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La Receta De La Diosa

La Receta De La Diosa

Autor: : Dan Ruo Tu Mi
Género: Fantasía
Éramos Sofía y Elena, diosas entre los mortales, repostera y costurera, creadoras de maravillas. Por cinco años, entregamos nuestra esencia a los hermanos López, Carlos y Ricardo, construyendo su imperio restaurantero "ladrillo a ladrillo, postre a postre, diseño a diseño". Pero la noche previa a la inauguración de "El Olimpo", su proyecto cumbre, ellos lo revelaron: éramos solo "empleadas", herramientas desechables. "Nunca fueron más que eso", escupió Ricardo. La traición se grabó en mi pecho cuando Ricardo, con brutalidad, agredió a Elena. "Sofía...", susurró ella antes de desaparecer, "quiero quemarlos a todos". Su cuerpo mortal se disolvió en polvo de estrellas. La mataron. Ellos lo vieron y solo preguntaron: "¿Dónde están los diseños?". Ninguno mostró una pizca de preocupación. Mis ojos, ya no los de la humilde repostera, prometieron una venganza fría. No los perdonaría. Ahora, ¿cómo cobraría una diosa su dolor en el mundo mortal? ¿Y qué secretos guardaban los que la traicionaron? Decidí darles las "recetas", pero escondí la verdadera magia. Luego, hice lo impensable: regresé al Reino Celestial frente a sus ojos. Mi muerte mortal fue solo el principio de su tortura divina. El juego apenas comienza. ¿Están listos para probar el verdadero sabor de mi venganza?

Introducción

Éramos Sofía y Elena, diosas entre los mortales, repostera y costurera, creadoras de maravillas.

Por cinco años, entregamos nuestra esencia a los hermanos López, Carlos y Ricardo, construyendo su imperio restaurantero "ladrillo a ladrillo, postre a postre, diseño a diseño".

Pero la noche previa a la inauguración de "El Olimpo", su proyecto cumbre, ellos lo revelaron: éramos solo "empleadas", herramientas desechables.

"Nunca fueron más que eso", escupió Ricardo.

La traición se grabó en mi pecho cuando Ricardo, con brutalidad, agredió a Elena.

"Sofía...", susurró ella antes de desaparecer, "quiero quemarlos a todos".

Su cuerpo mortal se disolvió en polvo de estrellas.

La mataron.

Ellos lo vieron y solo preguntaron: "¿Dónde están los diseños?".

Ninguno mostró una pizca de preocupación.

Mis ojos, ya no los de la humilde repostera, prometieron una venganza fría.

No los perdonaría.

Ahora, ¿cómo cobraría una diosa su dolor en el mundo mortal?

¿Y qué secretos guardaban los que la traicionaron?

Decidí darles las "recetas", pero escondí la verdadera magia.

Luego, hice lo impensable: regresé al Reino Celestial frente a sus ojos.

Mi muerte mortal fue solo el principio de su tortura divina.

El juego apenas comienza. ¿Están listos para probar el verdadero sabor de mi venganza?

Capítulo 1

Soy Sofía.

En el Reino Celestial, me conocen como la Diosa de la Creación Culinaria. Mi mejor amiga, Elena, es la Diosa del Diseño Creativo.

Vinimos al mundo mortal no por castigo, ni por una misión divina, sino por aburrimiento y curiosidad, una especie de prueba autoimpuesta para entender las emociones de los mortales que tanto nos fascinaban desde arriba.

Para hacerlo, ocultamos nuestra verdadera identidad y nos hicimos pasar por simples trabajadoras. Yo, una humilde repostera con algunas recetas familiares, y Elena, una costurera con talento para el dibujo.

Fue en ese estado de vulnerabilidad autoimpuesta que conocimos a los hermanos López.

Carlos y Ricardo.

Eran ambiciosos, dueños de una pequeña cadena de restaurantes que soñaba con la grandeza. Nos enamoramos de su empuje, de su pasión. O lo que creímos que era pasión.

Decidimos ayudarlos.

"Sofía, tus postres son increíbles, ¿por qué no los compartes con nosotros?", me dijo Carlos una noche, con sus ojos llenos de una intensidad que me hizo temblar.

"Elena, tus diseños podrían revolucionar la imagen de nuestros locales, hacerlos únicos", le susurró Ricardo a mi amiga, mientras ella le mostraba un boceto en una servilleta.

Y así lo hicimos.

Por cinco largos años, entregamos nuestra esencia. Yo no solo les di mis "recetas secretas", sino que usé mi poder divino para bendecir sus cocinas, para que cada platillo que saliera de ellas tuviera un toque de perfección inalcanzable para otros.

Elena no solo les dio sus "diseños exclusivos", sino que tejió con su energía creativa la atmósfera de cada restaurante, cada uniforme, cada detalle que los hizo destacar.

Los ayudamos a crecer, a expandirse, a ganar un reconocimiento que nunca hubieran soñado. Construimos su imperio ladrillo a ladrillo, postre a postre, diseño a diseño.

