Chapter 1
Es extraño que yo acabe escribiendo un libro, y precisamente ahora que ya no creo en ellos. De joven me encantaban: los fajos de papel en cajas de cobre, los pergaminos empastados en los que había que pasar las hojas de una en una. Me descubrieron el mundo. O eso era lo que yo creía.
En eso nos ha convertido la iglesia cristiana: En ratas de biblioteca. Ahora pienso que quizá no sea ninguna ventaja. Antes de que Patricio llegara a Irlanda, éramos gentes del viento, de la tormenta, de las crecidas de los ríos en primavera. Contábamos el paso de las estaciones y los movimientos del sol según los cambios del cielo. Resistíamos las hambrunas en primavera y festejábamos la abundancia que el otoño nos ofrecía. De día vivíamos bajo el sol, cuando éste lucía; y bajo la oscura lluvia y las tenues neblinas si no lo hacía. Nos cantábamos melodías que alcanzaban los cielos alzadas por el sol, la luna y las estrellas, y observábamos los astros cuando salían y lucían sobre los sepulcros para llevarse con ellos las almas de los muertos. Buscábamos la verdad, la tolerancia, el amor y la belleza en el rostro de nuestros semejantes, en sus manos, su corazón y su cuerpo; nunca en las páginas de papel oscuras y frágiles, ni en los pergaminos.
Éramos gentes de la música, y cantábamos y danzábamos, el trueno y el murmullo de las mareas en la arena y los guijarros, el rugido del viento en el bosque cortejando las llanuras y los campos, el agudo lamento de una tormenta invernal. Cuando teníamos hambre, comíamos, si es que teníamos el qué. Muchas veces no era así. Cuando hacía frío, nos reuníamos alrededor del fuego y contábamos magníficas historias de amor, de guerra, sobre el horror y la maldad, de dioses y héroes, que a veces superaban a los mismos dioses con su inquebrantable valentía y espíritu de sacrificio. Sí, es cierto, admiraba los libros, y todavía lo sigo haciendo. Tienen el poder de preservar una verdad durante dos mil años y mostrársela a aquel que tenga la capacidad y cuidado de leerla; pueden grabar una mentira en letras de oro para el resto de los tiempos. Pero lo peor de todo es que pueden no tratar de nada. De nada real.
Y hombres y mujeres entregan su vida buscando entre las sombras aquello que no existió más que en la mente de un loco. Pueden desperdiciar años tras una pizca de verdad que creen que se esconde en los desvaríos sin sentido de un pobre tonto. Como sabéis, el huso hila la madeja, la lanzadera vuela sobre la urdimbre y la trama, los abalorios de colores adornan las telas, las azuelas alisan la madera, la cuchilla la corta y la espátula limpia las pieles. Pero un conjunto de palabras puede no tener ningún sentido. Por eso debemos regresar a la música, la danza, el hambre, el deseo y el amor, para que no olvidemos quiénes somos y por qué. Debemos sentarnos alrededor del fuego y contar historias, historias de hombres y dioses, y con ellas aprender a vivir. En el trabajo y en la guerra, en la vida y en la muerte, guiados por la experiencia de nuestros antepasados. Con sabiduría y valentía, habilidad y verdad, música y danza. Yo misma soy una criatura de la danza, la imitación de los movimientos abarcados en el diálogo entre la Tierra y el cielo. La danza del poder, los pasos que di al borde de un precipicio hace ya tanto tiempo.
***
El barco arribó al muelle. Más altas aún que la fortaleza, las rocas se alzaban sobre los dos hombres que estaban en cubierta.
-Nunca ha sucumbido a ningún asalto -dijo el capitán a Maeniel.
-No cuesta creerlo -respondió Maeniel, observando los impresionantes muros de piedra y madera de la parte más alta.
-Ni siquiera el César osó asediarlo -continuó el capitán-, o al menos eso dicen.
Aunque la primavera ya había llegado al continente, en Britania el viento todavía era helado, sobre todo el proveniente del mar. Maeniel se envolvió aún más en su manto. Sabía que el capitán se moría de curiosidad por saber quién era él y en qué consistía su misión, pero se había negado a decir más de lo que fuera absolutamente necesario. Las Personas a las que servía necesitaban toda la protección posible. No solo por los recaudadores de los impuestos imperiales, sino también por los caudillos bárbaros que tan diligentemente servían a los intereses de aquellos que monopolizaban los últimos vestigios del poder romano. Seguramente el capitán tenía amigos en todos los puertos a los que habían llamado los vénetos. Era difícil lograr que una carta llegara a Roma en un año, pero los rumores se propagaban tan rápido como el fuego entre la maleza.
