Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Xuanhuan > La Misión Imposible
La Misión Imposible

La Misión Imposible

Autor: : Valentina AA
Género: Xuanhuan
Morir por octava vez se siente extrañamente familiar, un dolor sordo y cansado. Abrí los ojos al mismo techo blanco de siempre, sin cicatrices, pero mi alma se sentía vieja y agrietada. He renacido, otra vez, la novena. Ocho vidas persiguiendo el amor de mi tía, Isabella Solís, y ocho vidas terminando en una muerte horrible a manos de ella o su amado, Alejandro Vargas. "No lo haré," susurré al aire, mi voz ronca. "Esta vez, no." Preferiría morir en libertad que vivir un día más como su títere. La voz del sistema resonó: [Misión principal: Conquistar el corazón de Isabella Solís. Penalización por fracaso: Muerte y reinicio.] La puerta se abrió. Isabella entró, letal en rojo, con Alejandro sonriendo a su lado. "Diego, por fin despiertas," dijo Isabella, sin una pizca de calidez. No me desmayé, me empujaron por las escaleras. "Estoy bien," respondí, mi voz plana. Isabella frunció el ceño. "¿Qué es esa actitud? Eres una carga constante." Ella tiró el relicario de mi madre por la ventana. "Tus padres eran tan débiles como tú. Por eso murieron." "No importa", dije, mi voz extrañamente tranquila. "Ya no necesito nada de esto." Intenté escapar. Mi abuelo me dio dinero y llaves para una cabaña en las montañas. Pero Isabella y Alejandro me tendieron una trampa. Quemaron el dinero y aplastaron las llaves. Me encerraron en el sótano, me torturaron. No me di por vencido. En un último acto, me apuñalé el cuello para escapar del ciclo. Pero desperté en el hospital, vivo, para mi eterno pesar. Vi mi reflejo en los ojos de Sofía, una artista que me encontró en mi refugio. Ella me dio esperanza, pero Isabella la agredió salvajemente. Mi nueva misión no es escapar, es la venganza. Isabella y Alejandro murieron en un accidente, resultado de mis manipulaciones. El sistema se desintegró. Ahora soy libre, por fin. Sofía y yo construimos una vida, una familia, un legado de arte y amor. El ciclo se rompió.

Introducción

Morir por octava vez se siente extrañamente familiar, un dolor sordo y cansado.

Abrí los ojos al mismo techo blanco de siempre, sin cicatrices, pero mi alma se sentía vieja y agrietada.

He renacido, otra vez, la novena.

Ocho vidas persiguiendo el amor de mi tía, Isabella Solís, y ocho vidas terminando en una muerte horrible a manos de ella o su amado, Alejandro Vargas.

"No lo haré," susurré al aire, mi voz ronca. "Esta vez, no."

Preferiría morir en libertad que vivir un día más como su títere.

La voz del sistema resonó: [Misión principal: Conquistar el corazón de Isabella Solís. Penalización por fracaso: Muerte y reinicio.]

La puerta se abrió. Isabella entró, letal en rojo, con Alejandro sonriendo a su lado.

"Diego, por fin despiertas," dijo Isabella, sin una pizca de calidez.

No me desmayé, me empujaron por las escaleras.

"Estoy bien," respondí, mi voz plana.

Isabella frunció el ceño. "¿Qué es esa actitud? Eres una carga constante."

Ella tiró el relicario de mi madre por la ventana. "Tus padres eran tan débiles como tú. Por eso murieron."

"No importa", dije, mi voz extrañamente tranquila. "Ya no necesito nada de esto."

Intenté escapar. Mi abuelo me dio dinero y llaves para una cabaña en las montañas.

Pero Isabella y Alejandro me tendieron una trampa. Quemaron el dinero y aplastaron las llaves.

Me encerraron en el sótano, me torturaron. No me di por vencido.

En un último acto, me apuñalé el cuello para escapar del ciclo.

Pero desperté en el hospital, vivo, para mi eterno pesar.

Vi mi reflejo en los ojos de Sofía, una artista que me encontró en mi refugio.

Ella me dio esperanza, pero Isabella la agredió salvajemente.

Mi nueva misión no es escapar, es la venganza.

Isabella y Alejandro murieron en un accidente, resultado de mis manipulaciones.

El sistema se desintegró.

Ahora soy libre, por fin.

Sofía y yo construimos una vida, una familia, un legado de arte y amor.

