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La Secretaria Comprada: El Precio de la Venganza

La Secretaria Comprada: El Precio de la Venganza

Autor: : S. Mejia
Género: Romance
"No eres mi empleada, Valeria. Eres mi trofeo. Y los trofeos no tienen voluntad." Valeria de la Vega lo tenía todo: un apellido ilustre, una vida de lujos y un futuro asegurado. Pero en una sola noche de apuestas clandestinas, su padre lo pierde todo frente al hombre más temido de la industria: Dante Volkov. Un hombre sin escrúpulos, apodado "El Lobo de Hierro", cuya fortuna solo es superada por su crueldad. Para evitar que su padre se pudra en una celda, Valeria debe firmar un contrato que la despoja de su libertad. Durante un año, será la asistente personal de Dante. Pero no habrá cafés ni agendas que organizar. Dante exige disponibilidad absoluta las 24 horas, el control total sobre su guardarropa y que ella sea el recordatorio viviente de la ruina de su familia. Lo que Valeria no sabe es que Dante no la eligió al azar por la deuda de su padre. Detrás de su mirada gélida y sus órdenes implacables, se esconde un joven que ella humilló diez años atrás, cuando él no era nadie y ella era su mundo. Ahora, el poder ha cambiado de manos. Dante está decidido a cobrarse cada desprecio, cada lágrima y cada cicatriz. Pero en este juego de dominación y castigo, la línea entre el odio y la obsesión es peligrosamente delgada. ¿Podrá Valeria sobrevivir a la jaula de oro de Dante, o descubrirá que el precio de su libertad es entregarle su corazón al hombre que juró destruirla?

Capítulo 1 La Caída del Imperio

El sonido del cristal rompiéndose contra el suelo de mármol fue lo único que interrumpió el silencio sepulcral de la mansión De la Vega.

Valeria se sobresaltó, dejando caer la revista de modas que ojeaba distraídamente en el sofá de terciopelo. Eran las dos de la madrugada. Su padre, Rodrigo de la Vega, nunca llegaba tarde. Y ciertamente, nunca entraba a casa haciendo ruido. Él era un hombre de compostura, de trajes impecables y modales de la vieja escuela.

-¿Papá? -llamó ella, poniéndose de pie. La seda de su bata color crema rozó sus tobillos mientras caminaba hacia el vestíbulo.

Lo que encontró allí le heló la sangre.

Su padre estaba apoyado contra la pesada puerta de roble, como si el peso del mundo acabara de aplastarlo. Su corbata estaba deshecha, colgando flácida alrededor de su cuello; su cabello, siempre engominado hacia atrás, estaba revuelto, y su rostro... su rostro tenía el color de la ceniza.

-Papá, ¿qué pasó? -Valeria corrió hacia él, tomándolo del brazo justo antes de que sus rodillas cedieran. Olía a tabaco rancio y a sudor frío. Olía a miedo.

-Se acabó, Valeria -murmuró él, con la voz rota, una sombra del barítono autoritario que solía cerrar tratos millonarios en la ciudad-. Todo se acabó.

Ella frunció el ceño, intentando procesar las palabras mientras lo ayudaba a caminar hacia el salón principal.

-¿De qué hablas? ¿Fue la fusión con los inversores asiáticos? Te dije que no te preocuparas, podemos vender la casa de verano en los Hamptons si necesitamos liquidez...

Rodrigo soltó una risa seca, un sonido terrible que carecía de cualquier humor. Se dejó caer en el sofá, cubriéndose la cara con las manos.

-No hay casa de verano, Valeria. No hay acciones. No hay cuentas en Suiza. -Separó los dedos para mirarla con ojos inyectados en sangre-. No hay nada. Lo he perdido todo.

Valeria sintió un zumbido en los oídos.

-¿Todo? Eso es imposible. Somos los De la Vega. Nuestra fortuna tiene generaciones...

-La aposté -confesó él, en un susurro que golpeó a Valeria más fuerte que una bofetada-. Estaba desesperado. Las deudas se acumulaban, los bancos cerraban las puertas... Necesitaba un golpe de suerte. Una última jugada para salvar la empresa.

