POV: Valentina
El despertador sonó a las cinco y media de la mañana, como todos los días. Lo odiaba con toda mi alma, pero no podía quedarme en la cama ni un minuto más. Mi madre necesitaba su medicina a las siete en punto, y si llegaba tarde al trabajo otra vez, me descontarían el bono de puntualidad. Ese bono era la única razón por la que podía comprar comida al final del mes.
Abrí los ojos y miré el techo de mi habitación. La pintura se estaba cayendo en una esquina, justo encima de mi cabeza, y llevaba tres meses prometiéndome que la arreglaría. Pero entre el trabajo, cuidar a mamá y dormir lo poco que podía, no había tenido tiempo. Además, arreglar eso costaba dinero, y el dinero era justo lo que no me sobraba.
Me levanté despacio, sintiendo el frío del piso en mis pies. Las baldosas estaban rotas en algunas partes y mi pie izquierdo siempre encontraba la misma grieta todas las mañanas. Me vestí rápido, con la misma ropa de siempre: unos pantalones negros que ya tenían la tela brillante de tanto uso y una blusa blanca que había comprado hacía tres años en una liquidación. Me miré al espejo y vi a una mujer de veintiocho años que aparentaba cuarenta. Ojeras profundas, piel pálida, el pelo recogido en una coleta porque no tenía tiempo para peinarlo bien.
Sonreír era un lujo que no me podía permitir.
Antes de salir de mi cuarto, revisé mi teléfono. Cuatro mensajes del banco recordándome que la deuda de la tarjeta de crédito seguía ahí. Dos mensajes de la farmacia confirmando que la medicina de mamá estaba lista para recoger. Y un mensaje de mi jefe que decía: -Espero que hoy no llegues tarde. Otra vez.
Suspiré y guardé el teléfono en el bolsillo. Ojalá pudiera borrar ese mensaje de mi mente, pero siempre me quedaba dando vueltas en la cabeza todo el día.
Fui a la habitación de mi madre y la encontré despierta, como siempre. Se sentaba en la cama todas las mañanas esperando que yo entrara con su medicina. Tenía sesenta y dos años, pero parecía mucho mayor desde que empezó con los problemas del corazón. Su pelo estaba completamente blanco y sus manos temblaban un poco cuando me vio entrar.
-Buenos días, mija -dijo con una sonrisa débil.
-Buenos días, mamá. ¿Dormiste bien?
-Regular, como siempre. No te preocupes por mí. Anda a trabajar, no vayas a llegar tarde.
Le di su medicina con un vaso de agua y la ayudé a incorporarse un poco en la cama. Le había comprado esas pastillas que supuestamente la ayudarían a estar mejor, pero cada mes subían de precio. La primera vez costaban treinta mil pesos. Ahora costaban casi el doble. Y yo no podía dejar de comprarlas porque si lo hacía, mi madre se ponía peor.
-Mamá, hoy llego un poco más tarde. Tengo que pasar a la farmacia antes del trabajo, así que no te preocupes si no estoy a la hora de siempre.
Ella asintió y me tomó la mano. Sus dedos estaban fríos.
-Hija, no trabajes tanto. Te estás matando por mí.
-No digas eso, mamá. Yo estoy bien.
Mentía, y ella lo sabía. Pero las dos sabíamos que era mejor no hablar de eso. Le di un beso en la frente y salí corriendo. Eran las seis y cuarto y el autobús pasaba a las seis y media. Si lo perdía, el siguiente era veinte minutos después y llegaría tarde sí o sí.
Salí del edificio y respiré el aire contaminado de la calle. Vivíamos en un barrio humilde, de esos donde las aceras están rotas y los perros callejeros pelean por la comida en las esquinas. Mis vecinos ya me conocían. La señora Gómez siempre estaba barriendo su puerta a esa hora y me saludaba con la mano.
-¡Vas tarde otra vez, mija! -me gritó.
-Ya sé, doña Gómez, ya sé.
Corrí a la parada del autobús y llegué justo cuando el bus doblaba la esquina. Subí, pagué el pasaje y me acomodé en un asiento cerca de la ventana. El bus estaba lleno de gente con cara de sueño, como yo. Todos íbamos a trabajar en empleos que odiábamos para pagar cuentas que nunca terminaban.
Saqué mi teléfono y revisé mi cuenta bancaria. No sé por qué lo hacía, si siempre veía lo mismo: menos de cien mil pesos hasta el próximo pago. Eso tenía que durarme dos semanas para comida, transporte, las medicinas de mamá y un montón de otras cosas que siempre aparecían. Como cuando se dañó la nevera el mes pasado. O como cuando el techo empezó a gotear y tuve que pagarle a un vecino para que lo tapara.
Mi vida era una lista interminable de gastos.
