Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Hombre Lobo > La Luna equivocada
La Luna equivocada

La Luna equivocada

Autor: : Eva Gutierrez
Género: Hombre Lobo
«No puedo ser tu pareja. No tengo loba. No puedo ni siquiera HABLAR. ¿Qué tipo de Luna sería?», escribí furiosa. -No me importa nada de eso. «Debería importarte». -Pero no me importa. «Estoy rota, Dylan. Llevo siete años rota. Tienes una vida. Una manada. Una novia. No puedes tirar todo eso por...». Apartó mi libreta sin dejarme terminar. -¿Por ti? Sí puedo. *** Hace siete años, Kate Brennan perdió su voz, sus padres y su loba. Ahora vive en las sombras de la manada Silvercrest, ignorada por todos. Dylan Silvercrest es el heredero perfecto, el Alfa que todos quieren... y el prometido de otra. Cuando Dylan rescata a Kate de un ataque, sus pieles se tocan y descubren que son almas gemelas, destinados. Pero Kate es una omega muda y sin loba. La que nadie quiere. La Luna equivocada. El padre de Dylan le dice que la rechace o habrá guerra, su prometida jura destruirla y su manada cree que no es digna de él. Kate debe alejarse, debe protegerlo de ella. Pero el vínculo no entiende de sacrificios, solo sabe que él es suyo y ella es de él. ¿Puede una loba rota ser suficiente para el Alfa más codiciado de todos?

Capítulo 1 Una omega sin loba

POV Kate:

El candado de la puerta trasera de Luna's Brew se atascó otra vez, como cada maldita mañana. Tuve que sacudir la llave tres veces, no, cuatro, antes de que cediera con un clic que se escuchó demasiado fuerte en el silencio de las cinco de la madrugada. El aire aún estaba muy frío, así que me froté las manos antes de empujar la puerta y entrar al olor rancio de café viejo y trapos húmedos que siempre quedaba de la noche anterior.

Encendí las luces, que parpadearon y zumbaron antes de iluminar las mesas vacías y el piso que necesitaba ser trapeado mejor de lo que lo habían dejado la noche anterior.

Bueno, eso podía esperar. Primero, café.

La máquina de espresso era lo único en ese lugar que valía la pena. Diez años tenía ya y seguía funcionando mejor que mi auto. La prendí, esperé a que calentara, moví los granos del contenedor hacia el moledor. El ruido era horrible, agudo y estridente, pero a esa hora no había nadie que se quejara. Y yo no podía quejarme aunque quisiera, porque para eso tenía que empezar por poder hablar.

Ja. Qué graciosa.

Mientras el espresso caía en la taza blanca con una grieta en el borde que nadie más usaba porque era mía, comencé la rutina: sacar las sillas de las mesas, limpiar la barra con el trapo que olía a vinagre porque el desinfectante se había acabado la semana anterior y yo seguía olvidando comprarlo, revisar que hubiera suficientes vasos limpios, suficientes tapas para los vasos de papel y suficiente leche en el refrigerador.

La leche estaba bien. Las tapas, no tanto. Tendría que pedir más.

El proveedor de pasteles llegaría a las seis y media con las donas glaseadas que nadie compraba pero que yo tenía que ordenar igual porque el dueño, el señor Harris que solo aparecía los viernes para recoger la ganancia, insistía en que los clientes querían variedad. Lo que los clientes querían era café y las galletas de avena con chips de chocolate que horneaba la señora Martínez y que yo recogía de su casa cada lunes y jueves.

Tomé mi café. Estaba muy caliente y me quemó la lengua. Perfecto.

A las seis en punto, giré el cartel de la puerta de «Cerrado» a «Abierto» aunque sabía que nadie vendría hasta las seis y media como mínimo. Era parte de la rutina. Todo tenía que ser parte de la rutina o mi cabeza comenzaba a ir a lugares donde no quería que fuera.

