Mi nombre es Nadia.
A los veintitrés años, ya era la Luna de la Manada Sangre Roja y llevaba tres años de casada con Alonso. Incluso si no hubiéramos sido compañeros predestinados, mi trabajo en beneficio de la manada podría haber sido calificado como sobresaliente. Era la mejor en lo que hacía, en la comunidad del Alfa nunca se había visto una Luna más involucrada y altruista.
Así que estar en esa posición en ese momento me tenía completamente confundida. Tenía que estar soñando o, mejor dicho, protagonizando una pesadilla, la situación en la que me encontraba no podía ser real.
"¿Por qué lo hiciste, maldita?", preguntó mi gamma. Me había golpeado tanto que terminé en el piso recibiendo un latigazo tras otro. "Oh, Diosa mía. Por favor, necesito una respuesta. Necesito saber", suplicaba para mis adentros. ¿De qué diablos me acusaban?
Levanté la cabeza y miré fijo a los ojos de mi verdugo. Yo lo conocía y él a mí, mi gamma sabía que era su Luna. Habíamos crecido juntos, y me había hecho un juramento hacía tres años; sin embargo, en ese momento, me azotaba como si fuera una criminal.
"¿Por qué me golpeas?", le pregunté sin perder la dignidad.
"Te hice una pregunta, Eric", insistí, sosteniendo el peso del cuerpo en los brazos mientras permanecía arrodillada en el suelo de la celda.
"¿Qué hice para que me traten así?".
Eric me miró furioso.
"¡Sabes lo que has hecho!". De la nada impactó otro latigazo en mi espalda, este me desgarró la piel.
"Katie.", le susurré a mi loba, y dejé caer la cabeza entre mis brazos hasta golpear el suelo.
"Katie, me duele mucho.". Las lágrimas me comenzaron a correr por las mejillas y, aunque intenté resistir y ser valiente, no pude más y me dejé caer por completo en el suelo.
"¿Puedes ayudarme, Katie? ¿Puedes curarme?", le pedí a mi loba.
"Eso quisiera, Nadia", gimió dolorida, "pero no puedo hacerlo, estoy demasiado débil. Hace horas que no para de golpearnos". Podía escuchar sus aullidos, ella le pedía ayuda a los dioses. ¿Dónde estaba mi Diosa en ese momento? No merecía tanto padecimiento.
"Por favor", susurré e intenté levantar la cabeza otra vez.
"¿Qué pasa, Eric? Lo que sea que suceda, debes saber que es solo un malentendido". Apoyé la cabeza en el suelo para girar y hablarle.
"¡Nos engañaste, maldita!", gruñó Eric. "Nos hiciste creer que eras una buena mujer, pero eres malintencionada y no tienes corazón". Acto seguido, levantó el brazo y me volvió a golpear.
Sabía que no podría escapar, me había dado acónito para debilitarme y así someterme. Estaba desarmada y no tenía escapatoria.
"Te lo juro, Eric. No tengo idea de qué estás hablando.", murmuré sin fuerzas.
"Entonces, ¿cómo es que el cachorro está muerto, eh?", Eric replicó, y me abofeteó con saña. "¿Cómo es que perdimos a nuestro pequeño Alfa, eh?".
¡¿Qué?! ¿Qué pequeño Alfa? ¿Quién había muerto?
"¡No me mires como si no tuvieras idea de lo que está pasando, maldita!", me acusó, y me pegó una vez más. "¡Mataste al bebé de Laura, el heredero de nuestra manada!".
¿El cachorro que esperaba Laura estaba muerto?
"¡Yo no lo hice!", grité con la poca fuerza que me quedaba, jamás habría hecho algo así.
"¡No la toqué! ¡No es culpa mía si ella abortó a su cachorro!", me defendí, comenzaba a sentir palpitaciones.
Cualquiera podría pensar que el cachorro de otra mujer, el cual se convertiría en heredero de la manada, representaría un conflicto. Lo digo porque yo era la Luna y la esposa legal de Alonso Pacheco, el Alfa de la Manada Sangre Roja. Pero para entenderlo había que meterse un poco más en el tema.
Si bien yo era su Luna, era estéril. Durante tres años, lo único que mi marido había querido era tener un heredero, y yo no se lo había logrado dar.
No tenía idea de por qué la Diosa de la Luna me había privado de esa posibilidad, pero así lo había querido.
¿Pero por qué me acusaban de matar a ese cachorro? Yo no tenía nada que ver con esa desgracia.
"¡Deja de mirarme de esa forma!", Eric gruñó de repente, y yo volví a prestarle atención. "¡Deja de mirarme como si fueras inocente!".
