Punto de vista de Emilia
Durante mucho tiempo creí que uno podía acostumbrarse al dolor, igual que se acostumbraba al viento invernal que se colaba por las ventanas agrietadas o al escozor de las viejas cicatrices antes de la lluvia.
En la Manada Frostridge no se limitaban a despreciarme. Me consideraban un error que, por algún capricho del destino, había sobrevivido al nacer.
Mi padre era el Alfa Henry, pero ser su hija jamás me había protegido. Mi madre había sido una bruja y, en una manada que veneraba la pureza de la sangre de lobo por encima de casi todo, mi mestizaje era un delito que nadie necesitaba demostrar antes de castigarme.
De niña solía preguntarme si me habrían tratado de otra forma de haber despertado pronto mi loba; si hubiera podido transformarme bajo la luna, como se esperaba de cualquier descendiente de un Alfa; si unas garras lo bastante afiladas y un aullido lo bastante potente habrían bastado para hacerles olvidar mi mitad de bruja.
Pero los años pasaron y mi loba nunca apareció.
Híbrida.
Bastarda.
Maldición.
Aquellas palabras me perseguían por los pasillos de la casa de la manada y por el campo de entrenamiento. Mi hermanastra Linda era especialmente hábil en eso. No necesitaba levantarme la mano cuando podía poner una habitación entera en mi contra con una sola mirada dulce, cargada de falsa compasión.
A los veintidós años, ya había aprendido a bajar los ojos ante el desprecio de los ancianos, a ignorar a los sirvientes que cuchicheaban que estaba maldita y a fingir que la amable sonrisa de mi madrastra, Dorothy, no dolía más que la crueldad abierta. Porque esa sonrisa siempre precedía al mismo recordatorio, pronunciado con la voz más dulce imaginable: debía agradecer que la manada aún me permitiera vivir allí.
La única razón por la que no me había derrumbado bajo el peso de todo aquello era Brandon Cole.
Había sido mi esperanza durante tanto tiempo que ya no sabía distinguirlo de mi propio instinto de supervivencia.
Brandon era el guerrero joven más fuerte de nuestra manada. Apuesto, admirado y respetado de una manera que yo nunca había conocido.
-Cuando despierte, Emmy -solía susurrarme mientras rozaba mis cicatrices con los labios, como si fueran algo precioso y no la prueba de todos los castigos que había soportado-, todos los que te despreciaron se arrepentirán.
Así que esperé.
Esperé al cumplir dieciocho, la edad a la que la mayoría de los lobos se transformaban por primera vez, pero bajo mi piel no encontré más que silencio. Esperé a los diecinueve, a los veinte y a los veintiuno, mientras la decepción de la manada se convertía en burla y mi padre me miraba con mayor frialdad cada año.
Esperé hasta mi vigesimosegundo cumpleaños: la última noche en que un hombre lobo podía despertar antes de ser declarado defectuoso para siempre.
Aquella era mi última oportunidad.
Bajo la luna llena, rodeada de lobos que se habían reunido más para disfrutar de mi fracaso definitivo que para presenciar mi Despertar, permanecí descalza dentro del círculo ritual y me obligué a no temblar. El cuenco de plata colocado ante mí reflejaba el brillo lunar. El cántico del anciano ascendía y descendía como un trueno lejano. Más allá de la multitud, Brandon me observaba con una expresión que yo necesitaba creer que era amor.
Entonces terminó el ritual.
No ocurrió nada.
Algunos lobos se echaron a reír.
Mi madrastra suspiró como si mi fracaso la hubiera perjudicado personalmente. Linda bajó la cabeza para ocultar la sonrisa que pugnaba por asomar a sus labios, y mi padre me dio la espalda antes incluso de que el anciano anunciara lo que todos sabían ya.
Creí que aquel sería el peor dolor de la noche.
Me equivocaba.
En cuanto salí del círculo ritual, una punzada brutal me atravesó el cráneo y una avalancha de voces irrumpió en mi mente.
Qué desperdicio de luz de luna.
