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La Princesa de Mafia

La Princesa de Mafia

Autor: : Virginia Peraza
Género: Romance
Dominika Volkova: Hija del Boss, Princesa de la Bratva, belleza y letalidad combinada. Desde que nació ha regido su vida por medio de las leyes de la mafia: «Somos la Bratva, nosotros establecemos el estándar.» Su familia marca el estándar en el bajo mundo, el poder que el resto de los clanes quieren alcanzar. Y todo será suyo algún día, por eso es que ha entrenado con sudor y sangre. Nació dentro de la Bratva y moriría por esta, no hay punto medio. Es por eso que siempre ha tratado de ser perfecta. Un arma letal sin espacio para emociones tan básicas como el amor, lamentablemente se dejó llevar por algo mucho peor... La pasión. El odio que siente por el protegido de su padre solo es superado por el deseo que tiene de él. Alonzo Rinaldi ha sido criado por el Boss desde que su padre lo entregó a la Bratva. Dentro de su código solo existe la palabra lealtad hacía esta. Después de todo lo consideran un miembro más de la familia. Desde niño se crió con los hijos del Boss, incluida la llamada princesa de la Bratva: Dominika Volkova. Nunca se ha llevado bien con ella, lo único que existe entre ambos es rabia y desagrado. Así que no entiende porque parece no poder dejar de pensar en aquella rubia con cuerpo de infarto y lengua venenosa. Las cosas solo empeoraron el día que lo asignaron como guardaespaldas de esa chica malcriada. Era evidente que a ella tampoco le gustaba la idea Debido a un incidente ambos terminan comprometidos para mantener las apariencias y el honor de la Bratva. Las chispas empiezan a saltar entre ellos, descubriendo que debajo de todas esas miradas asesinas y comentarios hirientes, existen una pasión que arde con la fuerza para incendiarlos.

Capítulo 1 1

La sangre goteaba de mi haladie, produciendo un tétrico sonido que generaba un miedo paralizante. Di varios pasos hacia adelante, fijando la mirada en mi próxima víctima. Unos ojos azul zafiro se reflejaron en dos cuencas oscuras y cargadas de pavor. Sonreí perversamente, deslizando la punta de mi lengua por el labio inferior. Estiré la mano para tomarlo del brazo.

-Tranquilo, no voy a cortarte de nuevo -susurré, al ver que encogió la extremidad por instinto-. Eso; si eres un buen chico, quizás puedas vivir después de lo que has hecho.

Podía sentir su pulso acelerado y cómo empezaba a temblar. Contemplé, complacida, el corte que se extendía desde el antebrazo hasta la muñeca. Sin miramientos, posé la punta de la daga sobre la herida, de la cual comenzó nuevamente a brotar sangre.

Los gritos de agonía llenaron la bodega donde me encontraba y pequeñas convulsiones recorrieron el cuerpo de aquel hombre, que continuaba atado a la silla. Quité repentinamente el haladie y observé el rostro cubierto por el sudor perlado.

-Recuérdame, ¿qué hiciste para ser castigado? -interrogué con voz melosa-. No creo que puedas aguantar mucho más si no vas a un hospital, así que empieza a hablar. -Lo tomé del cuero cabelludo y lo empujé de nuevo hacia atrás-. ¿Y bien? -Canta, canta.

-Lo siento, por favor, piedad, lo siento mucho -dijo con voz rasposa-. Perdóneme -pidió entre lágrimas de dolor.

Una carcajada brotó de mi pecho.

-¿Piensas que deseo tus disculpas? -pregunté con fingida diversión-. Espero que tengas un buen viaje al infierno; quizá nos encontremos algún día -aseguré-.

Procedí a clavarle el haladie justamente en el corazón. La sangre brotó a borbotones de su boca, manchándome el rostro en el proceso. El cuerpo se agitó, convulsionando durante unos cinco minutos, hasta que por fin dejó de moverse. Suspiré y retiré el arma, limpiándola con el dorso de mi camiseta negra de estilo militar.

-Desháganse del cuerpo -ordené a mis hombres antes de darme la vuelta y marcharme.

No esperé su respuesta; salí inmediatamente de la bodega. El olor a sangre se propagó pronto y me provocó náuseas. Retiré mis guantes, lanzándolos en un contenedor de basura, y empujé la puerta.