Cerré los ojos horrorizada al ver que dirigía el látigo una vez más hacia mí; pero antes de que me tocara, la puerta se abrió, y escuché un fuerte rugido.
"¿Pero qué ca*rajo hiciste, Eric?".
"Lo que me dijeron, que la hiciera pagar por sus crímenes", contestó Eric. Pablo Nicolás, nuestro Beta, se precipitó hacia nosotros y lo alejó de mí. Yo tenía tanta sangre en el rostro que apenas podía ver a Eric, pero sí pude sentir que caía al suelo cerca de mí.
De repente, sentí el olor de Alonso. Él estaba allí, confiaba en que me creería. Él me conocía, sabía que yo era incapaz de hacer algo como lo que Eric decía, yo sabía que mi Alfa me amaba.
Justo cuando intenté mirarlo, Pablo le gruñó a Eric: "¿Quién di*blos te crees que eres para castigarla? Ella merece un juicio, hasta entonces, nadie podrá decir si es culpable o no". Pablo se arrodilló y observó mis heridas.
"¡Sal de aquí, Eric, y no vuelvas a aparecer o te estrangularé por maltratar a tu Luna!", le ordenó a continuación.
"¡Ella ya no es mi Luna!", Eric replicó, obedeció las órdenes y salió de la celda; me quedé sola con Alonso y Pablo. Esperaba que mi marido se pronunciara a mi favor, pero no lo hacía.
"¿Qué has hecho, Nadia?", susurró Pablo mirándome con tristeza.
"Yo... no hice nada", balbuceé. Intenté mirarlo a los ojos, pero estaba demasiado débil. Giré la cara hacia Alonso y traté de alcanzar su mirada; él me observaba con odio.
"Alonso...", susurré.
"Laura dice que fuiste tú". Me quedé helada ante el comentario de Pablo, que había suavizado el tono en el que se dirigía hacia mí. "Todo está en tu contra, Nadia".
Miré a Alonso, no podía creer que no me creyera, que no confiara en mí, yo acababa de enterarme de lo que había pasado con el cachorro de Laura. ¿Cómo podía demostrarles que no había tenido nada que ver?
¿Quién podría defenderme?
¡Rosa!
Seguro que mi Omega sabía que yo no había estado con Laura; de hecho, habíamos estado juntas todo el tiempo, así que supuse que ella podía ayudarme. Ella era mi única esperanza.
"Alonso". Levanté la vista y lo miré a los ojos. "Por favor, habla con Rosa Herrera, ella sabe que yo no lo hice. Es mi sirvienta, está siempre conmigo. Te dirá la verdad, yo soy incapaz de tocar a un cachorro inocente. Alonso, no soy ese tipo de persona". Rompí a llorar de nuevo. "¡Yo no lo hice!", grité desesperada ante la locura de la que se me acusaba.
No pude agregar nada más, la persona que más amaba en el mundo me ignoraba, como si nunca me hubiera querido, como si fuera su mayor enemiga.
"No es necesario que me digas nada", respondió Alonso, mi Alfa, mi compañero, mi marido. "Ya sé lo que hiciste".
¿Qué? No podía creer lo que sucedía.
"Cariño, yo nunca...". No me dejó explicarle, su semblante se tornó sombrío y se precipitó hacia mí con tanta violencia que me sobresalté.
"¡No me hagas daño!", le grité presa del pánico, y me abracé las rodillas hasta quedar en posición fetal para protegerme del golpe. Mi acción lo sorprendió.
"¿Qué haces Alonso?", Pablo intervino, luego me miró confundido.
"¿En serio me lo preguntas?". Alonso estaba furioso y estaba usando su comando alfa con él. "¿Cómo te atreves a pedirme explicaciones delante de esta basura?". En ese momento, los aullidos de Katie comenzaron a resonar cada vez más fuerte en mi cabeza. Él nos odiaba. Él no nos creía.
"No te sientas traicionado, Alonso. Hay que darle la oportunidad de explicarse, de defenderse, si es que hay algo que no haya podido decir hasta ahora".
Alonso me miró, yo me envolví el torso con los brazos heridos para contrarrestar el frío que sentía mientras la sangre fluía de mi cuerpo.
"Morirá pronto, si no detienes esta locura", le advirtió Pablo. Por fin Alonso se estremeció, tal vez era una señal de que todavía conservaba algún sentimiento, una pizca de amor hacia mí en su corazón.
"Yo no lo hice", susurré probando suerte. "Nunca te lastimaría de esta manera, Alonso", le recordé.
Nunca le habría hecho algo así, y él lo sabía.
