profecía es más fuerte – respondió, apretándome la mano. – Rafael entenderá. Es su deber con la manada.
Al mes siguiente, Orion murió. Rafael se convirtió en el nuevo alfa, y cumplió el deseo de su padre: nos casamos en una pequeña ceremonia en el centro de la aldea. Carmen estuvo ahí, sonriendo pero con los ojos llenos de tristeza. Yo intenté ser la mejor luna posible: me levantaba temprano para organizar las tareas de la manada, preparaba la comida de Rafael con mucho cariño, ayudaba a Marta la sanadora con los enfermos.
Pero nunca pude quedar embarazada. Los años pasaron, y los ancianos empezaron a murmurar: ¿Será que la profecía fue un error? ¿Será que ella no es la luna adecuada? Yo me sentía mal, culpable – como si no estuviera cumpliendo mi único propósito en la manada. Y para colmo, nunca sentía a mi loba interior. Cuando todos se transformaban en sus formas animales y corrían libres por el bosque, yo solo conseguía cambiar mi cuerpo por fuera – pero no sentía ese rugido, esa conexión con la naturaleza que todos describían. Marta decía que era por el trauma de ver morir a mis padres, que algún día se despertaría en mí. Yo quería creerla.
Y entonces llegó ese día – el día en que Marta me tomó la mano y me dijo que estaba embarazada.
– ¿Estás segura? – le pregunté, con la voz ronca por la emoción. – No he sentido nada... ni siquiera he olido el aroma del cachorro en el aire.
Marta asintió, limpiándose una lágrima que se le escapó. Era la única que sabía mi secreto sobre la loba interior, y nunca me había juzgado.
– Es muy temprano, mija – dijo suavemente. – Los primeros meses, las feromonas son casi imperceptibles. Pero ya lo verás – sonrió, y yo sentí cómo mi pecho se llenaba de una felicidad que no había sentido en mucho tiempo. – El alfa va a estar encantado. Ya no tendrán que preocuparse por lo que digan los ancianos.
Le agarré la mano con fuerza.
– Por favor, Marta... no le digas a nadie. Quiero ser yo quien se lo cuente a Rafael. Hoy es nuestro tercer aniversario – le supliqué.
– Secreto a voces, mija – me aseguró, abrazándome brevemente. – Ese muchacho no sabe lo afortunado que es de tenerte.
Salí del consultorio de la sanadora con los pies ligeros, como si flotara sobre el pasto. El sol se ponía sobre los árboles, teñiendo el cielo de colores cálidos – justo como el vestido rojo que había guardado en el guardarropa, el que me había comprado para este día especial. Iba a cocinar todos sus platos favoritos: estofado de ciervo con setas silvestres, pan casero con miel de abeja, tarta de hojaldre con manzanas que había recogido yo misma en el borde del bosque.
Cuando entré en la cocina de la casa del alfa – nuestra casa – encontré a Carmen sentada en uno de los taburetes de madera, mordisqueando una galleta de avena que había hecho ayer. Llevaba el delantal que le había regalado por su cumpleaños – azul marino, con bordados de flores blancas que yo misma había cosido.
– ¡Vaya, vaya! ¿Qué tenemos aquí? – dijo, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. – Toda esta comida... ¿fiesta de la manada que no me avisaron?
Me puse delante del fuego, revolviendo el caramelo que iba a poner encima de la tarta. Carmen había estado extraña últimamente – se quedaba mirándome fijamente, como si quisiera decirme algo pero no se atreviera. Pero yo no le presté mucha atención; estaba demasiado emocionada.
– Es nuestro aniversario – le dije, sonriendo. – Hace tres años que me casé con Rafael. Quiero hacerlo especial. Llevamos tiempo con mucho trabajo, con los problemas en los límites del sur... creo que necesitamos una noche tranquila, solo nosotros dos.
Carmen se encogió de hombros, cogiendo otra galleta.
– Ah, claro... el aniversario – dijo, con un tono aburrido. – Oye, Nyx... me enteré de que Rafael tuvo una emergencia hoy. Un problema con los lobos del Este, que están intentando invadir nuestras tierras. No sé si llegará a tiempo.
Mi mano se detuvo un instante sobre la cacerola, pero seguí revolviendo el caramelo.
– Él siempre llega – respondí con más seguridad de la que sentía. Rafael no era un hombre cariñoso – nunca lo había sido – pero siempre cumplía sus promesas. O al menos eso creía yo. – A veces se demora, pero nunca olvida nada importante.
Carmen se levantó, dejando la galleta en el plato.
– Bueno, yo me voy – dijo, hacia la puerta. – Tengo que ayudar a Marta con las hierbas que recogimos ayer. Avísame mañana cómo te fue, ¿vale?