-¿El trabajo está hecho? -preguntó uno de mis guardias, tendiéndome un pañuelo para que me limpiara la cara. Asentí mientras lo hacía.

-Eso les enviará un mensaje a esas ratas -afirmé con asco-. Para que sepan que no tienen permitido imitar nada de la Bratva -declaré.

Mi guardaespaldas asintió y me entregó una gabardina negra junto con mis gafas de sol. Saqué una cajetilla de cigarrillos del bolsillo y encendí uno. La nicotina, al viajar por mi sistema, relajó mi cuerpo; frente a mí se formó una nube de humo espeso. Guardamos silencio cerca de cuarenta minutos, hasta que por fin el resto de mis hombres salió.

-Todo listo, princesa -informaron con un movimiento de cabeza-. Se hizo tal como usted lo dispuso -dijo mi jefe de seguridad.

-Con eso aprenderán a elegir mejor con quién meterse -dije, dejando caer el cigarro al suelo y aplastándolo con el tacón de mi bota-. Vámonos; seguramente nos están esperando en la Fortaleza.

Uno a uno subimos a las dos camionetas que traía la escolta. Ya habíamos salido de la ciudad y circulábamos por la carretera cuando mi teléfono sonó. Atendí nada más mirar el nombre en pantalla.

-¿Solucionaste el problema? -indagó mi tía Veronika, yendo directamente al grano.

-Por supuesto, no hay trabajo demasiado grande para mí -respondí.

-Quiero un informe completo cuando nos veamos mañana -exigió, y luego colgó.

Guardé el celular y suspiré, apoyando la cabeza contra la ventana del vehículo. La hermana de mi padre no era precisamente una mujer conversadora. Jamás esperaría de ella un «¿Cómo estás? ¿Resultaste herida?». Iba directo al punto, y agradecía que no se fuera por las ramas preguntando cosas obvias.

Hace más o menos dos semanas empezaron a presentarse problemas en uno de los clubes que manejaba mi tía. Una pandilla de narcotraficantes vendía drogas adulteradas a los clientes, lo que provocó cinco muertes. Quizá no parecían muchas, pero sí las suficientes para llamar la atención de la policía sobre nosotros. Fue por ello que me pidió encargarme del asunto, y gustosa lo hice.

Unos días atrás dimos con su líder y hoy, por fin, pudimos darle de baja. En mi territorio nadie andaría libremente sin pagar las consecuencias. Rusia era de la Bratva y nada pasaba sin que la familia Volkov estuviera completamente enterada.

-Date prisa, quiero quitarme esta sangre cuanto antes -apremié, mirando al chófer por el espejo retrovisor-. Y ya lo sabes, ni una palabra de esto a mis padres o terminarás sin lengua.

Pronto llegamos al pueblo; atrás habíamos dejado el espacio urbano. De aquí en adelante la mafia rusa tenía control total de la población. El Boss era verdugo, ejecutor y juez: solo él decidía la vida de todos, siendo leal con quienes le habían demostrado fidelidad. Muchos negocios ya estaban abiertos o empezaban a abrir.

No me sorprendía; partimos en la madrugada y el sol ya estaba saliendo por el horizonte.

-Hemos llegado, princesa -informó el chófer. Asentí y él se bajó para abrirme la puerta-. Me informaron que la koroleva ya está despierta, así que le recomiendo entrar por el campo de entrenamiento.

-¿El Boss? ¿Los gemelos? -pregunté, apartándome varios mechones plateados del rostro. El invierno ya empezaba a llegar a Rusia.

-Los tres siguen dormidos, pero le recomiendo no hacer mucho ruido -respondió, apartándose.

Asentí y apreté el abrigo contra el cuerpo. Di la vuelta a la Fortaleza. En el campo de entrenamiento ya había varios hombres y mujeres entrenando; algunos me saludaron al reconocerme, pero la mayoría me regaló una mirada de respeto por mi estatus.

El ambiente estaba silencioso cuando entré en la propiedad. Me quité las botas para no hacer ruido y avancé con total sigilo; llegar a mi alcoba era cuestión de vida o muerte.

