Es curioso con lo que se queda uno, las cosas que recuerdas cuando acaba todo. Yo
aún veo los paneles de las paredes de nuestro camarote y recuerdo con precisión lo
lujosa que era la alfombra. Recuerdo el olor a agua salada que permeaba el aire y se
me pegaba a la piel, así como el sonido de la risa de mis hermanos en la otra
habitación, como si la tormenta fuera una emocionante aventura en lugar de una
pesadilla.
Más que cualquier sensación de miedo o de preocupación, en la estancia flotaba
cierta irritación. La tormenta estaba estropeando nuestros planes para la noche; no
habría baile en la cubierta superior, adiós a la ocasión de pasearme luciendo mi vestido
nuevo. Aquellas eran las cosas que me preocupaban entonces, tan insignificantes que
casi me avergüenzo de confesarlo. Pero eso era antes, cuando la realidad me parecía
casi como un cuento, porque era estupenda.
-Si el barco no deja de balancearse, no voy a tener tiempo de arreglarme el pelo
antes de la cena -se quejó mamá.
Yo la miré desde mi posición, tendida en el suelo, haciendo esfuerzos por no
vomitar. El reflejo de mi madre me recordó el póster de una película: sus rizos estaban
perfectos. Pero ella nunca se sentía satisfecha.
-Deberías levantarte del suelo -me dijo mirándome-. ¿Y si entra el servicio?
Obedecí, como siempre, y me dirigí trastabillando hasta uno de los divanes, aunque
no pensaba que aquella posición fuera necesariamente la más digna de una señorita.
Cerré los ojos, rezando para que el agua se calmara. No quería ponerme mala. Hasta
aquel último día, nuestro viaje había sido de lo más normal, un simple viaje de familia
del punto A al punto B. Ahora no me acuerdo de adónde nos dirigíamos. Lo que sí
recuerdo es que viajábamos con estilo, como siempre. Éramos una de las pocas
familias afortunadas que habían sobrevivido a la Gran Depresión con nuestra fortuna
intacta. Y a mamá le gustaba asegurarse de que la gente lo supiera. Así que estábamos
instalados en una bonita suite con grandes ventanas y personal a nuestro servicio. Me
planteé llamar a uno de los sirvientes y pedirle un cubo.
Fue entonces, entre la confusión del mareo, cuando oí algo, casi como una lejana
canción de cuna. Aquello despertó mi curiosidad y, por algún motivo, me dio sed.
Levanté la cabeza, desconcertada, y vi que mamá también se giraba hacia la ventana,
intentando localizar el sonido. Nuestras miradas se cruzaron por un momento; las dos
parecíamos querer confirmar que lo que estábamos oyendo era real. Cuando tuvimos claro que no estábamos solas, volvimos a mirar hacia la ventana y escuchamos. La
música era de una belleza embriagadora, como un himno sacro para un devoto.
Papá asomó por la puerta del baño, luciendo un nuevo apósito en el punto donde se
había cortado al intentar afeitarse durante la tormenta.
-¿Eso es la banda? -preguntó. Su voz tenía un tono tranquilo, pero sus ojos
reflejaban una desesperación inquietante.
-Puede ser. Parece que viene del exterior, ¿no? -De pronto, mamá parecía
intrigada, emocionada. Se llevó una mano a la garganta al tiempo que tragaba saliva-.
Vamos a ver.
Se levantó de un salto y cogió su suéter. Yo no daba crédito a lo que oía. Mamá
odiaba la lluvia.
-Pero, mamá... ¡Tu maquillaje! Acabas de decir...
-Oh, eso -dijo, quitándole importancia con un gesto de la mano y enfundándose
el cárdigan color marfil-. Solo será un momento. Tendré tiempo de arreglarlo cuando
volvamos.
-Yo creo que me quedo aquí -respondí.
Aquella música ejercía en mí la misma atracción que en ellos, pero el sudor frío de
mi rostro me recordó lo cerca que estaba de las arcadas. Salir del camarote no podía
ser una buena idea en mi estado. Me encogí aún más, resistiéndome a la tentación de
ponerme en pie y seguirlos.
Mamá se giró y me miró a los ojos:
-Me sentiría mejor teniéndote a mi lado -dijo con una sonrisa.
Aquellas fueron las últimas palabras que me dirigió. En el mismo momento en que
abría la boca para protestar, me encontré cruzando el camarote para seguirla. Ya no se
trataba de obedecer. Tenía que subir a cubierta. Tenía que acercarme a la canción. Si
me quedaba en el camarote, probablemente quedaría atrapada en el barco y me
hundiría con él. Entonces podría unirme a mi familia. En el cielo o en el infierno. O en
ningún sitio, si todo aquello era mentira. Pero no.
Subimos las escaleras. Por el camino se nos unieron muchísimos otros pasajeros.
Fue entonces cuando me di cuenta de que algo iba mal. Algunos de ellos corrían,
abriéndose paso entre la multitud, mientras que otros parecían sonámbulos.
Salí al exterior, sintiendo la lluvia que caía con fuerza. Nada más cruzar el umbral,
me paré a observar la escena. Con las manos apretadas contra las orejas para aislarme
de los fragorosos truenos y de la música hipnótica, intenté asimilar todo aquello. Dos
hombres pasaron corriendo a mi lado y se lanzaron por la borda sin detenerse un
momento. La tormenta no era tan grave que tuviéramos que abandonar el barco, ¿no?
Miré a mi hermano menor y lo vi saltando hacia la lluvia, como un gato salvaje que
diera zarpazos a un filete. Cuando alguien a su lado se puso a hacer lo mismo,
empezaron a darse golpes y acabaron peleándose por las gotas de agua. Di un paso
atrás y busqué con la mirada a mi hermano mediano. No lo encontré. Estaba perdido
entre la multitud que se lanzaba hacia la barandilla, desapareció antes de que pudiera
entender lo que estaba presenciando.
Luego vi a mis padres, cogidos de la mano, con la espalda contra la borda,
dejándose caer hacia atrás como si nada. Sonreían. Solté un chillido.
¿Qué estaba pasando? ¿Es que el mundo se había vuelto loco?
Una nota penetró en mi oído. Bajé las manos. Mis miedos y preocupaciones se
desvanecieron a medida que la canción iba asentándose. Tenía la impresión de que
estaría mejor en el agua, arrullada por las olas, en lugar de estar sufriendo el embate
de la lluvia. Era algo delicioso. Necesitaba bebérmelo, llenar el estómago, el corazón,
los pulmones con ello.