El viaje en bus duraba cuarenta y cinco minutos si no había tráfico. Casi siempre había tráfico. Me pasaba ese tiempo mirando por la ventana, viendo pasar la ciudad sin realmente verla. La gente en sus carros, los edificios, los semáforos. Todo pasaba rápido mientras yo iba ahí, apretada entre un señor que olía a cigarrillo y una señora que hablaba por teléfono bien duro de sus problemas con el esposo.
Llegué a la estación y caminé rápido las dos cuadras hasta la oficina. Era un edificio gris, de esos que no tienen nada especial. Trabajaba en una empresa de contabilidad que llevaba el nombre de un señor que ni siquiera conocía. Mi puesto era el más bajo de todos: asistente de contadores. Eso significaba que hacía el trabajo que nadie más quería hacer.
Entré al edificio, marqué mi tarjeta y vi la hora. Siete y cincuenta y ocho. Dos minutos antes de la hora límite. Lo logré por poco.
Subí al tercer piso en un ascensor que siempre olía a café viejo y me senté en mi escritorio. Era un cubículo pequeño, con una silla que ya no tenía ajuste de altura y una computadora que tardaba cinco minutos en encender. Puse mi bolso en el cajón de abajo, encendí la pantalla y esperé.
A mi lado estaba Patricia, la única persona en la oficina con la que hablaba de verdad. Tendría unos cincuenta años, era gorda y siempre tenía un chisme nuevo que contar. Cuando me vio llegar, se inclinó hacia mi lado.
-Valentina, ¿viste el correo que mandaron anoche?
-No, Paty. Apenas estoy prendiendo esto.
-Pues el jefe está furioso. Algo pasó con los reportes del cliente grande y dice que todos tenemos que quedarnos hasta tarde hasta arreglarlo.
Cerré los ojos un momento. Quedarme hasta tarde significaba llegar a mi casa después de las nueve de la noche. Significaba que mi madre estaría sola todo el día, que no podría darle su medicina de la noche a tiempo. Significaba menos horas de sueño y más estrés.
-¿Y no podemos hacerlo rápido? -pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
-Tú sabes cómo es esto. El cliente grande siempre es un problema.
Tenía razón. El cliente grande era una empresa que nos pagaba un montón de plata y por eso el jefe les aceptaba todo. Si ellos querían cambios a última hora, nosotros trabajábamos hasta tarde. Si ellos cometían un error, nosotros lo arreglábamos sin cobrarles más. Era así de simple.
A las ocho y media llegó mi jefe. Se llamaba Roberto y era un hombre delgado, de unos cuarenta años, que siempre parecía estar enojado. Caminaba rápido por la oficina con una carpeta en la mano y cuando llegó a mi escritorio, me miró con esa cara que ya conocía bien.
-Valentina, necesito que revises estos números otra vez. El cliente dice que hay errores en la última factura.
-Señor Roberto, yo revisé esos números tres veces. Están bien.
-Pues revísalos otra vez. El cliente paga, el cliente tiene la razón. Así funciona esto.
Tomé la carpeta sin decir nada. ¿Para qué iba a discutir? Él nunca me escuchaba. Nadie me escuchaba. Yo era la asistente, la que hacía el trabajo sucio, la que estaba ahí para recibir órdenes y no para opinar.
Pasé las siguientes horas mirando números en una pantalla. Sumando, restando, verificando, corrigiendo. A las doce, Patricia me tocó el hombro.
-¿Vamos a almorzar?
-No, traje comida.
-¿Otra vez? Vamos, un día no te va a matar.
-No tengo plata, Paty. De verdad.
Ella me miró con pena, de esas penas que no quieres que la gente sienta por ti. Asintió y se fue con otros compañeros. Yo saqué mi fiambrera del bolso. Adentro había arroz con un poco de pollo que había cocinado el domingo. Era la misma comida de ayer y de antier, pero seguía siendo comida. No podía quejarme.
Mientras comía, revisé mi teléfono. Mi mamá me había mandado un mensaje: -Ya tomé la medicina. No te preocupes. Te quiero.
Sonreí un poco, pero me duró poco. Inmediatamente después vi un mensaje del banco: recordatorio de pago. La deuda de la tarjeta no bajaba nunca, porque solo podía pagar el mínimo cada mes. Los intereses crecían y crecían y yo sentía que estaba nadando contra una corriente que siempre me ganaba.
La tarde fue larga. A las seis, la mayoría de la gente empezó a irse, pero yo seguí en mi escritorio. Roberto había dicho que todos debían quedarse, pero "todos" significaba los de abajo. Los jefes se fueron a las siete.
A las ocho de la noche, mis ojos ya no podían más. Había revisado los mismos números tantas veces que ya los veía hasta cuando cerraba los párpados. Patricia se acercó con una taza de café.
-Toma, te hace falta.
-Gracias, Paty. ¿Tú ya te vas?
-Sí, ya terminé lo mío. ¿Tú cuánto te vas a demorar?
-No sé. Todavía falta.
Ella me puso la mano en el hombro.
-Eres muy joven para vivir así, Valentina. Deberías buscar algo mejor.