Me senté en el taburete detrás de la barra y saqué la libreta negra que Maya, mi mejor y única amiga, me había regalado para Navidad porque la anterior se me había acabado. Esta tenía como cincuenta páginas llenas ya de órdenes, comentarios, observaciones random que escribía cuando me aburría. En la página de hoy anoté: «Pedir tapas. Desinfectante. Revisar por qué el baño hace ese ruido».

El señor Thompson entró a las seis y cuarenta y dos, como siempre, con su periódico bajo el brazo. Nunca a las seis y media, nunca a las seis y cuarenta y cinco. Seis cuarenta y dos.

Me vio y asintió. Yo asentí de vuelta. No necesitábamos más. Fui a la máquina, preparé su café negro en la taza grande para llevar, sin azúcar, sin crema, sin nada, y lo puse en la barra. Él dejó dos dólares y veinticinco centavos, el precio exacto, y se fue sin mirar atrás.

Esa era toda nuestra conversación. Todos los días desde hacía tres años.

Los siguientes clientes fueron la pareja de maestros que trabajaba en la primaria y que siempre pedía dos capuchinos con leche de almendras y un muffin de arándanos para compartir. Señalé el menú aunque ya sabía qué querían, ellos señalaron de vuelta, yo preparé todo y ellos se sentaron en la mesa junto a la ventana donde se quedaban media hora antes de irse.

A las siete y cuarto, la señora Chen entró como un tornado. Esa mujer tenía como setenta años pero se movía como si tuviera treinta y nunca, NUNCA, se callaba. Lo cual estaba bien. Yo no tenía que escribir nada en la libreta, solo escuchar.

-Kate, mi niña, ¿cómo estás? -me preguntó aunque sabía que no le respondería-. Te ves cansada, ¿estás durmiendo bien? Deberías tomar esas vitaminas que te recomendé, las que venden en la farmacia de la calle Oak, ¿te acuerdas? Te las anoté la semana pasada.

Asentí aunque no había comprado ninguna vitamina. Preparé su té verde con miel mientras ella seguía hablando.

-Mi nieto, el pequeño Connor, ganó el concurso de deletreo en su escuela. Imagínate, solo tiene siete años y ya deletrea palabras como «pterodáctilo» y «bibliografía». Es un genio, Kate, un genio. Su madre dice que soy exagerada pero no, no lo soy. Ese niño va a ser doctor o abogado o algo importante, ya lo verás.

Le di su té. Ella me dio tres dólares aunque solo costaba dos cincuenta. Le devolví el cambio. Ella lo dejó en el frasco de propinas que estaba junto a la caja registradora.

-Quédate con eso, mi niña. Cómprate algo bonito.

Sonreí un poco. No podía evitarlo. La señora Chen era... en fin, era de las buenas.

Se quedó otros veinte minutos contándome sobre su otro nieto y sobre su hija que estaba embarazada otra vez. Yo asentía por momentos, fruncía el ceño cuando era apropiado, y así.

Cuando se fue, limpié su mesa y vi que había dejado una servilleta con un corazón dibujado y las palabras «Eres especial» escritas con su letra temblorosa.

Diablos. Iba a llorar si seguía mirándola. Tiré la servilleta a la basura, no podía permitirme ser sentimental.

Maya llegó a las ocho de la mañana en punto, con su cabello negro recogido en una cola de caballo descuidada y su chaqueta de mezclilla que tenía un parche de una luna sonriente en la espalda. Se dejó caer en el taburete al otro lado de la barra con un suspiro dramático.

-Necesito cafeína o voy a asesinar a alguien -declaró-. Preferiblemente a mi jefe, que decidió que reorganizar TODA la sección de no-ficción era una idea brillante que teníamos que empezar hoy.

Le preparé su latte con dos shots de espresso y canela encima, como le gustaba. Ella lo agarró con las dos manos como si fuera lo único que la mantenía viva.

-Eres una santa -me dijo después del primer sorbo-. Una diosa. Te amo.