La miré irse, y algo en mi estómago se apretó. Había algo raro en ella, pero no tenía tiempo de pensar en eso. Tenía que terminar la comida, bañarme y ponerme el vestido rojo. Quería estar lista cuando él llegara.
Pasaron las ocho, las nueve, las diez. La comida se enfrió sobre la mesa, así que la metí en el horno para mantenerla caliente. Me senté en el sofá del salón, acariciando el paquete pequeño que llevaba en la falda: el papel donde Marta había escrito las palabras que cambiarían nuestra vida.
A las doce en punto escuché la puerta abrirse.
Mi corazón dio un salto. Me levanté rápidamente, arreglando mi cabello negro recogido en una coleta alta y pasándome las manos por el vestido para quitarle las arrugas. Cuando salí al pasillo, Rafael estaba allí, quitándose el abrigo de cuero. Su pelo rubio estaba revuelto por el viento, sus ojos ámbar miraban hacia el suelo – pero olía a algo que no era el bosque, no era su jabón de árbol de té habitual. Olía a flores silvestres, a almizcle dulce... olía a Carmen.
– Mi amor – le dije, acercándome para besarlo en la mejilla.
Pero se movió un paso hacia atrás, evitando mi contacto.
– Estoy sucio y cansado – dijo, con voz fría. – No quiero contagiarte nada.
Sus ojos recorrieron la casa, se detuvieron en la puerta de la cocina donde se veían los platos sobre la mesa.
– ¿Qué es todo esto? – preguntó.
– Es nuestra cena de aniversario – le expliqué, sintiendo cómo la emoción empezaba a desaparecer. – ¿No lo recuerdas? Cumplimos tres años juntos.
Rafael se tensó por un instante – apenas un segundo, pero yo lo noté. Luego cerró los ojos y respiró hondo, como si estuviera tratando de controlarse.
– Claro que lo recuerdo, Nyx – dijo, pero su voz no tenía ningún tipo de calor. – Solo he estado muy ocupado con los asuntos de la manada – terminó, mirando hacia la escalera. – Vamos al estudio. Necesito hablar contigo de algo importante.
– Pero la comida está lista – intenté decir, sujetándome a la pared para no temblar. Había algo en su mirada que me daba miedo, algo que nunca había visto antes.
– Olvídalo por ahora – dijo, ya subiendo los peldaños con paso firme. – Es urgente.
Seguí detrás de él, agarrando el paquete de papel con fuerza hasta que mis dedos dolían. En el estudio, la luz de la lámpara de mesita proyectaba sombras largas sobre las paredes cubiertas de libros y mapas de los territorios. Él se sentó detrás de su escritorio de roble macizo – el mismo que había usado su padre – mientras yo me colocaba en la silla de enfrente, tan pequeña frente a él.
– Antes de que hables... tengo algo que mostrarte – lo interrumpí, extendiendo la mano para darle el papel. Mis dedos temblaban un poco, pero mi corazón latía con esperanza. – Es algo bueno, Rafael. Realmente bueno.
Él lo tomó con indiferencia, lo abrió con un dedo y leyó las pocas líneas que Marta había escrito a mano. Mantuvo la mirada fija en el papel por varios segundos, luego levantó la vista hacia mí.
No había alegría en sus ojos. Ni sorpresa. Solo una frialdad helada que me atravesó hasta los huesos. Y algo más – algo oscuro que reconocí tarde como odio.
– ¿Estás segura de esto? – preguntó, con voz baja y grave. – ¿No es alguna manera de obligarme a quedarme contigo? ¿Marta te ayudó a inventar esta historia?
Mi boca se secó de golpe. Me puse de pie bruscamente, haciendo chirriar la silla contra el suelo.
– ¿Cómo puedes decir eso? – le grité, sintiendo las lágrimas quemar mis ojos. – ¡Marta nunca mentiría! ¡Estoy embarazada, Rafael! Vamos a tener un hijo – empecé a caminar hacia él, extendiendo las manos como si pudiera alcanzarlo, como si pudiera hacerle entender. – Ya no tendrás que escuchar los rumores de los ancianos. Tendremos un heredero fuerte para el Bosque de Otoño, como dijo la profecía.
Rafael se levantó también, y su figura imponente llenó la habitación. Empezó a dar vueltas por el estudio, pasándose las manos por el pelo como si estuviera a punto de explotar.
– Esto no puede pasar... no ahora... – murmuró entre dientes, mirando la ventana como si esperara que alguien apareciera para sacarlo de allí.
– ¿Qué pasa? – le pregunté, temblando de pies a cabeza. – ¿No quieres el bebé? ¿No quieres que tengamos una familia?
