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La Luna Impostora: Marcada por el Rey Alfa

La Luna Impostora: Marcada por el Rey Alfa

Autor: PageProfit Studio
Género: Hombre Lobo
Matrimonio por contrato + Heroína de armas tomar + Identidad secreta + Arrepentimiento Durante dos años, Aria Smith vivió entregada a Ethan Holt. Creía que era la Luna a la que él amaba y la compañera que el destino había elegido para él. Todo se vino abajo el día en que intentó solicitar una copia de su certificado de matrimonio. Ethan jamás la había amado. Su verdadera compañera era Clara, la mejor amiga de Aria. Y el niño al que Aria había cuidado como a un hijo durante dos años no era adoptado: era hijo de Ethan y Clara. Apenas había empezado a asimilar la traición cuando recibió una llamada que cambió su vida para siempre. Aria no era una simple huérfana humana, sola y sin recursos, como siempre le habían hecho creer. Era la única heredera legítima de Vincent Smith, dueño de una fortuna incalculable y de un imperio empresarial con poder tanto en el mundo humano como entre los hombres lobo. Destrozada, pero decidida a no seguir viviendo una mentira, Aria tomó una decisión. -Soy soltera. Ante la ley, nunca he sido la esposa de nadie. Rompió para siempre con la manada Silver Creek y ocupó el lugar que le correspondía como heredera de una fortuna multimillonaria. Ethan y Clara no tardaron en reírse de ella. Estaban seguros de que una huérfana humana indefensa no sobreviviría lejos de la manada. Tarde o temprano, pensaban, volvería de rodillas a suplicarles que la aceptaran. No podían estar más equivocados. Cuando volvieron a verla, Aria ya no era aquella Luna dulce y sumisa que había vivido pendiente de Ethan. Se había convertido en una mujer poderosa, rica e intocable, capaz de hacer temblar con una sola decisión a todo el mundo de los hombres lobo. Y no regresó sola. A su lado estaba el Rey Alfa: un hombre imponente, sin rival y mucho más poderoso de lo que Ethan podría llegar a ser. Un hombre dispuesto a incendiar el mundo entero con tal de ayudarla a cobrarse su venganza.
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Capítulo 1 Uno

Punto de vista de Aria

-Señora, he revisado el sistema tres veces. No hay ningún matrimonio registrado a su nombre. ¿Está segura de la fecha?

Me quedé inmóvil frente a la oficina del Registro del Condado, con las palabras del funcionario todavía resonándome en los oídos.

Llevaba dos años creyendo que era la esposa de Ethan Holt, su luna.

Como era la única luna humana, también habíamos solicitado un certificado de matrimonio en mi comunidad. El documento había permanecido en el cajón de mi mesita de noche hasta que Marcus lo hizo trizas durante una de sus rabietas, tres días atrás.

Parecía lo bastante auténtico como para que nunca cuestionara nuestra relación, aunque jamás hubiéramos celebrado una ceremonia del vínculo ante su manada.

Por eso había ido allí: para solicitar un duplicado de nuestro certificado de matrimonio.

Pero ahora, de pie ante aquella oficina, con las manos temblorosas...

¿Cómo era posible que nuestro certificado fuera falso?

Entonces vibró mi teléfono. Bajé la vista hacia la pantalla, todavía aturdida. Era un número desconocido. Normalmente lo habría ignorado, pero algo me impulsó a contestar.

-¿Señora Smith? ¿Aria Smith?

-Al habla -respondí. Mi voz sonó lejana, como si perteneciera a otra persona.

-Me llamo Richard Castellano. Soy el abogado encargado del patrimonio de Vincent Smith. Disculpe que me ponga en contacto con usted de forma tan abrupta, pero es imprescindible que nos reunamos cuanto antes. Usted es la única heredera de su padre.

Parpadeé.

-Disculpe, ¿qué? Yo no tengo padre. Mis padres me abandonaron al nacer.

-Señora Smith, Vincent Smith falleció hace dos semanas. La prueba de ADN y su testamento son concluyentes. Usted es su única hija biológica legítima.

Me quedé boquiabierta. Vincent Smith: aquel nombre era una leyenda tanto en la sociedad humana como en el mundo de los hombres lobo.

