Caigo de rodillas al suelo.
Mis hombros se quejan mientras las ataduras sostienen mis brazos hacia
arriba en una posición incómoda, pero no me importa. Ahora mismo, mis
piernas no pueden soportar mi peso.
El cuerpo de Annabelle se ha quedado sin más sangre que derramar. Observo
su rostro hermoso, cálido y confiable, y lo único que veo es a la chica que
permaneció a mi lado aquella primera noche, incluso cuando no se suponía que
debía hacerlo; la chica que me sostuvo entre sus brazos sobre una pila de vestidos
arruinados después del funeral de Dhalia; la que casi siempre me ganaba al
Halma y cepillaba mi cabello todas las noches, y que supo mi nombre antes que nadie.
La quería. Y ahora, la maté.
"Lo siento", susurro, y las lágrimas que había estado conteniendo hasta ese
momento comienzan a caer en una miríada de ríos diminutos sobre mis mejillas.
"Lo siento tanto, Annabelle".
La certeza de su muerte me devora, un abismo infinito de dolor. Las lágrimas se convierten en sollozos que me desgarran el pecho, y lloro hasta que mi
garganta se inflama y mis pulmones duelen, al punto en que no queda nada en
mi interior más que un vacío en donde Annabelle solía estar.
El tiempo pasa.
En cierto momento, noto que las articulaciones del brazo me duelen, una
quemazón leve que me distrae de la pena que siento. Pero parece que no logro
encontrar la energía para moverme.
Creo que oigo algo del otro lado de la puerta; un pop breve y luego dos golpes
sordos. Tal vez la Duquesa ha regresado. Me pregunto a quién matará frente a
mis ojos esta vez.
La puerta se abre y un soldado ingresa a la habitación. Está solo, algo que de
inmediato me resulta extraño, y cierra la puerta detrás de él. Por un segundo,
observa con horror el cadáver de mi amiga, y luego se apresura a acercarse a mi lado.
–¿Estás bien? –pregunta. Nunca antes he oído hablar a uno de los soldados de
la Duquesa, pero este me suena muy familiar. Ni siquiera se me ocurre responderle.
Toma algo de su cinturón, y luego mis brazos están libres; me derrumbo en el
suelo, sin siquiera molestarme en detener la caída. Él me sujeta.
–Violet –susurra–. ¿Estás herida?
¿Cómo es posible que un soldado sepa mi nombre? Él me sacude un poco y
logro enfocar su rostro.
–¿Garnet? –intento hablar, pero mi garganta está muy seca.
–Vamos –dice–. Debemos salir de aquí. No tenemos mucho tiempo.
Me pone de pie con brusquedad. Me tambaleo unos pasos hacia adelante y
caigo de rodillas frente al cuerpo sin vida de Annabelle. Su sangre aún está
húmeda sobre la alfombra; siento cómo empapa mi camisón. Acomodo un
mechón de cabello detrás de su oreja.
–Lo siento tanto –susurro. Con mucha delicadeza, cierro sus ojos con la punta
de mis dedos.
–Violet –dice Garnet–, tenemos que irnos.
Le doy un beso en el costado de la cabeza a mi amiga, en el sector que está
justo sobre su oreja. Su cabello huele a azucenas.
–Adiós, Annabelle –susurro.
Después, me obligo a ponerme de pie. Garnet tiene razón. Tenemos que irnos.
Ash está vivo. Todavía puedo intentar salvarlo.
Garnet abre la puerta y veo a los dos soldados tumbados en el suelo. Por un
breve momento, me pregunto si están inconscientes o muertos, pero luego me
doy cuenta de que no me importa.
Atravesamos con rapidez la sala de estar y salimos de mis aposentos. El pasillo
de las flores está desierto, pero Garnet gira a la derecha, dirigiéndose hacia una
de las escaleras que menos se utilizan y que se encuentran en la parte trasera del palacio.
–¿Lucien te envió? –susurro.
–Lucien aún no lo sabe –responde–. No pude comunicarme con él.
–¿Hacia dónde nos dirigimos?
–¡Deja de hacer preguntas! –sisea. Llegamos a la escalera y la bajamos a toda
velocidad. Una de las tablas del suelo cruje debajo de mis pies.
La planta baja está sumida en un silencio inquietante. Las puertas que llevan al
salón de baile están abiertas, y los rayos oblicuos de la luz de luna se extienden
hacia nosotros por el suelo de parqué. Recuerdo la primera vez que me escabullí
por estos pasillos de noche para visitar a Ash en su habitación.
–¿Dónde está el calabozo? –murmuro. Garnet no me responde. Sujeto su
brazo–. Garnet, ¿dónde está el calabozo? Necesitamos sacar a Ash.
–¿Quieres callarte? –dice–. Tenemos que sacarte a ti de este lugar.
Un olor familiar invade mi nariz y, sin pensarlo, abro la puerta del salón de
fumadores del Duque y obligo a Garnet a entrar.
–¿Qué estás haciendo? –pregunta apretando los dientes.
–No lo dejaremos aquí –respondo.
–Él no es parte del trato.
–Si lo dejamos aquí, morirá.
–¿Y?
–Acabo de presenciar cómo asesinaron a Annabelle y la vi desangrarse
hasta morir –cierta tensión se expande por mi pecho–. Ella era una de las personas
más amables y dulces que he conocido y murió por mi culpa. ¿Y si ella estuviera
en ese calabozo? ¿La dejarías allí para que la ejecuten? Los he visto juntos. Eras
amable con ella. Le agradabas. ¿Acaso su vida no tiene importancia para ti?
Garnet se mueve, incómodo.
–Escucha, esto no es parte de mi trabajo, ¿está bien?–dice él–. No estoy aquí para reunir a un par de amantes trágicos.
–Ese no es el punto. Se trata de la vida de alguien. Entonces, ¿por qué estás aquí?
–Se lo debo a Lucien. Le prometí que te ayudaría.
–Entonces, ayúdame –ruego.
–No lo entiendo –dice–. Es solo un acompañante. Hay cientos de ellos.
–Y Annabelle era solo una sirvienta. Y yo soy solo una sustituta –replico–. Y tú
solo suenas como tu madre.
Garnet se paraliza.
–Mira esto –digo, sujetando una parte de mi camisón ensangrentado en mi
puño–. Esta es su sangre. Tu madre hizo esto. ¿Cuándo terminará? ¿Cuántas
personas inocentes más deben morir por culpa de ella?