Él se giró hacia mí de golpe, y sus ojos ámbar se habían vuelto dorados, brillando como brasas en la oscuridad.
– ¿Quieres que te diga la verdad, Nyx? – rugió, acercándose hasta quedarnos casi cara a cara. – La profecía fue una mentira. Una vieja historia que mi padre se inventó porque estaba desesperado por mantener fuerte nuestra línea de sangre. Mi abuela nunca dijo nada de una niña con ojos de noche – eso lo inventó él para justificar traerte aquí.
Me quedé helada, sin poder moverme. Las palabras resonaban en mi cabeza como un trueno.
– Y tú... tú nunca fuiste más que un deber para mí – continuó, con voz fría como el hielo. – El día que mi padre me dijo que me casaría contigo, acababa de descubrir quién era mi mate predestinada. Carmen. Ella es la que debería estar aquí a mi lado, ella es la que debería ser mi luna.
Carmen. Mi mejor amiga. La que me enseñó los senderos del bosque, la que me compartió su comida cuando llegué hambrienta, la que me abrazó cuando lloré por mis padres.
– ¿Y todo esto... todos estos años... fue una mentira? – logré preguntar, sintiendo cómo el mundo se desmoronaba a mi alrededor.
– Para mí, sí – dijo sin remordimiento. – Tuvimos un trato: tres años. Si no te embarazabas, me liberaba para casarme con ella. Si sí... bueno, nunca pensé que llegaría a ese punto.
Me senté de golpe en la silla, sin fuerzas para mantenerme en pie.
– ¿Y Carmen? ¿Sabía ella todo esto? – pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
Rafael asintió, mirándome con desprecio.
– Ella esperó por mí. Como yo esperé por el momento en que pudiera dejarte. Pero tú tenías que salir con esto – levantó el papel en el aire como si fuera basura. – Un bebé que va a arruinar todo lo que hemos esperado durante tres años.
Él dio un paso atrás y cerró los ojos. Cuando los abrió de nuevo, ya no era el hombre que conocía – su cuerpo empezó a cambiar, a alargarse, a cubrirse de pelaje blanco con manchas negras que ahora parecían amenazantes. Se había transformado en su forma loba, grande, poderosa, con los ojos ahora rojos como la sangre.
– Ven conmigo – dijo, pero ya no era su voz humana. – Tenemos que solucionar esto.
Yo no tuve más remedio que seguirlo. Me concentré en mi cuerpo, en la transformación que había practicado mil veces – aunque nunca sintiera la conexión con mi loba interior, conseguía cambiar mi apariencia hasta parecerme a ellas. Corrimos detrás de él por el bosque, alejándonos cada vez más de la aldea, hasta cruzar los límites del Bosque de Otoño y adentrarnos en tierras desiertas.
Llegamos a un acantilado que conocía – había venido aquí una vez con Carmen, a recoger flores silvestres que crecían en las rocas. El precipicio bajaba hasta un cañón oscuro, donde corría un río de aguas heladas. La luna llena iluminaba el lugar, pero no había nada de hermoso en él – solo el frío del viento y el eco del agua corriente.
Me volví humana, temblando de miedo.
– ¿Rafael? ¿Qué hacemos aquí? Estamos en tierras ajenas – pregunté, pero él ya estaba de pie frente a mí, en su forma loba, con los colmillos descubiertos y los ojos rojos brillando con furia.
No me dio tiempo a correr. Sus garras se clavaron en mi vientre con fuerza, desgarrando mi piel y mi ropa como si fueran papel. Grité de dolor, intentando alejarlo con las manos, pero él me atrapó con facilidad, mordiéndome el muslo para sujetarme al suelo. Mis manos se colocaron sobre mi barriga de instinto, tratando de proteger al bebé que llevaba dentro, pero sus garras perforaron mi piel como si no existiera. Sentí un dolor insoportable, como si me estuvieran destrozando por dentro.
– ¡No! ¡Por favor! – supliqué, con la voz rota por el llanto. – ¡Es tu hijo! ¡Piensa en él!
Rafael no respondió. Continuó atacándome, hasta que sentí que algo dentro de mí se rompió. Un dolor tan intenso que me hizo ver estrellas, que me hizo querer cerrar los ojos y nunca más abrirlos. Luego, se detuvo y empezó a volver a su forma humana, quedándose de pie frente a mí mientras yo yacía en el suelo ensangrentado.
– Pensaste que podías retenerme para siempre – dijo, mirándome con ojos vacíos. – Pensaste que con un bebé conseguirías hacerte mi luna de verdad. Pero para mí, tú nunca exististe como nada más que un lastre. Una luna que nunca debería haber sido.