-No pude dejar de sorprenderme cuando me permitieron traerlo hasta aquí, continuó diciendo el capitán.
-Tengo asuntos que resolver con Vortigen -respondió Maeniel.
El capitán se rió. -Me encanta el modo en que dice eso, como si fuera un campesino yendo a la feria a comprarse un caballo. Un pequeño asuntillo, nada fuera de lo normal. Vortigen es el gran rey de Inglaterra, y parece que lo conoce por su nombre. No, no, mi señor Maeniel, no hay nada raro en todo eso. Sin embargo, anoche hubo mucho movimiento por aquí. Estuve llevando a gente durante todo el día, uno tras otro. Vos sois el último. Disfrute del banquete, mi señor.
Maeniel asintió sonriendo.
-Gran rey o no, espero que sepa lo que está haciendo. Todos esos sajones... -dijo el capitán, pronunciando con desprecio la palabra «sajones».
Uno de los marineros echó el ancla y acercó el barco al muelle, mientras otros dos amarraban el barco de proa y popa a las anillas de hierro clavadas en la piedra.
-¡No! -gritó el capitán-. Dejad eso, navegaremos con la marea. No me quedaría aquí esta noche por nada del mundo.
Alzó la vista hacia la fortaleza con los ojos semicerrados. El hombre que sujetaba el barco contra el muelle lo miró extrañado.
-Creí que disfrutaríamos de la hospitalidad del rey.
-Esta noche no, no me quedaré -respondió el capitán-. Y no me pregunte la razón.
Maeniel saltó desde la borda al muelle.
-Regresa a la Galia, ¿verdad? -preguntó al capitán.
-Así es.
-Vaya -dijo el marinero-, tantas complicaciones para nada. Podríamos quedarnos por lo menos esta noche y mañana recoger un cargamento.
-No -insistió el capitán-, llegaremos a Vennies al amanecer. Más vale que lo hagamos así.
Una docena de hombres estaban en los remos, su compañero se encogió de hombros y desatracó el barco.
-¡Tendremos que emplearnos a fondo! -gritó el capitán a la tripulación-. Pero mañana por la mañana estaremos en casa. Todos los casados podréis tirar a los amantes de vuestras mujeres por la ventana y echar una cabezadita. Nos han pagado en monedas de oro por esta jornada y todo el mundo recibirá su parte.
Después se fueron, alejándose con la marea de la tarde.
Maeniel cerró los ojos. La brisa le traía una mezcla de olores: sal, carne y distintas especias; la brea quemada de las antorchas que encendieron en lo alto de la muralla el olor de los cuerpos que se hacinaban en los barrios de piedra y que no tenían la costumbre de lavarse demasiado a menudo; el sudor y el perfume; los distintos olores del lino; la seda y la lana. Ésta era una reunión de la alta aristocracia.
Pero algo más flotaba en el aire, algo que su conciencia se resistía a admitir en ese momento, una advertencia. Sí, era una advertencia. En ocasiones los hombres sienten esas cosas. Era cierto que había pagado al capitán en monedas de oro para que lo trajera a Tintagel, en el reino de Dumnonia, pero el marino podría haberse quedado a pasar la noche e intentar conseguir un cargamento. De hecho, el capitán no había desperdiciado las ocasiones de ganar dinero una vez que llegaron a Britania, recogiendo a viajeros a lo largo de toda la costa y llevándolos hasta la isla. Pero con la caída del sol había empezado a ponerse nervioso. Maeniel conocía los síntomas a la perfección. Al capitán se le erizó el cabello de la nuca, tal y como le pasó a Maeniel la primera vez que vio la fortaleza. El capitán no habría podido decir por qué, y tampoco Maeniel. Si le dejaran escoger, Maeniel el Lobo se habría ido de allí. No sería una huida exactamente, pero aquel sentimiento «no del todo bueno» era algo que el lobo no quería tener cerca, ya que no era posible pasarlo por alto ni tampoco resolverlo. Pero los humanos, y eso era él en ese momento, con sus citas predeterminadas y sus encuentros planificados no solían atender la conciencia oculta que rondaba, que rondaba al lobo.
