El perfume del Caribe todavía se sentía impregnado en los poros de mi piel, o quizá era solo el fantasma de un recuerdo que se negaba a morir. Cerré los ojos por un segundo, tratando de recuperar el calor del sol sobre mi rostro y el sonido de las olas rompiendo contra el casco del crucero. Pero al abrirlos, la realidad me golpeó con la frialdad de un bloque de hielo. No había palmeras, ni arena blanca, ni libertad. Solo las paredes de cristal de una oficina en el piso cincuenta de un rascacielos en París y el olor rancio de la derrota de mi padre.
-Francesca, por favor, trata de entender -murmuró mi padre, Jean-Pierre Dubois. Estaba de pie junto a la ventana, dándome la espalda. Sus hombros, antes anchos y orgullosos, estaban hundidos bajo el peso de su propia cobardía.
-¿Entender qué, papá? -Mi voz salió como un hilo roto-. ¿Qué me traes a esta oficina como si fuera un activo que vas a liquidar? Dijiste que teníamos una reunión con un inversor para salvar el patrimonio familiar.
Él se giró lentamente. Tenía las ojeras profundas y las manos le temblaban. En ese momento supe que la fortuna de los Dubois, esa que se había construido durante generaciones, no solo estaba en peligro. Se había esfumado.
-He tomado malas decisiones, ma chérie. El juego, las malas inversiones en el mercado asiático... lo perdí todo. Incluso la mansión de Burdeos.
-¿Incluso mi vida? -le espeté, dando un paso hacia él. El corazón me latía tan fuerte que sentía que me iba a desgarrar el pecho-. ¿Quién es ese hombre al que le debemos tanto que ni vendiendo nuestro apellido podemos pagarle?
La puerta doble de la sala de juntas se abrió con un sonido seco, casi como un disparo. Me quedé helada. Los pasos que resonaron contra el mármol eran rítmicos, pesados, cargados de una autoridad que no necesitaba palabras para ser impuesta. Me giré con la barbilla en alto, dispuesta a escupirle mi desprecio al hombre que nos estaba destruyendo, pero el aire se me escapó de los pulmones en un gemido ahogado.
El mundo se detuvo.
Frente a mí, ajustándose los puños de una camisa negra que costaba más que la educación universitaria de cualquier persona normal, estaba él. El hombre que me había sostenido la cintura mientras bailábamos bajo la luna en la cubierta del barco. El hombre cuyos labios habían recorrido cada centímetro de mi espalda hace apenas tres noches. El hombre al que le había susurrado mis secretos más íntimos en la oscuridad de una suite de lujo, creyendo que el destino finalmente me había sonreído.
Dorian Leblanc.
Pero ya no era el Dorian del crucero. Ya no había rastro de esa sonrisa pícara ni de la ternura en su mirada. Su rostro era una máscara de piedra, tallada por el cinismo y el poder.
-Dorian... -susurré, sintiendo que las piernas me fallaban.
Él ni siquiera se inmutó al oír mi voz. Caminó hasta la cabecera de la mesa y dejó una carpeta de cuero negro sobre la superficie. Se sentó con la elegancia de un depredador que sabe que su presa no tiene adónde ir.
-Señor Dubois, puede retirarse -dijo Dorian. Su voz era un barítono profundo que vibraba en el aire, pero tan fría que me dio escalofríos-. Su parte del trato ha terminado.
-Espera, ¿qué? -Miré a mi padre, esperando que dijera algo, que me defendiera. Pero él simplemente agachó la cabeza, tomó su maletín y salió de la sala sin dedicarme una sola mirada. La puerta se cerró tras él, y el sonido del pestillo encajando fue como el cierre de una celda.
Me quedé a solas con mi verdugo.
-¿Qué significa esto, Dorian? -le pregunté, acercándome a la mesa. Mis manos temblaban tanto que tuve que apoyarlas en el respaldo de una silla-. ¿Es una broma? ¿Todo lo que pasó en el barco fue un plan?
Él levantó la vista. Sus ojos, de un gris tormentoso, recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, pero no con amor, sino con el escrutinio de un tasador de arte.