Saqué mi libreta y escribí: «Dime algo que no sepa».

Maya se rio. Luego se inclinó sobre la barra con esa mirada que significaba que tenía chisme.

-Entonces... Ezra me llevó a cenar anoche.

Levanté las cejas y escribí: «¿Y?».

-Y fue... perfecto. Tipo, demasiado perfecto -me dijo ella, emocionada-. Me abrió la puerta del auto, Kate. ¿Quién hace eso todavía? Y me llevó a ese restaurante italiano, ya sabes, el caro que está en el centro, y pagó la cuenta sin siquiera parpadear. Y luego caminamos por el parque y solo... hablamos. Por horas.

Escribí: «¿Te besó?».

Las mejillas de Maya se pusieron rojas.

-Sí. Bueno. En la mejilla. Cuando me dejó en casa. Fue... tierno.

Escribí: «Patético».

-¡Kate! -Maya me golpeó el brazo pero estaba sonriendo-. No es patético, es romántico. No todos somos amargadas como tú.

Me encogí de hombros. Escribí: «Solo digo que un beso en la mejilla después de casi un mes saliendo es... lento. Muy lento».

-Él es un caballero -lo defendió Maya-. Y además, no tenemos prisa. Las cosas buenas toman tiempo, ¿sabes?

No respondí a eso. Las cosas buenas. Sí, claro. No es que yo supiera mucho sobre eso.

Maya se quedó otros veinte minutos, terminó su latte, me hizo reír con una historia sobre un tipo en la biblioteca que había intentado devolver un libro que había sacado en 1987, y luego se fue corriendo porque iba tarde. Antes de irse me abrazó fuerte, como siempre.

-Nos vemos mañana, ¿sí? Y piensa en venir a la reunión este fin de semana. Sé que no te gusta, pero... sería bueno verte por ahí.

Asentí aunque ambas sabíamos que no iría. No iba a las reuniones de la manada. No iba a ningún lado relacionado con la manada si podía evitarlo.

El resto del día fue normal, los clientes entraban, yo preparaba café, ellos pagaban y luego se iban. A las dos de la tarde terminé mi turno, limpié un poco, conté el dinero de la caja registradora y lo guardé en la bolsa del banco para el señor Harris. Doscientos dieciocho dólares, no estaba mal para la mañana de un martes.

Cuando llegó mi relevo, Sarah, y le entregué todo, conduje a casa en mi viejo auto que hacía un ruido extraño cada vez que doblaba a la izquierda, como si algo estuviera suelto debajo. Probablemente lo estaba, tendría que llevarlo al mecánico pero eso significaba gastar dinero que no tenía.

Pasé por el límite del territorio Silvercrest sin mirar demasiado hacia el bosque. No necesitaba mirar. Sabía que estaba ahí, esa línea invisible que separaba su mundo del mío. Yo vivía en el margen, técnicamente era parte de la manada pero no realmente. No cuando no podía cambiar. No cuando mi loba estaba... rota.

La casa que compartía con mi tía Meredith era pequeña, tenía dos habitaciones y un baño que tenía azulejos naranjas de los años setenta.

Meredith estaba en turno doble en el hospital. Su nota estaba pegada en el refrigerador con un imán de un gato: «Llegaré tarde. Hay sobras de lasaña. No te quedes despierta hasta tarde. Te quiero».

Calenté la lasaña en el microondas, tres minutos, aunque quedó hirviendo por fuera y fría en el medio. Me la comí de todas formas, parada junto al fregadero, mirando por la ventana hacia el jardín trasero donde la hierba estaba muriendo en parches.

Puse la tele, había una película vieja en blanco y negro. No necesitaba el sonido. Nunca lo necesitaba. Podía leer los labios o simplemente... no me importaba seguir la trama. Era solo ruido de fondo, algo que llenara el silencio durante la tarde.

Luego preparé la cena mientras leía por ratos un libro. Comí sola como casi siempre y a las diez me fui a la cama. Me lavé los dientes y me puse el pijama que tenía un agujero en el dobladillo, mi favorito.