Sabía que no se transformaría.
Brandon ya debe de estar cansado de fingir.
Me quedé paralizada.
Nadie había movido los labios.
Los lobos que me rodeaban continuaban riendo, cuchicheando y observándome. Sin embargo, bajo las palabras pronunciadas se alzaba otra capa de voces: más nítida, más despiadada, imposible de ignorar.
Sus pensamientos.
El pánico me cerró la garganta. Retrocedí tambaleándome y me llevé una mano a la sien mientras la crueldad oculta de la manada se precipitaba sobre mí sin piedad. Cada sonrisa ocultaba una segunda voz. Cada gesto compasivo, un cuchillo.
Me odiaban con una intensidad que nunca me había permitido imaginar.
Necesitaba a Brandon.
Necesitaba a la única persona que siempre había conseguido alejar el ruido de la manada.
Me abrí paso entre la multitud, desesperada por encontrarlo. Entonces una criada pasó lo bastante cerca para que sus pensamientos atravesaran el caos.
Brandon ha vuelto a seguir a Linda hasta su habitación. Por la Diosa, como tenga que esperar otra vez a que terminen para limpiar otro juego de sábanas destrozadas, voy a perder la cabeza.
Mi cuerpo dejó de responder.
Durante un latido, el mundo entero enmudeció.
Después, se me heló la sangre.
Agarré a la criada por la muñeca con tanta fuerza que gritó.
-¿Qué has dicho?
Sus ojos se abrieron de terror.
-Señorita Emilia, yo no he dicho nada.
Decía la verdad.
Sus labios no se habían movido.
Pero yo la había oído.
Una terrible insensibilidad se apoderó de mí. Solté a la criada y me volví hacia la casa de la manada. No recordaba haber cruzado el patio, subido las escaleras ni pasado junto a los sirvientes que se apartaban de mi camino con rostros sobresaltados y pensamientos culpables.
Solo recordaba los latidos desbocados de mi corazón y aquella súplica absurda y desesperada que se repetía en mi interior.
Por favor, que no sea verdad.
Por favor, que este sea el único pensamiento que haya entendido mal.
Por favor, que él siga siendo mío.
Cuando llegué ante la puerta de Linda, ya conocía la verdad.
Abrí de golpe.
Lo que encontré al otro lado era peor que cualquier pesadilla.
La cama crujía con un ritmo obsceno entre jadeos y gemidos.
Brandon -mi Brandon- estaba desnudo sobre una mujer. Linda rodeaba su cintura con las largas piernas y le arañaba la espalda mientras gemía su nombre.
Mi hermana.
Mi novio.
En aquel instante no sentí dolor.
No sentí nada.
Solo un vacío inmenso y resonante en el lugar donde debería haber estado mi corazón.
Entonces sus pensamientos me atravesaron como cristales rotos.
Dios, es mucho mejor que Emilia. Más apretada. Mucho más entregada. ¿Cómo pude desperdiciar tantos años con esa perra frígida y sin loba?
La voz de Brandon resonó con absoluta claridad dentro de mi cabeza, aunque en ese momento tenía la boca ocupada con Linda.
Mírala, ahí plantada como un fantasma patético. ¿De verdad creyó que Brandon la amaba? Por favor. Es mío desde el día en que decidí que lo quería.
Los pensamientos de Linda destilaban veneno y una satisfacción insolente.
La insensibilidad se hizo añicos.
Una furia pura e incandescente me arrasó por dentro.
Agarré el jarrón de la cómoda y lo arrojé contra la pared junto a la cama. Se hizo pedazos con un estruendo que me produjo una satisfacción feroz.
Los dos se separaron de golpe. Linda gritó y Brandon forcejeó por cubrirse.
-¡Emilia! -El rostro se le quedó blanco-. Esto no es lo que parece. Puedo explicarlo...
-¿Explicarlo? -Mi voz sonó baja, peligrosamente serena-. ¿Vas a explicarme cómo llevas tres meses follándote a mi hermana mientras me dices que me amas?
Se quedó con la boca abierta.