Con un pie fuerte, me empujó hacia el borde del precipicio. Sentí cómo mi cuerpo perdía el equilibrio, cómo empezaba a caer hacia abajo, hacia la oscuridad del cañón. Lo último que vi fue la luna llena, y los cuervos revoloteando sobre mí con sus gritos agudos. Lo último que pensé fue en el bebé que nunca conocería, en mis padres que me habían dejado sola, en Carmen que me había traicionado.
Lo último que dije, con la voz apenas un susurro, fue: Lo siento, bebé. No pude protegértete.
Y entonces la oscuridad me envolvió por completo.
No sé cuánto tiempo pasó después. Solo sé que la caída no fue el final. Algo me mantenía con vida, algo que aún no entendía... pero que pronto descubriría.
No sé cuánto tiempo estuve cayendo. Sentí el viento azotándome la cara, el frío penetrando en mis heridas abiertas, el sonido del agua creciendo cada vez más fuerte hasta que me envolvió por completo.
El río fue como un golpe en el pecho – agua helada que me arrastró, que me giró como si fuera una hoja en el viento. Sentí cómo mis heridas se cerraron un poco por el frío, cómo la corriente me llevó lejos del cañón, alejándome del Bosque de Otoño. Ya no sentía dolor – solo un frío profundo que se adentraba en mis huesos, un cansancio tan grande que quería cerrar los ojos y dejarme llevar.
Pero algo me mantuvo a flote. Algo que no era fuerza física, ni la voluntad de vivir – era como una voz en mi cabeza, una voz suave que me decía no todavía... todavía no es el momento.
Llegué a una orilla donde el río se ensanchaba, donde el agua corría más despacio. Me dejé llevar hasta la tierra, donde me vine abajo entre juncos y piedras mojadas. Mi último pensamiento antes de perder la conciencia fue de un árbol con hojas rojas que crecía en la orilla – igual que el que había crecido en el jardín de mi casa de niña.
Desperté con el sonido de voces que parecían estar muy lejos, como si me hablaran desde dentro de un barril. Mi cuerpo dolía en todos lados, especialmente el vientre y el cuello. Intenté abrir los ojos, pero la luz del sol me hizo cerrarlos de nuevo con un gemido ronco.
– Está despierta – escuché una voz femenina decir. – Tranquila, pequeña. No te muevas tanto.
Al fin conseguí abrir los ojos un poco. Estaba en una cama de madera, con sábanas blancas un poco desgastadas. El techo era de madera vista, las paredes cubiertas de hierbas secas y cuerdas con pescados salados. Era una casa pequeña, cálida, con el olor a humo de leña y hierbas medicinales.
A mi lado había una mujer con pelo canoso recogido en una trenza, ojos verdes como las hojas de roble y manos llenas de arrugas pero seguras. Estaba mirándome con una expresión entre la preocupación y la curiosidad.
– ¿Dónde...? – intenté preguntar, pero solo salió un susurro ronco. Mi garganta ardía como si la hubieran llenado de vidrios rotos.
– No hables – me dijo, acercándose con un cuenco de madera en la mano. – Tienes heridas graves, especialmente en el cuello. La sangre se te había metido en las vías respiratorias, es un milagro que puedas hablar en absoluto.
Me ayudó a sentarme un poco, poniendo almohadas detrás de mi espalda. Me dio a beber un poco de agua con hierbas – tenía un sabor amargo pero reconfortante.
– ¿Quién eres? – logré preguntar, con la voz apenas audible.
– Me llamo Lila Streamfur – dijo, sonriendo suavemente. – Mi hijo Ethan te encontró en la orilla del río anoche. Estabas a punto de morir, pequeña. No sé cómo sobreviviste a una caída como esa.
Ethan. El nombre sonó de alguna manera familiar, pero no conseguía recordar por qué.
– ¿Dónde estoy? – pregunté, mirando por la ventana. Vía árboles altos y densos, un tipo de bosque diferente al de Otoño – más húmedo, con más helechos y plantas trepadoras.
– En la manada del Rocío Gris – respondió Lila, sentándose en una silla junto a la cama. – Estamos a unos días de camino del Bosque de Otoño. ¿Eres de allí?
Mi corazón dio un vuelco. Cerré los ojos por un instante, viendo de nuevo la cara de Rafael, los ojos rojos de su loba, la sonrisa de Carmen mientras se besaba con él.
– Sí – murmuré, sintiendo las lágrimas correr por mis mejillas a pesar del dolor. – Pero ya no tengo nada allí.
Lila me tomó la mano con la suya cálida.