Con aquel deseo atravesándome y latiendo en mi interior, me acerqué a la
barandilla. Habría sido un placer llenarme de aquella música, para saciar hasta el
último rincón de mi cuerpo. Apenas me di cuenta de que trepaba a la borda. No fui
consciente de nada hasta que el impacto del agua en el rostro me devolvió la
conciencia.
Iba a morir.
«¡No! -pensé mientras me debatía para volver a la superficie- ¡No estoy
preparada! ¡Quiero vivir!»
Diecinueve años no eran suficientes. Aún me quedaban muchas comidas que
probar, muchos lugares que visitar. Esperaba que un marido y una familia. Todo ello
perdido en una fracción de segundo.
*¿De verdad?
No tenía tiempo de dudar de si realmente había oído aquella voz.
-¡Sí!
*¿Qué darías por vivir?
-¡Lo que fuera!
En un instante, algo me arrastró fuera de aquel estrépito. Era como si un brazo me
hubiera rodeado la cintura y hubiera tirado de mí con precisión, pasando entre cuerpos
y más cuerpos hasta dejarlos atrás. Enseguida me encontré tendida boca arriba,
mirando a tres chicas de una belleza inhumana.
Por un momento, todo el horror y la confusión desaparecieron. No había tormenta,
ni familia, ni miedo. Lo único que había o que habría alguna vez eran aquellos rostros perfectos. Fruncí el ceño, escrutándolos. Saqué la única conclusión que me parecía
posible.
-¿Sois ángeles? -pregunté-. ¿Estoy muerta?
La joven que estaba más cerca y que tenía los ojos del verde esmeralda de los
pendientes de mamá, así como un cabello rojo intenso que le caía a los lados del
rostro, se agachó.
-Estás bien viva -me aseguró, con un perfecto acento británico.
Me la quedé mirando, pasmada. Si seguía viva, ¿no debería sentir la sal rascándome
en la garganta y los ojos irritados por el agua? ¿No tendría que sentir la irritación en la
piel del rostro por el impacto contra el agua? Sin embargo, me sentía perfectamente,
completa. O estaba soñando, o estaba muerta. No había otra opción.
A lo lejos oía gritos. Levanté la cabeza. Por encima de las olas entreví la popa de
nuestro barco que cabeceaba de un modo surrealista.
Respiré hondo varias veces, demasiado confundida para entender cómo podía seguir
respirando, mientras oía que todos los demás se ahogaban a mi alrededor.
-¿Qué recuerdas? -me preguntó.
-La alfombra -dije meneando la cabeza. Rebusqué entre mis recuerdos, que ya
empezaban a parecerme distantes y confusos-. Y el cabello de mi madre. -La voz
se me quebró-. Luego me encontré en el agua.
-¿Pediste vivir?
-Sí -balbucí, preguntándome si podría leerme la mente o si aquello lo habría
pensado todo el mundo-. ¿Quién eres tú?
-Yo soy Marilyn -respondió ella con una voz dulce-. Esta es Aisling -añadió,
señalando a una chica rubia que me dedicó una sonrisa cálida-. Y esa es Nombeko.
Nombeko era oscura como el cielo de la noche y parecía no tener ni un pelo.
-Somos cantoras. Sirenas. Sirvientas de Oceania -explicó Marilyn-. Nosotras la
ayudamos. La... alimentamos.
Arrugué la nariz.
-¿Y qué es lo que come el océano?
Marilyn miró hacia el barco y yo seguí su mirada. Se estaba hundiendo. Ya casi no
se oía ni una voz.
Oh.
-Es nuestro deber. Y muy pronto podría ser también el tuyo. Si le dedicas tu
tiempo a ella, ella te dará vida. A partir de este día, durante los próximos cien años, no
sufrirás heridas ni enfermedades, ni envejecerás ni un día. Cuando se acabe tu tiempo,
recuperarás tu voz, tu libertad. Vivirás.
-Lo siento -balbucí-. No lo entiendo.
Las otras, detrás de ella, sonrieron, pero sus ojos tenían una mirada triste.
-No. Sería imposible que ahora lo entendieras -dijo Marilyn, que me pasó la
mano sobre el cabello empapado, tratándome ya como si fuera una de ellas-. Te
aseguro que ninguna de nosotras lo entendió en su momento. Pero lo entenderás.
Poco a poco me levanté hasta quedar completamente erguida, sorprendiéndome al
ver que estaba de pie sobre el agua. Todavía había unas cuantas personas flotando a lo
lejos, luchando contra la corriente, como si pensaran que aún podían salvarse.
-Mi madre está allí -supliqué.
Nombeko suspiró, con ojos melancólicos.
Marilyn me rodeó con un brazo, mirando hacia los restos del naufragio.
-Tienes dos opciones: puedes quedarte con nosotras, o puedes ir con tu madre -
me susurró al oído-. Irte con ella. No salvarla.
Me quedé en silencio, pensando. ¿Me estaba diciendo la verdad? ¿Podía elegir
morir?
-Has dicho que darías lo que fuera por vivir -me recordó-. Espero que fuera en
serio.
Vi en sus ojos la esperanza. No quería que me fuera. Quizá ya había visto suficiente
muerte por un día. Asentí. Me quedaría. Tiró de mí y me susurró al oído:
-Bienvenida a la hermandad de las sirenas -dijo, y de pronto me sentí arrastrada
hacia el fondo.
Una sensación fría me inundó las venas. Aunque me asustó, apenas me dolió.
Ochenta años después
-¿Por qué? -preguntó, con el rostro hinchado típico en los ahogados.
Levanté las manos, advirtiéndole que no se acercara, intentando dejarle claro sin
palabras que era letal. Pero estaba claro que ella no tenía miedo. Buscaba venganza. Y
se la cobraría como pudiera.
-¿Por qué? -volvió a preguntar.
Tenía unas algas enredadas en la pierna; chapoteaban al arrastrarlas por el suelo.
Las palabras me salieron de la boca antes de que pudiera contenerlas:
-Tuve que hacerlo.
Al oírme, ni se inmutó: siguió avanzando sin más. Ahí estaba. Por fin tendría que
pagar por lo que había hecho.
-Tenía tres hijos.