El ciclo se rompió.

Capítulo 1

Morir por octava vez se siente extrañamente familiar, es un dolor sordo que ya no sorprende, solo cansa. Mi consciencia se desvaneció con el frío del acero en mi pecho, y cuando la abrí de nuevo, el mismo techo blanco de siempre me dio la bienvenida. El olor a desinfectante y a flores caras llenaba el aire, una combinación que ya odiaba con toda mi alma.

He renacido. Otra vez. La novena vez.

Mi cuerpo era joven de nuevo, sin las cicatrices de la última vida, pero mi alma se sentía tan vieja y agrietada como una ruina antigua. Me senté en la cama, el edredón de seda se deslizó por mis hombros. Miré mis manos, pálidas y delgadas, las manos de un Diego Ramírez que aún no ha sido destrozado por completo.

Pero yo sí lo estaba. Ocho vidas intentando lo mismo, ocho vidas persiguiendo el amor de mi tía, Isabella Solís, y ocho vidas terminando en una muerte horrible, siempre a manos de ella o de su amado, Alejandro Vargas.

Cerré los ojos y las imágenes de mis muertes pasadas desfilaron por mi mente como una película de terror sin fin. Ahogado en la piscina, envenenado en la cena, atropellado por su coche, apuñalado en un callejón... cada vez era una nueva y creativa forma de eliminarme, el estorbo en su perfecta historia de amor.

Y cada vez, al renacer, una voz fría y mecánica resonaba en mi cabeza.

[Sistema activado. Misión principal: Conquistar el corazón de Isabella Solís.]

[Progreso actual: 0%.]

[Recompensa por éxito: Liberación del ciclo de renacimiento.]

[Penalización por fracaso: Muerte y reinicio.]

Esta vez, cuando la voz del sistema sonó, no sentí pánico ni determinación. Solo un vacío profundo y agotador. Ya no quería conquistarla. Ya no quería su amor. Su amor era veneno, era una jaula. Lo único que quería era morir, pero morir de verdad. Morir y que todo terminara.

"No lo haré", susurré al aire, mi voz ronca. "Esta vez, no."

Preferiría morir en libertad que vivir un día más como su títere. Si el fracaso significaba la muerte, entonces fracasaría lo más rápido posible.

La puerta de la habitación se abrió sin llamar. Isabella entró, luciendo tan hermosa y letal como siempre. Llevaba un vestido rojo que se ceñía a su figura perfecta, y su cabello negro caía en ondas sobre sus hombros. Detrás de ella, sonriendo con esa amabilidad falsa que yo conocía tan bien, estaba Alejandro.

"Diego, por fin despiertas", dijo Isabella, su voz sin una pizca de calidez. Se detuvo al pie de mi cama, cruzada de brazos, mirándome como si fuera un objeto molesto.

Alejandro se acercó y puso una mano en el hombro de Isabella, un gesto de posesión. "Isabella estaba preocupada por ti, campeón. Te desmayaste en el jardín, nos diste un buen susto."

La mentira era tan descarada que casi me río. Yo no me había desmayado. En mi vida anterior, Alejandro me había empujado por las escaleras después de que Isabella me acusara de robarle una joya. El "desmayo" fue el resultado de mi cabeza golpeando el mármol.

"Estoy bien", respondí, mi voz plana. No hice ningún esfuerzo por parecer agradecido.

La mirada de Isabella se endureció. "¿Qué es esa actitud, Diego? Deberías estar agradecido de que Alejandro te trajera a tu habitación. Eres una carga constante."

Cada palabra era un golpe, pero ya no dolía como antes. Ahora solo alimentaba mi resolución. Me encogí de hombros, manteniendo mi mirada en el edredón.

"Lo siento", dije, sin sentirlo en absoluto.

Alejandro rio suavemente. "No seas tan duro con él, mi amor. Solo es un niño. Seguro que está confundido." Se acercó a mi cama y me alborotó el pelo, un gesto que pretendía ser cariñoso pero que era condescendiente y humillante. Aparté la cabeza bruscamente.

El silencio que siguió fue tenso. La sonrisa de Alejandro se desvaneció, reemplazada por un destello de ira en sus ojos. Isabella frunció el ceño.

"¿Qué te pasa?", espetó ella. "Parece que te molesta que te toquen. ¿Acaso te crees demasiado bueno para nosotros?"

No respondí. Solo quería que se fueran. Quería estar solo para planear mi muerte final.