-¿Como qué, Paty? ¿Qué voy a hacer? Si dejo este trabajo, no tengo otro. Y sin trabajo, mi mamá no tiene medicina.
Ella suspiró y se fue. Me quedé sola en la oficina con dos personas más que estaban en sus cubículos, tan cansadas como yo.
A las nueve y media, por fin terminé. Guardé mis cosas, apagué la computadora y bajé en el ascensor vacío. La calle estaba oscura y el frío de la noche me golpeó la cara. Caminé rápido a la parada del bus, pero cuando llegué, vi que el último ya había pasado.
Claro. El último pasaba a las nueve. Yo siempre lo perdía cuando me tocaba quedarme hasta tarde.
Saqué mi teléfono para pedir un taxi, pero cuando vi lo que costaba, casi lloro. Eso era lo que gastaba en comida para tres días. Pero no podía quedarme en la calle tampoco. Pedí el taxi y esperé.
Llegué a mi casa a las diez y media. Todo estaba oscuro, excepto la luz de la habitación de mi mamá. Entré despacio y la vi dormida en su cama, con el televisor encendido en un canal de novelas. Apagué el televisor, le subí las cobijas y le di un beso en la frente.
-Lo siento, mamá -susurré-. Llegué tarde otra vez.
Ella no respondió. Dormía profundo, y eso era bueno. Significaba que no había tenido problemas.
Fui a mi habitación, me cambié y me acosté en la cama. Eran las once de la noche. En seis horas, el despertador volvería a sonar. En seis horas, empezaría todo otra vez.
Miré el techo, la grieta que seguía ahí esperando a que la arreglara. Cerré los ojos y pensé en el mensaje de Paty: -Eres muy joven para vivir así.
Pero no había otra opción. Mi mamá me necesitaba. Yo era todo lo que ella tenía. Así que me levantaba cada mañana, trabajaba cada día, pagaba cada cuenta y seguía adelante. Sin quejarme, sin rendirme, sin esperar que nada cambiara.
Porque en mi experiencia, las cosas nunca cambiaban para bien.
Mañana sería lo mismo. Y pasado mañana también. Y así hasta que no sé cuándo.
Pero bueno, al menos hoy logré que mi mamá tuviera su medicina. Al menos hoy pagamos el arriendo. Al menos hoy sobrevivimos.
Eso tenía que ser suficiente.
Por ahora.
POV: Valentina
El lunes llegó más rápido de lo que esperaba. Los fines de semana nunca eran suficientes para descansar, pero al menos había podido dormir hasta las siete el sábado y el domingo. Eso contaba como un lujo en mi vida.
Llegué a la oficina a las ocho menos diez, justo a tiempo. Me senté en mi cubículo, encendí la computadora y esperé a que cargara el sistema. Ese era el momento del día que más odiaba, esos cinco minutos en los que no podía hacer nada más que mirar la pantalla y esperar.
Patricia llegó media hora después, como siempre. Venía con un café enorme en la mano y una expresión en la cara que ya conocía bien. Tenía chisme nuevo.
-Buenos días, Valentina. ¿Cómo estuvo tu fin de semana? -preguntó mientras dejaba su bolso en el escritorio.
-Normal, Paty. Lavé ropa, limpié la casa, cuidé a mi mamá. Lo de siempre.
-Ay, mija, tienes que salir más. Eres muy joven para vivir como una señora de sesenta años.
Sonreí sin ganas. No valía la pena explicarle que salir costaba plata y que la plata no me sobraba. Cambié de tema.
-¿Y tú? ¿Hiciste algo divertido?
-Mi hijo me llevó a comer el sábado. Fuimos a ese lugar nuevo de comida mexicana que abrieron cerca del centro. Carísimo, pero rico.
Mientras Patricia hablaba de su fin de semana, yo revisaba mi correo. Veinte mensajes nuevos, casi todos sin importancia. Correos internos de la empresa, recordatorios de reuniones, actualizaciones del sistema. Borré la mayoría sin abrirlos.
Entonces vi uno que me llamó la atención.
El asunto decía: "Oferta de trabajo: Asistente personal". Normalmente borraba ese tipo de correos porque no estaba buscando trabajo, pero algo me hizo detenerme. El remitente era una empresa que no conocía: "Luna Corp" se llamaba.
Hice clic para abrirlo.
"Se busca asistente personal para ejecutivo de alto nivel. Horario flexible. Buen salario. Debe tolerar lunas llenas y mal genio. Interesadas enviar currículum a este correo."
Me quedé mirando la pantalla sin entender.
¿Tolerar lunas llenas?
Eso era lo más extraño que había leído en mucho tiempo. ¿Qué clase de empresa ponía eso en una oferta de trabajo? ¿Y por qué solo decía "interesadas" en femenino? ¿Buscaban solo mujeres?
Patricia notó mi cara de confusión.
-¿Qué pasó? ¿Otro problema con el cliente grande?
