No te das cuenta de lo calladamente que puede romperse un corazón hasta que te encuentras inmerso en tu propio silencio, deseando que alguien, cualquiera, te escuche. Pero en mi mundo, lo único que respondía era el eco de todo lo que había perdido antes de tener la oportunidad de poseerlo por completo. Siempre sentí que nunca pertenecí, ni a esta manada, y mucho menos a la familia en la que me pusieron.
El día que di mi primer aliento, mi madre dio el último. Mi padre, incapaz de sobrevivir al vacío que dejó su muerte, la siguió poco después, dejándome huérfana antes de que pudiera formar un recuerdo, o al menos eso me dijeron. Solo los conozco a través de unas pocas fotografías desgastadas, y nunca he sentido su ausencia como un amor perdido.
El Alfa Joe, el líder de nuestra manada, me entregó como un regalo indeseado a Ama y a Vargos. Durante un tiempo, un dulce y cruel momento, me trataron como a su propia hija hasta que cumplí siete años y el vientre de mi madre adoptiva empezó a hincharse con una nueva vida.
A partir de ese instante, el mundo se transformó. De repente, los brazos que antes me mecían se volvieron fríos, y los ojos que solían buscarme entre la multitud me ignoraban como si yo no existiera.
Estaban tan obsesionados con su nuevo bebé que se olvidaron de que su primera hija también necesitaba comida, calor y amor. Fue por eso que aprendí a cuidarme sola, buscando sobras en la nevera y quemándome las pequeñas manos al intentar preparar comidas que sabían tan mal como se veían.
Cuando nació el bebé, vaciaron mi habitación para hacerle su cuarto y tiraron todas mis cosas al depósito como si yo fuera un simple adorno viejo de Navidad. Como el lugar no tenía ventanas, me asaba viva en los veranos y me congelaba hasta los huesos en invierno. Dormía sobre un montón de ropa porque nunca se molestaron en prepararme una cama.
Al principio, odié a Levon por robarme a mis padres, pero, con el tiempo, el sentimiento se convirtió en algo más triste: la revelación de que no se puede perder lo que nunca fue tuyo. A medida que él crecía, me fui convirtiendo cada vez menos en una hermana y una hija y más en una sirvienta.
Pero ahora... ese día en que cumpliré dieciocho años. Normalmente, los cumpleaños no significaban nada para mí, pero esta vez era diferente. Esa noche, bajo la luz de la luna, mi gen lobuno latente despertaría y por fin sería una mujer lobo completa.
Mejor aún, una vez que me transformara, podría dejar la casa de mis padres adoptivos, mudarme a la casa de la manada, encontrar trabajo en el pueblo humano más cercano y empezar a ahorrar lo suficiente para finalmente dejar Khragnir y ver el mundo. Al pensar en eso, sonreí levemente. Llevaba toda mi vida esperando ese momento.
"¡Narine!". La estridente voz de Ama atravesó las paredes del depósito. "¡Son las cinco de la puta mañana! ¡Deja de ser tan inútil y ponte a hacer las cosas!".
Cerré los ojos y respiré profundamente. 'Aguanta, Narine. Solo unas horas más'. Entonces me levanté con dificultad de mi montón de ropa y salí del depósito. Ahí estaba ella, inclinada sobre la barandilla como una reina, observando a su sucia y humilde sirvienta.
"Lo siento, madre", susurré. No importaba si yo tenía razón o no, pero la disculpa era el único idioma que ella entendía.
Ama se burló. "¿Lo sientes? Pues deberías. Después de vivir de nuestra caridad todos estos años, lo menos que podrías hacer es colaborar más, y sobre todo los fines de semana".
¿Colaborar más? ¿Qué más querían que hiciera si ya me encargaba de todo? A pesar de eso, me tragué la amarga rabia que me subía por la garganta y le respondí: "Lo siento, madre. Empezaré con los quehaceres enseguida".
Nada de lo que hiciera sería suficiente, ya que, para ella, yo no era más que una carga. Apreté los puños con tanta fuerza que me temblaron. 'Respira hondo, Narine. Solo unas horas más'.