-¿Cómo lo has...?
-¿Acaso importa?
Entré en la habitación con los puños cerrados.
Linda se incorporó sin molestarse en cubrirse. Una sonrisa cruel le curvaba los labios.
-Ay, por favor. No finjas estar tan sorprendida, Emilia. ¿De verdad creías que alguien como Brandon se conformaría con una monstruosidad sin loba como tú?
Es todavía más patética de lo que pensaba. Mírala, está a punto de llorar. Esto es delicioso.
Reaccioné antes de poder pensarlo.
Mi palma se estrelló contra la mejilla de Brandon con un chasquido que resonó por toda la habitación.
Punto de vista de Emilia
Brandon retrocedió tambaleándose y se llevó una mano a la mejilla enrojecida.
-Pero ¿qué mierda...?
La segunda bofetada sonó aún más fuerte.
-Esa es por mentirme durante un año -dije, temblando de rabia-. Por hacerme creer que te importaba. Por ser un maldito cobarde incapaz de romper conmigo antes de metérsela a mi hermana.
-¡Perra loca!
Brandon se abalanzó sobre mí, pero yo ya me había movido.
Agarré el bolso de diseñador de Linda de la mesita de noche y se lo lancé a la cabeza. El golpe seco me produjo otra punzada de satisfacción.
-Se acabó -sentencié-. No vuelvas a dirigirme la palabra. No me mires. Ni siquiera respires cerca de mí. Me das asco.
Me volví hacia Linda. Su sonrisa burlona había empezado a desvanecerse.
-Y tú, felicidades. Has ganado el gran premio: un cobarde infiel, con la polla pequeña y sin futuro. Espero que sean muy felices juntos.
No esperé respuesta. Giré sobre mis talones, salí de la habitación y cerré de un portazo que hizo temblar el marco.
El despacho de mi padre se encontraba en la planta baja. Avancé hecha una furia por los pasillos, ignorando las miradas curiosas de los invitados que aún no se habían marchado.
No me molesté en llamar.
Abrí la puerta de golpe.
El Alfa Henry estaba sentado tras el escritorio. Dorothy ocupaba el borde de la mesa a su lado. Ambos alzaron la vista, sobresaltados.
-Emilia -empezó mi padre-. ¿Qué estás...?
-¿Lo sabías? -lo interrumpí. Tenía la voz desgarrada por todo lo que acababa de soportar y por cuanto ya no podía fingir que ignoraba-. ¿Sabías que Brandon me engañaba con Linda?
El Alfa Henry se limitó a recostarse en su silla y me contempló con hastío.
-Siéntate, Emilia.
-No.
Mi respuesta sonó más cortante de lo que esperaba. En el silencio posterior, Dorothy arqueó las cejas.
-¿Lo sabías? -repetí.
Esta vez, mi padre ni siquiera intentó mentir.
-Sí.
Aquella palabra me golpeó con más fuerza que encontrar a Brandon en la cama de Linda.
-Lo sabías -susurré.
-Brandon es un guerrero con talento -respondió con frialdad, como si eso bastara para explicarlo todo-. Es uno de los lobos más prometedores de su generación. La manada ha invertido demasiado en él como para desperdiciar su futuro por sentimentalismos.
Me limité a observarlo.
Había entrado esperando ira, quizá incluso decepción. No aquella crueldad serena y calculadora, capaz de reducir mi corazón destrozado a una decisión estratégica poco conveniente.
Entonces pronunció lo que llevaba tiempo deseando decirme.
-Fracasaste en tu Despertar.
La habitación quedó en silencio.
-Tuviste veintidós años, Emilia -prosiguió, endureciendo el tono con cada palabra-. Y, después de todo ese tiempo, sigues exactamente igual que al principio.
Sin loba.
Inútil.
Indeseada.
No tuvo que pronunciarlo.
Lo oí de todas formas.
-¿Así que eso es todo? -La pregunta apenas logró pasar por mi garganta-. Como no conseguí transformarme, Brandon puede traicionarme, Linda puede humillarme y tú puedes fingir que nada de eso importa.