-No, es solo un correo raro que me llegó. Una oferta de trabajo.
-¿Oferta de trabajo? ¿Vas a renunciar?
-No, Paty. No estoy buscando trabajo. Solo me llegó, no sé por qué.
Ella se acercó a mirar mi pantalla. Leyó el correo en voz alta.
-"Debe tolerar lunas llenas"... ¿Qué significa eso? ¿Trabajo de noche?
-Ni idea. Es rarísimo.
-Parece una broma. O una de esas empresas raras que buscan empleadas para cosas extrañas. Ten cuidado, mija.
Cerré el correo y seguí con mi trabajo. Tenía demasiadas cosas que hacer como para perder tiempo pensando en ofertas de trabajo falsas o raras.
El día pasó lento, como siempre. Números, facturas, reportes. A las doce volví a comer mi arroz con pollo en el comedor de la empresa, sola, mientras veía videos en el teléfono. A las seis seguía en mi escritorio, aunque la mayoría ya se había ido.
Esa noche no me tocaba quedarme hasta tarde, así que salí a las siete en punto. En el bus de vuelta a casa, saqué el teléfono y volví a pensar en el correo extraño. No sé por qué no podía sacármelo de la cabeza.
"Debe tolerar lunas llenas."
¿Qué clase de requisito era ese?
Llegué a casa, le di su medicina a mi mamá, preparé algo de cenar y me senté en mi cama con el teléfono. Eran las nueve de la noche y no tenía sueño. Eso no pasaba seguido.
Volví a abrir el correo. Lo leí otra vez, despacio.
"Se busca asistente personal para ejecutivo de alto nivel. Horario flexible. Buen salario. Debe tolerar lunas llenas y mal genio. Interesadas enviar currículum a este correo."
Buen salario.
Esas dos palabras me quedaron dando vueltas en la cabeza. ¿Cuánto sería "buen salario"? ¿Más de lo que ganaba ahora? Porque lo que ganaba ahora apenas me alcanzaba para sobrevivir.
Pensé en las facturas del próximo mes. La medicina de mamá había subido otra vez. El arriendo también iba a subir pronto, la dueña ya había avisado. Y mi tarjeta de crédito seguía ahí, con sus intereses creciendo como una planta mala que no podía arrancar.
Necesitaba más plata.
Punto.
No importaba si la oferta de trabajo era rara. No importaba lo de las lunas llenas ni lo del mal genio. Si pagaban bien, valía la pena averiguar.
Pero algo me detenía. ¿Y si era peligroso? Patricia tenía razón, podía ser una de esas empresas raras que buscan empleadas para cosas extrañas. Una estafa, tal vez. O algo peor.
Busqué en Google el nombre de la empresa: Luna Corp. Apareció una página web simple, casi sin información. Decía que eran una empresa de inversiones, con oficinas en varias ciudades. No había fotos de empleados, ni testimonios, ni nada que diera confianza.
Pero tampoco había nada que dijera que era una estafa.
Cerré el teléfono y lo dejé en la mesa de noche. Apagué la luz y traté de dormir.
No pude.
La oferta de trabajo seguía en mi cabeza, como una comezón que no podía rascar. Buen salario. Horario flexible. Tal vez era mi oportunidad de salir de esa vida miserable que llevaba. Tal vez era una estafa. Tal vez era una locura siquiera considerarlo.
Pero también era una oportunidad.
A la mañana siguiente, desperté antes del despertador. Eran las cinco y cuarto y ya estaba completamente despierta, mirando el techo y pensando en lo mismo. La oferta. El dinero. La posibilidad de algo mejor.
Me levanté, me vestí, le di la medicina a mi mamá y salí corriendo al bus. En el camino, saqué el teléfono y volví a leer el correo. Ya me lo sabía de memoria.
En la oficina, Patricia notó que algo me pasaba.
-¿Estás bien, Valentina? Te ves distraída.
-Estoy bien, Paty. Solo cansada.
-¿Segura?
-Segura.
Pero no estaba segura. Estaba confundida. Estaba nerviosa. Estaba considerando hacer algo que nunca había hecho: responder a un correo extraño de una empresa desconocida que pedía alguien que tolerara lunas llenas.
A la hora del almuerzo, en lugar de comer sola en el comedor, busqué un lugar tranquilo en la azotea del edificio. No mucha gente sabía que se podía subir ahí, así que casi siempre estaba vacía. Me senté en una banca vieja, saqué mi teléfono y abrí el correo otra vez.
Escribí una respuesta. La borré. Escribí otra. La borré también.
Finalmente, escribí algo simple:
"Buenos días. Me interesa la oferta de trabajo. Adjunto mi currículum. Quedo atenta a su respuesta. Valentina Flores."
Antes de pensar demasiado, presioné enviar.
Mi corazón latía rápido, como si hubiera hecho algo malo. ¿Por qué me sentía así? Solo era un correo. Solo estaba preguntando. No había firmado nada, no había aceptado nada.