Él hace una pausa.
–De acuerdo –dice–. Te ayudaré. Pero no esperes que asuma la culpa si nos atrapan.
–Por qué siquiera esperaría eso –mascullo. Salimos en silencio del salón,
avanzamos de nuevo por el pasillo y pasamos frente a la biblioteca. Hay una
puerta amplia a la izquierda, con una manija robusta.
–Sostén esto –dice Garnet, entregándome lo que aparenta ser una gran esfera
negra del tamaño de un huevo. La superficie del objeto es anormalmente suave.
–¿Qué es? –pregunto.
–Desmayará a los guardias –responde–. No me preguntes cómo; Lucien lo
hizo. Así es como te saqué de la habitación sin que esos soldados me vieran.
Garnet extrae un llavero e introduce una gran llave de hierro en la cerradura.
La puerta se abre con un crujido amortiguado. Voltea hacia mí y toma de nuevo
la esfera.
–Diría "las damas primero" –comenta–, pero en esta situación creo que
deberíamos prescindir de las formalidades.
El pasillo me recuerda al pasadizo secreto que lleva a la habitación de Ash; las
paredes y el suelo son de piedra, fría bajo mis pies, y las pálidas esferas luminosas
alumbran el camino. Una escalera larga interrumpe mi camino y bajo por ella
más despacio de lo que debería, atenta a escuchar cualquier otro sonido que no
sean ni las botas de Garnet ni el andar de mis pies. Cuando llegamos abajo, estoy temblando en el aire frío y viciado. Otra puerta, de madera con listones de
hierro en la parte superior, se yergue entreabierta frente a nosotros.
Garnet frunce el ceño.
–¿Qué? –susurro.
Pero cuando empujo la puerta y la abro, cualquier idea de sigilo y
confidencialidad desaparece.
–¡Ash! –grito.
Está recostado en un ovillo en el suelo de una celda a pocos metros frente a mí.
Corro hacia él y caigo de rodillas, aferrándome a los fríos barrotes de hierro.
–Ash –repito. La sangre se ha coagulado sobre su rostro y en su cabello. Tiene
el pómulo cubierto de magullones severos y un tajo en su frente. Está vestido
solo con sus pantalones de pijama de algodón; su pecho y sus pies están
descubiertos. Debe estar helándose. O lo estaría si estuviera consciente.
»Ash –vuelvo a decir en voz más alta–. Ash, despierta.
Extiendo los brazos a través de los barrotes, pero él está demasiado lejos para
que pueda tocarlo–. Garnet, ¿dónde están las llaves?
El muchacho aparece a mi lado.
–No lo sé –responde–. Las llaves de las celdas no están en este llavero.
Una oleada de desesperación se alza y amenaza con aplastarme, pero aprieto
los dientes y la reprimo. No tengo tiempo para perder la esperanza.
–Tiene que haber algo que podamos hacer. Tienen que estar por aquí en
alguna parte. ¡Ash! –jalo de los barrotes, un esfuerzo inútil–. ¡Despierta, por favor!
–¿Están buscando algo?
Mi interior se convierte en piedra cuando Carnelian emerge de entre las
sombras detrás de la puerta de madera. En una mano, sostiene una pequeña
llave dorada.
–Carnelian, ¿qué hiciste? –pregunta Garnet con los ojos abiertos de par en par,
pero sin enfocarlos en ella. Sigo su mirada hacia los cuerpos de dos soldados que
están apilados detrás de la puerta junto a una celda vacía.
Carnelian alza la otra mano y le muestra una jeringa.
–Sabes, es curioso todo lo que puedes hacer cuando no le importas a nadie. Los
lugares que puedes visitar. Las personas que puedes manipular. El doctor me
mostró algunas cosas una vez, cuando fingí estar interesada en la medicina –mira la jeringa con cariño–. No están muertos –dice–. Solo paralizados. E inconscientes. Ellos también me subestimaron. Pude verlo en sus ojos.
"Pobrecita, Carnelian". "Pobre, fea y estúpida Carnelian".
–Mi madre te matará por esto –dice Garnet.
–A ti también te matará –responde Carnelian–. ¿Qué estás haciendo aquí con ella?
–Abre la celda –digo. Sus ojos centellean.
–No se suponía que tú estuvieras con él. Se suponía que él sería mío. ¿Por qué
tuviste que quitármelo?
–Yo no te quité nada –replico–. Él no es un cachorro o un accesorio. Es un ser humano.
–Sé quién es –dice ella–. Lo conozco mejor que tú.
–Realmente lo dudo.
–¡Me contó cosas que nunca antes le había dicho a nadie! Él mismo lo admitió. Y yo...
yo... –dos manchas rojas aparecen en sus mejillas–. Le confié mis
secretos. Él iba a quedarse conmigo para siempre.
–Carnelian, él nunca iba a quedarse. De cualquier manera, se habría marchado
una vez que tú te comprometieras.
–Estaba armando un plan –confiesa–. Encontraría una manera.
–Pues, nada de eso importa ahora porque si no abres esta puerta, lo ejecutarán–mi mirada se posa con rapidez en la llave que sostiene en la mano–. ¿Eso es lo que quieres?
–No quiero que esté contigo.
–Entonces, ¿prefieres que esté muerto?
Un gemido suave proveniente de la celda de Ash logra efectivamente que la
habitación quede en silencio.
–Ash –digo con un grito ahogado, volteando para presionar mi rostro contra
los barrotes. Los párpados de Ash se mueven, una vez, dos veces, y luego se
abren. Él me ve y una sonrisa se extiende por su rostro maltratado.
–¿Violet? –pregunta con voz ronca–. ¿Dónde estamos? –inclina la cabeza
hacia atrás, asimilando su entorno–. Ah, cierto.
–No te preocupes, vine a rescatarte –no sueno tan confiada como me gustaría.
–Qué bien –musita. Sus ojos se desenfocan por un segundo y luego se centran
otra vez en mí–. ¿Qué te pasó en el rostro?
–Estoy bien –respondo mientras Ash se incorpora con cuidado del suelo. Hace
un gesto de dolor y coloca una mano sobre su mejilla hinchada.
–Entonces –dice mientras se arrastra despacio hacia la puerta de su celda–. ¿Cómo es que llego al otro lado de estos barrotes?
Echo un vistazo a mis espaldas, y Ash parece notar por primera vez que
tenemos compañía.