Un criado apareció a su lado e hizo una reverencia.
-Mi señor -se comportaba de esa manera a la vista de la túnica de seda de Maeniel y su pesado manto de terciopelo-, mi señor, ¿habéis venido al banquete?
Maeniel asintió.
-La escalera se encuentra a vuestra izquierda, os conducirá a la ciudadela; pero antes de que vayáis, si fuerais tan amable de entregarme vuestra espada...
Maeniel se sintió aún más incómodo. Por un momento pensó en negarse, pero en la creciente oscuridad adivinó las figuras de dos hombres detrás del criado y pensó que debían de ser miembros de la guardia real.
-¿Soy yo la única persona que ha de entregar su arma?
El criado volvió a hacer una reverencia.
-No, mi señor. No se permite que nadie vaya armado en los encuentros con el rey, al menos esta noche. Se guardarán en las cámaras de la fortaleza y mañana serán devueltas. La guardia las custodiará durante toda la noche.
Chapter 2
Maeniel se soltó el cinto de la espada.
-Quiero ver dónde la guardas.
El criado sonrió, con cierta condescendencia, pero respondió: -Como queráis, señor.
A continuación abrió los ojos con asombro al ver la empuñadura. Estaba recubierta con una malla de oro, una malla muy gruesa, el criado nunca antes en su vida había visto tal cantidad de oro junto.
-Parece antigua.
-Lo es -respondió Maeniel.
-La empuñadura...
-La empuñadura no tiene importancia, la hoja sí que la tiene. -Al decir esto, Maeniel sacó la mitad de la hoja de la vaina. La luz de las antorchas de lo alto de las murallas formaba un arco iris en el acero.
Los dos soldados que estaban tras el sirviente intentaban ver la hoja por encima de su hombro, pero lo único que lograban ver era su reflejo.
-Un arma así sólo puede hacerla un dios -dijo uno de ellos.
Maeniel la miró con expresión triste.
-No fueron dioses, sino hombres los que la hicieron y llevaron antes de que los romanos llegaran a la Galia. Pero dejemos este tema y, por favor, cuidad de ella.
Entregó al sirviente el cinto, la espada y la funda.
-Mi maestro me otorgó las armas y yo las respeto.
A continuación se dio la vuelta y comenzó a subir la escalera. El sirviente caminaba sosteniendo la espada, tras él los soldados.
Desde la escalera Maeniel podía contemplar la inmensidad del océano. El sol no era más que un globo anaranjado entre las nubes rosáceas en el horizonte, pero como se preparaba un banquete, las antorchas alumbraban todos los rincones. El sirviente se detuvo antes de llegar al final.
-La fortaleza se construyó en forma de anillos, cada nivel se alza sobre el anterior.
En ese momento Maeniel sintió la magia, parecía que siempre le ocurría cuando menos se lo esperaba. Ese anillo tenía una superficie mayor que los demás y en él habían plantado un jardín. Había grandes superficies de cultivo sobre la arcilla y urnas enormes que contenían pequeños árboles y arbustos. Un murete que llegaba hasta la cintura rodeaba el jardín, y los árboles y enredaderas crecían pegados a él, tan frondosas éstas que casi colgaban hasta el siguiente nivel. Había rosas, muchísimas rosas, blancas, amarillas y ropas. Granados, avellanos y frambuesos, que cubrían la cerca con sus tallos espinosos. Todavía no habían dado fruto, pero estaban en flor, y las florecillas blancas se veían aquí y allá como estrellas entre las enredaderas. En las zonas de arcilla rebosaban diferentes hierbas: romero, hierbabuena (que crecía en cualquier sitio con agua y sol), poleo-menta, menta verde y menta blanca, cebollas, puerros, ajos, coles y mostaza, que ofrecía al viento nocturno y a la brisa marina sus flores amarillas en forma de cruz.
-Un jardín en el cielo -dijo Maeniel.
-Así es. ¿Sois un maestro?
-¿Un maestro? -preguntó Maeniel sorprendido-. ¿Un maestro de qué?
-De la magia, señor -aclaró el sirviente, y después señaló a los soldados.
Estaban subiendo el último tramo de escalones, que conducía a la torre interior que se alzaba sobre ellos.
