Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Fantasía > La Maldición De Sangre
La Maldición De Sangre

La Maldición De Sangre

Autor: : Shi Yue
Género: Fantasía
El sol tibio en mis manos mientras arrancaba hierbas, el aroma a tierra húmeda y hierbabuena. Aquí, en mi pequeña casa a las afueras del pueblo, encontraba la única paz que conocía. Una paz que me fue arrebatada violentamente en otra vida. Un recuerdo fugaz y amargo me asaltó. Atada a una cama, con Ramiro, mi esposo forzado, mirándome sin emoción. A su lado, Catalina, su amante, sonreía con suficiencia. "Solo un poco más de tu sangre, Sofía" , dijo Catalina. Mi don, una bendición y maldición, para sanar a Ramiro. Él me debía la vida, la capacidad de caminar. Pero cuando Catalina enfermó, no dudó en sacrificarme. Me desangraron lentamente, transfiriendo mi fuerza vital a ella. Mi último aliento fue un susurro ahogado, viendo a Ramiro besar a una Catalina revitalizada sobre mi cuerpo agonizante. Ahora, en esta nueva vida, el destino tenía un retorcido sentido del humor. Ramiro volvía a estar postrado en una cama. Su madre, Doña Elena, me suplicaba a diario. "Sofía, te lo ruego como madre. Mi hijo... se está consumiendo" . Me levanté, limpiándome la tierra del delantal. "Ya le he dado mi respuesta, Doña Elena" . Mi voz era firme. "¿Por qué tanto odio?" gritó Doña Elena. "¡Ramiro siempre te admiró! Incluso... incluso pensó en casarse contigo" . Esa mentira casi me hizo perder la compostura. "Usted y yo sabemos que eso no es verdad" , susurré con voz helada. "Ramiro nunca me vio como nada más que una herramienta. Y yo ya no estoy dispuesta a ser utilizada" . La rabia surcó su rostro. "¡Eres una mujer cruel y sin corazón! ¡Dejar morir a un hombre que podrías salvar!" "¿Salvarlo?" repetí, una sonrisa genuina sin alegría se dibujó en mis labios. "Doña Elena, su hijo no está enfermo por capricho del destino. Está en esa cama por sus propias acciones" . La confusión la invadió. "Ramiro está paralizado porque el carruaje en el que intentaba sabotear los frenos para matar a un rival se volcó sobre él. El universo le devolvió el golpe un poco más rápido" . Su rostro palideció. Sabiendo la verdad de su hijo, la certeza en mi voz era innegable. "Créame o no, no cambia mi decisión. No curaré a Ramiro. Busquen ayuda en otro lado" . Pero el destino, o la ironía, me trajo a la madre de Mateo. Mateo, el rival de Ramiro, el hombre que Ramiro intentó asesinar. "Mi hijo... Mateo... lleva meses en cama" , dijo. "Usted es mi última esperanza" . Lo sentí. La pieza clave del destino.

Introducción

El sol tibio en mis manos mientras arrancaba hierbas, el aroma a tierra húmeda y hierbabuena.

Aquí, en mi pequeña casa a las afueras del pueblo, encontraba la única paz que conocía.

Una paz que me fue arrebatada violentamente en otra vida.

Un recuerdo fugaz y amargo me asaltó.

Atada a una cama, con Ramiro, mi esposo forzado, mirándome sin emoción.

A su lado, Catalina, su amante, sonreía con suficiencia.

"Solo un poco más de tu sangre, Sofía" , dijo Catalina.

Mi don, una bendición y maldición, para sanar a Ramiro.

Él me debía la vida, la capacidad de caminar.

Pero cuando Catalina enfermó, no dudó en sacrificarme.

Me desangraron lentamente, transfiriendo mi fuerza vital a ella.

Mi último aliento fue un susurro ahogado, viendo a Ramiro besar a una Catalina revitalizada sobre mi cuerpo agonizante.

Ahora, en esta nueva vida, el destino tenía un retorcido sentido del humor.

Ramiro volvía a estar postrado en una cama.

Su madre, Doña Elena, me suplicaba a diario.

"Sofía, te lo ruego como madre. Mi hijo... se está consumiendo" .

Me levanté, limpiándome la tierra del delantal.

"Ya le he dado mi respuesta, Doña Elena" .

Mi voz era firme.

"¿Por qué tanto odio?" gritó Doña Elena. "¡Ramiro siempre te admiró! Incluso... incluso pensó en casarse contigo" .

Esa mentira casi me hizo perder la compostura.