Y luego, como cada noche, puse la mano en mi pecho. Justo en el centro, donde se suponía que debía sentir a mi loba. Cerré los ojos y busqué.

Nada.

Solo silencio.

Solo vacío.

Siete años y todavía esperaba que una noche fuera diferente. Que una noche ella estaría ahí, esperándome, lista para volver.

Pero no. Nunca lo hacía, yo seguía siendo una omega sin loba.

Quité la mano, me giré hacia un lado y cerré los ojos.

Al día siguiente sería igual. Y al otro más arriba también. Así de patética e insignificante era mi vida.

Capítulo 2 El Alfa perfecto

POV Dylan:

Me desperté a las cinco y media sin necesidad de alarma, como había hecho cada día desde los dieciséis años cuando mi padre decidió que ya era hora de que aprendiera lo que significaba ser un Alfa. El cuarto estaba oscuro todavía, y por un segundo me permití quedarme ahí, mirando el techo, antes de levantarme.

Solo un segundo. Más sería debilidad.

Me duché con agua fría porque el agua caliente te vuelve blando, según mi padre. Me vestí: jeans negros, camiseta gris, y las botas de combate que había usado durante cinco años y que ya tenían la suela desgastada pero no importaba, funcionaban.

Bajé las escaleras de la mansión Silvercrest sin hacer ruido, aunque sabía que mi padre ya estaba despierto en su oficina y que probablemente había escuchado cada paso. Nada se le escapaba a Marcus Silvercrest. Nada.

Ezra, mi mejor amigo, me esperaba afuera apoyado contra su camioneta, bostezando.

-¿Por qué hacemos esto tan jodidamente temprano? -me preguntó cuando me acerqué-. Los lobos son criaturas nocturnas. Deberíamos estar durmiendo.

-Los lobos cazan al amanecer -le recordé-. Vamos.

-Sí, sí, lo que digas, Alfa perfecto.

Le di un golpe en el hombro. Él se rio.

Llegamos al campo de entrenamiento a las seis en punto. Ya había diez lobos esperando, la mayoría jóvenes entre dieciocho y veinticinco años que querían subir en rango o simplemente necesitaban quemar energía. Algunos me saludaron con la cabeza, otros con un «Buenos días, Dylan» formal.

No exigía que me llamaran por mi título. No todavía. Eso vendría cuando mi padre finalmente me cediera la posición de Alfa y, honestamente, no tenía prisa porque eso pasara.

-De acuerdo -dije, mirando al grupo-. Calentamiento primero. Cinco kilómetros en forma de lobo. El último en llegar hace cincuenta lagartijas.

Hubo algunos gemidos pero nadie protestó. Nos quitamos las camisetas, dejamos nuestra ropa en una pila, y nos transformamos. El cambio era tan natural como respirar después de años haciéndolo, el chasquear de los huesos recolocándose, el estiramiento de los músculos, y luego cuatro patas en lugar de dos.

Mi lobo era grande, más grande que la mayoría, con pelaje negro azabache que había heredado de mi padre. Ezra era café rojizo, más pequeño pero más rápido. Corrimos.

El bosque Silvercrest era hermoso a esa hora con el sol apenas asomándose entre los pinos y el rocío todavía en las hojas. Ese era mi territorio, lo conocía cada árbol, cada sendero, cada roca. Había crecido aquí, y algún día lo protegería oficialmente. Algún día sería responsable de cada lobo que vivía dentro de estos límites.

No era una responsabilidad que tomaba a la ligera.

Regresamos al campo cuarenta minutos después. Jordan, un chico de diecinueve años que era demasiado entusiasta y poco coordinado, llegó de último. No se quejó cuando le indiqué que hiciera las lagartijas.

Pasamos las siguientes dos horas entrenando combate cuerpo a cuerpo en forma humana. Yo supervisaba, corregía posturas, peleaba contra algunos para mostrarles dónde estaban fallando. Ezra era mejor maestro que yo, tenía más paciencia, pero yo era mejor peleador. Así eran las cosas.