-Linda tiene loba -espetó Henry-. Linda tiene valor. Brandon necesita una pareja capaz de permanecer a su lado, darle herederos fuertes y fortalecer esta manada. No te necesita a ti.
-Si tanto te decepcionaba, ¿por qué me tuviste?
Su expresión cambió.
-Cuida tu tono.
-No.
Una vez pronunciada aquella palabra, todo cuanto llevaba años enterrando empezó a salir a la superficie.
-Si odiabas tanto a mi madre, ¿por qué la elegiste? Si detestabas lo que yo era, ¿por qué me dejaste pasar veintidós años aquí, mendigando unas migajas de aprobación que jamás tuviste intención de darme?
El rostro de Dorothy se endureció.
-Ya basta.
Henry descargó la palma contra el escritorio. El golpe retumbó por todo el despacho.
-Elegí a esta manada.
Fue entonces cuando vi el sobre negro.
Dorothy lo tomó con sus dedos delicados y lo dejó delante de mí, donde pudiera distinguir el sello de cera plateada estampado sobre el papel.
El emblema de los Simons.
Se me heló la sangre antes de que ella abriera la boca.
-Linda recibió una invitación de la familia Simons -explicó con dulzura, y la falsedad de su voz me revolvió el estómago-. Pero, después de hablarlo detenidamente, tu padre y yo hemos decidido que asistirás tú en su lugar.
Tardé varios segundos en asimilar sus palabras.
La familia Simons no solo era rica y poderosa. La temían. Se hablaba de ella en susurros. Todas las familias con hijas en edad de casarse procuraban mantenerse lejos de sus dominios.
Y el Alfa Sebastian Simons era el peor de todos.
Seis esposas.
Seis funerales.
-Quieres que sustituya a Linda -dije, con una frialdad creciente- porque temes que él la mate.
-Nadie ha dicho eso -replicó Dorothy.
Sin embargo, los pensamientos de mi padre llegaron hasta mí con una claridad brutal.
Linda es demasiado valiosa para correr ese riesgo.
-Es tu deber -me corrigió Henry-. Una alianza con los Simons podría salvar a la Manada Frostridge.
-¿Y si muero?
Ninguno respondió.
No hacía falta.
Mi padre ya lo había hecho en su mente.
Si muere, no perdemos nada.
El despacho pareció desvanecerse a mi alrededor.
Por fin comprendía cuál era mi lugar en aquella familia. No era una hija. Ni siquiera una vergüenza que quisieran ocultar.
Solo era un cuerpo prescindible que podían arrojar al peligro porque nadie lloraría su pérdida.
Retrocedí un paso.
-No.
Los ojos de Henry se estrecharon.
-Emilia.
-He dicho que no. No iré.
Su aura de Alfa invadió la habitación y me oprimió hasta los huesos.
-Has pasado toda tu vida beneficiándote de la misericordia de esta manada. Ha llegado el momento de saldar tu deuda.
-¿Misericordia? -Solté una risa quebrada-. ¿A esto lo llamas misericordia?
-Lo llamo obediencia.
Entonces miró por encima de mi hombro.
-Guardias.
La puerta se abrió antes de que pudiera alcanzarla. Dos guerreros me sujetaron por detrás con tanta fuerza que el dolor me atravesó los hombros.
Pateé, me retorcí y grité. Cuando uno de ellos trató de arrastrarme hacia atrás, le clavé los dientes en la muñeca con toda la rabia que me quedaba.
El hombre soltó una maldición y aflojó el agarre.
Durante un segundo frenético, fui libre.
Entonces algo me golpeó en la nuca.
Un fogonazo de dolor me cegó. El suelo se inclinó bajo mis pies y la oscuridad comenzó a arrastrarme. Antes de perder el conocimiento, oí una última vez los pensamientos de mi padre, serenos y aliviados de una forma que su voz jamás había estado.
Por fin.
Ese problema está resuelto.
La oscuridad se cerró sobre mí.