Si cualquiera de mis padres descubría mis andanzas en la madrugada, esto no terminaría bien. Podía hacerle frente al Boss, pero jamás a la Koroleva. De solo pensarlo, temblaba.

Solté un suspiro de alivio al estar frente a la puerta de mi habitación. Tenía la mano sobre el pomo, a punto de abrir, cuando sentí una figura detrás de mí; me giré de inmediato. Tragué saliva al ver al hombre de pie frente a mí.

-Buen día, señorita Dominika -saludó Vicente Sartorini con semblante acusatorio.

Precisamente tenía que toparme con él.

Tuve que contenerme para no rodar los ojos. Realmente no me sorprendía que el consejero de la Bratva estuviera merodeando como si fuese un maldito sabueso. Después de mis padres y del underboss, era quien ostentaba mayor poder dentro de la organización. Compuse una expresión sorprendida y sonreí con inocencia.

-¡Vicente! -exclamé, posando la mano derecha sobre el pecho-. Casi me matas de un susto; ¿qué haces por aquí tan temprano?

El consejero arqueó una ceja, sin creerse mi actuación. La mueca que formó en los labios provocó que mi cuerpo se estremeciera por la similitud con la que hacía mi padre cuando estaba a punto de lanzarme un regaño.

-Yo te iba a preguntar -dijo-, son casi las seis de la mañana, tigritsa; ¿a dónde vas tan temprano? -me preguntó, escrutándome de arriba abajo.

Al parecer había cambiado de opinión porque su tono no era de enojo, sino de genuina preocupación. Por supuesto que tampoco debía dejarme engañar: en la mafia todos éramos tramposos y lo que podía parecer una pregunta sencilla terminaría por convertirse en tu condena.

Lamentablemente, mi cerebro estaba demasiado cansado como para inventar una buena excusa.

-Acabo de despertar y bajé a tomar un vaso de agua -dije lo primero que se me pasó por la cabeza-. ¿Algún problema con eso?

Vicente chasqueó la lengua, fastidiado. Para el pobre hombre no debía ser fácil lidiar con ninguno de los hijos del Pakhan. Los gemelos y yo habíamos contribuido enormemente a la enorme cantidad de mechones blancos en su cabello, y en la notable aparición de arrugas en su piel, aunque jamás se lo diría.

-¿Así que decidiste ir por agua con botas de salir y una gabardina? -preguntó con ironía.

-No sabía que fuera un delito -respondí ipso facto. Una sombra de sonrisa apareció en la comisura de sus labios, pero desapareció con la misma rapidez.

-Tu padre quiere verte y me envió a buscarte -comentó por fin-. Así que sube a cambiarte; lo necesitas. -Miró mis botas-. En el despacho, en quince minutos.

Se marchó dejándome con la palabra en la boca, así que abrí la puerta de mi cuarto, enfadada. Si no lo considerara un padre más en mi vida, hace tiempo que habría ordenado que le cortaran la lengua por altanero.

Fui directo al baño y, después de una rápida ducha, me vestí con un suéter de punto color crema y unos jeans. No era bueno hacer esperar al Boss, así que recogí mi melena blanca en una coleta alta y salí en dirección al estudio que estaba en el mismo piso.

-Buen día, mi Boss -saludé en cuanto los voyeviki que custodiaban a mi padre abrieron la puerta-. Siempre es un placer verle.

Ojalá pudiera decir que el sentimiento era mutuo, pero la mirada leonina de papá me observaba como si quisiera arrancarme la cabeza. Estaba enojado y solo rezaba para que dicha emoción no tuviera que ver con mis andanzas para ajustar cuentas.

-Toma asiento -ordenó, señalando la silla frente a él. Obedecí. La tensión en el ambiente era demasiado densa como para cortarla con un cuchillo-. ¿Puedes explicarme qué significa esto? -demandó, lanzándome unos papeles.

Casi me desmayo al ver que eran fotografías. La imagen era de hoy y me mostraba entrando al almacén con el hombre que ya debía estar en el infierno. En la siguiente estaba yo saliendo, con el rostro salpicado de sangre. Alcé la vista hacia mi padre.

-Puedo explicarlo -aseguré lentamente.

Capítulo 2 2

-¿Ah sí? -preguntó con sarcasmo-. ¿Puedes decirme entonces... por qué mi hija se comporta como una vulgar asesina a sueldo? -interrogó, golpeando la mesa. El sonido me hizo saltar en mi asiento; pocas veces lo había visto tan furioso.