Frunce el ceño mientras asimila la presencia de Garnet, y después la de
Carnelian. Ella ha bajado la jeringa.
–Carnelian tiene la llave –digo. Luego, en contra de cada impulso en mi
interior, me pongo de pie y retrocedo. No puedo hacer que ella abra la puerta.
Pero Ash, sí.
La muchacha avanza a paso lento, con los ojos clavados en el rostro de Ash.
Cuando alcanza la celda, se arrodilla exactamente en el lugar donde yo estuve
hace pocos segundos.
–Lo siento tanto –susurra, colocando su mano sobre la de él, que está aferrada
a una barra de metal–. Creí que si la sacaba de nuestro camino, podríamos estar juntos.
Ash logra esbozar otra sonrisa.
–Lo sé.
–Creí... Tenía un plan...
–Lo sé –repite Ash–. Pero no hubiera funcionado.
Carnelian asiente.
–Porque sin importar lo que suceda, no puedes quedarte conmigo.
–No –coincide con dulzura–. No puedo.
–¿Puedo preguntarte una cosa? –la llave flota junto a la cerradura.
–Por supuesto.
–¿Hubo algo de lo que tuvimos juntos que fuera... real?
Ash acerca tanto su rostro al de ella que quiero gritar. Susurra algo que no
logro oír, y el rostro de Carnelian se ilumina. Después de un momento, ella se
aleja, coloca la llave en la cerradura y abre la puerta. En un instante me coloco
junto a Ash para ayudarlo a ponerse de pie. Carnelian me fulmina con la
mirada.
–No diré nada por su bien –dice ella–. No por el tuyo.
No logro responderle antes de que Garnet interfiera.
–Sí, bueno, si bien todo esto ha resultado extrañamente entretenido, de verdad
es hora de irnos.
–¿Estás bien? –le pregunto a Ash en un susurro. Su pecho se siente frío contra
mi delgado camisón de seda, pero sus brazos se sienten fuertes cuando me rodean.
–Salgamos de aquí –responde en un susurro.
–Ánimo, prima –dice Garnet. Carnelian nos está mirando a Ash y a mí con
una expresión mitad furiosa y mitad devastada–. Piensa en el rostro de mi madre
cuando se entere de que ambos han escapado.
La esquina de la boca de Carnelian se mueve.
Garnet asiente.
–Gracias por la ayuda –dice, haciendo un gesto con la mano. Voltea hacia
nosotros–. Ahora, vámonos.
Subimos corriendo las escaleras y salimos del calabozo lo más rápido y
silenciosamente posible.
Los pasillos están vacíos. Ash mantiene un brazo alrededor de sus costillas,
aferrándose a su costado izquierdo. Su mano libre sujeta la mía.
–¿Estás bien? –me pregunta, señalando con la cabeza mi camisón. La sangre de
Annabelle ya casi se ha secado. Mancha mis rodillas y mis piernas. Un nudo se
inflama en mi garganta.
–No es mía –susurro.
Los ojos de Ash se abren de par en par.
–Quién...
Muevo la cabeza de un lado a otro con firmeza. No puedo hablar sobre eso
ahora mismo.
Pasamos el comedor y salimos al paseo de vidrio que conecta con el ala este,
donde está la habitación de Ash. Es como si la noche estuviera repitiéndose en
reversa. Pero Ash está conmigo ahora. Aprieto su mano para recordarlo.
–¿Cuál es su historia? –musita en mi oído, con los ojos enfocados en Garnet.
Me encojo de hombros.
–Su historia es que está intentando sacarlos a ustedes dos de aquí sin que
terminen muertos –responde Garnet–. Así que cállense y manténgase cerca.
–¿A dónde vamos? –pregunto.
–Necesitamos transporte –dice Garnet.
–Cierto. Entonces, ¿cuál es el plan?
–¿Hablas en serio, Violet? –replica, deteniéndose un momento–. ¿Acaso parece
que estoy siguiendo instrucciones de un manual? Estoy improvisando a medida
que avanzamos. Si tienes una idea mejor...
–No, no –digo con rapidez–. Lo que sea que consideres que es lo mejor.
–Sabe tu nombre –murmura Ash, mientras continuamos caminando por el pasillo.
–Lucien –digo. Ash masculla algo que no logro oír.
Dejamos atrás el sector donde vivía Ash, doblamos a la izquierda, a la derecha,
a la izquierda de nuevo y nos adentramos en el ala este más de lo que nunca lo he hecho.
–¿Cómo conoces tan bien el ala de los sirvientes? –le pregunta Ash a Garnet.
Garnet alza una ceja y me dispara una sonrisa lasciva.
–Apenas la conozco.
Hago una mueca, pensando en todas las ayudantes de cocina que Garnet debe
haber acechado, pero Ash ni se inmuta.
–No es cierto –dice.
Garnet resopla.
–¿Y cómo lo sabrías?
–Lo sabría –replica Ash–. Y lo sé.
La boca de Garnet se transforma en una mueca al llegar a la puerta que se
encuentra al final del pasillo. Se quita el abrigo del uniforme de soldado y me lo
lanza.
–Necesitarás esto –dice. Me lo pongo. Las mangas cuelgan a varios centímetros
de mis dedos e, inexplicablemente, recuerdo la bata de mi madre y lo enorme
que era cuando solía ponérmela en mi casa en el Pantano; cuando lo más
aterrador que podía imaginar era dejar mi hogar para ir al centro de retención
de la puerta Sur.
Garnet abre la puerta y el viento gélido me azota. Mis dientes castañetean antes de salir al exterior. Me muevo para ofrecerle el abrigo a Ash, dado que ni
siquiera tiene una camiseta puesta, pero él sostiene con fuerza la prenda a mi
alrededor. El césped cubierto de hielo cruje bajo mis pies descalzos, y los dedos
se me entumecen en cuestión de segundos. La noche se ha nublado; no hay luna
ni estrellas para alumbrar nuestro camino, pero Garnet está seguro de qué
dirección tomar. Una silueta negra, una estructura baja y cuadrada, aparece en
la oscuridad. Cuando llegamos a ella, oigo que Garnet busca algo a tientas con
el llavero.
Una cerradura hace click, y pasamos del gélido aire nocturno a un lugar
silencioso y frío.
