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La Reina Vampiro & El Rey Alfa

La Reina Vampiro & El Rey Alfa

Autor: : Maferuribe
Género: Fantasía
Helen es una reina vampiro, Aren es el rey alfa de su manada, ambos han sido enemigos desde que tienen memoria, sin embargo, en una noche, la pasión les envuelve en un episodio romántico de sus vidas en el que el amor prohibido es su principal enemigo.

Capítulo 1 1

Era una noche fría de invierno, y allí estaba yo, sentada en mi trono, disfrutando de una velada única e inigualable. Aquella era una velada que era especial para mí, puesto que la bruja de mi reino, que era mi mejor amiga, Sanie, ella había conjurado un precioso hechizo en el que, al menos unas 30 personas, estaban dispuestas a hacer todo lo que yo quisiera que les ordenará hacer.

En ese momento, nos encontrábamos celebrando una fiesta de origen carnal, una fiesta en que la que mis súbditos humanos se tocaban entre ellos para darse mucho placer. Eran hombres y mujeres, especialmente, de piel blanca, todos con estatus social alto, a pesar de que eran humanos. Todos ellos vivían como reyes, por qué aunque yo era la reina vampiro, y ellos unos simples inmortales, ellos sabían que debían de llevar bien la fiesta para ser acreditores de todos sus beneficios, ese privilegio incluía el hecho de ser malditos por una bruja y ser obligados a hacer todo aquello que yo quisiera que hicieran dentro de mi castillo.

Mi sirvienta, Hanna, servía incontables copas de vino cada tiempo que pasaba, y me las entregaba a mí, por suerte, al ser un vampiro, mi sangre era irresistible al alcohol de estos licores y ninguno podía ser capaz de emborracharme como lo haría un humano así tan fácilmente con tan solo beber tres copas seguidas. A mi lado, estaba mi mejor amigo, Edward, mi cómplice de todas mis aventuras como vampira, y como reina. Así como yo, él disfrutaba de toda esta velada.

- Mi reina, siempre he sido un fiel admirador de cómo eres capaz de divertirte con quien quieras hacerlo. Sin recibir quejas ni reproches. Eres una vampira admirable. Me siento orgulloso de ti. ¿Lo sabes, verdad? - susurró Edward a mi oído sin quitar la mirada de lo que pasaba frente a nuestros ojos.

Sonreí con satisfacción al escucharlo.

- Mi querido, Edward. Gracias por tu comentario, es muy halagador, pero ¿No prefieres que hagamos otra cosa? No lo sé, tal vez podamos irnos a un lugar más privado... - ofrecí con una mirada perversa, la verdad era que yo ya estaba sintiéndome demasiado excitada como para no poder controlarlo. Si no lo hacía, las cosas iban a ponerse muy feas en el momento.

Gracias a que yo era vampiro, no solamente era capaz de leer la mente de los humanos, saber cuáles eran sus mayores deseos, y placeres en la vida, sino que también, era muy capaz de leer la mente de los vampiros más débiles, y parece que mi mejor amigo, era uno de aquellos vampiros débiles porque yo estaba leyendo lo que estaba él pensando en ese momento acerca de mi propuesta.

"Sí, mi reina. Iré con usted a donde se le plazca llevarme. Hágame lo que quiera hacerme, hágame el amor como si fuera una fiera, que aquí estoy para complacerla en todo"

Aquello era todo lo que yo necesitaba para saber que la fiesta de esta noche iba a ser más que espléndida. Entonces, como Sanie estaba sentada a mi lado, decidí acercarme a ella, y le hablé al oído para pedirle un favor; le pedí a Sanie que ella hipnotizara a todos los súbditos asistentes a la fiesta, y que con esa hipnosis, ella les pidiera a ellos que se mantuvieran firmes, quietos y atentos a todo lo que se encuentran haciendo en ese momento.