Y, mientras se apagaba el último resquicio de mi conciencia, lo comprendí.
Nadie en la Manada Frostridge esperaba que sobreviviera.
Ya me habían entregado a la muerte.
Punto de vista de Emilia
Lo primero que percibí fue el aroma de las rosas y el perfume caro.
Abrí los ojos y me encontré contemplando un techo ornamentado con molduras intrincadas. La cama bajo mi cuerpo era obscenamente suave.
¿Dónde demonios estaba?
Me incorporé demasiado deprisa. La habitación dio vueltas a mi alrededor; el sedante todavía me enturbiaba los sentidos.
El dormitorio era enorme, al menos dos veces más grande que el mío en la casa de la Manada Frostridge. Todo rezumaba riqueza: cortinas de seda, suelos de mármol y una lámpara de araña digna de un palacio.
Entonces descubrí mi reflejo en el espejo de cuerpo entero de la pared opuesta.
Me habían arreglado como a una muñeca.
El cabello me caía por la espalda en suaves ondas y el maquillaje destacaba mis mejores rasgos. Mis ojos parecían más profundos; mis labios, más carnosos. Casi no me reconocí.
El vestido de seda azul marino se ajustaba a mi figura a la perfección. Era tan elegante y favorecedor que costaba apartar la vista.
Me veía hermosa.
Parecía una novia preparada para el matadero.
Por supuesto que me habían puesto bonita. No podían enviarle mercancía defectuosa al mismísimo diablo.
Mi padre no había organizado aquella elaborada ceremonia de cumpleaños por amor. Todo había sido una representación pública, una forma de demostrar que trataba a sus dos hijas por igual. Así podría entregarme a Sebastian Simons con la conciencia tranquila y la reputación intacta.
Linda se quedaba con Brandon.
Yo recibía una sentencia de muerte.
Seguramente mi padre había empezado a prepararlo todo en cuanto quedó claro que mi loba no despertaría.
Llamaron a la puerta con firmeza.
-¿Señorita Taylor? -preguntó una mujer desde el otro lado-. La selección del Alfa Sebastian comenzará en breve. Sígame, por favor.
El miedo me atenazó el vientre.
Estaba ocurriendo de verdad.
Abrí la puerta. Una mujer de mediana edad, vestida con un uniforme negro, me esperaba en el pasillo. Me examinó de arriba abajo con frialdad.
La Manada Frostridge debe de estar desesperada. Enviar al Alfa Sebastian a una vergüenza sin loba... ¿Acaso creen que somos idiotas?
La malicia de sus pensamientos me tensó el rostro, pero conservé la serenidad y la seguí por un pasillo que parecía no tener fin.
La mansión era aún más impresionante de lo que sugería mi habitación: una propiedad inmensa donde el lujo moderno se mezclaba con la elegancia del viejo mundo. Pasamos junto a ventanales que se extendían desde el suelo hasta el techo y daban a jardines cuidados al milímetro. Las paredes estaban cubiertas de lo que parecían pinturas originales del Renacimiento.
Al cruzar las puertas dobles, el ruido me golpeó.
No eran sonidos.
Eran pensamientos.
Decenas de voces irrumpieron a la vez, estrellándose contra mi mente como una ola gigantesca.
No puedo creer que esté haciendo esto. Voy a casarme con un demonio. Mi vida se ha acabado.
Puede que sea violento, pero sus matrimonios nunca duran. Dos meses como máximo y después, el divorcio. Aunque dieciocho millones de dólares de indemnización y el apellido Simons... Vale la pena correr el riesgo.
Diosa, es preciosa. Como elijan a esa perra sin loba en vez de a mí, juro que...
Mi padre me matará si no me elige. La manada necesita esta alianza. Tengo que conseguir que se fije en mí.
Los pensamientos se superponían, se enredaban y se multiplicaban. Parecía que un millar de abejas hubiera construido un nido dentro de mi cráneo. El zumbido crecía sin cesar, hasta que ya no pude distinguir dónde terminaba una voz y comenzaba la siguiente.
La vista se me nubló.
