Arthur.
Miraba a mis hijas, tan pequeñas, de tres años de edad, y sin sentir ninguna emoción real. Eran idénticas a mí, pero con la piel más clara, cabello rubio y esos ojos azules que definitivamente venían de su madre. Aún así, no lograba conectar. Sus rostros reflejaban inocencia, pero mi mente estaba en otro lugar. Con un suspiro, salí de la habitación de ellas, me dirigí al salón donde estaba la niñera, quien inmediatamente notó mi mal humor. Me acerqué y, sin ocultar mi molestia, le hablé.
-¿Qué cree que está haciendo aquí? ¿Para qué la contraté?
-Señor, disculpe, lo que pasa es que... -intentó explicar mientras tartamudeaba, pero no la dejé continuar.
-¿Qué? -le dije, elevando la voz-. Te contraté para cuidar a mis hijas, no para estar acostándote con el jardinero en mi mansión. ¡Lárgate! Tú y él. ¡Fuera de mi casa!
La niñera bajó la cabeza, temblorosa. El jardinero se acomodaba la camisa, claramente incómodo. Ambos intentaron disculparse.
-Por favor, señor, no lo volveré a hacer -suplicó ella.
-No te contraté para esto -respondí cortante-. Un error y te largas. Mis hijas estaban solas, mientras tú... ¿haciendo qué? Mi casa se respeta. ¡Fuera!
Con la conversación zanjada, salí del salón y me dirigí a mi despacho. Necesitaba deshacerme de esta situación cuanto antes. Abrí mi computadora, revisé los días que la niñera había trabajado, firmé un cheque y llamé a Lucy, la ama de llaves.
-Lucy, haz que se vayan de inmediato. Aquí está el cheque. No quiero verlos más -le ordené.
-A sus órdenes, señor -respondió ella, eficiente como siempre.
Cuando Lucy salió, me dejé caer en mi silla y puse mis manos en las sienes. Estaba sofocado. Ahora, otra vez, sin niñera. ¿Quién iba a cuidar de mis hijas? Me levanté, intentando no pensar demasiado en ello, y fui a su habitación. Allí estaba la señora Lucrecia, ayudándolas a vestirse.
-Lucrecia, necesito a una persona urgentemente -le dije, tratando de mantener la calma.
-Señor Arthur no se preocupe. Encontraremos a alguien adecuado -respondió ella con su tono tranquilo.
-Eso espero -respondí, mirando a una de mis hijas que balbuceaba "papi" mientras se acercaba a mí. Era tan bonita, pero me rehusaba a encariñarme. No podía permitírmelo.
-Encárgate de ellas. Tengo que ir a la empresa. -Le di la espalda y me preparé para salir.
-Señor, su hermano Enzo ha llamado varias veces -me informó Lucrecia antes de que me marchara.
-Déjalo, no quiero que me molesten en casa con asuntos de la empresa -dije, firme. Lo que era de la empresa, se quedaba en la empresa.
Cuando bajé al salón, los empleados se alinearon, como de costumbre, bajando la cabeza en reverencia. Todo estaba reluciente, como me gustaba. Al salir, Miguel, mi chofer, ya me esperaba.
-Buenos días, señor -me saludó mientras abría la puerta de la limusina.
-Buenos días, Miguel. Vamos -respondí, entrando en el coche.
Mientras nos alejábamos, encendí mi laptop. Era un modelo ultrafino, con múltiples pantallas desplegables, y lo primero que revisé fueron las cámaras de la casa. El jardín, los cuartos... todo en orden, excepto por el hecho de que ahora necesitaba buscar un nuevo jardinero y niñera. Estaba harto de tener que contratar personal que siempre me decepcionaba, pero no tenía más opción.
Apagué la computadora y me concentré en la empresa. Al llegar, los empleados ya me esperaban en fila, listos para iniciar la jornada. Nuestra corporación tenía más de 50 años; mis padres me la dejaron cuando se retiraron a vivir la buena vida, y ahora era mi responsabilidad, junto con mi hermano Enzo, aunque él siempre parecía más interesado en disputarme el control.