Pero algo me decía que ese pequeño paso podía cambiar las cosas.
Pasé el resto del día nerviosa, revisando el correo cada cinco minutos. Patricia me preguntó si me sentía mal. Le dije que no, que era solo el calor.
A las seis de la tarde, cuando ya estaba lista para irme, vi un correo nuevo.
Luna Corp.
Abrí el mensaje con manos temblorosas.
"Estimada Valentina, gracias por su interés en la posición de asistente personal. Nos gustaría invitarla a una entrevista el día de mañana a las 10 de la mañana en nuestras oficinas. Adjuntamos la dirección. Por favor confirmar asistencia."
Adjuntaban una dirección en el norte de la ciudad, una zona de oficinas lujosas donde yo nunca había ido. Era lejos de mi casa y lejos de mi trabajo. Pero la entrevista era a las diez, y yo trabajaba a las ocho.
¿Cómo iba a hacer para ir a una entrevista en horario laboral?
Guardé el teléfono y caminé hacia la parada del bus. En el camino, pensé en todas las razones por las que no debía ir. Podía ser peligroso. Podía ser una pérdida de tiempo. Podía perder mi trabajo actual si me descubrían faltando.
Pero también pensé en mi mamá, en sus medicinas, en el techo que necesitaba arreglar, en la nevera que podía dañarse otra vez en cualquier momento.
Necesitaba más plata.
Esa noche, después de cenar, me senté en mi cama con el teléfono otra vez. Miré el correo de Luna Corp durante un largo rato. Luego miré mi cuenta bancaria. Luego miré la grieta en el techo.
Tomé aire y escribí: "Confirmo mi asistencia a la entrevista. Muchas gracias. Valentina Flores."
Envié el mensaje antes de arrepentirme.
Al día siguiente, en el trabajo, no podía concentrarme. Roberto me llamó la atención dos veces por errores tontos en los números. Patricia me miraba con preocupación. Yo solo podía pensar en la entrevista.
A las nueve y media, le dije a Patricia que me sentía mal.
-¿Te vas a ir?
-Creo que sí. Tengo mucho mareo, tal vez algo me cayó mal.
-Ve, ve. Yo cubro si preguntan por ti.
Le agradecí con una sonrisa y salí corriendo. Tomé un taxi, lo que me dolió en el alma porque era dinero que no tenía, pero no podía llegar tarde. El taxi me dejó frente a un edificio enorme, todo de vidrio, que parecía sacado de una revista.
Nunca había estado en un lugar así.
Entré, di mi nombre en recepción y la mujer me indicó el piso quince. El ascensor era rápido y silencioso, nada que ver con el de mi trabajo. Cuando las puertas se abrieron, vi una oficina elegante, con muebles modernos y una recepcionista perfectamente arreglada.
-¿Valentina Flores? -preguntó la recepcionista con una sonrisa profesional.
-Sí, soy yo.
-Pase, por favor. El señor Vargas la recibirá en un momento.
Me llevó a una sala de espera con sillones de cuero y revistas en una mesa de vidrio. Me senté en el borde del sillón, sin saber qué hacer con las manos. Pasaron cinco minutos. Diez. Quince.
Cuando ya empezaba a pensar que todo había sido una broma, una puerta se abrió y un hombre salió.
Era alto, mucho más alto de lo que esperaba. Tenía el pelo oscuro, los ojos claros y una expresión seria, como si estuviera enojado con el mundo. Vestía un traje negro impecable, de esos que deben costar más de lo que yo ganaba en un mes. Caminó hacia mí con pasos largos y seguros, y por un momento sentí ganas de salir corriendo.
-¿Valentina Flores? -su voz era profunda, grave.
-Sí -respondí, y mi voz sonó débil, casi un susurro.
-Soy Luciano Vargas. Pase a mi oficina.
Se dio la vuelta sin esperar respuesta y yo lo seguí como una autómata. Su oficina era enorme, con ventanales que dejaban ver toda la ciudad. Había un escritorio de madera oscura, libros en estantes altos y un sillón de cuero detrás del escritorio. Él se sentó y me indicó que tomara asiento enfrente.
-Dígame, Valentina. ¿Por qué quiere este trabajo?
La pregunta me tomó por sorpresa. Esperaba algo más suave, una conversación para conocerme. Pero él fue directo, sin rodeos.
-Porque... porque necesito un trabajo con mejor salario -respondí con honestidad.
Él me miró fijamente, como si pudiera ver a través de mí.
-¿Sabe en qué consiste el trabajo?
-Asistente personal, decía el anuncio.
-Sí, pero hay detalles que no están en el anuncio.
-Como lo de las lunas llenas -dije, y me arrepentí de inmediato. Sonó a burla, aunque no era mi intención.
Para mi sorpresa, algo cambió en su expresión. Casi pareció divertido.
-Exacto. Como lo de las lunas llenas. ¿Eso no le parece extraño?
