Género Ranking
Instalar APP HOT
Inicio > Romance > La Segunda Esposa del Sultán: Pecado de Sangre
La Segunda Esposa del Sultán: Pecado de Sangre

La Segunda Esposa del Sultán: Pecado de Sangre

Autor: L.alejandra
Género: Romance
¿Puede un contrato de sangre borrar el fuego de una noche prohibida? Amira es una joven latina cuya vida se convierte en una moneda de cambio cuando su padre la entrega a la poderosa dinastía Al-Fayed. Obligada a cumplir un pacto matrimonial firmado en las sombras, Amira decide reclamar su propia libertad por una última vez en las calles de Nueva York. Esa noche, entre copas y adrenalina, se entrega a un extraño de mirada gélida y mando absoluto, creyendo que jamás volvería a verlo. Pero el destino tiene un sentido del humor cruel. Al llegar al desierto, Amira descubre que su esposo es un hombre en coma, y que el extraño con el que pecó no es otro que Cem, el futuro Sultán y hermano mayor de su marido. Atrapada en un palacio de oro donde el honor se escribe con sangre, Amira guarda un
Leer ahora

Capítulo 1 incienso

El olor a incienso y tierra mojada se me pegaba a la garganta, asfixiándome más que el propio luto. Observé el ataúd de mi padre descender lentamente, llevándose consigo no solo sus restos, sino también la última pizca de piedad que le quedaba a mi familia. No había lágrimas en mis ojos; el fuego de la traición las había secado antes de que la primera palada de tierra golpeara la madera.

-Es por el bien de todos, Amira -susurró mi tío al mi lado, su voz carente de emoción, mientras me apretaba el brazo con una fuerza que pretendía ser consuelo, pero que se sentía como una cadena.

-¿El bien de quién? -respondí sin mirarlo, con la mandíbula tan tensa que temí que mis dientes se quebraran-. Me han vendido como si fuera ganado, tío. Han usado mi vida para tapar los agujeros que dejó la ambición de mi padre.

Nadie respondió. En mi familia, el silencio era la moneda con la que se pagaban las culpas. Mi padre, Santiago Valdés, había muerto dejando un imperio en ruinas y una deuda de sangre con personas que no entendían de quiebras financieras, solo de honor y contratos.

Apenas terminó la ceremonia, no hubo café de pésame ni abrazos de consuelo. Me escoltaron directamente hacia una camioneta negra blindada. Mis maletas ya estaban en el maletero; mi vida entera había sido empacada por extraños mientras yo velaba a un hombre que me había traicionado en su última voluntad.

-El vuelo sale en dos horas -dijo uno de los hombres de traje oscuro que no conocía. No eran seguridad de la familia; eran los enviados de los Al-Fayed.

El trayecto al aeropuerto fue un borrón de luces y asfalto. Me sentía desconectada de mi propio cuerpo, como si estuviera viendo la película de una ejecución ajena. Al llegar a la terminal privada, el aire acondicionado me golpeó como una bofetada de realidad. Allí estaba el jet privado, con un emblema dorado que no lograba descifrar, pero que gritaba poder y posesión.

-¿Nueva York? -pregunté, deteniéndome frente a la escalerilla del avión.

-Es el punto de entrega, señorita Amira -respondió el escolta, señalándome que subiera-. Allí esperará las instrucciones finales antes de su traslado definitivo al reino.

Subí los escalones con las piernas temblorosas. Al entrar en la cabina de lujo, me recibió el lujo más obsceno que había visto jamás: cuero fino, maderas exóticas y champán helado. Sin embargo, para mí, aquello no era más que una jaula de oro con alas. Me desplomé en uno de los asientos y miré por la ventanilla cómo mi tierra, mi lengua y mi pasado se hacían pequeños bajo el ala del avión.

Me enviaban a Nueva York para ser entregada a un contrato matrimonial que no firmé, a una familia árabe que no conocía y a un destino que otros habían decidido por mí.

Me serví una copa de cristal, ignorando el temblor de mis manos. Mi padre me había vendido, mi familia me había escoltado al matadero y el mundo esperaba que fuera una esposa sumisa. Pero mientras el avión se elevaba sobre las nubes, una chispa de rebelión se encendió en mi pecho. Si esta iba a ser mi última noche de libertad antes de convertirme en la propiedad de un extraño, me aseguraría de que fuera una noche que ni el mismo Dios pudiera olvidar.

No sabía que en las sombras de Nueva York me esperaba un par de ojos oscuros que me robarían el alma antes de que el desierto reclamara mi cuerpo. Solo sabía que, a partir de hoy, Amira Valdés había muerto, y la mujer que renacería en las dunas no se dejaría domar por nadie.

Capítulo 2 NY

Nueva York me recibió con una lluvia fría que golpeaba los ventanales del ático de lujo donde me habían confinado. Todo aquí era mármol blanco y silencio sepulcral, un contraste violento con el caos colorido de mi hogar. Pero no estaba sola. Frente a mí, observándome con ojos que parecían cuchillos, estaba Malika, la mujer que los Al-Fayed habían enviado para "pulirme" antes del traslado.

-Tu madre te crió mal, Amira -soltó Malika, su voz era un látigo de desprecio mientras observaba mi postura-. Te permitió ser ruidosa, tener opiniones, vestir como una mujer mundana. Eso se acaba hoy.

Sentí que la sangre me hervía. Mi madre me había criado para ser libre, no para ser un adorno en el palacio de un extraño.

-Mi madre me crió para ser humana, no una alfombra -respondí, sosteniéndole la mirada con un desafío que la hizo apretar los labios.