Retrocedí, buscando una escapatoria.
-¡Yo no lo sabía! ¡Lo juro, no sabía nada!
Por fin se detuvo, a apenas unos centímetros de mí. Esperé a que me pegara o me
estrangulara, a que encontrara un modo de vengar la vida que le habían arrancado
prematuramente. Pero se limitó a quedarse allí, con la cabeza ladeada,
contemplándome con aquellos ojos hinchados y la piel teñida de azul.
Entonces se lanzó sobre mí. Me desperté jadeando, agitando el brazo al aire frente a
mí, hasta que lo entendí. Un sueño. No era más que un sueño. Me puse una mano
sobre el pecho, esperando que así se me calmara el corazón. Sin embargo, en lugar de
tocar piel, mis dedos dieron con el dorso de mi álbum de recortes. Lo recogí y observé
mi completa colección de artículos de prensa. Me estaba bien empleado, por ponerme
a trabajar en él antes de irme a dormir.
Acababa de completar mi página sobre Kerry Straus justo antes de quedarme
dormida. Era una de las últimas personas que tenía que investigar del pasaje de
nuestro último naufragio. Dos más y tendría información sobre todas y cada una de las
víctimas. El Arcatia sería mi primer barco completo.
Eché un vistazo a la página de Kerry y observé el brillo luminoso de sus ojos en la
foto del sitio web hecho en su recuerdo, un efecto chapucero obra sin duda de su
viudo en un rato libre, cuando no estaba intentando cocinar algo más creativo que un
simple plato de espaguetis para sus tres hijos huérfanos de madre o lidiando con la rutina de su trabajo. Kerry tenía un aspecto optimista, un aire expectante que la
rodeaba como una aureola.
Yo se lo había arrebatado. Se lo había robado y se lo había entregado al océano.
-Al menos tú tenías familia -le dije a su foto-. Al menos hay alguien que llorará
tu ausencia.
Ojalá pudiera explicarle que una vida cortada de cuajo era mejor que una vida vacía
que se prolongaba sin más. Cerré el álbum y lo puse en mi arcón con los demás, uno
por cada naufragio. Solo había unas cuantas personas que pudieran entender cómo me
sentía. En realidad, ni siquiera estaba segura de ello.
Con un gran suspiro me dirigí al salón, donde resonaban las voces de Elizabeth y de
Miaka a un volumen superior al que me resultaba cómodo.
-¡Kahlen! -me saludó Elizabeth.
Intenté no hacer ruido, mientras comprobaba que todas las ventanas estuvieran
cerradas. Ellas sabían lo importante que era que nadie pudiera oírnos, pero nunca se
mostraban lo precavidas que me habría gustado.
-A Miaka se le acaba de ocurrir otra idea para su futuro.
Miré a Miaka, diminuta y oscura de la cabeza a los pies, pero no de espíritu: me
había conquistado a los pocos minutos de conocerla.
-Cuenta -respondí, mientras me instalaba en la butaca de la esquina.
Miaka me mostró una gran sonrisa.
-Estaba pensando en comprarme una galería.
-¿De verdad? -dije, levantando las cejas, sorprendida-. Así que prefieres ser
propietaria a creadora, ¿eh?
-De hecho, no creo que pudieras dejar de pintar -reflexionó Elizabeth.
Asentí.
-Tienes demasiado talento.
Miaka llevaba años vendiendo sus obras de arte por Internet. Incluso ahora,
mientras charlábamos, estaba escribiendo algo en su teléfono. Imaginé que sería otra
de sus ventas. El hecho de que alguna de nosotras tuviera un teléfono era casi ridículo
(como si tuviéramos a alguien a quien llamar), pero a ella le gustaba estar conectada
con el mundo.
-Me parece divertido estar a cargo de algo, ¿sabes?
-Ya -dije-. Ser propietaria me parece algo increíblemente atractivo.
-¡Exacto! -Miaka hablaba y escribía al mismo tiempo-. Responsabilidad,
individualidad... Todo eso ahora no lo tengo, así quizá pueda compensarlo más
adelante.
Estaba a punto de decirle que teníamos un montón de responsabilidades, pero
Elizabeth se me adelantó:
-Yo también tengo una nueva idea -dijo, tan contenta.
-Cuéntanos -respondió Miaka, dejando el teléfono y echándosele encima, como
si fueran dos cachorrillos.
-He decidido que cantar me gusta de verdad. Creo que me gustaría usarlo de un
modo diferente.
-Lo harías fantásticamente como cantante en un grupo.
Elizabeth irguió la espalda, casi tirando a Miaka al suelo.
-¡Eso es exactamente lo que pensaba!
Me las quedé mirando, maravillada al pensar que tres personas tan diferentes, con
lugares de nacimiento y costumbres diferentes, pudieran equilibrarse tan bien. Incluso
Aisling, cuando decidió abandonar su aislamiento autoimpuesto y quedarse una
temporada con nosotras, encajó como la pieza de un puzle.
-¿Y tú, Kahlen?
-¿Eh?
Miaka levantó la cabeza, animada.
-¿Algún sueño que cumplir?
Ya habíamos jugado a aquel juego centenares de veces a lo largo de los años. Nos
servía para mantener el buen humor. Yo me había planteado ser médico, para
compensar así todas las vidas que me había llevado. O bailarina, para aprender a
controlar mi cuerpo a la perfección. O escritora, para encontrar el modo de usar la
voz, fuera o no hablando. O astronauta, por si necesitaba poner más espacio entre
Oceania y yo... Prácticamente había agotado hasta la última posibilidad.
Pero en el fondo sabía que solo había una cosa que deseara realmente, algo que aún
me resultaba demasiado doloroso.
Eché un vistazo al gran libro de historia apoyado sobre mi sillón favorito, el libro
que había querido llevarme a mi habitación la noche anterior..., asegurándome de que
la revista de novias de su interior seguía bien escondida.
-Lo mismo de siempre -dije sonriendo y encogiéndome de hombros-. Lo de
siempre.
En el momento en que puse el pie en el campus, tragué saliva. Por mucho que
deseara una vida tan típica y agradable como la de cualquier otra persona, no
conseguía sentirme cómoda. Los humanos (y su necesidad constante de mantener
silencio para sentirse protegidos) me ponían nerviosa. Pero incluso en aquel momento
oía la voz de Elizabeth en mi interior: «No hace falta que estemos en casa todo el rato.
