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La Luna Protegida del Alfa Supremo

La Luna Protegida del Alfa Supremo

Autor: soniaccc
Género: Hombre Lobo
El día de su ceremonia de unión, la vida de Roxanne se desmoronó en un instante. Considerada una loba débil e insignificante, fue rechazada públicamente por el Alfa Damian, el hombre al que estaba destinada, para poner en su lugar a Brenda, su manipuladora hermana. Humillada, traicionada y desterrada en el silencio, Roxanne abandonó el territorio de la manada dejando atrás solo cenizas y dolor. Tres años después, la niña frágil que todos recordaban ya no existe. Convertida en una fría e implacable estratega de combate del Consejo Central, Roxanne regresa a su antigua manada con una misión oficial de seguridad que nadie puede rechazar. Su presencia impone respeto, su inteligencia domina el campo de batalla y su indiferencia destruye el orgullo de Damian. Atormentado por el arrepentimiento y descubriendo demasiado tarde los engaños de Brenda, Damian intentará desesperadamente recuperar el vínculo que rompió. Sin embargo, ya no hay marcha atrás: Roxanne ha captado la atención de Killian, el letal y dominante Alfa Supremo de la manada rival. Killian no solo ve la belleza de Roxanne, sino el poder indomable de su mente, y está dispuesto a mover cielo y tierra para protegerla... y hacerla suya.
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Capítulo 1 El día de la unión fallida

Preludio: La Noche en que la Luna de Sangre se Apagó

Bajo la luz del eclipse, el altar ceremonial de la manada Garras del Norte no resonaba con cánticos de bendición, sino con el eco de un desprecio público. Roxanne, con el vestido ceremonial desgarrado y la marca sagrada ardiendo con dolor punzante en la base de su cuello, presenció cómo el Alfa Damian unía sus manos a las de Brenda, proclamándola la nueva Luna frente a toda la asamblea. Sin juramentos, sin defensa y repudiada por su propia sangre, Roxanne cruzó las fronteras del territorio esa misma noche. Lo que la manada creyó que era el destierro de una loba débil e inútil, fue en realidad el nacimiento de la estratega más implacable que el Consejo Central haya entrenado jamás.

El aire en el Gran Salón de los Ancestros olía a pino seco, mirra y la pesada feromona de docenas de lobos ansiosos. Era la noche de la Luna Llenadora, el momento exacto en que las diosas del cielo alineaban los destinos de las parejas sagradas. Para Roxanne, debería haber sido el día más feliz de su vida; el día en que finalmente asumiría su lugar como Luna de la manada Garras del Norte al lado de Damian, el hombre que había amado en silencio desde la infancia.

Llevaba un vestido de lino blanco con bordados de plata en las mangas, confeccionado a mano durante meses. Sus dedos temblaban levemente mientras sostenía el ramillete de flores silvestres, pero en sus ojos brillaba la ilusión pura de quien cree en el destino.

En el centro del estrado, sobre el altar de piedra tallada, el Alfa Damian aguardaba. Alto, con hombros anchos y una presencia física intimidante, vestía la túnica de gala con los insignias de su linaje. Sin embargo, su rostro no reflejaba la devoción ni la alegría de un novio a punto de reclamar a su compañera divina. Sus rasgos estaban rígidos, tensos como la cuerda de un arco antes de disparar.

Roxanne avanzó por el pasillo central. La multitud de miembros de la manada abría paso a sus lados, pero los murmullos no tardaron en circular como un veneno sutil.

-Mírala... tan frágil. Apenas si puede contener su propia aura.

-¿Una Luna sin fuerza de combate? La manada colapsará en la primera incursión de los rogues.

-No tiene el porte para gobernar. Es un adorno, nada más.

Roxanne tragó saliva, manteniendo la cabeza erguida. Sabía que su naturaleza no era la de una guerrera de vanguardia; su fuerza siempre había residido en su capacidad de observación, su paciencia y su cuidado por los heridos. Pensó que con Damian a su lado, sus habilidades se complementarían. Se equivocó rotundamente.

Al llegar al escalón principal del altar, Roxanne se detuvo y elevó la mirada hacia Damian. Le ofreció una pequeña y cálida sonrisa, buscando un reflejo de complicidad en los ojos dorados de su Alfa. Lo único que encontró fue una frialdad glacial.