-En el barco nos conocimos, Francesca. Aquí, hacemos negocios -respondió con una calma exasperante-. Y no, no fue un plan. Simplemente fue una coincidencia afortunada que la hija del hombre que me debe cincuenta millones de euros resultara ser tan... entretenida.
Sentí una bofetada invisible en el rostro. "Entretenida". Las noches en las que creí que nuestras almas se habían conectado no habían sido más que un pasatiempo para el "Tiburón de París".
-Eres un monstruo -le siseé, las lágrimas de rabia empezando a quemar mis párpados-. Mi padre es un idiota por confiar en ti, pero tú eres un criminal si crees que puedes cobrarte una deuda financiera conmigo. ¡Estamos en el siglo veintiuno! No puedes comprar a una persona.
Dorian se puso de pie lentamente. Es mucho más alto de lo que recordaba, una presencia imponente que parecía absorber toda la luz de la habitación. Rodeó la mesa y se detuvo a centímetros de mí. Podía oler su perfume: sándalo, tabaco caro y el aroma inconfundible del dinero sucio.
-No te compré en una subasta, Francesca. Tu padre firmó un contrato de transferencia de activos. Y tú, legalmente, eres el activo más valioso que posee -se inclinó hacia mí, su aliento rozando mi oído-. Si yo no hubiera intervenido, estarías en manos de los prestamistas rusos a los que tu padre les debe la otra mitad. Y créeme, ellos no te habrían puesto en una oficina elegante. Te habrían puesto en un burdel de los suburbios.
-¿Y tú qué me vas a hacer? -le pregunté, clavando mis uñas en las palmas de mis manos-. ¿Me vas a obligar a ser tu secretaria? ¿Tu trofeo?
Dorian soltó una carcajada seca, sin una pizca de humor. Estiró la mano y, antes de que pudiera reaccionar, tomó un mechón de mi cabello castaño y lo enredó en sus dedos. El contacto envió una descarga eléctrica a través de mi cuerpo que odié con cada fibra de mi ser.
-Quiero lo que me prometiste en el crucero, Francesca. Quiero tu devoción, tu presencia y tu cuerpo. Pero esta vez, no será un regalo. Será un pago.
-Nunca -le escupí-. Puedes obligarme a estar en tu casa, puedes encerrarme, pero jamás volveré a dejar que me toques de esa manera. Te odio con todo lo que soy.
Dorian apretó un poco más el mechón de cabello, obligándome a inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos. Había una oscuridad en ellos que me hizo darme cuenta de que el hombre del crucero nunca existió. Era solo una carnada.
-El odio es una emoción muy cercana a la pasión, ma petite. Y tengo mucho tiempo para recordarte por qué gritabas mi nombre bajo las estrellas -soltó mi cabello con desprecio y regresó a su escritorio-. Tienes dos horas para ir a tu casa y empacar lo esencial. Un chofer te recogerá. A partir de esta noche, vives en mi ático.
-¿Y si me niego? -lo desafié, aunque sabía la respuesta.
-Si no subes a ese coche, tu padre dormirá en una celda de alta seguridad por fraude fiscal y malversación mañana por la mañana. Yo tengo los documentos. Yo tengo el poder. Y ahora, te tengo a ti.
Me quedé allí, de pie en medio de esa oficina de cristal, sintiendo cómo mi mundo se desmoronaba. Había sido vendida por el hombre que debía protegerme al hombre que me había enseñado lo que era el deseo solo para usarlo como un arma.
-No eres un hombre, Dorian Leblanc -dije antes de caminar hacia la salida-. Eres un animal.
-Quizás -respondió él, sin levantar la vista de sus papeles-. Pero soy el animal que ahora es dueño de tu jaula. No llegues tarde, Francesca. No me gusta que mis adquisiciones me hagan esperar.
Salí de la oficina con el alma en pedazos. El aire de París se sentía pesado, como si el cielo mismo estuviera a punto de desplomarse. Había vuelto del Caribe creyendo en el destino, pero el destino resultó ser un contrato firmado con sangre y deudas.
Dorian Leblanc me quería, y me había comprado. Pero lo que él no sabía era que, aunque pudiera poseer mi cuerpo, yo iba a convertir su ático en un infierno del que él también querría escapar. El juego de poder acababa de empezar, y yo no iba a ser una novia sumisa. Iba a ser su ruina.