Y nosotras, las diosas, nos contentamos con ser las novias humildes, las trabajadoras anónimas que vivían a su sombra, felices de verlos triunfar.

Hasta esta noche.

La noche antes del lanzamiento de su proyecto más ambicioso: "El Olimpo", un restaurante-boutique de ultra lujo que finalmente los colocaría en la cima del mundo. Un proyecto que, irónicamente, nosotras habíamos concebido y ejecutado en su totalidad.

Estábamos en el local, dando los últimos toques. El aire olía a vainilla y a tela nueva, una mezcla de nuestros talentos.

Entonces, ellos entraron.

Pero no venían solos.

Carlos del brazo de una mujer despampanante, una influencer de redes sociales conocida como "La Divina". Ricardo, a su vez, escoltaba a otra mujer idéntica, su gemela, igualmente famosa.

Nos miraron con una frialdad que nunca antes habíamos visto.

"Sofía, Elena", dijo Carlos, su voz despojada de toda calidez. "Necesitamos que nos entreguen todas sus recetas y diseños originales. Las versiones finales".

Elena y yo nos miramos, confundidas.

"Pero... ya las tienen", dijo Elena. "Están en las cocinas, en los talleres...".

Ricardo soltó una risa seca y cruel.

"No, no. Queremos los originales. Los manuscritos, los bocetos. Todo. Para que no haya copias".

La Divina sonrió, una sonrisa plástica y vacía.

"Ustedes no tienen ambición, nunca han sabido innovar, ¿para qué quieren esas recetas y diseños?".

Su gemela añadió, con el mismo tono condescendiente.

"Con sus creaciones, 'La Divina' podrá asegurar su lugar en la élite y cuidar de nosotros en el futuro. Es un movimiento de negocios, entiéndanlo".

El shock nos dejó sin palabras. El dolor era una presión física en el pecho.

Carlos dio un paso al frente.

"¡No se hagan las difíciles, o las obligaremos a entregar todo!".

Sus palabras, su amenaza, rompieron el hechizo. La incredulidad se transformó en una furia helada.

Elena, siempre la más impulsiva, la más pasional, apretó los puños. Sus nudillos se pusieron blancos.

"¿Obligarnos?", siseó Elena, sus ojos brillando con una luz peligrosa.

Ricardo, en un acto de estupidez monumental, se acercó a ella y la agarró bruscamente del brazo.

"Sí, obligarlas. No eres nadie sin mí, ¿entiendes?".

En ese instante, algo se rompió. El "fuego creativo" de Elena, su esencia divina, estalló. No con llamas visibles, sino con una onda de energía pura que lanzó a Ricardo hacia atrás.

Pero el cuerpo mortal de Elena no estaba diseñado para contener tal poder en un arrebato de ira.

Se tambaleó, sus ojos se abrieron con sorpresa y dolor. Se llevó una mano al pecho, su rostro palideció.

"Sofía...", susurró, antes de desplomarse en el suelo.

Corrí hacia ella, mi corazón martilleando contra mis costillas. Carlos y Ricardo solo miraron, con una mezcla de sorpresa y fastidio. No había ni una pizca de preocupación en sus rostros.

Elena me miró, sus ojos ya perdiendo el brillo de la vida mortal.

"Sofía, quiero quemarlos a todos con mi 'fuego creativo'. Quiero reducirlos a cenizas".

Su voz era un susurro débil, pero cargado de un odio milenario.

Negué con la cabeza, las lágrimas corriendo por mis mejillas. Acaricié su rostro.

"No, Elena. No así. La violencia directa y sin propósito es un desperdicio de energía".

La miré a los ojos, transmitiéndole mi decisión.

"Yo soy la presidenta de la Asociación de Chefs y Diseñadores de México. Un título mortal, sí, pero con poder. Los López están bajo mi jurisdicción. No los quemaré. Los esperaré en la cima... para derribarlos con mis propias manos".

Una débil sonrisa se dibujó en los labios de Elena. Entendió.

Para regresar al Reino Celestial, para liberarse de este cuerpo mortal herido, tenía que completar el ciclo. Tenía que "morir".

"Te veré del otro lado, hermana", susurró.

Y entonces, una suave luz dorada comenzó a emanar de ella. Su cuerpo se volvió translúcido, convirtiéndose en polvo de estrellas que se arremolinaba y se desvanecía en el aire.

Se había ido. Había regresado.

Y yo me quedé allí, arrodillada en el suelo donde mi mejor amiga acababa de morir, con el corazón roto y una promesa de venganza fría como el hielo.

Los hermanos López y sus divas plásticas me miraban, sin comprender lo que acababan de presenciar.

Y yo los miré a ellos, mis ojos ya no eran los de la humilde repostera.

Eran los ojos de una diosa a la que le habían declarado la guerra.

Capítulo 2

Ricardo fue el primero en romper el silencio. Se sacudió el polvo de su traje caro, como si el haber sido arrojado por una fuerza divina fuera una simple molestia.