"¡Pero lo hiciste!", me reprochó Alonso con remordimiento en la mirada. Después, giró la cabeza, como si ya no tolerara mirar mi cuerpo herido.
"Estabas celosa de Laura. Te dije que ella nunca ocuparía tu lugar de Luna y que necesitaba que ella procreara. Pero tú no hiciste más que conspirar contra mí por celos".
"Siempre confié en ti, Alonso. Yo jamás sentí que ella fuera una amenaza. Siempre confié en ti". Reuní la fuerza que me quedaba, me arrodillé e intenté ponerme de pie.
"¡Mientes!". Se alejó unos pasos y me apuntó con el índice, tenía los ojos inyectados en sangre. Yo no me podía dar el lujo de ser débil, tenía que lograr que me escuchara.
"¡Lastimaste a mi compañera, a la madre de mi cachorro!", me gruñó.
¿Su compañera? Esas palabras fueron esclarecedoras, tenía que ponerle un freno a lo que estaba sucediendo.
"Si ella es tu compañera, ¿qué soy yo, Alonso?", le pregunté inmutable porque todo comenzaba a aclararse. Él la amaba, por mucho que lo negara, y mi pregunta lo había tomado por sorpresa. No supo qué responder a eso.
"Si alguna vez me amaste, aunque sea por un segundo...". Lo miré a los ojos. "Te lo ruego, trae a mi sirvienta. Rosa sabe todo lo que hago, ella estuvo conmigo casi todo el tiempo. Ella será mi testigo".
Él me miró con desconfianza.
"Vamos, ella tiene derecho a...". Pablo intentó intervenir una vez más, pero una suave voz de mujer lo interrumpió.
"Ella tiene razón". Alonso se dio vuelta y miró hacia la puerta.
"¿Qué haces aquí, Laura? Deberías descansar después de todo lo que has sufrido", se alarmó Alonso.
"Quiero hablar con Nadia, quiero que me diga por qué lo hizo", musitó.
"¡Porque estaba celosa!", Alonso le explicó y la abrazó. Katie y yo estábamos sufriendo, él me había marcado, de modo que tenía que saber que me estaba lastimando.
"Dijo que tiene una testigo, tal vez tenga razón y todo es un malentendido", añadió Laura. Mi corazón se detuvo.
"Algo no está bien, Nadia", susurró Katie. "¿Nos está defendiendo? ¿Por qué haría eso?".
"Que venga la sirvienta", le pidió Laura a Alonso. "Si no fue ella, quiero saber quien puso veneno en mi comida para que abortara a nuestro dulce e inocente cachorro".
Me quedé helada. ¿Me iba a dar la oportunidad de defenderme? ¿Quería salvarme de esa locura? ¿Pero por qué me ayudaba?
"¿Estás segura?", le preguntó a Laura sin mirarme, y ella asintió con actitud inocente.
"Te daré una última oportunidad, Nadia", me advirtió Alonso y se alejó de Laura. "Y lo hago por todo lo que compartimos".
"Trae a Rosa Herrera", le ordenó a Pablo.
Por fin accedió a hacerlo, me estaba dando una oportunidad. No me importaba que no lo hiciera por nosotros sino por el bien de Laura, al menos tenía la oportunidad de defenderme.
"¿Me llamaste, Alfa?". Cuando me vio en esas condiciones, Rosa se puso blanca como un papel. "¡Luna!", gritó horrorizada, se quiso acercar, pero Alonso la detuvo.
"¡No te acerques a ella!".
Usando su comando, el Alfa le preguntó: "Dime la verdad, Rosa. ¿Nadia es culpable o no de la muerte de mi cachorro?". Esa pregunta hizo que mi sirvienta se detuviera en seco, luego comenzó a temblar y rompió en llanto.
¿Qué di*blos estaba pasando?, ¿por qué reaccionaba así?
"¡Te ordeno que hables!", Alonso le gruñó, ella me miró y me sonrió con malicia.
"¡Lo siento mucho, Alfa!", dijo entre sollozos.
¿Perdón? ¿Por qué? ¿Qué estaba pasando?
"¡Ella me obligó a hacerlo, Alfa!", afirmó Rosa. Ahora sí que estaba en problemas.
"No quería hacerlo, pero me obligó". Rosa se arrodilló frente a Alonso. "Ella usó su comando Luna y me sometió, me ordenó envenenar a tu compañera".
"¡Nunca usé mi comando Luna con nadie!", protesté, Alonso se dio vuelta y me dio una bofetada. "¡Por favor, cariño, por favor, créeme!", le rogué desde lo más profundo de mi corazón llorando. "Me conoces desde que tenía dos años, ¡nunca haría eso!". Le agarré la pierna, pero Alonso me pateó y quedé tirada en el suelo.