París se veía diferente desde la ventana del Bentley negro de Dorian. Ya no era la Ciudad de la Luz, la ciudad del arte y el romance que yo tanto amaba. Ahora se sentía como un laberinto de hierro y asfalto diseñado para conducirme a mi destino: la jaula más cara del mundo.
El chofer, un hombre de rostro impasible llamado Marcus, no había dicho una sola palabra desde que recogió mis dos maletas de la mansión Dubois. Mis pertenencias cabían en dos maletas de cuero. Mi vida entera, reducida a seda, un par de zapatos y las joyas que Dorian todavía no me había quitado. Mi padre ni siquiera bajó a despedirse. Se encerró en su despacho con una botella de coñac, lavándose las manos de la sangre de su propia hija.
Cuando el coche se detuvo frente a un imponente edificio de diseño vanguardista cerca del Sena, sentí que el oxígeno se me escapaba de los pulmones. Era un rascacielos de cristal negro que se alzaba como una lanza hacia el cielo grisáceo. El ático. El dominio del Tiburón.
El ascensor privado me llevó directamente a la cima. Al abrirse las puertas, me encontré con un espacio que gritaba riqueza y frialdad. Suelos de mármol blanco, muebles minimalistas y una pared de cristal de ocho metros de altura que ofrecía una vista de 360 grados de la ciudad. Pero no pude apreciar la vista. Porque él estaba allí.
Dorian estaba de pie junto a un mueble bar, sirviéndose un whisky. Se había quitado la chaqueta del traje y tenía las mangas de la camisa negra remangadas hasta los codos, revelando unos antebrazos fuertes y tensos. Al verme, dejó el vaso de cristal con un golpe seco y se giró.
-Llegas tres minutos tarde, Francesca -dijo. Su voz no era de reproche, sino de una observación meticulosa. Como si llevara cada segundo de mi ausencia contado en su reloj.
-¿Vas a descontarlo de mi deuda? -le respondí, cruzándome de brazos. Mi voz salió más firme de lo que esperaba, a pesar de que el corazón me martilleaba las costillas.
Dorian no respondió. Caminó hacia mí con esa elegancia depredadora que me hacía querer retroceder y saltar sobre él al mismo tiempo. Se detuvo a escasos centímetros. No me tocó, pero su presencia era como una barrera física.
-Marcus, lleva las maletas a la habitación principal -ordenó sin apartar los ojos de los míos.
-¿A la principal? -intervine rápidamente-. Supuse que tendría mi propia habitación. En el contrato decía que viviría aquí, no que compartiríamos cama.
Dorian soltó una risa baja, un sonido que vibró en el aire y me erizó el vello de los brazos.
-En el contrato dice que estás bajo mi cuidado y disposición, Francesca. Y yo no tengo intención de buscarte por todo el ático cada vez que quiera verte. Y créeme... voy a querer verte todo el tiempo.
Extendió la mano y, antes de que pudiera esquivarlo, rozó mi mejilla con el dorso de sus dedos. Su tacto estaba ardiendo, un contraste violento con la frialdad de sus ojos. Me aparté como si me hubiera quemado.
-No me toques -le siseé-. Puedes haberme comprado, pero no te pertenezco.
-Eso es lo que más me gusta de ti -susurró él, dando un paso más, invadiendo mi espacio personal hasta que mi espalda chocó contra la puerta del ascensor-. Tu resistencia. En el crucero, cuando te entregaste a mí, eras fuego. Pero ahora, con ese odio quemándote por dentro... eres hipnotizante.
Me quedé helada. Lo que más me aterraba no era su poder, sino su obsesión. Había algo en su mirada, una intensidad oscura y devoradora, que me decía que este hombre no se cansaría de mí en un mes. No era un capricho. Era una fijación enferma.
-¿Por qué yo, Dorian? -pregunté, tratando de entender la magnitud de mi desgracia-. Con tu dinero podrías tener a cualquier modelo, a cualquier heredera de Europa. ¿Por qué montar todo este teatro para atraparme a mí?