-Damian... -susurró ella,penas un aliento.

El anciano chamán de la manada dio un paso al frente, levantando el cuenco de bronce sagrado que contenía la mezcla de agua bendita y aceites para la marca de unión.

-Hijos de la Gran Luna -proclamó la voz rasposa del chamán-. Nos reunimos hoy bajo el ojo vigía de nuestros ancestros para atar dos almas que el destino ha unido. Alfa Damian, ¿aceptas a Roxanne como tu compañera predestinada y Luna de esta manada?

El silencio cayó sobre el Gran Salón con el peso de una losa de mármol. Nadie respiraba. La tensión era tan densa que se podía cortar con una daga.

Damian no miró al chamán. Tampoco tomó la mano de Roxanne. En su lugar, dio un paso atrás, marcando una distancia hiriente y deliberada frente a todos.

-No -dijo Damian. Una sola palabra, pronunciada con una calma atronadora que retumbó en las vigas del techo.

Roxanne sintió como si el suelo bajo sus pies se abriera por completo. El ramillete de flores resbaló de sus manos y cayó al frío suelo de piedra.

-¿Damian...? -alcanzó a articular, sintiendo un nudo ahogante en la garganta.

-No la acepto -repitió el Alfa, alzando la voz para que hasta el último guerrero en la última fila lo escuchara con claridad-. La manada Garras del Norte enfrenta tiempos oscuros. Las fronteras son amenazadas a diario y los clanes rivales buscan cualquier atisbo de debilidad para destruirnos. Yo necesito a una Luna fuerte a mi lado. Una guerrera de sangre caliente que pueda liderar tropas y derramar sangre si es necesario. Roxanne es débil. Su espíritu es blando, su cuerpo es frágil y no tiene el carácter para sostener la corona.

Las palabras cayeron sobre el pecho de Roxanne como puñaladas certeras. El vínculo de pareja divina, esa conexión espiritual que unía sus almas desde el nacimiento, comenzó a retorcerse de dolor dentro de su pecho. Su lobo interior aulló en agonía al sentir el rechazo explícito de su Alfa.

-¡Damian, por favor! -intervino una voz desde el lateral. Era Brenda, la hermana menor de Roxanne, quien avanzó con lágrimas calculadas en las mejillas y las manos juntas en gesto de falsa angustia-. No la humilles así enfrente de todos. Roxanne ha intentado ser lo que necesitas, aunque sepamos que jamás podrá lograrlo...

Brenda lucía deslumbrante. A diferencia de la sencillez de Roxanne, vestía una túnica de seda roja que resaltaba su silueta, y su aura emanaba una provocación estudiada. Roxanne miró a su hermana, esperando un gesto de consuelo, pero atrapó un destello cruento de triunfo en los ojos de Brenda antes de que esta volviera a bajar la cabeza fingiendo tristeza.

Damian miró a Brenda y la rigidez de su rostro pareció suavizarse ligeramente, en un contraste doloroso que destrozó el corazón de Roxanne.

-No es humillación, Brenda, es la dura verdad de la supervivencia -declaró Damian, dirigiendo de nuevo su mirada implacable a Roxanne-. Yo, Alfa Damian de la manada Garras del Norte, te rechazo solemnemente a ti, Roxanne, como mi pareja y como la Luna de mi pueblo. Rompo este vínculo aquí y ahora.

Un latigazo de fuego invisible recorrió las venas de Roxanne. El dolor físico del rechazo formal fue devastador; un ardor punzante se concentró en la base de su cuello, justo donde la marca de unión debía haberse grabado. Se llevó las manos al pecho, cayendo de rodillas sobre la piedra helada mientras el aire se negaba a entrar en sus pulmones. Lagrimas de pura agonía cayeron sobre su vestido blanco.

Nadie se movió para ayudarla. Ни los ancianos, ni los guerreros, ni sus propios conocidos. En la cultura de la manada, una loba rechazada por su Alfa por considerarla débil se convertía al instante en una paria, en un estorbo desprovisto de valor.

Damian caminó hacia donde ella estaba arrodillada. No para ofrecerle la mano o ayudarla a levantar su dignidad, sino para pasar a su lado sin siquiera volver a mirarla. Se detuvo justo frente a Brenda, extendiendo su mano firme hacia ella.

