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La Monjita Que Desafió Al Destino

La Monjita Que Desafió Al Destino

Autor: : Qiu Nuan
Género: Adulto Joven
Cuando mi padre, Don Ricardo, me ordenó volver a casa para la fastuosa fiesta de cumpleaños número dieciocho de mi hermanastro, Mateo, sentí un escalofrío. Diez años habían pasado desde que me desterró cruelmente a un convento en Oaxaca. Tenía solo ocho años cuando, accidentalmente, rompí un juguete de Mateo; su reacción fue desproporcionada, su desprecio insoportable. Me llamó "descuidada" y me envió a "reflexionar" en ese lugar remoto, sin una sola llamada o carta en toda una década. En aquella mansión de opulencia, rodeada de risas vacías y lujos, me sentí como un fantasma, una sirvienta ignorada. Mi padre apenas me reconoció con un seco asentimiento, y Mateo, el "rey de la fiesta" , se abalanzó sobre mí como un depredador. "Vaya, vaya, miren lo que trajo el viento de la montaña" , se burló, "La monjita ha bajado a mezclarse con los mortales" . Sus amigos, Alejandro e Isabella, se unieron al coro de humillación, llamándome "campesina sin clase" y burlándose de mi vestido. La humillación me quemó por dentro, pero mi padre simplemente se dio la vuelta, dejándome sola frente a esa jauría de lobos. Me sentía rota, perdida, hasta que recordé la pequeña bolsa de tela de Doña Elena. Adentro había solo cuatro palabras escritas con su caligrafía firme, un mensaje que lo cambió todo. "¡Ponte chingona!" En ese instante, la niña asustada desapareció. La Sofía ingenua que buscaba reconciliación murió. Me levanté. Ahora, se acabó. Ya no más súplicas. Soy Sofía, y mi maestra me llamó "la niña bendita" . Ahora, la familia Sol está a punto de arrepentirse de haberme traído de vuelta.

Introducción

Cuando mi padre, Don Ricardo, me ordenó volver a casa para la fastuosa fiesta de cumpleaños número dieciocho de mi hermanastro, Mateo, sentí un escalofrío.

Diez años habían pasado desde que me desterró cruelmente a un convento en Oaxaca.

Tenía solo ocho años cuando, accidentalmente, rompí un juguete de Mateo; su reacción fue desproporcionada, su desprecio insoportable.

Me llamó "descuidada" y me envió a "reflexionar" en ese lugar remoto, sin una sola llamada o carta en toda una década.

En aquella mansión de opulencia, rodeada de risas vacías y lujos, me sentí como un fantasma, una sirvienta ignorada.

Mi padre apenas me reconoció con un seco asentimiento, y Mateo, el "rey de la fiesta" , se abalanzó sobre mí como un depredador.

"Vaya, vaya, miren lo que trajo el viento de la montaña" , se burló, "La monjita ha bajado a mezclarse con los mortales" .

Sus amigos, Alejandro e Isabella, se unieron al coro de humillación, llamándome "campesina sin clase" y burlándose de mi vestido.

La humillación me quemó por dentro, pero mi padre simplemente se dio la vuelta, dejándome sola frente a esa jauría de lobos.

Me sentía rota, perdida, hasta que recordé la pequeña bolsa de tela de Doña Elena.

Adentro había solo cuatro palabras escritas con su caligrafía firme, un mensaje que lo cambió todo.

"¡Ponte chingona!"

En ese instante, la niña asustada desapareció. La Sofía ingenua que buscaba reconciliación murió. Me levanté.

Ahora, se acabó. Ya no más súplicas.

Soy Sofía, y mi maestra me llamó "la niña bendita" .

Ahora, la familia Sol está a punto de arrepentirse de haberme traído de vuelta.

Capítulo 1

La mansión de la familia Sol estaba ahogada en un mar de luces y música estridente, una celebración fastuosa por el decimoctavo cumpleaños de Mateo, el heredero. En un rincón tranquilo de Oaxaca, a cientos de kilómetros de distancia, yo, Sofía, recibí la carta de mi padre, Don Ricardo. La caligrafía era elegante, pero las palabras eran frías como el acero. Me ordenaba regresar a casa para la fiesta.