Yo no voy a vivir así», había asegurado a las dos semanas de estar con nosotras. Y
había mantenido su palabra: no solo había salido ella, sino que se había asegurado de
que todas nosotras también tuviéramos una vida lo más normal posible. La calmaba
aventurarse al exterior. Para mí era como un permiso.
Nuestra casa estaba cerca de una universidad, lo cual era perfecto. Implicaba
montones de gente paseando por campos de hierba y mezclándose unos con otros
junto a las mesas para el pícnic. Yo no sentía la necesidad de ir a conciertos, a clubes
o a fiestas, como Elizabeth o Miaka. Me contentaba con solo estar entre los humanos,
verlos. Sí, quizá mi idea de estilo fuera algo diferente, ya que seguían atrayéndome los
cortes y las líneas de las faldas y los vestidos de los años cincuenta, pero, si me
sentaba bajo un árbol con un libro en las manos, podía hacerme pasar por uno más de
ellos durante horas. Veía a la gente pasar, contenta de que tuviéramos un vecindario
tan simpático, en el que había quien me saludaba sin más. Si pudiera decirles «hola»
(una sola palabra, minúscula e inofensiva), la ilusión habría sido perfecta.
-... si no quiere. Quiero decir... ¿Por qué no dice algo? -preguntaba una chica al
grupo de amigas que la rodeaba.
Pensé que era como una abeja reina. Y que las otras eran sus desventurados
zánganos.
-Tienes toda la razón. Tenía que haberte dicho que no quería ir, en lugar de
contárselo a todo el mundo menos a ti.
La reina se echó el cabello atrás.
-Bueno, pues yo ya he acabado con ella. No estoy para esos jueguecitos.
Me la quedé mirando y entrecerré los ojos, convencida de que ella tendría su propio
juego.
-Tío, te digo que podríamos diseñarlo -le decía un chico de cabello corto a su
amigo, agitando las manos con entusiasmo.
-No lo sé -respondió este, algo más gordito, rascándose la nuca y sin dejar de
caminar a toda prisa.
Quizás intentara dejar atrás a su amigo, pero este se movía con tanta agilidad,
estaba tan motivado, que habría podido mantenerle el ritmo a un cohete.
-Es una inversión mínima, colega. Podríamos ser la gran sensación. ¡Dentro de
diez años, la gente estaría hablando de aquellos dos cerebritos de Florida que les
cambiaron la vida!
Contuve una sonrisa.
Cuando la multitud se dispersó, por la tarde, fui a la biblioteca. Desde el día en que
nos habíamos instalado en Miami, había ido una o dos veces por semana. No me gustaba investigar para mi álbum de recortes en casa. Ya había cometido aquel error
anteriormente. Elizabeth se había mofado de mí y de mi interés morboso.
-¿Y por qué no sales a buscar los cadáveres? -me dijo-. O pregúntale a Oceania
cuáles fueron sus últimos pensamientos. ¿Eso también quieres saberlo?
Entendía su rechazo. Veía mis álbumes de recortes como una obsesión morbosa por
las personas que habíamos matado. Me hubiera gustado que entendiera que me
perseguía el recuerdo de aquella gente, cuyos gritos resonaban en mi mente mucho
después de que se hubiera hundido su barco. Saber que Melinda Bernard tenía una
gran colección de muñecas y que Jordan Cammers estaba en primero de Medicina
aliviaba mi dolor. Como si, de algún modo, el saber de sus vidas, más allá de su
muerte, mejorara en algo las cosas.
Ese día mi objetivo era Warner Thomas, la penúltima persona de la lista de
pasajeros del Arcatia. Warner resultó ser un sujeto relativamente fácil. Había
montones de personas con el mismo nombre, pero cuando cribé todos los perfiles de
redes sociales con posts que se interrumpían de golpe seis meses antes, lo reconocí.
Warner era un hombre alto y flaco, con aspecto de ser demasiado tímido como para
atreverse a hablar a la gente en persona. En todas partes aparecía como soltero. Me
sentí mal al pensar que tenía lógica.
La última entrada en su blog era desgarradora.
Lo siento, no puedo escribir más, pero es que estoy actualizando desde el teléfono. ¡Mirad qué
puesta de sol!
Justo debajo de esa línea, el sol se fundía en la nada tras el océano.
¡Cuánta belleza hay en el mundo! ¡Seguro que se avecinan cosas buenas!
Casi me dieron ganas de reír. La expresión que tenía en todas las fotos me hizo
pensar que en toda su vida no había dicho nada exclamándolo de aquella manera. Pero
no pude evitar preguntarme si habría ocurrido algo antes de aquel funesto viaje.
¿Tenía algún motivo para pensar que su vida iba a tomar un nuevo rumbo? ¿O era una
de esas mentiras que nos contamos desde la seguridad de nuestra habitación, cuando
nadie más puede ver lo falsas que son?
Imprimí la mejor foto que encontré de él, una broma que había posteado y algo de
información sobre sus hermanos. No me gustaba llevar conmigo los álbumes de
recortes, así que metí los papeles con todo cuidado en la bolsa, dispuesta a volver a
casa.
«Lo siento, Warner. Te juro que tu muerte no fue culpa mía.»
Una vez hecho aquello, ya podía dedicarme a algo más divertido. Con el paso de los
años había aprendido a compensar cada entrada devastadora de mi álbum con algo
alegre. La noche anterior estuve mirando vestidos antes de pegar la última de las fotos
de Kerry. Esta vez fueron pasteles. Encontré la sección de gastronomía y me llevé un
montón de libros a un espacio vacío en la tercera planta. Estuve repasando diferentes
recetas, elaboración de fondants, construcción de tartas. Hice tartas de boda
imaginarias, una tras otra, regodeándome en una ensoñación muy real. La primera, la
clásica de vainilla y crema de mantequilla, con un escarchado azul pálido y pequeñas
amapolas blancas. Tres pisos. Preciosa. La siguiente fue de cinco pisos, cuadrada, con
una cinta negra y complementos de pedrería alineados en vertical por la parte de
delante. Más apropiada para una boda de tarde.
Quizás aquel pudiera ser mi próximo gran sueño. Tal vez pudiera hacerme pastelera
y contribuir al día especial de otras personas, por si yo nunca tenía el mío.
-¿Vas a celebrar una fiesta?