Tan poco entendía por qué se enfadaba tanto. Normalmente el underboss se encargaba de estos trabajos; él mismo lo hizo cuando tenía mi edad. También había supervisado personalmente mi entrenamiento, sabía defenderme mejor que nadie y eso, sumado a que mis hombres me acompañaban adonde fuera, me hacía sentir segura.

Yo también comenzaba a enojarme; detestaba que me subestimara siempre.

-Tía Veronika pidió mi ayuda para esto -dije, poniéndome de pie. El Boss estaba sentado, así que quedamos a la misma altura-. Esas cucarachas seguían vendiendo en nuestro territorio; no podíamos permitirlo -siseé entre dientes.

-¡Para eso están los ubiytsy! -gritó nuevamente. Su rostro tenía una expresión desencajada y ahora también estaba de pie, mirándome rabioso.

Azul contra verde. Boss contra underboss. No era la primera vez que nos enfrentábamos así. Teníamos el mismo carácter, por lo que normalmente mamá intervenía antes de que la discusión pudiese escalar. Sabía que papá jamás atentaría contra mí, pero en la Bratva los castigos se repartían por igual sin importar el rango. Como hija debía poner el ejemplo.

-Soy underboss en esta organización; no puedes decirme de qué encargarme y de qué no -afirmé. En teoría sí podía, pero no dejaría que tuviese la última palabra-. Me encargué de esto como cualquiera, sin dejar huella ni rastro -puntualicé.

-Eso no importa; ninguna hija mía estará haciendo trabajos de inferiores -exclamó, tajante-. Y para que esto se cumpla, he preparado una solución.

La sonrisa satisfecha que se extendió en sus labios me hizo enderezar la espalda. Enarqué una ceja; ¿en qué demonios estaba pensando?

-Por favor, deja que entre -ordenó al voyeviki que custodiaba la puerta.

Este asintió y salió de la oficina. Segundos después entró acompañado de alguien; el voyeviki reverenció a mi padre y se apartó, dejando ver a la persona que conocía perfectamente. ¿Qué demonios estaba planeando el Boss?

-Boss -saludó Alonzo Rinaldi, pupilo de la Bratva-. Estoy a sus órdenes.

-Bienvenido, Alonzo; por favor, toma asiento -pidió, señalando la silla a mi lado. Intenté pasar por alto que el tono que usaba con él era mucho más amable.

-¿Me dirás qué está sucediendo? -exigí, tuteándolo. Estaba ansiosa.

-Alonzo será tu nuevo guardaespaldas -anunció, dejando caer la bomba-. Necesito a alguien de confianza que te vigile y evite que te metas en más problemas.

No. Definitivamente no. De entre todas las personas, Alonzo Rinaldi era el último que deseaba tener en mi equipo; antes muerta que tenerlo de soplón.

-No soy una niña como para que tengas que ponerme niñera -afirmé, poniéndome de pie-. Si no le encuentras un lugar, asígnalo como guardaespaldas de los gemelos o envíalo directamente a las calderas -exigí, desesperada.

-No recuerdo haber pedido tu opinión sobre esto. La Bratva no es una democracia; aquí el líder soy yo, por tanto, se hace lo que yo mande -me recordó.

-Tienes que estar bromeando -dije, el semblante en mi rostro decía todo lo contrario-. Papá, no puedes hacerme esto; ¿cómo me van a respetar mis hombres? -chillé, fastidiada. De por sí me costó ganarme mi puesto entre ellos.

-Ese es tu problema, no el mío -exclamó, volviéndose a sentar-. A partir de hoy el señor Rinaldi se unirá a tu cuerpo de seguridad y no quiero oír una palabra al respecto.

Me di la vuelta y salí furiosa del despacho. Los voyeviki tuvieron que apartarse para evitar que los golpeara con la puerta. Todos sabían que nada terminaba bien cuando mi padre y yo nos enfrentábamos; él era el león de la mafiya y yo la tigresa.

Caminé por el pasillo directamente a mi habitación. Entonces escuché pasos que me seguían y detuve mi andar repentinamente. Di la vuelta, encontrándome con mi nuevo guardaespaldas. La simple palabra provocó que mi estómago se revolviera de asco; mis labios adoptaron una mueca arrogante.