La puerta se cierra a mis espaldas y una luz se enciende. Una fila de
automóviles resplandecientes se extiende a lo largo de un espacio cavernoso. Veo
el vehículo blanco que nos llevó a la Duquesa y a mí al funeral de Dhalia en el
palacio del Exetor, y el automóvil negro que me llevó a todos los bailes, pero
hay uno rojo brillante, uno plateado, y también uno azul pálido y amarillo limón.
Garnet se dirige directamente hacia el automóvil rojo y abre el maletero.
–Entra –indica.
Nunca imaginé que estaría dispuesta, ni deseosa, a meterme dentro de la
cajuela de un vehículo.
–¿No crees que alguien lo notará si un automóvil desaparece? –susurra Ash
mientras sube junto a mí. Me desplazo hacia atrás para hacerle lugar.
Garnet sonríe.
–Este vehículo es mío. No será la primera vez que lo haya sacado a dar un
paseo nocturno.
Luego cierra el maletero de un golpe.
El pánico se apodera de mí con una ferocidad que me deja sin aliento. La
oscuridad es demasiado cercana, demasiado asfixiante. Golpeo la parte superior
del maletero con las palmas hasta que las manos frías de Ash encuentran mi rostro.
–Tranquila, Violet –susurra–. Respira.
Mis pulmones se expanden y el peso de toda la situación me abruma. Un
torrente de lágrimas brota de mi interior cuando hundo mi rostro en su pecho.
El vehículo se enciende, una vibración baja recorre mi cuerpo. Oigo el sonido amortiguado que hace la puerta de la cochera al abrirse y cerrarse, y luego caigo
sobre Ash cuando Garnet sale conduciendo marcha atrás de la entrada. El
vehículo serpentea en un movimiento que me marea; mi espalda choca contra el
otro lado del maletero y el cuerpo de Ash aplasta el mío.
–Sabes –dice Ash sin aliento–, creo que lo está disfrutando.
Y en ese instante, al igual que sucedió con las lágrimas, estallo en una risa
histérica; mi estómago se contrae tanto que me duele, y Ash también ríe, solo
que su risa se disuelve en un espasmo de tos.
–¿Te encuentras bien? –pregunto, besándolo en todas partes.
–Estoy bien... Ay –dice, cuando mis labios aterrizan en su mejilla golpeada–. ¿Qué sucedió exactamente? Lo último que recuerdo es a la Duquesa entrando en
mi habitación.
Le cuento sobre el arcana y la respuesta de Garnet, y sobre la Duquesa
atándome y Annabelle...
–La dejé allí –digo–. Completamente sola.
–Tuviste que hacerlo –susurra Ash–. Violet, tuviste que hacerlo.
Permanecemos en silencio por un momento. La culpa, el dolor y la pena que
había logrado reprimir durante nuestra huida del palacio se hinchan en mi
interior. Veo el rostro de Annabelle en la oscuridad, huelo el aroma a azucenas
de su cabello.
–Es mi culpa –murmuro–. Si no hubiera... si nosotros...
–No –la palabra suena fuerte y autoritaria en el espacio apretado que
compartimos–. Fue la Duquesa quien mató a Annabelle, Violet. No tú. No yo.
Apoyo la cabeza sobre su hombro y me hago a mí misma una promesa en
silencio. No olvidar nunca a Annabelle. Mantenerla viva del único modo que puedo.
–¿Sabes a dónde nos dirigimos? –pregunta él.
–No –ahora que estamos en el camino, el movimiento del vehículo es muy
suave. Me quito el abrigo y se lo alcanzo a Ash.
–Violet, no...
–Ambos lo usaremos –insisto, acurrucándome lo más cerca que puedo junto a
él. Su piel está helada.
Ash acaricia mi cabello. La vibración del motor del automóvil emite un sonido
tranquilizador y anestésico.
–Me salvaste la vida –susurra; su aliento se siente cálido contra mi sien.
–No iba a dejarte allí.
Él ríe con suavidad.
–Te lo agradezco.
–Tú habrías hecho lo mismo por mí.
Andamos así por lo que parecen horas antes de que el vehículo se detenga de
forma abrupta y el maletero se abra de golpe. La luna debe haber salido de
nuevo, porque la silueta de Garnet está recortada contra su luz plateada.
–¿Tuvieron un buen paseo? –pregunta con una sonrisa traviesa.
Ash sale del maletero, me ayuda a hacer lo mismo y coloca el abrigo sobre mis hombros.
–¿Dónde estamos?
Miro alrededor. Parece algún tipo de callejón oscuro, bordeado por dos
edificios simples y rectangulares.
–En la morgue –responde Garnet. Me estremezco.
Nos guía hacia una puerta de hierro pintada de blanco para que combine con
el exterior del edificio.
–¿No está cerrada? –pregunto.
–Esta es la morgue para los sirvientes y las sustitutas –explica Garnet.
–Entiendo –susurro.
El interior de la morgue es frío y estéril. Garnet toma una linterna pequeña de
su cinturón e ilumina varios pasillos largos que son de un color verde deprimente
y huelen a antiséptico. Mis pies se pegan al suelo impermeabilizado.
–¿A dónde vamos? –susurro.
Garnet mueve la luz de la linterna hacia la izquierda y luego a la derecha.
–Buena pregunta. ¿Lucien no te dijo por casualidad exactamente dónde te
encontrarías con él?
–Se suponía que yo estaría muerta –respondo.
–Cierto.
–Podríamos seguir las flechas –Ash está de pie en la esquina donde dos pasillos se cruzan, observando con atención la pared–. Garnet, trae la linterna.
Garnet ilumina el muro, donde hay un cartel con las distintas direcciones.
Sustitutas →
Damas de compañía ←
Sirvientes ↑
Tomamos el pasillo de la derecha a través de dos puertas vaivén que llevan a
otro corredor.
Ash intenta abrir una puerta que está frente a nosotros.
–Cerrada –informa.
–Esta no –dice Garnet, abriendo la puerta. Enciende la linterna y unos
compartimentos plateados y resplandecientes aparecen a la vista; delinean las
paredes, fila sobre fila de puertas cuadradas. Todo es elegante e impoluto.
–Esos son para... –no logro pronunciar la palabra cuerpos.
–Sí –dice Ash.
–¿Están todos... llenos? –la idea de que haya tantos cuerpos de sustitutas
muertas hace que sienta más frío del que tengo. La sangre de Annabelle me
pellizca la piel de las rodillas.