Levanté la mirada y me encontré a un chico rubio de aspecto desastrado empujando
un carrito lleno de libros. Llevaba en el pecho una vieja chapa con un nombre que no
pude leer y el típico uniforme universitario: unos pantalones chinos y una camisa
abotonada hasta arriba y arremangada por los codos. Ya nadie vestía así.
Contuve un suspiro. Era inevitable, parte del juego. Nuestra misión era atraer a la
gente. Y los hombres eran especialmente vulnerables.
Bajé la mirada sin responder, esperando que captara la indirecta. No había decidido
sentarme en las últimas mesas de la última planta porque quisiera socializar.
-Pareces estresada. Desde luego no te iría nada mal una fiesta.
No pude contener una sonrisa burlona. Aquel chico no tenía ni idea.
Desgraciadamente, se tomó mi sonrisa como una invitación a seguir insistiendo.
Se pasó la mano por el cabello, en el equivalente moderno al saludo que antes se
hacía tocándose el ala del sombrero. Señaló los libros.
-Mi madre dice que el secreto para hornear buenos pasteles es usar un cuenco
caliente. Yo no tengo ni idea, la verdad. Apenas sabría prepararme unos cereales sin
quemarlos.
Su mueca sugería que aquello era cierto. Verlo ligeramente avergonzado, metiéndose
las manos en los bolsillos, despertó mi simpatía.
En realidad, era una pena. Sabía que no tenía mala intención, y yo no quería herir
sus sentimientos. Pero cuando estaba a punto de recurrir al movimiento más
maleducado que podía, levantándome y marchándome sin más, sacó la mano del
bolsillo y me la tendió.
-Me llamo Akinli, por cierto -dijo, esperando que yo respondiera. Me lo quedé
mirando, extrañada. No estaba acostumbrada a que la gente no se diera por aludida
con mi silencio-. Sé que es raro -añadió, malinterpretando mi confusión-. Es un
apellido. Más o menos. Fue el último nombre de familia por parte de mi madre.
Seguía con la mano tendida, esperando. Mi respuesta habitual habría sido salir
corriendo. Pero Elizabeth y Miaka conseguían interaccionar con otras personas.
¡Elizabeth incluso conseguía pasar de un amante a otro sin decir siquiera una palabra!
Y había algo en aquel chico que parecía... diferente. Quizá fuera el modo en que sus
labios se levantaban, esbozando una sonrisa sin pretenderlo siquiera, o el tono de su
cálida voz, que flotaba como una capa de nubes, pero estaba segura de que si le giraba
la cara me dolería más a mí que a él mismo. Y que lo lamentaría.
Con precaución, como si aquello pudiera rompernos en pedazos a los dos, le cogí la
mano, esperando que no se diera cuenta de lo fría que tenía la piel.
-¿Y tú eres...?
Suspiré, segura de que aquello pondría fin a la conversación, a pesar de mis mejores
intenciones. Le escribí mi nombre. Sus ojos se abrieron como platos.
-Oh, vaya. ¿Así que me has estado leyendo los labios todo este rato?
Negué con la cabeza.
-¿Oyes?
Asentí.
-Pero no puedes hablar... Hum... Vale.
Se puso a tantearse los bolsillos mientras yo intentaba combatir la sensación de
miedo que me recorría la columna. No teníamos muchas reglas, pero las que teníamos
eran inflexibles. Guardar silencio en presencia de otros, hasta que llegara la hora de
cantar. Cuando llegara la hora de cantar, hacerlo sin vacilar. Y cuando no estuviéramos
cantando, no debíamos hacer nada que pudiera dejar nuestro secreto al descubierto.
Pasear por la calle era una cosa, igual que sentarse bajo un árbol, pero ¿aquello? ¿Un
intento de entablar conversación? Me estaba introduciendo en un terreno muy
peligroso.
-Veamos, pues -anunció sacando un bolígrafo-. No tengo papel, así que tendrás
que escribir en la palma de mi mano.
Me quedé mirándole la piel, debatiéndome. ¿Qué nombre debía usar? ¿El del carné
de conducir que Miaka me había comprado por Internet? ¿El que había utilizado para
alquilar nuestra casa de la playa? ¿El que había empleado en el último lugar donde
habíamos vivido? Tenía un centenar de nombres entre los que escoger.
Estúpidamente, quizá, decidí usar el de verdad.
-¿Kahlen? -preguntó leyéndose la piel.
Asentí, sorprendida de lo liberador que resultaba que al menos un ser humano en
todo el planeta me conociera por mi nombre de pila.
-Es bonito. Encantado de conocerte.
Le sonreí tímidamente, aún incómoda. No sabía cómo se hacía para tener una
conversación.
-Es genial que puedas asistir a una universidad tradicional, aunque uses el lenguaje
de signos. Yo que pensaba que ya había hecho una gran cosa con pasar las pruebas de
ingreso... -Se rio de su propia broma. Aun con lo incómoda que me sentía, admiraba
el esfuerzo que hacía por mantener la conversación. Era más de lo que habría hecho
mucha gente en su situación. Volvió a señalar los libros-. Bueno, esto... Si alguna
vez celebras esa fiesta y necesitas ayuda con el pastel, te prometo que me controlaré
lo suficiente como para no arruinártelo.
Levanté una ceja.
-¡Lo digo en serio! -añadió, y se rio como si le hubiera contado un chiste-.
Bueno, en cualquier caso, buena suerte con eso. Nos vemos.
Me saludó, comedido, y siguió por el pasillo empujando su carrito. Me quedé
mirándolo. Sabía que recordaría su cabello rebelde, que parecía agitarse al viento
aunque no hiciera aire, así como la bondad de sus ojos. Y que me odiaría a mí misma
por guardar en la mente aquellos detalles si llegaba a cruzarse en mi camino uno de
esos días negros, como los días en que Kerry o Warner se habían cruzado conmigo.
Aun así, estaba contenta. No recordaba la última vez que me había sentido tan
humana.
-¿Qué queréis hacer esta noche? -preguntó Elizabeth, que se dejó caer en el sofá.
Al otro lado de la ventana, a sus espaldas, el cielo iba pasando de azul a rosa y a
anaranjado. Yo iba tachando mentalmente un día más de los miles que me quedaban
-. Hoy no me apetece ir a ningún club.