"¡No me toques!", me gruñó.
"Te amo, Alonso. Yo nunca.". El Alfa me dio la espalda y agarró a Laura de la mano.
"Prepara todo, mañana la ejecutaré", le ordenó a Pablo.
"¡No puedes hacer eso! ¡Es una trampa!", le gruñí, pero se fue sin más, arrastrando a Laura tras él.
"Espera un momento, quiero hacerle una pregunta". La mujer se detuvo en seco.
"No te dejaré sola con esta criminal", la previno Alonso, aunque el único criminal en esa celda era él, porque me estaba matando con su actitud.
"Ella ya no puede hacerme daño", dijo Laura y asintió. "No ahora que sé la verdad. Por favor", le rogó empleando su tono de mosquita muerta.
"Te daré cinco minutos y si no vuelves a la cama en ese lapso, Laura, te juro por la Diosa que te daré tu merecido", le ordenó, ella sonrió y le besó la mejilla.
"Lo prometo, mi Alfa".
"¡Maldita escoria!", Katie gruñó, "¡Lo está haciendo a propósito!". A mi loba le hubiera encantado transformarse y matar a Laura en ese momento, pero estaba tan débil que ni siquiera era capaz de curarme.
"¿Y? ¿Qué se siente perderlo todo?", Laura se mofó ni bien nos quedamos solas, luego se echó a reír a carcajadas como si hubiera perdido el juicio.
"¿Por qué me miras así? Eras un blanco muy fácil", me desafió con soberbia y se cruzó de brazos.
"Esto es obra tuya". Sabía que no me equivocaba y, por primera vez en la vida, sentía odio a raudales: aborrecía a Laura Allison y detestaba a Alonso por no creer en mí, por hacerme tanto daño.
"Por supuesto que lo es. Vi a Alonso hace tres años, el día de tu boda, y supe al instante que tenía que ser mi pareja, así que esperé el momento indicado para conseguir mi objetivo. 'Persevera y triunfarás', dice el refrán. Pues yo lo seguí al pie de la letra".
Ella se rio de mí, y se miró las uñas para demostrarme que hasta su manicura era más importante que yo.
"¿Y era cierto que estabas embarazada?". La pregunta me salió del alma; ni bien la escuchó, se detuvo.
"Por supuesto que lo estaba, pero de un pícaro". Se dio vuelta para dirigirse a la puerta y, antes de salir del recinto, volvió a mirarme.
"Ahora cada pieza del juego está en su sitio. Alonso me dará tu lugar de Luna y conseguiré lo que me propuse".
"Estás loca", susurré, aunque el comentario no hizo más que causarle gracia.
"Ay, querida, no tienes idea de todo lo que he hecho para llegar a este punto". Se acercó a mí y colocó una mano en mi vientre.
"Tengo que confesarte algo. Después de todo, morirás mañana y, a estas alturas, nadie te creerá".
¿Confesarme qué? ¿Qué di*blos quería decirme?
"Tu esterilidad... de eso también me encargué".
Ese comentario me hizo hervir la sangre. ¿Qué me había hecho? Llevábamos tres años intentando tener un cachorro, y ella apareció meses después de nuestra boda. ¿Cómo había logrado.?
"¡Rosa!", susurró Katie. "Se pusieron de acuerdo".
Sin duda, me había estudiado muy bien, porque de inmediato empezó a reír de forma desaforada.
"Lo descubriste, ¿no?", Laura se burló de mí. Ya no pude soportarlo, me abalancé sobre ella y la agarré por el cuello.
"¡Eres una basura! ¿Tú lo provocaste?".
Ella me había arruinado la vida. Podría haber sido feliz, pero se había empecinado en destruirme.
"¡Voy a matarte!", gruñí, y traté de sacar mis garras para destrozarla. Sin embargo, Laura me empujó e hizo que me golpeara la cabeza contra la pared.
Me mareé y volví a caer de rodillas. Apoyé las manos en el suelo, pero no pude soportar mi propio peso.
"Eres patética, mira lo débil que eres", Laura se rio.
"Oh, Laura. Tienes suerte de que no pueda levantarme. Los obligaste a darme acónito, si no fuera por eso, ya estarías muerta", dije para mis adentros.
"Me voy. Perdón, pero no tengo ganas de quedarme a ver tu cara destrozada y repugnante. Iré a ver a mi pareja y, quién sabe, ¡tal vez esta noche concibamos otro cachorro!". A continuación, salió riendo a carcajadas.