Sanie solo tuvo que pronunciar una palabra de nuestra lengua antigua para que mis súbditos obedecieran a mis órdenes. Esa palabra fue Nahum que en nuestro idioma significa permanencia a querer seguir haciendo lo que estás haciendo sin resistencia hasta que el brujo que te ha hechizado te permita ser libre de todo mal sin sufrir consecuencias.

Me retiré de la fiesta con Edward siguiendo con obediencia cada uno de mis pasos. Se sentía tan maravillosamente estupendo la idea de tener súbditos y vampiros rendidos ante mis pies que yo ya estaba sintiéndome mucho más poderosa de lo que ya era hasta incluso antes de que me apoderara de mi trono.

Edward y yo nos metimos dentro de una puerta que se refugia en medio de las paredes grises oscuras del castillo porque esta era negra. El pasillo era iluminado por antorchas que tenían fuego encendido a su más alto furor. El calor estaba siendo potente en ese sitio del castillo, pero yo lo soportaba porque mi piel se adecuaba muy bien a este tipo de clima, yo nunca sentía si había calor o frío, mi piel se mantiene a temperatura ambiente. Aunque los humanos que me tocaban la mano para saludarme siempre me decían que yo tenía la piel muy helada como si la hubiera metido dentro de un congelador y la hubiera dejado allí por horas sin sentir nada hasta que esta estuviera a punto de congelarse, lo cierto era que yo siempre me mantenía a temperatura ambiente.

Caminamos por el pasillo hasta que mi cuerpo me llevó instintivamente hasta una puerta, está a diferencia de las demás, era una puerta roja que se destacaba de todo lo oscuro que hay a su alrededor. Sin decir nada, Edward supo qué hacer; él sacó un juego de llaves que conservaba guardadas en un aro de metal, eran varias, porque cada una de ellas cumplía una función principal en el interior del castillo, aquellas funciones nada más las conocíamos era Edward, Sanie, las llaves y yo.

Edward escogió la llave correcta, la introdujo en la perilla y la puerta rápidamente respondió. Abriéndose de par en par, la puerta nos cedió el paso a Edward y a mí, entramos a la habitación, y una vez allí dentro, Edward cerró la puerta mientras le ponía seguro para querer asegurarse de que nadie fuera a ser capaz de querer abrir la puerta solo por pura curiosidad.

La habitación a la que hemos entrado se conocía como La habitación roja. Y para Edward y para mí, era nuestra habitación favorita del castillo, porque en ella, solíamos divertirnos mucho cuando queríamos privacidad.

- ¿Estás lista para el final perfecto de esta velada, mi reina?

Rodeo la habitación, hasta que finalmente llegó a acomodarme encima de la cama. Me acuesto encima de ella con sensualidad, provocando que la falda de terciopelo roja de mi vestido se alce un poco más de encima de mis rodillas, a punto de irse encima a mis caderas.

Dejo mis piernas descubiertas, y puedo ser una fiel testigo de cómo Edward se relamió los labios y no le quitó la mirada de encima a mis piernas mientras que las miraba con deseo insaciable.

- Ven aquí, mi querido, Edward. Esta será una de las mejores noches sexuales que hemos podido vivir nunca.

Edward sonrió con deseo, y se acercó hasta donde yo estaba, con lentitud y delicadeza se posó encima de mí, y sus labios inmediatamente se dedicaron a saborear los míos con mucha pasión, así como si pretendería querer comerlos de un dolo bocado, pero queriendo guardar un poco solo para el postre.

Entre jadeos y gemidos, Edward y yo estuvimos a nada de terminar rompiendo la cama de la fuerza bruta que usamos mientras que tuvimos sexo. Parecíamos un par de conejos que no se calmaban con el más mínimo roce. Todo se sentía como si ambos hubiésemos dejado de sentir tanto placer por mucho tiempo y ahora nuestro cuerpo pedía a gritos que lo hiciéramos sin parar hasta que no pudiéramos aguantar más.