– Entiendo – dijo, sin preguntar más. – Primero te tienes que curar. Ethan dijo que encontró rastros de lucha en el acantilado, rastros de dos lobos – uno grande, de pelaje blanco y negro, y otro más pequeño... – se detuvo, mirándome con curiosidad. – Pero cuando te encontró, no tenías ni rastro de pelaje en el cuerpo. Solo heridas de mordeduras y arañazos de lobo.
Cerré la mano en un puño. Sabía lo que ella quería decir – todos los lobos de las manadas pueden cambiar de forma, pero siempre llevan algo de su animal en el cuerpo humano: el olor, alguna marca, la forma de moverse. Pero yo... yo nunca había sido una verdadera loba. Solo fingía.
– No soy como ellos – murmuré, sin querer explicar más. – No tengo loba interior. Solo puedo cambiar mi cuerpo por fuera.
Lila frunció el ceño, pero no dijo nada de inmediato. Se levantó y fue a la estantería donde había más hierbas, cogió unas hojas secas y empezó a machacarlas en un mortero.
– Mi abuela decía que había personas diferentes en nuestro mundo – dijo mientras trabajaba. – Personas que no tenían un animal interior, pero que tenían otros dones. Dones que la gente no entendía.
Volvió a mi lado con una pasta verde que untó suavemente sobre mis heridas. Dolió un poco al principio, pero luego llegó una sensación fresca que aliviaba el ardor.
– ¿Qué pasó con...? – empecé a preguntar, luego me detuve, no sabiendo cómo decirlo.
Lila entendió de inmediato. Se sentó de nuevo, tomándome la mano.
– Lo siento, pequeña – dijo con voz suave. – Tu vientre estaba completamente destrozado. Tu matriz... no podremos salvarla. Y el bebé... no tuvo ninguna oportunidad. Lo siento mucho.
Sentí cómo se me partía el corazón en mil pedazos. Había esperado que quizás hubiera un milagro, que a pesar de todo el bebé hubiera sobrevivido. Pero la realidad cayó sobre mí como una losa de piedra. Empecé a llorar, sollozos roncos que me dolían el cuello aún más, pero no podía detenerme. Todo lo que había querido, todo por lo que había luchado... se había ido.
Lila me abrazó con cuidado, sin decir nada, dejándome llorar hasta que no quedaban más lágrimas.
Pasaron dos semanas después de que me encontraran. Mis heridas empezaban a sanar, pero iba muy despacio – mucho más despacio que el de cualquier lobo normal. Lila me dijo que era porque no tenía la curación natural del animal interior, que mi cuerpo tenía que hacerlo todo por sí solo.
Un día, mientras estaba sentada en el porche de la casa mirando cómo el río corría a lo lejos, escuché pasos detrás de mí. Gire la cabeza y vi a un hombre alto, con pelo oscuro como la noche y ojos grises como el cielo nublado. Tenía el cuerpo musculoso de un alfa, y llevaba sobre el hombro unos pescados que acababa de pescar.
– Eres tú quien me encontró – dije, aunque ya lo sabía. Había reconocido su olor en la casa – un olor a agua fresca, a tierra y a madera.
El hombre asintió, acercándose y colocando los pescados en una tabla de madera para limpiarlos.
– Me llamo Ethan Darkpine – dijo, sin mirarme directamente. – Soy el alfa de esta manada.
Ahora recordé por qué el nombre me sonaba. El Rocío Gris era una manada pequeña pero respetada, conocida por mantenerse alejada de los conflictos entre otras manadas. Ethan era hijo de uno de los pocos alfas que nunca había peleado por territorios, que creía en la paz antes que en la fuerza.
– Gracias – le dije, bajando la cabeza. – Por salvarme.
Ethan se acercó un poco más, mirándome con esos ojos grises que parecían ver hasta lo más profundo de ti.
– Lila me dijo que eres de Otoño – dijo, sentándose en el borde del porche junto a mí. – También me dijo que no tienes loba interior.
No respondí, solo miré el río.
– Mi madre tenía un amigo que era como tú – continuó, mirando hacia el horizonte. – No podía transformarse en lobo, pero podía hacer otras cosas. Podía sentir cuando iba a haber tormentas, podía encontrar agua en el desierto, podía hacer que las plantas crecieran más rápido. Decían que era un don de la tierra misma.
– Yo no tengo dones – murmuré. – Solo sé esconderme bien. Cuando quiero que nadie me vea ni me huela, logro hacerlo. Es lo único que puedo hacer aparte de fingir ser loba.
Ethan rio suavemente.
– Eso ya es un don, si me preguntas – dijo. – En estos tiempos, saber esconderse puede salvarte la vida. ¿Por qué huyiste de Otoño?