"¡Sobre mi cadáver!", murmuré sin fuerzas.
"Sí. sí.", se burló restándole importancia a mi comentario. "Y eso será mañana, porque me f*llaré a Alonso sobre tus restos".
No podía creer que lo fuera a hacer, Alonso no podía matarme. él era mi compañero, mi esposo. Ya no importaba cuántas veces había repetido eso en mi mente desde aquella mañana. Cuando se abrieron las puertas de la celda y Alonso me enfrentó, todo lo que alguna vez había creído saber sobre él se desvaneció.
"¡Agárrenla!", Eric le ordenó a sus guerreros, y me empujaron fuera de la celda.
"¿Adónde nos llevan?", me preguntó Katie asustada, e intentó tomar el control. Pero no lo logró, el acónito hacía sus efectos. "¡Nadia!", ella me llamaba; sin embargo, yo no podía pronunciar una sola palabra.
Él lo iba a hacer, iba a cumplir su palabra. Los guerreros me miraban con desprecio y me empujaban para que caminara. Y lo habría hecho si hubiera estado dentro de mis posibilidades, pero apenas podía mantenerme en pie. Luego las puertas se abrieron, y los rayos del sol me golpearon fuerte, la intensa luz me hacía doler los ojos, la piel lastimada me ardía por el calor del verano, y mis oídos. ¡Ay Diosa mía! ¿Era esa la manada que amaba con todo mi corazón? ¿Estaba en la Manada Sangre Roja? ¿Estaba ante los mismos hombres lobo que me habían jurado lealtad o era una pesadilla?
"¡¡¡Mátenla!!!!", abucheaban los presentes. "¡Ella mató al heredero de nuestra manada! ¡No merece vivir!". El público empezó a tirarme de todo: tomates, zapatos, piedras... y nadie los detenía.
"¡¡¡Asesina!!!", alguien gritó entre la multitud. "¡Mató a su Alfa! ¡Ser despreciable!".
La verdad, ya no soportaba escuchar lo que decía mi manada.
Había puesto mucho esfuerzo los últimos tres años, había pasado innumerables noches sin dormir. ¿Y ahora la manada me quería muerta? ¿Y por qué? ¿Porque no les había dado un heredero? Pensé que trabajar duro compensaría esa imposibilidad, pero me abandonaron tan pronto como tuvieron la oportunidad de hacerlo.
Yo era su Luna y, al mismo tiempo, era su Alfa. A Alonso nunca le había importado la manada, sino el poder que le otorgaba esa posición.
Yo había hecho todo lo que estaba a mi alcance para mantener unida a la manada, había asistido a todas las reuniones a las que él había faltado y había puesto mi vida al servicio de esa comunidad. Pero estaba claro, había sido todo en vano.
Durante mucho tiempo, justifiqué a Alonso porque sabía que no era una persona muy sociable, así que, en su momento, tomé la iniciativa y llevé las riendas de la manada yo sola. Mas nunca hubiera esperado que esa sería su forma de recompensar mi trabajo.
Me dejó tan pronto como encontró a su pareja destinada, aun cuando me había dicho que no lo haría. Ella se había convertido en el centro de su ambicioso plan para tener un heredero, e incluso se acostaban.
¡Ay, Alonso, qué tremendo estúpido! Esa m*erda lo estaba por enterrar, lo había engañado, lo había manipulado, tal como lo había hecho conmigo.
Después de todo lo que él me había hecho, me entristecía no tener la oportunidad de ver su caída. Estaba segura de que sería mayor que la mía.
Cuando me enteré de que Laura esperaba un hijo de él, me dieron ganas de salir corriendo. Ese día morí, y ahora lo veía con claridad, ya no quedaba nada por revelar.
Había sido una estúpida al aceptar a ese cachorro en mi vida solo para darle el gusto a él. Debí quedarme en el lugar que me correspondía y desterrarla de la manada, pero, la verdad, la Manada Sangre Roja merecía que Laura fuera su Luna.
Esa sería mi venganza.
Seguí caminando, tal como me pedían que hiciera, los insultos de los presentes ya no me afectaban. Confiaban más en una omega que en su Luna, no eran más que unos cobardes oportunistas. Se estaban vengando de mí por exigir altos estándares de entrenamiento, sin considerar que el objetivo era protegerlos de los pícaros.
No me cabía en la cabeza cómo creían que alguien como Laura podía ser una mejor opción para ellos, era cuestión de tiempo, esa mujer conduciría a la Manada Sangre Roja a la muerte. Quizás me había excedido al asumir los deberes de Alonso, pero lo había hecho por su bien.
