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La Santísima Virgen

La Santísima Virgen

Autor: : Xiao Liuzi
Género: Fantasía
El aire de la finca Castillo olía a olivos y a desesperación silenciosa. Sostenía a mi hijo, Mateo, inerte en mis brazos, mientras un charco de sangre se extendía bajo nosotros, una mancha imborrable que también cubría mi alma. Levanté la vista y ahí estaba ella, Scarlett, mi hijastra, sonriendo, sus ojos azules rebosantes de un veneno que congelaba la sangre mientras Máximo y su madre, La Matriarca, irrumpían en la escena. En lugar de ver a nuestro hijo muerto, sus ojos se posaron en mí, acusándome, mientras consolaban a la verdadera asesina, Scarlett, dejándome arrodillada en la sangre de mi sangre, humillada y sin voz. «¡Lina! ¿Qué le has hecho a Scarlett?», gritó Máximo, revisando a su hija en busca de heridas inexistentes, mientras La Matriarca me lanzaba una mirada de puro desprecio, acusándome de ser una salvaje y de haber provocado todo. El mundo se desvaneció en un túnel de desesperación, asfixiándome con la injusticia, la traición y el dolor insoportable de ser culpada por la muerte de mi propio hijo ante la indiferencia de mi propia familia. Fue entonces, en la más profunda oscuridad, cuando un calor extraño inundó mi vientre y una voz resonó en mi mente: «Divina Gestación activada. Reza a la Santísima Virgen, y tus hijos nacerán como tú los desees. Fuertes. Perfectos. Tuyos.» Ahora, Lina Salazar, la bailarina despreciada, usará este don para darles herederos que los destruirán a todos.

Introducción

El aire de la finca Castillo olía a olivos y a desesperación silenciosa.

Sostenía a mi hijo, Mateo, inerte en mis brazos, mientras un charco de sangre se extendía bajo nosotros, una mancha imborrable que también cubría mi alma.

Levanté la vista y ahí estaba ella, Scarlett, mi hijastra, sonriendo, sus ojos azules rebosantes de un veneno que congelaba la sangre mientras Máximo y su madre, La Matriarca, irrumpían en la escena.

En lugar de ver a nuestro hijo muerto, sus ojos se posaron en mí, acusándome, mientras consolaban a la verdadera asesina, Scarlett, dejándome arrodillada en la sangre de mi sangre, humillada y sin voz.

«¡Lina! ¿Qué le has hecho a Scarlett?», gritó Máximo, revisando a su hija en busca de heridas inexistentes, mientras La Matriarca me lanzaba una mirada de puro desprecio, acusándome de ser una salvaje y de haber provocado todo.

El mundo se desvaneció en un túnel de desesperación, asfixiándome con la injusticia, la traición y el dolor insoportable de ser culpada por la muerte de mi propio hijo ante la indiferencia de mi propia familia.

Fue entonces, en la más profunda oscuridad, cuando un calor extraño inundó mi vientre y una voz resonó en mi mente: «Divina Gestación activada. Reza a la Santísima Virgen, y tus hijos nacerán como tú los desees. Fuertes. Perfectos. Tuyos.»

Ahora, Lina Salazar, la bailarina despreciada, usará este don para darles herederos que los destruirán a todos.

Capítulo 1

El aire de la finca Castillo olía a olivos y a muerte.

Sostenía el pequeño cuerpo de mi hijo, Mateo, entre mis brazos. Estaba frío, rígido. Un charco de sangre se extendía bajo nosotros sobre las baldosas de terracota del patio, una mancha oscura que nunca se borraría de mi memoria.

Levanté la vista hacia el balcón. Allí estaba ella, Scarlett, mi hijastra, mirándome con una sonrisa torcida. Sus ojos azules, tan celebrados por su belleza, estaban llenos de un veneno helado.

"Era débil," dijo, su voz resonando con una crueldad que no correspondía a sus dieciséis años. "Un Castillo no puede ser débil. Solo te estaba haciendo un favor, bailarina."

El apodo "bailarina" era su forma de recordarme mi origen humilde, mi pasado en los tablaos de Triana, tan lejos del lujo de este cortijo.