Huérfano desde niño y acogido por una manada, había demostrado un talento extraordinario para los negocios desde muy joven.

De adulto, con el respaldo de su hermano adoptivo, un alfa, forjó un enorme imperio comercial que conectaba a la perfección el mundo humano y el sobrenatural.

¿Y ahora alguien me decía que yo, su única hija, iba a heredar la mayor parte de su fortuna?

-El patrimonio es considerable e incluye participaciones empresariales en territorios de varias manadas. Debemos iniciar de inmediato el proceso sucesorio.

Por supuesto. Nadie se atrevía a subestimar el alcance de la fortuna de Vincent Smith. La noticia era tan descomunal que apenas conseguía asimilarla.

-Primero necesito confirmar algo -me oí decir-. Le devolveré la llamada.

Lo más importante era verificar mi estado civil con mi esposo.

Si aquello era cierto, Ethan y yo ya no tendríamos que preocuparnos por las miradas recelosas de la manada.

Podría completar sin problemas la ceremonia final del vínculo con él, convertirme en la luna de la manada y llevarlos a una prosperidad aún mayor.

El trayecto hasta el edificio principal de la manada Silver Creek duró veinte minutos.

Al llegar, subí al tercer piso. El pasillo estaba extrañamente silencioso.

Cuando me acerqué a la oficina de Ethan, oí unas voces al otro lado de la puerta entreabierta.

Una voz de mujer.

-Ethan... Sí... justo ahí...

La voz de él sonó ronca y áspera:

-Qué bien se siente, Clara.

Clara. ¡Mi mejor amiga!

Entonces oí algo todavía peor que la traición de mi mejor amiga y mi compañero.

-¿Cuándo vas a deshacerte de ella, Ethan?

-Nuestro hijo ya tiene tres años. Estoy cansada de fingir -añadió Clara, con la voz afilada por la impaciencia.

Marcus. El niño que Ethan aseguraba que habíamos adoptado porque, supuestamente, mi cuerpo humano no soportaría un embarazo y la manada necesitaba un cachorro que se convirtiera en el heredero del alfa.

Me faltó el aire. ¡El cachorro al que había criado con tanto amor era hijo biológico de Ethan y Clara! La traición me desgarró por dentro. ¿Cómo se atrevían?

Dentro de la oficina, Ethan suspiró.

-Solo un poco más -dijo con frialdad-. Todavía la necesitamos. Las finanzas de la manada se mantienen estables gracias a su trabajo. En cuanto tengamos todo asegurado, la dejaré ir.

-¿Y qué se supone que debo hacer hasta entonces? ¿Seguir fingiendo que soy la víctima mientras ella se pavonea como luna?

-Sabes que ella no significa nada para mí. Solo es una herramienta. Cuando le hayamos exprimido hasta la última gota de utilidad...

No esperé a oír más.

Abrí la puerta de un empujón.

Clara estaba sentada sobre el escritorio de Ethan, con la blusa desabrochada y la falda subida hasta la cintura.

Ethan estaba hundido en ella y embestía mientras Clara jadeaba contra su boca, con las piernas fuertemente enroscadas alrededor de su cuerpo.

Me dieron ganas de vomitar.

-Perdón por interrumpir -dije. Mi voz cortó el aire como una cuchilla.

Los dos se quedaron petrificados. Clara se apresuró a cubrirse y casi se cayó del escritorio. Ethan se enderezó de golpe, con la boca húmeda y los ojos muy abiertos por la sorpresa.

Me apoyé en el marco de la puerta, crucé los brazos y esbocé una sonrisa gélida.

-No se detengan por mí. Detestaría estropearles el ambiente.

-Aria. No deberías estar aquí -dijo Ethan, levemente irritado.

-¿Ah, no? -La voz me temblaba de rabia-. Creo que me debes una explicación.

»Me dijiste que yo era tu compañera verdadera. Me perseguiste durante meses. Me convenciste de que la Diosa de la Luna nos había elegido. ¿Y ahora te acuestas con mi mejor amiga?

-No hay nada que explicar. Clara es mi compañera destinada -respondió Ethan con indiferencia-. No andemos con rodeos.