No quise contarle la verdad completa – no todavía. Solo dije:
– Me traicionaron los que quería. Ya no tengo nada allí.
Ethan asintió, sin preguntar más.
– Pues aquí tienes un techo mientras te cures – dijo, levantándose. – La manada es pequeña, pero nos ayudamos los unos a los otros. Cuando estés lista, decidirás qué hacer. Pero ten en cuenta – miró hacia el Bosque de Otoño, como si pudiera verlo desde allí –. Los que nos hacen daño nunca lo olvidan. Y a veces, la única manera de seguir adelante es enfrentarlos.
Se fue hacia la cocina donde Lila esperaba los pescados, dejándome sola con mis pensamientos. Tenía razón – no podía olvidar lo que me habían hecho, lo que habían hecho con mi bebé. Pero ¿qué podía hacer yo, una chica sin loba interior, contra el alfa más poderoso del Bosque de Otoño y su mate?
Mientras pensaba, pasé la mano por la cicatriz que ahora recorría mi cuello hasta la mejilla izquierda. Lila me había dicho que probablemente nunca se fuera completamente, que quedaría ahí como un recordatorio. Miré mi reflejo en el agua del río – mi rostro ya no era el mismo, la cicatriz le daba un aire duro, peligroso. Pero en mis ojos grises veía algo que no había visto antes: determinación.
Tal vez no era una luna. Tal vez nunca había sido lo que ellos esperaban que fuera. Pero eso no significaba que no tuviera poder.
Esa noche, mientras todos dormían, me levanté de la cama y salí de la casa. Caminé hasta el borde del territorio de la manada, donde podía ver las estrellas brillando en el cielo. Cerré los ojos y me concentré en lo único que siempre había sabido hacer: esconderme. Sentí cómo mi cuerpo cambiaba, no en forma de loba, sino en algo diferente – mi piel se volvió más oscura, como la noche, mi pelo se mezcló con las sombras, mi olor desapareció por completo.
Era como si me convirtiera en la propia oscuridad.
Sonreí por primera vez desde que había llegado al Rocío Gris. Tal vez no tenía loba interior. Tal vez nunca sería la luna que todos querían. Pero tenía algo que ellos no tenían – un don que nadie entendía, un poder que nadie esperaba.
Y con ese poder, volvería al Bosque de Otoño. No para pedir perdón, ni para ser su luna. Sino para mostrarles que la niña que habían tirado por un acantilado no había muerto tan fácilmente.
A la mañana siguiente, le contaría a Ethan y a Lila la verdad completa. Les contaría sobre Rafael, sobre Carmen, sobre la mentira que había sido mi vida. Porque para vengarme de quienes me habían hecho daño, necesitaría ayuda. Y aunque la manada del Rocío Gris era pequeña, sabía que eran leales. Y que con su ayuda, construiría algo que Rafael y Carmen nunca podrían destruir.
Me desperté antes del amanecer, con la determinación de ayer aún caliente en mi pecho. Me vestí con la ropa que Lila me había prestado – pantalones gruesos de lana y una camisa de algodón que me quedaba un poco grande – y me fui hacia la cocina, donde ya se oía el sonido del fuego encendido.
Ethan estaba allí, sentado frente a la estufa con una taza de té en la mano, mirando las llamas como si le hablaran. Cuando me vio entrar, levantó la cabeza y sonrió suavemente.
– Pensé que no dormirías mucho – dijo, levantándose para prepararme una taza también. – Lila está recogiendo hierbas temprano, dice que la mañana fresca las hace más efectivas.
Me senté en la mesa de madera, acariciando el borde desgastado con los dedos. Había pasado toda la noche pensando cómo contarle la verdad, y aún así no sabía por dónde empezar.
– Tienes algo que decirme – dijo Ethan, colocándome la taza de té delante de mí. No era una pregunta – era una certeza.
Asentí, tomando una larga sorbo para calmar la garganta. El té era amargo, con un toque de miel que lo hacía llevadero.
– Soy Nyx Silverwood – empecé, mirándolo a los ojos. – Hasta hace dos semanas, era la luna del Bosque de Otoño. Estaba casada con Rafael Blackclaw.
Vi cómo sus cejas se fruncieron un poco – sabía que el nombre de Rafael era conocido en todas las manadas, no siempre por buenas razones.
– Nos casamos porque su padre, el alfa Orion, creyó en una profecía – continué, contándole todo desde el principio: cómo llegué a la manada, cómo conocí a Rafael y a Carmen, cómo fue nuestro matrimonio, cómo me enteré de estar embarazada. No me callé nada – ni la mentira de la profecía, ni que Carmen era su mate predestinada, ni el ataque en el acantilado.