A las ocho y media terminamos. Los dejé ir a desayunar mientras Ezra y yo nos quedamos atrás, limpiando el área.

-¿Tienes patrullaje hoy? -me preguntó Ezra.

-De nueve a once en la frontera este. ¿Y tú?

-Marcus me asignó supervisar a los equipos de construcción en el nuevo complejo de cabañas. Aparentemente algunos trabajadores humanos están haciendo preguntas sobre por qué necesitamos tanta seguridad.

-¿Y?

-Y les voy a decir que es porque somos paranoicos. Rico paranoico, pero paranoia al fin.

Me reí un poco. Ezra siempre podía hacer eso, hacer que las cosas parecieran más ligeras.

El patrullaje fue tranquilo. Recorrí los límites orientales del territorio con tres guardias, revisamos las marcas de olor que definían nuestra frontera y nos aseguramos de que no hubiera señales de intrusos. Había rastros viejos de venados, algunos coyotes, pero nada peligroso. Bien.

Regresé a la mansión al mediodía. Mi madre había preparado el almuerzo o, más bien, había ordenado a las empleadas que lo prepararan, pero ella estaba ahí en el comedor supervisando que todo estuviera perfecto. Elena Silvercrest no hacía nada a medias.

-Dylan, cariño -me saludó cuando entré-. Justo a tiempo. ¿Cómo estuvo el patrullaje?

-Tranquilo.

-Bien, bien. Tu padre quiere verte después del almuerzo. Algo sobre la reunión con los Montrose la próxima semana.

Por supuesto que sí. Siempre había algo sobre los Montrose últimamente. Desde que el compromiso se había formalizado seis meses atrás, mi vida había girado alrededor de alianzas territoriales, acuerdos comerciales, y planes de boda que no me interesaban en lo más mínimo.

Pero era mi deber. Y yo no fallaba en mi deber. Jamás.

Pasé la tarde atendiendo disputas menores entre miembros de la manada. Los Jameson estaban peleando otra vez con los Carter sobre la propiedad limítrofe entre sus casas. La señora Morrison quería un permiso para expandir su negocio de jardinería al territorio vecino, lo cual requería aprobación del Alfa. Había un joven lobo que quería desafiar su rango actual, así que programé un combate formal para el viernes.

Papeleo. Siempre había papeleo. Permisos de construcción. Reportes de seguridad. Presupuestos. A veces me preguntaba si ser Alfa era más administración que liderazgo.

A las seis, Ezra apareció en mi oficina con dos cervezas.

-Se acabó el día -anunció, dejando una botella en mi escritorio-. Deja eso y vamos a hacer algo que no sea aburrido.

-Tengo que terminar...

-No, no tienes. Lo que sea que estés leyendo puede esperar. Vamos.

Sabía que no iba a ganar esa discusión. Dejé la pluma, agarré la cerveza, y seguí a Ezra afuera hacia el balcón trasero que daba al bosque.

Nos sentamos en las sillas de madera y bebimos en silencio por un rato, mirando el sol bajar entre los árboles.

-¿Estás nervioso? -me preguntó Ezra finalmente.

-¿Por qué estaría nervioso?

-Por la boda, es en seis meses.

Ah. Eso.

-No -le dije-. No estoy nervioso.

-¿Emocionado, entonces?

Tomé otro trago de cerveza. ¿Cómo respondía a eso honestamente sin sonar como un bastardo?

-Valeria es... buena -le dije al fin-. Es inteligente, viene de buena familia, entiende lo que significa esta unión para ambas manadas. Será una buena Luna.

-Eso no es lo que te pregunté.

-Es suficiente.

Ezra me miró de esa forma que significaba que quería decir algo pero estaba decidiendo si debía o no.

-¿Qué? -le pregunté.