–Espero que no –responde.
–¿Crees que Raven ya esté aquí? –pregunto. Cuando le di el suero esta tarde
en el almuerzo de la Duquesa, Raven estaba prácticamente catatónica. Pero
reaccionó al oír mi voz. Debo mantener las esperanzas de que haya
comprendido mis instrucciones.
Ash traga saliva.
–Solo hay una forma de averiguarlo.
–¿Quién es Raven? –pregunta Garnet.
–Mi mejor amiga –respondo. Mis piernas comienzan a temblar mientras me
acerco a uno de los compartimentos–. La sustituta de la Condesa de la Piedra. Le di el suero de Lucien.
–¿Que hiciste qué? –Garnet mueve la cabeza de un lado a otro–. Sabes, si
Lucien no estuviera tan empeñado en salvarte la vida, creo que él podría matarte.
Lo ignoro; mis dedos tiemblan al girar la manija y jalar de la puerta para abrirla.
Vacío.
Suelto el aire que estaba conteniendo.
–Uno menos –dice Ash, acercándose a mi lado–. Faltan varios más.
Metódicamente, Ash y yo comenzamos a abrir todas las puertas. Garnet nos
observa, desconcertado. Hemos abierto siete cámaras antes de que Ash diga en
voz baja:
–Violet.
Me acerco a él y sigo su mirada hasta la bolsa negra que llena el espacio
rectangular. Juntos, jalamos de la superficie de metal que la sostiene. Ash
extiende la mano para abrir la cremallera de la bolsa.
–No –digo–. Yo lo haré.
Muy despacio, bajo la cremallera y descubro un rostro pálido, petrificado ante
la muerte. Se me dificulta respirar.
–Esa no es Raven –dice Ash.
Muevo la cabeza de un lado a otro, con lágrimas en los ojos.
–¿La conocías?
–No –respondo–. Pero la vi una vez.
Es la chica del funeral de Dahlia, la que estaba buscando a su hermana. Coloco
la mano sobre su frente helada. Parece tan joven.
Me abruma la injusticia de toda la situación. ¿Qué me hace especial? ¿Por qué
yo soy digna de salvarme y no esa chica, o la leona, o Dahlia? Siento una oleada
de enfado hacia Lucien por obligarme a admitir esta terrible verdad, por no
haberme dado una forma de hacer algo al respecto.
Salvaste a Raven, susurra una voz en mi cabeza.
Aún no, pienso. Y no es suficiente.
Cierro la bolsa y coloco a la chica cuyo nombre jamás sabré de nuevo en su
tumba metálica.
–Sigamos buscando –le digo a Ash.
Encontramos cuatro chicas más, pero no reconozco a ninguna.
–¿Y si no lo bebió? –me pregunto. El pánico comienza a subir por la parte
trasera de mi garganta.
–Lo hizo –me asegura Ash, pero sus palabras carecen de sentido y noto que él
lo sabe. No hay manera de saber si Raven comprendió mis indicaciones o no.
–Es probable que ellos no la hayan encontrado aún –dice Garnet. Está
recostado contra la pared, con las manos en los bolsillos, como si pasara su
tiempo libre en la morgue todos los días.
–¿Por qué aún estás aquí? –pregunta Ash.
Garnet se encoge de hombros.
–Quiero ver qué sucede cuando Lucien descubra que ustedes están aquí –luego
sonríe–. Además, esto es lo más divertido que he hecho en años. Pertenecer a la realeza es muy aburrido. Cualquier oportunidad que tenga de molestar a mi
madre, la tomaré. ¿Robarle a su sustituta justo delante de sus narices? ¿De su
propia casa? Demasiado bueno para perdérmelo.
–¿Por qué la odias tanto? –pregunto.
–Oh, cielos, Violet, viviste con ella durante dos meses–dice Garnet–. ¿Qué piensas tú de ella?
Efectivamente, tiene un punto.
–Ahora, multiplica eso por toda tu vida –Garnet se rasca la nuca–. Es un
milagro que yo sea tan equilibrado.
El eco del bum causado por una puerta de hierro que se cierra, nos paraliza.
–¡La luz! –sisea Ash. La mano de Garnet sale disparada hacia la pared y la
oscuridad nos engulle. Por varios segundos, no hay nada más que silencio.
Luego, el sonido inconfundible de pasos y voces flota por el pasillo.
–Debemos escondernos –dice Garnet.
–¿Dónde? –pregunto–. No puedo ver nada.
Se oye un click a mi izquierda, y la linterna de Garnet parpadea. El rayo de luz
cae sobre Ash. Está agazapado junto a uno de los compartimentos, el más bajo
en la esquina izquierda más alejada. La puerta está abierta y sus ojos se
encuentran con los míos.
–No –susurro.
–¿Tienes una idea mejor? –pregunta Garnet mientras sujeta mi brazo y me
acerca a Ash, con la linterna enfocada hacia abajo. Me agazapo junto al
cuadrado negro donde tantas sustitutas muertas han estado guardadas; mi
estómago se agita con algo más fuerte que la aversión y más agudo que el miedo.
Lo incorrecto que es escondernos aquí dentro hace que mis extremidades se
sientan entumecidas y torpes.
–No tenemos otra opción –dice Ash. Abro la puerta que está junto a su
compartimento y obligo a mis pies a moverse, a mi cuerpo a doblarse, a
acomodarse y a deslizarse hasta que estoy recostada boca abajo sobre la fría
tabla de metal. Las voces están tan cerca que por poco puedo distinguir palabras
individuales junto a un chirrido débil. La linterna se apaga. La puerta de Garnet
se cierra primero; después la de Ash.
Respiro hondo y me encierro dentro.
La oscuridad que reina dentro de esta tumba metálica es mucho, mucho peor
que la ausencia de luz del maletero del vehículo de Garnet.
Presiono la frente contra el frío metal e intento fingir que estoy en otro lugar, o
que Ash está conmigo, o que todo esto es un sueño y estoy a punto de despertar
en el Pantano.
La luz de la habitación se enciende.
Un amarillo pálido penetra mi escondite. No hay manija del lado de adentro
de la puerta, así que he dejado una hendija diminuta. Las voces de dos hombres
se oyen amortiguadas.
–...no quería que nadie lo notara, supongo.