»El acuerdo con el Grupo V&A necesita las firmas definitivas. Te necesitamos para una última reunión como luna. Después, te daremos una compensación razonable por tus... servicios.

-¿Compensación? -La palabra me supo a veneno-. Me mentiste durante dos años. Me utilizaste para construir la cartera de negocios de tu manada. ¿Y ahora pretendes pagarme para que me vaya, como si fuera una sirvienta que ya cumplió su propósito?

Clara se acercó a mí, arreglándose la ropa con deliberada lentitud.

-Deberías estar agradecida, sinceramente. Una huérfana humana, sin familia ni manada... ¿Dónde habrías acabado? Si eres inteligente, aceptarás lo que te ofrezca y te marcharás sin hacer ruido. De lo contrario...

Me moví antes de que terminara la amenaza.

Crucé la habitación y hundí una mano en su cabello rubio. Clara soltó un chillido y tropezó hacia atrás contra el escritorio.

-¡Aria!

Ethan me agarró del brazo y me lo retorció con tanta fuerza que me arrancó un jadeo. Después me empujó hacia atrás. Con violencia.

Caí al suelo. El impacto me recorrió la columna y un dolor agudo me estalló en el coxis. Alcé la vista hacia él, aturdida.

Ethan me observó desde arriba, con sus ojos azul claro tan fríos como el hielo.

-Vuelve a tocarla y te romperé la muñeca.

Sus palabras dolieron más que la caída.

Algo se quebró dentro de mí. No fueron las costillas, sino algo mucho más profundo.

Me puse de pie, con las manos temblorosas. El coxis me palpitaba por el golpe contra el suelo. Todo me dolía, y no solo el cuerpo.

-Van a arrepentirse de esto -dije en voz baja-. Los dos.

Me di la vuelta y salí antes de que pudieran responder.

Ya en el coche, marqué el número del abogado.

-Señor Castellano. En cuanto al patrimonio de Vincent Smith, estoy lista para hablar.

-Bien. Necesito confirmar algo: la herencia exige que la heredera firme como persona independiente. Si está casada, su cónyuge debe presenciar el proceso. De lo contrario...

-Estoy soltera -lo interrumpí-. Legalmente, siempre lo he estado.

Hubo dos segundos de silencio.

-Entendido -dijo Castellano. Su tono se volvió más formal-. Eso simplifica considerablemente las cosas. ¿Podría reunirse conmigo pronto? Hay varios detalles del testamento que debemos tratar en persona.

-Cuanto antes, mejor. Últimamente dispongo de mucho tiempo.

-Entonces, en mi oficina. ¿Esta tarde?

-Nos vemos a las tres.

Permanecí otros cinco minutos en el estacionamiento, con la vista perdida.

Dos años. Dos años de mentiras, manipulación y humillaciones. Dos años creyendo que luchaba por algo real.

Pero se había acabado.

Ethan estaba a punto de descubrir de lo que era capaz una heredera furiosa.

Capítulo 2 Dos

Punto de vista de Ethan

La puerta se cerró de golpe detrás de Aria. Debía ir tras ella. Calmarla, como siempre hacía. Di un paso hacia delante.

-Ethan.

Clara me sujetó la muñeca y tiró de mí hacia atrás.

-¿Adónde crees que vas?

-Acaba de vernos. Tengo que hablar con ella antes de que haga alguna estupidez.

-¿Alguna estupidez? -Los ojos ámbar de Clara brillaron-. ¿Como contarle a todo el mundo que la engañaste? No lo hará. Te ama demasiado para destruir lo que han construido juntos.

Me solté y me pasé una mano por el cabello.

Clara tenía razón. Aria había demostrado su amor mil veces: trabajaba hasta el agotamiento por la manada, soportaba la crueldad de mi madre y criaba a Marcus sin quejarse. No iba a echar todo aquello por la borda por un momento de debilidad.

-¿Pero qué pasa si oyó lo que dijimos sobre Marcus?

-Si lo hubiera oído, ¿crees que se habría marchado sin más? Se habría puesto histérica: gritos, llanto, cosas rotas. -Clara me acarició el brazo-. Y tres días después volvería arrastrándose, aceptaría al niño por la pureza de su linaje alfa y te rogaría que no la abandonaras.

