Siempre había sido buena para esconderme. Cuando era joven, todos me decían que yo tenía una belleza única, pero ahora, eso quedaba cubierto por las capas de ropa de segunda mano y los colores apagados que usaba a diario. Mis días eran una lucha constante, y lo último que necesitaba era que alguien me viera.
Mi hermana menor, Lucía, había sido diagnosticada con esquizofrenia hacía años. Desde entonces, cuidar de ella se había vuelto una rutina, algo necesario para mantenerla estable. Mi madre, además, estaba luchando contra un cáncer terminal que no había dejado de consumirla desde su diagnóstico. El peso de nuestra vida cambió por completo cuando mi padre murió en un accidente de coche, dejándome a mí con la responsabilidad de sacar adelante a mi familia.
Con dos trabajos y los escasos ratos libres dedicados a cumplir con mis tareas en casa, no tenía tiempo para pensar en mí misma ni en mi apariencia. De hecho, era mejor que la gente me pasara por alto. La oficina era el lugar donde mejor dominaba esa habilidad, hasta el punto de convertirme en la sombra que resolvía los problemas sin hacer ruido. Lo único que no podía pasar por alto era a Samuel Díaz, mi jefe, quien me dejaba claro cada día cuánto me despreciaba. Me llamaba "el cuervo," porque según él, yo era tan gris y poco atractiva como un pájaro que solo traía mala suerte.
Ese lunes, como cada semana, llegué antes de las siete, preparé el café y organicé los contratos. Solo esperaba pasar desapercibida, mantenerme en la rutina sin más sorpresas, cuando el teléfono sonó. Sentí un escalofrío recorrerme. Era Daniel claro.
-¿Dígame, señor Díaz?
-Ven a mi oficina, tienes cinco minutos -su tono era firme y cortante, característico de él.
Apreté los labios, respiré hondo y me levanté. Si me llamaba tan temprano, seguro que no era nada bueno. Entré a su oficina y allí estaba él, concentrado en sus papeles, con la mandíbula apretada, como si llevara días sin dormir. A veces me sorprendía pensar que, detrás de ese carácter, había alguien que podía resultar atractivo. Claro, esa impresión desaparecía en cuanto abría la boca.
-Sé que esto te va a sorprender, pero necesito que consideres una propuesta -dijo, con el mismo tono frío de siempre, sin levantar apenas la vista.
Arqueé una ceja, sin saber qué esperar.
-Quiero que te cases conmigo, Amelia. Por supuesto, sería un acuerdo temporal. Necesito mejorar mi imagen y demostrar estabilidad ante mis socios, y tú... eres la persona perfecta para este papel.
Sentí que las palabras se desmoronaban sobre mí como un muro. Me quedé en silencio, mirándolo sin dar crédito. Él estaba proponiendo un matrimonio por contrato, una relación falsa, y me elegía a mí, a quien despreciaba abiertamente.
-¿Quieres que me case contigo solo para que tus socios vean lo "estabilizado" que estás? -respondí, tratando de mantener el control, aunque sentía el enojo subiendo en mi interior.
Él suspiró, impaciente, como si estuviera lidiando con alguien incapaz de entender.
-Es un acuerdo de conveniencia, Amelia. Me haces un favor y, a cambio, te pagaré una suma significativa que resolvería tus problemas. Así de simple. Tómalo o déjalo, pero si no aceptas... ya sabes que tu puesto aquí será cosa del pasado.
Era una amenaza clara, y mis manos se apretaron en puños. Había trabajado aquí durante años, dejando de lado mis sueños, soportando sus comentarios y desprecios. Pero aceptarlo significaría humillarme aún más.
-Entonces, ¿me estás chantajeando? ¿Quieres que acepte ser tu "esposa" a cambio de dinero y de no perder mi trabajo?
Samuel esbozó una sonrisa burlona.
-Llámalo como quieras, Amelia. Solo son negocios.
Mi boca se torció en una sonrisa amarga, y aunque sentí cómo las lágrimas querían brotar, las contuve.