Valeria retrocedió un paso, horrorizada. Su padre no era un jugador. Era un empresario.

-¿Apostaste... nuestro patrimonio? -preguntó, con la voz temblorosa.

-Contra él. Pensé que podía ganarle. Pensé que era solo un nuevo rico arrogante, un perro callejero con suerte... -Rodrigo se pasó la mano por el cabello, temblando-. Pero él sabía cada movimiento que iba a hacer. Jugó conmigo como un gato con un ratón moribundo.

-¿Quién, papá? ¿Quién tiene todo nuestro dinero?

Rodrigo levantó la vista. En sus ojos había un terror puro, primitivo.

-Dante Volkov.

El nombre aterrizó en la habitación como una sentencia de muerte. Valeria conocía ese nombre. Todos en la alta sociedad lo conocían, aunque nadie lo invitaba a sus fiestas. Lo llamaban "El Lobo de Hierro". Un hombre que había surgido de la nada, devorando empresas en quiebra y destruyendo legados familiares solo por deporte. Se decían cosas terribles de él: que no tenía alma, que sus negocios rozaban la ilegalidad, que en sus venas corría hielo en lugar de sangre.

-Volkov... -repitió ella, sintiendo un escalofrío-. Bien. Abogados. Llamaremos a los abogados mañana. Declararemos la bancarrota, venderemos esta casa, nos mudaremos a un apartamento pequeño. Podemos empezar de cero, papá. Estamos juntos.

Rodrigo negó con la cabeza, y las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas arrugadas.

-No lo entiendes, hija. No fue una apuesta legal. Fue... un acuerdo privado. Si no pago para mañana a mediodía, no solo nos quitarán la casa. Iré a la cárcel por malversación de fondos. Él tiene las pruebas, Valeria. Él tiene mi vida en la palma de su mano.

Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Cárcel. Su padre, un hombre de sesenta años con el corazón débil, no sobreviviría una semana en prisión.

-¿Cuánto? -preguntó ella, endureciendo la mandíbula-. ¿Cuánto quiere para dejarte libre? Venderé mis joyas, mi coche, todo.

-No quiere dinero -dijo Rodrigo. Su voz bajó tanto que Valeria tuvo que inclinarse para escucharlo-. Le ofrecí todo lo que me quedaba. Le supliqué. Le dije que te dejaría sin herencia con tal de pagarle.

-¿Entonces qué quiere?

Rodrigo alzó la vista y miró a su hija. La miró como si fuera la última vez que la veía. Había vergüenza en su mirada, una vergüenza tan profunda que hizo que a Valeria se le revolviera el estómago.

-Hizo una contraoferta. Dijo que perdonaría la deuda. Que quemaría los documentos que me incriminan y dejaría la mansión a mi nombre...

-¿A cambio de qué? -gritó ella, perdiendo la paciencia.

-A cambio de ti.

El silencio que siguió fue absoluto. Valeria parpadeó, segura de haber escuchado mal.

-¿Qué?

-Te quiere a ti, Valeria -sollozó su padre, derrumbándose por completo-. Un contrato. Un año. Quiere que trabajes para él. Que vivas bajo su techo. Que seas su... propiedad exclusiva. Dijo que es el precio por mi libertad.

Valeria sintió que el aire abandonaba sus pulmones. No era una oferta de trabajo. Era una venta. Dante Volkov no quería una asistente; quería un trofeo. Quería humillar al gran Rodrigo de la Vega llevándose lo único que le quedaba limpio.

-Me vendiste... -susurró ella, con lágrimas de incredulidad picando en sus ojos.

Capítulo 2 La Reunión

-No dije que sí -se apresuró a decir su padre, agarrando sus manos con desesperación-. ¡Le dije que no! Preferiría morir antes que entregarte a ese monstruo. Iré a la cárcel, Valeria. No me importa.

Valeria miró a su padre. Vio el temblor en sus manos, el terror en sus ojos ante la idea de la prisión, la fragilidad de su vejez. Si iba a la cárcel, moriría allí. Y Dante Volkov se quedaría con todo de todos modos.