Cuando terminé, Ethan estaba muy serio, con las manos entrelazadas sobre la mesa. El fuego de la estufa crujió en el silencio.
– No puedo creer que un alfa haga algo así – dijo finalmente, con voz baja pero firme. – Abandonar a su luna, atacarla así... y encima con el bebé en el vientre. Eso va en contra de todo lo que significa ser un líder.
– Él nunca me vio como su luna – murmuré, mirando mi taza de té como si pudiera encontrar las palabras allí. – Solo como un deber, un obstáculo entre él y Carmen. Y ella... Carmen era mi única amiga. Me enseñó todo sobre el bosque, me ayudó cuando me sentía sola. Nunca imaginé que me traicionaría así.
Ethan se acercó un poco más, colocando una mano sobre la mía.
– La traición de quienes queremos duele más que cualquier herida física – dijo, con una expresión que mostraba que hablaba por experiencia. – Pero tienes que saber algo, Nyx. Rafael no representa a todos los alfas. Hay quienes creen que el deber con la manada va más allá de las mates o las profecías – miró hacia la ventana, donde ya empezaba a salir el sol –. Mi padre me enseñó que un buen líder se preocupa por cada miembro de su manada, sin importar de dónde vengan o qué dones tengan.
Justo en ese momento entró Lila, con un canasto lleno de hierbas verde oscuro. Al ver nuestras caras, entendió que estábamos hablando de algo serio.
– Ya terminé de recoger – dijo, colocando el canasto en la encimera. – ¿Qué pasa?
Ethan le contó lo que yo acababa de decirle, y vi cómo la cara de Lila se tensaba con rabia – no una rabia furiosa, sino una rabia calmada y decidida, como la de alguien que ha visto demasiadas injusticias.
– Ese muchacho se ha dejado llevar por el poder – dijo, sacando algunas hierbas del canasto para ponerlas a secar. – Su padre fue un buen alfa, pero parece que Rafael no aprendió nada de él.
– Quiero volver – dije, y mis palabras sonaron más seguras de lo que me sentía. – No para pedir perdón, ni para tratar de ser su luna de nuevo. Quiero mostrarles que no soy la débil niña que trajeron a la manada hace años. Quiero hacerles pagar por lo que me hicieron, por lo que hicieron con mi bebé.
Ethan se inclinó hacia adelante, mirándome fijamente.
– Y ¿cómo piensas hacerlo? – preguntó. – Rafael tiene toda la manada de su lado, y Carmen ahora es su luna. No podrás enfrentarlos sola.
– Sé que no puedo hacerlo sola – respondí, tomando aire profundo. – Pero tengo algo que ellos no esperan. Mi don – le expliqué cómo podía esconderme completamente, cómo me convertía en sombra, cómo nadie podía verme ni oler me cuando quería. – Puedo entrar y salir del Bosque de Otoño sin que nadie se dé cuenta. Puedo reunir información, descubrir sus debilidades.
Lila frunció el ceño, pensativa.
– Tu don es raro – dijo, acercándose a mí y tomándome la mano para examinarla. – Mi abuela hablaba de gente como tú – llamaba a los "hijos de la noche" – decía que tenían una conexión con la oscuridad, con las sombras. Que podían hacer cosas que los lobos normales no podían.
– ¿Y crees que puedo usar ese don para hacer algo? – pregunté, con esperanza en la voz.
Ethan se puso de pie y empezó a dar vueltas por la cocina, como hacía cuando estaba pensando en algo importante.
– Tienes dos opciones – dijo finalmente, deteniéndose frente a mí. – La primera es irte lejos, empezar una nueva vida en alguna manada que te acepte tal como eres. Olvidarte del Bosque de Otoño y de todo lo que pasó allí.
– No puedo hacer eso – dije inmediatamente. – No puedo dejar que ellos se queden felices mientras yo me escondo. Mi bebé merece que se haga justicia.
Ethan asintió, como esperando esa respuesta.
– La segunda opción es construir algo propio – continuó. – Hay lobos en muchas manadas que no están contentos con cómo se gobierna, que sienten que los dejan de lado. Hay quienes huyen de sus territorios porque no encajan, porque tienen dones diferentes como tú. Podríamos crear una nueva manada – una manada donde no importe si tienes loba interior o no, donde todos sean iguales.
Miré a Lila, quien me sonreía con aprobación.
– Mi abuela siempre dijo que vendría un día en que las viejas reglas ya no sirvieran – dijo. – Un día en que la fuerza no fuera lo único que importaba.
– Pero ¿cómo empezar? – pregunté. – ¿Quién querría unirse a una manada liderada por alguien que no es ni alfa ni tiene loba interior?