"Mírame cuando te hablo, mocoso insolente", ordenó Isabella, su voz subiendo de tono.

Levanté la vista, pero no la miré a ella. Miré el broche de diamantes que llevaba en el cuello, un regalo de Alejandro. En mi tercera vida, intenté regalarle uno similar, uno que había comprado con todos mis ahorros. Ella lo tiró a la basura delante de mí, diciendo que mi gusto era vulgar y barato.

Recordé los primeros años, antes de que todo se pudriera. Después de la muerte de mis padres en un accidente, vine a vivir a la mansión Solís. Isabella, mi tía, era solo unos años mayor que yo. Al principio, había una especie de calidez. Ella me leía cuentos, me ayudaba con la tarea. Yo, un niño solitario y asustado, me aferré a ella como a un salvavidas. Mi afecto infantil se transformó, con la torpeza de la adolescencia, en un amor devoto. El problema fue que ella lo descubrió. Encontró mi diario, lleno de poemas cursis y declaraciones de amor. A partir de ese día, todo cambió. Su calidez se convirtió en hielo. Su amabilidad, en desprecio. Me convertí en una mancha en su vida, un recordatorio de algo que ella consideraba sucio y antinatural. Y entonces llegó Alejandro, el "verdadero protagonista", y yo pasé de ser una mancha a ser un obstáculo que debía ser eliminado.

"Voy a tirar todas tus cosas", dijo Isabella de repente, su voz fría me sacó de mis recuerdos. "¿Crees que puedes vivir aquí gratis y actuar como un rey? Te equivocas. A partir de hoy, dormirás en el sótano. Y limpiarás toda la casa. Tal vez un poco de trabajo duro te quite esas ideas estúpidas de la cabeza."

Alejandro sonrió, complacido. "Es una excelente idea, mi amor. Le enseñará un poco de disciplina."

No protesté. No dije nada. El sótano. Perfecto. Frío, húmedo y lejos de ellos. Un buen lugar para morir.

Tiré de las sábanas y me levanté de la cama. Pasé junto a ellos sin mirarlos y me dirigí al armario. Empecé a sacar mi ropa, la poca que tenía, y la puse en una vieja maleta. Entre mis cosas, encontré el único objeto de valor que realmente me importaba: un pequeño relicario de plata que había pertenecido a mi madre. Lo abrí. Dentro había una diminuta foto de mis padres, sonriendo en el día de su boda. Era el único recuerdo físico que me quedaba de ellos. Lo apreté con fuerza en mi mano.

"¿Qué es eso?", preguntó Isabella, acercándose.

Antes de que pudiera reaccionar, me lo arrebató de la mano. Lo examinó con una mueca de asco. "¿Todavía guardas esta basura? Patético."

"Devuélvemelo", dije, mi voz temblando por primera vez. "Es de mi madre."

"¿Y?", se burló ella. Abrió el relicario y miró la foto. "Tus padres eran tan débiles como tú. Por eso murieron. Dejándote aquí para que fueras mi problema." Con un movimiento casual, arrojó el relicario por la ventana abierta.

Escuché el débil tintineo cuando golpeó el pavimento de piedra del patio, tres pisos más abajo. Sentí como si una parte de mí se hubiera roto junto con él. La última conexión con mi pasado, con una vida donde alguien me había amado, acababa de ser destruida.

[Advertencia del sistema: Las acciones del anfitrión están desviándose severamente del objetivo de la misión. La hostilidad de Isabella Solís ha aumentado en un 20%.]

Ignoré la voz. Miré a Isabella, luego a Alejandro, y una calma fría se apoderó de mí. Mi decisión estaba tomada. No solo iba a morir. Iba a asegurarme de que no pudieran usarme nunca más.

"No importa", dije, mi voz extrañamente tranquila. "Ya no necesito nada de esto."

Me di la vuelta, dejando la maleta a medio hacer, y salí de la habitación, dirigiéndome hacia las escaleras que llevaban al sótano. El infierno me esperaba, pero esta vez, yo caminaba hacia él por mi propia voluntad. Era el primer paso hacia mi libertad.

Capítulo 2

Bajé las escaleras hacia el sótano, cada escalón de piedra fría era un paso más lejos de la vida que me habían impuesto. El aire se volvió húmedo y olía a tierra y a olvido. La única luz provenía de una bombilla desnuda que colgaba del techo, arrojando sombras largas y deformes sobre las paredes de cemento. En un rincón había un catre de metal oxidado con un colchón delgado y manchado. Esa sería mi nueva cama.

