Muerta. Así terminé en mi vida pasada.
La matriarca de los Montoya, yo, Isabela, estaba a punto de sellar una alianza crucial para Andalucía en la Fiesta de la Primavera, un día que prometía un futuro, pero que en mi anterior vida lo destrozó todo.
Mi amor, el Capitán Javier, el supuesto héroe, a quien le di mi poder y mis guerreros para luchar contra los cárteles, me apuñaló por la espalda, revelando su traición y una alianza impensable con el líder de los criminales, todo para vengar a una tal Candela.
Morí, mi clan fue aniquilado, y volví a renacer en este mismo infierno, en la misma fiesta, donde un Javier arrogante, de pie junto a la "inocente" Candela, esperaba que suplicara por su atención; pero en lugar de eso, él me humilló públicamente, pidiendo la mano de Candela y ofreciéndome ser su concubina.
¿Cómo pudo ser tan ciego? Me dio la espalda por una víbora, una sombra del mal que él creyó pura, traicionando todo lo que éramos, y yo, muerta, vi con claridad la verdad de su depravación y la vil mentira que envolvió mi fin.
Pero esta vez, los dados han cambiado: Ignorando el escándalo, rechacé el pasado y, ante los ojos de todos, sellé mi destino con Mateo Heredia, el silencioso herrero que fue mi leal vengador en la muerte. No soy su querida, soy la matriarca que ha vuelto para reescribir la historia.
Muerta.
Así terminé en mi vida pasada.
La guerra contra los cárteles llevaba décadas desangrando Andalucía. Mi clan, los Montoya, era la clave. Todos lo sabían. Quien se aliara con nosotros, ganaría la guerra.
Yo elegí a Javier, el hijo del Gobernador, el héroe de la Guardia Civil.
Lo amaba. Le entregué a mis guerreros, mi poder, mi vida. Juntos, casi acabamos con los cárteles.
Y él me pagó con una puñalada.
"Isabela", me dijo con los ojos fríos, mientras la sangre brotaba de mi pecho, "Candela ha muerto por tu culpa. Tu clan pagará por esto. Los aniquilaré a todos".
Vi al líder del cártel sonreír a su lado. Todo fue una trampa.
Ahora, he renacido.
El olor a azahar y vino llena el aire. Estoy en la Fiesta de la Primavera, en los jardines del palacio del Gobernador. El mismo evento. El mismo día en que todo comenzó a torcerse.
El día en que debo elegir un prometido y sellar la alianza que decidirá el futuro de Andalucía.
Mi padre, el viejo líder de los Montoya, me mira con preocupación. "¿Estás bien, hija? Estás pálida".
Asiento, pero mis ojos buscan entre la multitud.
Ahí está él. Javier. Radiante en su uniforme, el héroe de la región, rodeado de admiradores. A su lado, frágil y hermosa, está Candela, la bailaora que rescaté de las calles de Sevilla. La víbora que me envenenó.
Javier me mira, su expresión es una mezcla de indiferencia y fastidio. Espera que me arrastre a sus pies, como en la vida pasada. Espera que le ruegue por su atención.
Me doy la vuelta.
Mis ojos encuentran a otro hombre.
Mateo. El jefe del clan Heredia, los herreros de Granada. Un hombre alto, silencioso, con manos callosas de forjar las mejores navajas de España. En mi vida pasada, cuando Javier me asesinó, fue Mateo quien clamó venganza. Murió por mí.
Nuestras miradas se cruzan. Hay una sorpresa en sus ojos oscuros, una devoción que siempre estuvo ahí y que yo fui demasiado ciega para ver.
El Gobernador golpea una copa con un cuchillo, pidiendo silencio.
"¡Ha llegado el momento!", anuncia con voz potente. "Mi futuro yerno, Javier, ha hecho su elección. Y la matriarca de los Montoya, la valiente Isabela, sellará hoy la alianza que traerá la paz".
Todos los ojos se posan en mí. Esperan que camine hacia Javier.
Javier ni siquiera me mira. Da un paso al frente y se arrodilla, pero no ante mí. Se arrodilla ante el Gobernador.
"Señor Gobernador", dice con voz clara y resonante, "no puedo aceptar la alianza con los Montoya si eso significa casarme con Isabela. Mi corazón pertenece a otra. Le ruego que me conceda la mano de la señorita Candela".
Un murmullo de escándalo recorre el jardín.
Candela se lleva una mano a la boca, sus ojos se llenan de lágrimas fingidas. "Oh, Javier... no puedo... soy solo una humilde bailaora... no soy digna...".
"¡Eres la mujer más pura que he conocido!", clama Javier, desafiando a su padre y a todos los presentes. "¡Te protegeré con mi vida!".
