Mi mejor amiga Sofía, su voz temblaba de ansiedad mientras me preguntaba si la Abuela Romero la escogería para la Fiesta de la Vendimia.
Pero para mí, el dulzón aroma a uvas maduras de la víspera de la cosecha olía a muerte, a un recuerdo brutal que aún me sofocaba.
Acababa de renacer, y la imagen del agua helada llenando mis pulmones en la cuba de fermentación seguía persiguiéndome.
En mi vida pasada, le conté a Sofía el secreto más oscuro de nuestro pueblo, una leyenda ancestral que solo mi familia conocía.
Y ella, mi "mejor amiga", junto a Ricardo, el hombre con el que me casé, me utilizaron, traicionaron y ahogaron en el mosto.
No podía entender cómo mis seres más queridos me hicieron esto, abandonándome sin piedad a una muerte horrible y dolorosa.
Pero esta vez, la historia sería diferente con mi regreso: el secreto era mi única arma, y la venganza, mi dulce elixir.
«Elena, ¿de verdad crees que la abuela Romero me elegirá?»
La voz de Sofía, mi mejor amiga, temblaba junto a mi oído, llena de una ansiedad que yo conocía demasiado bien.
Estábamos en la víspera de la Fiesta de la Vendimia, el aire olía a uvas maduras y a tierra húmeda.
Pero para mí, olía a muerte.
Acababa de renacer, y el recuerdo del agua helada llenando mis pulmones en la cuba de fermentación todavía me ahogaba.
Sofía seguía lamentándose.
«Estoy prometida a Mateo, el bastardo. Mi vida está acabada. Si tan solo pudiera casarme con Ricardo...»
La miré, su rostro lleno de una falsa inocencia.
En mi vida pasada, sentí lástima por ella. Le conté el secreto más oscuro de nuestro pueblo, una leyenda que solo mi familia conocía.
Quien matara a la "Reina de la Vendimia" y se casara con el heredero de los Romero, recibiría una bendición divina para sus viñedos.
Yo fui la Reina de la Vendimia. Y ella me mató.
Ella y Ricardo, el hombre con el que me casé, me ahogaron juntos.
Esta vez, la historia sería diferente.
El recuerdo era claro y brutal.
La ceremonia de la boda, las sonrisas falsas, el vino tinto derramado como sangre.
Ricardo me llevó a la bodega, con la excusa de una celebración privada.
Sofía estaba allí, esperándonos.
«Lo siento, Elena», dijo, pero sus ojos brillaban de triunfo.
Me empujaron a la enorme cuba de fermentación. El mosto frío me cubrió, pesado y espeso.
Luché, arañé los lados de madera, pero sus rostros me miraban desde arriba, impasibles.
El dolor, la traición, el aire escapándose de mis pulmones.
Ese recuerdo era el motor que me impulsaba ahora.
No quería solo justicia. Quería que sintieran la misma desesperación que yo sentí.
Quería que perdieran todo lo que tanto deseaban, justo cuando creyeran tenerlo en sus manos.