Entré a la sala de juntas, donde ya todos estaban esperando. Mi hermano estaba allí, impaciente como siempre. Aunque éramos gemelos, no éramos idénticos en personalidad ni en enfoque.
-Buenos días a todos -dije con firmeza, y todos bajaron la cabeza, excepto Enzo.
-Arthur, te he estado llamando. La reunión debía haber comenzado hace tiempo -mencionó Enzo, con su habitual tono de reproche.
-La reunión empieza cuando yo lo decido -respondí, cortante. -Ingrid, empieza.
Mi asistente encendió la gran pantalla, mostrando los detalles del nuevo proyecto. Nuestra empresa era líder en la fabricación de electrodomésticos y productos electrónicos, desde teléfonos inteligentes hasta robots domésticos con inteligencia artificial avanzada. Esta última línea de productos estaba diseñada para facilitar la vida en el hogar, algo que sabía que revolucionaría el mercado.
Tras la reunión, me retiré a mi despacho, seguido por Nancy, mi secretaria, quien me mostró las cifras para que las firmara. Dejé los documentos en el escritorio y, como siempre, Nancy no tardó en empezar con sus coqueteos.
-Hoy no, Nancy -le advertí, ya molesto.
-¿Está bien, señor? -preguntó, fingiendo preocupación.
-No me hagas preguntas que no te corresponden -respondí, levantándome y acercándome a ella-. Cuando quiera algo de ti, te lo haré saber. Hasta entonces, haz tu trabajo y nada más.
-Lo siento, señor -dijo, casi temblando.
-Tengo una reunión importante con los empresarios de Daicota. Cuando lleguen, hazlos pasar y cierra la puerta. No quiero interrupciones, especialmente de ninguna mujer.
Cuando se retiró, dejé escapar un suspiro. Nancy era hermosa, sí, pero no tenía tiempo para distracciones. Me levanté, encendí un cigarrillo y miré por la ventana. Nuestro rascacielos era uno de los más altos del país, un símbolo del poder que había construido desde los 18 años. He trabajado sin descanso, construyendo esta corporación, y nadie, ni siquiera mi hermano, me quitará lo que me pertenece.
Al final del día, cuando salí de mi oficina, observé cómo todos los empleados se levantaban de inmediato, inclinando sus cabezas en señal de respeto. Me acostumbré a ese tipo de reverencia. No espero menos, después de todo, soy Arthur Zaens, un hombre de prestigio, poder y éxito. Para mí, esa es la única forma en la que deberían tratarme, como un rey.
Al llegar a la mansión, mi chófer, puntual como siempre, salió rápidamente a abrir la puerta trasera de la limusina. Bajé con calma, ajustando mi saco a la perfección antes de avanzar hacia la entrada. Los empleados dejaron de hacer lo que estaban haciendo para recibirme, como lo hacen todos los días.
-Buenas tardes, señor Zaens.
Ni siquiera me molesté en contestar. Caminé directo al salón, ordenando con firmeza:
-Sirvan la cena.
Mientras me lavaba las manos en el lujoso lavabo del salón, ya sabía que la mesa estaría lista para mí. Al sentarme, una sonrisa ligera se asomó en mis labios al ver la cena perfectamente dispuesta y una suave melodía instrumental sonando de fondo. Así es como me gusta, sin interrupciones, todo en su lugar.
Después de cenar, me retiré a mi habitación. Me senté frente a mis proyectos, pensando en los nuevos productos y los dispositivos móviles de alta calidad que pronto dominarían el mercado. No me conformo con lo ordinario; quiero crear lo más exclusivo y costoso, productos que hablen de grandeza, como yo.
Cuando decidí que había trabajado suficiente, me levanté, me di una ducha mientras disfrutaba de una copa de vino en el jacuzzi. El calor del agua relajaba mis músculos, pero mi mente nunca dejaba de pensar en mis planes. Al salir, me miré en el espejo, me sonreí a mí mismo, chasqueé los dedos, satisfecho con lo que veía, y me vestí rápidamente. Sentí el deseo de salir por un rato.