Diez años.

Habían pasado diez años desde la última vez que vi esa casa. Tenía solo ocho años cuando rompí accidentalmente el juguete favorito de Mateo, un tonto coche de colección. No fue a propósito, fue un accidente infantil, pero la reacción de mi padre fue desproporcionada, brutal. Me miró con un desprecio que nunca había visto, me llamó descuidada y, en menos de una semana, me envió a este convento en las montañas de Oaxaca para "reflexionar sobre mi error" .

Nunca más me llamó. Nunca más me escribió. Mi madre había muerto años antes, y con ella, cualquier calor que pudiera haber existido en esa casa.

La Madre Superiora, Doña Elena, me recibió en el convento no como a una niña castigada, sino con una extraña reverencia.

"Eres una niña bendita" , dijo, sus ojos sabios examinándome.

Me tomó como su aprendiz personal, enseñándome no solo sobre hierbas y tradiciones, sino sobre la fuerza interior y la dignidad. La gente del pueblo me quería, me respetaban y me llamaban "la niña de la buena suerte" . Aquí encontré una familia que nunca tuve.

Ahora, con dieciocho años, mi padre me convocaba de vuelta. No por amor, no por arrepentimiento, sino como un accesorio más para la perfecta fiesta de su hijo.

Cuando me preparaba para partir, Doña Elena me entregó una pequeña bolsa de tela, tosca y simple, cerrada con un cordel.

"Sofía, mi niña" , dijo con su voz serena, "no abras esto a menos que te sientas completamente perdida, cuando sientas que no puedes más. Solo en un momento de extrema necesidad" .

Asentí, guardando la bolsita en el bolsillo de mi sencillo vestido. No entendía su advertencia, pero confiaba en ella más que en nadie en el mundo.

El viaje fue largo. Al llegar a la ciudad, el lujo y el ruido me abrumaron. La mansión era aún más grande y opulenta de lo que recordaba, un monumento a la riqueza y la superficialidad de mi familia.

Entré y la música me golpeó. Decenas de jóvenes ricos, vestidos con ropa de diseñador, bebían champán y reían a carcajadas. Me sentí como un fantasma de otro mundo. Mi vestido, limpio y digno en el convento, aquí parecía el de una sirvienta.

Vi a mi padre, Don Ricardo, en el centro de un grupo de hombres de negocios. Me miró de reojo, una breve inclinación de cabeza fue todo el reconocimiento que recibí. No había afecto en su mirada, solo un cálculo frío. Me había traído de vuelta, había cumplido con una formalidad social.

Entonces vi a Mateo. Era el rey de la fiesta, rodeado de admiradores. Nuestros ojos se encontraron a través del salón. Una sonrisa burlona se dibujó en su rostro. Se acercó, no como un hermano que reencuentra a su hermana, sino como un depredador que huele a su presa.

"Vaya, vaya, miren lo que trajo el viento de la montaña" , dijo en voz alta, para que sus amigos lo oyeran. "La monjita ha bajado a mezclarse con los mortales" .

Sus amigos, un chico llamado Alejandro y una chica llamada Isabella, rieron.

"¿Qué pasa, hermanita? ¿Te cansaste de rezar y viniste a probar la vida real?" , continuó Mateo, su voz goteando veneno.

Yo solo quería llevarme bien. A pesar de todo, una parte ingenua de mí albergaba la esperanza de una reconciliación.

"Hola, Mateo. Feliz cumpleaños" , dije, mi voz apenas un susurro.

"¿Feliz cumpleaños?" , se burló. "¿Crees que tu presencia aquí es un regalo? Hueles a incienso y a pobreza. Eres una vergüenza" .

Alejandro se acercó más.

"Mateo nos ha contado todo sobre ti. La campesina sin clase que vive con monjas. ¿Es cierto que tu padre te envió lejos por romper un juguete? Qué patético" .

Isabella me miró de arriba abajo con desdén.

"Ese vestido es horrible. ¿Lo tejieron las cabras de tu montaña? Nunca, jamás, serás como nosotros, ¿entiendes? Eres de otro mundo, un mundo inferior" .

