Punto de vista de Rowena
La puerta de mi dormitorio se abrió de golpe, con tanta fuerza que casi arrancó las bisagras.
-¡Mi Luna! -Velvet entró a trompicones, jadeando, con la voz aguda por la emoción-. ¡Ha vuelto! ¡El Alfa Kaelen ha regresado! Está en el ala este, con su abuela, lady Maelis.
La mano me dio un respingo y la punta de la pluma me cortó un dedo, pero apenas lo noté. Un único pensamiento resonaba en mi mente.
Kaelen había vuelto.
Me llevé el dedo herido a los labios para contener la gota de sangre, incapaz de reprimir la alegría que me inundaba.
Habían pasado tres años desde la última vez que vi a mi esposo, el Alfa de la Manada Moonreign.
Fue en nuestra noche de bodas.
Ni siquiera tuvimos un momento a solas antes de que lo reclamaran en la frontera de la Federación.
Desde entonces, había servido como su Luna. Había mantenido unida a la manada con una devoción inquebrantable y contado los días que faltaban para su regreso.
Velvet, mi doncella, sabía mejor que nadie lo mucho que había soportado durante aquellos años. Kaelen no había tenido tiempo de marcarme. Y Kyra, mi loba interior, llevaba tanto tiempo en silencio que casi había perdido la esperanza de volver a sentirla.
Moonreign era una manada pequeña, pero gobernarla no resultaba sencillo para una Luna cuya loba se desvanecía. Había tenido que cuidar de mi suegra enferma, soportar el escrutinio de los ancianos y atender las innumerables necesidades de la manada. Muchas noches me había preguntado si sería capaz de resistir un día más.
Pero lo había conseguido.
Y ahora Kaelen estaba en casa.
Me marcaría. Compartiríamos las responsabilidades de la manada. Tal vez incluso formaríamos nuestra propia familia.
Por fin, todo iba a ocupar el lugar que le correspondía.
Con aquellas ilusiones bullendo en mi interior, me arreglé con más esmero que en los últimos años. Me puse los pendientes de perlas de mi madre, los mismos que ella había llevado como símbolo del vínculo que la unía a mi padre. Siempre creyó que me conducirían hacia un matrimonio tan dichoso como el suyo.
Yo también lo creía.
Esa misma mañana, Kyra se había manifestado por primera vez en lo que parecía una eternidad. Rondaba inquieta en lo más profundo de mi mente, y su desasosiego me recorría bajo la piel. Entonces me había resultado perturbador.
Ahora lo comprendía.
Había percibido lo que se acercaba.
Kaelen volvía a casa.
El camino hasta el ala este no era largo y, sin embargo, cada paso parecía prolongarse eternamente. Mi compostura habitual flaqueó: mi andar, antes sereno y elegante, revelaba ahora una urgencia imposible de disimular. Pero cuando las puertas del salón aparecieron ante mí, reduje el paso sin proponérmelo.
Mi matrimonio con el Alfa Kaelen Varkos había comenzado como un torbellino.
Después de que mi padre y mi hermano cayeran en batalla, uno tras otro, la salud de mi madre se desplomó. Su último deseo era verme casada, confiada al cuidado de alguien a quien considerara digno.
El Alfa Kaelen fue el hombre que eligió.
La Manada Moonreign tenía un tamaño modesto, pero gozaba de cierto prestigio. Más importante aún, su joven Alfa era competente y dominante. Mi madre confiaba en que sería mi igual y sabría protegerme.
No éramos compañeros predestinados.
Pero aquella fugaz noche de bodas había bastado para grabarlo en mi corazón.
Con su uniforme militar, se veía tan imponente como vestido de novio. Quizá incluso más. Había adquirido un aire más duro, más peligroso. Cuando sus ojos oscuros e insondables se posaron en mí, mi joven corazón latió con una fuerza que jamás había conocido.
-Mereces algo mejor que esto -me había dicho mientras apartaba un mechón suelto de mi rostro-. Espérame, mi Luna.
Aquellas palabras me habían sostenido durante tres años.
Y ahora había regresado.
Me detuve frente a las puertas para recobrar la compostura. En el panel de cristal decorativo contiguo vi el reflejo de mis ojos enrojecidos. Aproveché aquel último instante para asegurarme de que mi esposo encontraría a la mujer que recordaba.
Entonces lo oí.