"Usted y yo sabemos que eso no es verdad" , susurré con voz helada. "Ramiro nunca me vio como nada más que una herramienta. Y yo ya no estoy dispuesta a ser utilizada" .

La rabia surcó su rostro.

"¡Eres una mujer cruel y sin corazón! ¡Dejar morir a un hombre que podrías salvar!"

"¿Salvarlo?" repetí, una sonrisa genuina sin alegría se dibujó en mis labios. "Doña Elena, su hijo no está enfermo por capricho del destino. Está en esa cama por sus propias acciones" .

La confusión la invadió.

"Ramiro está paralizado porque el carruaje en el que intentaba sabotear los frenos para matar a un rival se volcó sobre él. El universo le devolvió el golpe un poco más rápido" .

Su rostro palideció.

Sabiendo la verdad de su hijo, la certeza en mi voz era innegable.

"Créame o no, no cambia mi decisión. No curaré a Ramiro. Busquen ayuda en otro lado" .

Pero el destino, o la ironía, me trajo a la madre de Mateo.

Mateo, el rival de Ramiro, el hombre que Ramiro intentó asesinar.

"Mi hijo... Mateo... lleva meses en cama" , dijo. "Usted es mi última esperanza" .

Lo sentí. La pieza clave del destino.

Capítulo 1

Sofía Romero sentía el sol tibio sobre sus manos mientras arrancaba con cuidado las malas hierbas de su jardín. El olor a tierra húmeda y a hierbabuena llenaba el aire. Aquí, en su pequeña casa a las afueras del pueblo, encontraba la única paz que conocía. Una paz que le había sido arrebatada violentamente en otra vida.

Un recuerdo fugaz, agudo y amargo, la asaltó.

Se vio a sí misma, más joven, más ingenua, atada a una cama. La débil luz de una vela parpadeaba, proyectando sombras monstruosas en las paredes de adobe. Ramiro, el hombre con el que la obligaron a casarse, la miraba sin emoción, con los brazos cruzados. A su lado, Catalina, su amante, sonreía con suficiencia.

"Solo un poco más de tu sangre, Sofía," había dicho Catalina con una voz melosa que ocultaba un veneno mortal. "Es para una buena causa. Para que yo pueda estar sana y fuerte para Ramiro."

Sofía había sanado la parálisis de Ramiro con su sangre, un don que era tanto una bendición como una maldición. Él le debía la vida, la capacidad de caminar. A cambio, cuando Catalina contrajo una enfermedad debilitante, él no dudó en sacrificarla. La desangraron lentamente, transfiriendo su fuerza vital a la mujer que él realmente amaba. Su último aliento fue un susurro ahogado, viendo cómo Ramiro besaba a una Catalina revitalizada sobre su cuerpo agonizante.

Ahora, en esta nueva vida, el destino tenía un retorcido sentido del humor. Ramiro volvía a estar postrado en una cama.

El sonido de un carruaje deteniéndose bruscamente frente a su casa la sacó de sus pensamientos. Sofía no necesitó mirar para saber quién era. El aura de desesperación y arrogancia la precedía.

Doña Elena, la esposa del cacique y madre de Ramiro, bajó del carruaje con el rostro surcado por la angustia. Llevaba días, semanas, viniendo a suplicarle.

"Sofía, por favor," comenzó la mujer, con la voz quebrada. "Te lo ruego como madre. Mi hijo... se está consumiendo."

Sofía se levantó lentamente, limpiándose la tierra de las manos en su delantal. La miró directamente a los ojos, su expresión tan serena como un lago en calma.

"Ya le he dado mi respuesta, Doña Elena."

Su voz era tranquila, pero firme.

"Pero no lo entiendes. Don Ernesto, mi esposo, está dispuesto a darte lo que pidas. Tierras, oro... lo que sea. Solo tienes que curar a Ramiro."

Sofía soltó una risa seca, sin alegría.

"No hay nada que su esposo pueda ofrecerme que yo quiera."

"¿Por qué?" gritó Doña Elena, la desesperación convirtiéndose en frustración. "¿Por qué tanto odio? Ramiro siempre te admiró. Incluso... incluso pensó en casarse contigo."

Esa mentira casi hizo que Sofía perdiera la compostura. En su vida pasada, Ramiro no pensó en casarse con ella; fue obligado por su padre, Don Ernesto, quien vio el valor de tener a la "curandera milagrosa" en la familia. Y la desechó en cuanto no la necesitó más.