"¡Nadia!", me susurró Katie de repente. "¡El consejo está aquí!".
Y también estaba mi padre, desde allí podía ver pánico en sus ojos y sus lágrimas contenidas. Había sido el Beta del padre de Alonso durante años, y siempre había tenido una actitud fuerte e imparable. En ese momento, por el contrario, se lo veía como un humano frente a su hija, la cual le estaba rompiendo el corazón.
"Te amo, papá", lo enlacé mentalmente y lo miré a los ojos para que le quedara claro que hablaba muy en serio.
"Tienes que ser fuerte, hazlo por mí. No llores por mí, papá. Tienes que ser el hombre que conozco". Hubiera querido sonreírle, pero no encontraba la fuerza para mover los músculos faciales. Ni siquiera podía pronunciar una sola palabra.
"Esto no está bien, Nadia", me respondió, y percibí su intención de acercarse hacia mí, pero le clavé la mirada para evitarlo.
"No, papá, deja que lo haga, no puedo escapar de esto". Luego dejé que Eric y sus guerreros me llevaran frente al consejo. Sentía la mirada de mi padre sobre mí; entre tantas personas, él era el único que estaba de mi lado, el resto, me querían ver muerta.
"Nadia Castillo", anunció uno de los ancianos del consejo. "Te declaramos culpable de atentar contra tu Alfa y contra tu manada".
¿Culpable? ¡Ay, ese anciano, no podía estar más equivocado! Si no me hubieran drogado tanto, le habría demostrado quién era la verdadera culpable, pero no podía oponerme a sus tonterías.
"¡Quedas condenada a muerte!", resolvió. Miré a la multitud que allí se había congregado y vi sus vítores, parecía que alentaban a su equipo de fútbol favorito.
Giré la cabeza y miré a Alonso, el amor de mi vida y ahora mi verdugo. Marchó de manera marcial hacia mí y levantó la espada que el consejo había llevado para mi ejecución.
Ni siquiera se inmutó, estaba convencido de lo que hacía, quería matarme. Quería mi sangre desde lo más profundo de su alma.
"Te extrañaré, papá", le susurré, y él cayó de rodillas.
"Te extrañaré, Katie", musité. En ese momento me habría gustado abrazar a mi loba de haber podido. Quería que supiera que no estaba enojada con ella por no haber podido defenderme. Lo que había sucedido no estaba en nuestras manos, había sido una traición inimaginable.
Alonso seguía frente a mí, pero no me miraba. De repente, levantó la espada y me la clavó en el pecho; acto seguido, me pateó, yo caí al suelo, y el público comenzó a aclamar enardecido. Mi padre se desplomó al instante.
"Katie", susurré, me sentía mareada. "Ya está, se terminó". Yo parpadeaba de forma involuntaria, ya no era capaz de mantener los ojos abiertos ni un instante más.
Luego vi que mi sangre corría por el suelo.
"¡Deténganse!".
¿Acaso estaba alucinando? Alguien había pedido que pararan la ejecución. Abrí un poco los ojos y logré divisar a un hombre apuesto que corría en dirección a mí, no estaba segura si lo conocía.
"¡Detengan esta locura!".
Sí... yo estaba de acuerdo con ese bombón, pero ya era demasiado tarde. Sentía frío.
.
.
.
Ya era tarde para cambiar el rumbo.
"¡¡¡Nadia!!! ¡Nadia, por favor, despierta!
No distinguía quién me llamaba, pero conocía esa voz...
"¡Por favor, Nadia, abre los ojos! Abre los ojos, mujer, y ayúdame a sobrevivir en este maldito agujero negro o lo que quiera que sea el lugar donde estamos, voy a enloquecer.
¿Katie? ¿Katie me hablaba? Era imposible. Alonso me había ejecutado. ¿Cómo podía ser que escuchara a Katie?
"¡Abre los ojos ya!", Katie me gruñó de forma imperativa. Obedecí, cuando lo hice, quedé perpleja.
No tenía idea de dónde diablos estaba.
"Ya te dije que estamos en un agujero negro. ¡Estamos en otra dimensión!", Katie insistió. Podía sentir sus emociones, estaba confundida y asustada por no saber lo que estaba pasando.
Por un instante, creí estar en el cielo, pero no podía ser un lugar tan frío y solitario. Si eso era el cielo, entonces, me habían estafado, porque me había pasado toda la vida haciendo cosas buenas a cambio de nada.
"¿Puedes caminar?", me preguntó Katie. "¿Puedes ver si hay una puerta secreta que haya que abrir para salir de aquí?".