-Brenda ha demostrado la valentía, el carácter y la firmeza que este territorio exige -anunció Damian ante la asamblea estupefacta-. A partir de este momento, tomo a Brenda como mi compañera y la nueva Luna de las Garras del Norte.

El salón estalló en un murmullo de asombro que rápidamente se transformó en vítores obligados por parte de los guerreros más leales a Damian. Brenda aceptó la mano del Alfa con una sonrisa desbordante, ajustándose al costado del hombre que, segundos antes, pertenecía al destino de su hermana.

Arrodillada en el suelo, rodeada por el eco del aplauso de quienes solían sonreírle, Roxanne se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. El dolor insoportable en su pecho no desapareció, pero bajo la capa de devastación, algo dentro de ella se rompió para siempre. La niña ingenua, servicial y temerosa murió en ese mismísimo instante sobre las piedras del altar.

Levantó la vista. Vio a Damian alzando la mano de Brenda, consumando la traición. Nadie notó cuándo Roxanne se puso de pie, ni cómo se despojó del velo de novia, dejándolo abandonado junto a las flores pisotearas.

Sin pronunciar una sola palabra, sin rogar y sin emitir un solo sollozo más, Roxanne dio media vuelta y caminó hacia la salida. Cruzó las puertas del Gran Salón con la espalda recta, dejando atrás la luz de las antorchas, la manada que la repudió y al hombre que destrozó su alma.

Afuera, la noche era fría y la luna llena brillaba en lo alto, testigo silencioso del fin de su antigua vida y del comienzo de su oscuridad.

Capítulo 2 El rechazo formal del vínculo divino

La brisa helada de la medianoche soplaba con fuerza a través del bosque ancestral que marcaba los límites del territorio de las Garras del Norte. Las hojas secas susurraban un lamento constante, como si la misma naturaleza se doliera del sacrilegio cometido en el altar. Roxanne caminaba a paso firme, impulsada únicamente por una inercia mecánica. Sus pies, calzados con sencillas zapatillas de tela ceremonial, se desgarraban contra las piedras y las raíces del camino, pero el dolor físico en sus extremidades no era nada comparado con el infierno que ardía en su pecho.

El vínculo de la pareja divina no era un mero concepto abstracto o un arreglo diplomático; era una fuerza cósmica, una corriente de energía viva que enlazaba dos almas destinadas desde el origen de sus vidas. Hasta esa noche, Roxanne había sentido la presencia de Damian como un faro distante pero constante, una tibieza en el fondo de su ser que le aseguraba que nunca estaría sola.

Ahora, esa conexión se sentía como una herida abierta, un canal de fuego líquido que derramaba veneno en cada rincón de su alma.

A apenas unas millas de la frontera de la manada, Roxanne se detuvo. Un espasmo violento le recorrió la columna vertebral. Se apoyó contra el tronco rugoso de un roble milenario, jadeando en busca de un aire que parecía haberse vuelto tóxico. Se llevó ambas manos a la base del cuello, aplastando los dedos contra la piel desnuda. Allí, justo donde la marca sagrada de la Luna debía florecer en tonos dorados, la carne le quemaba como si le hubieran aplicado un hierro candente.

El rechazo expresado en el Gran Salón había sido verbal, un acto público de humillación social. Pero la ley de la estirpe lobuna exigía que la ruptura del vínculo divino se completara en el plano espiritual antes de que la Luna de Sangre alcanzara su cenit. Si el Alfa no cortaba los lazos en la mente y el alma, el lazo roto los arrastraría a ambos a la locura.

A lo lejos, el eco de unos pasos pesados rompió el silencio de la noche.

Roxanne cerró los ojos un instante, intentando estabilizar su respiración. No necesitaba darse la vuelta para saber quién se aproximaba. El olor a roble quemado y ceniza -el aroma característico del aura de Damian- saturaba el ambiente.

El Alfa emergió de la penumbra de los árboles. Ya no llevaba la túnica de gala; vestía su armadura ligera de combate, con el torso de cuero reforzado y la espada ceremonial colgada al cinto. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus ojos dorados brillaban con una inquietud sofocada. La presencia de Brenda no estaba con él; este era un acto que el líder debía ejecutar en soledad.