-Sí, la verdad es que sí. Pero pensé que tal vez era trabajo nocturno.
-Algo así. Necesito una asistente que pueda estar disponible durante las noches de luna llena. Sin preguntas, sin explicaciones. Solo disponible.
-¿Por qué?
-Porque sí. Esa es mi condición. Si quiere el trabajo, acepta eso sin cuestionarlo.
Me quedé en silencio un momento. Todo esto era demasiado extraño. Un hombre millonario en una oficina lujosa, ofreciendo un trabajo con condiciones absurdas. Patricia tenía razón, esto podía ser peligroso.
Pero entonces él dijo algo que me hizo olvidar todas mis dudas.
-El salario es el doble de lo que gana ahora. Y tiene seguro médico completo, para usted y para un familiar directo.
Mi mamá.
Su medicina. Sus consultas. Sus exámenes.
Todo eso cubierto.
-Acepto -dije sin pensarlo más.
Él levantó una ceja, sorprendido.
-¿Así de fácil? ¿No quiere saber más?
-Usted dijo que no hiciera preguntas, ¿no?
Por primera vez, algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro. Duró solo un segundo, pero lo vi.
-Correcto. Entonces bienvenida, Valentina. Empieza el lunes.
Me levanté, todavía sin creer lo que acababa de pasar. Él también se levantó y me tendió la mano. Cuando la tomé, sentí una corriente extraña, como un cosquilleo en la piel. Pero seguramente era solo mi imaginación.
-Una última cosa -dijo cuando ya estaba en la puerta-. La próxima semana hay luna llena. Esté preparada.
Asentí sin saber bien a qué se refería. Salí de esa oficina, bajé en el ascensor y caminé hacia la calle sintiendo que todo había sido un sueño.
Pero no lo era.
Había conseguido un nuevo trabajo. Un trabajo raro, con un jefe raro, en una empresa rara que exigía tolerar lunas llenas.
Y lo mejor de todo: iba a ganar el doble.
Por primera vez en mucho tiempo, sentí algo que no sabía que todavía podía sentir.
Esperanza.
POV: Valentina
El lunes llegó y yo no estaba lista.
Había pasado el fin de semana entero preguntándome si había tomado la decisión correcta. Dejar un trabajo estable, aunque mal pagado, por una oferta extraña de un hombre aún más extraño. Mi mamá me dijo que la siguiera, que ella sentía que algo bueno iba a pasar. Mi mamá siempre decía esas cosas, confiaba en el destino y en las corazonadas. Yo solo confiaba en los números, y los números decían que necesitaba plata.
Así que ahí estaba, parada frente al edificio de vidrio a las ocho de la mañana, con un nudo en el estómago y las manos sudorosas. El edificio se veía aún más imponente que la primera vez. El sol de la mañana rebotaba en las ventanas y me hacía entrecerrar los ojos mientras buscaba la entrada.
Pasé por recepción y la misma mujer de antes me dio un pase de visitante.
-La esperan en el piso quince -dijo con una sonrisa profesional.
Subí en el ascensor sintiendo que el estómago me daba vueltas. Las puertas se abrieron y allí estaba la oficina elegante, los muebles modernos, el silencio perfecto. La recepcionista de aquella vez me llevó hasta una oficina más pequeña, al lado de la de Luciano.
-Esta será su oficina -dijo.
Entré y me quedé con la boca abierta. Era pequeña, sí, pero tenía una ventana enorme con vista a la ciudad, un escritorio de madera bonita, una silla cómoda y hasta una planta en la esquina. Comparado con mi cubículo en la otra empresa, esto era un palacio.
-¿Esto es para mí? -pregunté sin poder creerlo.
-Sí. El señor Vargas llega en una hora. Mientras tanto, puede revisar los manuales de la empresa. Están en la mesa.
Señaló una carpeta gruesa sobre el escritorio y salió. Me quedé sola, mirando todo a mi alrededor como una niña en una tienda de dulces. Toqué el escritorio, la silla, la ventana. Todo era nuevo, limpio, caro.
Me senté y abrí la carpeta. Eran documentos aburridos sobre políticas de la empresa, códigos de vestimenta, procedimientos. Nada fuera de lo común. Nada sobre lunas llenas ni nada raro.
Pasé una hora leyendo y tratando de calmarme. A las nueve en punto, la puerta se abrió y Luciano entró. Hoy vestía un traje gris claro que le hacía juego con los ojos. El nudo en mi estómago se apretó más.
-Buenos días, Valentina. ¿Cómo va su primer día?
-Bien, gracias. Estaba leyendo los manuales.
-Aburridos, ¿verdad?
Sonreí sin querer. Él también sonrió un poco, esa sonrisa rápida que había visto una vez.
-Venga conmigo. Le enseñaré las instalaciones.
Lo seguí por los pasillos. Me mostró la cocina, la sala de reuniones, los baños, la terraza. Todo era elegante y moderno. Los otros empleados nos saludaban con respeto, pero ninguno se acercaba demasiado. Luciano caminaba rápido y yo casi tenía que correr para seguirle el paso.