Dorian se inclinó, apoyando una mano en la pared, justo al lado de mi cabeza. Su rostro estaba tan cerca que podía ver las briznas doradas en sus ojos grises.
-Porque ninguna de ellas es una Dubois. Y ninguna de ellas me miró como tú me miraste esa noche en la proa del barco -su voz bajó de tono, volviéndose una caricia peligrosa-. Vi tu alma esa noche, Francesca. Y decidí que la quería. Mi dinero solo fue la herramienta para obtener lo que ya era mío por derecho de conquista.
-Estás loco -le solté, sintiendo el nudo en la garganta-. Estás enfermo de poder.
-Estoy loco por lo que me haces sentir -confesó él, y por un momento, la máscara de hielo se rompió, dejando ver una vulnerabilidad aterradora-. Llevo tres días sin dormir, contando las horas para que cruzaras esa puerta. He cancelado reuniones con ministros solo para estar aquí cuando llegaras. He hecho que decoren esta habitación con tus flores favoritas y he traído al mejor chef de la ciudad para que cocine lo que te gusta.
-No quiero tus flores ni tu comida. Quiero mi libertad.
-Tu libertad murió cuando tu padre apostó el primer euro que no tenía -Dorian se apartó bruscamente, recuperando su compostura-. Ahora, ve a refrescarte. Cenaremos en una hora. He hecho que traigan varios vestidos para ti. Elige el que más te guste... o elegiré yo por ti, y te aseguro que mis métodos de vestirte no te gustarán.
Caminé hacia la dirección que Marcus había tomado, sintiendo la mirada de Dorian clavada en mi espalda. Era como una marca de hierro. Entré en la habitación principal y me quedé sin aliento. No era una habitación, era un santuario de lujo excesivo. Una cama king size cubierta de seda blanca, un vestidor que parecía una boutique de la Avenida Montaigne y ventanales que hacían sentir que estaba flotando sobre París.
Sobre la cama, había tres cajas de terciopelo y tres vestidos de alta costura. Uno rojo sangre, uno negro azabache y uno blanco seda.
Me acerqué a los vestidos y sentí ganas de rasgarlos. Eran los uniformes de mi nueva identidad. Fui al baño y me eché agua fría en la cara, tratando de reconocer a la mujer que me devolvía la mirada desde el espejo. ¿Dónde estaba la Francesca que soñaba con escribir novelas y viajar por el mundo? Ahora era la concubina de un tiburón.
De repente, la puerta del dormitorio se abrió sin avisar.
-¡Dorian! -grité, cubriéndome el pecho con las manos, aunque estaba vestida-. ¡Existe algo llamado privacidad!
Él estaba apoyado en el marco de la puerta, observándome con una calma absoluta. Tenía una pequeña caja de terciopelo en la mano.
-En mi casa, no hay secretos para mí -dijo, caminando hacia mí-. Olvidé darte esto.
Abrió la caja. Dentro había una gargantilla de diamantes con un zafiro central del tamaño de una uva. Era una pieza de museo.
-Es preciosa -dije con sarcasmo-. ¿Viene con una correa a juego?
Dorian no se inmutó por mi veneno. Sacó la joya y se colocó detrás de mí. Sentí sus manos grandes y cálidas apartando mi cabello, dejando mi nuca al descubierto. El frío del metal contra mi piel me hizo estremecer, pero él no se detuvo hasta que cerró el broche.
-No es una correa, Francesca -susurró en mi nuca, y pude sentir sus labios rozando mi piel-. Es mi marca. Para que cualquiera que te vea sepa que perteneces a Dorian Leblanc. Y para que tú, cada vez que sientas el peso de estas piedras, recuerdes quién es tu dueño.
Se quedó allí, abrazándome por detrás, obligándome a mirar nuestro reflejo en el espejo. Él se veía poderoso, oscuro, triunfante. Yo me veía como una muñeca rota adornada con piedras preciosas.
-Céname hoy, Francesca -me pidió, y por primera vez, su voz no sonó como una orden, sino como una súplica retorcida-. Dame solo una noche de paz, y te juro que mañana te daré todo lo que pidas. Excepto tu libertad.