-Te fuiste sin esperar el decreto formal -dijo Damian. Su voz resonó grave, distante, carente de cualquier atisbo de la calidez que alguna vez le mostró cuando eran niños.

Roxanne lentamente se despegó del tronco del árbol. Se giró hacia él. A pesar del sudor frío que le empapaba la frente y de la palidez cadavérica de su rostro, no había una sola lágrima en sus ojos. Toda la fragilidad que había mostrado en el altar se había petrificado en una frialdad serena.

-¿El decreto? -preguntó ella, con una voz extrañamente pausada-. Ya me diste tu decreto frente a toda la manada, Damian. Me llamaste débil. Me quitaste el honor y me entregaste a mi propia hermana como un trofeo de tu pragmatismo. ¿Qué más necesitas? ¿Vienes a asegurarte de que me arrastre?

Damian apretó los puños, tensando la mandíbula. Por un brevísimo segundo, una sombra de duda cruzó su mirada al notar la falta de suplicas en ella. Estaba acostumbrado a la Roxanne dócil, a la loba que siempre buscaba conciliar y suavizar los asperezas. La mujer que tenía enfrente lo miraba con una lucidez punzante que lo incomodaba profundamente.

-Esto no es por crueldad, Roxanne. Es por el bien de las Garras del Norte -justificó él, dando un paso al frente-. El Consejo Central ha enviado advertencias sobre las incursiones del clan Sombra. Se avecina una guerra. Una Luna debe ser capaz de liderar la retaguardia, de ejecutar a los traidores y de infundir el terror en los enemigos. Tú pasas los días cultivando hierbas medicinales y organizando suministros. Eres blanda. Si te mantengo a mi lado por mero sentimentalismo, la manada pagará el precio con sangre.

-Cultivar hierbas y gestionar suministros es lo que ha evitado que tus guerreros mueran por infecciones y que tu gente pase hambre en los inviernos -respondió Roxanne, sin elevar el tono pero dejando que cada palabra cayera con el peso de una sentencia-. Confundes la piedad con la debilidad, Damian. Y confundes la ambición de Brenda con verdadera fuerza.

-¡No hables de Brenda! -cortó él, frunciendo el ceño-. Ella está dispuesta a hacer lo que sea necesario para respaldarme. Tú solo eras una carga que la diosa me asignó por error.

El insulto final caló profundo, pero Roxanne no se inmutó exteriormente. Mantuvo la barbilla en alto.

-Si tan seguro estás de tu decisión, acaba con esto -dijo ella, dando un paso hacia él-. Haz el rechazo formal del vínculo. Corta la conexión divina. Rompe lo que la diosa unió y carga con las consecuencias de tus actos.

Damian la observó fijamente. Un abismo de incomodidad creció en su estómago. El ritual de ruptura del vínculo era un proceso doloroso que requería que el Alfa invocara la fuerza de su linaje para despedazar la conexión espiritual. Normalmente, la loba rechazada caía de rodillas, llorando y rogando por una pizca de piedad para aminorar el choque del dolor. Pero Roxanne permanecía erguida, esperándolo.

El Alfa dio el paso definitivo, acortando la distancia entre ambos. Levantó la mano derecha. Sus uñas se transformaron en garras afiladas y un aura de color carmesí comenzó a emanar de sus poros.

-Roxanne de la casa de los Guardianes -recitó Damian con voz cavernosa, invocando la autoridad de su estatus-. Como Alfa de la manada Garras del Norte, declaro oficialmente que tu alma no es digna de la mía. Rompo el lazo de sangre, rompo el lazo de espíritu y rompo el lazo del destino. Te rechazo como mi compañera, como mi Luna y como parte de mi pueblo.

Damian apoyó la palma de su mano imbuida en energía sobre el cuello de Roxanne, justo en la marca del vínculo incompleto.

Un estallido de luz negra y carmesí iluminó el claro del bosque.

El dolor que atravesó a Roxanne fue incomparable a nada que hubiese experimentado antes. Se sintió como si le arrancaran el corazón del pecho con las manos desnudas y lo quemaran hasta volverlo cenizas. El lazo espiritual que la unía a Damian se tensó al límite hasta que, con un chasquido sordo que resonó en la mente de ambos, se rompió definitivamente.