- Edward, mi querido, Edward. Siempre lo diré; eres el mejor amante que cualquier mujer pueda desear meter a su cama. Haces el amor como si fueras un Dios griego caído de su templo - confesé mientras que intentaba calmar un poco mi agotada respiración.

Edward no respondió ante mi comentario, sin más, él se acercó a mis labios, y los besó.

Capítulo 2 2

Entonces, los susurros de la noche comenzaron a hacerse presentes en el interior de la habitación roja, mientras que Edward y yo nos sumíamos en una responsabilidad de un éxtasis compartido. La pasión entre nosotros era muy intensa que casi podía compararse con una de las antorchas que iluminaban el interior de esta. Su llama se intensificaba a medida que nuestros cuerpos se unían en una oleada de calor impresionante y difícil de apagar.

La cama, era a la única testigo de todas nuestras hazañas en aquel lugar del castillo. Por suerte, yo había escogido el lugar perfecto donde se refugiarían mis historias placenteras, con cada uno de mis amantes. Puesto que Edward, no era el único que se daba el placer de llegar al éxtasis con mi cuerpo y con mi sed de sexo. No, había más hombres, yo era una mujer sin compromiso que no buscaba el amor, ni tampoco buscaba casarme.

Yo era una reina que nada más vivía para la ambición y para mi reino. Ese había sido mi juramento para el día de mi coronación. Y hasta ahora, lo he cumplido al pie de la palabra. La lujuria se desataba en la habitación. Con cada toque que yo le daba al cuerpo de Edward podía sentir como mi cuerpo se estremecía por completo.

Entre besos y caricias, terminamos con nuestros cuerpos danzando al compás de una melodía que no tenía música, pero que el momento era tan especial que no había necesidad de tener la música para disfrutarlo como si hubiera una. La única música que nos acompañaba en ese momento era nada más que nuestros gemidos, que se escapaban de nuestros labios con cada sentir del placer que nuestras manos, o lo demás, pudiera causar entre nosotros.

El tiempo parecía hacerse nuestro más grande aliado porque para nosotros, este no existía. El tiempo se había congelado, no sabíamos qué hora era, ni cuánto tiempo había pasado desde que llegamos al lugar, simplemente, mi amante y yo nos habíamos dejado llevar por la pasión desenfrenada del momento.

Edward tenía manos delicadas, pero también eran muy fuertes. Siempre se lo había recalcado, y él respondía sentirse orgulloso de ese don vampírico. Sus manos jugaban con cada curva de mi cuerpo. Mi cuerpo reaccionaba a como era de esperarse, siempre fascinada por ese instante de placer.

Nuestros cuerpos se fusionaban en un vaivén de pasión desenfrenada que parecía que no quería llegar a un final. Nos sentíamos como si bien fuéramos un par de almas gemelas que se buscaban y se encontraban el uno con el otro en un abrazo de inmensa lujuria.

Los suspiros se entrelazaban como murmullos de la noche, creando una sinfonía que solamente nosotros éramos capaces de escuchar. En medio de aquel torbellino de placeres, mis sentidos vampíricos se agudizaron para permitirme escuchar la aceleración de los fuertes latidos del corazón de Edward. El aroma embriagador de su piel me tenía hipnotizada, tanto así que si él no hubiera sido un vampiro como yo, posiblemente, muy posiblemente, si hubiera sido él un humano, yo ya hubiera mordido su cuello y hubiera succionado de él cada gota de su sangre hasta dejarlo caer al suelo como una piedra.

Pronto se acercó el momento del éxtasis, las embestidas de Edward eran demasiado fuertes, muy potentes, no sé si fueron así por su increíble fuerza de vampiro, o sí, fueron así por su ansiedad de placer. Edward dejó escapar un susurro desde sus labios, mientras que sus ojos se mantienen cerrados debido a que sus embestidas todavía continuaban pronunciándose en mi interior.

- Eres mi reina, siempre será mi amante eterna - dijo él, sus palabras sonaban como si estuvieran impregnadas de devoción y deseo.