Ella se soltó suavemente del agarre de su padre y se puso de pie. Caminó hacia el ventanal que daba a los jardines oscuros. En algún lugar de esa ciudad, en una torre de cristal y acero, un hombre estaba esperando destruir su vida.

Un hombre que creía que podía comprarlo todo.

Valeria se secó una lágrima solitaria que escapó por su mejilla. Su vida de lujos, de fiestas y preocupaciones superficiales había terminado hace cinco minutos. Ahora, solo quedaba la supervivencia.

Se giró hacia su padre, con la barbilla en alto y una frialdad nueva en la mirada.

-No irás a la cárcel, papá -dijo con voz firme-. Llama a Volkov. Dile que acepto el trato.

Mañana conocería al Diablo. Y pensaba mirarlo directamente a los ojos.

La Torre Volkov cortaba el cielo de la ciudad como una daga de obsidiana.

Valeria de la Vega alzó la vista desde la acera, sintiendo que el edificio se inclinaba sobre ella, amenazando con aplastarla antes incluso de entrar. Cincuenta pisos de cristal tintado y acero negro. Un monumento a la arrogancia.

Se alisó la falda de su traje Chanel blanco -su armadura para la batalla- y respiró hondo. El aire acondicionado del vestíbulo la golpeó con una bofetada helada en cuanto las puertas giratorias la tragaron. Todo allí dentro gritaba dinero nuevo y poder absoluto: los suelos de mármol negro sin una sola veta, la recepción que parecía más un altar que un escritorio, y el silencio religioso que reinaba en el ambiente.

-Tengo una cita con el señor Volkov -dijo Valeria, esforzándose para que su voz no temblara.

La recepcionista, una mujer rubia con una belleza clínica y fría, ni siquiera la miró a los ojos mientras tecleaba.

-Piso 50. La están esperando, señorita De la Vega. El ascensor privado es el de la izquierda.

Valeria caminó hacia el ascensor con la barbilla en alto, sintiendo las miradas de los guardias de seguridad en su espalda. Cuando las puertas se cerraron y la caja de metal comenzó a ascender a una velocidad vertiginosa, sus oídos se taponaron.

«Es solo un hombre», se repitió mentalmente. «Un hombre de negocios cruel, pero un hombre al fin y al cabo. Puedo negociar. Puedo ofrecerle mis acciones, mi fideicomiso, mi trabajo... pero bajo mis condiciones.»

El ascensor se detuvo con un suave ding y las puertas se abrieron directamente a una oficina que abarcaba toda la planta.

No había secretaria. No había antesala. Solo un vasto espacio abierto con paredes de cristal que ofrecían una vista panorámica de la ciudad a sus pies. El sol del atardecer bañaba la habitación en tonos naranjas y rojos, dando la impresión de que el cielo estaba ardiendo.

Y allí, al final de la sala, detrás de un escritorio de madera oscura tan grande como una mesa de banquete, estaba él.

Estaba de espaldas, mirando por el ventanal, con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón de traje que se ajustaba perfectamente a su figura.

-Señor Volkov -llamó Valeria, dando un paso adelante. Sus tacones resonaron contra el suelo de madera pulida, un sonido solitario y agudo-. Soy Valeria de la Vega. Vengo a discutir los términos de... la deuda de mi padre.

El hombre no se giró de inmediato. Valeria notó la anchura de sus hombros bajo la tela fina de la camisa blanca. Era alto. Mucho más alto y atlético de lo que imaginaba para un tiburón financiero.

-Sé a qué vienes, Valeria -dijo él.

La voz la detuvo en seco.

Era grave, áspera como la grava, con un matiz oscuro que le recorrió la columna vertebral como una descarga eléctrica. Esa voz... esa voz le resultaba imposiblemente familiar, aunque había madurado, volviéndose más profunda y peligrosa.

El hombre se giró lentamente.

Valeria sintió que el aire se escapaba de sus pulmones. Su bolso de diseñador se resbaló de sus dedos y cayó al suelo con un golpe sordo.

