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La Leona Renacida

La Leona Renacida

Autor: : Sisi Qingwang
Género: Romance
El acero helado en mi costado, la sonrisa de Sofía susurrando "todo es mío", y luego, la oscuridad. Así terminó mi vida anterior, la de Isabela Montoya, legítima heredera. Pero al abrir los ojos, el sol andaluz me cegó. Estaba viva. Era el día de mi fiesta de presentación, la misma celebración que precedió a mi muerte, y allí estaban todos: mi prometido Alejandro, mi hermano Mateo y, a su lado, Sofía, usurpando mi lugar. Intenté desenmascararlos, pero me tildaron de loca. Alejandro me abofeteó. Javier, quien me apuñaló, ahora me atacaba de nuevo. Ricardo, el abogado de la familia, se alió con ellos, y mi tía Elena se quebró. Caí sujeta, mis manos destrozadas por una barra de hierro, Sofía ordenando que me marcaran el rostro con un hierro candente. El pánico me invadió. ¿Sería destruida de nuevo por los mismos que amaba, mientras mi madre yacía en coma? Una desesperación fría y afilada me invadía. Pero en ese abismo de dolor, mi plan desesperado se materializó. Justo cuando el hierro candente se acercaba a mi piel, una voz poderosa resonó, helando la sangre de todos: "¿QUIÉN SE ATREVE A TOCAR A UNA MONTOYA?". Era ella. Carmen "La Leona" Montoya. Mi madre, despertando para purgar la traición.

Introducción

El acero helado en mi costado, la sonrisa de Sofía susurrando "todo es mío", y luego, la oscuridad. Así terminó mi vida anterior, la de Isabela Montoya, legítima heredera.

Pero al abrir los ojos, el sol andaluz me cegó. Estaba viva. Era el día de mi fiesta de presentación, la misma celebración que precedió a mi muerte, y allí estaban todos: mi prometido Alejandro, mi hermano Mateo y, a su lado, Sofía, usurpando mi lugar.

Intenté desenmascararlos, pero me tildaron de loca. Alejandro me abofeteó. Javier, quien me apuñaló, ahora me atacaba de nuevo. Ricardo, el abogado de la familia, se alió con ellos, y mi tía Elena se quebró. Caí sujeta, mis manos destrozadas por una barra de hierro, Sofía ordenando que me marcaran el rostro con un hierro candente.

El pánico me invadió. ¿Sería destruida de nuevo por los mismos que amaba, mientras mi madre yacía en coma? Una desesperación fría y afilada me invadía.

Pero en ese abismo de dolor, mi plan desesperado se materializó. Justo cuando el hierro candente se acercaba a mi piel, una voz poderosa resonó, helando la sangre de todos: "¿QUIÉN SE ATREVE A TOCAR A UNA MONTOYA?". Era ella. Carmen "La Leona" Montoya. Mi madre, despertando para purgar la traición.

Capítulo 1

El olor a jazmín y tierra mojada me golpeó primero, luego el murmullo de voces y el rasgueo de una guitarra española.

Abrí los ojos.

El sol de Andalucía me cegó por un instante, un sol que no debería poder sentir.

Estaba muerta.

Lo recordaba. Recordaba el frío del acero en mi costado, la cara de Javier, mi guardaespaldas, contorsionada por una obsesión que nunca entendí.

Recordaba la sonrisa triunfante de Sofía mientras se inclinaba sobre mí.

"Ahora todo es mío, Isabela", susurró.

Luego, la oscuridad.

Pero ahora estaba aquí, de pie en el patio principal de la Finca Montoya, viva.

Llevaba un simple vestido de lino, no el traje de amazona con el que me asesinaron.

A mi alrededor, los invitados a la Fiesta de la Presentación bebían y reían. Era el día en que iba a ser nombrada heredera oficial del clan Montoya. El día en que morí.

Mi mirada recorrió la multitud hasta que la encontré.

Sofía.

Estaba en el centro de todo, radiante. Llevaba mi vestido, el que mi madre, Carmen "La Leona" Montoya, había mandado a hacer para mí. Un diseño blanco, bordado con el hierro de nuestra familia en hilo de oro.

A su lado, mi prometido, Alejandro, le sostenía la mano, mirándola con una devoción que nunca me había mostrado a mí.

Mi "hermano" adoptivo, Mateo, estaba a su otro lado, con una mano protectora en su hombro.

Y allí, cerca, con la mirada fija y vigilante, estaba Javier, mi guardaespaldas, el hombre que me había matado.

Un sudor frío recorrió mi espalda. No era un sueño. Había renacido.

Había vuelto al principio del fin.

Sofía, la hija de nuestra antigua ama de llaves, la niña que creció a mi sombra, estaba a punto de robarme la vida por segunda vez.

"¿Isabela? ¿Qué haces aquí fuera? Deberías estar descansando".

La voz de Mateo, falsamente preocupada, me sacó de mi estupor.

Se acercó, bloqueando mi vista de Sofía.

"Estás pálida. La enfermedad te está afectando mucho. Vuelve a tu cuarto".

"¿Enfermedad?", pregunté, mi voz era un susurro ronco.

"Sí", intervino Alejandro, acercándose con una mirada de fastidio. "Tu mente... no está bien. Lo sabemos todos. Por eso Sofía, tu prima lejana, asumirá tus responsabilidades".