Bajé las escaleras y le dije al chófer que me llevara a un bar.
-¿A cuál va, señor? -preguntó.
-A cualquiera, siempre y cuando no sea uno de esos tugurios de mala muerte -contesté sin interés.
-Por supuesto, señor.
Llegamos a un bar elegante, uno que frecuento cuando quiero estar solo. Al bajarme, observé el lugar. No estaba mal, la música era adecuada, el ambiente tranquilo, y lo más importante, no habría interrupciones.
Entré, pero de repente, sentí un empujón. Una chica se había cruzado en mi camino.
-¡Ten más cuidado!-gruñi molesto.
-¿Disculpa?- respondió con evidente irritación -Tú fuiste el que no miró por dónde caminaba.
-Vaya, las señoritas como tú siempre encuentran a quién culpar- mencione con un tono frío y arrogante.
-Vete al diablo- espeto saliendo del bar a toda prisa.
¡Mierda que loca!
Me dejó sin palabras y continuó caminando como si nada. ¿Cómo pueden venir este tipo de mujeres a un lugar así? Ni siquiera saben comportarse. Negué con la cabeza y me dirigí a mi mesa.
Llamé al mesero.
-Tráeme un vodka.
El hombre pareció confundido por un momento.
-¿Un vodka, señor?
-¿No escuchaste? -dije, levantando la voz ligeramente-. Y por favor, tráeme un sushi.
-Sí, señor. Con permiso.
Me quedé ahí, bebiendo en silencio, planeando mis próximos movimientos. Siempre hay algo más por conquistar, algo más que perfeccionar.
Lía.
Estaba revisando cada palabra del manuscrito que había preparado para la edición del nuevo libro del cual me inspire en escribir hace unas semanas. Finalmente, había escrito una historia de romance y odio, mezclando una venganza apasionada. La trama giraba en torno a un hombre que buscaba vengarse de una familia poderosa a través de la hija, y traté de plasmar cada detalle lo mejor posible. Este proyecto estaba destinado a una de las mejores editoriales, "Cervantes Publishing", donde yo trabajaba como editora.
Cuando terminé, me levanté de mi escritorio, dejé todo organizado, tomé mi saco y salí. Mi asistente me había informado que el CEO quería verme, así que caminé hacia su oficina. Al llegar, respiré profundo y entré.
-Muy buenas tardes, señor Elías -saludé.
-Siéntese, señorita Lía -me respondió con un tono serio- Necesitamos hablar.
Algo en su voz me puso en alerta.
-¿De qué se trata, señor? -pregunté, tratando de mantener la calma.
-Es sobre los libros de algunas de las escritoras más importantes que editaste. Tengo entendido que los enviaste a la imprenta, pero hay un problema... –hizo una pausa– Al parecer, las copias no están completas.
Sentí un nudo en el estómago. Me quedé pensativa. Recordé que había hablado con José Luis, mi prometido, y le había pedido que se encargara de llevar todo a la imprenta.
-¿A quién le entregaste los archivos? –preguntó mi jefe, visiblemente preocupado.
–Se los di a José Luis... Él se encargó de todo –Respondí, intentando recordar cada detalle.
–Necesito que me des una respuesta clara, Lía. Eres la jefa de edición. Cada manuscrito pasa por tus manos antes de ir a la imprenta. Es tu responsabilidad que todo esté en orden. José Luis, ni siquiera me ha informado sobre eso.
-Déjeme investigarlo, señor Elías. Le aseguro que resolveré esto lo antes posible –dije, tratando de sonar convincente, aunque la duda ya me carcomía por dentro.
–Eso espero –respondió severamente-, porque las escritoras exigirán una explicación y tú debes darme una respuesta, sabes cuando dinero hay de por medio. No puedo poner las manos en el fuego por ti si esto no se soluciona rápido. Sabes lo delicado que es este asunto.
–Lo entiendo, señor. Lamento mucho lo ocurrido. Tendré una respuesta pronto.
–Muy bien, retírate.
Me levanté, solté un suspiro y salí de la oficina. Me sentía ahogada, como si el peso de todo lo que estaba ocurriendo cayera de golpe sobre mí.