"Lárgate", soltó, despachándome con un gesto despectivo de la mano, y bajó la escalera como un pavo real mientras su cabello pelirrojo rebotaba a cada paso. Era una mujer bonita, sin duda, con su rostro en forma de corazón y sus llamativos ojos azules, pero era una lástima que su belleza estuviera manchada por ese carácter tan horrible.
En cuanto desapareció escaleras abajo, me apresuré a pasar. La habitación de Levon estaba al final del pasillo. Toqué suave, sabiendo que no debía despertarlo bruscamente, ya que, si hacía un berrinche, Ama y Vargos se asegurarían de que yo pagara las consecuencias.
Después de una pausa, la puerta se abrió. Él estaba ahí con su cabello pelirrojo todo despeinado y alborotado.
"Es súper temprano, ¿qué mierda quieres?".
"Lo siento, Levon. Vine para recoger tu ropa sucia".
Soltó un resoplido y desapareció en la habitación. Cuando volvió, me puso dos cestas repletas en los brazos y me cerró la puerta en la cara. Apreté los dientes. Solo habían pasado seis días desde la última vez que le lavé todo, y de alguna manera se las había arreglado para ensuciar ropa para un mes.
Solté una bocanada de aire, apartándome el flequillo de la cara, y me di la vuelta para irme. De repente oí que la puerta se abría de nuevo y sentí que algo grueso me golpeaba justo en la nuca; un gruñido involuntario se me escapó. Después de eso, la puerta volvió a cerrarse.
Recogí el edredón que él había tirado al suelo y arrastré las cestas mientras bajaba las escaleras. Convenientemente, Ama estaba tomándose su dosis diaria de café de la mañana mientras leía una de sus caras revistas de moda en la sala.
"La lavadora está dañada", soltó.
Al escuchar eso, me quedé helada. "¿Qué?".
"Se rompió ayer", murmuró con despreocupación. "Peter, de la casa de la manada, puede arreglarla... más tarde. Mientras tanto, lleva la ropa al recodo del río y lávala a mano".
La miré, aturdida. Hablaba en serio, por supuesto que sí. Ama no bromeaba, y menos se trataba de hacerme la vida imposible. A pesar de eso, no dije nada, solo me mordí el interior de la mejilla con tanta fuerza que sentí el sabor de la sangre. Sin decir ni una sola palabra, dejé las cestas junto a la escalera y fui al lavadero por el jabón.
"Ah, y llévate también la ropa de tu padre y la mía", añadió con suficiencia. Maldije para mis adentros y volví a la cocina para agarrar dos bolsas grandes de basura en las que cupiera toda esa ropa.
Al darme la vuelta, me tropecé y rápidamente me agarré al borde del mesón de madera para no caerme. Suspiré aliviada, pero la alegría me duró poco, ya que oí un estruendo cerca de mí. Cuando miré, me di cuenta de que había tirado sin querer un plato que estaba sobre el mesón.
"Más vale que no sea lo que creo que es". Oí la voz de Ama justo sobre mi cabeza. ¿En qué momento había llegado? Enseguida, rodeó el mesón y jadeó. Me levanté con rapidez, pero, antes de que pudiera incorporarme del todo, su mano se estrelló contra mi mejilla, empujándome hacia atrás contra el refrigerador. Sentí el ardor al instante, y mi cabeza rebotó contra la nevera con tanta fuerza que vi estrellas por un momento. Las lágrimas brotaron de mis ojos por la conmoción y el dolor.
"¡Maldita estúpida! ¡Ese era un plato muy antiguo!".
"Lo siento", susurré.
"¡Eso es lo único que sabes decir! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Lo siento! ¡Pedir perdón no arregla tu estupidez! ¡Inútil! ¡No eres más que un dolor de cabeza constante!".
Me quedé callada, dejando que los insultos llovieran sobre mí hasta que por fin se fue furiosa. Me sequé las lágrimas con manos temblorosas, recogí los pedazos de vidrio y limpié el desorden. Luego, sin decir nada más, me eché las bolsas pesadas a la espalda y salí tambaleándome por el largo camino hacia el recodo del río, donde había menos posibilidades de que alguien me viera así.