-Ni en tus sueños, Samuel. No me voy a convertir en una más de tus herramientas. Soy un cuervo, ¿no? Pues ten por seguro que esta vez no seré la sombra que te salvará el pellejo aprovechando la oportunidad dejame decirte que eres el mismísimo demonio.
Mi boca se torció en una sonrisa amarga, y aunque sentí cómo las lágrimas querían brotar, las contuve.
-No sé cómo pude enamorarme alguna vez de un hombre como tú -murmuré, con la rabia atorada en la garganta-. Eres el demonio en persona, Samuel, y para ti no soy más que un cuervo sin valor. Pero adivina qué: no necesitas despedirme. Yo renuncio. ¡No quiero seguir siendo tu sombra!
Él soltó una carcajada, una risa cruel que resonó en las paredes de su oficina.
-Como quieras, Amelia. Así será. Puedes irte y morir en tu propia miseria, que eso es lo que te espera sin este empleo.
Sus palabras se clavaron en mi pecho, pero no le daría la satisfacción de verme derrotada. Lo miré una última vez, llena de odio y resentimiento
Giré sobre mis talones y salí de la oficina, sin darle la oportunidad de responder. Mi paso resonaba fuerte en el pasillo vacío, y dentro de mí sentía algo que hacía mucho no experimentaba: la libertad de saber que, al menos hoy, me había enfrentado a ese desgraciado.
Mi jefe, Daniel Díaz, era el tipo de hombre que si te veía en el suelo, no te daba la mano; al contrario, te empujaba para hundirte aún más. Un monstruo sin piedad, sin valores, sin respeto. Salí corriendo de su oficina, intentando no escuchar sus últimas palabras, que parecían un eco interminable en mi cabeza. Tomé mi cartera, sin necesidad de recoger nada, pues nunca llevé ni una foto. ¿Para qué dejar algo tan personal en ese lugar? Las paredes de la oficina estaban impregnadas de una energía oscura, pesada, casi como si el propio Daniel hubiera dejado su esencia en cada rincón.
Apenas salí, un torrencial me recibió. ¡Justo lo que me faltaba! ¿Era que la mala suerte estaba decidida a perseguirme a donde fuera? Decidí caminar bajo la lluvia; después de todo, no estaba tan lejos de casa, y el agua podría llevarse un poco de mi frustración. Aunque nunca fui de esas personas que creen en chacras o energías protectoras; esas cosas solo son inventos para quienes buscan consuelo en lo intangible.
La lluvia empapaba mis ropas, y el frío empezaba a calarme hasta los huesos. Para completar, un auto pasó por un charco y me llenó de barro hasta el cabello. "¡Maldito sea!" grité con furia. El mundo a veces parecía diseñado solo para favorecer a unos pocos, aquellos que, como Daniel Díaz, tenían el poder de pisotear a cualquiera sin consecuencias. En esta sociedad, parecían tener valor solo las mujeres de rostros perfectos, con vestidos caros y un maquillaje impecable. Las que, como yo, vestíamos ropa modesta y básica, parecíamos invisibles, solo sombras en un mundo de brillos superficiales.
Al llegar a casa, jamás imaginé encontrarme la peor escena de mi vida. Mi madre estaba tirada en el suelo de la cocina. El miedo y la desesperación se apoderaron de mí. "¿Había llegado su hora?", pensé aterrorizada.
-¡Mamá! ¡Mamá! ¡Despierta, por favor! -la llamé, sintiendo cómo mi corazón se rompía con cada palabra. Mi hermana apareció, llorando también, en un ataque de pánico.
-¿Qué le pasa a mamá? -preguntó entre sollozos, con su voz temblorosa.
Intenté mantener la calma por ella, aunque todo en mí quería colapsar. Mi hermana, en medio de su fragilidad, necesitaba mis palabras como ancla.
-Cálmate, hermana, ya llamo a emergencias. Pero debes tranquilizarte, ¿tomaste tus medicinas hoy?
-Sí, solo falta la de la noche -me dijo, su voz apenas audible por el llanto.
Marqué el número de emergencias y, poco después, los paramédicos llegaron y trasladaron a mamá. Mi vecina, quien sabía de nuestra situación, se quedó con mi hermana mientras yo subía a la ambulancia. Mis manos estaban heladas, y aún empapada, el frío me hacía temblar.