Lo miré a través del espejo. Sus manos me apretaban la cintura con una posesividad que me cortaba el aliento. En ese momento supe que mi vida en el ático no sería solo una batalla de voluntades. Sería una guerra de seducción donde el primer corazón en ceder sería el que terminara en cenizas.
-Cenaré contigo -dije, bajando la vista-. Pero no esperes que sonría.
-No necesito tu sonrisa, querida -respondió él, dándome un beso casto pero intenso en el hombro-. Solo necesito que estés aquí. Conmigo. Para siempre.
Cuando salió de la habitación, me desplomé sobre la cama. El peso de los diamantes en mi cuello se sentía como una tonelada. Dorian Leblanc estaba loco, y yo estaba atrapada en el centro de su locura. Pero mientras miraba el vestido rojo sobre la cama, una chispa de mi antigua rebeldía se encendió. Él quería una muñeca, pero yo le iba a dar un incendio.
La cena sería solo el primer round.
Me puse el vestido rojo. No lo hice por obediencia, sino por estrategia. Si iba a estar en el infierno, quería que el diablo me viera arder. El tejido de seda se pegaba a mis curvas como una segunda piel, y el escote en la espalda bajaba peligrosamente hasta donde empezaba la curva de mis caderas. Al mirarme al espejo, la gargantilla de diamantes que Dorian me había impuesto brillaba con una luz obscena. Parecía una marca de propiedad, un collar de lujo para una mujer que acababa de perder su nombre.
Cuando entré al comedor, la luz de las velas bañaba la estancia en un tono ámbar. Dorian ya estaba sentado a la cabecera, pero en cuanto mis tacones golpearon el suelo de mármol, se puso en pie como si un resorte lo hubiera impulsado.
No dijo nada. Durante un minuto eterno, su mirada recorrió cada centímetro de mi piel expuesta con una voracidad que me hizo sentir desnuda. Sus ojos grises se oscurecieron hasta volverse casi negros, y vi cómo su nuez de Adán se movía al tragar saliva. Estaba ganando. Su obsesión era su debilidad, y yo iba a explotarla.
-Te dije que cenaría contigo, Dorian. No dije que te facilitaría las cosas -solté, sentándome en el extremo opuesto de la larguísima mesa.
Él frunció el ceño, su expresión de deleite transformándose en una de fría determinación.
-Esa distancia no me gusta, Francesca. Ven aquí. Siéntate a mi lado.
-El contrato dice que debo vivir aquí, no que deba comer de tu mano como un perro faldero. Me quedo aquí.
Dorian dejó su copa de cristal sobre la mesa. El sonido del cristal contra el mármol resonó como un trueno en el silencio del ático. Se levantó con una lentitud calculada y caminó hacia mí. Cada uno de sus pasos hacía que mi instinto de huida gritara, pero me obligué a sostenerle la mirada. Se detuvo detrás de mi silla e inclinó su cuerpo sobre el mío, apoyando las manos en los brazos de mi asiento, atrapándome.
-He sido muy paciente hoy, ma petite -susurró cerca de mi oído, su aliento cálido enviando una traicionera descarga eléctrica por mi columna-. Pero no confundas mi fascinación con debilidad. En este edificio, mi palabra es la ley. Si te pido que te sientes a mi lado, es porque quiero oler tu perfume y sentir el calor de tu piel mientras como.
-Entonces vas a pasar mucha hambre -le espeté, girando la cabeza para encararlo. Estábamos tan cerca que nuestras narices casi se rozaban.
-¿Crees que puedes ganarme en este juego? -Una sonrisa ladeada y cruel apareció en sus labios-. He construido imperios destruyendo a hombres más fuertes que tú.
-Pero ninguno de esos hombres te hacía temblar las manos cuando te acercabas a ellos, ¿verdad?
Dorian guardó silencio. Sus ojos bajaron a mis labios y por un segundo creí que me besaría con la misma violencia con la que me había comprado. En lugar de eso, tomó mi mano y, con una fuerza firme pero delicada, me obligó a levantarme. Me guio hasta la silla junto a la suya y me sentó allí. Su proximidad era abrumadora; podía sentir la energía masculina que emanaba de él, una mezcla de protección y amenaza.