Exhalé despacio.

-Supongo que tienes razón.

-Siempre la tengo. -Sonrió.

Clara siempre había sido así: audaz, descarada, peligrosamente segura de sí misma.

Eso fue lo que me atrajo de ella cuando éramos adolescentes, cuando me sacó del bosque mientras yo sangraba tras un ataque de renegados. Se lo debía todo.

Pero Aria era diferente. Ella era mi compañera verdadera, elegida por la propia Diosa de la Luna.

Y yo había rechazado aquel vínculo en cuanto entendí lo que implicaba, porque aceptar a Aria significaba renunciar a Clara.

Por suerte, al ser humana, Aria apenas percibía el vínculo de pareja.

Después de que completara el rechazo, ella no sentiría el dolor y seguiría aferrada a la esperanza de nuestra unión destinada.

Sus habilidades eran realmente impresionantes: mi manada había prosperado con rapidez bajo su dirección. Mantuve a mi cachorro Marcus a su lado con la esperanza de que me ayudara a formar a un heredero aún mejor.

No me importaba interpretar ante ella el papel de compañero devoto. Era la única compensación que podía ofrecerle.

-Ethan. -La voz de Clara interrumpió mis pensamientos-. Quiero mudarme a la casa. Contigo y con Aria. Estoy cansada de esconderme, de moverme a hurtadillas como un secreto vergonzoso. Marcus merece tener a sus dos padres bajo el mismo techo.

»O me mudo o me llevo a Marcus y me voy. Tú decides.

Mi lobo gruñó. Tenerlas a las dos bajo el mismo techo era una catástrofe anunciada, pero si Clara se marchaba con Marcus...

-Está bien -me oí decir-. Puedes mudarte.

Su rostro se iluminó. Me rodeó el cuello con los brazos y me besó la mandíbula.

-No te arrepentirás, cariño. Te lo prometo.

Punto de vista de Aria

Después de firmar los documentos de la herencia en la oficina del señor Castellano, conduje a casa todavía aturdida.

La casa resplandecía bajo una luz cálida. A través de la ventana delantera los vi: Ethan, Clara y Marcus sentados alrededor de la mesa del comedor, como el retrato de una familia perfecta.

Ethan se rio por algo que había dicho Clara, con una mano apoyada en el respaldo de su silla. Marcus estaba sentado entre ambos y sonreía a su padre.

Clara le revolvió el cabello dorado al niño; Ethan le atrapó la mano y le besó los nudillos.

Felicidad doméstica.

Todo aquello que había estado demasiado ciega para ver durante dos años encajó de pronto con una claridad brutal.

Las noches en que llegaba tarde y alegaba asuntos de la manada. La forma en que Marcus se encogía cada vez que yo intentaba abrazarlo. La presencia constante de Clara, siempre justificada con alguna excusa.

Los comentarios mordaces de mi suegra Margaret sobre lo «agradecida» que debía estar. Las sonrisas cómplices de Sophie cada vez que alguien mencionaba a Clara, mientras me observaba con una mezcla de lástima y desprecio.

Todos lo sabían. Todos menos yo.

Me obligué a respirar y contuve la rabia que amenazaba con asfixiarme.

Todavía no. Allí no. Tenía que actuar con inteligencia y recuperar lo que me pertenecía.

Entré con el rostro cuidadosamente inexpresivo. Las risas murieron en cuanto puse un pie en la casa.

-Aria. -Ethan se levantó deprisa y se apartó de Clara, como si eso borrara lo que yo había visto en su oficina-. Has vuelto temprano.

-¿Ah, sí? -Fui hacia la cocina-. No sabía que tuviera hora de llegada.

Llené un vaso de agua, más por mantener las manos ocupadas que por sed. El pulso me retumbaba en los oídos.

Oí pasos detrás de mí.

-¿Podemos hablar? -preguntó Ethan en voz baja, cautelosa.

Me volví despacio.

-¿Sobre Clara y tú?

-No es lo que piensas -dijo con ese tono condescendiente que había aprendido a odiar-. Clara se quedará aquí como niñera de Marcus. Él necesita estabilidad y, francamente, tú no estás lo bastante presente...