–¿Qué habrá pasado con José Luis? ¿Por qué no me contestaba las llamadas?–pensé mientras lo llamaba una y otra vez, pero no había respuesta.
Subí a mi coche y me dirigí a casa. Al llegar, saludé a mi madre con un beso en la mejilla y me dirigí a ver a mi padre, que estaba en su taller de costura. A pesar de los años, seguía siendo uno de los mejores textileros de su generación.
–Mi preciosa hija, ¿ya estás de vuelta? –me saludó con su sonrisa habitual.
–Sí, pa... Te veo ocupado.
–Siempre. Pero te noto distraída, ¿pasa algo?
–No, no pasa nada. Solo necesito ir a mi habitación a trabajar en unos pendientes.
–Está bien, hija. Si necesitas algo, avísame.
–Gracias, pa. Estoy bien.
–Cariño deberías cenar, antes de irte a encerrarte- Sugirió mi madre apareciendo en el salón.
–Por ahora no tengo hambre, luego le pediré un Té a Coral.–Mi madre asintió negando.
Subí a mi habitación y encendí la computadora. Revisé cada detalle de los libros de las escritoras, más de 100 copias que había corregido y enviado a la imprenta. José Luis se había ofrecido a llevarlas hace más de 15 días, pero ahora todo parecía desmoronarse. -¿Qué habrá pasado?-me preguntaba con desesperación. Miré la hora: eran más de las siete de la noche. Me sentía indignada, así que decidí que iría a su apartamento a buscar respuestas.
Me dirigí al baño y preparé una tina con rosas aromatizantes, necesitaba relajarme. El estrés de ser editora y escritora al mismo tiempo me estaba pasando factura; incluso había perdido peso considerablemente. Me miré en el espejo: mi cabello negro y largo me caía pesado, y mis ojos marrones reflejaban el cansancio. Observé mi cuerpo delgado y solté un suspiro.
Después de la ducha, me puse una crema corporal, un conjunto de ropa interior blanco y un vestido negro corto. Me coloqué unos tacones altos, dejé mi cabello suelto y me maquillé ligeramente. Un toque de perfume de Carolina Herrera y ya estaba lista para salir.
Bajé, tomé mi bolso, mi teléfono y las llaves del coche. Al cruzar el salón, vi a mi madre junto a mi padre, tomando el té.
-Hija, ¿vas de salida? -preguntó mi madre.
-Sí, mamá. Regresaré mañana.
-¿Vas a ver a José Luis? -me preguntó, sospechando.
-Sí, quedamos en vernos -menti. Seguramente está ocupado y por eso no me ha respondido. Aunque no le diría eso a mi madre.
-Está bien, cuídate.
-Adiós, pa, hasta luego madre. -Le di un beso en la frente a cada uno-. Dile al guardia que cierre temprano.
-Sí, señorita. Nos vemos -respondió Coral, la ama de llaves.
Salí de la casa, subí a mi coche y me dirigí al apartamento de José Luis. Necesitaba una explicación. Mi cabeza no dejaba de dar vueltas sobre las copias. Algo no cuadraba, y no me iría sin obtener respuestas.
Mientras conducía, el dolor de cabeza se intensificaba. Froté mi sien con una mano, intentando calmar la presión, pero nada ayudaba. Al llegar, aparqué y bajé del coche casi automáticamente. Acto seguido, puse la alarma, subí al ascensor y presioné el número del piso de José Luis. En mi mente, intentaba prepararme para lo que fuera a decirme, aunque en el fondo una sensación de inquietud me carcomía.
Cuando estuve frente a la puerta, respiré hondo y toqué suavemente, esperando que me abriera de inmediato. Pero nada. Tal vez estaba ocupado, o quizás no estaba en casa. Me mordí el labio, dudando, pero al final decidí esperar. Conocía la contraseña de memoria, algo que siempre me había hecho sentir cercana a él, así que la ingresé y la puerta se abrió.