-Ni siquiera se han dado cuenta de que no les seguimos y anunciarán al rey nuestra llegada. Él se lo agradecerá. Siempre es muy educado y ni siquiera les hará notar su distracción. La mayoría de las personas ni siquiera ve este jardín, y los que lo hacen creen que es una extravagancia del gran rey tener estas pocas flores y un huerto cerca de la puerta principal. Lo llevaré hasta la sala de las armas.
-Sí -respondió Maeniel-, bajo el rosal.
-Detrás -lo corrigió el sirviente, pues había macizos de rosales blancos a lo largo de toda la parte interior del muro.
Maeniel vio el muro y la entrada oculta por la magia, y él y el sirviente, que en ese momento Maeniel ya sabía que no era un simple criado, entraron. ¿Era por la mañana o por la tarde? No podía saberlo con seguridad, y el lobo no se lo dijo. El sol lucía en el horizonte, atravesando con sus rayos la neblina de la inmensa sala.
«Inmensa -pensó Maeniel-, ¿por qué inmensa?». La neblina era tan espesa que apenas podía distinguir la puerta por la que acababa de entrar, pero sentía que se trataba de un espacio enorme y vacío, de techos altos, ventanas enormes que se asomaban al cielo cargado de nubes, sacudido por los vientos que con sus severas corrientes descendentes traían frío y humedad, mientras que las corrientes ascendentes estaban cargadas de calor, del hedor de la selva, del bosque y las marismas, y un relámpago a punto de cernerse y desgarrar tierra y cielo. La neblina que lo rodeaba no llegaba a ser niebla ni tampoco rocío, sino unas nubes dispersas que cubrían aquella tierra estival.
-No sois un hombre como los demás -dijo el sirviente.
-No -respondió Maeniel tan opaco como las nubes, y también de un azul intenso, del color de la plata y anaranjado bajo la luz del nuevo sol, ¿o era el antiguo?, que ardía junto a él-, soy un lobo que a veces adquiere la apariencia de un hombre. Dime, ¿aquí está amaneciendo o atardece?
-Aquí no existe un «aquí», y no es ni lo uno ni lo otro, sino las dos cosas al mismo tiempo. ¿Deseáis algún mal a mi señor?
-No, he venido con la esperanza de que él pudiera ayudarme...
El sirviente lo detuvo con un gesto.
-No necesito saber nada más. Hay aquí quien le desea enfermedad y penurias. Se le ha advertido, pero la necesidad de establecer la paz ha prevalecido sobre el peligro. Yo no puedo hacer más que aconsejar precaución. -Alzó la espada frente a él y se oyó un repique, como si una gran campana hubiera sonado, antes de que el arma desapareciera-. En dos días le será devuelta. Esté donde esté, la tendrá. Su hoja está templada con el amor de quien la hizo. Su sangre se mezcló con el acero fundido como una ofrenda, haciéndola resistente ante cualquier magia, excepto la vuestra. No importa lo que yo haga, no lograré retenerla aquí por mucho tiempo. Es suya en más de un sentido.
Instantes después, ambos subían los escalones que conducían a la puerta de Vortigen.
-Ni siquiera los muertos pueden permanecer mucho tiempo a las puertas del cielo -continuó el sirviente-. Sólo las aves lo dominan. Por eso son sagradas para ella, aquella que te dio rostro y forma. A lo largo del tiempo ha tenido un solo nombre, la Señora.
Llegaron al final y ante ellos apareció el gran salón de Vortigen. Cuando Maeniel se volvió para mirar, el sirviente había desaparecido. El salón del banquete ocupaba la zona más alta de la fortaleza, una cúpula entera de piedra.
«Está vitrificada -pensó Maeniel-, una casa de cristal».
Había oído contar el proceso, pero nunca lo había visto. En su origen los muros eran de madera, y la cúpula de arena y otros silicatos. Con un fuego controlado se había convertido la arena en un material similar a la obsidiana, y cuando la madera había ardido apareció una gran burbuja de cristal. Ése era el salón de Vortigen. La parte interior y exterior de los muros estaba pulida, y se habían abierto espacios para la puerta y la chimenea en lo alto. Era magnífico. Maeniel entró por la puerta en forma de arco. La parte de la cúpula de cristal próxima a la chimenea era transparente, pero al ser de noche sólo las estrellas se veían a través de ella. Se reflejaban en el suelo de piedra pulida como una catarata resplandeciente. El hogar se encontraba en el centro, tres escalones conducían hasta donde el fuego ardía, calentando toda la estancia. La sala era muy grande, pero aun así las llamas se reflejaban en el suelo negro y los muros mate. Además, innumerables velas ardían, cada una de ellas sostenida por altos soportes situados detrás de una mesa que circundaba casi toda la sala.
