El sudor frío me empapaba mientras la multitud celebraba mi cumpleaños dieciocho.
No era el calor del salón lo que me asfixiaba, sino el terror de un recuerdo tan vívido que me ahogaba: acababa de renacer.
Hacía un momento, estaba tirada en un hospital solitario, abandonada por todos después de la ruina de mi familia.
Ahora, observaba a Valeria, mi prima, la "invitada" que mis padres acogieron por caridad.
Ella, sonriente y dulce, presentaba un collar de diseñador como regalo, una pieza reluciente que, en mi vida pasada, resultó ser una burda falsificación.
Ese collar fue la primera ficha de dominó que Valeria empujó, una mentira que usamos con orgullo, sólo para descubrir su engaño cuando nuestra fortuna se desmoronaba.
Esa humillación fue sólo el inicio de sus intrigas.
Un nudo de amargura se formó en mi estómago.
¿Cómo pude haber sido tan ciega?
Pero ya no más. Esta vez, el juego había cambiado, y la que movería las piezas sería yo.
El sudor frío me empapaba la espalda, pegándome el vestido de seda al cuerpo.
No era por el calor del salón lleno de gente, ni por los nervios de mi propia fiesta de cumpleaños número dieciocho.
Era el terror.
Un terror que venía de otra vida, un recuerdo tan claro y doloroso que me ahogaba.
Acababa de renacer.
Hace un momento, estaba muriendo en un hospital frío y solitario, abandonada por todos, después de que mi familia cayera en la ruina.
Y ahora, estaba aquí, de vuelta en el día en que todo empezó a desmoronarse.
Mis ojos se fijaron en ella.
Valeria.
Mi prima lejana, la que mis padres acogieron cuando sus propios padres la abandonaron.
Estaba en el centro del salón, como siempre, atrayendo todas las miradas.
Sostenía una caja de terciopelo azul y hablaba con una voz dulce y melodiosa que a mí me sonaba a veneno.
"Y este es mi regalo para mi querida prima Sofía," dijo, sonriendo a los invitados. "Sé cuánto le gustan las joyas de diseñador, así que busqué por todas partes hasta encontrar este collar único de la última colección de Vancour."
Los invitados soltaron exclamaciones de admiración. Vancour era una marca de lujo que solo los más ricos podían permitirse.
Valeria estaba construyendo su imagen, la de una chica generosa y adinerada, una fachada que usó para engañar a todos.
Para engañar a mis padres.
Sentí una náusea familiar.
Reconocí el collar al instante.
En mi vida pasada, lo usé con orgullo, presumiendo del generoso regalo de mi prima.
Solo para descubrir, meses después, cuando intenté venderlo para pagar las deudas de mi padre, que era una falsificación barata.
Esa humillación fue solo el principio.
Ese collar fue la primera pieza del dominó que Valeria empujó para destruirnos.
Se acercó a mí, su sonrisa era perfecta, pero sus ojos contenían un brillo frío y calculador.
"Feliz cumpleaños, primita," susurró, poniéndome la caja en las manos.
Su voz era baja, solo para mí.
"Espero que te guste. Sabes que haría cualquier cosa por ti, somos casi hermanas."
La palabra "casi" fue una pequeña provocación, un recordatorio sutil de que ella era la invitada y yo la dueña de la casa, una posición que ella codiciaba más que nada en el mundo.
En mi vida anterior, habría sonreído y la habría abrazado, agradecida.
Pero ahora no.
Esta vez, conocía su juego.
"Gracias, Valeria," dije, con una voz calmada que no delataba la tormenta en mi interior.
Tomé la caja.
No la abrí.
En lugar de eso, me giré hacia mi hermano, Mateo, que estaba cerca.
"Mateo," lo llamé con una sonrisa. "Mira qué detalle tan increíble de Valeria. ¿Puedes ayudarme a guardarlo en un lugar seguro? No quisiera que se perdiera con tanta gente aquí."
Le entregué la caja.
Luego, discretamente, saqué mi teléfono.
Busqué el número del asistente de mi padre, un hombre de confianza y extremadamente eficiente.
Le envié un mensaje rápido y secreto.
