Mi voz era mi único refugio, mi arma secreta detrás del anonimato de "La Voz de Jalisco". Nunca nadie había visto mi rostro, mi cuerpo, solo escuchaban mi canto celestial que conquistaba corazones.
Pero todo se desmoronó cuando Roy Chavez, mi exnovio virtual, despechado y buscando congraciarse con mi rival, Sabrina "La Reina del Jaripeo", filtró una foto cobarde de mi espalda.
El chat de mi transmisión se convirtió en un torbellino de veneno, comentarios crueles me llamaban "gorda impostora" y "fraude", mientras mi gran patrocinador, Máximo "El Patrón" Castillo, me desafiaba con arrogancia, exigiéndome que mostrara la cara o desapareciera de la plataforma.
Sentí el nudo en el estómago, la humillación pública, mis miedos más profundos sobre mi sobrepeso expuestos y destrozados frente a miles de ojos en línea. Mi voz, tan amada, ahora parecía una mentira.
¿Cómo iba a superar esto? ¿Cómo una voz sin un rostro "perfecto" podría sobrevivir a la crueldad de las redes?
Fue entonces cuando mis ojos se posaron en el antiguo amuleto azteca de mi abuela, una reliquia que siempre tuve miedo de usar. Pero esa noche, la desesperación fue más fuerte que cualquier temor, forzándome a activar un poder que cambiaría todo, transformando la humillación en el lanzamiento de mi imperio.
El chat de mi transmisión en vivo explotó en un instante.
"¡Fraude! ¡Esa espalda es de una mujer gorda! ¡La Voz de Jalisco es una impostora!"
"¡El Patrón te ha regalado miles, y tú nos engañas a todos! ¡Qué asco!"
"¡Muestra la cara o lárgate de la plataforma!"
Los comentarios eran un veneno que se derramaba por la pantalla. Todo por una foto. Una simple foto de mi espalda que mi exnovio virtual, Roy Chavez, había filtrado. Él, un fanático de mi rival, Sabrina "La Reina del Jaripeo", lo hizo para humillarme.
En el centro de la tormenta de insultos, apareció el ícono dorado de Máximo "El Patrón" Castillo, mi mayor patrocinador. Su mensaje fue directo, arrogante, como siempre.
"La Voz, muestra tu cara ahora mismo. Si eres tan hermosa como cantas, te regalo un pura sangre de mi rancho. Si no, admite que eres un fraude y desaparece".
Sentí un nudo en el estómago. La humillación era pública. Todos mis miedos, mi inseguridad por mi sobrepeso, se habían hecho realidad.
Respiré hondo. Mi voz, la única parte de mí que amaba, no podía temblar ahora.
"¿El Patrón? ¿Un caballo? ¿Crees que mi cara vale tan poco?", respondí con una frialdad que me sorprendió a mí misma.
"No me interesa tu caballo. Y menos me interesa tu opinión".
Y sin esperar su respuesta, lo expulsé del canal.
El chat se volvió loco. Algunos me defendían, pero la mayoría me atacaba con más fuerza. Cerré la transmisión. El silencio en mi pequeña habitación se sintió pesado, opresivo. Las lágrimas que contuve durante la transmisión finalmente cayeron.
Me miré en el espejo oscuro de la pantalla. Detrás de "La Voz de Jalisco", solo estaba Lina Salazar, una chica de pueblo con una voz que no encajaba con su cuerpo.
Pero entonces, mi mirada se posó en el pequeño baúl de madera que me dejó mi abuela. Dentro, sobre un trozo de terciopelo desgastado, descansaba el amuleto. Una reliquia azteca, oscura y labrada, que había pasado de generación en generación en mi familia.
"Cuando te sientas perdida, cuando el mundo te dé la espalda, él te mostrará tu verdadero poder", me había dicho mi abuela.
Nunca lo había usado. Siempre me dio miedo. Pero esta noche, la desesperación era más fuerte que el temor.
Lo tomé en mis manos. Estaba frío, pero al contacto con mi piel, una extraña calidez comenzó a emanar de él. Cerré los ojos y pensé en la mujer que siempre quise ser. No una supermodelo, sino una versión de mí misma sin el peso de la inseguridad. Una mujer con la belleza natural y la fuerza que sentía en mi voz.
Una luz suave y dorada me envolvió. No dolió. Fue como sumergirse en agua tibia. Cuando abrí los ojos, la persona en el reflejo no era la misma.
Mi rostro estaba más definido, mi piel luminosa, mis ojos brillaban con una confianza que nunca había sentido. Mi cuerpo... mi cuerpo había cambiado. Seguía siendo yo, pero era una versión idealizada, una mujer deslumbrante que ya no tenía motivos para esconderse.
Una sonrisa lenta se dibujó en mi nuevo rostro.
Máximo Castillo quería ver mi cara.
Pues bien, se la iba a mostrar. Y le iba a costar mucho más que un simple caballo.
A la noche siguiente, mi canal "La Voz de Jalisco" estaba más concurrido que nunca. El escándalo del día anterior había atraído a miles de curiosos.
No dije nada. Simplemente encendí la cámara.
El chat, que había estado lleno de insultos y especulaciones, se quedó en silencio por un segundo. Luego, explotó.
"¡No puede ser! ¿Es ella?"
"¡Dios mío, es una diosa!"
"¡Sabrina no es nada comparada con ella! ¡Esto es belleza natural!"
Los mensajes de asombro llenaron la pantalla. El contador de espectadores se disparó. Las donaciones empezaron a llover, pequeñas, pero constantes.
Y entonces, como esperaba, apareció el ícono dorado de "El Patrón".
Máximo Castillo entró en la sala. El chat se detuvo de nuevo, esperando su reacción.
Un regalo virtual, un "cohete de diamantes" valorado en miles de dólares, iluminó la pantalla.
"Preciosa", escribió Máximo. "Retiro lo dicho. No eres un fraude. Eres una obra de arte".
Otro cohete. Y otro.
"Dime tu precio. Quiero una cena contigo. Solo nosotros dos".
El viejo Máximo, arrogante y creyendo que todo se compra con dinero. Pero la nueva Lina no era la misma chica insegura de antes.
Sonreí a la cámara, una sonrisa lenta y deliberada.
"¿Mi precio, Patrón?", dije, mi voz sonando melódica y un poco burlona. "Mi atención no se compra con cohetes. Vale mucho más que eso".
"Quiero una hacienda. Una grande, en las afueras de Guadalajara. Con caballos y un estudio de grabación. Cuando puedas regalarme eso, tal vez considere darte la hora".
El chat enloqueció. Nadie se había atrevido a hablarle así a Máximo Castillo.
"¡Jajaja, qué mujer!"
"¡Esa es nuestra Patrona!"
"¡Ponlo en su lugar, reina!"
Máximo se quedó en silencio por un momento. Luego, un nuevo regalo apareció. Un "castillo de oro", el regalo más caro de la plataforma.
"Me gusta tu audacia", escribió. "Considera la hacienda un desafío. Y un desafío que pienso ganar".
Me reí suavemente y, sin decir una palabra más, terminé la transmisión.
Lo dejé con la miel en los labios, frustrado y ahora, obsesionado. Sabía que volvería. Y la próxima vez, vendría preparado para pagar.
Mi plan estaba en marcha. Mi nueva vida como "La Patrona" acababa de comenzar.