No era un desconocido. No era un viejo empresario con sobrepeso y olor a puros.

Frente a ella, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos grises como el hielo, estaba el chico que solía recortar los setos del laberinto de su jardín hace diez años. El hijo de la cocinera y el jardinero. El chico sucio y silencioso al que ella y sus amigos habían apodado "El Mudo".

-Dante... -susurró, con la incredulidad estrangulando su garganta.

-Dante Volkov -corrigió él, caminando alrededor del escritorio con la gracia depredadora de un felino.

Ya no llevaba los vaqueros rotos ni las botas llenas de barro. Llevaba un traje hecho a medida que costaba más que el coche de Valeria. Su cabello negro, antes revuelto y largo, ahora estaba corto y peinado con una precisión militar. Pero eran los ojos... esos ojos grises seguían siendo los mismos, aunque ahora brillaban con una inteligencia letal y un odio frío.

Se detuvo a un metro de ella, invadiendo su espacio personal. Olía a sándalo, a especias caras y a peligro.

-Te ves pálida, princesa -dijo, escupiendo el apodo con una mezcla de burla y veneno-. ¿Esperabas a alguien más?

-Tú... tú eres el dueño de todo esto -balbuceó Valeria, incapaz de conectar los puntos. ¿Cómo había pasado el hijo de los empleados domésticos a ser el hombre más rico de la ciudad en una década?-. ¿Tú arruinaste a mi padre?

-Tu padre se arruinó solo -respondió Dante, sin dejar de mirarla. Su mirada recorrió el cuerpo de Valeria de arriba abajo, deteniéndose en el traje blanco impecable, evaluándola no como a una mujer, sino como a una mercancía-. Yo solo le di la pala para que cavara su propia tumba.

Valeria retrocedió un paso, chocando contra una silla de diseño. El miedo comenzó a reemplazar al shock. Si Dante era quien tenía la deuda... esto no era negocios. Esto era personal. Muy personal.

Recordó vagamente la última vez que lo vio. Una fiesta en la piscina. Risas crueles. Él saliendo empapado y humillado de la propiedad. Un recuerdo borroso que ella había enterrado bajo años de privilegios.

-Dante, si esto es por lo que pasó cuando éramos niños... -empezó ella, intentando recuperar la compostura.

Él soltó una carcajada corta y sin humor que la cortó en seco.

-"Lo que pasó". Qué forma tan elegante de llamarlo -Dante se inclinó hacia ella, apoyando una mano en el respaldo de la silla, atrapándola-. No estás aquí para hablar del pasado, Valeria. Estás aquí porque tu padre te vendió para salvar su pellejo.

-Vengo a negociar -insistió ella, aunque su voz sonaba débil incluso para sus propios oídos.

-No tienes nada con qué negociar -Dante se apartó y caminó hacia su escritorio, tomando una carpeta de cuero negro. La lanzó sobre la mesa, deslizándola hacia ella-. Todo lo que llevas puesto, desde esos pendientes de diamantes hasta los zapatos, ya es técnicamente mío. Tu casa es mía. El apellido De la Vega no vale ni la tinta con la que se imprime.

Se sentó en su silla de cuero, recostándose con una arrogancia que hizo hervir la sangre de Valeria.

-Siéntate -ordenó. No fue una invitación. Fue un comando.

Valeria dudó un segundo, pero sus piernas temblaban tanto que obedeció, sentándose al borde de la silla frente a él.

-Lee -dijo Dante, señalando la carpeta-. Y firma. Tienes cinco minutos antes de que llame a la policía y envíe a tu padre a una celda con asesinos y violadores.

Valeria abrió la carpeta. Las letras bailaban ante sus ojos.

Contrato de Cesión de Servicios y Confidencialidad.

Pero a medida que leía las cláusulas, la bilis le subía por la garganta.

Cláusula 4: Disponibilidad absoluta las 24 horas.

Cláusula 7: El empleador tiene derecho a decidir la vestimenta, residencia y agenda de la empleada.