Lo primero que me golpeó fue el desorden. Todo estaba tirado en el apartamento: ropa, papeles, botellas vacías. Parecía que alguien había estado viviendo allí sin preocuparse por el caos que lo rodeaba. Caminé despacio, casi temiendo lo que podría encontrar, mientras el ambiente se tornaba más pesado. Entonces, escuché algo. Al principio, creí que mi mente me estaba jugando una mala pasada, pero al avanzar, los sonidos se hicieron más claros: gemidos.
Mi corazón se aceleró. Seguí el ruido hasta su habitación, y al llegar, noté que la puerta estaba entreabierta. Me detuve en seco. Un escalofrío recorrió mi espalda cuando, con apenas un vistazo, lo vi. No podía ser real. Quise gritar, pero el nudo en mi garganta me lo impidió.
José Luis, mi prometido, estaba en la cama, desnudo, junto a Bianca. -Bianca- mi mejor amiga. Sus cuerpos se entrelazaban como si el mundo exterior no existiera, completamente ajenos a mi presencia. Me tapé la boca con una mano, sofocando un grito de horror y traición. Me quedé inmóvil, observando, como si el shock me hubiera paralizado.
No podía procesar lo que veía. La indignación me consumía, pero al mismo tiempo, sentía una frialdad recorrerme, como si mi cuerpo no pudiera soportar el dolor que se avecinaba. Quería irrumpir en la habitación, gritarles, preguntarles cómo habían sido capaces de hacerme esto. Pero no pude moverme. Me quedé de pie, con la mirada fija en ellos, en esa escena que jamás se borraría de mi memoria.
Lía
Abrí la puerta con fuerza, incapaz de contener el temblor en mis manos. Mis ojos se encontraron con los de José Luis y Bianca, y el aire en la habitación se volvió sofocante. La sorpresa en sus rostros solo aumentó mi rabia.
–¿Cómo pudieron hacerme esto? –exclamé, mi voz quebrándose.–¿Cómo pudieron traicionar lo que teníamos? ¡Eran las dos personas en quienes más confiaba!
José Luis intentó acercarse.
–Lía, por favor, déjame explicarte...
–¿Explicarme qué? ¡Lo que estoy viendo lo dice todo! –Mis palabras salieron entrecortadas mientras sentía el peso de la traición aplastando mi pecho. El dolor me recorrió el cuerpo como un golpe seco, rompiendo en pedazos cualquier esperanza que me quedaba de ellos.
–Lo siento, Lía, –balbuceó Bianca, su mirada fija en el suelo. –Nos amamos... No queríamos que pasara así, pero es la verdad. José Luis y yo estamos juntos desde antes de que tú supieras lo que sentías por él.
–¿Juntos?–La palabra me cortaba como un cuchillo. –¿Y me lo dices así? ¿Después de todo lo que hemos compartido? ¡Tú me lo presentaste!
El asco y la ira se mezclaban en mi pecho, dejándome sin aliento. -Son una porquería, los dos. Me dan asco. ¿Cómo pude confiar en ustedes?
Salí corriendo sin escuchar nada más. Mi corazón latía desbocado y las lágrimas nublaban mi visión mientras subía al coche. No tenía idea de adónde ir, solo sabía que no podía quedarme un segundo más cerca de ellos.
Conduje hasta un bar sin rumbo fijo, solo queriendo escapar de la devastación. Me estacioné y me quedé sentada en silencio por unos minutos, tratando de calmar la tormenta de pensamientos que golpeaban mi mente.
–Mis padres... ¿Cómo voy a mirarlos a la cara después de esto?- pensé. Todo lo que había planeado se había derrumbado en un instante.
Entré al bar y me senté en una mesa oscura. Un mesero se acercó. –¿Le ofrezco algo, señorita?
–Sí... Un vodka mezclado, por favor.
Asentí, intentando mantener la compostura mientras las lágrimas seguían cayendo. Saqué mi teléfono y vi varias llamadas perdidas de José Luis. Ahora quería hablar. El muy cobarde no había tenido la decencia de enfrentarme antes, y ahora pretendía arreglarlo con una llamada. Solté una risa amarga y apagué el teléfono. Todo lo que creí conocer se sentía falso, como si hubiera estado viviendo una mentira.