-¡Guau! -exclamé levantando los brazos-. ¿Es que te encuentras mal?
-Muy graciosa -respondió-. Me apetece algo diferente.
Miaka levantó la vista del ordenador portátil que compartíamos.
-¿Dónde es de día ahora? Podríamos ir a un museo.
-Nunca entenderé por qué te gustan tanto unos edificios tan silenciosos -
respondió Elizabeth negando con la cabeza-. Como si no pasáramos suficiente
tiempo en silencio.
-¡Chis! -dije yo, mirándola con ironía-. ¿Tú, en silencio?
Elizabeth me sacó la lengua y se colocó junto a Miaka de un salto.
-¿Qué estás mirando?
-Saltos en paracaídas.
-¡Vaya! ¡Eso ya me gusta más!
-No te equivoques. De momento solo estoy investigando. Me preguntaba cómo
afectaría a nuestros niveles de adrenalina el hacer algo así -dijo Miaka sin dejar de
tomar notas en un cuaderno-. No sé, quizá nos diera un subidón por encima de la
media.
Chasqueé la lengua.
-Miaka, ¿hablamos de una aventura o de un experimento científico?
-Un poco de cada. He leído que los picos de adrenalina pueden alterar la
percepción, provocando visión borrosa o que se congele la imagen de un momento.
Creo que sería interesante hacer algo así, ver lo que veo y luego intentar plasmarlo en
una obra de arte.
-Lo admito -dije sonriendo-. Es creativo. Pero tiene que haber un modo mejor
de provocar ese subidón que saltar de un avión.
-Aunque las cosas fueran mal, sobreviviríamos, ¿no? -planteó Miaka.
Ambas se giraron hacia mí como si yo fuera una autoridad en la materia.
-Supongo. En cualquier caso, conmigo no contéis para esa aventura en particular.
-¿Te da miedo? -preguntó Elizabeth agitando los dedos con aire misterioso.
-No -repliqué-. Simplemente no me interesa.
-Tiene miedo de meterse en problemas -sugirió Miaka-. De que a Oceania no le
guste.
-Como si pudiera enfadarse contigo -dijo Elizabeth con un punto de amargura en
la voz-. Te adora.
-Se preocupa por todas nosotras -respondí, al tiempo que recogía las manos en
el regazo.
-Entonces no le importará que te lances en paracaídas.
-¿Y si te entra el pánico y te pones a gritar? -sugerí.
-¿Qué pasaría? -replicó Elizabeth, ya dispuesta a rebatir mis argumentos.
-Bueno, ahí llevas razón...
-A mí me quedan veinte años -dije en voz baja-. Si me meto en líos ahora, los
últimos ochenta años habrían sido en balde. Conocéis igual que yo casos de sirenas
que acabaron mal. Miaka, tú viste lo que le pasó a Ifama.
Miaka se estremeció. Oceania había salvado a Ifama durante un naufragio frente a
la costa de Sudáfrica en los años cincuenta, y ella había accedido a servirla a cambio
de la posibilidad de seguir viviendo. Durante el breve tiempo que había permanecido
con nosotras, había mantenido las distancias, aislándose en su habitación, como si
estuviera rezando la mayor parte del tiempo. Más tarde nos preguntamos si su frialdad
formaba parte de un plan para no vincularse con nosotras. Cuando le llegó la hora de
cantar por primera vez, se quedó allí en pie, en el agua, con la barbilla levantada, y se
negó. Oceania tiró de ella hacia el fondo tan rápido que fue como si nunca hubiera
estado allí.
Fue una advertencia para todas nosotras. Teníamos que cantar y mantener el
secreto. La lista de mandamientos no era muy larga.
-¿Y qué me decís de Catarina? -proseguí-. ¿Y de Beth? ¿O de Molly? ¿Qué
hay del montón de chicas en nuestra situación que fallaron?
Las historias de aquellas chicas eran señales de advertencia que se transmitían de
una sirena a la siguiente. Beth había usado su voz para hacer que tres chicas que se
habían metido con ella saltaran a un pozo. Eso había sido a finales del siglo XVII,
cuando la idea de que existieran brujas no parecía una locura. Había provocado la
reacción de todo un pueblo. Y Oceania la había silenciado para mantener nuestro
secreto a buen recaudo. Catarina era otra de las que se había negado a cantar... y
había desaparecido. Lo extraño, en su caso, es que, cuando ocurrió, ella ya llevaba
treinta años de sirena. Yo no podía entender qué le habría hecho tirar la toalla y
renunciar a la promesa de la libertad después de tanto tiempo.
La historia de Molly era diferente. Y más inquietante. De algún modo, la vida de
sirena la había desquiciado. A los cuatro años, una noche había matado a toda una familia, incluido un bebé, en un ataque de locura del que ni ella misma fue consciente
hasta que se encontró de pie sobre una anciana que estaba boca abajo en una bañera.
Por lo que oí, Oceania había intentado calmarla, pero, cuando unos meses más tarde
tuvo otro episodio similar, le quitó la vida.
Molly era la demostración de que Oceania se mostraba compasiva si veía buena
intención, pero también que esa compasión tenía un límite.
Aquellas eran las historias que nos acompañaban, los guardarraíles que nos
mantenían por el buen camino. Traicionar las reglas podía significar renunciar a la
vida.
Si alguien descubría nuestro secreto, nos encerrarían, quizás incluso experimentaran
con nosotras. Al ver que no podían destruirnos, si no lográbamos escapar, eso
significaría una eternidad de encierro en silencio, literalmente. Y si alguien adivinaba
que Oceania se alimentaba de algunos de los seres a los que daba sustento, los
humanos no tardarían mucho en idear un modo de conseguir agua sin tocarla siquiera.
Y si nadie se metía en el agua..., ¿cómo viviríamos todas nosotras?
No quedaba otra que obedecer.
-Vosotras dos me preocupáis un poco -confesé, cruzando la habitación para
darles un abrazo-. La verdad, a veces me da envidia lo bien que os habéis...
integrado. Pero me pregunto cuánto tiempo podréis seguir así sin cometer ningún
error.
-No tienes que preocuparte -me aseguró Miaka-. Esto es lo que han hecho las
sirenas durante toda la historia. Y a nosotras se nos da como a ninguna. Hasta Aisling
vive a las afueras de la ciudad. El contacto con los humanos nos ayuda a mantenernos
cuerdas. No tienes que recluirte para conseguir aguantar esta vida.