Cláusula 12: Prohibición total de contacto con medios de comunicación o socios anteriores.

Levantó la vista, horrorizada.

-Esto es esclavitud. Es ilegal.

Dante se encogió de hombros, indiferente.

-Es un acuerdo privado entre adultos. Si no te gusta, la puerta está abierta. Puedes irte. Pero si cruzas ese umbral sin firmar, tu padre cenará en prisión esta noche.

Sacó una pluma estilográfica de oro y la dejó sobre el papel. El sonido metálico resonó como un disparo.

-Tú decides, Valeria. ¿Cuánto vale tu orgullo?

Valeria miró la pluma. Miró a Dante, el chico al que una vez ignoró, ahora convertido en su verdugo. Entendió entonces que no había escapatoria. Él había planeado esto durante años. Cada detalle. Cada humillación.

Con mano temblorosa, tomó la pluma. La tinta negra fluyó sobre el papel, sellando su destino.

Dante sonrió. Y por primera vez, Valeria vio al lobo enseñar los dientes.

-Bienvenida a mi mundo, Valeria -murmuró él, guardando el contrato en un cajón-. Ahora, levántate. Tienes trabajo que hacer. Y lo primero es quitarte esa ropa ridícula. Odio el blanco.

Capítulo 3 El Contrato del Diablo

El sonido del cajón cerrándose fue definitivo, como el golpe de un juez dictando sentencia.

Valeria soltó la pluma, sintiendo que sus dedos estaban entumecidos. Había firmado. Había vendido un año de su vida al hombre que la miraba desde el otro lado del escritorio con una satisfacción depredadora.

-Bien -dijo Dante, su voz carente de cualquier calidez-. Ahora que los trámites legales están resueltos, hablemos de tus obligaciones.

Se levantó de su silla de cuero y caminó lentamente alrededor del escritorio, deteniéndose justo frente a ella. Valeria se obligó a no retroceder, a mantener la barbilla en alto, aunque por dentro estuviera temblando.

-Soy tu asistente ejecutiva -dijo ella, aferrándose a la poca dignidad profesional que le quedaba-. Organizaré tu agenda, filtraré tus llamadas y...

Dante soltó una risa oscura, interrumpiéndola.

-¿Asistente ejecutiva? -repitió, como si fuera el chiste más gracioso que hubiera escuchado-. Valeria, tengo a tres personas con maestrías en Harvard que se pelean por traerme el café. No te necesito para eso.

Se inclinó hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que Valeria pudo oler la mezcla embriagadora de su colonia cara y tabaco.

-No te contraté por tus habilidades, princesa. Te contraté por tu apellido. Y por tu obediencia.

Valeria frunció el ceño.

-¿Entonces qué esperas que haga?

Dante comenzó a enumerar, marcando cada punto con un dedo, acercándose un paso más con cada palabra.

-Primero: Tu agenda es mi agenda. Si tengo una reunión a las tres de la mañana en Tokio, tú estarás allí. Si decido cenar a medianoche, tú me servirás el vino. No hay horarios de oficina. No hay fines de semana. Tu tiempo me pertenece.

Valeria tragó saliva.

-Eso es ilegal. Las leyes laborales...

-Leíste la Cláusula 4 -la cortó él-. Renunciaste a tus derechos laborales a cambio de la deuda de tu padre. Siguiente punto.

Dante rodeó la silla donde ella estaba sentada, su mano rozando deliberadamente el hombro de Valeria. Ella se tensó bajo el contacto, sintiendo el calor de su palma a través de la tela de su chaqueta.

-Segundo: Tu imagen. -Hizo una pausa, y Valeria sintió su mirada recorriendo su espalda-. Ese traje blanco de Chanel... es ridículo. Pareces una virgen sacrificada. Y en mi empresa, la inocencia es una debilidad.

-Es un traje de diseño -replicó ella, ofendida.

-Es un disfraz -corrigió él al oído, provocándole un escalofrío-. A partir de mañana, usarás lo que yo diga. Mis sastres vendrán al ático a primera hora. Tirarás todo lo que trajiste. Ropa interior, zapatos, vestidos. Todo.