Las lágrimas no cesaron hasta que se me acabaron. Ni siquiera me di cuenta de que había llegado al recodo del río hasta que el claro se abrió ante mí. Sin perder tiempo, me arrodillé y empecé a separar la ropa en montones.
Yo no tenía mucha, solo unas pocas prendas gastadas que me habían dado algunos miembros de la manada. Como no podía dejar que se acumularan sucias, tenía que lavarlas todos los días.
Nuestra manada era pequeña, apenas unos doscientos miembros. Lo sabía porque cada año el Alfa Joe supervisaba un censo. Sin embargo, no éramos los únicos seres sobrenaturales.
Los licántropos gobernaban los siete reinos, pero la gente como yo no tenía ninguna oportunidad ni privilegio para conocer a ninguno. El resto del mundo sobrenatural existía en el trasfondo de mi vida, distante e irrelevante. En ese momento, lo único que importaba era la ropa que tenía en mis manos temblorosas.
La fregaba con más fuerza, presionando las palmas de las manos contra la tela hasta que los brazos empezaron a dolerme. Mientras la ira hervía en mi pecho, los recuerdos me golpearon: maltrato, abuso verbal, insultos, golpes físicos.
En ese momento, sentí cómo mis venas palpitaban con violencia mientras un dolor agudo y desgarrador se extendía por mi frente como una migraña. Era tan intenso que pensé que iba a desmayarme, pero, de repente, se detuvo.
Cuando volví a casa, el sol se ocultaba detrás del horizonte. Oí unas personas hablando adentro y la inconfundible voz del Alfa Joe. Confundida, abrí la puerta de un empujón. Todos en la mesa se volvieron hacia mí.
"Alfa", murmuré.
"Te estuve esperando toda la tarde, Narine", dijo él.
"Lo siento, Alfa. Estaba lavando la ropa en el recodo del río".
"¿Lavando la ropa?", repitió, desconcertado.
"Joe", intervino Ama con voz melosa. "Narine es una maniática de la limpieza. No deja de quejarse de que la lavadora no deja la ropa lo suficientemente limpia".
El Alfa asintió en señal de comprensión.
"De todas formas", continuó él. "Estoy aquí porque hoy es tu cumpleaños. Es costumbre que el Alfa te bendiga y rece para que el espíritu de Aeryna te acompañe en tu transformación de hombre a bestia".
Parpadeé, sorprendida. No podía creer que se acordara de mi cumpleaños. Mis padres no lo habían hecho.
"Gracias, Alfa", susurré.
"Ven, siéntate. Debes de estar hambrienta", dijo Ama, haciéndome un gesto para que me acercara.
Vacilé, sorprendida por su repentina muestra de amabilidad, pero dejé las bolsas junto a la puerta y ocupé el asiento vacío al lado de Levon. Ni siquiera recordaba la última vez que me había sentado ahí. Había tostadas, pollo, camarones, panqueques, pasta y fruta. Tomé una sola cucharada de pasta.
"¡Ay, cariño!", dijo Ama, arrastrando las palabras con voz empalagosa. "No seas tímida. A Joe no le importa que seas un poco glotona".
El Alfa soltó una carcajada y yo forcé una sonrisa tensa, haciendo todo lo posible por no reaccionar al insulto disimulado. 'Menos de ocho horas', me dije. Podía aguantar un poco más. Y entonces le clavaría los dedos en esa cara engreída.
"¿Siempre has tenido esa marca en la frente?", me preguntó Joe de pronto.
Me toqué esa parte del cuerpo, confundida. "¿Cuál?".
"Hay una pequeña marca roja ahí".
"Ah, debe de ser de cuando me choqué con un árbol al volver".
Joe asintió, conforme con la respuesta. En ese momento, la conversación cambió. Vargos y el Alfa discutían asuntos de la manada. Levon jugaba con su celular y Ama interrumpía de vez en cuando. Después de que la cena terminara en silencio, recogí los platos y los lavé.
Al mirar por la ventana, vi que el cielo se despejaba, revelando una luna llena, teñida de un rojo intenso. De repente, un calor intenso estalló bajo mi piel, y me encorvé, jadeando.
"Ya comenzó", murmuró Joe.