–No veo por qué a alguien habría de importarle. ¿Cuántas sustitutas ha tenido
a lo largo de los años? ¿Veinte? –No te corresponde llevar la cuenta, chico. Todos hacemos lo que nos ordenan–la primera voz es definitivamente mayor y tiene un tinte áspero y canoso–. Dicen Casa de la Piedra, recoger a medianoche, y eso es lo que hacemos.
¡Casa de la Piedra! ¡Tienen a Raven! Por poco grito de alivio.
Se oye nuevamente el chirrido extraño y luego una puerta se abre. Oigo el
sonido que hace el plástico al ser manipulado.
–No es muy pesada, ¿verdad? –dice la segunda voz.
–Ninguna es pesada, chico. Ya verás.
El plástico se mueve sobre el metal y lo raspa. La puerta se cierra.
–Ahora –dice la primera voz de forma abrupta–, regresemos a la cama y esperemos que no haya más llamados esta noche.
Sus zapatos hacen un sonido pegajoso muy bajo mientras se marchan. La luz se apaga.
Permanezco quieta durante tanto tiempo como puedo, apenas atreviéndome a
respirar, esperando en caso de que regresen. Al final, no puedo soportarlo más.
Mis uñas arañan la puerta y la abren de un empujón. Me contoneo hasta salir
del compartimento lo más rápido posible y caigo sobre el suelo encerado,
mientras Ash y Garnet abren sus propias puertas. Me pongo de pie con
dificultad y alzo los brazos del abrigo de soldado gigante y deslizo las palmas por
la pared hasta que encuentro el interruptor.
La luz es dolorosamente brillante después de tanta oscuridad. El color ha
abandonado el rostro de Ash, que se pone de pie con lentitud. Garnet
permanece en el suelo, apoyado contra los gabinetes, y acaricia su cabello rubio
hacia atrás. Parece más nervioso de lo que jamás lo he visto.
–Está aquí –le digo a Ash.
–Lo sé –responde.
Una sonrisa se expande en mi rostro y comienzo a abrir las puertas con una
ferocidad inquebrantable; empujo a Garnet para sacarlo de mi camino hasta que
encuentro un compartimento que antes estaba vacío.
Jalo la tabla de metal y el cuerpo de Raven se desliza hacia afuera, oculto
debajo de una capa gruesa de plástico negro. Ash y Garnet se acercan mientras
bajo la cremallera y abro la bolsa.
El rostro de Raven está tan frío y apagado como el de todas las otras chicas
que se encuentran en este lugar, y por un segundo paralizante, temo que de
verdad esté muerta. Su hermosa piel color caramelo está amarillenta; su anterior
cabello negro y brillante está lacio y enredado. Está desnuda. Con rapidez, me
quito el abrigo del soldado y lo lanzo sobre su cuerpo, pero no sin antes ver cuán
dolorosa y enfermizamente delgada está: cada costilla es visible, y los huesos de su cadera sobresalen en puntas filosas de cada lado del pequeño bulto en su estómago.
Presiono su mejilla con mi mano. Su piel parece hielo.
–Raven –digo; me tiembla la voz. La observo, esperando que sus pestañas
parpadeen o que sus labios se abran, pero nada sucede. Mi mejor amiga está
mortalmente quieta.
»Raven, soy yo –insisto–. Soy Violet –me duele tragar–. Por favor, despierta. Te he salvado. Por favor, regresa a mí.
El silencio que prosigue es devastador. Partes de mi interior se quiebran bajo su
peso.
–Tal vez, de veras está... –comienza a decir Garnet, pero yo volteo y golpeo su
pecho con mis manos, haciendo que se tambalee hacia atrás.
–¡No está muerta! –siseo. Volteo de nuevo hacia Raven y la sacudo. Su cabeza está tumbada sobre la placa de metal–. ¡Despierta, Raven! Vamos, bebiste el suero,
sé que lo hiciste, así que por favor, ¡DESPIERTA!
Le golpeo la mejilla con fuerza.
Pero nada sucede.
Siento la mano de Ash sobre mi hombro.
–Lo siento mucho.
Quito su mano de encima encogiéndome de hombros. Ahora mismo, no quiero
la lástima de nadie.
–Ella...
De pronto, los ojos de Raven se abren de par en par. Su cuerpo se arquea, tiene
los ojos desorbitados y luego se apoya sobre su costado y vomita en el suelo. Ash
y Garnet retroceden de un salto mientras el cuerpo de Raven convulsiona,
tosiendo y retorciéndose, pero yo me cierno sobre ella, mi frente cae sobre su
hombro; una de mis manos acaricia su cabello. Estoy feliz y agradecida de sentir
que respira, que se mueve, que está viva. Raven cae sobre su espalda, jadeando.
Sus ojos dan vueltas en su cabeza hasta que me encuentra.
–¿Violet? –pregunta con voz ronca. Las lágrimas caen por mis mejillas, pero
no me molesto en secarlas.
–Aquí estoy –respondo–. Ahora estás a salvo.
Su mirada se desliza hacia el techo.
–Vi a mi madre –dice–. Estaba peinando mi cabello. Después, le quitaron toda su piel.
–¿Qué? Tu madre está viva y en el Pantano.
–Le quitaron la piel –repite–. Me mostraron sus huesos.
Los ojos de mi amiga se desenfocan y su cuerpo se relaja. Se queda muy quieta.
–¿Raven? –susurro. Acaricio con la punta de mis dedos su mejilla. Respira,
pero parece como si una luz se hubiera apagado en su interior.
–¿Qué le hicieron? –pregunta Ash en voz baja.
–No... No lo sé –paso los dedos por su cabello y palpo una cicatriz diminuta,
tal vez de medio centímetro de largo, sobre el cuero cabelludo. Después, toco otra. Y otra más.
–Bueno –dice Garnet, juntando las manos–, esta ha sido una gran noche; de
verdad, una para el recuerdo, y por mucho que me encantaría quedarme y ver
cómo Lucien enloquece ante todo esto, creo que ya es hora de que regrese.
–Claro que sí –murmura Ash.
–Ey, te salvé la vida, ¿qué más quieres de mí? –replica Garnet.
–Absolutamente nada.
–Bien –responde Garnet–. Buena suerte con salir de aquí y todo lo demás.
–Gracias –digo.
–Por nada –la mano de Garnet está sobre la manija de la puerta cuando Raven
se incorpora. El movimiento es tan inesperado y abrupto que apenas logro
mantener al abrigo sobre sus hombros.