Una voz llegaba desde el interior, a través de la puerta entreabierta. Autoritaria. Terminante.
-Rowena no tiene voz en esta decisión.
Solo necesité un latido para reconocerla.
Era la voz de mi esposo.
-Ya he accedido a casarme con Virella -prosiguió-. La decisión está tomada. Soy el Alfa de la Manada Moonreign.
Sus palabras me golpearon como una oleada de agua helada y apagaron de inmediato toda mi alegría.
¿Virella? ¿Quién era Virella?
¿Mi esposo, el hombre que me había pedido que lo esperara, pensaba casarse ahora con otra mujer?
Empujé la puerta sin detenerme a pensar. La fuerza con que lo hice me sorprendió incluso a mí. Todas las cabezas se volvieron en mi dirección.
Kaelen estaba sentado en silencio en el trono del Alfa. La abuela Maelis ocupaba su lugar habitual, cerca de él, con el rostro convertido en una máscara de severa autoridad. Mi suegra, Elira, estaba sentada justo debajo. Cuando nuestras miradas se encontraron, dejó escapar un suspiro silencioso. Las expresiones de los demás miembros de la manada oscilaban entre el estupor y una curiosidad apenas disimulada.
Pero mis ojos buscaron directamente el único rostro desconocido.
Nadie tenía que decirme que aquella era la mujer a la que Kaelen había llamado Virella.
No poseía una belleza convencional, pero había algo llamativo en su porte: una delgadez de líneas afiladas y un dominio de sí misma que parecía casi ensayado. Sus facciones eran finas, y llevaba el cabello oscuro recogido hacia atrás, dejando al descubierto la elegante curva del cuello.
Sin embargo, sus ojos la traicionaban. Había demasiado en ellos: una codicia mal disimulada y una arrogancia apenas contenida.
Jamás imaginé que mi esposo llegaría a traicionarme por una mujer como ella.
-¿Con quién has dicho que vas a casarte? -Mantuve los ojos fijos en Virella, pero la pregunta iba dirigida a Kaelen.
Mi voz resonó con tal autoridad que hasta los miembros más jóvenes de la manada se irguieron por instinto.
-Joven Luna... -Hannah, la veterana mayordoma de la familia Varkos, se adelantó con una sonrisa forzada, evidentemente decidida a apaciguar los ánimos-. Esto no es más que un malentendido...
-No te lo he preguntado a ti.
La interrumpí con dureza. Solo entonces me volví hacia mi esposo.
Tres años lo habían cambiado.
Siempre había sido apuesto, pero el campo de batalla había tallado algo nuevo en él. Permanecía sentado con una inmovilidad que no nacía de la serenidad, sino de la quietud de un depredador al acecho. Cada movimiento, cada cambio de postura, encerraba una amenaza. Aquel era un hombre que había aprendido a tomar decisiones y a cargar con sus consecuencias.
Él también me observaba con sus ojos oscuros e indescifrables.
No retrocedí.
-Te lo pregunto a ti, Alfa Kaelen. ¿Con quién has dicho que vas a casarte?
Una sonrisa gélida curvó sus labios, como si mi desafío lo divirtiera en vez de irritarlo. Extendió una mano hacia la mujer sentada a su lado y, con estudiada naturalidad, la atrajo contra él.
-Voy a casarme con Virella -anunció-. Espera un hijo mío.
Su mano descansó sobre el vientre de ella con una ternura que me revolvió el estómago.
Solo entonces advertí la leve curva bajo el vestido.
Así que aquella era la razón.
No había palabras para describir lo que sentí. Era como si una mano me hubiera atravesado el cuerpo para aferrarme el corazón y estrujarlo.
Estuve a punto de perder el equilibrio. Velvet me sujetó por el codo antes de que pudiera caer.
-¿Es esa la educación que recibiste? -La voz de la abuela Maelis hendió el salón-. Tu esposo regresa después de tres años y ¿lo primero que haces es acusarlo?
-¿Mi esposo? -Tragué saliva para deshacer el nudo que me cerraba la garganta. Cuando volví a hablar, mi voz sonó todavía más cortante-. He mantenido unida esta manada durante tres años. He pasado incontables noches en vela, temiendo por su seguridad. Y, cuando al fin regresa, trae a otra mujer a nuestro hogar. ¿Qué clase de esposo hace algo así?
-Rowena... -Kaelen pronunció mi nombre con manifiesto desagrado-. Proteger a la manada es el deber de su Luna.
