Mi hermano Leo, de diez años, necesitaba un trasplante de corazón que costaba 150 millones de pesos, una cifra imposible para mí, Sofía, una inmigrante venezolana sin papeles.
Desesperada, acepté la oferta de mi colega Camila: pasar la noche "velando a un santo" por 200 millones.
Pero al entrar en la sombría mansión de Don Eladio, el olor a cera quemada y la mirada fría de los anfitriones auguraban algo más siniestro.
Descubrí al "difunto" en la habitación: no era un cadáver, sino un hombre vivo, aturdido y gravemente herido, la víctima de un brutal intento de asesinato y mi coartada perfecta.
Encerrada con un "muerto" que respiraba, entendí que no solo era una virgen para un ritual, sino la chiva expiatoria en un plan macabro.
¿Cómo iba a escapar de esta trampa mortal, salvar mi vida y, con ello, la única esperanza de futuro para mi hermano?
El aire en el hospital público olía a desinfectante y desesperación, un olor que ya se me había pegado a la piel.
«Ciento cincuenta millones de pesos», dijo el médico, sin mirarme a los ojos.
La cifra flotó en el aire, pesada, imposible.
«Es lo que cuesta el trasplante de corazón que necesita su hermano».
Leo, mi hermanito, dormía en la cama co
Camila me llevó esa misma noche. La casa de Don Eladio no estaba lejos, en una de las calles más enrevesadas del barrio. Era grande, pero sombría, con las ventanas cerradas a cal y canto.
El interior olía a cera quemada y a flores a punto de marchitarse. Había velas por todas partes e imágenes de santos en las paredes, sus rostros severos observán