Yo no lo he mirado a los ojos porque estaba sumergida y concentrada en la satisfacción del momento, pero al haberlo escuchado, fue como música para mis oídos, todo porque Edward sabía que me encantaba que me dijeran este tipo de cosas cuando estábamos en la cama.

Y así, terminamos en un clímax que nos envolvió con su todo su poder. Los susurros se convirtieron en gemidos liberadores, y nuestros cuerpos parecen haber descansado profundamente luego de este éxtasis. La noche fría se fundía con el calor de nuestro encuentro sexual, y Edward terminó por acostarse a mi lado, rendido porque su cuerpo no daba para más acción.

Aunque nuestra naturaleza vampírica nos permitía a ambos descansar tan solamente un par de minutos hasta antes de querer continuar teniendo sexo como conejos por el resto de la noche si así lo queríamos. Debo de confesar que esta era una de las cosas que más me fascinaban de ser un vampiro.

Había un brillo resplandeciente que dominaba nuestros ojos vampíricos, nuestra respiración se escucha agitada, y así como yo lo estoy haciendo en este instante, sé que Edward también está escuchando los latidos de mi corazón pronunciarse fuertemente.

- Mi reina, mi querida, Helen. Tengo que confesarte que eres y siempre serás la dueña de mi existencia - susurró Edward a mi oído con tal determinación que casi pude pensar iba a ser una confesión.

Después de aquellas palabras, Edward permaneció acostado a mi lado, ambos estábamos en posición de boca arriba, sus ojos que eran dorados, reflejaban una mezcla de satisfacción pura, demostrándome con ello que él había disfrutado cada momento nuestro en la cama. Luego, me miró con intensidad, girando su cuerpo para quedar acostado boca abajo, y con una de sus manos, él comienza a acariciar mi brazo más cercano desde su posición.

- Siempre seré tuyo, mi reina - reiteró él, hablando con voz grave y profunda, como si le costara pronunciar una sola palabra de ellas, y sus ojos no dejaban de mirarme a los míos fijamente.

Sonreí con picardía, pero no con amor, y peor aún, no con admiración, porque yo sabía que él sí estaba enamorado de mí, que él por mi amor y mi cuerpo iba a ser capaz de hacer hasta lo que fuera por complacerme. Yo estaba segura de que él conocía esos pensamientos que yo tenía acerca del romance, sin embargo, que no quería hacer ni decir ni mucho menos quejarse, por esto era una cosa completamente diferente.

Él, para mí, no era nada más que un simple sumiso del que yo quería seguir usando como títere por toda la eternidad, claro, si me era posible. Sin embargo, gracias a que él supo satisfacerme en la cama esta noche, él se ha ganado un regalo de mi parte, entonces, acaricié su rostro con suavidad, sintiendo la frescura y frialdad de su piel.

- Edward, cariño. Siempre serás mi fiel amante, cada encuentro sexual que tenemos juntos, es único e importante para mí. Gracias por saber cómo complacerme - respondí, dejando que en mi voz se escuchaba un leve toque de misterio como siempre me gustaba hacer, sin importar cuál fuera la situación vivida para hacerlo.

De repente, las llamas de fuego de las antorchas se han apagado, una a una, a causa de una fuerte ventisca que se apareció de la nada, como si hubiera sido por arte de magia, porque dentro de la habitación roja, no existía ningún tipo de ventana que pudiera dar acceso a entrada de aire desde el exterior.

Me incorporé rápidamente en la cama, estaba alerta ante cualquier tipo de señal que pudiera estar perturbando la serenidad de nuestro refugio de pasión. Edward me ha imitado también, mirándome mientras que él espera a que yo diga algo sobre la situación.

- ¿Escuchaste esto? - pregunté, mientras que mis oídos vampíricos se agudizaban para captar cada sonido que estuviera tanto por dentro como por fuera de mi castillo. Ahora, he sentido como si la noche hubiera cambiado tan repentinamente, el ambiente se ha tensionado, y una sensación de peligro nos abrazaba en ese momento.