-Ese fue el acuerdo que aceptamos cuando concertaron nuestro matrimonio -añadió, como si necesitara recordármelo.
Sus palabras se me clavaron en la garganta, pero me obligué a responder:
-Entonces también deberías recordar que aquel acuerdo incluía una promesa de respeto.
-¿Acaso no te lo he dado?
El peso del Mando Alfa impregnó cada una de sus palabras.
-Han pasado tres años, Rowena. No llevas mi marca y, aun así, Moonreign te ha reconocido como su Luna. Lo ha hecho pese a que llegaste sin linaje, sin familia y sin manada.
La suficiencia de su tono despertó en mí una profunda repugnancia.
Tres años atrás había sido tan ingenua como para enamorarme de aquel hombre.
-Así que eso es lo que intentas decirme -repliqué despacio-. He gobernado tu manada, administrado tu territorio y mantenido tus alianzas, pero ahora debo apartarme con elegancia mientras exhibes a tu amante ante mí.
Un destello de irritación cruzó su rostro y desapareció con la misma rapidez.
-La Casa Varkos cumple su palabra. Le hice una promesa a tu madre. No te abandonaré.
Se encontró con mis ojos sin rastro alguno de la calidez que había mostrado en nuestra noche de bodas.
-Pero también tomaré a Virella como esposa. Es cierto que has dirigido bien la manada durante estos tres años, pero no le has dado un heredero a la familia Varkos. Virella lleva a mi hijo. Además, salvó a mis soldados y me salvó la vida en más de una ocasión en el campo de batalla.
Se irguió como si estuviera a punto de pronunciar una sentencia generosa.
-Puedes conservar el título de Luna. Virella tendrá la misma posición que tú. Los mismos derechos y la misma voz dentro de la manada.
Su condescendencia fue tan desmesurada que casi me eché a reír.
No me había tocado en nuestra noche de bodas. Partió al amanecer hacia el frente y, para cuando regresó, ya había encontrado a otra mujer. ¿Un heredero? Para eso, primero habría necesitado un esposo.
¿Y Virella? Ella había sangrado a su lado en el campo de batalla. Yo había asegurado las rutas de suministros, negociado alianzas y mantenido unida la manada para que él tuviera un hogar al cual regresar.
Al parecer, nada de aquello contaba.
Los ojos me ardían, pero me negué a derramar una sola lágrima. Ese hombre jamás las había merecido.
-¿La misma posición? -Mi voz salió áspera, pero firme-. ¿Qué te hace pensar que aceptaría algo semejante?
Levanté la barbilla y lo miré directamente a los ojos.
-Si esto es todo lo que queda de tu promesa, no quiero conservar nada de ella.
El salón entero quedó en silencio.
-Terminemos con esto como es debido, Alfa Kaelen.
Las palabras salieron afiladas y definitivas.
-Quiero el divorcio.
Punto de vista de Rowena
La palabra permaneció entre nosotros.
Divorcio.
La había pronunciado con claridad y firmeza, sin vacilar. Durante un instante, el salón entero quedó inmóvil: la abuela Maelis, Elira y los miembros de la manada alineados junto a las paredes contuvieron el aliento, como si esperaran descubrir de qué lado caería una llama.
La expresión de Kaelen no se alteró.
Sus ojos, en cambio, se endurecieron.
-Quieres divorciarte.
Lo dijo como si repitiera una palabra en una lengua desconocida, cuyo significado todavía no alcanzaba a comprender.
-Sí. Nunca completamos el vínculo y el matrimonio no se consumó. No existe ningún lazo legal entre nosotros que no pueda deshacerse sin complicaciones -respondí sin perder la firmeza-. Ya tienes lo que quieres. Déjame marchar.
Algo cruzó su rostro. No era culpa ni arrepentimiento, sino una emoción mucho más cercana a la indignación.
-Estás siendo dramática.
Dramática.
Había pasado tres años gobernando su manada, administrando sus cuentas y manteniendo unida a su familia mientras él hacía promesas a otra mujer a tres estados de distancia.
Y lo único que se le ocurría decir era que estaba siendo dramática.
-Kaelen -intervino la abuela Maelis antes de que yo pudiera responder-. Ya basta. Rowena, siéntate.
-Prefiero permanecer de pie, abuela.
Su expresión se tensó.