"Ve al patio", indicó Vargos. Su voz era fría y distante, como si estuviera dándole órdenes a una desconocida. "Quítate la ropa y recuerda respirar para soportar el dolor".
Nunca me había maltratado directamente, tampoco lo había impedido, así que su indiferencia lo hacía igual de culpable.
A pesar de eso, obedecí y salí tambaleándome mientras los demás me seguían. Ni siquiera llegué al centro del patio antes de que el primer grito se escapara de mi garganta. El viento rugía cada vez más fuerte. Las nubes de tormenta se acumulaban y los relámpagos cruzaban el cielo. Mis propios aullidos quedaron ahogados por el rugido de la tormenta mientras la agonía me atravesaba.
Entonces la lluvia cayó a cántaros. Mis huesos crujieron y se alargaron con una lentitud dolorosa. Sentía cómo mi columna se retorcía en ángulos antinaturales. El dolor era tan insoportable que lo único que pude hacer fue quedarme ahí tendida mientras las lágrimas se deslizaban por mis mejillas, impotente ante el suplicio. Después de lo que pareció una eternidad de gritos, la agonía por fin desapareció y me quedé ahí tirada, jadeando.
Al rato, me puse de pie con dificultad sobre unas piernas nuevas y observé con asombro cómo mi pelaje dorado brillaba bajo la lluvia, con reflejos champán que danzaban sobre el suave pelo. Las puntas brillaba con un rojo intenso que contrastaba con el fondo dorado
Ahora todo era más nítido. Podía oler, ver, oír y sentir más de lo que jamás había sentido. Sonidos lejanos, cada hoja, las gotas de agua. Lo percibía todo. Luego aullé con fiereza a la luna roja y me volví hacia los demás, rebosante de felicidad. Sin embargo, ellos estaban paralizados, mirándome como si hubieran visto un esperpento.
"Monstruo", susurró Ama.
Levon se quedó con la boca abierta. Joe y Vargos avanzaron con cuidado, como si se acercaran a un animal salvaje. Cuando intenté dar un paso adelante, todos retrocedieron de un salto.
"¿Qué clase de engendro es este?", murmuró Vargos.
"Aeryna te ha abandonado, niña", susurró Joe.
El pánico me inundó al escuchar esas palabras. ¿Qué estaba mal? ¿Por qué me miraban así?
Tan pronto me di la vuelta y vi mi reflejo en un charco, se me heló la sangre. Era enorme, superando incluso a mi padre, quien medía casi dos metros. Pero eso no fue lo que me sobresaltó, sino lo que vi después. En mi frente había un tercer ojo. Su cuenca era negra como el vacío y el iris brillaba con el fulgor del oro fundido, mientras que mis ojos principales ardían en un rojo intenso
Apenas tuve tiempo de procesarlo todo antes de que la oscuridad me tragara por completo.
Punto de vista de Narine
El pesado ruido de las botas se extendió por el pasillo estrecho y podrido como un sonido hueco que hizo temblar hasta los cimientos de este lugar olvidado de Dios. Un fino rayo de luz se coló por las grietas de mi calabozo, atravesando el suelo cubierto de suciedad. Al ruido de las llaves le siguió el chirrido quejumbroso de las bisagras oxidadas. La puerta de la celda se abrió con un quejido como en señal de protesta.
No me molesté en girar la cabeza. No importaba quién hubiera venido por mí; a esas alturas, todos se confundían en mi mente. No había ventanas ni relojes; así como tampoco había manera de distinguir el día de la noche.
"Oye, tú, ¿aún no te has muerto?", espetó Tobias. Su voz resonó en las paredes de piedra como si fuera vidrio roto. Luego escuché el golpe sordo de una bandeja al caer a mi lado.
"Eres una perra fuerte, te lo reconozco", murmuró, casi con un tono de admiración, antes de escupir en el suelo. "Han pasado tres años, ¿puedes creerlo? Este puto hoyo huele peor que una alcantarilla en descomposición. Es la última vez que bajo aquí, recuérdalo".
Tres años. Las palabras se deslizaron en mi mente como una daga envenenada, pero no sentí nada. ¿De verdad había pasado tanto? ¿Acaso el tiempo me había olvidado, del mismo modo que lo había hecho el mundo?