Cada palabra era una bofetada. Miré a mi padre, buscando ayuda, una señal de defensa. Él simplemente se dio la vuelta, continuando su conversación como si nada estuviera pasando. Estaba sola. Completamente sola en medio de esta jauría de lobos.

La humillación era un fuego que me quemaba por dentro. Me sentí pequeña, insignificante, exactamente como querían que me sintiera. Me di la vuelta y caminé hacia el jardín, lejos de las miradas y las risas. Las lágrimas amenazaban con salir, pero me negué a darles esa satisfacción.

Me senté en un banco de piedra, oculta por los arbustos. El nudo en mi garganta era tan grande que apenas podía respirar. Me sentía perdida, rota. Fue entonces cuando recordé la bolsita de tela.

Mis dedos temblorosos buscaron en mi bolsillo. Saqué la pequeña bolsa que me dio Doña Elena. La abrí. Dentro no había un amuleto, ni hierbas, ni un objeto sagrado. Solo un pequeño trozo de papel doblado.

Lo desdoblé.

Solo había cuatro palabras escritas con la caligrafía firme de mi maestra. Cuatro palabras que cambiaron todo.

"¡Ponte chingona!"

Leí las palabras una y otra vez. Una extraña calma me invadió, seguida de una oleada de fuerza. Diez años de dolor, de abandono, de humillación, se cristalizaron en una resolución de acero. Ya no era la niña asustada de ocho años. Ya no era la joven ingenua que buscaba la aprobación de una familia que la despreciaba.

Se acabaron las súplicas. Se acabó la esperanza de reconciliación.

Me levanté del banco. Me alisé el vestido, no con vergüenza, sino con orgullo. Sequé una lágrima solitaria que había escapado.

Regresé a la fiesta.

Ya no caminaba con la cabeza gacha. Mi espalda estaba recta, mi mirada era fría y directa. Crucé el salón, ignorando los susurros y las miradas burlonas. Fui directamente hacia Mateo, que seguía siendo el centro de atención.

"Mateo" , dije, mi voz clara y fuerte, cortando la música y las risas.

Él se giró, sorprendido por mi tono. La sonrisa burlona todavía estaba en su cara.

"¿Qué quieres ahora, campesina? ¿Vienes a pedirme perdón de rodillas?"

Lo miré directamente a los ojos, una mirada sin miedo, sin sumisión.

"No. Vengo a advertirte. Tú y papá me trajeron de vuelta. Van a arrepentirse" .

Una carcajada estalló en su garganta, y sus amigos le hicieron eco.

"¿Arrepentirnos? ¿De qué? ¿Nos vas a echar una maldición con tus rezos de monja?" .

"Algo así" , respondí con una calma que lo desconcertó. "Ustedes no entienden quién soy yo. Mi maestra me llama 'la niña bendita' . La bendición que protegía a esta familia, era yo. Y ustedes acaban de escupirla" .

Capítulo 2

La risa de Mateo se apagó, reemplazada por una expresión de incredulidad y burla.

"¿Niña bendita? ¿Tú?", escupió las palabras. "Estás loca. Los años en ese convento te pudrieron el cerebro. Eres solo una campesina rara que mi padre escondió por vergüenza".

Sus amigos, Alejandro e Isabella, soltaron risitas de apoyo, pero sus ojos mostraban una pizca de incomodidad ante mi extraña seguridad. La gente alrededor comenzaba a notar la tensión, formando un círculo silencioso a nuestro alrededor.

"Piensa lo que quieras, Mateo", respondí, mi voz tan tranquila como la superficie de un pozo profundo. "Pero te lo advierto. La buena suerte de la familia Sol, la que les ha permitido construir este imperio de plástico, se terminó esta noche".

Me acerqué un paso más, lo suficiente para que solo él pudiera escucharme claramente, aunque mi mirada seguía fija en sus ojos.

"Te veo y veo oscuridad. Tienes la frente manchada, Mateo. Es una señal. El Grupo Sol, el orgullo de papá, va a empezar a caer. Y va a caer rápido".

Él retrocedió instintivamente, una sombra de duda cruzando su rostro arrogante antes de que la recuperara.