-¿Tiene alguna pregunta hasta ahora? -dijo mientras volvíamos a su oficina.
-Sí, la verdad es que sí.
-Dígame.
-¿Qué hace exactamente esta empresa? La página web dice inversiones, pero no vi muchos detalles.
Él se detuvo frente a su escritorio y me miró fijamente. Otra vez esa mirada intensa, como si pudiera ver dentro de mi cabeza.
-Hacemos muchas cosas. Inversiones, bienes raíces, consultoría. Pero lo principal es que somos una familia.
-¿Una familia?
-Un grupo de personas unidas por algo más que un contrato laboral. Eso es lo que necesita entender para trabajar aquí.
No entendía bien a qué se refería, pero asentí. Él siguió hablando.
-Hoy es su primer día, así que será tranquilo. Quiero que conozca a algunas personas, que se familiarice con el lugar. Mañana empezará con las tareas reales.
-¿Y qué tareas son esas?
-Organizar mi agenda, responder correos, acompañarme a reuniones. Lo normal para una asistente. Y luego están las tareas especiales.
-¿Las de las lunas llenas?
-Exacto. Las de las lunas llenas.
Se sentó detrás de su escritorio y yo me quedé de pie, esperando. Él parecía pensar en algo, como si estuviera decidiendo si decirme algo importante.
-Valentina, antes de seguir, necesito preguntarle algo.
-Dígame.
-¿Usted cree en cosas que no puede explicar? ¿Cosas que parecen imposibles pero podrían ser reales?
La pregunta era tan rara que no supe qué responder. ¿Cosas imposibles? ¿Como qué?
-No sé -dije con honestidad-. Supongo que nunca lo he pensado mucho.
-Pues va a tener que pensarlo. Porque lo que voy a decirle ahora puede sonar loco. Pero necesito que confíe en mí.
El corazón me latía fuerte otra vez. ¿Qué iba a decirme? ¿Qué la empresa era ilegal? ¿Qué el trabajo era peligroso? Mil cosas pasaron por mi cabeza en segundos.
-Dígame -repetí, con la voz más firme de lo que me sentía.
Él respiró profundo y se levantó de la silla. Caminó hacia la ventana y se quedó mirando la ciudad por un momento. Luego se volvió hacia mí.
-Lo de las lunas llenas no es una broma, Valentina. Es real. Y es la razón por la que necesito una asistente que pueda estar disponible esas noches.
-¿Por qué? ¿Qué pasa en las lunas llenas?
-Yo... -dudó, algo que no parecía hacer nunca-. Yo cambio.
-¿Cambia? ¿Cómo cambia?
-Físicamente. Mi cuerpo cambia.
Lo miré sin entender. ¿Cambiar físicamente? ¿Como un transformista? No, no podía ser eso.
-No entiendo -dije.
Él suspiró y se pasó una mano por la cara. Por primera vez, lo vi nervioso. Inseguro. No era el hombre seguro y frío de la entrevista.
-Mire, voy a mostrarle algo. Pero tiene que prometer que no gritará, que no saldrá corriendo. ¿Puede hacer eso?
-Yo... supongo que sí.
-Prométamelo, Valentina. Es importante.
-Lo prometo.
Él asintió y se quitó la chaqueta del traje. Luego se desabrochó los botones de la camisa. Yo empecé a ponerme nerviosa. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué se quitaba la ropa?
-Tranquila -dijo, notando mi expresión-. Solo necesito que vea algo.
Se bajó la camisa de los hombros y se dio la vuelta. En su espalda, justo entre los omóplatos, había una marca. No era un tatuaje, era algo diferente. Como una cicatriz, pero más oscura, más profunda. Tenía forma de algo que no pude reconocer al principio.
-¿Qué es eso? -pregunté.
-Mi marca. Todos los de mi especie la tenemos.
-¿Tu especie?
Él se volvió a poner la camisa y se sentó en el borde del escritorio, mirándome fijamente.
-Valentina, no soy humano. No del todo.
Las palabras tardaron en entrar en mi cabeza. ¿No humano? ¿Qué significaba eso? ¿Acaso me estaba volviendo loca?
-¿Cómo que no es humano? -logré decir.
-Soy lo que usted llamaría un hombre lobo. Pero nosotros nos decimos cambiaformas, o lobos. Durante el día soy como cualquier persona. Pero en luna llena, mi cuerpo se transforma. Me vuelvo lobo por completo.
Me quedé mirándolo sin poder hablar. Esto no podía estar pasando. Los hombres lobo no existen. Son cosas de películas, de novelas, de cuentos para niños. No pueden ser reales.
-Sé lo que está pensando -dijo él con calma-. Que estoy loco, que esto es una broma. Pero no lo es. Y necesito que lo acepte si va a trabajar para mí.