Al llegar a la clínica, el médico de mamá, el doctor Horacio, me estaba esperando. Con solo mirarme, entendió la angustia que me invadía.
-Amelia -me dijo con una voz cargada de tristeza-, lamento decirte esto, pero tu madre está en su etapa final. No creo que pueda pasar de esta noche.
Un golpe de realidad me atravesó el pecho. Sabía que la salud de mamá había empeorado, pero nunca estaría preparada para esto. Horacio continuó, con su usual amabilidad y profesionalismo.
-Además, Amelia... la clínica pide que se cancelen los pagos pendientes. Incluso el costo de esta noche debe cubrirse hoy mismo.
El dolor por mi madre se unía a la vergüenza de no tener cómo pagar, y peor aún, a la desesperación de haber perdido mi empleo justo esa mañana. Horacio me miró, comprensivo, y se ofreció a ayudarme. Pero no podía aceptar. Sabía lo que debía hacer, aunque odiara la idea.
Decidí llamar a Daniel Díaz. Me repugnaba pensar que él sería la única salida para cubrir los gastos, aceptando su propuesta.
-¿Ya te arrepentiste? -respondió al primer timbrazo, con su voz fría y burlona-. ¿No aguantas ni un día sin empleo?
No pude responderle, solo empecé a llorar. La impotencia, el miedo y la vergüenza me dominaban.
-¿Qué te pasa? -preguntó, y su voz sonó menos dura-. Amelia, ¿te hicieron algo?
-Acepto tu maldito trato -le dije entre sollozos-. Pero quiero que vengas a la clínica y pagues los gastos de mi madre. Ella está... muriendo.
Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea, y luego, con un tono menos sarcástico, me respondió:
-No te preocupes por el contrato ahora. Espérame ahí, llegaré en unos minutos.
Me senté en la sala de espera, abrazándome las rodillas, tratando de calmarme. Me dolía tanto todo lo que estaba viviendo que apenas podía pensar. No sé cuánto tiempo pasó hasta que sentí unas manos firmes que me levantaban del suelo. Sin abrir los ojos, supe que era él, Daniel Díaz.
Desperté en una habitación, envuelta en una manta cálida. Me di cuenta de que había dormido unas pocas horas. Su voz cortó el silencio:
-¿Pudiste dormir algo?
-¿Cuánto tiempo ha pasado? -pregunté, aún adormilada.
-Unas tres horas. Tu madre sigue igual. Me encargué de las cuentas de la clínica y la hipoteca de tu casa por el momento. Ahora puedes estar tranquila -dijo sin expresión alguna.
-Gracias... -murmuré con amargura-. Te pagaré hasta el último centavo, puedes estar seguro.
-Ahora hablemos de lo importante. ¿Cuándo nos casamos? No puedo esperar más -dijo, directo-. Mi abuelo quiere entregarme el control de sus empresas, pero solo confía en mí si estoy casado. Pero aclaro que no soy un hombre de una sola mujer.
Lo miré, furiosa, y le respondí con firmeza:
-Tengo mis condiciones: nada de exhibiciones con otras mujeres mientras dure nuestro matrimonio, ni rumores que me perjudiquen. Y quiero que respetes mi integridad y te ahorres los comentarios despectivos.
Él me miró con su usual frialdad, pero su boca formó una mueca de aprobación.
-Tienes carácter, Amelia. Nos casaremos mañana. Y, para que lo sepas, te pagaré un salario cuatro veces mayor al que ganabas. Pero insisto, no quiero que me devuelvas nada de lo que pagué. Considéralo una retribución.
Apreté los puños, odiándolo aún más. Aún así, sabía que no tenía más opciones.
-Está bien -respondí, tratando de mantener la calma-. Pero recuerda que, aunque acepte, no soy tu marioneta.
Entramos en la habitación de mi madre. Tiene los ojos cerrados, pero sé que está despierta. Lo sé porque mueve los dedos de su mano, como si estuviera escuchando alguna melodía distante.
-Mamá, estoy aquí-le digo mientras me acerco.
-Sé que estás, hija. También sé que no vienes sola-responde con una voz suave, casi como un susurro.