-Eres la Luna de esta manada. Compórtate como tal.
-Eso es precisamente lo que hago. Estoy solicitando la disolución legal de un matrimonio que jamás llegó a formalizarse como es debido. No es dramatismo, sino sentido común.
Elira dejó escapar un tenue sonido, pero guardó silencio. Como siempre que sucedía algo importante.
Elvira, la hermana de Kaelen, inclinó la cabeza desde su rincón del sofá.
-No entiendo por qué tienes que complicarlo todo. Virella ya está aquí y está embarazada. ¿Qué crees que estás protegiendo exactamente?
La miré.
-Mi nombre.
El golpe dio en el blanco. Ni siquiera Elvira encontró una respuesta inmediata.
Kaelen avanzó un paso.
-Ya te lo he dicho: conservarás el título y tu posición. Tu lugar en esta manada no cambiará.
-Mi lugar ya ha cambiado. Lo cambiaste en el instante en que la trajiste aquí y la llamaste tu esposa. No estoy pidiendo una compensación, Kaelen. Quiero marcharme.
-No.
La negativa fue seca e inamovible.
Lo miré sin dar crédito a lo que acababa de oír.
-No me quieres. Lo has dejado perfectamente claro. Entonces, ¿por qué...?
-Porque he dicho que no.
Su voz adquirió el poder del Mando Alfa y oprimió el aire del salón como una fuerza tangible.
-Esta conversación ha terminado.
Pero su autoridad no logró doblegarme.
Kyra se revolvió en mi interior y arañó con sus garras las paredes de mi conciencia. Mi padre y mi hermano habían caído en batalla. Mi manada había quedado reducida a cenizas.
Eso no significaba que hubiera olvidado la sangre Alfa que corría por mis venas.
Torciendo un labio, sentí que los colmillos pugnaban por salir.
Entonces Virella se movió.
Fue un gesto sutil, había que concedérselo. Una exhalación tenue, apenas audible. Una mano sobre el vientre. La ligera inclinación de su cabeza, como si algo se hubiera movido dentro de ella.
No jadeó ni exageró el gesto. Se limitó a representar el discreto malestar de una mujer embarazada.
Todo perfectamente calculado.
Kaelen se volvió antes que nadie.
-Virella.
Su voz cambió por completo. Perdió su tono de mando y adquirió una suavidad que no había empleado conmigo.
En tres pasos llegó a su lado.
-¿Qué sucede? ¿Es el bebé?
-Estoy bien -respondió ella mientras se apoyaba levemente en su brazo-. Solo es... el estrés. Lo siento. No pretendía provocar todo esto.
No me miró al decirlo.
Y así, sin más, la atención del salón entero se centró en ella. La abuela Maelis se levantó. La impotencia en el rostro de Elira se transformó en preocupación. Incluso Elvira se irguió y perdió su expresión burlona.
Kaelen contemplaba a Virella como si fuera la única persona presente.
Yo lo vi todo.
Tres años le había entregado a aquella manada. Tres años manteniéndola unida, soportando noches en vela y negociaciones interminables, desangrándome por personas que nunca me habían mirado como ahora miraban a esa mujer.
Una sonrisa helada rozó mis labios.
Di media vuelta y abandoné el salón.
Que Kaelen se negara. Que impusiera su Mando. Que fingiera que aquel matrimonio merecía conservarse.
No importaba.
Conseguiría el divorcio.
No perdí el tiempo.
En cuanto regresé a mis aposentos, puse a Velvet y a Grace a catalogar mi dote.
Abrí la caja fuerte donde mi madre había guardado todos los documentos relativos a los bienes que me transfirió al casarme. Siempre había sido meticulosa. Cada activo estaba consignado. Cada transacción, registrada. Las escrituras de propiedad, las cuentas de inversión, los fondos destinados a las infraestructuras de la manada y el fondo médico... Todo cuanto había cedido a Moonreign después de mi boda con Kaelen aparecía documentado con su caligrafía pulcra y ligeramente inclinada.
Llegué a la cuarta página.
Manada Moonreign: evaluación financiera previa al matrimonio.
Antes de aceptar el compromiso, mi madre había encargado una auditoría externa y discreta de las finanzas de la manada. La leí una vez, años atrás, y luego la guardé. En aquel entonces, me había parecido irrelevante. Estábamos casados. Construiríamos un futuro juntos. Aquellas cifras pertenecían al pasado.