-¿Por qué me está diciendo esto? -pregunté-. Podría haberme contratado sin contármelo. Yo nunca lo habría sabido.
-Porque en la próxima luna llena, usted va a estar cerca de mí. Y cuando eso pase, va a ver la transformación. Prefiero que lo sepa antes, a que salga corriendo esa noche y se lastime.
-¿Lastimarme? ¿Usted me lastimaría?
-Yo no. Pero mi lobo... mi lobo no la conoce. Si se asusta y corre, podría perseguirla. Es un instinto. Por eso necesito que esté preparada, que sepa lo que va a ver.
Me levanté de la silla sin darme cuenta. Mis piernas temblaban. Quería salir corriendo, olvidar todo esto, volver a mi vida aburrida de números y facturas. Pero algo me detuvo.
Mi mamá. Sus medicinas. El dinero.
-¿Y si no quiero seguir? -pregunté.
-Puede irse ahora mismo. Nadie la detendrá. Le pagaré lo que acordamos por este día y no volverá a saber de mí.
Era tan sencillo. Tan fácil. Solo decir que no, irme, y olvidar que esto había pasado.
Pero entonces recordé la oficina bonita, el buen salario, el seguro para mi mamá. Recordé la grieta en el techo, la nevera vieja, las noches sin dormir pensando en deudas.
-¿Es peligroso? -pregunté-. Quiero decir, ¿usted es peligroso?
-Puedo serlo. Pero no para la gente que confía en mí, que trabaja conmigo. Mi manada... mi familia... ellos están seguros conmigo.
-¿Manada?
-Así llamamos a nuestro grupo. Los lobos que viven juntos, que se protegen. Aquí, en esta empresa, todos los que trabajan conmigo son parte de mi manada. Bueno, casi todos. Hay algunos humanos como usted, pero conocen la verdad y la aceptan.
Humanos como yo. Así que no era la única. Otras personas sabían y seguían aquí. Eso me dio un poco de valor.
-¿Puedo pensarle? -pregunté-. Solo un día.
-Claro. Váyase a casa, piénselo bien. Vuelva mañana con su respuesta. Pero si decide quedarse, no hay vuelta atrás. Saber la verdad significa compromiso. No puede contárselo a nadie, ni a su madre. Sería peligroso para usted y para ella.
Asentí sin decir nada. Salí de su oficina como en un sueño, crucé la recepción, bajé en el ascensor. Cuando llegué a la calle, el sol me cegó y tuve que apoyarme en una pared.
Hombre lobo.
Luciano era un hombre lobo.
Eso explicaba lo de las lunas llenas. Explicaba por qué la oferta de trabajo era tan extraña. Explicaba muchas cosas, pero también abría un millón de preguntas nuevas.
Caminé sin rumbo por un rato, perdida en mis pensamientos. ¿Cómo era posible que existieran los hombres lobo? ¿Cuántos había? ¿Vivían entre nosotros todo el tiempo? ¿Eran peligrosos de verdad?
Llegué a una plaza y me senté en un banco. Saqué el teléfono y estuve a punto de llamar a Patricia para contarle todo. Pero recordé las palabras de Luciano: no podía decírselo a nadie. Era peligroso.
Además, ¿quién me iba a creer? Sonaba completamente loco.
Pasé el resto del día en casa, tratando de actuar normal con mi mamá. Le dije que el trabajo era bueno, que la oficina era bonita, que el jefe parecía serio. No le conté lo demás, no podía.
Esa noche, acostada en mi cama, mirando la grieta en el techo, pensé en lo que había pasado. Tenía dos opciones: volver a mi vida miserable pero segura, o aceptar un trabajo raro con un jefe que se convertía en lobo una vez al mes.
Una opción significaba seguir luchando para pagar las cuentas, sin esperanza de mejorar. La otra significaba plata, estabilidad, seguro médico para mi mamá... y lobos.
¿Qué clase de persona acepta trabajar para un hombre lobo?
Una persona desesperada, supongo.
O una persona con esperanza.
Cerré los ojos y tomé una decisión. A la mañana siguiente, volví al edificio de vidrio. Subí al piso quince y entré a la oficina de Luciano sin que la recepcionista me anunciara.
Él levantó la vista de su computadora y me miró.
-¿Ya decidió?
-Sí.
-¿Y?
-Me quedo. Pero tengo condiciones.
Él levantó una ceja con interés.
-Dígame.
-Quiero conocer a otros como usted. Quiero entender cómo funciona esto. Y quiero estar preparada para la luna llena, saber qué hacer, cómo actuar para no lastimarme ni que usted me lastime.
Luciano sonrió, una sonrisa verdadera esta vez, no la rápida de antes.
-Me parece justo. Bienvenida a la manada, Valentina.
Y así, sin haber empezado siquiera mi segundo día de trabajo, me convertí en parte de algo que ni siquiera sabía que existía hasta ayer.
Una manada de lobos.
Y yo era la humana que había aceptado quedarse.