El teléfono sonó, rompiendo la calma de la madrugada en mi pequeña panga. Era el Hospital General, hablando de un accidente, una motocicleta y de mi hijo, Juanito, el campeón que intentaba saldar nuestras deudas. Las deudas que Sofía había acumulado.
Desesperado, marqué el número de mi esposa una y otra vez, pero nadie respondía. Recordé la estúpida fiesta que Sofía había organizado para su primo Ricardo, un mariachi con más ego que talento, una fiesta costeada con el dinero que no teníamos.
Llegué, con mi ropa de pescador apestando a mar, a una mansión alquilada donde la música de mariachi atronaba. En el centro, como una reina de hielo, estaba Sofía, riendo con Ricardo en un vestido rojo que nunca le vi. Cuando le dije que Juanito había sufrido un grave accidente, me soltó con desprecio: "No me arruines la fiesta. Ricardo está a punto de cantar" .
Ese día, mi hijo murió. La policía me entregó sus pocas pertenencias, incluida su cartera con una foto de su primer equipo de fútbol. Sufrió, sí, pero el verdadero sufrimiento era el mío. Regresé a casa y encontré sobre la cama un costoso traje de mariachi para Ricardo, comprado con el mismo dinero que Juanito, en su moto vieja, intentaba recuperar. Y luego escuché la voz de Sofía: "Lo del pescador pobre es una farsa... todo lo que tengo es para ti, Ricardo. Tú eres mi familia de verdad" .
Las palabras de mi esposa me destrozaron. Mi hijo había muerto, y para ella, todo había sido una mentira. Me odió por estropear su noche, y yo no entendía cómo podía haber vivido tanto tiempo con una extraña. Pero la confusión se convirtió en una fría determinación. No, yo no era la farsa. Pronto, la verdad saldría a la luz.}
El teléfono sonó, un ruido agudo que cortó el silencio de la madrugada en la pequeña panga. Armando, con las manos ásperas y agrietadas por la sal y el trabajo, lo sacó con torpeza de su bolsillo. El olor a pescado y a mar estaba impregnado en su ropa, en su piel, en su vida entera. Vio un número desconocido.
"¿Bueno?"
La voz al otro lado era calmada, oficial, y eso le heló la sangre más que el viento frío del mar. Le hablaron de un accidente, de una motocicleta, del Hospital General. Le hablaron de su hijo, Juanito. Armando no entendió la mitad de las palabras, pero comprendió el final. El teléfono se le resbaló de las manos y cayó sobre la red de pesca. El mundo se detuvo. El suave vaivén de la barca se convirtió en un mareo insoportable. Juanito, su campeón, su orgullo, el niño que corría más rápido que nadie en el campo de fútbol, el que estaba trabajando en la moto para ayudarlo a pagar las deudas...
Las deudas de Sofía.
Con un temblor que no podía controlar, recogió el teléfono. Necesitaba a su esposa. Necesitaba a Sofía. Marcó su número. Una, dos, tres veces. El tono de llamada sonaba y sonaba en el vacío, una y otra vez, hasta que la operadora le decía que el número no estaba disponible. La desesperación comenzó a crecer en su pecho como una marea negra. ¿Dónde estaba? ¿Por qué no contestaba?
"Contesta, por favor, Sofía... contesta..." susurró al viento, pero solo el sonido de las olas le respondió.
Se acordó de golpe. La fiesta. La estúpida fiesta para celebrar al primo de Sofía, Ricardo. Un aspirante a cantante de mariachi con más ego que talento. Sofía había estado planeándola durante semanas, gastando el dinero que no tenían. "Es una inversión, Armando. Cuando Ricardo sea famoso, nos sacará de pobres" , le había dicho. Armando sabía que era una mentira, pero estaba demasiado cansado para discutir.
Arrancó el motor de la panga con una furia que no sabía que tenía y enfiló hacia la orilla. No se cambió de ropa. No le importó el olor a pescado ni la mugre. Condujo su vieja camioneta hasta la dirección que Sofía le había dado, una casa grande en la parte más bonita del pueblo, una casa que obviamente habían rentado para la ocasión.
La música de mariachi a todo volumen le golpeó en la cara. Luces de colores, gente riendo, vestidos caros, botellas de tequila por todas partes. Y en el centro de todo, como una reina en su corte, estaba Sofía. Llevaba un vestido rojo, brillante y ajustado, que él nunca le había visto. Se reía a carcajadas de algo que le decía su primo Ricardo, quien vestía un traje de charro impecable y sostenía una copa. Parecían de otro mundo, un mundo que no tenía nada que ver con redes de pesca y deudas con usureros.
Armando se abrió paso entre la gente, sintiendo sus miradas de desprecio sobre su ropa sucia de trabajo. La llamó.
"¡Sofía!"
Ella se giró, y la sonrisa se le borró de la cara al verlo. Fue un instante de pura irritación, de vergüenza.
"Armando, ¿qué demonios haces aquí así vestido? Me estás poniendo en ridículo."
Su voz era un susurro frío y enojado.
"Sofía, es Juanito..." logró decir, con la voz rota. "Hubo un accidente. Tenemos que ir al hospital."
Ella lo miró con fastidio, sin una pizca de preocupación. Su mirada se desvió hacia su primo, que los observaba con curiosidad.