-Nada, solo... ¿nunca te preguntaste si podrías tener una pareja destinada por ahí? ¿Una verdadera?

Alma gemela. El vínculo. La conexión que supuestamente era más fuerte que cualquier cosa, que te completaba de formas que no sabías que estabas incompleto. Solo que era rara. Muy rara. La mayoría de los lobos nunca la experimentaban.

-Estadísticamente, es probable que no -respondí-. Y aunque la tuviera, el deber viene primero, Ezra, ya sabes eso. Esta alianza con los Montrose fortalece ambas manadas, protege nuestras fronteras, asegura el futuro de cientos de lobos. No puedo poner mis deseos personales por encima de eso.

-Suenas como tu padre.

Lo dijo sin malicia pero dolió de todas formas porque era verdad.

-Mi padre construyó esta manada en lo que es hoy -le dije-. Si sonar como él significa que estoy haciendo lo correcto, entonces bien.

Ezra no respondió. Solo bebió su cerveza y miró hacia el bosque.

Más tarde esa noche, después de que Ezra se fuera y después de que cenara con mis padres en un silencio incómodo interrumpido solo por comentarios de mi madre sobre flores para la boda, subí a mi habitación.

Tomé un baño, me vestí y me dejé caer en la cama. Debía dormir, mañana sería otro día igual, pero mi mirada cayó en el escritorio, en el último cajón a la derecha. El que siempre mantenía cerrado.

No debía. No había razón para hacerlo.

Pero me levanté de todas formas, abrí el cajón y saqué la foto.

Era vieja, tenía los bordes gastados y los colores un poco desvanecidos. Yo tenía diez años en ella, quizás once. Estaba parado junto a una niña de la misma edad, ambos sonriendo y cubiertos de lodo después de haber jugado en el bosque. Ella tenía el cabello castaño oscuro enredado, sus ojos color avellana brillantes, y un diente frontal un poco chueco.

Su nombre era Kate Brennan.

No había pensado en ella en... bueno, eso era mentira. Pensaba en ella mucho más de lo que debía, sobre todo después de conversaciones como la que había tenido con Ezra esa tarde. Pensaba en ella más de lo que era apropiado.

Habían pasado años desde la última vez que habíamos hablado. Después de lo que le había pasado, después de que había perdido a sus padres y su loba se había bloqueado, ella se había retirado. Había dejado claro que no quería nada que ver con la manada ni con nadie de su pasado.

Y yo había respetado eso.

Pero a veces me preguntaba cómo estaba. Si estaba bien, si alguna vez pensaba en los días cuando éramos niños, cuando éramos mejores amigos, y todo era más simple.

Probablemente no. De seguro me había olvidado por completo.

Guardé la foto, cerré el cajón, apagué la luz y me acosté en la oscuridad, mirando el techo otra vez.

Al día siguiente tenía una reunión con mi padre sobre los acuerdos territoriales. Al otro más arriba, entrenamiento con los nuevos reclutas. El viernes, supervisar el combate de rango. El sábado, la reunión de la manada donde tendrá que estar con los Montrose y Valeria.

Mi vida estaba planeada. Cada día. Cada semana. Cada año hasta que eventualmente tomara el lugar de mi padre. Así era como debía ser.

Cerré los ojos e intenté no pensar en esos ojos color avellana y la sonrisa con el diente chueco. Funcionó... más o menos.

Capítulo 3 Una punzada en el pecho

POV Kate:

Meredith me había dejado la nota en la mesa del desayuno el jueves: «Reunión el sábado. Tienes que ir, no es opcional». Como si sus notas tuvieran más autoridad que las conversaciones normales. Bueno, tal vez sí. No era que pudiera discutir con un pedazo de papel.

Pasé los siguientes dos días tratando de encontrar excusas. Que tenía que trabajar era una mentira muy obvia, mi turno en la cafetería acababa a las dos y ni siquiera abría los fines de semana. Que estaba enferma era otra mentira a la cara, pues mi salud era de las pocas cosas que funcionaba bien. Tal vez que mi auto no arrancaba... bueno, esa todavía no era verdad, aunque estaba a muy poco de serlo, pues el ruido estaba empeorando.