Ethan se acercó y me colocó una mano en el hombro.
– Eres más fuerte de lo que crees, Nyx – dijo. – Y tu don es un poder que muchos alfas desearían tener. No necesitas ser un lobo para liderar – miró hacia la puerta, donde se veía el bosque empezando a despertar –. Mañana saldremos hacia el norte. Hay una zona entre los territorios del Rocío Gris y Otoño que está deshabitada. Allí podemos empezar a construir. Y poco a poco, iremos buscando a quienes necesiten un lugar donde pertenecer.
– Y el Bosque de Otoño – pregunté, con voz baja. – ¿Qué hacemos con ellos?
– Ellos se darán cuenta de lo que estamos construyendo – respondió Ethan, con una sonrisa que mostraba seguridad. – Y cuando lo hagan, tendrán que decidir si siguen con sus viejas reglas o si quieren cambiar. Pero hasta entonces, nos concentraremos en construir algo mejor. Algo justo.
Ese día empezó nuestro trabajo. Lila me enseñó más sobre las hierbas – no solo las que curan heridas, sino también las que pueden poner a dormir, las que pueden hacer que alguien pierda el olfato temporalmente, las que pueden usarse para marcar territorios sin dañar el suelo. Ethan me enseñó sobre estrategia, sobre cómo leer los movimientos de otras manadas, sobre cómo encontrar los lugares más seguros para construir nuestras casas.
Y yo... yo les enseñé a mis nuevos amigos cómo moverse por la oscuridad, cómo esconderse cuando era necesario, cómo usar las sombras como aliadas. Descubrí que mi don era más poderoso de lo que creía – podía no solo esconderme a mí misma, sino también a otras personas si me concentraba lo suficiente. Podía hacer que las sombras se movieran como si tuvieran vida propia, podía crear caminos ocultos en medio del bosque.
Pasaron semanas, y poco a poco empezaron a llegar otros lobos a nuestro territorio. Primeros uno, luego dos, luego más – todos con historias similares a la mía, todos que no encajaban en las manadas tradicionales. Había un joven que no podía transformarse completamente, una mujer que podía sentir el futuro en los sueños, un niño pequeño cuyos poderes aún no se habían desarrollado pero que tenía una conexión especial con los animales del bosque.
Los llamamos la Manada de la Sombra – un lugar donde todos eran bienvenidos, donde los dones diferentes eran vistos como fortalezas y no como debilidades. Yo no era la alfa – Ethan seguía liderándonos en eso – pero me dieron un título nuevo: la Guardiana de las Sombras. Mi trabajo era proteger a la manada, espiar los movimientos de otras manadas y asegurarnos de que nadie nos encontrara sin que nosotros quisiéramos.
Un día, mientras patrullaba cerca de los límites del Bosque de Otoño, me escondí entre los árboles para observar. Vi a algunos lobos patrullando – reconocí a unos cuantos, incluso a uno que había sido mi amigo antes de casarme con Rafael. Eran más nerviosos de lo normal, mirando alrededor como si esperaran un ataque.
Y luego vi a Carmen. Estaba caminando por el sendero principal, con el pelo rojizo recogido y un vestido de colores brillantes. Iba acompañada por dos lobos grandes que parecían ser sus guardaespaldas. Vi cómo se tocaba el vientre con ternura, cómo sonreía cuando uno de los guardaespaldas le decía algo.
Ella estaba embarazada.
Sentí cómo una ola de rabia y tristeza me recorría el cuerpo, pero la controlé. No era el momento de actuar – todavía no. Pero sabía que el tiempo llegaría. Sabía que pronto tendría que enfrentarlos, tendría que hacerles ver que la niña que habían tirado por un acantilado ahora tenía un lugar propio, un lugar donde pertenecía.
Me fui silenciosamente por el sendero oculto que había creado, volviendo hacia la Manada de la Sombra. Allí estaban esperándome – Ethan, Lila y todos los demás – con comida caliente y brazos abiertos.
Ese día entendí que no necesitaba ser la luna del Bosque de Otoño. Ya era algo más importante: era parte de algo nuevo, algo que yo misma estaba ayudando a construir. Y cuando el momento llegara, estaría lista para enfrentar a Rafael y a Carmen. Estaría lista para mostrarles que la luna que nunca existió ahora brillaba con su propia luz.
A la semana siguiente, recibimos noticias del Bosque de Otoño: Rafael había anunciado que Carmen esperaba un hijo, que sería el heredero más poderoso de la historia de la manada. Decían que la profecía se había cumplido al fin. Pero yo sabía la verdad – y pronto, todos lo sabrían.