-Aprenderás a ser una verdadera árabe, aunque tenga que romperte el espíritu para lograrlo -sentenció ella-. Mañana empezaremos con el protocolo de sumisión. Ahora, prepárame el té. Es hora de que empieces a servir.

Bajé la cabeza, fingiendo una derrota que no sentía. Mientras preparaba la infusión en la cocina de alta gama, mis dedos rozaron el pequeño frasco que había logrado ocultar en mi lencería durante el viaje: gotas de sedante que mi prima me había dado para los nervios del vuelo. Con un movimiento rápido y certero, vertí la mitad del frasco en la taza de porcelana de Malika.

Minutos después, la vi beber con elegancia aristocrática. No pasaron ni diez minutos antes de que sus ojos empezaran a pesarle. Sus insultos se volvieron balbuceos hasta que, finalmente, su cabeza cayó pesadamente contra el respaldo del sofá.

-Buenas noches, institutriz -susurré, sintiendo una descarga de adrenalina.

Corrí a mi habitación. Me deshice del vestido recatado que me habían obligado a usar y saqué de mi maleta un vestido rojo, corto y ajustado, que gritaba "latina" en cada costura. Me maquillé con ferocidad, pintando mis labios de un carmín que parecía sangre, y salí por la puerta de servicio, burlando a los guardias que creían que la "prometida" estaba durmiendo plácidamente.

Caminé tres calles bajo la lluvia neoyorquina hasta que las luces de neón de un bar exclusivo, el Obsidian, llamaron mi atención. El sonido del bajo retumbaba en el pavimento, prometiéndome el olvido que tanto ansiaba.

Entré al lugar, dejando que el olor a whisky y perfume caro me envolviera. Me dirigí a la barra, ignorando las miradas hambrientas de los hombres a mi paso. Solo quería una copa. Solo quería sentir que todavía me pertenecía a mí misma antes de que el sol saliera y volviera a ser un contrato firmado.

-Un tequila doble, sin sal ni limón -le dije al barman.

-Una mujer con prisa por olvidar es una mujer peligrosa -dijo una voz profunda a mi espalda, una voz que vibró en mi columna vertebral como un trueno.

Me giré lentamente, con el vaso en la mano. Y ahí estaba él. Un hombre que no parecía pertenecer a este mundo de luces baratas. Su mirada era oscura, gélida y cargada de un poder que me hizo dar un paso atrás por instinto. No sabía su nombre, no sabía que él era la personificación del pecado que me perseguiría hasta el desierto. Solo sabía que, en ese momento, sus ojos eran lo único que quería mirar.

Capítulo 3 cap 3

El Obsidian latía con una energía que me hacía sentir viva por primera vez en años. El desconocido no apartaba sus ojos de los míos; eran dos pozos de obsidiana que parecían leer cada uno de mis pecados. Sin decir una palabra, me tendió la mano. El roce de su piel contra la mía envió una descarga eléctrica que me obligó a soltar el aire que no sabía que estaba reteniendo.

Nos movimos hacia la pista. La música era un murmullo profundo, una mezcla de ritmos electrónicos y latidos de corazón. Él bailaba con una elegancia depredadora, rodeando mi cintura con una confianza que solo da el poder absoluto.

-Bailas como si estuvieras huyendo de algo, Mariposa -susurró cerca de mi oído, su aliento rozando mi cuello y erizándome la piel.

-Y tú miras como si fueras el cazador, Lobo -respondí, usando el primer apodo que me vino a la mente mientras me pegaba más a su cuerpo, desafiándolo.

Él soltó una risa ronca, una vibración que sentí directamente en mi pecho. Sus manos bajaron un poco más por mi espalda, reclamando territorio en el vestido rojo que apenas me cubría. Estábamos en nuestra propia burbuja de deseo, hasta que el brillo de una linterna táctica cerca de la entrada me devolvió a la realidad de golpe.

A lo lejos, entre la multitud, vi las siluetas inconfundibles de los hombres de traje oscuro. Eran los guardias de los Al-Fayed. Habían despertado a Malika o habían rastreado mi salida. Si me atrapaban aquí, vestida así, mi vida terminaría antes de empezar.

El pánico se apoderó de mí, pero no me solté de él. Al contrario, apreté su mano con desesperación.

-Tengo que irme. Ya -dije, mirando por encima de su hombro.

-No te vas a ninguna parte sin mí -sentenció el "Lobo", notando mi miedo.

Lo arrastré hacia la salida de emergencia. Al abrir la puerta pesada, la lluvia de Nueva York nos golpeó con furia, empapándonos al instante. Corrimos por el callejón, el agua chapoteando bajo nuestros pies y el sonido de nuestras risas nerviosas mezclándose con el trueno. Cruzamos la calle, esquivando taxis amarillos, hasta que nos refugiamos bajo el arco de piedra de un edificio antiguo en una calle lateral solitaria.

Nos detuvimos, jadeando. Mi vestido rojo estaba pegado a mi piel como una segunda capa y el agua corría por el rostro perfectamente esculpido de él. Me miró con una intensidad que me hizo olvidar el frío.

-Me has robado la noche, Mariposa -dijo, acortando la distancia entre nosotros.

-Tú me has regalado la mía, Lobo -susurré.

Él no esperó más. Tomó mi rostro entre sus manos grandes y cálidas y me besó. Fue un beso que sabía a lluvia, a alcohol y a una libertad desesperada. En ese callejón oscuro, rodeada de sombras y peligro, me entregué a un extraño cuyo nombre no sabía, pero cuyo toque me hacía sentir más reina que cualquier corona que el desierto pudiera ofrecerme. No sabía que estaba besando al hombre que se convertiría en mi mayor verdugo y en mi único dueño.

Descargar libro

COPYRIGHT(©) 2022