Tobias negó con la cabeza y se alejó hasta que el sonido fue engullido por la oscuridad. Sola otra vez, miré el techo agrietado, trazando una y otra vez la telaraña de fisuras con mis ojos cansados y vacíos.
Hacía mucho tiempo que había memorizado cada grieta, todas las vetas dentadas que estaban sobre mi cabeza, como si fuera un mapa que solo yo podía leer. Me sabía a la perfección todas las abolladura y los parches donde el moho florecía como llagas ennegrecidas. De hecho, podría reproducirlo en un lienzo de memoria.
Llevaba tanto tiempo pudriéndome en este calabozo... El tiempo suficiente para que el techo se volviera más familiar que los rostros de esos a quienes amé una vez. Y ahora sabía que ya habían pasado tres años.
¡Qué ironía! Mi situación actual era mejor que la de ese primer día, cuando desperté aquí, desnuda y temblando sobre el suelo helado. Esa noche, el frío me devoraba la piel como un ser hambriento. Mi cuerpo se encogió instintivamente sobre sí mismo en un patético intento de conservar algo de calor y dignidad. Pese a todo, tenía esperanza.
Eso fue antes de que me la arrancaran por capas y destrozaran mi alma en una lenta agonía. Interrogatorio no era la palabra adecuada, ya que un procedimiento así sugería preguntas y respuestas. Lo que ellos hacían no era para obtener información, sino para quebrarme.
Me golpearon hasta que los gritos me desgarraron la garganta, incluso cuando mi orgullo me suplicaba que guardara silencio. Me pincharon y ultrajaron de todas las formas imaginables. Me arrastraron una y otra vez al borde de la muerte, solo para traerme de vuelta con manos crueles, sin piedad. Y entre más tiempo sobrevivía, más creativos se volvían.
Algunos días, el dolor era tan insoportable que mi mente se desconectaba y me sumía en una bendita oscuridad. Pero cada vez que volvía a abrir los ojos, la pesadilla continuaba. Hay que reconocer que intentaron deshacerse de mí, varias veces, pero mi cuerpo, esa cosa maldita, los traicionó. Mi capacidad de curación era implacable; de hecho, cerraba las heridas rápido de lo que ellos podían infligirlas. En su desesperación, recurrieron a la plata y la grabaron a fuego en mi carne para evitar que sanara tan rápido. Funcionó, en parte. Sí hizo más lento el proceso y dejó un mapa de cicatrices grabadas en mi piel.
Joe. Lo recordaba con más claridad. No era como los demás, sino peor. Me trataba como un rompecabezas. Me arrancaba la piel, por capas, como la cáscara de una fruta, buscando el "monstruo" que juraba que se escondía debajo. Me dejaba marchitar, que la deshidratación me ennegreciera los labios, me agrietara la lengua y me retorciera el estómago, solo para sostenerme una sola gota de agua delante de los labios.
"Cambia", decía entre dientes, apartando la taza de mi alcance. "Muéstrame lo que realmente eres".
Pero yo estaba demasiado débil incluso para invocar a la bestia que tanto temían. Supliqué morir a gritos, rogué entre sollozos roncos y ásperos hasta que mi voz se apagó, pero incluso la muerte, al parecer, me consideraba repulsiva, tanto que me dio la espalda, dejándome atrapada en ese caparazón en descomposición.
Cuando se dieron cuenta de que no les servía de nada y que todo lo que quedaba era una cosa hueca y temblorosa, simplemente... me abandonaron como una reliquia rota del pasado, dejándome pudrir donde nadie me encontraría jamás.
Apenas podía recordar el mundo que existía más allá de estos cuatro muros desmoronados, la luz del sol besando mi piel, las estrellas brillando en el cielo nocturno como diamantes esparcidos, el calor del verano empapando mis huesos, el frío del invierno, el florecimiento de la primavera y la explosión de colores en otoño.
Anhelaba tanto esos momentos que a veces me dolía más que el dolor físico; sin embargo, esos recuerdos se desvanecían ahora, se volvían quebradizos, grises, y se desmoronaban como cenizas en mi mente.