- Algo está ocurriendo en el castillo, mi reina. Debemos salir de aquí a averiguar de qué se trata - dijo Edward con determinación, su mirada y sus sentidos también están alertas a lo que ocurría.

Entonces, nos hemos levantado de la cama, dispuestos a enfrentar cualquier desafío de la noche, a enfrentar cualquier peligro que estuviera apoderándose de la tranquilidad y de la armonía que llevaba nuestra celebración de la noche.

Capítulo 3 3

Edward y yo hemos salido de la habitación roja, escuchando con mucha más claridad a través de nuestros oídos todo lo que estaba sucediendo en el castillo. Yo estaba segura de que aquello que escuchaba mi oído era nada más que los sonidos de una fuerte batalla proveniente desde la sala común del castillo, justo el lugar donde mi fiesta sexual estaba siendo celebrada.

Me preocupé mucho, claramente, no ha sido porque los invitados puede que estuvieran sufriendo en este momento, más bien, me he preocupado, era por qué me urgía con inmensas ganas querer saber quién se había tomado el atrevimiento de querer irrumpir dentro de mi hogar a hacer todo este alboroto cuando la fiesta se estaba llevando en paz.

Pero por el olor que mi nariz vampírica estaba percibiendo a medida que Edward y yo avanzamos el recorrido desde el pasillo de la habitación oscura hasta llegar a la sala común, este estaba siendo un fiel testigo de todo lo que sucedía en el lugar; escuchaba gritos de terror, llanto, súplicas y hasta maldiciones. Todo en la sala común del castillo parece haberse convertido en un gran caos difícil de manejar. Aunque para mí, no hay tarea que no sea difícil de realizar.

Edward y yo llegamos a la sala común del castillo, efectivamente, todo estaba vuelto un completo caos. Los gritos de terror que mi oído escuchó fueron ciertos, había sangre derramada por todas partes, así como también había quienes estaban tratando de escapar, otros estaban atados con una soga en grupos mientras se mantenían sentados en el suelo, llorando a mares, suplicando para que se les permitiera salir de allí con vida y salud. Otros, simplemente, habían sido asesinados a sangre fría. Había órganos humanos esparcidos tanto en el suelo como en las paredes de la sala común.

El olor de la sangre inundaba cada parte de mi nariz, una sensación de ansiedad y descontrol dominaba todo mi cuerpo, a pesar de que yo ya sabía cómo controlar mi hambre por la necesidad de la sangre humana. Yo ya no bebía sangre humana por diversión y descontrol, la bebía solamente para comer, y no lo hacía de la manera tan brutal como suelen los humanos pensar que los vampiros nos alimentamos de ellos; en mi caso, yo tenía personal encargado en el castillo de cazar humanos para extraer de sus cuerpos, una mínima cantidad de sangre era guardada en frascos que se mantenían refrigerados y conservados en un banco de sangre dentro de mi castillo.

Aquella era mi alimentación diaria, servida al desayuno, al almuerzo y a la cena como si nada yo llevara una dieta líquida para mantenerme joven y bella como siempre sin importar mi edad, es por esta razón que yo me sentía ansiosa en este momento por haber visto aquella escena de película de terror infiltrada en mi castillo.

Edward me miró con preocupación, él sabía que yo estaba tratando de resistirme lo mejor que podía ante mi sed de sangre humana. Mis colmillos no habían tardado en aparecer. Y en mis ojos, yo sabía que unas grietas negras se habían aparecido en la parte de mis hoyuelos, justo debajo de mis ojos. Cuando sintieron mi presencia, la batalla que apenas ha iniciado se detuvo por un momento para que todos los que estaban allí presentes se voltearan a mirarme fijamente y con atención.