-Te aconsejo que no te pongas muy cómodo; no durarás en este puesto mucho tiempo -le señalé, alzando el mentón-. A mis hombres los escojo yo misma y tú no das la talla.

Repasé su apariencia de arriba abajo, lo que solo aumentó mi enojo. Aquella era una mentira descarada y ambos lo sabíamos. Estaba más que capacitado para ser mi guardaespaldas y el de cualquier otro miembro de la familia. Había entrado a la organización desde niño: su padre trabajaba como espía de la Bratva desde hace años y lo dejó aquí para mantener la neutralidad. Su hermano era parte de la familia italiana; ambos fueron usados como garantía.

-Solo el mismo Boss puede despojarme de mi cargo -puntualizó, sin más.

Una sonrisa ladina apareció en mi boca. No sabía lo que le esperaba aquí.

-Nadie va a expulsarte; tú mismo renunciarás -dije con seguridad-. Haré de tu vida un infierno en la tierra; te arrepentirás de convertirte en un maldito topo.

Abrí la puerta de mi habitación y entré antes de darle oportunidad a responder. Una vez allí me dejé caer sobre la cama; había sido un día duro y apenas amanecía. Caí rendida nada más tocar la almohada, por el cansancio.

Los días siguientes no fueron los mejores. Tuve que abandonar muchas tareas debido al soplón que tenía entre los míos. Por suerte, mis voyeviki estaban de mi lado y a ninguno le cayó bien el tipo. La lealtad era algo importante en la organización y ellos tenían claro que donde comentaran alguna de mis cosas, tendrían que irse a la otra punta del mundo, porque pediría sus lenguas.

-Hoy voy a irme de fiesta, así que todos estén preparados -anuncié una tarde. Usualmente entrenaba con el resto de los voyeviki para mejorar mi condición-. Quien se duerma en su turno, termina en el gulag -les recordé.

-No creo que tu padre esté de acuerdo... -comenzó a decir Alonzo.

-Entonces ve a chismosearle, pero para entonces ya me habré ido. No te perdonaré que me dejes sin vigilancia -afirmé, mientras tomaba un trago de agua.

Mis palabras hicieron que cerrara la boca; asentí complacida. Desde niños nunca nos habíamos llevado bien; por lo general terminábamos a golpes. Y a pesar de ser mujer, jamás me dejé amedrentar y siempre los devolví.

-Ya saben dónde tienen que esperarme -fue mi última orden antes de marcharme para prepararme-. Lleguen tarde y pasarán la noche en las calderas.

Salí de casa ya entrada la noche. En un pueblo cerca de la Fortaleza Roja había varios lugares a los que asistir: algunos abiertos al público y otros clandestinos. Pero cuando eres la hija del Boss no hay ninguna puerta o ventana cerrada para ti. Hacía frío, así que llevaba un abrigo blanco sobre el vestido de cuero; las botas negras altas brillaban con la luz de la luna. Mi cabello se movía con la brisa.

-Estamos a unos cinco minutos, princesa -dijo uno de mis voyeviki, mirándome por el retrovisor-. Ya tienen un lugar para usted en el club -afirmó.

Apagué el teléfono que tenía en la mano y lo guardé en mi bolso. Conmigo viajaban dos voyeviki y detrás venía otra camioneta con el resto. Normalmente salía con cinco o seis de ellos y uno solo equivalía a diez soldados entrenados, por lo que podía estar segura de que nada me pasaría. Un tiro atravesaría la frente de cualquier persona antes de que pudiese siquiera tocarme.

La camioneta se aparcó en el estacionamiento de un edificio del pueblo. Desde la juventud de mis padres la zona había cambiado mucho, modernizándose para atraer más turistas, aunque seguía siendo pequeña para llamarla ciudad. Era territorio de la Bratva y se había convertido en un centro de entretenimiento para ricos y poderosos; no cualquiera podría encontrarlo.

-Ya saben cómo deben ubicarse -dije al bajar de la camioneta; los demás ya habían llegado-. Solo dos vendrán conmigo; el resto tomarán sus puestos estratégicos. Rinaldi, tú vienes conmigo -ordené, quitándome el abrigo.