Pero el sábado por la mañana, Meredith apareció en mi cuarto a las diez, todavía en su uniforme de enfermera después del turno nocturno y con esa mirada que significaba que no iba a aceptar un no como respuesta.

-Te vas a bañar, te vas a vestir con algo que no sea jeans y camiseta, y vas a ir -me dijo-. Somos parte de esta manada, Kate. Por muy marginales que seamos, seguimos siendo parte. Y cuando el Alfa hace un anuncio oficial, se espera que mostremos respeto.

Respeto. Ja. ¿Respeto por qué? ¿Por el sistema que me había dejado afuera desde el momento en que mi loba se bloqueó? ¿Por la manada que me veía como rota, como menos?

Pero Meredith tenía esa arruga entre las cejas que aparecía cuando estaba preocupada y cansada, y ella había hecho mucho por mí, así que... en fin.

Me bañé y me puse el vestido azul oscuro que había comprado para el funeral de la señora Peterson el año anterior y que era lo más formal que tenía. Me cepillé el cabello y me lo dejé suelto porque no tenía energía para hacer algo más complicado. Ni siquiera me maquillé, ¿para qué? No es que alguien fuera a mirarme de todas formas.

Llegamos a los terrenos de la manada a las tres de la tarde. El estacionamiento ya estaba lleno de camionetas caras y algunos autos deportivos de los lobos más jóvenes que les gustaba presumir. Estacioné mi viejo auto lo más lejos posible del edificio principal.

-¿Estarás bien? -me preguntó Meredith, tocando mi brazo.

Asentí. Estaría bien. Solo tenía que aparecer, quedarme una hora y después irme. Fácil.

Pero esa era una enorme mentira para darme ánimos a mí misma. Nada sobre esto era fácil.

El gran salón estaba decorado con flores blancas y doradas, los colores tradicionales de los Silvercrest. Había al menos doscientas personas adentro, quizás más. El olor a lobo era abrumador, todos esos cuerpos juntos, todas esas jerarquías y territorios y relaciones que yo no entendía porque hacía siete años que no participaba realmente en la vida de la manada.

Me quedé cerca de la entrada, en una esquina junto a una planta enorme y seguramente igual de cara. Nadie me notó. Bien, así era mejor.

La gente hablaba, reía, se saludaba. Vi a algunas caras conocidas: los Morrison, los Carter, los Jameson que siempre estaban peleando sobre algo. Maya estaba al otro lado del salón con Ezra, con su mano en el brazo de él, ambos sonriendo. Se veían... felices. Bien por ellos.

A las tres y media, Marcus Silvercrest subió al estrado en el frente del salón. El silencio cayó inmediatamente. Así era el poder de un Alfa, podía controlar una habitación completa sin decir una palabra.

-Gracias a todos por venir -comenzó Marcus con su voz autoritaria-. Hoy celebramos un evento importante para nuestra manada y para nuestro futuro.

Bla bla bla. Alianzas. Fortaleza. Tradición. Las mismas palabras que los Alfas habían usado por generaciones para justificar matrimonios arreglados y decisiones políticas.

Entonces Dylan subió al estrado. Y, maldita sea, se veía... bien. Traje negro, camisa blanca, el cabello oscuro peinado hacia atrás. Tenía esa presencia que hacía que todos lo miraran, esa autoridad natural que ni siquiera tenía que fingir.

No lo había visto de cerca en años, desde...bueno, desde todo lo que había pasado con mis padres y mi loba. Habíamos estado en la misma habitación en reuniones anteriores, claro, pero yo siempre me quedaba en las sombras y él siempre estaba rodeado de gente. Nunca habíamos... interactuado.

Era mejor así. Dylan ya no se parecía en lo absoluto al niño risueño y divertido que había sido mi mejor amigo durante toda mi niñez. De seguro ya se había olvidado por completo de mí.

