Una vez fui la musa del célebre bailaor Javier Reyes. Nuestra vida en Sevilla era el cuento de hadas perfecto, admirado por todos.
Todo se desmoronó: una foto revelaba su abrazo con otra. Mi collar, idéntico al de Sofía Moreno, su bailaora estrella. Una noche, los oí, él susurrando que ella era su "verdadero duende".
Las mentiras y manipulaciones me asfixiaron. Luego, el milagro: estaba embarazada. Pero en un cruel accidente, él la salvó a ella y a su hijo a costa del nuestro. Perdí a mi bebé.
La verdad me golpeó: yo no era su musa, sino un accesorio en su teatro de engaños. La traición, la pérdida y su hipocresía pública encendieron una furia gélida. ¿Cómo pude amar una mentira tan vil?
Dejé mi anillo y escapé. Pasaron años, reconstruí mi vida y hallé nueva esperanza. Pero Javier, obsesionado, me encontró. Tras una confesión grabada, me secuestró. Cautiva, me obligó a ser la "madre" de su hijo con Sofía. ¿Hasta dónde seré forzada a llegar para escapar de esta pesadilla?
El taconeo de Javier Reyes, mi marido, resonó como un trueno final en el tablao. El público de "El Duende Rojo" se puso en pie, gritando "¡Olé!".
Él, con el pecho agitado y el sudor brillando en su frente, se acercó al borde del escenario. Sus ojos oscuros me buscaron en el palco de honor.
"Esta noche", dijo con voz rota por la emoción, "mi alma y mi arte son para ella. Para mi musa, mi esposa, Isabela".
Las cámaras se giraron hacia mí. Sonreí, como siempre. Era mi papel. La esposa devota, la inspiración del genio.
Todos en Sevilla creían en nuestro amor de leyenda.
Yo también lo creía, hasta hace dos semanas.
Mi móvil vibró en mi bolso. No necesitaba mirarlo. Sabía que no era nadie importante. Nadie me buscaba a mí.
Pero un impulso me hizo abrirlo. Un número desconocido.
Era una foto. Borrosa, tomada de lejos. La Feria de Abril. Javier, de espaldas, abrazaba con fuerza a una mujer. Su mano estaba en la cintura de ella. En su muñeca, brillaba la pulsera de plata que un artesano de Córdoba hizo solo para él. Un regalo mío.
Cerré el móvil. La sonrisa seguía en mi cara. El aplauso seguía sonando.
Más tarde, en nuestra casa, el silencio era denso. Javier llegó tarde. Olía a un perfume floral que no era el mío.
"Tuve que consolar a Sofía", dijo, quitándose la chaqueta. "Está pasando por un mal momento personal".
Sofía Moreno. Su bailaora estrella. Su protegida.
Asentí. No dije nada.
"Sé que te he descuidado", continuó, acercándose. "Perdóname, mi vida".
Me entregó una caja de terciopelo. Dentro, un espectacular collar de filigrana de oro. Antiguo, pesado.
"Una pieza única. Como tú", susurró.
Me lo puse. El metal estaba frío contra mi piel.
Días después, encendí la televisión. Un programa de sociedad entrevistaba a la compañía de flamenco de Javier antes de su gira.
Sofía sonreía a la cámara, hablando de su pasión por el baile.
En su muñeca, llevaba una pulsera. De filigrana de oro. Idéntica a mi collar.
El presentador le preguntó por la joya.
"Un regalo del maestro", dijo Sofía, mirando directamente a la cámara. "Por mi entrega".
Esa noche, no pude dormir. La duda me comía por dentro.
Conduje hasta el tablao. Estaba cerrado, oscuro. Pero una luz se filtraba desde la sala de ensayos privada.
Me acerqué en silencio. La puerta estaba entornada.
No estaban ensayando.
Javier y Sofía estaban contra la pared de espejos. Sus cuerpos entrelazados. Él le susurraba algo al oído. Ella reía. La imagen se repetía hasta el infinito en los reflejos.
Él le besó el cuello. Escuché su voz, un murmullo grave.
"Eres mi fuego, Sofía. Mi verdadero duende".
Las palabras que antes eran mías.
Me di la vuelta. No hice ruido. Volví al coche y me quedé allí, mirando la fachada del edificio.
Mi teléfono sonó. Era Javier.
"Mi amor, ¿dónde estás? Te echo de menos".
Su voz sonaba tan sincera. Tan cariñosa.
"Estoy un poco cansada. Creo que me iré a la cama", mentí.
"Descansa, musa. Mañana te espera un día lleno de belleza".
Colgué. Miré el collar que aún llevaba puesto. Se sentía sucio.
Llamé a mi mejor amiga, Clara.
"Isa, ¿estás bien? Tu voz suena rara".
"Clara, ¿crees que Javier me controla?".
Hubo un silencio. "Siempre he pensado que es... intenso. Posesivo. ¿Por qué lo preguntas ahora?".
No le conté lo que vi. Me quité el collar y lo dejé en el asiento del copiloto.
"Por nada. Solo pensaba".
Volví a casa. Me metí en la cama. Cuando Javier llegó, fingí estar dormida. Se acostó a mi lado, me abrazó y suspiró.