Roxanne ahogó un grito de agonía contra sus propios dientes cerrados, negándose a darle a Damian el placer de escuchar su lamento. El impacto de la energía la obligó a hincarse sobre una rodilla. Las lágrimas brotaron de sus ojos involuntariamente por la pura reacción biológica del cuerpo ante el trauma espiritual, pero no emitió un solo sollozo.

En contraposición, Damian dio dos pasos hacia atrás de golpe, jadeando violentamente. Se llevó la mano a la cabeza, mareado. La ruptura del vínculo divino no era gratuita para el rechazador; el vacío súbito en su propia alma le dejó una sensación de frío abrumador y un sabor a hiel en la garganta. Por un segundo, sintió pánico, un instinto primario que le gritaba que acababa de cometer un error irreparable. Sin embargo, enterró ese pensamiento bajo su desmedido orgullo.

Roxanne, temblando convulsivamente, comenzó a levantarse poco a poco. Se apoyó en sus piernas, recuperando la verticalidad centímetro a centímetro hasta quedar de nuevo frente a él. La marca en su cuello se había convertido en una cicatriz pálida y muerta.

Damian la miró, sorprendido por su increíble capacidad de resistencia.

-Está hecho -dijo él, intentando estabilizar su voz-. A partir de este momento, eres una paria. Tienes hasta el amanecer para abandonar las tierras de las Garras del Norte. Si algún cazador de la manada te encuentra dentro de nuestras fronteras pasado ese tiempo, serás tratada como una intrusa y ejecutada.

Roxanne se limpió el rastro de sudor de la frente. Sus ojos, antes llenos de una calidez bondadosa, ahora reflejaban un abismo de hielo absoluto.

-No necesitaré hasta el amanecer, Alfa Damian -dijo ella, usando su título con una distancia corrosiva-. Me voy de este territorio miserable. Pero recuerda bien esta noche.

Roxanne dio un paso hacia la frontera, cruzando la línea invisible que delimitaba el territorio de la manada. Al pisar la tierra neutral, se giró por última vez para mirar al hombre que había sido su mundo.

-Rechazaste a la loba que te habría dado su vida por protegerte -pronunció Roxanne, con una voz que cortó el aire como una hoja de acero-. Has coronado a una serpiente y has destruido el único equilibrio que mantenía a tu pueblo en pie. Un día, Damian, tus murallas caerán, tu poder se desmoronará y buscarás desesperadamente la fuerza que hoy despreciaste. Pero para cuando te des cuenta de tu error... yo seré quien juzgue tu caída.

Sin esperar respuesta, Roxanne se dio la vuelta y se adentró en las sombras de la noche, desapareciendo en el bosque espeso.

Damian se quedó de pie en el límite del territorio, observando la oscuridad donde ella se había hundido. Un viento helado recorrió el claro, y por primera vez en su vida, el Alfa sintió un escalofrío de puro terror recorrerle la espina dorsal.

Capítulo 3 La traición de Brenda

La noche no dio tregua a Roxanne. Aunque técnicamente ya había cruzado la frontera oficial hacia la tierra neutral, el único camino seguro que la alejaba de las montañas conducía por un sendero secundario que bordeaba los antiguos almacenes de la manada. Necesitaba llegar a la cabaña de sanación -el lugar donde había dedicado sus últimos cinco años- para recuperar las pocas pertenencias que le pertenecían por derecho propio: los diarios de su madre, un par de mudas de ropa y el medallón de su linaje. No pretendía llevarse nada que perteneciera al clan.

Sin embargo, al acercarse al perímetro posterior de la aldea, ocultándose entre las densas sombras de los pinos, una silueta ya la aguardaba junto a la puerta de madera de la cabaña.

Brenda vestía una capa oscura con capucha, pero la luz de la luna llena iluminaba su rostro con absoluta claridad. No había rastros de las lágrimas ni del gesto preocupado que había fingido horas antes en el Gran Salón. En su lugar, su rostro mostraba una mueca de satisfacción contenida, una sonrisa fría que reflejaba la victoria de una cazadora sobre su presa.