Asentí. Lo sabía. Pero no quería forzar la situación con Oceania. Elizabeth seguía
callada, pero estaba claro lo que pensaba al respecto.
-¿Por qué no vamos a ver a Aisling? -propuso Miaka-. En realidad, nunca le
hemos preguntado cómo lo lleva.
-Porque nunca viene por aquí -replicó Elizabeth, evidentemente molesta.
No habíamos visto a nuestra cuarta hermana desde la última vez que habíamos
tenido que cantar. Y hacía más de dos años que no vivía con nosotras.
-Eso estaría bien. Una visita corta -añadí, sobre todo por Elizabeth, que nunca le
había tenido una especial simpatía a Aisling. Era demasiado solitaria para su gusto.
-Vale -dijo ella asintiendo-. Total, tampoco tenemos nada mejor que hacer.
Salimos por la puerta trasera. Y de ahí bajamos por una pequeña escalera de
madera que llevaba a un embarcadero flotante. Muchas de las otras casas tenían
esquís acuáticos o botes de remos atados a sus embarcaderos, pero el nuestro estaba vacío. El sol estaba lo suficientemente bajo como para que nadie nos viera meternos
en el agua.
El agua nos recibió agitándose a modo de saludo. Sentí una especie de cosquilleo
por todo el cuerpo al sumergirnos. Me relajé en el calor del abrazo de Oceania, ya más
tranquila.
-¿Puedes decirle a Aisling que vamos para allá?, le dije.
*Por supuesto.
-¡Wheee!, exclamó Elizabeth, mientras nos sumergíamos en las profundidades y
emprendíamos nuestro viaje.
La velocidad le arrancó sus finas ropas. Extendió los brazos, con el cabello
agitándose en una danza tras ella, a la espera de recibir su vestido de sirena. Cuando
nos movíamos así, nos desprendíamos de todo lo terrenal que había en nosotras.
Oceania abría sus venas, liberando millones de partículas de sal que se pegaban a
nuestros cuerpos para crear unas largas túnicas, delicadas y livianas. Eran espléndidas
y adoptaban todos los tonos del mar: el púrpura de un arrecife de coral que el ojo
humano nunca había visto, el verde del kelp creciendo hacia la luz, el dorado de la sal
a la luz del amanecer... Y nunca eran exactamente iguales. Casi daba pena ver cómo
se descomponían, grano a grano, pocos días después de que nos alejáramos de ella.
*Pareces triste.
Sus palabras solo sonaron en mis oídos.
-Últimamente he vuelto a tener pesadillas, reconocí.
*No necesitas dormir. Estás igual de bien aunque no duermas, ya lo sabes.
Sonreí.
-Lo sé. Pero me gusta dormir. Es relajante. Solo es que me gustaría poder dormir
sin sueños, eso es todo.
No podía evitar que soñara, pero siempre me consolaba lo mejor que podía. A
veces me llevaba a alguna isla o me mostraba las partes más bellas de sí misma, tan
lejos del alcance de los humanos. A veces sabía que preocuparse de mí suponía
dejarme que me apartara de ella. Pero yo tampoco quería pasar mucho tiempo lejos
de ella. Era la única madre que tenía.
En parte madre, en parte guardiana, en parte jefa... Era una relación difícil de
explicar.
Aisling salió nadando a recibirnos, con las hebras de su vestido aún incompleto
flotando a su alrededor.
¡Qué sorpresa! -nos dijo, cogiendo a Miaka de la mano-. Seguidme.
Nadamos tras ella, rodeando la placa continental, que emergía del agua formando la
tierra firme. Nuestras nociones de geografía eran algo especializadas; sabíamos que algunos lugares estaban rodeados de roca, otros de arena y otros de arrecifes
verticales. Había otras cosas que también sabíamos de memoria, como los lugares
donde nos habíamos encontrado unas con otras o la ubicación de los barcos que
habíamos hundido. Todo ello creaba un peculiar mapa mental de ciudades fantasma en
el fondo del mar.
Seguimos a Aisling, que recorrió un tramo de costa bastante irregular hasta ponerse
de pie en un punto en que ya no la cubría.
-No os preocupéis -dijo, viéndonos nerviosas al salir a tierra firme sin pensárselo
dos veces-. Aquí estamos solas.
-Pensaba que vivías cerca de un pueblo -dijo Elizabeth, saltando por entre las
rocas redondeadas para alcanzar la orilla.
-La distancia es relativa -respondió Aisling, que nos condujo hacia una vieja casa
situada tras una hilera de árboles.
Era pintoresca, a la sombra de unas ramas pesadas como brazos que la refrescarían
en verano y la protegerían de la nieve en invierno. Enfrente había un pequeño jardín
lleno de flores y de bayas. Aquella explosión de vida me hizo pensar que, mientras que
el resto de nosotras estábamos conectadas únicamente al agua, Aisling extraía energía
de todos los elementos.
-¡Qué lugar más pequeño! -dijo Miaka al entrar.
Era una sola estancia, apenas del tamaño del salón de nuestra casa de la playa. No
había muchos muebles, solo una camita y una mesa con un banco a un lado.
-Yo creo que es acogedor -señaló Aisling, colocando un cazo sobre el fogón de
una vieja cocina-. Me alegro de que hayáis venido a verme. Hoy he recogido unas
bayas frescas. Iba a hacer una tarta. Dadme tres cuartos de hora y tendremos un
postre estupendo.
-¿Esperabas compañía? -preguntó Elizabeth-. ¿O simplemente es que te
aburrías mortalmente?
No teníamos muchos motivos para cocinar. No necesitábamos comer. Elizabeth en
particular podía pasar meses sin sentir capricho por ningún gusto en particular.
Aisling sonrió mientras acababa de forrar el fondo del molde.
-Sí, el rey debe de estar a punto de llegar.
-Ah, ¿y al rey le gusta la tarta? -respondió Miaka, siguiéndole la broma.
-¡A todo el mundo le gusta la tarta! -dijo Aisling. Luego suspiró-. A decir
verdad, hoy estaba algo aburrida. Así que estoy contenta de que hayáis venido.
-Sabes que puedes venir a vivir con nosotras -dije yo, situándome a su lado
mientras vertía el relleno.
-Ya, pero es que me gusta la tranquilidad.