El pasillo se inclinó bajo mis pies.
Apoyé una mano en la pared para no caer, pero los pensamientos continuaron llegando, implacables.
¿Por qué toca la pared? ¿Va a desmayarse? Qué patética.
El desprecio de la encargada atravesó el caos.
-¿Señorita Taylor? -Su voz me llegó amortiguada, como si estuviera bajo el agua-. ¿Se encuentra bien?
No pude responder.
La garganta se me había cerrado y mis pulmones se negaban a llenarse. La oscuridad comenzó a invadir los bordes de mi visión mientras el pánico se apoderaba de mí.
Respira, me ordené. Solo respira.
Pero las voces no se detenían.
Cada vez sonaban más fuertes, más furiosas, más desesperadas.
Ante mí se abría una sala de espera ocupada por al menos treinta mujeres. Todas vestían con una elegancia impecable; todas mostraban distintas combinaciones de miedo y determinación.
De pronto, las puertas de la sala de recepción se abrieron de par en par.
Una mujer salió tambaleándose. El maquillaje le corría por las mejillas y los hombros se le sacudían con cada sollozo. Cuando pasó junto a mí, sus pensamientos chocaron contra mi mente con una claridad devastadora.
Nunca había conocido a un Alfa tan cruel y despiadado. Me ha mirado como si fuera basura. Como si no fuera nada. Diosa, solo quiero volver a casa. Quiero desaparecer. Quiero...
Se alejó antes de que pudiera asimilarlo. Otras dos mujeres aparecieron tras ella, ambas llorando y proyectando su terror y su humillación directamente dentro de mi cabeza.
Es un monstruo.
Esos ojos... Tan fríos, tan vacíos. Como los de un depredador que decide si matarte ahora o más tarde.
No soy lo bastante hermosa. Ni lo bastante inteligente. Nunca seré suficiente para un hombre como él.
Me doblé sobre mí misma y me apreté las sienes con las palmas, intentando bloquear las voces.
No podía.
Mi habilidad era demasiado reciente, demasiado incontrolable.
-¡Señorita Taylor! -La encargada me sostuvo por el codo-. Es la siguiente. Compóngase.
Me obligué a levantar la cabeza y parpadeé para disipar las manchas que danzaban ante mis ojos.
Dos guardias corpulentos flanqueaban la entrada. Me observaban con un desprecio imposible de ocultar.
Corre, gritaban mis instintos. Corre mientras aún puedas.
Pero ya había visto a los guardias. La propiedad estaba más protegida que una prisión. Aunque lograra escapar de ellos, ¿adónde iría?
¿Volvería con el padre que me había drogado y vendido?
¿Con la hermana que me había robado al novio y se había reído en mi cara?
No tenía adónde ir.
Nadie vendría a salvarme.
Así que hice lo único que podía.
Enderecé la espalda, levanté la barbilla y crucé aquellas puertas como si realmente hubiera elegido estar allí.
La sala de recepción era enorme. Aun así, el aire resultaba sofocante y parecía cerrarse sobre mí desde todas partes.
Entonces lo vi.
Sebastian Simons estaba sentado en el centro de la estancia, en un sofá de cuero que se asemejaba más a un trono.
Incluso sentado, dominaba todo el espacio.
Alto. De constitución poderosa. Irradiaba una autoridad capaz de obligar a cualquiera a arrodillarse por puro instinto.
Cabello oscuro. Pómulos altos. Nariz recta. Rasgos duros y definidos.
Y sus ojos...
Verdes. Penetrantes. Intensos e implacables.
Se clavaron en los míos.
De pronto, el mundo quedó en silencio.
Todas las voces, todo aquel caos de gritos y zumbidos que me desgarraba la mente, desaparecieron en un instante.
No podía escuchar sus pensamientos. No percibía nada procedente de él salvo su presencia, su autoridad y su poder.
Era la paz más absoluta que había experimentado desde el despertar de aquella habilidad maldita.
Y, por una cruel ironía, provenía del hombre con más probabilidades de matarme.