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La Libertad: Mejor Recompensa

La Libertad: Mejor Recompensa

Autor: : SoulCharger
Género: Urban romance
El perfume barato del aeropuerto de la Ciudad de México nunca me había parecido tan sofocante. Pero esa tarde, para Elena Rojas, el aire estaba denso con el nauseabundo olor a traición. Ahí estaba él, Diego Vargas, el hombre con el que había construido mi imperio cinematográfico, descendiendo del avión como un dios, con esa sonrisa que antes era solo mía. Ahora, esa sonrisa cínica era para ella, Sofía del Castillo, la actriz "revelación" del momento, una chiquilla cuya juventud insultaba mi existencia. Los flashes estallaron, los reporteros se arremolinaron como moscas sobre la mierda, y él, mi Diego, el que conocía cada uno de mis sueños, la presentó como su "futura esposa y la estrella de mi próxima gran película". ¿Futura esposa? Mi mundo se detuvo, el ruido se desvaneció, dejando solo el eco de esas dos palabras. Años de trabajo, de construir una productora desde cero, de ser su ancla en cada tormenta, reducidos a esto: ser reemplazada por una cara bonita y un cuerpo joven. Pero lo peor no fue la humillación pública, sino la burla constante de Sofía en las juntas. "Necesita una visión más... global, ¿saben?" o "el vestuario es un poco... localista" . ¡Estaba intentando desmantelar todo lo que mi equipo y yo habíamos construido! Sentí la ira burbujear, una sensación que me quemaba por dentro, ¿cómo se atrevía? Mis mujeres, Carmen "La Curiosa" , Luisa "La Lince" y Rosa "La Rebelde" , también ardían de indignación, y esa lealtad fue mi bálsamo. Esa niña no era una artista; era un fraude, una mentira andante, eso ya no era solo una traición personal, era una guerra, y Elena "La Leona" nunca rehuía una pelea. Es hora de que Diego recuerde por qué nunca se debe subestimar a una leona.

Introducción

El perfume barato del aeropuerto de la Ciudad de México nunca me había parecido tan sofocante.

Pero esa tarde, para Elena Rojas, el aire estaba denso con el nauseabundo olor a traición.

Ahí estaba él, Diego Vargas, el hombre con el que había construido mi imperio cinematográfico, descendiendo del avión como un dios, con esa sonrisa que antes era solo mía.

Ahora, esa sonrisa cínica era para ella, Sofía del Castillo, la actriz "revelación" del momento, una chiquilla cuya juventud insultaba mi existencia.

Los flashes estallaron, los reporteros se arremolinaron como moscas sobre la mierda, y él, mi Diego, el que conocía cada uno de mis sueños, la presentó como su "futura esposa y la estrella de mi próxima gran película".

¿Futura esposa?

Mi mundo se detuvo, el ruido se desvaneció, dejando solo el eco de esas dos palabras.

Años de trabajo, de construir una productora desde cero, de ser su ancla en cada tormenta, reducidos a esto: ser reemplazada por una cara bonita y un cuerpo joven.

Pero lo peor no fue la humillación pública, sino la burla constante de Sofía en las juntas.

"Necesita una visión más... global, ¿saben?" o "el vestuario es un poco... localista" .

¡Estaba intentando desmantelar todo lo que mi equipo y yo habíamos construido!

Sentí la ira burbujear, una sensación que me quemaba por dentro, ¿cómo se atrevía?

Mis mujeres, Carmen "La Curiosa" , Luisa "La Lince" y Rosa "La Rebelde" , también ardían de indignación, y esa lealtad fue mi bálsamo.

Esa niña no era una artista; era un fraude, una mentira andante, eso ya no era solo una traición personal, era una guerra, y Elena "La Leona" nunca rehuía una pelea.

Es hora de que Diego recuerde por qué nunca se debe subestimar a una leona.

Capítulo 1

El aire del aeropuerto se sentía pesado, cargado con el perfume barato de las tiendas libres de impuestos y la ansiedad de las despedidas, pero esa tarde, para Elena Rojas, olía a traición.

Diego Vargas bajó del avión como si descendiera del Olimpo, con sus lentes de sol de diseñador y esa sonrisa que antes le pertenecía solo a ella, ahora, esa sonrisa era para la mujer que colgaba de su brazo.

Sofía del Castillo, la actriz "revelación" del momento, una chica cuya juventud era casi un insulto, caminaba a su lado con una seguridad que no se había ganado.

Los flashes de las cámaras estallaron, los reporteros se arremolinaron como moscas sobre la miel, gritando preguntas que a Elena le sonaban como un eco lejano.

"¡Diego! ¡Unas palabras sobre el premio!"

"¡Sofía! ¿Es cierto que serás la nueva protagonista?"