Me reí. Una risa seca y amarga que hizo que varias cabezas se giraran hacia nosotros.

"¿Sofía? ¿Mi prima? ¿'Sofía Isabela Montoya'?", dije, escupiendo el nombre que ella había robado. "Esa mujer no es nadie. Es la hija de una sirvienta ladrona".

El rostro de Alejandro se ensombreció.

"¡Cállate!", siseó.

"¿O qué?", lo desafié, dando un paso adelante. "Tú, el heredero de una familia en ruinas que necesita la fortuna de mi madre para sobrevivir. ¿Tú me vas a callar?".

La mano de Alejandro voló por el aire.

El sonido de la bofetada resonó en el patio, acallando la música y las conversaciones.

Mi mejilla ardía, pero no aparté la mirada. En mi vida anterior, esa bofetada me había humillado, me había hecho llorar.

Ahora, solo encendía el fuego de mi venganza.

"Qué valiente", dije, saboreando la sangre en mi labio. "Golpear a la mujer que iba a salvar tu patético apellido".

Vi el pánico en sus ojos, la furia en los de Mateo.

"Está loca", dijo Mateo a los invitados que nos rodeaban. "Completamente fuera de sí. No sabe lo que dice".

"Sé exactamente lo que digo", declaré, mi voz ahora fuerte y clara. "Yo soy Isabela Montoya, única heredera de este clan. Y esa mujer", señalé a Sofía, que me miraba con una mezcla de miedo y odio, "es una impostora".

El caos estalló.

Capítulo 2

Los invitados murmuraban, sus miradas iban de mí a Sofía, confundidos.

La cara de Sofía estaba pálida, pero se recuperó rápidamente, aferrándose al brazo de Alejandro.

"Isabela, por favor", dijo con voz temblorosa, lágrimas brotando de sus ojos. "Sé que estás enferma, que me odias por tener que tomar tu lugar, pero es por el bien de la familia".

Era una actriz consumada. Siempre lo fue.

Con su belleza delicada y su aire de fragilidad, había engañado a todos. A mi prometido, a mi hermano, a mi guardaespaldas.

Los tres hombres que debían protegerme.

"No te atrevas a decir mi nombre", le advertí, avanzando hacia ella.

Alejandro se interpuso. "¡Ya basta! ¡Guardias!".

Pero Javier ya se estaba moviendo. Mi protector de la infancia, el gitano al que mi familia le dio un hogar, el hombre al que yo había confiado mi vida.

Se acercó a mí, su rostro una máscara de fría determinación.

"Señorita Isabela, por favor, no haga esto más difícil", dijo, su voz desprovista de toda la calidez que una vez tuvo.

"Javier", dije, mirándolo directamente a los ojos. "¿Tú también? ¿Después de todo lo que mi madre hizo por ti?".

Una sombra de duda cruzó su rostro, pero desapareció tan rápido como llegó.

"Mi lealtad está con la heredera de los Montoya", respondió, y su mirada se desvió hacia Sofía por una fracción de segundo.

Obsesión. Eso era lo que veía en sus ojos. La misma obsesión que lo llevó a apuñalarme en mi vida anterior. Sofía lo tenía completamente bajo su control.

"Entonces demuéstralo", lo reté.

Vi la confusión en su cara.

"Atácame", le ordené. "Si de verdad crees que esa impostora es la heredera, entonces yo soy una amenaza. Elimíname".

Mateo pareció alarmado. "Isabela, ¡detente! Javier, no le hagas caso".

Pero yo sabía cómo funcionaba Javier. Su lealtad era un código, y su orgullo, su mayor debilidad. Desafiarlo frente a todos era algo que no podía ignorar.

"Hazlo", insistí, mi voz era hielo.

Javier sacó la navaja que siempre llevaba, la misma con la que...

No. Esta vez sería diferente.

Se lanzó hacia mí. Era rápido, letal. En mi vida anterior, me habría quedado paralizada por el miedo y la traición.

Esta vez, estaba preparada.

En el último segundo, cuando su brazo se extendía para agarrarme, me agaché, giré sobre mis talones y golpeé un punto de presión en su muñeca con la precisión de un cirujano. Un movimiento que mi madre me enseñó, parte del estilo secreto de lucha de los Montoya, tan antiguo como la doma vaquera.

La navaja cayó al suelo con un tintineo metálico.

Javier me miró, atónito.

No le di tiempo a reaccionar.

Con un movimiento fluido, me deslicé detrás de él, agarré su cinturón y tiré con todas mis fuerzas, usando su propio impulso en su contra.

Cayó de espaldas, el aire escapando de sus pulmones con un fuerte sonido.

Aterricé sobre él, con mi rodilla en su pecho y mi mano en su garganta.

El patio estaba en un silencio sepulcral. Todos me miraban con los ojos muy abiertos. El prometido débil, el hermano envidioso, la usurpadora asustada.

Y los invitados, testigos de algo que no entendían.

"Nadie", dije, mi voz resonando en el silencio, "vuelve a ponerme una mano encima".

Me levanté lentamente, sin apartar la vista de los tres traidores.

"Ahora", continué, dirigiéndome a la multitud. "¿Alguien más duda de quién soy?".

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