Rápidamente le mande un mensaje.
"NECESITO UNA EXPLICACIÓN SOBRE LAS COPIAS DE LOS LIBROS QUE CORREGI Y EDITE"
Le di enviar y luego guarde mi móvil.
Tomé el vaso que me trajeron y lo vacié de un solo trago, sintiendo cómo el alcohol quemaba mi garganta, pero sin aliviar el dolor. ¿Qué hice mal? ¿En qué momento empezó todo esto? Bianca lo dijo como si fuera algo que venía ocurriendo desde hace tiempo. ¿Cuánto llevaban burlándose de mí?
Seguí tomando, no tengo idea de cuantas copas llevaba. Pedí la cuenta al mesero. Al pagar decidí que ya era hora de irme. Ya eran más de las doce de la madrugada. Me levanté de la mesa y, al salir, choqué con alguien.
–¡Ten más cuidado! –, gruñó el hombre con el que había tropezado.
–¿Disculpa?– respondí, irritada. –Tú fuiste el que no miró por dónde caminaba.
–Vaya, las señoritas como tú siempre encuentran a quién culpar– dijo con un tono frío y arrogante.
–Vete al diablo– le espeté sin pensarlo. No tenía energía para discutir. Salí apresurada y me dirigí a mi coche.
Conduje con una música que llenaba el silencio incómodo de mi mente, pero las lágrimas seguían fluyendo sin control. Llegué a casa tarde, casi a la una de la mañana. El guardia abrió el portón y le lancé las llaves sin decir nada.
Entré a la casa de puntillas, evitando que mis padres me vieran en ese estado. Subí a mi habitación y me tiré en la cama, hundiendo mi cara en la almohada. Grité en silencio, ahogada por la tristeza y el enojo. Todo lo que creía conocer, todo lo que pensaba que era mío, se había esfumado. Cerré los ojos, agotada, mientras las lágrimas seguían cayendo lentamente por mis mejillas. Miré el anillo de compromiso que él me había dado hace un mes y lo lancé.
****
En la mañana me levanté con un dolor de cabeza que me atravesaba como una daga. Mi cuerpo se sentía pesado, y mis pensamientos, borrosos. Me arrastré hasta el espejo del baño, y lo que vi me dejó aún más abatida: mi rostro parecía un campo de batalla. El rímel estaba corrido, formando manchas oscuras alrededor de mis ojos, como si fuera un maldito mapache. Mis ojeras eran profundas, testigos de una noche sin descanso.
Suspiré, agotada por la imagen que tenía frente a mí. Tomé un algodón y lo empapé con desmaquillante, limpiando con movimientos lentos y cuidadosos, tratando de borrar no solo los restos del maquillaje, sino también los recuerdos de la noche anterior. No quería pensar en lo que había pasado, pero era imposible. Cada segundo que pasaba, los detalles regresaban como si fueran golpes directos a mi mente.
Me apliqué unas cremas debajo de los ojos, con la esperanza de que al menos disimularan las ojeras. No tenía tiempo para lamentarme. Me cepillé los dientes y me metí bajo la ducha, esperando que el agua caliente lavara algo más que la suciedad de mi piel. Pero incluso el placer del agua tibia no lograba borrar esa sensación de vacío y malestar. Apenas recordaba todo con claridad, pero lo suficiente como para saber que no había sido una pesadilla. Era real. La maldita realidad.
Cuando terminé de ducharme, envolví mi cabello en una toalla y me recosté unos minutos en la cama. Quería desaparecer en esas sábanas, olvidar el día que me esperaba. Pero no tenía opción. Justo cuando estaba a punto de cerrar los ojos, escuché el golpeteo suave en la puerta. Mi madre. Sabía que estaba preocupada.
–Lía, cariño, ¿puedes abrir la puerta?–, su voz sonaba tranquila, pero con un toque de preocupación que no podía ocultar.
–Ma, por favor... me estoy preparando para irme al trabajo. Se me hace tarde – respondí, tratando de sonar normal.