Mi loba tenía que estar bromeando, allí no había nada, era un vacío infinito, era imposible distinguir dónde empezaba y dónde terminaba.
Había oído historias sobre el cielo, donde lobos blancos corrían libres por bosques paradisíacos. Pero también sobre el infierno, un sitio que solo si se lo comparaba con el planeta Venus, podía verse como un vergel. Los que caían allí, la mayoría pícaros y delincuentes, se prendían fuego del calor que hacía, parecían hienas en vez de lobos.
Alonso había terminado con mi vida, estaba segura de que lo había hecho, así que esperaba ir directo al cielo y encontrar mi recompensa lo antes posible, pero no había resultado así, no conocía ese lugar.
"¿Hay alguien aquí?", grité. Lo único que escuché fue mi eco: "Aquí. Aquí. Aquí".
"No puede ser", susurré, y me di vuelta tratando de descubrir si era real o si estaba alucinando.
"¡Pellízcate!", Katie me ordenó.
"Estoy muerta, Katie". La situación empezaba a fastidiarme.
"¡Hazlo!", me repitió. Le hice caso, de lo contrario, no dejaría de pedírmelo.
"¿Ves?". Volví a apretar mi brazo. "¡No siento nada!".
"¡M*erda! ¡Estamos muertas de verdad!", susurró decepcionada.
"Sí, para tu información, nuestro compañero nos mató, y eso es para siempre. Ahora que hemos aclarado ese temita, ¿puedes callarte y dejarme pensar?", refunfuñé sarcástica. Ella dio un paso atrás.
"No me gusta este lugar", murmuró mi loba.
"Entonces, cállate un segundo, déjame pensar, Katie".
Estiré el brazo e intenté tocar lo que parecía ser una pared, pero, en cuanto lo hice, entré en un nuevo sitio. Me quedé estupefacta, se trataba de un espacio vacío diferente. Hice lo mismo varias veces hasta que quedé exhausta y, cuando comenzaba a considerar que me había vuelto loca, surgió de la nada una intensa luz. Esta hizo que el desesperante y oscuro vacío que me atormentaba se tornara cada vez más tenue, hasta que todo a mi alrededor se aclaró.
"¡Estoy en el cielo! ¡Lo logré!", pensé en ese momento.
Todo era espléndido: aguas cristalinas, montañas hermosas, bosques verdes y lobos blancos.
"¿Te gusta?", preguntó de repente una voz femenina desde atrás. Me sobresalté, pensé que estaba sola allí.
La miré boquiabierta, no creía lo que veía, tenía el mismo aspecto que el que me habían descripto: alta, delgada, pelo rubio y largo hasta la cintura, trenzado y decorado con estrellitas brillantes. Esa mujer tenía la piel tan blanca y pura que parecía no tener ni una gota de sangre en su organismo. De hecho, empezaba a pensar que no la tenía y que ella también estaba muerta.
"Deja de elaborar teorías, Nadia", me dijo la mujer, y me indicó con un ademán que me acercara. Yo le hice caso sin chistar.
"Tú eres la Diosa de la Luna". La reconocí y me paré frente a ella. Yo comenzaba a asumir mi muerte.
"Así es", me contestó observando el paisaje.
"¿Esto es el cielo?". Necesitaba que me lo aclarara.
"¿Te gusta este lugar?", me preguntó, pero lo hizo con una expresión que me confundía muchísimo. Sus ojos eran como dos brillantes gemas turquesas, y su mirada era tan poderosa que me vi obligada a desviar la vista de ella.
"Me encanta este lugar, pero ¿por qué estoy aquí?", le pregunté.
"¿No está claro?". Volvió a mirar a sus lobos blancos, los cuales nos saludaban cada vez que corrían cerca de nosotras. "Estás muerta".
"Lo sé, ¿puedo quedarme aquí?", le pedí permiso, o mejor dicho, le rogué; sin embargo, no respondió.
"Este lugar es tan agradable, Diosa", susurré. Inhalé profundo el aire puro del lugar y me sentí tranquila por primera vez desde que había comenzado toda la locura con Laura y Alonso. Su presencia me hacía sentir segura.
"Quiero hacerme una guarida y vivir aquí si me lo permites".
Me senté y esperé a que ella me diera el visto bueno, a que me dijera que me había estado esperando, pero, en cambio, no me respondió.
"No me digas que nos enviará al infierno...", elucubró Katie.
"Diosa de la Luna, ¿me puedo quedar aquí?", repetí algo desconcertada.
"¡No, no puedes!".
Ahora sí se dirigía a mí.