Dejé la maleta en el suelo y me senté en el borde del catre, el metal frío a través de mi ropa. El silencio era casi total, roto solo por el goteo ocasional de una tubería. Por primera vez en mucho tiempo, sentí una pizca de paz. Aquí abajo, estaba solo. Lejos de sus miradas, de sus voces, de su presencia asfixiante.

Intenté formular un plan. ¿Cómo morir esta vez? Tenía que ser rápido, definitivo. No más esperas a que ellos decidieran mi final. Tenía que tomar el control. Quizás podría encontrar algo en el viejo almacén contiguo, alguna herramienta, alguna cuerda.

Mis pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de pasos en las escaleras. No era el taconeo decidido de Isabella ni los pasos medidos de Alejandro. Eran más pesados, más lentos. La figura de mi abuelo, el patriarca de la familia Solís, apareció en la entrada.

El abuelo era un hombre mayor, de cabello blanco y rostro surcado de arrugas, pero sus ojos todavía tenían una chispa de la autoridad que una vez tuvo. Era el único en esta casa que alguna vez me había mostrado un poco de afecto genuino, aunque casi siempre permanecía en silencio, permitiendo que Isabella hiciera lo que quisiera.

"Diego", dijo, su voz grave resonando en el sótano. "¿Qué haces aquí abajo?"

"Isabella dijo que este es mi nuevo cuarto", respondí sin mirarlo.

Se acercó lentamente, usando un bastón de madera oscura para apoyarse. Miró el catre, el suelo de tierra, la humedad en las paredes. Su rostro se endureció.

"Esto no es un cuarto. Es una celda", murmuró. "¿Qué hiciste para que te tratara así?"

Me encogí de hombros. "¿Importa? Siempre encuentra una razón."

Mi abuelo suspiró, un sonido cansado y lleno de pesar. "Vi lo que hizo con el relicario de tu madre. Lo vi desde mi ventana."

Levanté la vista, sorprendido. Él había visto y no había hecho nada. Como siempre.

"Lo sé, lo sé", dijo, como si leyera mis pensamientos. "Soy un viejo cobarde. Le he permitido a Isabella demasiado. Desde que su madre murió, he tratado de compensarla, pero solo la he convertido en un monstruo."

Se sentó a mi lado en el catre, que crujió bajo su peso. "Tu tía... ella no siempre fue así. Hubo un tiempo en que tenía un buen corazón. Pero el dolor la cambió. Y ese hombre, Alejandro... él saca lo peor de ella."

"Él la manipula", dije con amargura. "Y a ella le encanta."

"Lo sé", asintió el abuelo. "Y tú estás atrapado en medio de todo. No es justo." Hizo una pausa, mirando sus manos nudosas. "No puedo seguir viendo esto, Diego. No puedo ver cómo te destruyen."

Sacó una pequeña bolsa de tela de su bolsillo y la puso en mi mano. Era pesada. La abrí y dentro había un fajo de billetes y un juego de llaves.

"Hay suficiente dinero ahí para que empieces una nueva vida en otro lugar", dijo en voz baja. "Las llaves son de una pequeña cabaña que tengo en las montañas, cerca de un pueblo llamado San Miguel. Nadie sabe de ese lugar, ni siquiera Isabella. Puedes ir allí, estar a salvo."

Miré el dinero y las llaves, luego a mi abuelo. "¿Por qué ahora?", pregunté, mi voz llena de desconfianza. En mis vidas pasadas, él nunca había intervenido de esta manera.

"Porque vi la mirada en tus ojos cuando ella tiró el relicario", respondió. "No era tristeza ni ira. Era... nada. Como si te hubieras rendido. Y eso me asustó más que cualquier otra cosa. No voy a dejar que te apagues, muchacho."

Por un momento, una extraña sensación de calidez me invadió. ¿Esperanza? Era un sentimiento tan ajeno que casi no lo reconocí. Pero rápidamente lo aplasté. Esto era solo un nuevo giro en la misma historia. Algo saldría mal. Siempre salía mal.

"Gracias", dije, guardando la bolsa. "Pero, ¿cómo salgo de aquí? Isabella y Alejandro no me dejarán ir."