No pocas personas estaban ya reunidas allí, deambulando por la estancia mientras bebían a sorbos vino servido en copas romanas de cristal y charlaban con amigos y desconocidos. No hacía mucho, Maeniel había visto por primera vez en el continente el nuevo sistema de hogares. Él prefería los hogares centrales, pero necesitaban demasiado combustible. Estaba seguro de que en un tiempo no muy lejano el mundo se calentaría únicamente con aquellas chimeneas. Sin embargo, había algo democrático en los hogares tradicionales, pues se podía caminar alrededor y sentirse a gusto; mientras que con las chimeneas sólo aquellos que lograban sentarse más cerca disfrutaban del calor y la luz, y el resto quedaba condenado a la creciente oscuridad y frío. Así visto, era igual a lo que sucedía a lo largo y ancho del agonizante Imperio romano.
Una bella sirvienta, de pelo rubio y ojos azules bordeados por largas pestañas, le ofreció una copa de vino. La copa era de cristal y su estructura de oro, pero cuando la joven se acercó para servirle el vino, se sorprendió a sí mismo temblando de miedo. Entonces vio el collar que llevaba la muchacha, y se fijó en que todas las otras mujeres lucían collares similares. La joven ofreció conducirlo hasta el rey y Maeniel la siguió. El hombre que imaginó que sería Vortigen estaba sentado a la mesa, justo enfrente a la puerta. Cuando llegaron ante él, la joven volvió a atender al resto de invitados. Maeniel se arrodilló.
-Levántate -dijo Vortigen-, así sólo puedo verte los ojos. Por favor, ven aquí y siéntate a mi lado.
Maeniel se levantó y asintió, mientras observaba que la mesa -una auténtica obra de arte, de madera de roble y tallada con el dragón real- estaba dividida en seis partes, con una pequeña separación entre ellas que permitían a los invitados pasar. La joven que le había conducido hasta el rey caminaba entre los invitados con su jarro de cristal, llenando las copas de los pocos que habían tomado asiento.
-Es hermosa -dijo el rey preocupado-, ¿la quieres?
Chapter 3
-Es hermosa -dijo el rey preocupado-, ¿la quieres?
-No. -La respuesta de Maeniel fue rotunda, incluso demasiado vehemente.
El rey le hizo un gesto tranquilizador, y Maeniel se disculpó inmediatamente. -Lo siento -dijo con más suavidad, y a continuación repitió, intentando parecer apenado-. No.
-Si lo que dice la carta sobre ti es cierto, entiendo que puedas encontrarla inquietante. Todas ellas son esclavas, ya me entendéis, mis hijos y yernos las compraron especialmente para la ocasión en Anglia, Sussex y Essex. Ninguna mujer ha sido invitada al banquete. La única razón de que estas mujeres se encuentren aquí es para servir a los invitados.
-Claro -respondió Maeniel.
Observó detenidamente a las personas que seguían llegando a la sala. Cada uno de aquellos hombres parecía tener de uno a cuatro sajones en su séquito. Maeniel rodeó la mesa y se sentó al lado del rey. -Con vuestro permiso, mi señor.
Vortigen quitó importancia a sus disculpas con un gesto y le puso la mano en la rodilla. -Y ¿cómo se encuentra mi viejo amigo y corresponsal, el obispo de Aries?
-Está bien, y os envía recuerdos.
-¿Todavía se relaciona con los bagandas?
-Así es, y en su nombre he venido. Me han dicho que sus actividades son todavía más frecuentes en este reino.
-Es cierto. Por esa razón mis hijos han traído a los sajones desde sus tierras a lo largo de toda la costa... para acabar con la hermandad de los bagandas.
Maeniel asintió. -Al igual que los galos, que utilizaron a los francos para recaudar los impuestos y reprimir la rebelión de su propio pueblo.