-¿Que no estoy lo bastante presente? -lo interrumpí-. He dirigido esta manada por ti, Ethan. Cada reunión, cada decisión. Mientras tanto, tú estabas por ahí haciendo... ¿qué, exactamente?

Se le tensó la mandíbula.

-Ese no es el asunto.

-Entonces, ¿cuál es?

-Marcus necesita que lo cuiden.

-De acuerdo. -Mi voz sonó plana-. No lo acepto.

Parpadeó.

-¿Perdón?

-He dicho que no. Esta es mi casa. No acepté tener una niñera interna.

-No es solo una niñera. Ha ayudado a criar a Marcus desde que nació. Él la necesita aquí.

Claro. Porque era su verdadera madre.

-Ese no es mi problema -respondí con frialdad-. Si quieres alojar a Clara, cómprale un apartamento. No vivirá bajo mi techo.

-Solo estás cansada. -Levantó una mano y adoptó un tono mesurado, como si tuviera que manejarme, como si yo fuera un obstáculo y mi opinión una rabieta que debía dejar pasar-. Hablaremos después de cenar.

-No hay nada que hablar.

-Aria...

-¡Mujer mala!

Marcus apareció de la nada, con el pequeño rostro deformado por la rabia.

-¡Eres muy mala! ¡Eres mala con Clara!

-Marcus, ya basta... -empezó Ethan.

Pero el niño ya corría hacia mí, con las manos extendidas. Chocó contra mi cuerpo con una fuerza sorprendente.

Tropecé hacia atrás y me golpeé la cadera contra la esquina de la mesa auxiliar, justo sobre la zona dolorida por la caída en la oficina de Ethan. El dolor me estalló en la parte baja de la espalda y la visión se me volvió blanca.

-¡Marcus! -Ethan lo agarró por los hombros-. ¿Qué demonios estás haciendo?

-¡Es mala! -gimoteó Marcus. Tenía los ojos secos; no había en ellos más que un desafío calculado-. ¡Es mala con Clara y contigo, y la odio!

Ethan extendió una mano hacia mí.

-Aria, lo siento. Él no quería...

Me aparté de golpe.

-No.

-Déjame ayudarte...

-No me toques.

Me enderecé e ignoré el mareo. El coxis ya me palpitaba; ahora también tendría la cadera cubierta de moretones.

Clara irrumpió y recogió a Marcus en brazos. Le acarició el cabello mientras él enterraba el rostro en su cuello. La madre devota, interpretada a la perfección. Se me revolvió el estómago.

-Es solo un niño -murmuró antes de besarle la sien-. Por favor, perdónalo.

-Qué conmovedora escena de devoción maternal -dije-. Empiezo a preguntarme si en realidad es tu cachorro biológico.

La expresión de Clara se tensó. Era evidente que no sabía cuánto había oído yo al otro lado de la puerta.

-Aria, como amiga tuya, me decepcionas mucho. Esas palabras no solo me hacen daño a mí, sino también a Marcus. Tú...

Me di la vuelta y subí las escaleras. Cada paso me enviaba una nueva descarga de dolor por la cadera.

-Aria, espera...

No lo hice.

Pasé la hora siguiente en el baño de invitados, bajo el agua más caliente que podía soportar. La cadera se me había oscurecido hasta adquirir un tono morado, a juego con el moretón que empezaba a formarse en el coxis. Dos heridas en un solo día. Ambas causadas por la misma familia.

Qué poético.

Cuando salí en pijama, con el cabello mojado envuelto en una toalla, la casa se había quedado en silencio. Llamaron a la puerta; no necesitaba adivinar quién era.

-Adelante.

Ethan entró y cerró con cuidado. Parecía cansado. Preocupado. Como si de verdad le importara.

-¿Cómo te sientes?

-Fantástica. Tu hijo tiene bastante fuerza.

Se le tensó la mandíbula.

-Ya lo he castigado. No volverá a ocurrir.

-Claro. Como si las últimas doce veces hubieran servido de algo.

Exhaló y se pasó una mano por el cabello.

-Sé que hoy ha sido difícil. Pero Clara necesita quedarse aquí. Marcus la necesita. Ella ha sido más madre para él que...