"Usted y yo sabemos que eso no es verdad," dijo Sofía, su voz bajando a un susurro helado. "Ramiro nunca me ha visto como nada más que una herramienta. Y yo ya no estoy dispuesta a ser utilizada."

Doña Elena la miró con furia, su rostro enrojecido.

"¡Eres una mujer cruel y sin corazón! ¡Dejar morir a un hombre que podrías salvar!"

"¿Salvarlo?" repitió Sofía, y esta vez, una pequeña y genuina sonrisa se dibujó en sus labios, una sonrisa que no llegó a sus ojos. "Doña Elena, su hijo no está enfermo por un capricho del destino. Está en esa cama por sus propias acciones."

La mujer mayor la miró confundida.

"¿Qué quieres decir?"

Sofía se inclinó hacia adelante, como si fuera a compartir un secreto.

"Ramiro está paralizado porque el carruaje en el que intentaba sabotear los frenos para matar a un rival se volcó sobre él. El universo simplemente le devolvió el golpe un poco más rápido de lo esperado."

El rostro de Doña Elena palideció. Sabía de la rivalidad de su hijo con Mateo, pero nunca había querido creer que Ramiro fuera capaz de tal cosa. La certeza en la voz de Sofía era innegable.

"Tú mientes..." susurró, pero su voz carecía de convicción.

"Créame o no, no cambia mi decisión," dijo Sofía, enderezándose. "No curaré a Ramiro. Busquen ayuda en otro lado."

Doña Elena la fulminó con la mirada.

"Lo haremos. ¡No te necesitamos! Catalina ha ido a la capital. ¡Encontrará una cura verdadera, no tus supercherías de pueblo! ¡Y entonces Ramiro se recuperará y se reirá en tu cara!"

"Le deseo la mejor de las suertes," respondió Sofía con una calma exasperante.

Observó cómo Doña Elena subía al carruaje y se marchaba, levantando una nube de polvo. Sofía no sintió nada. Ni pena, ni satisfacción. Solo un vacío helado donde antes había un corazón ingenuo. Sabía que Catalina no traería una cura. Traería algo mucho peor.

Se giró para volver a su jardín, anhelando la simpleza de la tierra bajo sus uñas. Pero antes de que pudiera dar un paso, otra figura se acercó, esta vez a pie. Era una mujer humilde del pueblo, con los ojos hinchados de tanto llorar.

"Señorita Sofía," dijo con voz temblorosa, retorciendo un pañuelo en sus manos. "Perdone la molestia. Sé que ha dicho que no... que no hace milagros. Pero mi hijo... Mateo..."

El nombre resonó en el aire quieto.

"Lleva meses en cama, sin despertar, desde el accidente..." la mujer rompió en sollozos. "Los curanderos dicen que no hay nada que hacer. Usted es mi última esperanza."

Sofía la miró. Mateo. El rival de Ramiro. El hombre que Ramiro había intentado asesinar. El hombre que, sin saberlo, era la pieza clave en el tablero del destino.

---

Capítulo 2

"Lo siento, señora, pero no puedo ayudarla," dijo Sofía con una suavidad que no había usado con Doña Elena. La compasión que sentía por la madre de Mateo era genuina, pero su decisión era firme. No se involucraría. No todavía.

La mujer se fue con el corazón roto, dejando a Sofía con una extraña sensación de inquietud. El nombre de Mateo le provocaba un eco en el alma que no lograba comprender.

Un par de días después, un mensajero de la casa del cacique le entregó un sobre grueso con un sello de cera. Era una invitación. Don Ernesto organizaba una gran fiesta en la plaza del pueblo para celebrar el próximo regreso de Catalina y la "inminente recuperación" de su hijo. La invitación era una orden velada, una demostración de poder. Quería que todo el pueblo, incluida Sofía, fuera testigo de su triunfo.

Sofía arrojó la invitación al fuego sin dudarlo, pero sabía que no podía negarse a asistir. No presentarse sería visto como un acto de desafío, y aunque ya no era la joven sumisa de su vida pasada, tampoco era tonta. Sabía que debía elegir sus batallas.

El día de la fiesta, el pueblo bullía de actividad. Se habían montado puestos de comida y bebida, y una banda de música tocaba con entusiasmo desafinado. Sofía se mantuvo en un rincón, observando a la multitud con ojos distantes.

Entonces, se escuchó un gran revuelo. Un carruaje lujoso, mucho más ostentoso que el de Don Ernesto, entró en la plaza. De él bajó Catalina, vestida con sedas y joyas traídas de la capital. Lucía radiante, arrogante, como una reina que regresa a su reino. En sus manos, sostenía una pequeña caja de madera ornamentada.