El rey asintió con tristeza. -En calidad de gran rey les advertí que los asaltos en la costa cesarían y los cultivos serían más rentables si disminuían los impuestos en vez de aplastar a su propio pueblo utilizando a los sajones como mercenarios. Pero lo único que han aprendido de los romanos es a destrozarlo todo y el modo de sacar el máximo provecho. Sólo permanecen fieles a sus propios intereses. Y ahora nos invaden tribus provenientes del continente, y la gente abandona sus casas y huye. La situación en el norte es diferente, nos hemos defendido rápidamente. -Tras suspirar prosiguió-: Ya no me quedan fuerzas. Durante toda mi vida he luchado contra la derrota.
De hecho, la verdad es que el mismo Maeniel lo notaba débil. Aunque sabía que no tenía más de cuarenta años, mechones canosos aclaraban el pelo del rey y profundas arrugas de fatiga, que ningún descanso podría disipar, le marcaban el rostro.
-Todo lo que los romanos hicieron fue saquear -dijo Maeniel-. Y todo lo que consiguieron fue romper los lazos que unían a los señores con su pueblo, y acabar con el derecho de esos hombres y mujeres a que, al menos, el más insignificante de esos grandes señores respondiera por sus actos. Los caciques, los tiranos y los bárbaros son las marionetas que les proporcionan placer. Los pequeños comerciantes y artesanos, habilidosos o no, no tienen ninguna importancia para ellos. Los romanos valoran la belleza, pero la convierten en su esclava; pues bien es cierto que en sus tierras el cantante, el músico, el bailarín, el escultor y el pintor son todos esclavos, al igual que los intelectuales, prelados y cualquier otra persona que no comparta con ellos la devoción por el arte de la guerra y la opresión. Ése ha sido y sigue siendo su legado, y tendremos que combatir esa maldición lo mejor que podamos.
-Todo lo que dices es cierto. Ya veo cuál es la fuente de inspiración de muchos de los argumentos del bueno del obispo.
-He tenido mucho tiempo para meditar -respondió Maeniel-. Pero tal vez éste sea el momento en el que podamos acabar con esta decadencia. Incluso en la Galia los bagandas han mantenido la esperanza, el deseo de resistir, de seguir con vida.
-No puedo ofreceros ninguna ayuda. Si mi familia llegase a saber que he recibido a un emisario de los bagandas, a un seguidor de Pelagius, tendría muchos más problemas con mis sucesores de los que ya tengo ahora. Me temo incluso que no tengo ni oro ni hombres que poner al servicio de vuestro distinguido señor. Pero hablaremos de esto más tarde, y quizás encuentre algo que ofreceros. Lo que no puedo concederos es un asiento a mi lado, pero os colocaré al final de la mesa, cerca de la puerta.
Maeniel asintió. -Me siento muy honrado de encontrarme aquí, sea cual sea mi lugar en la mesa -murmuró.
El número de invitados seguía creciendo. Entró en la sala un hombre corpulento con espada y acompañado por tres guerreros sajones. El sirviente que había recogido la espada de Maeniel lo seguía.
-Va armado -dijo Maeniel.
Vortigen observó a su invitado con tristeza. -Por supuesto. Nadie osaría retirar su espada. Es Merlín, o simplemente el merlín. Igual que yo soy Vortigen, y el Vortigen.
-Me confundís.
-Es un acertijo -respondió Vortigen.
-He oído hablar de Merlín. Es el líder de los druidas en Britania, además de arzobispo de Canterbury.
-El mismo.
-Es muy joven para ostentar tales cargos.
Era cierto que el hombre que Maeniel observaba tenía un aspecto joven. Era moreno, como tantos britanos del norte, y sin embargo de apariencia albina, de piel pálida y fina como el alabastro, ojos azules, grandes y penetrantes. La melena oscura le llegaba hasta los hombros. Sus ropas eran magníficas, de acuerdo con su alto rango. Lucía pantalones de montar de ante oscuro, polainas sujetas con ligas cruzadas y una túnica de seda del color de la medianoche bordada con estrellas de oro. El cinto de la espada estaba recubierto de diferentes tipos de ópalo y oro. Se cubría con un manto de terciopelo de color escarlata.
-Es el reino de la medianoche de Dis Pater en la Tierra -susurró Maeniel.