–Eres un cobarde –dice, con los ojos oscuros posados en él. Hay cierta
confusión en su mirada, como si estuviera enfocándose en dos cosas a la vez.
Todos la miramos en silencio, estupefactos.
–¿Raven? –vacilo
–Es un cobarde –dice ella–. Rompe todas las reglas equivocadas. Las fáciles.
Tiene miedo –después, su rostro se distiende y sus ojos regresan a la normalidad–. Estoy cansada. Todavía no es hora de ver al médico.
Se recuesta sobre la tabla y comienza a murmurar algo en voz baja. No puedo
comprender lo que está diciendo, pero oigo mi nombre una o dos veces.
Garnet la mira por un breve segundo y luego niega con la cabeza.
–Como sea. Ella es tu problema.
Con un saludo poco entusiasta, sale por la puerta. Coloco mi mano sobre la
frente de Raven, pero ella ha regresado a ese lugar vacío, mirando el techo.
–¿Y ahora qué? –dice Ash.
–Ahora esperamos a Lucien –respondo–. Lucien vendrá.
Pasan horas.
O al menos, se sienten como horas. No hay forma de medir el tiempo en esta
habitación. Apagamos las luces para estar a salvo. Ash y yo nos sentamos en el
suelo contra la pared, acurrucados juntos para mantenernos en calor. Raven no
se ha movido ni hablado desde que Garnet se marchó.
Me pregunto qué sucederá cuando la Duquesa descubra que hui. Que Ash no
está. Me pregunto si Garnet será capaz de evitar que Carnelian nos delate. Me
pregunto si Garnet nos delatará. Él no es leal a nosotros y no parece
particularmente alguien confiable; no puedo imaginar por qué Lucien lo eligió
para ayudar. Al menos podemos contar con que Carnelian no hará nada que
ponga en riesgo la vida de Ash.
Recuerdo el intercambio de palabras que tuvieron en el calabozo.
–¿Qué le dijiste? –pregunto. Ha pasado tanto tiempo desde que alguno de los
dos ha hablado, que mi voz suena frágil y más alta de lo que debería. La mejilla
de Ash está apoyada sobre la parte superior de mi cabeza.
–¿Mmm? –murmura contra mi cabello.
–Cuando Carnelian te preguntó si algo había sido real, ¿qué le dijiste?
No espero que vacile. Él alza la cabeza y aleja la mirada de mí.
–Eso es privado, Violet.
–¿No me contarás tus secretos?
–¿Cuántos secretos te has guardado? –replica él.
Me muerdo el labio.
–No es lo mismo. No tenía opción. Le hice una promesa a Lucien.
–¿Y las promesas que yo he hecho?
–Pero a ti te contrataron para hacerle promesas. Eso no es lo mismo.
–Lo sé –el perfil de Ash se ve negro en contraste con la oscuridad mientras alza
la vista hacia el techo–. Pero ¿debo traicionar su confianza porque ella no te agrada?
No sé qué decir ante eso. Supongo que siempre asumí que Ash odiaba a
Carnelian tanto como yo.
–No se trata de no compartir mis secretos contigo –suspira–. Carnelian está...extremadamente triste. Y esa tristeza ha sido transformada en amargura e ira.
No quiero ser uno más en la larga fila de personas que la han decepcionado,
incluso aunque ella jamás conozca la diferencia.
Entrelazo mis dedos con los suyos.
–No tienes que ser tan noble.
–Para nada. Yo... La entiendo un poco.
–Bueno, algún día, tendrás que explicarme cómo es ella.
Oigo pasos afuera. Ash y yo nos ponemos de pie con rapidez, pero no tenemos
la oportunidad de escondernos de nuevo antes de que la puerta se abra y la luz
se encienda.
Lucien ingresa a la habitación. Viste su habitual túnica blanca con el cuello
alto de encaje y su cabello castaño está sujeto en un rodete perfecto en la
coronilla, lo que indica su estatus como dama de compañía. Y eso implica más
para él que para una dama de compañía femenina: los hombres que se dedican a
eso son eunucos, están castrados para que no se los considere "una amenaza" al
trabajar en cercanía de las mujeres de la realeza.
Lleva colgado un bolso grande sobre un hombro. Su mirada se mueve de mí, a
Ash, a Raven y luego se enfoca de nuevo en mí. No parece sorprendido al ver
dos personas más de las que esperaba; debe haber hablado con Garnet.
Cierra la puerta y se quita el bolso. Con pasos premeditados, camina hacia
Ash, lo sujeta de la garganta y golpea su cabeza contra la pared.
–¡Lucien! –grito.
–¿Es cierto? –gruñe. Ash se ve aturdido. Sujeto el brazo que no está
sosteniendo la garganta de Ash y jalo.
–¡Basta!
Lucien voltea hacia mí.
–¿Sabes lo que están diciendo? –sisea–. Están diciendo que este desgraciado te violó.
–¿Qué? –exclamo con un grito ahogado.
Ash reacciona. Con un movimiento fugaz y veloz, toma la muñeca de Lucien y
la retuerce. Él grita de dolor mientras Ash dobla su brazo hacia atrás de un
modo que hace que Lucien se incline hacia adelante.
–¿Qué dijiste? –gruñe Ash. Nunca antes lo he visto utilizar la fuerza bruta.
–Suéltame –ladra Lucien.
–¡Ash! –grito.
–Él cree que es cierto. ¿Lo ves, Violet? Él cree que es cierto –dobla el brazo de
Lucien hacia atrás un poco más.
–¿Y por qué no debería? –dice–. Sé lo que haces, lo que haces de verdad. Ustedes, los acompañantes, con sus sonrisas encantadoras y sus mentes repugnantes. Nunca debí permitir que te acercaras a ella.
Ash jala del brazo de Lucien de nuevo.
–No sabes nada sobre mí.
–Sé que te acuestas con más mujeres en un año de lo que la mayoría de los
hombres en toda su vida.
–¿Y crees que lo disfruto? ¿O solo estás celoso de que puedo hacerlo?
Ante esas palabras, Lucien emite un grito estrangulado y libera su brazo de las
manos de Ash. Pero Ash es demasiado rápido. En un segundo, tiene a Lucien
inmovilizado contra una pared y con el antebrazo le aplasta la garganta.
–Ash, lo estás lastimando –digo. Voltea la cabeza para mirarme a los ojos–. Por favor, detente. Suéltalo.