La cena fue un desfile de platos exquisitos que apenas probé. Dorian, en cambio, no dejaba de observarme. No comía; me estudiaba. Como si estuviera tratando de descifrar el código para romper mi voluntad.
-Tu padre me llamó hace una hora -dijo de repente, rompiendo el silencio-. Quería saber si estabas "cómoda".
-¿Y qué le dijiste? ¿Que me pusiste un collar de diamantes para que no se me olvide que soy tu mercancía?
-Le dije que estabas exactamente donde perteneces -Dorian tomó un cuchillo y cortó un trozo de carne con una precisión quirúrgica-. Tu padre es un hombre débil, Francesca. Siempre lo fue. Te crió en una burbuja de cristal mientras él se dedicaba a reventar los cimientos de tu futuro. Yo solo he recogido los pedazos.
-¡No hables de él como si fueras un salvador! -golpeé la mesa con la palma de la mano-. Lo arruinaste. Sé que lo hiciste. Nadie pierde tanto dinero en tan poco tiempo a menos que alguien esté moviendo los hilos desde las sombras.
Dorian dejó los cubiertos y se limpió los labios con la servilleta de lino, con una calma que me ponía enferma.
-El mundo de los negocios es una selva. Si alguien deja su cuello expuesto, yo muerdo. Pero contigo es diferente. Con lo que pagué por tus deudas, podría haber comprado diez mujeres más hermosas y mucho más dóciles. Pero te quería a ti. Desde el momento en que te vi en ese crucero, supe que no descansaría hasta que este vestido rojo estuviera en el suelo de mi habitación.
Sentí que la sangre se me subía al rostro. La crudeza de sus palabras me golpeaba como una bofetada física.
-Eres un asco -susurré.
-Soy honesto. Y tú también deberías serlo -él se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio una vez más-. Odias este contrato, odias a tu padre y me odias a mí. Pero tu cuerpo... tu cuerpo todavía me recuerda.
De repente, su mano se deslizó por debajo de la mesa, posándose sobre mi muslo. El calor de su palma atravesó la seda del vestido, quemándome. Intenté apartarlo, pero sus dedos se cerraron con firmeza, impidiéndome el movimiento.
-Dorian, para -pedí, aunque mi voz me traicionó volviéndose un poco más aguda.
-¿Por qué? Tu pulso está acelerado, Francesca. Puedo sentirlo aquí -deslizó su mano un poco más arriba, peligrosamente cerca del borde de mi ropa interior-. Podría tomarte ahora mismo, sobre esta mesa de mármol, y ambos sabemos que no podrías evitarlo.
-Si lo haces, solo confirmarás que eres un animal. Y nunca, nunca lograrás que te mire como en el barco.
Dorian se detuvo. Sus ojos se fijaron en los míos, una batalla silenciosa de voluntades que parecía durar una eternidad. Lentamente, retiró la mano, pero no se alejó.
-Tienes razón. No quiero a una mujer muerta entre mis brazos. Quiero que supliques por mi toque, igual que lo hiciste en el Caribe -se puso de pie y me ofreció la mano-. La cena ha terminado. Mañana tienes una cita con mi estilista y mi equipo de seguridad. Si vas a ser la mujer de Dorian Leblanc, el mundo entero tiene que envidiarme por ello.
-No soy tu mujer. Soy tu deuda.
-Por ahora -sentenció él, dándome un beso gélido en la frente que se sintió como una promesa de guerra-. Ve a dormir, Francesca. Sueña conmigo. Porque te aseguro que yo no voy a dejar de pensar en ti hasta que amanezca.
Subí a la habitación con las piernas temblando. Al cerrar la puerta, me apoyé contra ella y me dejé caer hasta el suelo. El zafiro en mi cuello pesaba más que nunca. Dorian Leblanc no quería solo mi cuerpo; quería mi rendición total. Pero lo que él no sabía era que yo preferiría prenderle fuego a su imperio antes que volver a amarlo.
Aunque, muy en el fondo de mi ser, la zona donde él me había tocado seguía ardiendo, recordándome que mi mayor enemigo no era él, sino mi propio deseo.