"Carlos, necesito un favor urgente. Llama a la boutique principal de Vancour. Pregunta por un collar de edición limitada que supuestamente salió en su última colección. Describe el diseño que te enviaré en una foto. Hazlo en altavoz, cerca del centro del salón, en unos cinco minutos. Disimula que es una consulta para un cliente."
No iba a dejar que su primera mentira quedara sin respuesta.
Esta vez, el juego había cambiado.
Y yo iba a ser la que moviera las piezas.
Cinco minutos después, justo cuando Valeria estaba en el clímax de una anécdota encantadora sobre un viaje a Europa que nunca hizo, la voz de Carlos, el asistente de mi padre, se escuchó con claridad en el salón.
"¿Disculpe? Sí, hablo de parte de la familia Reyes," dijo Carlos, con su teléfono en altavoz, lo suficientemente alto para que todos lo oyeran. "Estoy tratando de verificar la autenticidad de una pieza, un collar de su última colección. Mi cliente cree que es único."
Un silencio incómodo se extendió por el grupo que rodeaba a Valeria.
Ella se quedó helada, con la sonrisa pegada en la cara.
La voz de una mujer, con un acento francés impecable, respondió desde el altavoz.
"Monsieur, lamento informarle que Vancour no ha lanzado ningún collar con esa descripción en nuestra última colección, ni en ninguna anterior. De hecho, ese diseño no pertenece a nuestra marca."
La humillación cayó sobre Valeria como un balde de agua fría.
El color desapareció de su rostro.
Los murmullos empezaron, primero suaves, luego más audibles.
"Pero... ¿cómo es posible?" tartamudeó Valeria, mirando a su alrededor con pánico. "Yo... yo lo compré a través de un comprador personal muy exclusivo. Me aseguró que era auténtico. ¡Deben haberme estafado!"
Su intento de salvar la cara fue patético.
La excusa era tan débil que solo la hacía parecer más culpable.
Su desesperación era palpable, y la vergüenza la hacía temblar.
Fue entonces cuando decidí intervenir.
Me acerqué a ella, con una expresión de pura preocupación en mi rostro.
"Valeria, no te preocupes," dije, tomando su mano. Su piel estaba helada. "Estas cosas pasan. Lo importante es la intención, y sé que la tuya era buena."
Mi tono era suave y comprensivo.
Para los demás, parecía que la estaba defendiendo, que era una anfitriona amable y perdonadora.
Pero para Valeria, mis palabras eran una tortura.
Estaba reforzando su mentira, haciéndola aún más grande, mientras yo quedaba como la víctima magnánima.
"Sofía tiene razón," dijo mi madre, acercándose y poniendo un brazo sobre mis hombros. "Qué niña tan noble eres, hija. No te preocupes, Valeria, lo resolveremos."
El contraste fue brutal.
El apoyo de mi madre se centró en mí, no en ella.
Los invitados cambiaron su foco de atención.
Las miradas de admiración que antes eran para Valeria, ahora se dirigían a mí.
"Qué madura es Sofía."
"Pobre, su prima intenta engañarla en su propio cumpleaños."
"Esa chica, Valeria, siempre me pareció un poco falsa."
Escuché los susurros y supe que mi primer movimiento había sido un éxito.
Valeria estaba destrozada, su imagen pública hecha añicos en cuestión de minutos.
Intentó forzar una sonrisa, pero solo logró una mueca de dolor.
"Gracias, tía. Gracias, Sofía. Son tan... comprensivos," murmuró, antes de excusarse y correr hacia el baño, probablemente para llorar de rabia.
La fiesta continuó, pero el ambiente había cambiado.
Yo era el centro de atención, la heroína discreta de la noche.
Pero no tenía tiempo para disfrutarlo.
Mientras los invitados comían pastel y bailaban, yo me deslicé hacia mi estudio.
Cerré la puerta y marqué un número que había memorizado de mi vida pasada.
El número de un investigador privado.
"Buenas noches," dije, con la voz firme. "Mi nombre es Sofía Reyes. Necesito que investigue a fondo a una persona. Su nombre es Valeria Torres. Quiero saber todo sobre ella. Su pasado, sus conexiones, sus finanzas. Todo."
La humillación pública era solo el comienzo.
Iba a desenterrar cada uno de sus secretos y a asegurarme de que nunca más pudiera hacerle daño a mi familia.
La guerra acababa de empezar.