Diego levantó una mano, pidiendo silencio con la autoridad de un rey, su voz resonó en el terminal.

"Gracias a todos por venir, sí, hemos traído un premio para México, pero el verdadero premio lo traje a mi lado."

Miró a Sofía con una devoción que Elena no había visto en años, una devoción que le revolvió el estómago.

"Les presento a Sofía del Castillo, mi futura esposa y la estrella de mi próxima gran película."

El mundo de Elena se detuvo por un segundo, el ruido se desvaneció, solo quedó el zumbido de esas dos palabras: futura esposa.

Años de trabajo, de construir una productora desde cero, de apoyarlo en cada fracaso y celebrar cada victoria, todo se reducía a ese momento, a ser reemplazada por una cara nueva y un cuerpo joven.

Elena, parada a unos metros de distancia, mantuvo la compostura, su rostro era una máscara de profesionalismo, asintió con una dignidad que le costó cada fibra de su ser, mientras sentía cómo los cimientos de su vida se agrietaban.

El equipo de producción, su equipo, compuesto casi en su totalidad por mujeres que ella misma había reclutado, formado y empoderado, no fue tan discreto.

Carmen "La Curiosa" García, la genio del vestuario, apretó los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos.

Luisa "La Lince" Hernández, la jefa de fotografía cuyo ojo clínico captaba la verdad que las palabras escondían, bajó la cámara y miró a Diego con un desprecio helado.

Rosa "La Rebelde" Pérez, la guionista con la pluma más afilada de la industria, simplemente negó con la cabeza, una mueca de asco en sus labios.

Ellas eran su verdadera familia, y su indignación era un bálsamo para la herida abierta de Elena.

Más tarde, en la primera junta de pre-producción, la tensión se podía cortar con un cuchillo.

Sofía llegó tarde, con un café carísimo en la mano y una actitud de superioridad que llenó la sala.

"Bueno, estuve revisando el guion de Rosa," dijo, dejando caer el libreto sobre la mesa con desdén, "y creo que necesita una visión más... global, ¿saben? Algo más moderno, he estado en festivales internacionales, sé lo que busca el mercado ahora."

Se dirigió a Carmen.

"Y el vestuario, querida, es un poco... localista, necesitamos algo con más clase, más europeo."

Luego se giró hacia Luisa.

"Tu fotografía es buena, muy técnica, pero le falta alma, le falta esa crudeza que solo se aprende en las grandes capitales del arte."

Cada palabra era un ataque directo, un intento de desmantelar el trabajo y la reputación de mujeres que llevaban años demostrando su valía, Sofía no estaba criticando, estaba marcando territorio, intentando humillarlas para establecer su propia autoridad inexistente.

Elena escuchaba en silencio, observando, analizando.

No veía a una artista, veía a una niña asustada, recitando líneas que probablemente Diego le había enseñado, usando palabras como "global" y "moderno" como escudos para ocultar su propia inseguridad y su falta de conocimiento real.

Sofía era un producto, uno muy bien empaquetado, pero hueco por dentro.

Mientras Sofía seguía con su monólogo sobre su "visión artística", Elena sintió una punzada de duda, no sobre su equipo, sino sobre Sofía.

Había algo en su historia que no cuadraba, afirmaba haber estudiado en las mejores escuelas de Nueva York y Londres, pero su conocimiento técnico era superficial, sus referencias culturales eran clichés sacados de revistas.

¿Quién era realmente Sofía del Castillo?

La pregunta quedó flotando en el aire de la sala, una pregunta que Elena se prometió a sí misma responder.

Esto ya no era solo una traición personal, se estaba convirtiendo en una batalla profesional, y Elena, "La Leona", nunca había rehuido una pelea.

Capítulo 2

La noticia corrió como pólvora por los pasillos de la industria cinematográfica mexicana, en los cafés donde se cierran tratos y en los grupos de WhatsApp donde se destruyen reputaciones, todos hablaban de lo mismo.

Diego Vargas, el gran director, había cambiado a Elena Rojas, su socia y compañera de toda la vida, por una actriz novata.

Los teléfonos de Elena no dejaban de sonar, amigos, colegas, incluso rivales, llamaban para ofrecer condolencias, para saber el chisme, para medir el terreno.

Elena respondía a todos con la misma calma y cortesía, agradeciendo la preocupación, pero sin dar detalles.

Esa noche, su verdadero círculo de confianza se reunió en su departamento, el lugar que antes compartía con Diego y que ahora se sentía extrañamente vacío y grande.

Carmen llegó con una botella de tequila del bueno, Luisa trajo quesadillas caseras y Rosa una pila de películas clásicas.

No era una fiesta de lástima, era un consejo de guerra.