Ahora volví a leerlas.
Cuando ingresé en la familia Varkos, Moonreign estaba a tres meses de la ruina. El padre de Kaelen había muerto joven y había dejado tras de sí unas deudas que su familia llevaba años ocultando bajo ropas elegantes e ilusiones cuidadosamente conservadas. La finca, los automóviles, el servicio... Todo se sostenía gracias a los préstamos, al orgullo herido y a la esperanza silenciosa de que algo cambiara algún día su suerte.
Ese cambio llegó de la mano del dinero de mi madre.
Los fondos Ashthorne, transferidos en su totalidad el día de mi boda, habían saldado todas las deudas pendientes, cubierto dos años de gastos operativos y establecido el fondo médico que todavía costeaba los tratamientos mensuales de la abuela Maelis.
Dejé el documento sobre la mesa.
Un plan comenzaba a tomar forma.
No conoce toda la situación, señaló Kyra.
Conoce una parte. No todo.
Entonces se llevará una buena sorpresa.
Sí.
Recorrí con los dedos los documentos que mi madre me había legado. Su último regalo, aunque jamás imaginé que tendría que utilizarlo de aquel modo.
Esperaba que no fuera necesario llegar a esto.
Respiré hondo.
-Grace.
-Sí, mi Luna.
-Congela todos los fondos procedentes de las cuentas Ashthorne. Todos. Activos, dotaciones y transferencias periódicas. No se moverá nada sin mi autorización por escrito.
Hice una pausa.
-Y consígueme un abogado especializado en derecho de familia. Alguien ajeno a la manada que no le deba nada a Kaelen.
Los ojos de Grace brillaron. Asintió con determinación y se alejó a toda prisa, como si temiera que fuera a cambiar de opinión si no actuaba de inmediato.
Miré por la ventana. Había anochecido.
La emoción que antes me atenazaba se había transformado en una resolución gélida e inquebrantable.
Que Kaelen intentara detenerme.
Sin mi dinero, la manada empezaría a sufrir las consecuencias de sus decisiones antes de un mes.
Punto de vista de Kaelen
Se marchó sin mirar atrás.
Permanecí junto a Virella, observando de reojo cómo se alejaba. No encontré las palabras para detenerla.
Me dije que aquella opresión no era más que irritación.
Simple irritación.
Nada más complicado.
Sabes perfectamente lo que es, dijo Shade.
Mi lobo llevaba inquieto desde que Rowena entró en el salón. Acechaba en mi mente con una agitación que rara vez había sentido en él, como un guerrero preparándose para una batalla que no deseaba librar.
Había intentado tomar el control varias veces, pero yo se lo impedí. Sabía que todavía profesaba aquella absurda lealtad hacia nuestra Luna, aunque Rowena no la mereciera.
La has agraviado.
No debió desafiar mi autoridad delante de la manada.
No estarías sentado en ese trono sin ella.
¡Basta!
Obligué a Shade a callar. Guardó silencio, pero no se tranquilizó. Nunca lo hacía cuando creía que yo había cometido un error. Y últimamente parecía convencido de que no hacía otra cosa.
La tensión en el salón se alivió cuando la sanadora de la manada confirmó que Virella y el niño estaban ilesos. La abuela Maelis volvió a acomodarse en su asiento. Elvira abandonó su indolente postura sobre el brazo del sofá.
Mi madre cruzó la estancia y se detuvo a mi lado.
-Ve a hablar con ella -dijo en voz baja.
No era una sugerencia. En una mujer de carácter tan apacible como mi madre, aquello era lo más parecido a una orden.
-Necesita tiempo para tranquilizarse.
-No está enfadada sin más, Kaelen -añadió con deliberada cautela-. Está decidida. Son cosas muy distintas. Y, antes de que descartes sus palabras... -Se detuvo para escoger con cuidado las siguientes-. Deberías recordar que, en tres años, jamás le ha dado a esta familia un solo motivo para desconfiar de ella. Ni uno.
Desde el otro lado del salón, Elvira dejó escapar una risita.
-Se ha acostumbrado demasiado a mandar. Ese es el problema. Después de tres años dirigiendo una casa, ahora imagina que tiene más voz dentro de esta familia de la que en realidad posee.
Examinó sus uñas con estudiada indiferencia.