-No hables así -le respondió Vortigen, e hizo un gesto contra el mal de ojo.
Merlín no tardó en demostrar qué y quién era, pues sin dilación se dirigió al hogar, no para rodearlo como los simples mortales hacen, sino para cruzarlo. Descendió los tres escalones y atravesó el fuego. Maeniel y Vortigen pudieron ver cómo caminaba sobre el lecho de brasas.
«No le pueden quemar», pensó Maeniel. En ocasiones aquellos que tienen poderes especiales pueden caminar a través del fuego sin quemarse si son lo suficientemente rápidos, sin embargo, sus ropas no suelen gozar de la misma inmunidad. «Seguro que la túnica y el manto se prenden». Pero no fue así, y con desprecio, como si quisiera acabar con cualquier posible duda sobre su destreza con la magia, se detuvo y con el pie apartó a un lado un gran tronco de roble ardiendo. Una cascada de chispas flotó en el aire y lo rodeó como luciérnagas en un crepúsculo estival, pero Maeniel pudo ver que ninguna le causaba ningún daño. No había rastro de quemaduras en su piel, ni tampoco en sus ropas, y si fuera un simple mortal tendría que tenerlas, pero no era así. Cuando llegó al otro lado y subió los tres peldaños, él mismo se presentó ante Vortigen, que en ese momento estaba de pie, delante de su asiento en la mesa. No se arrodilló ante él, y Maeniel recordó que en algunas tierras de los celtas había una ley que decía que ni siquiera un rey podía hablar antes que el druida. Un murmullo de sobrecogimiento recorrió la sala, seguido de aplausos.
Merlín frunció el entrecejo.
-Bienvenido seas, Merlín -dijo Vortigen-. ¿Has venido a divertirnos con tus trucos de prestidigitador?
Maeniel notó que lo había herido.
-¿Trucos de prestidigitador, mi señor Vortigen?
Maeniel percibió la insolencia tras las palabras «mi señor».
-¿Por qué llevas espada? Creo recordar que prometiste entregarla para asistir a esta reunión. Nuestro pacto era que no hubiera armas.
En ese momento el sirviente apareció detrás de Merlín. Parecía que había llegado hasta allí sin que nadie se percatara. Hizo una gran reverencia. -¿Mi señor? -preguntó-. Creo que es la misma conversación que mantuvimos en las escaleras.
Merlín se dio la vuelta y miró al sirviente; estaba de espaldas a Maeniel, pero éste pudo ver el efecto de esa mirada, pues el criado retrocedió dos pasos. Para Maeniel eso se reveló como un nuevo tipo de poder.
Merlín volvió a dirigirse a Vortigen. -¿Qué significa esto, mi señor y rey, que no confías?
-No. No hay excepciones. Entrega las armas o vete -dijo Vortigen, señalando la puerta.
Merlín se desprendió el cinto. -Entrégasela a Vareen.
El sirviente hizo una reverencia y cogió el cinto de las manos de Merlín. Al hacerlo, Maeniel vio en su cara una mueca de dolor, oyó un silbido y llegó hasta él el olor a carne quemada. El rostro de Vareen palideció.
-No es necesario que castigues a mis sirvientes porque estés furioso conmigo - dijo Vortigen.
-Creo que sí lo es. Es necesario imponer disciplina a quien se cree superior a lo que realmente es, agotando la paciencia de aquellos que están muy por encima de ellos.
El rostro de Vareen se relajó. -Un contratiempo sin importancia, una nimiedad, en realidad.
Sonrió mirando a Maeniel y, dándose la vuelta, se dirigió a la puerta.
Merlín observó con atención la sala y a continuación saludó a cada uno de los hombres que allí había, hasta que sus ojos se posaron en Maeniel. Parecía que también a él le iba a saludar dé manera mecánica, pero su mirada volvió a él casi sin querer. -Creo que ya conozco a todos los presentes... excepto a uno. Al entrar me pareció que mantenías con él una conversación importante. ¿Interrumpo?
-De ningún modo, es un simple mensajero de un viejo amigo, Cosmos, el obispo de Aries. Me trae noticias suyas y una carta.
-¿Cuál es su nombre?
Una súbita tensión cruzó el aire. Maeniel abrió la boca para presentarse él mismo, pero Vortigen se le adelantó. -Se le conoce como el Vigilante Gris.