"No empieces con tus dramas, Armando. Estoy ocupada. Ricardo está a punto de cantar. Es su gran noche."
"¡No entiendes! ¡Es grave!" insistió él, agarrándola del brazo.
Ella se soltó con un tirón violento.
"Te dije que después hablamos. No me arruines la fiesta."
Se dio la vuelta y le sonrió de nuevo a su primo, dejando a Armando parado en medio de la multitud, solo, con el corazón hecho pedazos y el ruido de la fiesta taladrándole los oídos. Se quedó ahí un momento, viendo cómo ella levantaba su copa para brindar, completamente ajena a la tragedia que él le anunciaba. En ese instante, algo dentro de Armando se rompió para siempre. No era solo la falta de amor, era un abismo de indiferencia tan profundo y oscuro que supo que nunca podría volver a cruzarlo. Se dio la vuelta y se marchó, dejando atrás la música y las risas, caminando hacia la noche más larga de su vida.
El pasillo del hospital olía a desinfectante y a tristeza. Era un olor que se te metía en los huesos y se quedaba ahí. Un policía joven, con cara de no saber qué decir, le entregó a Armando una bolsa de plástico transparente. Dentro, estaban las pertenencias de Juanito: su cartera con la foto de su primer equipo de fútbol, su celular con la pantalla rota y un llavero del Cruz Azul.
"Lo lamento mucho, señor. Fue instantáneo. No sufrió."
Las palabras rebotaban en la cabeza de Armando, sin sentido. ¿Instantáneo? ¿Sin sufrir? ¿Y el sufrimiento de él, quién se lo quitaba? Sostuvo la bolsa con manos temblorosas, como si pesara una tonelada. El oficial dijo algo más sobre los trámites, sobre la morgue, pero Armando ya no escuchaba. Solo podía mirar la pantalla rota del celular de su hijo.
Salió del hospital como un autómata. El aire de la noche le quemaba la cara. Se apoyó contra la pared de ladrillo y el mundo empezó a dar vueltas. Sintió una náusea violenta subirle por la garganta. Se dobló en dos y vomitó en las jardineras, un espasmo amargo que le sacudió todo el cuerpo, pero que no lograba sacar el dolor que sentía dentro. Se quedó ahí, de rodillas en el pasto húmedo, temblando, vacío. Su hijo estaba muerto. Su Juanito.
Cuando por fin pudo ponerse de pie, condujo a casa. La casa estaba oscura y silenciosa, pero el eco de las risas de Sofía en la fiesta todavía resonaba en su cabeza. Entró en su cuarto y la luz de la luna que se colaba por la ventana iluminó algo sobre la cama. Era un traje de mariachi. Un traje nuevo, de tela cara, con bordados de plata que brillaban en la penumbra. El traje de Ricardo. El traje que Sofía le había comprado con el dinero de los ahorros, con el dinero que Juanito estaba tratando de reponer trabajando hasta la madrugada.
Armando se acercó y lo tocó. La tela era suave, lujosa. Y en ese momento, la imagen de su hijo, con su ropa de trabajo humilde, en una motocicleta vieja y peligrosa, se superpuso a la del traje brillante. La injusticia de todo aquello era tan grande, tan monstruosa, que le robó el aliento.
Fue al cuarto de Juanito. Olía a él, a jabón y a desodorante de adolescente. En un clavo en la pared colgaba su camiseta de fútbol, la que usaba en los partidos importantes. Estaba un poco descolorida por el sol y el sudor. Armando la descolgó y la abrazó con todas sus fuerzas, hundiendo la cara en la tela, tratando de encontrar el último rastro del olor de su hijo. Y entonces se derrumbó. Un sollozo seco y desgarrado salió de su pecho, y luego otro, y otro más, hasta que se convirtió en un grito de pura agonía. Se dejó caer al suelo, abrazado a la camiseta, llorando como un niño, sin consuelo, sin esperanza.
Justo en ese momento, oyó el ruido de un coche aparcando afuera y la puerta principal abriéndose. Era Sofía. La escuchó tararear una canción de mariachi mientras entraba. Luego, su voz, alegre y un poco arrastrada por el alcohol, hablando por teléfono. Armando contuvo la respiración, paralizado en el suelo del cuarto de su hijo.
"Sí, primo, fue un éxito total. ¡Todos te amaron!" hizo una pausa. "¿Armando? Ay, no te preocupes por él. Ya sabes cómo es de exagerado. Siempre con sus dramas."
Hubo otra pausa. Armando apretó la camiseta de Juanito con más fuerza, las uñas clavándose en sus propias palmas.
"¿El dinero? No, mi amor, no te apures por eso. Lo del pescador pobre y trabajador es pura farsa para que no me pida nada. Aquí la que manda soy yo. Todo lo que tenemos, todo lo que soy, es para ayudarte a ti, para que triunfes. Tú eres mi familia de verdad."
El mundo de Armando se hizo añicos. No era solo egoísmo, no era solo negligencia. Era un engaño. Una mentira larga y podrida que había sostenido toda su vida juntos. El aire se le escapó de los pulmones. Se quedó inmóvil en la oscuridad, con las palabras de su esposa clavadas en su mente. Su hijo estaba muerto, y para su madre, todo había sido una farsa.