–¿Vas a ir al trabajo? Viniste en la madrugada...– insistió. Sabía que ella notaba más de lo que decía.
–Sí, madre, ya sabes que no puedo faltar –le corté, intentando mantenerme firme.
–Está bien, te veo abajo. Estamos preparando el desayuno– su tono era suave, casi comprensivo, pero yo no podía soportar más preguntas.
Negué con la cabeza mientras seguía mi rutina automática. Me vestí con uno de mis trajes de siempre, un pantalón de tela negra, una camisa de tres cuartos y un chaleco. Quería esconderme en ese atuendo, que mi ropa fuera una barrera contra el mundo exterior. Secar mi cabello fue un proceso lento, pero lo dejé caer en un moño apretado. Mientras me maquillaba un poco para intentar parecer menos destrozada, no podía evitar soltar otro suspiro. Todo parecía tan vacío.
Bajé al comedor, mis tacones resonando en el suelo. Mi madre y mi padre me miraban en silencio, ambos con el mismo gesto de preocupación. Intenté fingir que todo estaba bien.
–¿Todo bien?–preguntó mi madre con suavidad.
–Sí, ma– respondí casi sin ganas.
–Pensé que te ibas a quedar anoche con tu prometido – mi padre agregó con un tono casual, pero lo conocía demasiado bien. Sabía que intentaba averiguar más sin hacerme sentir acorralada.
–Algo surgió y tuve que venirme antes. Ya sabes, el trabajo me tiene abrumada- mentí con una sonrisa forzada mientras trataba de comer. Pero las náuseas me invadieron. El malestar de la resaca mezclado con la presión de lo que sabía que estaba por venir.
Al terminar, me dirigí al lavabo. Me cepillé de nuevo los dientes y, al verme en el espejo, me puse un poco más de maquillaje. Solo quería disimular, engañar a todos, pero sobre todo a mí misma. Me despedí de mis padres y salí rumbo a la oficina. En el coche, los pensamientos se arremolinaban en mi cabeza. No quería verle la cara a ese maldito idiota. ¿Cómo había sido capaz de hacerme todo esto? Era un traidor.
Al llegar a la empresa, caminé entre los pasillos saludando a todos, tratando de mantener la compostura. Pero la mirada de Sonya, mi asistente, me detuvo. Bajó la cabeza cuando me vio y eso me puso nerviosa.
–¿Pasa algo, Sonya?– pregunté mientras intentaba no sonar desesperada.
–El señor... el CEO la está esperando en su oficina –dijo con voz baja. –Está muy molesto.
Maldije entre dientes. ¡Por Dios! Se me había olvidado. El desastre con las copias. Caminé directo a la oficina, pero antes de entrar, mi mano tembló sobre la puerta. Llamé a José Luis. Ese maldito... Lo llamé una y otra vez, pero no me respondía. Hasta que por fin contestó.
–¿Qué quieres?– dijo con desdén.
–José Luis, no te estoy llamando para reclamar. ¿Qué pasó con las 100 copias de la corrección que te mandé a la imprenta?– pregunté, tratando de mantener la calma.
–No lo sé– respondió con indiferencia.
–¿Cómo que no lo sabes? ¡Búscalo ahora mismo!– le grité.
–Ya no trabajo ahí, adiós –fue lo último que dijo antes de colgar. Lo llamé varías veces más, pero nunca respondió. ¿Qué demonios había pasado?
Finalmente, entré a la oficina del CEO. Su mirada era fría, y me sentí más pequeña de lo que ya me sentía.
–Lía, ¿qué demonios pasó con las copias?– preguntó sin rodeos.
–Lo siento, señor, José Luis renunció y...
–Eso ya lo sé. ¿Hiciste un fiasco con esas copias? Me robaste. Eso es lo que él me dijo.
–¡Eso no es cierto!– Las lágrimas comenzaban a arder en mis ojos.
–Estás despedida. No te voy a denunciar, pero vas a devolver cada centavo que has costado a la empresa– Y con esas palabras, mi mundo se desmoronó.
Me quedé paralizada, sin poder moverme.