"Tú lo mataste," susurré, el dolor ahogando mi voz.

"¿Y quién te va a creer?" se burló ella. "Eres solo la gitana que mi padre recogió. Yo soy su sangre."

En ese momento, la puerta del patio se abrió de golpe. Mi esposo, Máximo Castillo, entró corriendo, seguido de cerca por su madre, La Matriarca.

Sus ojos no se posaron en el cuerpo sin vida de nuestro hijo, sino en mí, en la furia que deformaba mi rostro.

"¡Lina! ¿Qué le has hecho a Scarlett?" gritó Máximo, corriendo hacia su hija, revisándola en busca de heridas inexistentes.

La Matriarca me lanzó una mirada de puro desprecio. "Siempre supe que no eras más que una salvaje. ¡Mira lo que has provocado! ¡Pobre niña!"

Me quedé allí, arrodillada en la sangre de mi hijo, acusada de un crimen que no cometí, mientras el asesino era consolado. El mundo se desvaneció en un túnel de desesperación.

Fue entonces cuando sentí un calor extraño en mi vientre, y una voz resonó en mi cabeza, clara y poderosa, como el canto de un coro celestial:

Divina Gestación activada. Reza a la Santísima Virgen, y tus hijos nacerán como tú los desees. Fuertes. Perfectos. Tuyos.

Una extraña calma me invadió. Miré a Scarlett, a Máximo, a su madre. Ya no eran mi familia. Eran mis enemigos.

Y yo, Lina Salazar, les daría herederos. Herederos que los destruirían a todos.

Capítulo 2

Máximo intentó deshacerse de mí con un cheque. Lo deslizó sobre la mesa de caoba de su despacho, una suma que podría comprarme una vida cómoda, lejos de ellos.

"Vete, Lina," dijo, sin mirarme a los ojos. "Esto ha sido un error. No puedes darme hijos sanos. Es mejor para todos."

"¿Un error?" repetí, mi voz era un susurro helado. "¿Mi hijo, tu hijo, fue un error?"

Él se estremeció, pero no cedió. "Era débil. La línea de sangre de los Castillo debe ser fuerte."

Recordé la voz en mi cabeza. Divina Gestación. Esta era mi oportunidad.

Me arrodillé ante él, no como una suplicante, sino como una jugadora haciendo su movimiento. Agarré el borde de su pantalón.

"Máximo, por favor," lloré, dejando que las lágrimas que había contenido finalmente cayeran. "Fue Scarlett. Ella lo empujó. Lo sé. Pero no tengo pruebas, ¿quién me creería?"

Jugué la carta de la víctima, la que ellos querían ver.

"Te daré otro hijo," prometí, levantando la cabeza para que viera la desesperación fingida en mis ojos. "Un hijo fuerte. Un torero, como siempre has soñado. Un niño que llevará el nombre de Castillo con honor. Solo dame una oportunidad más."

Vi la duda en sus ojos, la guerra entre su desilusión y su deseo más profundo.

La Matriarca, que había estado observando desde la puerta, entró en la habitación. Su rostro era una máscara de piedra.

"¿Un torero?" preguntó, su voz escéptica.

"Sí," afirmé, mi voz ganando fuerza. "Un niño bendecido. Fuerte y valiente. El heredero que esta familia merece."

Máximo miró a su madre. La obsesión por un heredero digno era el pilar de esta familia. Era su mayor debilidad. Y yo se la estaba ofreciendo en bandeja de plata.

"Una oportunidad," dijo Máximo finalmente, con la voz tensa. "Pero si este niño nace con el más mínimo defecto, te irás de aquí sin nada."

"Y Scarlett," añadí, secándome las lágrimas. "Sé que es tu hija y la quieres, pero es demasiado consentida. Su crueldad hacia Mateo... me asusta."

Por primera vez, vi un destello de irritación en los ojos de Máximo dirigido a su hija. La primera grieta.

"Se le darán unas normas," concedió a regañadientes.

Asentí, ocultando mi sonrisa de triunfo. La partida acababa de empezar. Y yo ya había ganado la primera mano.

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