-¿Que yo? -terminé por él-. Sí, lo sé. Es difícil crear un vínculo con un niño al que le han enseñado a odiarme desde que nació.

-Eso no es... -Se contuvo y cambió de táctica-. Esto no tiene que ver contigo y con Clara. Se trata de lo mejor para Marcus. Está establecido aquí, se siente cómodo. Separarlo de Clara desestabilizaría todo su mundo.

Miré fijamente al hombre que había creído mi esposo, mi compañero. El hombre que me había convencido de que estaba rota, de que mi cuerpo no podía soportar el vínculo.

El hombre que había construido todo el éxito de su manada sobre mi trabajo mientras mantenía oculta a plena vista a su verdadera familia.

Seguía mintiendo. Seguía manipulándome. Seguía esperando que aceptara sin protestar cualquier migaja que me ofreciera.

Bien. Que creyera que había ganado.

-Tengo una condición -dije.

La cautela le cruzó el rostro.

-¿Qué clase de condición?

-Mi cumpleaños es la semana que viene. Lo olvidaste el año pasado y también el anterior. Este año quiero un regalo de verdad: el ático de la Torre Meridiano. El último piso, solo a mi nombre.

Se quedó inmóvil.

-Esa propiedad vale quince millones de dólares.

-¿Ah, sí? -Incliné la cabeza-. Me parece justo, como regalo de cumpleaños y como compensación por lo que has hecho.

Un músculo le palpitó en la mandíbula. Por un instante pensé que al fin se le caería la máscara. En cambio, sacó el teléfono.

-Bien -dijo con brusquedad-. Considéralo un regalo de cumpleaños adelantado.

-Y añade el concepto de la transferencia: «Para el fondo de la casa de Aria. Feliz cumpleaños».

Tecleó en la pantalla, con el semblante cada vez más sombrío, y luego giró el teléfono hacia mí.

Quince millones de dólares. Concepto incluido.

-Feliz cumpleaños -dijo sin emoción.

-Gracias, Ethan. -Dejé que las palabras rezumaran veneno-. Eres muy generoso.

Guardó el teléfono en el bolsillo.

-Clara se queda.

-Clara se queda -acepté.

Asintió y se marchó.

Esperé hasta oír el clic de la puerta al cerrarse. Después saqué el teléfono y abrí la aplicación bancaria.

Saldo: 15 015 000,00 $

Dos años como luna: organizando banquetes, negociando alianzas, construyendo su reputación.

Mi cuenta nunca había recibido un solo sueldo, ni un centavo de la manada.

Los únicos fondos que poseía eran quince mil dólares ahorrados con esfuerzo gracias a mis trabajos de medio tiempo durante mis estudios.

Ahora, porque lo había sorprendido con Clara, porque ella era la palanca que al fin le había torcido el brazo, Ethan recordaba que yo existía.

Qué patético.

Capítulo 3 Tres

Punto de vista de Aria

Me desperté con olor a panqueques y café.

Por un instante, todavía medio dormida, todo pareció casi normal. Entonces oí la risa de Clara subir desde la cocina y la realidad me cayó encima de golpe.

Me tomé mi tiempo para vestirme. Que disfrutaran de su pequeña fantasía doméstica.

Podía permitirme tener paciencia. Después de todo, ahora era multimillonaria. Y su clienta.

Cuando bajé, me esperaba en la encimera un plato con huevos, tostadas y tocino: la clase de gesto que pretendía pasar por una disculpa. Extendí la mano para tomarlo.

Marcus se abalanzó y me lo quitó antes de que pudiera alcanzarlo. El plato chocó contra el mármol con estrépito.

-¡No! ¡Esto es para Clara! ¡Papá lo preparó especialmente para ella!

Clara se apresuró a acercarse, agitando las manos.

-Marcus, cariño, así no se trata a la gente. Discúlpate con Aria.

Sus palabras eran miel. Sus ojos, clavados en los míos, puro triunfo.

Ethan apareció en el umbral.

-Marcus. Discúlpate. Ahora.

El niño arrastró los pies hasta mí, sin mirarme a los ojos.

-Perdón -murmuró.