No había reparado en el hombre esa noche, pero ahora que lo hacía reconocí que era bastante atractivo. Por lo general, los tipos de mi guardia lucían más malos que atractivos; era un requisito para mantener a las personas alejadas. Sin embargo, Alonzo tenía una imponencia que hasta entonces solo había visto en mi padre. No necesitaba cicatrices ni tatuajes para hacer entender a la gente que debían mantenerse completamente lejos de él.

Sacudí la cabeza; ¿en qué demonios estaba pensando ahora mismo?

Mi espalda quedó al descubierto y mi piel se estremeció con el viento. Una joya plateada colgaba de mi cuello y un anillo que revelaba quién era estaba en mi dedo medio. ¿Por qué elegí a Alonzo? Bueno, me apegaba al dicho: "Mantén a tus amigos cerca y a tus enemigos aún más cerca."

En la entrada había un guardia moreno con varios tatuajes en la piel. Alcé la mano para mostrarle el anillo y se apartó de inmediato. Subí con mis voyeviki por el ascensor hasta el último piso del edificio. Las puertas se abrieron llenando mis oídos con la estruendosa música del club y las cientos de luces.

-Quiero a cada uno de ustedes a mi lado -añadí, dando un paso adentro.

Fui directamente a la barra y pedí una bebida para mí. Barrí el lugar con la mirada, buscando la presa de la noche; vi algunos chicos guapos, pero ninguno era de mi completo agrado. Resoplé por lo bajo, aburrida: ¿dónde estaban los hombres poderosos que te hacían temblar las piernas con una mirada? Tomé mi bebida de un trago y me dirigí a la pista.

Ni siquiera presté atención a los guardias que me acompañaban; los olvidé de inmediato. Pronto dejé de pensar en los problemas y empecé a divertirme. Las luces me atrajeron y las copas no dejaban de llegar; la despreocupación comenzó a llenar mi torrente sanguíneo.

Capítulo 3 3

El tiempo transcurría de manera extraña. No podía decir cuánto llevaba en la discoteca, pero debían haber pasado varias horas. La cabeza me daba vueltas debido a la cantidad excesiva de licor que había consumido; no recordaba haber pagado nada de eso. La música estaba a tope y mi piel brillaba a causa del sudor que me cubría. Una sonrisa estúpida adornaba mis labios, reflejando mi ebriedad.

Aparté un mechón de cabello que se me había pegado a la frente; hacía demasiado calor. Tuve que alejarme de la pista de baile y fui directamente al baño. Cerré la puerta detrás de mí y examiné los cubículos uno a uno. Aparentemente, me encontraba sola. Abrí el grifo y mojé mi rostro. El agua despertó nuevamente mis sentidos y redujo considerablemente mi borrachera; ya no estaba tan mareada como antes y podía enfocar las figuras que me rodeaban.

Saqué un pañuelo de mi bolso y sequé la cara y el cuello, quitándome los restos del sudor. El agua había corrido parcialmente mi maquillaje, así que tuve que retocarlo. Ya había sido suficiente por una noche; lo mejor era volver a casa. Jalé la puerta para marcharme, pero alguien me empujó de nuevo dentro del baño.

-¿Pero qué...? -Mi pregunta fue ahogada cuando me estamparon contra la pared-. ¿Qué demonios te pasa, imbécil? -interrogué alzando el mentón para observar a quien se había atrevido a atacarme. Definitivamente, era un idiota.

El hombre frente a mí era rubio, de ojos verdes y al menos una cabeza más alto que yo. Tenía la piel bronceada y era algo musculoso. En sus pupilas podía ver varias motas rojas, señal de que estaba drogado. Volví a estar repentinamente sobria y mi mente comenzó a funcionar a toda velocidad.

Los años de entrenamiento me hicieron observar de un lado al otro, buscando una posible salida, mientras el arma que colgaba de mi cintura se volvía pesada. Pensaba en cómo hacerle una llave y evaluaba la presión con la que sujetaba mis muñecas. ¿Cuánto tiempo me tomaría imposibilitarlo? Sin embargo, no tuve necesidad de hacerlo, pues un disparo se escuchó, alertando a mi atacante.