-¿Cómo lo sabes?-pregunto sorprendida, aunque no debería, porque mi madre siempre ha tenido una percepción extraordinaria.
-Por el perfume que traes. Es demasiado caro para ser casual-me responde con una sonrisa ligera, pero los ojos aún cerrados.
Me quedo callada un momento, sin saber qué decir. Pero antes de poder responder, Daniel se adelanta y extiende su mano hacia ella.
-Mucho gusto, señora, soy el prometido de su hija-dice con una sonrisa impecable.
Mi madre sigue con los ojos cerrados, pero se siente un aire pesado en la habitación. Su voz, aunque tranquila, tiene una mezcla de ironía y sabiduría.
-Ah, así que eres su prometido. Bueno, al menos tengo la tranquilidad de saber que cuando me vaya, mi hija no quedará sola-dice sin abrir los ojos, como si todo esto fuera una conversación común.
-¡Mamá, por favor! No digas eso-le respondo, sorprendida y molesta, y no puedo evitar lanzar una mirada fulminante a Daniel. ¿Cómo se atrevía a meter su palabra en algo tan íntimo?
-¿Por qué no? Esta es la oportunidad perfecta para pedir su mano, ¿no es así?-dice Daniel, ahora completamente cómodo, sin perder el ritmo. Se vuelve hacia mi madre y con una actitud casi teatral, continúa-: Señora, quisiera pedir su mano para su hija, aunque reconozco que no es la manera más convencional de hacerlo, pero es lo que tenemos.
Mi madre sonríe sin abrir los ojos, como si ya lo supiera todo.
-¿La quieres de verdad, hijo?-pregunta, esta vez con un tono más serio.
-La quiero, con todo mi corazón-responde Daniel, sin dudar.
-He conocido a muchos que dicen lo mismo y no siempre es cierto. Pero... confío en tu palabra-dice mi madre, sin cambiar de postura.
Mi corazón da un vuelco al escuchar sus palabras. Si ella supiera la verdad... si solo supiera que Daniel está haciendo esto por poder, por conveniencia, no por amor. La mentira es tan grande, y yo tan atrapada en este juego que no elegí.
-Entonces, si tú lo dices, debe ser cierto-comenta mi madre, como si la conversación hubiera llegado a su fin. Pero justo cuando creo que todo termina, un grito de dolor rasga el aire.
Ambos nos quedamos paralizados. El sonido de las máquinas se descontrola. En ese momento, Daniel sale disparado, gritando por ayuda. Las enfermeras y el doctor Hugo llegan corriendo, y me dicen que debo salir. Aunque mi instinto me dice que no debo dejar a mi madre sola, Daniel me arrastra fuera de la habitación, como si no tuviera voz ni voto.
Han pasado minutos que parecen horas. Mi cabeza da vueltas, llena de incertidumbre. Nadie entra ni sale. Estoy atrapada en mi dolor y mi miedo. De repente, las puertas se abren, y el doctor Hugo me mira fijamente, con una expresión que ya sé que no es buena.
Apenas sé cuánto tiempo pasa. Escucho los pasos apresurados de las enfermeras, las palabras rápidas de los doctores, pero todo parece borroso, como si estuviera bajo el agua, sin poder respirar. Y luego, el silencio. El frío, aterrador, desgarrador silencio.
Las puertas se abren y el doctor Hugo me observa con ojos llenos de compasión.
-Lo siento mucho, Amelía...-dice, y sus palabras caen como piedras en mi pecho. Mis rodillas ceden, y el mundo a mi alrededor se desmorona. Mi madre. Mi madre ya no está.
Un grito ahogado escapa de mi boca, un sonido que no parece humano. No sé si soy yo o alguien más, pero siento como si me estuviera partiendo en mil pedazos. Intento levantarme, pero no hay fuerza en mis piernas. Solo quiero volver a la habitación, verla, aunque sé que no responderá.
-¡Déjenme verla!-grito desesperada, luchando contra los brazos de Daniel que me intentan contener, pero no quiero consuelo, no quiero brazos que me sostengan. Quiero a mi madre, quiero abrazarla una última vez, oír su voz diciéndome que todo estará bien.