No acepté sus disculpas.

Me levanté, crucé la habitación, lo agarré y lo apreté contra la pared. Saqué una rama delgada del jarrón más cercano y le descargué un fuerte golpe en el trasero.

Rompió a llorar.

-Aria, eso es demasiado. -Clara avanzó un paso-. Ya se ha disculpado...

-Qué curioso -dije mientras le propinaba otro golpe-. ¿Con qué derecho interfieres cuando una madre disciplina a su hijo malcriado?

Clara palideció y se clavó las uñas en las palmas.

-Todavía es pequeño... No ha hecho nada tan grave...

-Los errores pequeños que no se corrigen acaban convirtiéndose en errores graves -repliqué-. Si no lo disciplino ahora, más adelante me costará mucho más.

Eso la hizo callar.

Ethan se acercó y me sujetó la muñeca.

-Basta.

Tenía razón. La rabia ya se me había enfriado. Arrojé la rama al suelo. Marcus se refugió detrás de Clara, sollozando con tanta fuerza que ni siquiera podía fulminarme con la mirada.

Clara se mordió la lengua y le dio unas palmaditas en la espalda sin decir nada.

-Marcus. -Fijé la mirada en él-. Mientras yo sea tu madre, me respetarás. Si no eres capaz de aprenderlo, adoptaré a un niño mejor para que se convierta en el heredero legítimo de la manada.

La habitación quedó en silencio. Incluso Marcus dejó de llorar. Yo sonreía mientras hablaba.

-Aria, no... -La voz de Ethan se tensó.

-¿Qué es lo que no debo hacer? -Me volví hacia él con dulzura-. Ya que acepté adoptar a un niño que no comparte mi sangre, también puedo adoptar a otro. Mientras quieras que permanezca en esta manada, no intentes provocarme.

Contemplé los tres rostros que tenía delante, todos sombríos como una tormenta, y recogí el bolso con una sonrisa.

-Disfruten del desayuno. Los tres.

Había recorrido la mitad del camino hasta el coche cuando oí pasos a mi espalda.

-Aria, espera -ordenó Ethan-. He dicho que esperes.

Me volví despacio.

-¿Querías algo más?

Me alcanzó un poco sin aliento, con el cabello revuelto.

-Te llevaré a la oficina. Podemos revisar el contrato de Riverside por el camino.

-No voy a la oficina.

-¿Qué? Tenemos la reunión con...

-Reprográmala. -Abrí la puerta del coche-. Tengo otros planes.

-¿Qué planes?

-Voy a ver una casa.

Cerré la puerta y encendí el motor. En el espejo retrovisor, Ethan seguía en la entrada, con los puños apretados a ambos lados del cuerpo.

La Torre Meridiano era todo lo que prometía el anuncio y más. Ventanales de suelo a techo, techos altísimos y, lo más importante, era mía.

Ahora solo necesitaba muebles.

El distrito del mobiliario atendía a la élite de las manadas, y yo nunca había comprado allí. Era demasiado caro para alguien como la mujer que había sido hasta entonces.

Ahora, mientras recorría las relucientes salas de exposición, me sentía como una niña en una tienda de golosinas.

Deambulé entre muestras de cojines de seda y madera pulida, decorando mentalmente mi nuevo espacio. Moderno, pero cálido. Nada que ver con la estética fría que prefería Ethan.

Fue entonces cuando lo vi.

Un sofá de cuero gris carbón presidía la sala. La etiqueta decía: «Colección Russo. Edición limitada. 1 de 3».

Perfecto.

Estaba sacando el teléfono cuando una voz cortó el aire detrás de mí.

-Disculpa, pero me llevo este.

Me di la vuelta. Una mujer de mi edad estaba allí, con los brazos cruzados, mirándome como si fuera algo desagradable adherido a la suela de uno de sus zapatos de diseño.

Vestía de pies a cabeza con marcas que reconocía de las revistas de moda.

Llevaba el cabello rubio peinado en ondas perfectas y un maquillaje impecable. Todo en ella proclamaba dinero y privilegios.

-¿Perdón? -pregunté con cortesía.

-El sofá. -Lo señaló con impaciencia-. Lo vi primero, así que tendrás que buscar otra cosa.