Lo vi caer de rodillas y fue entonces cuando reparé en la herida que tenía en la pierna. Los alaridos no se hicieron esperar, pero lo que llamó mi atención fue el guardia de seguridad parado en la puerta, pistola en mano y con un semblante asesino en el rostro. Alonzo parecía estarse conteniendo para no matarlo.

-Vámonos -ordené caminando en su dirección y jalándolo del brazo.

Era consciente de que un escándalo no me convenía ahora mismo. El resto de los voyeviki se acercaron a nosotros; ya ajustaría cuentas con ellos después por no estar atentos en todo momento. Les hice una seña con la cabeza para que se encargaran de sacar la basura. Caminé hasta la terraza del lugar, sin detenerme.

-¿Se puede saber qué acabas de hacer? -demandé en cuanto estuvimos fuera de miradas curiosas-. ¿Sabes los problemas que tendríamos si ese hombre muriera? -cuestioné, todavía sujetándolo por el brazo; mis uñas se le clavaban.

-Y bien merecido se lo tendría por atreverse a tocarte -siseó, logrando que frunciera el ceño. Mi corazón dio un vuelco al escucharlo, pero seguramente era todo el alcohol en mi sistema-. Esto no habría pasado si te hubieras quedado en casa, tranquila y sin buscar problemas, como se te ordenó -exclamó fastidiado.

La rabia comenzó a recorrer mi torrente sanguíneo a una velocidad alarmante.

-¿Quién te crees para hablarme de esa manera? -Alcé mi mano dispuesta a abofetearlo por su atrevimiento, pero la detuvo en el aire con la suya-. Suéltame -ordené removiéndome como un animal rabioso-. Te he dicho que me sueltes.

En lugar de cumplir con mis demandas, deslizó una mano por mi cintura, atrayéndome más hacia él. Quedamos tan cerca que podía contar las pestañas que cubrían sus ojos, de haber querido hacerlo. Mi ritmo cardíaco aumentó junto con mis nervios. Quise decir algo, pero las palabras simplemente no salían.

Una sonrisa socarrona apareció en la boca del guardia. Se veía divertido.

-¿Te comieron la lengua los ratones, princesa? -susurró en mi oído, inclinándose para que lo escuchara claramente. Su aliento era realmente cálido.

La forma en que pronunciaba mi apodo me puso la piel de gallina. Jamás pensé que una simple palabra pudiera sonar tan sensual en sus labios.

-Parece que la tigresa no tiene tantas garras como creí -afirmó burlón.

-Suéltame o atente a las consecuencias -dije en el tono más amenazante que fui capaz de conjurar, aunque sonó más como una súplica-. Ahora mismo -repetí.

-De niña eras mucho más linda, cuando no tratabas de amenazarme -comentó, tomándome por sorpresa-. Aunque aún lo sigues siendo... pero creer que puedes darme órdenes solo te vuelve más tierna. -Su mirada bajó a mis labios y, por instinto, yo hice lo mismo con los suyos. ¿Qué estaría pasando por su mente?

-Ni pienses en... -La amenaza murió en mi boca cuando esta fue abordada por la de Alonzo, quien ahora me estaba besando como un desesperado.

Al principio no respondí, debido a lo sorprendida que estaba. Sin embargo, los labios de Alonzo se movían ávidos sobre los míos, instándome a responderle. Así lo hice: mis manos viajaron hasta su rostro para pegarlo más contra mí. Giré el cuello y, antes de darme cuenta, nuestras lenguas estaban librando una batalla por el control del beso. Sonreí en medio de él.

Nos separamos por falta de aire, y un hilillo de saliva quedó entre ambos, prueba de lo que acabábamos de hacer. Alonzo colocó uno de sus dedos debajo de mi barbilla, levantándola para que lo mirara directamente. Sus pupilas se habían oscurecido ligeramente y mis mejillas estaban ardiendo, probablemente rojísimas.

-¿Por qué me besaste? -cuestioné, apartando la mirada, sonrojada.

-Fue lo único que se me ocurrió para que dejaras de regañarme -respondió.

Seguramente la confusión estaba plasmada en mi rostro; enarqué una ceja en su dirección. De todas las explicaciones posibles, definitivamente esa no era la que esperaba. Desconcertada, lo tomé por la corbata, atrayéndolo a mi altura.