-Sabía que vendrías aquí antes de huir como la rata que eres -dijo Brenda, dando un paso al frente y cruzando los brazos sobre el pecho.

Roxanne se detuvo a pocos metros. A pesar del cansancio físico, el dolor devastador del rechazo formal y el rastro de sangre seca que manchaba su vestido ceremonial, mantuvo la postura firme. No le daría a su hermana el espectáculo de verla quebrada.

-Hazte a un lado, Brenda. Solo vengo por lo que es mío. No tengo ningún interés en volver a ver tu cara ni la de Damian.

Brenda soltó una risotada suave, un sonido agudo que resonó con burla entre los árboles.

-¿Lo que es tuyo? Nada en esta manada es tuyo, Roxanne. Nunca lo fue. Damian, el título de Luna, el respeto de los guerreros... todo esto siempre debió ser mío. Tú solo fuiste un obstáculo ridículo que la diosa puso en mi camino. Una loba floja que pretendía liderar con compasión y libros de medicina. ¿Realmente creíste que un Alfa tan ambicioso como Damian se conformaría con alguien como tú?

-Le diste a Damian exactamente lo que su orgullo exigía, no lo que la manada necesita -respondió Roxanne con voz serena, una frialdad que pareció molestar a Brenda-. Pero no te engañes a ti misma. Sabes perfectamente que manipulaste las patrullas. Sabes lo que hiciste para convencernos a todos de que mis informes de estrategia eran defectuosos.

La sonrisa de Brenda se amplió, revelando una chispa de malicia pura.

-¿Y qué si lo hice? -admitió Brenda en un susurro cargado de veneno, dando un paso más hacia su hermana-. Nadie te creería aunque se los dijeras. Durante meses me encargué de cambiar las órdenes de suministro, de susurrarle al oído a Damian sobre tu "incapacidad" para tomar decisiones bajo presión, de alterar los mapas de guardia para que los rogues parecieran filtrarse por tus sectores. Creé a la loba débil que todos vieron hoy en el altar. Y lo mejor de todo es que Damian se lo tragó completo porque su propio ego no le permitía ver más allá.

Roxanne apretó los puños a los costados. La rabia, un sentimiento caliente y puro, comenzó a desplazar la agonía del rechazo en su interior. No era dolor por haber perdido a Damian -el hombre que la había desechado de forma tan ruin no merecía un solo segundo más de su lamento-, sino la indignación ante la traición visceral de su propia sangre.

-Nuestra madre te confió a mi cuidado antes de morir -dijo Roxanne, manteniendo la mirada fija en los ojos de Brenda-. Te protegí cuando todos te consideraban demasiado caprichosa para el entrenamiento. Y así es como pagas la lealtad.

-¡Nuestra madre te prefería a ti! -siseó Brenda, perdiendo por un instante su máscara de compostura y mostrando el resentimiento que la consumía por dentro-. Todos te preferían a ti por tus "sabias palabras" y tu "corazón noble". Pero al final, el poder no le pertenece a los nobles, Roxanne. Le pertenece a quienes tienen la astucia de tomarlo. Ahora yo soy la Luna de las Garras del Norte. Y tú no eres más que una exiliada sin manada, sin nombre y sin futuro.

Brenda hizo un gesto con la mano hacia la penumbra del bosque. De entre los árboles emergieron cuatro guerreros de la guardia personal del Alfa, hombres leales que Brenda había estado cultivando en secreto con favores y promesas de ascenso. Iban armados con lanzas y cadenas de plata, el metal diseñado para neutralizar y torturar a la estirpe lobuna.

Roxanne evaluó la situación en una fracción de segundo. Estaba debilitada por la ruptura del vínculo, pero su mente estratégica trabajaba a máxima velocidad.

-Damian me dio hasta el amanecer para salir del territorio -recordó Roxanne, midiendo las distancias.

-Damian es demasiado blando en el fondo -respondió Brenda con desdén-. Si te deja ir con vida, siempre existirá el riesgo de que cambie de opinión o de que tu recuerdo lo atormente. Un Alfa arrepentido es peligroso para mi posición. La historia de las Garras del Norte no necesita una ex-compañera vagando por las fronteras. Es mucho más conveniente para todos que la "frágil" Roxanne haya tenido un trágico accidente a manos de los rogues al intentar huir.