"¡Pueblo!" exclamó con una voz que pretendía ser magnánima. "¡Les traigo buenas noticias! ¡He encontrado la cura para nuestro querido Ramiro!"

Abrió la caja para revelar un frasco que contenía un líquido espeso y oscuro.

"¡El Elixir de la Serpiente de Jade! ¡Una reliquia ancestral que devuelve la fuerza y la vitalidad! ¡Con esto, Ramiro volverá a caminar!"

La multitud murmuró con asombro y esperanza. Don Ernesto y Doña Elena, que estaban a su lado, sonreían triunfantes.

Catalina recorrió la plaza con la mirada, y sus ojos se posaron en Sofía. Una sonrisa maliciosa se dibujó en sus labios.

"Veo que tenemos aquí a algunos... escépticos," dijo, dirigiéndose al grupo de curanderos locales que observaban con el ceño fruncido. "Y a nuestra querida Sofía, que prefirió abandonar a Ramiro en su lecho de dolor."

La tensión en la plaza se hizo palpable.

Uno de los curanderos más ancianos, un hombre llamado Don Eladio, dio un paso al frente.

"Señorita Catalina, con el debido respeto, esas cosas de la capital a menudo son más charlatanería que medicina. ¿Qué sabe usted de ese elixir?"

Catalina se rió.

"¿Qué sabe un viejo hierbero como usted? ¡Esto es ciencia antigua, más allá de su comprensión! ¡Funciona! Y lo demostraré."

En ese momento, unos sirvientes trajeron a Ramiro en una silla de ruedas especialmente diseñada. Se veía pálido y delgado, pero sus ojos ardían con un odio febril dirigido directamente a Sofía.

"¡Sofía!" gritó Ramiro, su voz débil pero llena de veneno. "¡Tuviste tu oportunidad de ayudarme y me diste la espalda! ¡Ahora verás lo que es una cura de verdad, bruja!"

La multitud jadeó ante el insulto. Sofía, sin embargo, permaneció impasible. Su rostro era una máscara de absoluta indiferencia, lo que enfurecía a Ramiro aún más.

Catalina se acercó a Ramiro y le dio a beber una pequeña cantidad del líquido oscuro. Luego, se giró hacia la multitud, disfrutando del espectáculo.

"Mi elixir necesita unos días para hacer efecto completo, pero para demostrar su poder, propongo una apuesta," anunció Catalina, su voz resonando en el silencio. "Apuesto la dote que Don Ernesto me ha prometido a que Ramiro caminará en una semana. Y te reto a ti, Sofía. Demuestra que tus 'poderes' son reales. Cura a alguien. A quien sea. Si lo logras antes de que Ramiro camine, me quedaré sin nada."

Todos los ojos se volvieron hacia Sofía. Era un desafío humillante, diseñado para que ella se negara y quedara como una cobarde.

Sofía la miró fijamente. Un largo silencio se extendió. Luego, para sorpresa de todos, asintió lentamente.

"Acepto la apuesta."

Una sonrisa triunfante iluminó el rostro de Catalina.

"Excelente. ¿A quién elegirás? ¿A algún anciano con tos? ¿A un niño con fiebre?" se burló.

Sofía no le respondió. En cambio, su mirada recorrió la multitud, lenta, deliberadamente. Se detuvo en la madre de Mateo, que la observaba con una mezcla de desesperación y una chispa de esperanza. Sofía levantó la mano y la señaló.

"Elijo curar a su hijo," declaró con una voz clara y fuerte que llegó a todos los rincones de la plaza. "Elijo curar a Mateo, el hombre que lleva meses en coma por culpa de un 'accidente' ."

El silencio que siguió fue absoluto, pesado, cargado de conmoción. Curar un coma era imposible, una locura. Era un suicidio profesional.

Catalina se quedó boquiabierta, su sonrisa de suficiencia se desvaneció. Ramiro, en su silla, la miraba con puro desconcierto. Habían esperado que ella se acobardara o eligiera un caso fácil. En su lugar, había elegido el desafío más difícil imaginable, y al hacerlo, había vuelto a poner el foco en el crimen de Ramiro.

Sofía los miró a los dos, y por primera vez en toda la tarde, una verdadera sonrisa se dibujó en su rostro. Era una sonrisa fría, afilada y llena de promesas. La batalla acababa de comenzar.

---

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022