A regañadientes, relaja su brazo y retrocede. Lucien se apoya contra la pared,
masajeándose el hombro.
–Ash nunca me tocaría sin mi consentimiento, Lucien –le aseguro.
–Bueno, me gustaría creer que no eres tan estúpida como para generar esto tú misma.
–¿Cuándo te detendrás? –interrumpe Ash, dando un paso al frente. Su rostro
está enrojecido, lo que hace que el magullón sobresalga con claridad en su
mejilla. De inmediato, me coloco entre ellos como una barrera física–. No eres
su padre. No puedes darle sermones sobre lo que hace.
–Creo que sé un poco más sobre lo que es mejor para ella que un acompañante –replica Lucien.
–En caso de que no lo hayas notado, ya no soy un acompañante –refuta Ash con frialdad.
–Suficiente –digo, alejando a Lucien de Ash–. Los dos pueden pelear todo lo
que quieran una vez que hayamos salido de este horrible lugar, pero hay cosas más importantes que discutir ahora mismo. ¿Cuál es el plan?
Lucien me quita de encima, toma el bolso y me lo lanza.
–Hay ropa para todos adentro. Vístanse rápido. Íbamos a tomar el tren, pero eso ya no es posible.
Abro la cremallera del bolso y encuentro tres pantalones de lana color café, tres
suéteres y tres pares de zapatos. También hay una botella de agua, una linterna,
vendas y un ungüento antiséptico. Utilizo un poco de agua para limpiarme la
sangre de Annabelle de las piernas, y me ocupo de las heridas que tiene Ash en la
frente y en la mejilla. Su ojo todavía está hinchado y esparzo el ungüento
alrededor de él.
–Tú también –dice él, colocando un poco de antiséptico en mi labio partido.
Arde un poco.
Una vez que estamos vestidos, me acerco a Raven. Todavía está mirando el
techo.
–¿Deberíamos...? –comienza a decir Ash.
–No, yo lo haré –respondo. Lo miro y después a Lucien–. Volteen, por favor – puede que Raven no esté del todo consciente, pero sé que no querría que dos hombres extraños la vieran desnuda. Logro ponerle los pantalones (es tan
liviana, tan delgada), pero colocarle el suéter me resulta más difícil.
»Ah, Raven, ¿puedes incorporarte? –susurro sin ninguna esperanza real. Por lo
tanto, me asombro cuando lo hace.
–¿Violet? –dice. Sus ojos brillan, como solían hacerlo.
–Ponte esto –indico, entregándole el suéter.
–Nunca antes he estado en esta habitación –comenta, mirando a su alrededor
mientras le pongo los zapatos y la ayudo a bajar de la placa metálica–. Es muy brillante.
–Esta es la amiga por la que preguntabas, asumo –dice Lucien–. ¿La sustituta
de la Casa de la Piedra?
–Ella es Raven –le informo.
–Yo soy Raven –repite ella.
–Y le entregaste el suero que era para ti.
Mi columna se endereza.
–Así es.
Lucien alza los ojos al techo.
–De todas las sustitutas en la Subasta –refunfuña–. Deja el abrigo aquí, regresaré por él. También necesitaré limpiar eso –le echa un vistazo al vómito de Raven y mueve la cabeza de un lado a otro–. Esto habría sido mucho más sencillo si me hubieses escuchado.
Ash guarda nuestra ropa anterior en el bolso y cruza la tira sobre su pecho.
Lucien nos guía fuera de la habitación y por un pasillo que lleva a otra puerta
que dice: PELIGRO. ÁREA RESTRINGIDA. No está cerrada, algo que me resulta extraño, y
Lucien la abre con facilidad.
De inmediato, me ataca una oleada de calor intenso y el olor a algo que se
quema. La habitación está vacía, salvo por el gigante horno de hierro fundido
que tiene una puerta en el centro.
–Esto es lo que está pasando –explica Lucien–. Han descubierto tu ausencia.
Por razones que solo puedo asumir que se desprenden de su instinto de
supervivencia, la Duquesa no ha revelado que tú, Violet, has desaparecido. Lo
ha acusado a él –mueve la cabeza en dirección a Ash– de violación. Un
acompañante que tiene relaciones con una mujer no esterilizada es un acto
criminal, pero añádanle que la mujer en cuestión es una sustituta... bueno, la
realeza quiere sangre. Todos los trenes que entran o salen de la Joya se han
detenido. Cada soldado disponible está recorriendo las calles buscándolo a él.
En pocas horas, su fotografía estará publicada en cada círculo de esta ciudad.
Me siento vacía.
–Entonces, ¿qué hacemos?
Lucien gira la manija que está en la puerta de hierro fundido y la abre.
Un muro de brillantes llamas amarillas arde dentro, causando que haga aún
más calor en la habitación.
–Este incinerador lleva directamente al sistema de desagüe. Pueden al menos llegar al Banco a través de los túneles; las alcantarillas
de los círculos más pobres no están conectados a estos. Hay un mapa en el bolso.
He delineado su camino en rojo. Habrá un socio mío esperándolos en el Banco,
y de ahí en adelante, veremos.
–¿Cómo sabré quién es tu socio?
–Pídeles que te muestren la llave.
–¿Qué llave?
–Lo sabrás cuando lo veas –hace una pausa–. Por algún pequeño milagro, ¿habrás traído el arcana contigo?
–¡Sí! –exclamo, llevando una mano hacia mi rodete desordenado–. Está en mi cabello.
Lucien sonríe; una sonrisa real, cálida.
–Buena chica. Puedo rastrearte usando eso.
–Pero... –miro con rapidez las llamas movedizas–. ¿Cómo se supone que
lleguemos allí abajo?
Su sonrisa se desvanece.
–Tendrás que utilizar los Augurios para apagar el fuego.
–¿Qué? –lo miro fijo, esperando que sea una broma–. ¿Cómo?
–No lo sé. Pero puedes lograrlo.
–Lucien, eso no es lo que hacen los Augurios. Es decir, ni siquiera sabría por
dónde empezar.
–Escúchame –Lucien coloca ambas manos sobre mis hombros–. Puede hacerse. Se ha hecho antes.
Mi boca se abre de par en par.
–¿Qué? ¿Quién lo ha hecho?
–Eso no importa ahora mismo. Tienes que hacer esto. De otro modo... –me mira, después mira a Raven y por último, de mala gana, a Ash–. De otro modo, todos están muertos.