Los cuatro guerreros comenzaron a cerrar el cerco, levantando sus lanzas.

-Asegúrense de que no quede nada que reconocer -ordenó Brenda, dando un paso atrás para observar el espectáculo.

El primer guerrero se abalanzó sobre Roxanne con la lanza por delante. A pesar del dolor desgarrador en su cuello y de la falta de transformación lobuna, los reflexivos entrenamientos que Roxanne había estudiado en teoría se tradujeron en práctica instantánea. Esquivó la estocada ladeando el cuerpo, usó el propio impulso del atacante para desequilibrarlo y le propinó un golpe certero con la palma abierta en la base de la garganta. El guerrero cayó de rodillas, ahogándose.

El segundo atacante intentó atraparla con las cadenas de plata. Roxanne dio un salto hacia atrás, tomó una vara pesada de roble que apoyaba el tejado de la cabaña y la blandió con una precisión matemática. El impacto dio de pleno en el rostro del lobo, partiéndole el labio y derribándolo contra el suelo helado.

Brenda dio un paso atrás, abriendo los ojos con una mezcla de sorpresa y furia al ver a la hermana "débil" defenderse con semejante efectividad.

Sin embargo, la superioridad numérica y el agotamiento físico comenzaron a pasarle factura a Roxanne. El tercer guerrero logró sujetarla por el brazo, apretando la carne lesionada por el rechazo. Un dolor paralizante le recorrió la espina dorsal, haciéndola ahogar un grito. El cuarto lobo alzó su daga de plata, listo para hundirla en su pecho.

-¡Suficiente! -resonó una voz imponente desde el dosel del bosque.

No era la voz de Damian. Era una voz mucho más profunda, cargada de un aura tan aplastante y antigua que los cuatro guerreros cayeron instintivamente sobre una rodilla, temblando por el puro impacto del poder biológico.

De entre la niebla nocturna surgieron dos figuras vestidas con capas de viaje gris oscuro, con el blasón de la balanza y la espada grabado en los broches de bronce: los emisarios de élite del Consejo Central.

El líder del grupo, un veterano de guerra de mirada severa y cicatrices en el rostro, avanzó con paso firme.

-Lady Brenda -dijo el emisario con una voz que no admitía réplica-. El Consejo Central tiene jurisdicción absoluta sobre los territorios neutrales y los límites de frontera. Atacar a una loba expulsada fuera de los juicios del Consejo es un crimen de guerra. Si esa daga toca su piel, toda la manada Garras del Norte será sometida a una auditoría militar inmediata.

Brenda palideció. Sabía que Damian no podía permitirse una inspección del Consejo en este momento de vulnerabilidad. Apretó los dientes, tragándose el veneno, y volvió a poner su cara de inocencia.

-Solo... nos asegurábamos de que la intrusa abandonara el territorio de forma segura, emisario -mintió Brenda, haciendo una señal rápida a sus hombres para que se retiraran.

El emisario del Consejo ni siquiera le honró con una respuesta. Miró a Roxanne, evaluando con ojo clínico las heridas de su cuello, su vestido desgarrado y la firmeza indestructible de su mirada a pesar del trauma.

-Roxanne de la casa de los Guardianes -dijo el hombre del Consejo-. Tu petición de asilo y alistamiento en la Academia de Estrategia del Consejo Central ha sido procesada y aceptada. Tu talento ya no será desperdiciado en tierras que no saben valorar el verdadero poder.

Roxanne se soltó del agarre del guerrero caído, se limpió la sangre de la mejilla y miró a Brenda por última vez. La falsa Luna temblaba de rabia contenido, consciente de que había perdido su oportunidad de eliminarla.

-Disfruta tu corona de espinas, Brenda -dijo Roxanne con una serenidad que helaba la sangre-. Mantén a Damian ciego el tiempo que puedas. Porque cuando la mentira se caiga y este territorio se hunda, no habrá nadie aquí para salvarlos.

Sin mirar atrás, Roxanne caminó hacia los emisarios del Consejo Central, adentrándose con ellos en las sombras del camino real. Detrás de ella, la manada que la vio nacer quedó sepultada en la oscuridad de la noche, ajena al hecho de que acababan de entregar a su mejor protectora en manos del destino.

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