"¿Qué fue todo ese teatro de luces? ¿Un truco de magia para escapar?".

Se acercó a La Divina y le pasó un brazo por la cintura, posesivo y arrogante.

Ella lo miró con una mueca de asco, no por él, sino por el lugar donde Elena se había desvanecido.

"Qué desastre. Espero que no haya manchado el piso de mármol italiano. Ricardo, cariño, esta gente de clase baja siempre hace escenas tan dramáticas. No tienen elegancia ni para desaparecer".

Sentí una oleada de rabia tan pura y caliente que por un momento temí perder el control como Elena.

Me levanté lentamente, mis músculos temblando.

"Ella está muerta", dije, mi voz sonando extraña, hueca. "La mataste".

Ricardo soltó una carcajada.

"¿Muerta? Por favor. Se desmayó y se escapó. O lo que sea que haya sido eso. Mejor así, una menos de la que preocuparse".

Esa fue la gota que derramó el vaso.

Me lancé hacia él. No pensé. Solo actué. Mi puño, el de una simple mortal, se estrelló contra su mandíbula.

Hubo un crujido satisfactorio, y Ricardo trastabilló hacia atrás, sorprendido más que herido.

"¡Estás loca!", gritó, llevándose una mano a la cara.

La Divina chilló como un animalito asustado.

"¡Me va a golpear! ¡Ricardo, haz algo!".

Antes de que pudiera volver a atacar, sentí cómo mi energía se agotaba. Las reglas del plano mortal pesaban sobre mí. Un arrebato de ira como ese, sin canalizar mi verdadera naturaleza, solo me dejaba débil y vulnerable.

Me detuve, jadeando, la adrenalina abandonando mi cuerpo y dejando un vacío helado.

"Cinco años, Ricardo", le dije, mi voz temblando de dolor y furia. "Cinco años en los que mis postres pagaron tus deudas. Cinco años en los que los diseños de Elena construyeron tu nombre. Te dimos todo. ¿Y así nos pagas?".

Ricardo se enderezó, su rostro contorsionado por la ira y el desprecio.

"¿Darnos todo? Nos dieron lo que les pedimos. Eran nuestras empleadas. Y bastante bien les pagamos con nuestro tiempo y nuestra... atención".

Escupió la última palabra como si fuera un insulto.

"Nunca fueron más que eso. Dos trabajadoras con un poco de talento, nada más. Creer que podían estar a nuestro nivel fue su error, no el nuestro".

Cada palabra era un golpe. Un golpe que no podía devolver.

Miré el lugar vacío donde Elena había estado.

"Ella se ha ido. Para siempre. Y a ti no te importa".

Ricardo se encogió de hombros, una crueldad indiferente en sus ojos.

"La gente va y viene. Lo que importa son los negocios. Ahora, ¿dónde están los malditos diseños? Si ella se fue, debió dejarlos en alguna parte".

Se agachó, como un buitre, y comenzó a palpar el suelo donde Elena se había desvanecido, buscando un rollo de papeles, un cuaderno, cualquier cosa.

La Divina y su gemela observaban con ávido interés, como si esperaran encontrar un tesoro.

En ese preciso momento, la puerta se abrió de nuevo.

Era Carlos.

Vio la escena: yo de pie, temblando de rabia; Ricardo en el suelo, buscando entre la nada; las dos influencers observando expectantes.

Su rostro mostró una fracción de segundo de confusión, quizás incluso de alarma.

"¿Qué está pasando aquí? ¿Dónde está Elena?".

Antes de que yo pudiera responder, La Divina corrió hacia él y se echó en sus brazos, comenzando a sollozar de manera teatral.

"¡Carlos, mi amor! ¡Fue horrible! ¡Esa mujer, Elena, se volvió loca! ¡Y luego Sofía, ella... ella golpeó a Ricardo!".

Señaló mi mano, luego el rostro de Ricardo, pintando una escena de violencia en la que yo era la única agresora.

"Solo queríamos pedirles amablemente las recetas, para el gran lanzamiento, y se pusieron como fieras. ¡Tienen envidia de nuestro éxito, de nuestro amor!".

Carlos me miró. Por un instante, vi una chispa de la persona que creí conocer. Una duda.

Pero luego miró a La Divina, acurrucada en su pecho, llorando falsas lágrimas sobre su camisa de seda.

Su expresión se endureció. Cualquier rastro de culpa o duda se desvaneció, reemplazado por una fría determinación.

Miró a su hermano, que seguía en el suelo.

"¿No encontraste nada?", le preguntó.

Ricardo negó con la cabeza.

"Nada. La perra debe habérselo llevado".

Carlos asintió, su decisión tomada. Su mirada se posó de nuevo en mí, y esta vez, estaba vacía de cualquier emoción que no fuera un cálculo frío y despiadado.

"Entonces tendremos que sacártelo a ti, Sofía".

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