El Gobernador está furioso, su rostro rojo de ira. "¿Has perdido la cabeza? ¡Estamos en guerra! ¡Necesitamos a los Montoya!".
"Isabela puede ser mi concubina", sugiere Javier, con una arrogancia increíble. "Pero Candela será mi esposa".
Mi padre saca su navaja. Mis guerreros se tensan.
Pero yo sonrío.
Ignoro el drama, el insulto, la humillación pública que él cree que me está infligiendo.
Camino hacia la antigua mesa ceremonial, donde reposa una placa de madera de olivo y una daga ritual. En la vida pasada, grabé mi nombre junto al de Javier.
Esta vez, con mano firme, grabo mi nombre.
Y junto a él, grabo el de Mateo.
Hundo la punta de la daga en mi pulgar y dejo que una gota de sangre caiga sobre nuestros nombres. Luego, ofrezco la daga a Mateo.
Él se acerca, su mirada fija en la mía. Sin dudar, se corta el pulgar y une su sangre a la mía en la madera.
Levanto la placa de olivo para que todos la vean.
"Por la sangre y por el honor", declaro, mi voz resonando con el poder de mi linaje. "El clan Montoya y el clan Heredia son uno. Esta es mi elección".
El silencio es absoluto.
Javier se queda de rodillas, su boca abierta en estado de shock. La humillación en su rostro es deliciosa.
Él pensó que me había desechado.
No se da cuenta de que yo lo deseché a él hace una vida entera.
El Gobernador, aunque desconcertado por mi elección, es un hombre pragmático. La alianza con los Heredia, aunque no tan poderosa militarmente como la de los Montoya en solitario, sigue siendo valiosa. Los Heredia arman a la mitad de los clanes leales.
"¡Una decisión audaz!", exclama, tratando de salvar la situación. "¡Una nueva era de cooperación! ¡Brindemos por la nueva alianza!".
La fiesta termina en un ambiente extraño y tenso.
Javier se levanta, su rostro es una máscara de furia contenida. Candela, a su lado, me mira con un destello de triunfo en sus ojos, creyendo que ha ganado. Qué tonta.
Cuando la multitud se dispersa, Mateo se acerca a mí. Su rostro, normalmente impasible, muestra una rara incertidumbre.
"Isabela... ¿estás segura?", pregunta en voz baja. "¿No lo hiciste solo por... despecho?".
Me río suavemente. Me pongo de puntillas y le doy un beso rápido en la mejilla. Su piel es áspera por el hollín de la forja. Él se sonroja violentamente, un espectáculo fascinante en un hombre tan imponente.
"He estado segura durante mucho tiempo, Mateo. Más tiempo del que crees".
Antes de que pueda decir más, Candela se acerca, con su falsa expresión de humildad.
"Señorita Isabela, le estoy tan agradecida", dice, haciendo una reverencia. "Nunca quise causar problemas entre usted y el Capitán. Si siente algún rencor, por favor, descárguelo conmigo. Soy toda suya para mandar".
Su actuación es impecable. Pura, inocente, víctima de un amor demasiado grande.
Javier aparece inmediatamente a su lado, protector.
"¡Candela! ¿Qué haces hablando con ella?", gruñe, mirándome con desprecio. "¿No ves que te está intimidando?".
La abraza, como si yo fuera una amenaza.
"¡No te preocupes, mi amor! Yo te protegeré. Ella no volverá a hacerte daño".
Miro a Javier, a su ceguera, a su obsesión. Es casi patético.
"¿Dañarla?", pregunto, mi voz gotea sarcasmo. "Capitán, creo que sobreestima mi interés en su... protegida".
"¡No te atrevas a hablarle así!", brama él. "¡Sé que estás enfadada, Isabela, pero no tienes por qué ser cruel! Todavía puedes tener un lugar a mi lado, si te comportas. Como dije, una querida...".
"¿Una querida?", lo interrumpo, y esta vez mi risa es genuina y fuerte. "Javier, ¿de verdad crees que la matriarca de los Montoya, la mujer que te entregó la victoria en bandeja de plata, se rebajaría a ser la querida de nadie?".
Su rostro se contrae.
"He hecho mi elección. Me casaré con Mateo Heredia. Él es diez veces el hombre que tú jamás serás. Ahora, si me disculpan, mi prometido y yo tenemos cosas que discutir".
Tomo a Mateo del brazo y me alejo, dejando a Javier furioso y a Candela con una expresión de odio apenas disimulado.
Mientras caminamos, recuerdo la vida pasada. Recuerdo cómo Candela, después de mi muerte, no derramó ni una lágrima. Se aferró al poder de Javier, solo para ser asesinada por el propio líder del cártel cuando ya no le fue útil.
Esta vez, no intervendré.
Dejaré que Javier descubra la verdad por sí mismo.
Será su propia ruina.