Valeria Montrose subió después de él. Por supuesto que era hermosa, alta, rubia, delgada, con un vestido blanco que le quedaba perfecto. Se paró junto a Dylan y sonrió a la multitud como si hubiera nacido para estar ahí.

Y tal vez sí. Tal vez ella era exactamente el tipo de mujer que debía estar junto a un Alfa.

Marcus habló sobre la alianza entre los Silvercrest y los Montrose, sobre cómo este matrimonio fortalecería ambas manadas, sobre el futuro brillante que les esperaba.

Dylan no sonreía pero tampoco se veía infeliz. Solo... sereno. Aceptando. Como si esto fuera simplemente otra responsabilidad que debía cumplir.

Valeria tomó su mano. Él no se apartó.

La multitud aplaudió.

Y entonces sentí algo extraño en el pecho: una punzada, como si alguien hubiera halado una cuerda que no sabía que estaba ahí. Me llevé la mano al pecho sin pensar y presioné contra el dolor.

¿Qué demonios?

Miré hacia el estrado. Dylan estaba mirando a la multitud, sus ojos estaban escaneando las caras. Por un segundo, solo un segundo, me pareció que me veía. Que sus ojos se habían fijado exactamente donde yo estaba parada en las sombras junto a la planta cara.

Pero luego su mirada siguió moviéndose y el momento pasó.

Tal vez lo había imaginado.

El dolor en mi pecho también pasó. Probablemente había comido algo en mal estado en el almuerzo. Sí, eso era todo.

No podía quedarme más tiempo. No podía estar en esa habitación llena de lobos felices celebrando algo que no significaba nada para mí. Busqué a Meredith con la mirada pero ella estaba hablando con la señora Morrison y no quería interrumpirla.

Me escabullí hacia la puerta y nadie lo notó. Nadie notaba nunca cuando me iba.

Afuera el aire era fresco y limpio, sin el olor abrumador de demasiados lobos en un espacio cerrado. Caminé hacia donde estaba estacionado el auto, saqué las llaves y me subí.

El motor arrancó después de tres intentos. Bien. Al menos algo funcionaba hoy.

Conduje de regreso a casa por la carretera que bordeaba el territorio. El sol estaba bajando y el atardecer ofrecía una vista muy bonita, pero yo solo quería llegar a casa, quitarme ese vestido incómodo, y olvidar que alguna vez había ido a esa estúpida ceremonia.

El auto hizo el sonido raro en la primera curva. Luego un ruido nuevo: un chirrido agudo que hizo que me dolieran los dientes.

Genial.

«Vamos, solo unos kilómetros más. Puedes hacerlo», imploré mentalmente.

El auto hizo otro ruido, este como un gruñido.

Mierda...

Pero seguí conduciendo y el auto siguió funcionando, apenas, hasta que llegué a casa. Lo estacioné en la entrada y apagué el motor. Cuando intenté arrancarlo otra vez solo para probar, no pasó nada. Ni siquiera el sonido de arranque. Nada.

«Perfecto -me dije-. Más que perfecto».

Tendría que llamar a un mecánico. O pedirle a Maya que me llevara al trabajo los próximos días. O... algo. Lo resolvería al día siguiente.

Entré a la casa. Me quité el vestido, me puse unos pantalones viejos y una camiseta de una banda que ni siquiera me gustaba pero que había encontrado en una tienda de segunda mano.

Calenté sopa de lata y me la comí directamente de la olla porque no quería lavar un plato después. Luego me senté en el sofá y puse la tele, pero no le presté atención a lo que estaba pasando en la pantalla.

En lugar de eso, me quedé ahí sentada con la mano en el pecho otra vez, presionando donde había sentido ese dolor extraño.

No sentía nada ahora. Solo mi corazón latiendo normal.

De seguro no había sido nada. Quizás solo me estaba volviendo un poco loca.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022