Finalmente me libero y corro hacia ella. Allí está, su cuerpo inerte en la cama, sus ojos cerrados, su rostro tranquilo como si durmiera. Pero no es sueño. Es el vacío más absoluto, el abismo que la ha reclamado, y me ha dejado completamente sola.
Caigo de rodillas junto a su cama, aferrándome a su mano, que ahora está fría, y un grito desgarrador escapa de mi alma.
-Mamá, por favor, despierta... no me dejes sola, no... ¡te lo suplico! ¡No puedo! ¡No puedo vivir sin ti!-sollozo, la voz rota, quebrada, mientras mis lágrimas caen sobre su mano. Pero ella ya no está aquí para calmarme, para decirme que todo va a estar bien. Nadie podrá hacerlo jamás.
-Te necesito... ¿cómo voy a vivir sin ti? ¡Mamá, despierta!-le imploro, sacudiéndola suavemente, como si pudiera devolverle la vida, pero es inútil. Su cuerpo no responde, sus ojos no se abren, su calor se ha ido. La soledad me consume de una manera que jamás imaginé posible.
Mis palabras se convierten en susurros rotos, apenas audibles, mientras el mundo se apaga a mi alrededor, dejándome sola con el peso de esta pérdida. Todo lo demás, incluso Daniel, desaparece. La promesa, el contrato, la mentira... ya nada tiene importancia. La única persona que de verdad me amaba se ha ido, y no sé cómo encontrar sentido a nada de lo que queda.
Siento los brazos de Daniel rodeándome por detrás, y aunque lo odio por ser parte de este mundo de mentiras, en ese momento su abrazo es lo único que me reconforta. Me doy la vuelta, permitiendo que las lágrimas sigan fluyendo, sin importarme su traje caro. No me importa si me ensucia. Perder a una madre no tiene explicación. No se compara con nada. Ni siquiera con la muerte de mi padre.
-Tranquila-dice Daniel, su voz suavizada-. Llorar es necesario. Estoy aquí para ti.
Me sorprende escuchar esas palabras de él. Nunca lo había oído intentar consolar a nadie, y mucho menos con esa ternura. Pero... ¿será sincero? ¿O es solo una fachada más?
La ceremonia fue pequeña, casi vacía. Mi madre fue enterrada en un lugar modesto, como ella lo había pedido, junto a mi padre. Yo no podía permitirme algo más. Daniel se encargó de todo, aunque, sinceramente, no sé si lo hizo por él o por algún tipo de obligación.
Cuando llegamos al cementerio, me sorprendió ver a toda su familia allí. Su madre, su padre, y hasta sus hermanos, todos de negro, acompañándonos en el proceso.
-Cariño, perdón por llegar tarde-dice su madre con tono dulzón. Yo frunzo el ceño, aún con la confusión de todo lo que está pasando. Él la mira y sonríe, pero yo no quiero jugar a este juego.
-No importa, mamá-le contestó, manteniendo la compostura mientras sus palabras se sienten vacías.
Marcos me mira y me abraza, sus manos tensas sobre mi cintura. Es como si todo fuera una obra de teatro, y yo la actriz que tiene que seguir el guion, aunque no lo desee.
-Quiero presentarte a mi familia-dice con una sonrisa forzada. Se siente como si estuviera haciendo una película, y yo soy la protagonista de su historia falsa.
Lo único que quiero es que todo esto termine.
Después de enterrar a mi madre, todos me dieron el pésame, pero me sentí más sola que nunca. La madre de Daniel me miraba con desdén, tal vez por la ropa sencilla que llevaba puesta. No tenía tiempo ni dinero para vestirme de manera apropiada. Me sentía como una sombra en medio de este espectáculo familiar que no me pertenecía.
Finalmente, Daniel me dice que pasará por mí al día siguiente para ir al registro civil.
-Nos vemos mañana-dice, pero ni siquiera me mira a los ojos.
¿Es esto lo que me espera? Un contrato disfrazado de amor.
Me doy la vuelta para dirigirme a mi casa, sola, mientras él se va como si no pasara nada.
La sensación de vacío me consume.