Parpadeé.

-No creo que las compras funcionen así.

Sus labios brillantes se fruncieron.

-¿Tienes idea de quién soy?

-¿Debería?

Un rubor le ascendió por el cuello.

-Soy Vanessa Crane. Mi padre es Richard Crane, alfa de la manada Riverside. Y cuando digo que quiero algo, lo consigo.

La manada Riverside era bastante rica, pero no jugaba ni de lejos en la misma categoría que Luna Creciente.

-Estupendo -dije mientras me volvía hacia el sofá-. Aun así, voy a comprarlo.

Vanessa se puso escarlata. Chasqueó los dedos y dos hombres corpulentos, vestidos con trajes negros, aparecieron detrás de los expositores.

-Esta mujer me está acosando. Sáquenla de aquí.

Avanzaron hacia mí. Tensé el cuerpo, preparada para defenderme.

-Yo no haría eso en su lugar.

La voz llegó desde la entrada: profunda, refinada y dotada de una autoridad capaz de inmovilizar a todos los presentes.

Un hombre de cabello plateado y traje de tres piezas, impecablemente entallado, entró con paso firme, flanqueado por seis hombres vestidos de oscuro.

Se movía como alguien que llevaba décadas ejerciendo el poder y jamás había tenido que alzar la voz.

Los guardias de Vanessa retrocedieron al instante. Ella se quedó sin color.

-Beta Harrison -balbuceó-. No sabía que usted estaba...

-Es evidente.

Él ni siquiera la miró. Tenía toda su atención puesta en mí. Se detuvo e inclinó la cabeza en un gesto parecido a una reverencia.

-Señorita Smith. Es un honor conocerla por fin.

La sala de exposición quedó en silencio.

-Soy Harrison Reid, beta de la manada Luna Creciente. Su tío Victor me envió a buscarla.

-Espera. -La voz de Vanessa salió ahogada-. ¿Smith? ¿Como... Vincent Smith?

Harrison por fin se volvió hacia ella. No había calidez alguna en su expresión.

-Señorita Crane, creo que acaba de amenazar a la hija y única heredera de mi jefe. ¿Le gustaría reformular sus comentarios anteriores?

Vanessa pasó de pálida a cenicienta.

-Yo no... Ella no dijo... No tenía ni idea...

-La ignorancia no excusa la falta de respeto -repuso Harrison con una voz capaz de cortar cristal-, sobre todo cuando ha ordenado que la expulsaran por la fuerza del establecimiento.

Vanessa se volvió hacia mí, despojada de toda su arrogancia.

-Lo siento muchísimo. Si lo hubiera sabido...

-¿Habrías sido educada? -pregunté-. Qué bonito. Por desgracia, la decencia más elemental no debería depender del pedigrí de una familia.

Su expresión se desmoronó.

-Por favor, si puedo hacer algo para remediarlo...

La estudié durante un instante. Hacer enemigos en aquel momento habría sido una estupidez.

-Basta con una disculpa. Puedes irte.

No hubo que repetírselo. Prácticamente huyó, con sus guardias corriendo detrás.

Me volví hacia la vendedora que rondaba cerca.

-Me llevaré el sofá. Por favor, envíenlo al ático de la Torre Meridiano. -Hice una pausa-. Y también el sillón a juego.

Después volví a mirar a Harrison.

-Menuda entrada.

-La noticia se propagará rápido -respondió sin el menor asomo de arrepentimiento-. Pero era necesario. Con Aria Smith no se juega. Eso le ahorrará bastantes problemas más adelante.

Señaló la salida.

-El coche está esperando, señorita Smith. ¿Nos vamos?

-¿Adónde?

-A la casa de la manada Luna Creciente. -Esbozó una leve sonrisa-. A su hogar.

Guardé silencio unos segundos. Vincent era mi padre biológico.

Una herencia de mil millones de dólares había caído en mis manos. Ir a Luna Creciente era inevitable y, sinceramente, no tenía ningún motivo para evitarlo.

-Está bien -dije-. Si es mi hogar, al menos debería verlo con mis propios ojos.

Lo que tuviera que llegar, llegaría tarde o temprano.

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