Fue en ese entonces cuando descubrí quién era el que estaba detrás de todo esto. Era Aren y su manada de hombres lobo los atacantes e interceptores de mi palacio. El lobo alfa se erguía con majestuosidad, su mirada se dirigió hacia mí, estaba lleno de ira y de sed, de venganza en contra mía, como era de esperarse, porque él y yo siempre habíamos sido enemigos desde hace más de una década.

Los ojos de Aren me miraron con salvajismo, su pelaje grisáceo brillaba bajo la luz de los candelabros de la sala común que se mantenían luminosas gracias a la magia de Sanie. Mis ojos se han quedado mirando fijamente a la bestia que tengo enfrente de mí, con una mirada amenazante, puesto que desde hace mucho tiempo, tenía mis propias razones para querer acabar con él de una buena vez. Y parece que finalmente ha llegado el día en que sucedería.

- Helen, reina de los vampiros, he sido avisado de que has infringido las leyes que nosotros mismos nos encargamos de interponernos para llevar la fiesta en paz - gruñó Aren con una voz que resonó en todo alrededor de la sala común; la tensión nos acompañaba en este momento.

Me mantuve serena, consciente de la gravedad de la situación aunque yo sabía muy bien de qué estaba hablando él, sin embargo, mi orgullo solamente me permitía reaccionar de la manera más conveniente para mí, antes de que la situación se saliera de mis manos. Pues, yo no podía darme el lujo de permitir que una disputa entre especies desencadenara una guerra en mi reino. Respiré profundamente, intentando mantener la calma en mi cuerpo, y recuperando la estabilidad de mi estado vampírico escondida en mi interior.

- Aren, no entiendo a qué has venido hasta acá para reclamarme y querer desquitarte con mis súbditos cuando yo no te he dado el permiso para hacerlo. Yo no sé de qué me estás hablando. ¿Quieres explicarme?

Aren parece haber perdido la paciencia con mi pregunta, pero se mantenía firme ante su posición.

- Tu bien sabes de qué es lo que yo estoy hablando - él refunfuñó.

Edward permanece a mi lado, fiel como siempre lo era, él estaba alerta ante cualquier movimiento que pudiera ocurrir. Opté por hablar con un enfoque diplomático y decisivo, estoy segura de que la confrontación, hablarnos a gritos, llevarnos al borde de la pelea no iba a ser nada bueno para ninguno de los presentes. Sobre todo, para Aren y para mí.

- Te aseguro de que yo no sé nada de lo que hablas. Pero de lo que estoy segura es de que no me gusta que se metan a mi castillo a ocasionar el caos sin razón alguna. Si me lo permites Aren, investigaré qué fue lo que sucedió, y siendo así, encontraré al responsable de lo cometido. Pero ahora, márchense de mi castillo, no los quiero volver a ver aquí nunca más - ordené a Aren y su manada.

Aren se mantenía mirándome fijamente, con mucho enojo, como si quisiera de la nada, abalanzarse hacia mí, y luego, querer comerme la cara de un solo mordisco. Sus compañeros de manada permanecen quietos, también alertas ante cualquier cosa que yo pudiera hacer o mandar a hacer a los demás. Edward no les quitó la mirada de encima ni un solo segundo porqué él sabía que esos hombres lobos eran imposibles de controlar. Ni siquiera el propio Aren podía controlarlos a veces, siendo él su rey alfa.

- Bien. Te daré un día a partir de la media noche de hoy para que puedas esclarecer esto. De lo contrario, si no demuestras tu inocencia, te aseguro que las cosas para ti se pondrán más feas de lo que puedes imaginar, que serán - dijo Aren con determinación.

Aren se dio la vuelta, y se marchó con su manada. No sin antes haberse asegurado de que con su mirada lograría intimidarme, pero se fue de inmediato cuando supo que no lo había conseguido.

- ¿Reina Helen? ¿Está bien? ¿De qué mierda estaba hablando él? - preguntó Edward, volviendo a mantener su compostura tranquila porque la tensión ya se había alejado de nosotros al momento de haber visto que Aren y su manada se fueron de mi castillo.

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