"Mi Isabela. Mi pureza".
Sentí náuseas.
A la mañana siguiente, mientras desayunábamos, revisé las redes sociales. Sofía había publicado una foto nueva.
Era un primer plano de su muñeca, con la pulsera de filigrana. De fondo, desenfocado, se veía el cabecero de una cama.
El cabecero de la cama de la habitación de invitados de nuestra casa.
Empecé a sentir un frío constante. Un frío que venía de dentro.
Javier lo notó.
"Estás pálida, mi vida. ¿No estás comiendo bien?".
Su preocupación parecía genuina. Me traía caldos calientes, me arropaba con mantas.
Una noche, me tomó la mano. "Haría cualquier cosa por ti. Lo sabes, ¿verdad?".
Lo miré. Recordé el día que nos conocimos.
Fue en la universidad. Yo estudiaba Historia del Arte; él, un bailaor con beca, estudiaba para tener un título. Se torció un tobillo ensayando justo antes de una actuación crucial. Estaba en el suelo, solo, con una rabia impotente.
Yo pasaba por allí. Me senté a su lado, saqué un pañuelo y le limpié el sudor de la frente.
"El arte duele a veces", le dije.
Él me miró con una intensidad que me asustó y me atrajo a partes iguales.
Otro recuerdo. Un incendio en los laboratorios de química de la facultad. El pánico, el humo. Yo me quedé atrapada en la biblioteca, al otro lado del campus.
Javier corrió a través del caos. No para ayudar a apagar el fuego. Corrió para buscarme. Rompió una ventana para entrar y me sacó en brazos, tosiendo por el humo.
"No podía vivir en un mundo donde tú no estuvieras", me dijo, con la cara manchada de hollín.
Todos hablaron de su devoción. El artista que arriesgaba todo por su musa.
Después de casarnos, su protección se volvió asfixiante.
Una vez, planeé un viaje de investigación a Italia, sola. Dos semanas.
Cuando se lo dije, su rostro se descompuso. Esa noche, lo encontré en su estudio, golpeando la pared con el puño cerrado hasta hacerse sangre.
"No me dejes", suplicó. "No sé quién soy sin ti".
Cancelé el viaje. Me sentí culpable por haberle causado tanto dolor.
Ahora, sentado a mi lado en el sofá, me tendió otra caja de terciopelo.
"Sé que el collar no fue suficiente. Esto es para sellar nuestro amor, para siempre".
Era un anillo. Una esmeralda rodeada de diamantes. Impresionante.
"Quiero renovar nuestros votos cada año, Isabela. Para que nunca dudes de mi amor".
Me quedé sin palabras. La culpa me invadió. Quizás estaba exagerando. Quizás lo de Sofía era un error, una debilidad momentánea.
Me puse el anillo. Le di las gracias.
Ese fin de semana, había una gala benéfica. La élite de Andalucía estaría allí.
Me puse mi mejor vestido. Javier me miraba con adoración.
"Eres la mujer más bella del mundo".
En la gala, todo eran sonrisas y felicitaciones. Éramos la pareja perfecta.
Entonces, la vi.
Sofía, del brazo de un productor, riendo a carcajadas.
Y en su dedo, un anillo. Una esmeralda rodeada de diamantes.
Idéntico al mío.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Me apoyé en una columna para no caer.
Javier se acercó. "¿Qué pasa, mi amor? Estás blanca como el papel".
"Nada. Es el calor".
Más tarde, en la pista de baile, Javier intentó abrazarme. Me aparté.
"No me toques", dije, con una voz que no reconocí.
Su sonrisa se borró. "¿Qué te ocurre, Isabela?".
No contesté. Me di la vuelta y caminé hacia el tocador de señoras.
Cuando volví, Javier estaba hablando con un amigo. Su expresión era de preocupación.
"No sé qué le pasa. Está muy frágil últimamente".
Me acerqué a ellos. Javier me rodeó los hombros con el brazo.
"¿Mejor, mi vida?".
Vi una marca roja en su cuello, justo debajo de la oreja. Un arañazo fino y reciente.
De repente, un trueno retumbó fuera. La lluvia empezó a golpear los ventanales.
Un miedo irracional me recorrió. Desde niña, las tormentas me aterrorizan.
"Javier, vámonos a casa. Por favor".
"Claro, mi amor. Lo que tú quieras".
Justo entonces, su móvil sonó. Lo miró. Era un mensaje de Sofía.
"Tengo miedo de la tormenta. ¿Puedes venir?".
Javier me miró. "Cariño, ha surgido una emergencia en el tablao. Una gotera. Tengo que ir. Vete tú con el chófer, ¿sí? No tardaré".
Se fue antes de que pudiera responder.
Me quedé sola, en medio de la gala, mientras la tormenta arreciaba.
Abrí mi teléfono. Sofía había publicado una nueva foto en su historia.
Era una selfie. Estaba en un coche, con el pelo mojado por la lluvia. Detrás de ella, la mano de un hombre le secaba el pelo con una toalla.
En la muñeca de ese hombre, la pulsera de plata de Córdoba.
El pie de foto decía: "Mi héroe, siempre cuidando de mí".