-Así que te has sentido con el derecho a besarme -expresé, pasando un dedo por su mejilla-. No vuelvas a hacerlo, a menos que quieras quedarte sin lengua -advertí, enrollando la corbata en mi mano. Alonzo asintió sonriendo.

-Como mandes, princesa -dijo con ese mismo tono coqueto.

¿Creía que era el único que podía jugar a este juego? Se equivocaba por completo. Sin pensarlo, posé mis labios sobre los suyos, devolviéndole el gesto. A diferencia de mí, Alonzo no dudó en responderme con ansias.

Nos besábamos con pasión y con un deseo que hasta ahora me era desconocido. Alonzo movía sus manos inseguras sobre mi cintura, levantando el vestido que llevaba, mientras yo desataba su corbata y tanteaba los músculos que se marcaban bajo la camisa blanca. Saboreé cada instante.

-Vamos a otro lugar, aquí alguien puede vernos -dijo separándose de mí. Asentí sin siquiera pensarlo. Me sujetó de la cintura, levantándome con una sola mano-. Tengo una llave de las habitaciones -informó, mostrándome la pieza.

-¿Cómo es que tienes algo así? -pregunté, trasladando los besos a su cuello.

Alonzo siempre ha sido guapo, así que seguramente ha venido antes con cientos de mujeres. Aquel pensamiento no me gustó para nada. El guardaespaldas volvió a besarme, anticipando la idea que cruzaba mi mente, y lo besé de vuelta.

Nos llevó hasta una zona VIP del club, donde se abría un pasillo lleno de habitaciones de hotel. Alonzo se detuvo en una y posó la llave sobre el escáner, mientras yo lo mordía suavemente en la oreja y tanteaba su brazo.

Una vez dentro, me lanzó sobre la cama, quedando encima de mí. Su mano fue debajo de mi vestido, tocando la orilla de mis bragas. Comencé a desabrocharle la camisa y la dejamos caer a un lado junto con el saco. El siguiente fue mi vestido, que cayó al piso, dejándome solo en bragas, pues esa noche no llevaba brasier.

-Definitivamente vas a acabar con mi cordura -dijo prendiendo uno de mis pezones, que ya no podían estar más duros-. ¿A quién pensabas recibir así? -preguntó, mordiéndolo suavemente. La acción me hizo arquear la espalda. Los besos anteriores ya me tenían lo suficientemente húmeda como para continuar.

-A nadie -respondí tomándolo del cabello-. Así que deja de molestar.

Esa noche, Alonzo Rinaldi estuvo dentro de mí y fue una experiencia gloriosa. Lo hicimos dos veces más, y cada una de ellas me hizo alcanzar las estrellas con el orgasmo liberador que provocó. Acabé rendida en la cama, con la mente completamente en blanco y el cuerpo adolorido, pero totalmente complacida.

Desperté porque alguien estaba tocando la puerta desesperadamente. Me levanté, enojada. Estaba completamente desnuda, así que tomé una de las batas que daba el hotel para cubrirme. Miré por el rabillo del ojo: no recordaba mucho de la noche anterior, y juro que sería la última vez que bebería tanto como para olvidar.

Dejé a mi acompañante en la cama; debía decirle que se fuera cuanto antes. Fui hacia la puerta, ajustando la cinta plateada de la bata. La cabeza me dolía.

-Espero que tengan una buena razón para despertarme, o estarán una semana en las cloacas -dije, levantando la vista. Mi boca se abrió de par en par-. ¿Papá?

El Boss ni siquiera esperó que yo le diera una respuesta, sino que entró de inmediato. Mi pulso se aceleró al ver que sacaba la Makarov de su pantalón y se dirigía directamente a la cama, donde estaba el hombre desconocido con quien me había acostado.

-¡Levántate ahora mismo, asqueroso traidor! -gritó, sonando furioso.

El ruido hizo que el tipo despertara. Sentí que la presión se me bajaba porque había tenido sexo con Alonzo Rinaldi, y este parecía igual de confundido que yo... al menos hasta que notó que le apuntaban con un arma. Terminó pálido.

Por Dios... De todos los hombres... ¿Por qué tenía que ser con él?

Ahora sí, papá iba a matarme y bailar sobre mis cenizas.

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