Valeria se giró bruscamente para mirarlo.

-¿Incluso mi ropa interior? ¡Eso es pervertido!

Dante no se inmutó. Su rostro era una máscara de piedra.

-Es control, Valeria. Quiero que cada vez que te vistas por la mañana, recuerdes a quién perteneces. No quiero ver ni un solo hilo de la "vieja" Valeria. Esa niña mimada murió en el momento en que tu padre perdió esa apuesta.

Él se apartó y caminó hacia una mesita auxiliar donde había una jarra de agua y varios dispositivos electrónicos. Tomó un teléfono inteligente de última generación, negro y elegante, y lo lanzó sobre el regazo de Valeria.

-Tercero: Comunicación. Dame tu teléfono.

Valeria protegió su bolso instintivamente.

-¿Qué? No. Tengo mis contactos, mis fotos, mis...

-Dámelo -ordenó Dante, extendiendo la mano con la palma abierta. No gritó, pero la autoridad en su voz era absoluta-. O el trato se rompe y llamo a la policía ahora mismo.

Con los ojos llenos de lágrimas de rabia, Valeria sacó su iPhone y lo dejó caer en la mano de él. Dante ni siquiera lo miró; lo dejó caer en la papelera de metal junto a su escritorio con un ruido sordo.

-Ese -señaló el teléfono negro en el regazo de ella- es tu nuevo número. Solo tiene un contacto guardado: Yo. Tiene GPS activado las 24 horas. Si intentas salir de la ciudad, lo sabré. Si intentas llamar a la prensa, lo sabré. Si intentas contactar a tus viejos amiguitos del club de campo, lo bloquearé.

Valeria miró el dispositivo negro como si fuera una granada. Estaba aislada. Completamente sola en la guarida del lobo.

-¿Por qué? -susurró, levantando la vista hacia él. Sus ojos marrones brillaban con una mezcla de miedo y desafío-. ¿Por qué haces esto, Dante? ¿Tanto me odias porque no quise salir contigo cuando tenías dieciséis años? ¿Es eso? ¿Un ego herido?

La temperatura en la habitación pareció descender diez grados.

Dante se acercó a ella, esta vez rápido, atrapándola entre sus brazos y el respaldo de la silla. Apoyó las manos en los reposabrazos, encerrándola. Su rostro estaba a centímetros del de ella, y Valeria pudo ver una tormenta en sus ojos grises.

-No te hagas la ingenua, Valeria -gruñó él, con una intensidad que la dejó sin aliento-. No fue solo un "rechazo". Tú y tu maldita familia me trataron como basura. Me humillaron. Me hicieron creer que no valía nada.

Hizo una pausa, respirando con dificultad, como si estuviera conteniendo una violencia antigua.

-Ahora, yo tengo el poder. Y voy a enseñarte lo que se siente no ser nadie. Vas a ser mi sombra, Valeria. Vas a ver cómo dirijo el mundo mientras tú solo puedes mirar y obedecer. Y cuando termine el año... cuando te haya roto lo suficiente... entonces, y solo entonces, podrás irte.

Se apartó de golpe, como si su cercanía le quemara. Se arregló la chaqueta, recuperando su frialdad habitual en un instante.

-Vete al ascensor. Mi chofer te llevará al ático. Tus maletas ya están allí.

Valeria se puso de pie, sintiéndose mareada.

-¿Y tú?

Dante se sentó de nuevo tras su escritorio y abrió un expediente, ignorándola deliberadamente.

-Yo tengo trabajo. No me esperes despierta. Ah, y Valeria...

Ella se detuvo en la puerta, con la mano en el pomo de cristal.

-No intentes escapar -dijo él sin levantar la vista-. Mis guardias no son tan amables como yo.

Valeria salió de la oficina, sintiendo que las paredes se cerraban sobre ella. Mientras el ascensor descendía, se miró en el espejo de metal pulido. Aún llevaba su traje blanco, pero ya se sentía manchada.

La jaula se había cerrado. Y la llave estaba en el bolsillo de Dante Volkov.

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