Apenas podía moverme. Mis extremidades estaban rígidas e insensibles, consumidas hasta los huesos. Mi piel se aferraba desesperadamente a mis huesos y se agrietaba como un pergamino viejo. No me había bañado ni cepillado los dientes. Y, por supuesto, seguía sin vestirme.
Para colmo, ni siquiera había un baño en este miserable lugar. Durante tres años, dormí sobre mi propia suciedad, marinándome en orina, mierda, sudor y sangre. Mi pelo se había convertido hacía tiempo en una masa enmarañada y apelmazada que se arrastraba detrás de mí, con nudos que llegaban más allá de mi cintura, como enredaderas muertas.
Pero el hambre era el verdadero demonio. La agonía, el lento roer, la forma en que mi estómago se revolvía sobre sí mismo, comiéndome viva, me volvía loca. Me comí mi propia mierda para evitar las alucinaciones del hambre y me tomé mi orina para no morir de sed. Cada vez que lo hacía, otra parte de mi humanidad se marchitaba y moría dentro de mí, hasta que casi no quedó nada que pudiera llamarse humano.
Solía preguntarme si estaba maldita, y ahora sabía la respuesta. Si ni siquiera la muerte me tocaba, entonces sin duda estaba condenada. Nada bueno me había pasado desde el momento en que respiré por primera vez. Y odiaba, Dios mío, cómo detestaba todo eso.
Le guardaba rencor a mi madre por traerme a esta maldita vida cuando debería haberme abortado antes de que tuviera la oportunidad de desarrollarme. Odiaba a mi padre por abandonarme sin siquiera una segunda mirada. Aborrecía a todos en esa manada por darme la espalda y no intentar concederme el beneficio de la duda antes.
La soledad y el sufrimiento interminables me enseñaron una cosa: soy invisible e insignificante, un grano de arena en el engranaje del mundo, destinada a ser olvidada. Moriría en este asqueroso lugar y nadie me lloraría, ni siquiera recordarían mi existencia.
Giré la cabeza, despacio, para mirar lo que Tobias había tirado a mi lado. Probablemente el pedazo de pizza mohoso y tal vez un sorbo o dos de agua estancada, si se sentía generoso.
Pero entonces lo vi. Me recorrió los nervios medio muertos como un rayo. La puerta de la celda estaba entreabierta; apenas, pero claramente sin el cerrojo.
Por un momento, solo me quedé mirando, demasiado aturdida como para respirar. Parpadeé varias veces, preguntándome si mi mente finalmente me estaba jugando su jugarreta más cruel, pero no, la realidad se imponía obstinadamente ante mí. El perezoso y descuidado de Tobias no la había cerrado.
En ese instante, una extraña y desconocida sensación se agitó en lo más profundo de mi pecho vacío. Esperanza. Intentó florecer, estirando sus débiles zarcillos hacia la luz; sin embargo, la aplasté con fuerza, sin piedad.
Podía intentar escapar o, al menos, morir en el intento. La probabilidad de éxito era ridículamente pequeña. Incluso si por algún milagro lograba pasar desapercibida, ¿a dónde iría en ese estado? No era más que piel, hueso, y ni siquiera recordaba cómo era mi propio rostro, pero sabía que no era un espectáculo agradable de ver.
Apreté la mandíbula, triturando el pensamiento como si fuera vidrio entre mis dientes. Iba a morir, eso era inevitable; pero, si iba a fallecer, no permitiría que fuera pudriéndome, anónima, en esa miserable tumba, sino afuera, bajo el cielo abierto, con el viento frío en la piel y las estrellas como testigos silenciosos, o bajo los rayos del sol acariciando mi cuerpo.
Con una resolución tan frágil que podía romperse en cualquier momento, obligué a mi esquelético cuerpo a moverse. Mis piernas temblaban violentamente, incapaces de soportar ni el más mínimo peso, aunque no me importó.
Apoyé una mano contra los fríos barrotes, y los huesos crujieron en respuesta. Me arrastré hacia adelante, agarrándome al hierro. Mi respiración salía en jadeos entrecortados, como la de un hombre que se ahoga y alcanza la superficie por primera vez. Un pie delante del otro, una respiración agitada a la vez, hasta que, por fin, crucé el umbral.