"Saldrás esta noche", dijo el abuelo, poniéndose de pie. "Isabella y Alejandro tienen una cena importante. Yo me encargaré de distraer al personal de seguridad. La puerta trasera que da al jardín estará abierta a medianoche. Un coche te estará esperando al final del camino. Te llevará a la estación de autobuses."

El plan era simple. Demasiado simple. Pero era la única oportunidad que tenía. Asentí.

"Gracias, abuelo."

Él puso una mano en mi hombro, su agarre sorprendentemente fuerte. "Cuídate, Diego. Y no mires atrás. Vive tu vida."

Se dio la vuelta y subió las escaleras, dejándome solo de nuevo en la penumbra. Sostuve la bolsa en mi mano. Libertad. La palabra sonaba extraña en mis labios. Durante ocho vidas, mi objetivo había sido el amor de Isabella. Ahora, mi único objetivo era escapar de él.

Esperé en la oscuridad, las horas pasaban lentamente. Cada crujido de la casa me hacía saltar. Escuché el coche de Isabella y Alejandro salir del garaje. Escuché las voces del personal de la casa disminuir a medida que avanzaba la noche.

Cuando el viejo reloj del pasillo dio las doce, mi corazón empezó a latir con fuerza. Me puse de pie, cogí mi maleta y subí las escaleras sigilosamente. La casa estaba en silencio. Crucé la cocina, mis pasos silenciosos sobre las baldosas frías. La puerta trasera estaba, como había dicho el abuelo, sin seguro.

Respiré hondo y la abrí. El aire fresco de la noche llenó mis pulmones. Olía a tierra mojada y a libertad. Salí al jardín, manteniéndome en las sombras de los árboles. El camino de entrada parecía interminable.

Justo cuando llegué a la mitad, las luces del porche se encendieron de repente, bañando todo el jardín en una luz cruda y brillante.

Me quedé helado.

"¿A dónde crees que vas, Diego?"

La voz de Isabella, fría como el hielo, cortó el silencio. Estaba de pie en el porche, con Alejandro a su lado. La cena importante había sido una mentira. Una trampa.

Mi corazón se hundió. El abuelo había fallado. O peor, me había traicionado.

"Yo...", empecé, pero las palabras se atascaron en mi garganta.

"¿Pensaste que podías escapar?", se burló Alejandro, bajando los escalones. "Eres tan predecible."

Se acercó a mí y me arrebató la maleta. La abrió y tiró todo al suelo: mi ropa, los pocos libros que tenía, y la bolsa de tela con el dinero y las llaves.

Isabella bajó del porche y recogió la bolsa. La sopesó en su mano. "¿Dinero? ¿Llaves? ¿El viejo te ayudó a planear esto?" Su voz era peligrosamente tranquila. "Qué decepción. Pensé que mi padre tenía más lealtad."

"No es lo que parece...", intenté decir, pero Alejandro me dio una bofetada que me hizo girar la cabeza. El sabor de la sangre llenó mi boca.

"Cállate", siseó. "Hablas cuando se te permite hablar."

Isabella miró el dinero y luego a mí. Una sonrisa cruel se dibujó en sus labios. "Así que quieres ser libre, ¿eh? Quieres empezar una nueva vida." Sacó un encendedor de su bolso. "Veamos cómo empiezas una nueva vida sin nada."

Abrió la bolsa y prendió fuego a los billetes. Las llamas naranjas devoraron el dinero, la única esperanza que había tenido. El fuego se reflejaba en sus ojos oscuros, y en ellos vi una satisfacción pura y sádica.

"Y en cuanto a la cabaña...", continuó, tirando las llaves al suelo y aplastándolas bajo su tacón de aguja. "...me aseguraré de que la reduzcan a cenizas mañana mismo."

Me quedé allí, viendo cómo mi escape se convertía en humo y metal retorcido. La desesperación, fría y familiar, me envolvió de nuevo.

[Advertencia del sistema: Intento de escape fallido. La hostilidad de Isabella Solís ha alcanzado un nivel crítico. Se recomienda al anfitrión reanudar la misión de conquista de inmediato para evitar consecuencias fatales.]

"Ahora", dijo Isabella, guardando su encendedor. "Volvamos adentro. Creo que necesitas una lección sobre lo que significa la desobediencia. Una que no olvidarás."

Alejandro me agarró del brazo con una fuerza brutal y empezó a arrastrarme de vuelta a la casa, de vuelta a la oscuridad. Mi breve sueño de libertad había terminado. El infierno solo estaba empezando.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022