"¡Estás demente! ¡De-men-te!", siseó. "Grupo Sol es más fuerte que nunca. Y yo seré su presidente. Tú, en cambio, no eres nada. No tienes nada".

"Tienes razón", asentí lentamente. "No tengo nada que ver con ustedes. Y quiero que sea oficial. Quiero un acta de desvinculación. Un documento legal que diga que renuncio a ser una Sol. Que rompo todos los lazos familiares contigo y con nuestro padre. A cambio, ustedes me dejan en paz para siempre".

La propuesta lo dejó sin palabras por un segundo. La idea era tan radical, tan insultante para el ego de su familia, que no sabía cómo reaccionar.

"¿Romper lazos?", repitió, como si probara el sabor de las palabras. Luego, una sonrisa cruel se extendió por su cara. "Perfecto. Es lo mejor que has dicho en toda la noche. Nos harías un favor. Pero no creas que será tan fácil".

Sacó su teléfono de última generación, un aparato que probablemente costaba más de lo que yo había visto en un año. Marcó un número con dedos rápidos y furiosos.

"Papá, tienes que escuchar esto", dijo en el teléfono, poniendo el altavoz para que todos escucharan. "Tu hija la monja se ha vuelto loca. Está aquí, en medio de mi fiesta, diciendo que nos va a maldecir y exigiendo cortar lazos con la familia".

La voz de Don Ricardo salió por el altavoz, fría y cortante, sin un ápice de sorpresa o preocupación paternal.

"¿Sofía? ¿Qué estupidez está haciendo ahora? Dile que se comporte. La traje para que cumpliera con su papel, no para que hiciera un espectáculo".

El desprecio en su voz era tan familiar, tan doloroso, pero esta vez, no me afectó. Era solo la confirmación de lo que ya sabía.

"Papá", dije, mi voz clara para que la oyera por el teléfono. "Escuchaste bien. Quiero desvincularme legalmente de esta familia. Ya no quiero llevar el apellido Sol".

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Luego, una risa seca y sin alegría.

"Haz lo que quieras, niña. Nunca has sido una verdadera Sol de todas formas. Mateo, encárgate. Llama al abogado de la familia, que redacte el documento. Si quiere irse, que se vaya. No necesitamos parásitos".

Y colgó.

El silencio en el salón era total. Todos habían escuchado la crueldad de mi padre. Todos habían sido testigos de mi repudio.

Mateo bajó el teléfono con una mirada triunfante.

"Ahí lo tienes, hermanita. Papá está de acuerdo. Parece que tu 'bendición' no vale mucho, ¿eh?".

Una falsa expresión de tristeza apareció en su rostro, un intento patético de manipulación.

"Sofía, de verdad, ¿es esto lo que quieres? Sé que hemos tenido nuestras diferencias, pero somos familia...".

Lo corté en seco.

"No uses esa palabra conmigo, Mateo. Tú no sabes lo que significa. Tú y papá me abandonaron hace diez años. Hoy, solo confirmaron que tomé la decisión correcta".

Mi calma lo desarmaba. Él esperaba lágrimas, ruegos, un arrebato emocional. No le di nada de eso.

"Llama al abogado", le ordené. "Quiero ese papel. Ahora".

Él me miró fijamente, buscando una fisura en mi armadura, pero no la encontró. La niña asustada se había ido para siempre. En su lugar estaba una mujer que había aceptado su destino y estaba lista para forjar uno nuevo, lejos de la ponzoña de su propia sangre.

Con un gesto brusco, Mateo se apartó y marcó otro número en su teléfono.

"Licenciado Morales, necesito que venga a la mansión inmediatamente. Tenemos que redactar un documento. Sí, un acta de desvinculación familiar. Ahora mismo".

Colgó y me miró con una mezcla de odio y triunfo.

"El abogado viene en camino. Prepárate para ser oficialmente nadie, Sofía. Vas a ver lo que es estar sola en el mundo, sin el dinero y el poder del apellido Sol para protegerte".

Sonreí, una sonrisa genuina por primera vez en toda la noche.

"No, Mateo. El que va a aprender lo que es estar solo, eres tú".

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