"Ese infeliz," dijo Carmen mientras servía el tequila, "después de todo lo que hiciste por él, de cómo lo levantaste cuando nadie creía en sus proyectos locos."

"Y la otra," añadió Luisa, mordiendo una quesadilla con furia, "esa niña insolente, hablando de 'visión global' como si nosotras hubiéramos aprendido a hacer cine ayer, no tiene idea de lo que es la 'chamba' de verdad."

Rosa, siempre la más directa, miró a Elena a los ojos.

"Estamos contigo, jefa, hasta el final, solo dinos qué hacer, si quieres que le reescriba el guion para que su personaje sea mudo, lo hago."

Una pequeña sonrisa se dibujó en el rostro de Elena por primera vez en todo el día.

Sintió una ola de calor en el pecho, un calor que no venía del tequila, era la lealtad, la sororidad, el saber que no estaba sola.

Levantó su caballito.

"Tranquilas," dijo, su voz firme, "no se preocupen por mí, y mucho menos por ellos."

Bebió el tequila de un trago, sintiendo cómo el fuego le recorría la garganta.

"Diego está ciego, cegado por la novedad y por su propio ego, y Sofía... Sofía es un fraude."

Carmen, Luisa y Rosa la miraron, sorprendidas.

"¿Un fraude?", preguntó Carmen.

"Sí," confirmó Elena, "toda su historia, sus estudios en el extranjero, su experiencia... es mentira, he estado haciendo algunas llamadas."

Dejó que la información se asentara.

"No vamos a pelear en su terreno, no vamos a caer en provocaciones, vamos a dejar que ellos mismos se destruyan, y mientras tanto, nosotras vamos a trabajar."

La mañana siguiente, el plan silencioso comenzó a ejecutarse.

Sofía llegó al set con aires de directora, intentando dar órdenes sobre la disposición de las luces.

"No, no, así no," dijo con impaciencia a un técnico, "quiero una luz más... cinematográfica."

El técnico, un hombre curtido con veinte años en el oficio, la miró sin entender.

"¿Señorita, me puede decir si quiere un fresnel, un kino flo, un HMI? ¿Qué temperatura de color busca? ¿Quiere difusión o un haz directo?"

Sofía se quedó en blanco, su vocabulario "global" no incluía términos técnicos reales.

Se sonrojó y balbuceó algo sobre "sentimiento" y "emoción", el técnico simplemente se encogió de hombros y miró a Luisa, quien con un gesto sutil de la cabeza le indicó exactamente qué hacer.

El resto del equipo siguió el ejemplo, cada vez que Sofía intentaba imponer su autoridad, se encontraba con un muro de profesionalismo y preguntas técnicas que no podía responder.

Le pedían especificaciones que desconocía, le hablaban en la jerga del set que nunca había aprendido, la ignoraban cortésmente, volviendo siempre a los líderes de departamento que Elena había formado, a Carmen para el vestuario, a Luisa para la fotografía, a Rosa para cualquier duda sobre el guion.

Sofía se sentía como una extraña en su propia película, su poder era una ilusión, y la frustración comenzaba a hervir debajo de su fachada de superioridad.

Esa tarde, en el santuario del departamento de Elena, el equipo se reunió de nuevo.

La atmósfera era diferente, había una chispa de emoción en el aire.

"Funcionó," dijo Luisa con una sonrisa maliciosa, "la dejamos hablando sola todo el día, creo que en un momento estuvo a punto de llorar."

"Y mi primo el abogado ya tiene algo," anunció Rosa, sacando unos papeles de su mochila, "los contratos de la productora, Elena, los redactaste de una manera brillante, cada inversión, cada activo, cada pieza de equipo que se compró con el dinero que tú conseguiste... legalmente, está a tu nombre."

Carmen añadió, "Y mi contacto en la agencia de talentos me confirmó lo de Sofía, nunca estudió en Nueva York, la expulsaron de una escuela de actuación de medio pelo en Los Ángeles por plagio, su nombre real ni siquiera es Sofía del Castillo."

La revelación cayó en la habitación como una bomba.

Elena asintió lentamente, las piezas del rompecabezas encajaban.

No solo estaban lidiando con una traidora y una arribista, estaban lidiando con una mentirosa profesional.

"Bien," dijo Elena, su voz tranquila pero cortante como el acero, "entonces, el juego ha cambiado, es hora de que empecemos a trabajar en nuestro propio proyecto."

Sacó un guion de un cajón, uno que había estado guardando para el momento adecuado.

"Se llama 'La Jaula de Oro'," dijo, "y es la historia de una mujer que lo pierde todo, solo para descubrir que la libertad era su verdadero premio."

Las tres mujeres la miraron, sus ojos brillando de emoción y determinación.

La rebelión había comenzado.

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