"Pero me dediqué a hacer buenas obras mientras viví en la tierra. ¡No me envíes al infierno!". Sentía que volvía a morir, estaba por romper en llanto.
"¿Infierno? ¿Quién habló del infierno, Nadia?", me preguntó la Diosa de la Luna.
Para ese entonces, yo estaba muy confundida.
La Diosa de la Luna me miró a los ojos. "Escucha, Nadia, encajas a la perfección en este lugar. El cielo fue hecho para personas como tú, pero si permito que te quedes aquí, en este momento, todo por lo que trabajé durante miles de años será en vano".
¿Qué d*monios? ¿Acaso el cielo tenía cupos limitados?
"No entiendo". Fui sincera, no sabía cuál era el punto.
"Tienes que regresar, Nadia". Solté una carcajada, tenía que ser una broma, algún tipo de prueba.
"¿Regresar a dónde?", le pregunté ni bien dejé de reír.
"A la Tierra, tonta", dijo con dulzura. "No es una decisión fácil, pero te necesito allí, te necesito en esa manada. Tu presencia ahí tendrá un impacto significativo.
¿Quería que volviera a la Manada Sangre Roja?
"¡De ninguna manera!", le gruñí; la Diosa frunció el ceño.
"No voy a volver allí. No hay nada para mí ahí, solo traición y dolor. ¡No quiero volver!", me opuse firme, con respeto, pero firme.
"Envíame al infierno si quieres, pero no a mi vida anterior".
"¿Crees que hago esto todos los días y con cada lobo que muere, Nadia? Estoy haciendo una excepción, y te estoy dando la oportunidad de reencarnar, de reconstruir tu vida".
"¡No!", le gruñí.
La Diosa se enojó y resolvió chasqueando los dedos: "Bueno, en este caso, no me das opción". Sentí que alguien me agarraba con fuerza y me jalaba por detrás para arrojarme por un túnel oscuro. Todo comenzó a girar a mi alrededor.
"¡Socorro! ¡Sáquenme de aquí!". Me hubiera gustado agregar que me enviaran a cualquier lugar menos a la manada, pero, antes de que pudiera decirlo, me encontré en el medio de mi cama, en la habitación que compartía con Alonso.
Maldita Diosa, me había enviado de regreso. Me pellizqué y me dolió muchísimo esta vez. Miré de nuevo a mi alrededor, en efecto era mi dormitorio, pero con la decoración de hacía tres años, cuando Alonso y yo nos acabábamos de casar.
"Por favor, envíame de regreso al cielo", susurré, y cerré los ojos. Nadie respondió. De repente, la puerta golpeó la pared. Y ahora me quería morir de nuevo, ya entendía por qué me había enviado de regreso. Estaba reviviendo el episodio más horrible de mi vida.
"¡Levántate de la cama, Nadia!", Alonso me ordenó. Cargaba en brazos a una mujer herida: era Laura, su compañera predestinada.
La primera vez que atravesé por una situación así, fue como si me hubiera clavado un puñal en el corazón, y me quedé callada, pero ahora no podía reaccionar de la misma manera, así que me crucé de brazos, me apoyé en la almohada y me impuse: "¿Qué di*blos estás haciendo, Alonso? ¡Sácala de mi dormitorio! ¿Estás loco? ¿Cómo vas a traer a esta mujer a nuestra cama?".
"No puedo", me dijo. Claro que no podía hacerlo, porque era un hombre cobarde y débil.
"Ella es mi compañera predestinada, Nadia, la encontré".
"¿Y qué?", le pregunté. Él me había marcado, y ya no importaba si ella era su compañera o no. Yo era su Luna, y él me había jurado, que si en algún momento la encontraba, la rechazaría.
"¿Qué?". No dejaba de abrazarla, y la muy maldita se aferraba a su camisa, en la cual se secaba las lágrimas. Teatro barato, recién en ese momento lograba darme cuenta.
"¡Deshazte de ella!", le ordené sin piedad. No me habían obligado a reencarnar para cometer los mismos errores, someterme, y ser débil ante Alonso. Esa z*rra tenía que alejarse de mi vida, porque ya sabía lo que buscaba.
"¿Estás loca, Nadia? ¡No puedo hacerle eso!". Alonso la abrazó todavía más fuerte.
"Quiero ofrecerle un lugar en nuestra manada. Aquí estará protegida".
No le iba a permitir que se saliera con la suya, así que exclamé: "Ella es una pícara traidora y una Omega. ¡No permitiré que ponga un pie en nuestra manada!".
Dicho eso, me levanté de la cama y, señalándolo con el dedo, le repetí: "¡Deshazte de ella!".
Luego salí de nuestro dormitorio.