-Acabas de decir que estabas aburrida -señaló Miaka, explorando la habitación
con sus ojos de artista.
-Un día de cada cien -respondió Aisling, sin hacer mucho caso-. Pero sé que en
estos días debería pasar más tiempo con vosotras. Lo intentaré.
-¿Estás bien? -le pregunté-. Pareces tensa.
Aisling me mostró una gran sonrisa.
-Estoy genial. Contenta de veros, nada más. ¿A qué se debe la visita?
-¿Podrías decirle a Kahlen que se calmara? -preguntó Elizabeth, sentándose en la
cama solitaria como si fuera la dueña de todo aquello-. Está otra vez de bajón.
Garabateando en los cuadernos, sufriendo porque todo su mundo pueda venirse abajo
solo con que la sombra de un humano se le cruce por delante.
Aisling y yo intercambiamos una mirada. Ella sonrió, divertida.
-¿Qué es lo que pasa realmente?
-Nada -le aseguré-. Simplemente estamos comparando estrategias para manejar
los problemas de la vida cotidiana. Yo me siento más segura cuanto más anónimas
somos. Cuanta menos sea la gente con la que interactuamos, mejor.
-Y aun así insistes en vivir en grandes ciudades -refunfuñó Elizabeth.
-Para pasar más desapercibidas -respondí poniendo los ojos en blanco.
Miaka se acercó. Apoyó suavemente una mano en el hombro de Aisling.
-Creo que lo que quiere decir Elizabeth es que, como tú eres la mayor, también
tendrás más conocimientos que compartir con nosotras.
Aisling se quitó el delantal y nos sentamos todas juntas, ocupando todo el banco y la
cama.
-Bueno, seamos sinceras. Oceania no nos necesita a más de una a la vez. Podría
hacer su trabajo con una sola sirena. Pero se asegura de que haya al menos dos en
todo momento, para que no estemos solas.
-Y siempre la tenemos a ella -añadí.
-Lo cual es raro. Porque es difícil entenderla -puntualizó Elizabeth, jugueteando
con los brillos de sal de su vestido.
-No es una persona -señalé-. Claro que es difícil entenderla.
-Volvamos a lo que hablábamos, Aisling: ¿tú crees que es posible interactuar con
los humanos sin que haya consecuencias? -insistió Elizabeth.
Aisling sonrió, con la mirada puesta en un punto perdido.
-Desde luego. De hecho, yo creo que ver vidas que registran cambios y viven
épocas diferentes le ha dado más valor a mi vida, aunque no pueda cambiar en nada.
Supongo que me ayuda a conocer mis límites. -Volvió a mirar a Elizabeth-. Parece
que Kahlen conoce los suyos, así que quizá debiéramos respetarlos.
-Bueno, a mí me parece que lo pasa mal y que sería mucho más feliz si saliera al
mundo real de vez en cuando -dijo Elizabeth con una sonrisa, una sonrisa breve que
no pretendía buscar enfrentamientos, sino dejarnos claro que seguía pensando que
tenía razón.
-Siguiendo con eso... -dijo Miaka irguiendo la espalda-. Paracaidismo. ¿Lo
harías, Aisling?
Ella soltó una risita nerviosa.
-No me gustan las alturas, así que probablemente no.
Miaka asintió.
-Admito que la caída sería una sensación extraña. Pero yo quiero ver el mundo
desde arriba.
-Has visto guerras, has asistido a la desaparición y a la transformación de países
enteros. Has experimentado más cambios de moda de los que pueda recordar la
mayoría. Hemos caminado por la Gran Muralla, has montado en elefante... ¡Pero si
hasta Elizabeth nos llevó a ver a los Beatles! -le recordé-. ¿De verdad necesitas
algo más?
-Quiero verlo todo -replicó Miaka, ilusionada.
Pasamos el resto de la visita hablando de los cuadros que había pintado Miaka, de
los libros que había leído yo, de las películas que había visto Elizabeth. Aisling tenía
razón cuando decía que disfrutaba observando la vida de los que la rodeaban, y nos
contó que la mejor panadera del pueblo por fin iba a cerrar la panadería, o que
últimamente se había multiplicado la gente que trabajaba paseando los perros de los
demás. Todo aquello no significaba nada para mí, pero para los extraños que lo vivían
era fundamental.
-Ojalá tuviera un talento como el tuyo, Miaka -se lamentó Aisling, después de oír
sus teorías sobre la adrenalina y el arte-. Me siento como si no tuviera nada que
decir. Ahora mismo en mi vida no pasa nada.
-Recuerda que, si quieres venir a vivir con nosotras, eres bienvenida -insistí.
Se inclinó hacia mí, hasta tocar mi cabeza con la suya.
-Ya. No es eso. Es que hoy en día da la impresión de que la vida transcurre muy
rápido. Esta tranquilidad no me durará mucho. Creo que la echaré de menos.
-¿Rápido? -reaccioné-. ¿Qué es lo que haces para que los años te pasen tan
rápido? A mí me parece que van lentísimos.
-Yo estoy de acuerdo con Aisling. La verdad es que todo va muy rápido -señaló
Elizabeth-. No tengo tiempo de hacer todo lo que quiero. ¡Pero me encanta!
Pasadas unas horas, Elizabeth parecía inquieta, así que educadamente señalé que
era hora de volver a casa. Aisling me abrazó mientras Miaka y Elizabeth se dirigían hacia el agua.
-No puedo decirte qué hacer, pero sé lo mucho que te atormenta nuestro trabajo.
Si el modo en que has vivido durante ochenta años no te hace sentir mejor, quizá sea
hora de probar algo diferente.
-Pero ¿y si meto la pata?
Me apretó la mano.
-Eres demasiado buena como para meter la pata. Y si lo hicieras, serías la que más
fácil lo tendría para que te perdonaran. Te adora. Y lo sabes.
Asentí.
-Gracias.
-No hay de qué. Vendré a veros pronto.
Volvió a la casa con una carrerita. Y yo me quedé pensando en su consejo, mientras
la veía a través de la ventana, iniciando los preparativos para hacer otra tarta. Sonreí.
Aisling no tenía nada que perder ni que ganar diciéndome que cambiara de hábitos, y
eso hacía que confiara en ella. Así que decidí guardarme los sentimientos y las
preocupaciones en el corazón y plantearme si habría algún modo para hacer algo más
fácil el último tramo de aquella vida.