-Toda esa charla sobre el divorcio no es más que una pose. No irá a ninguna parte. ¿Qué Alfa aceptaría a una mujer sin familia, sin manada y prácticamente sin loba?
Quise darle la razón.
La tenía: Rowena carecía de una alternativa mejor. Su madre me lo había confirmado tres años atrás.
Sin embargo, la expresión de sus ojos cuando pronunció la palabra «divorcio» regresaba una y otra vez a mi mente. En lo más profundo, sabía que no estaba fingiendo.
-Kaelen.
La voz de Virella sonó a mi lado, todavía debilitada por el malestar anterior.
-No te preocupes por mí. Puedo marcharme. Te lo dije desde el principio: jamás permitiría ser la causa de que lo perdieras todo.
Me volví hacia ella.
Me sostuvo la mirada, con la tristeza suavizando sus facciones. Sabía que hablaba en serio.
Así era Virella. Nunca pedía más de lo que yo podía ofrecerle. Había luchado a mi lado en circunstancias que habrían quebrado a la mayoría. Había tomado decisiones bajo presión que salvaron muchas vidas, incluida la mía. No se quejaba ni exigía. Simplemente permanecía a mi lado y confiaba en que yo hiciera lo correcto.
Extendí la mano y cubrí la suya.
-Llevas a mi hijo. No irás a ninguna parte.
El brillo de las lágrimas en sus ojos apaciguó parte de mi tensión. Virella no lloraba con facilidad. El embarazo la había vuelto más sensible, eso era todo.
Protegerla a ella y al niño era mi responsabilidad.
Le estreché la mano para reconfortarla.
-Conseguiré que lo acepte -declaré con una seguridad que no sentía del todo-. Haré que lo comprenda. No puede desafiar a su Alfa.
El corredor que separaba el ala principal de los aposentos de Rowena era más largo de lo necesario.
Solo lo había recorrido una vez.
La noche de nuestra boda.
Entonces lo atravesamos juntos, con los nervios y el deseo entrelazados. Cuando prometí a su madre que cuidaría de ella, hablaba en serio. También cuando le pedí a Rowena que me esperara.
Pero, a fin de cuentas, nunca había sido verdaderamente mía.
La guerra fue brutal, pero no olvidé a la esposa que me aguardaba en casa. Quería terminar cuanto antes para volver con ella.
Entonces descubrí la verdad sobre su pasado.
Me había elegido porque no tenía otra opción. Su compañero predestinado la abandonó cuando su familia cayó. Ella solo aceptó casarse conmigo porque su madre así lo deseaba.
Podría haber pasado todo aquello por alto.
Pero después descubrí que todavía guardaba sentimientos por el hombre que la había rechazado. Incluso hacía planes para huir con él mientras ostentaba el título de mi Luna.
Cualquier ternura que hubiera sentido por ella se marchitó.
La única razón por la que seguía allí era que yo había regresado victorioso y ella todavía conservaba el suficiente sentido común para preocuparse por los últimos vestigios de la reputación de su familia.
Sin el título de Luna, no tenía nada.
No se atrevería a abandonarme.
Muy seguro de ti mismo, ¿verdad? La voz de Shade rezumaba sarcasmo.
No le respondí.
Me detuve en el pasillo frente a la puerta. Al otro lado percibía algo. No era un vínculo entre compañeros, nada tan nítido ni definitivo, sino una sensación para la que nunca había encontrado las palabras adecuadas.
Ya estaba allí en nuestra noche de bodas.
Tres años de silencio y distancia no habían conseguido borrarla por completo.
Levanté una mano para llamar.
Entonces oí la voz de Rowena.
-Y consíganme un abogado especializado en derecho de familia. Alguien ajeno a la manada que no le deba nada a Kaelen.
La fría furia que había alimentado durante años se apoderó de mí.
Abrí la puerta de un empujón.
-Tienes mucha prisa, ¿verdad, Rowena?
Permití que mi presencia Alfa inundara la habitación. Sus doncellas se estremecieron bajo aquel peso, aunque lograron inclinarse ante mí.
Rowena estaba sentada en el borde de la cama, con la espalda rígida. El único indicio de debilidad eran sus dedos, blancos por la fuerza con que aferraba las sábanas.
Después de todo, no era más que una mujer.
Reduje la presión de mi presencia. Velvet se adelantó de inmediato.
-Alfa -dijo con voz temblorosa, aunque sus palabras fueron audaces-, no debería entrar sin llamar.
Solté una carcajada fría.
-¿Desde cuándo necesito permiso para entrar en los aposentos de mi esposa dentro de mi propia manada? -No aparté la vista de Rowena-. ¿Así es como enseñas a tus doncellas a dirigirse a su Alfa?
Una de sus cejas se movió, pero no reprendió a la muchacha. Se levantó y me enfrentó.
-¿Qué te trae por aquí, Alfa Kaelen?
La distancia de su voz me irritó. Aquella mujer nunca había deseado realmente mi regreso. Y sus exigencias de divorcio no eran más que una excusa. Pretendía deshacerse de mí y volver corriendo junto al hombre que la había abandonado.
La idea arraigó en cuanto apareció y, cuanto más la consideraba, mejor parecía explicarlo todo.
Bajé la voz.
-Todas fuera. Quiero hablar a solas con mi Luna.
Ninguna de las doncellas se movió. Ambas mantuvieron los ojos clavados en Rowena mientras esperaban su permiso.
La furia se retorció en mis entrañas.
Tres años de ausencia habían bastado para que olvidaran quién tenía la autoridad en esa manada.
Antes de que pudiera actuar, Rowena habló:
-Grace, Velvet, déjennos solos. Puedo encargarme de esto.
Por fin se retiraron, aunque las oí detenerse justo al otro lado de la puerta. Como si yo representara una amenaza para mi propia esposa.
-Di lo que has venido a decir, Alfa Kaelen.
Rowena se acercó a la mesa y se sirvió una taza de té.
-Virella se queda -declaré con dureza-. No tiene familia. Salvó mi vida y la de mis soldados. Esta manada está en deuda con ella y le prometí un hogar.
Rowena bebió un sorbo de té. Me preparé para escuchar sus protestas.
En cambio, sonrió. Una sonrisa fina y fría.
-¿He dicho que me oponga?
Parpadeé.
-¿Estás... de acuerdo?
-¿Tengo derecho a oponerme? -Inclinó la cabeza-. Lleva a tu hijo. ¿De verdad esperabas que te exigiera echarla?
Parte de mi tensión se disipó.
-Me alegra que hayas entrado en razón.
-Puesto que voy a darte lo que deseas, espero recibir la misma cortesía. Concédeme el divorcio. Así no nos deberemos nada.
-¿No nos deberemos nada?
Repetí aquellas palabras despacio, como si necesitara paladearlas para comprenderlas.
Crucé la estancia en dos zancadas y le rodeé el cuello con una mano. No apreté lo suficiente para hacerle daño, pero sí para que entendiera.
-Te di un hogar cuando no tenías nada. ¿Y así me lo agradeces?
-A ella le prometiste un hogar.
No forcejeó. Mantuvo los brazos junto al cuerpo, aunque su voz sonó tensa y forzada.
-¿Qué esperas que haga? ¿Que me siente a su lado y finja estar encantada? No puedes tener dos esposas, Kaelen.
-¿Y por qué no?
Cerré un poco más los dedos, apenas lo suficiente para sentir los golpes de su pulso contra mi palma.
-Soy el Alfa. Yo dicto las leyes de esta manada.
Se zafó con un tirón antes de que pudiera reaccionar y retrocedió un paso, llevándose una mano a la garganta. Su compostura por fin se había resquebrajado.
-¿Has perdido el juicio? -Su voz se elevó, alterada y descarnada-. ¿Pretendes convertirme en el hazmerreír de todos? ¿Convertirnos a ambos en el hazmerreír?
Tomó aire con dificultad y se obligó a recobrar la calma.
-No me amas. Ni siquiera hemos consumado el matrimonio. Según cualquier criterio que importe, no somos marido y mujer. Así que dime: ¿por qué te cuesta tanto dejarme marchar?
Nunca consumado.
Las palabras prendieron en mí como una chispa sobre yesca seca.
Acorté la distancia antes de que pudiera apartarse. Le rodeé la cintura con un brazo y la atraje contra mí. Ella jadeó y apoyó las manos en mi torso para empujarme, pero no la solté.
-Nunca consumado -repetí en voz baja-. ¿De eso se trata en realidad? ¿De que no estamos casados de verdad?
Observé cómo el rubor se extendía por sus mejillas y cómo su respiración se volvía breve y superficial.
-Quizá debería remediarlo.
Sus ojos se abrieron de par en par.
La besé.