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La Sustituta Olvidada

La Sustituta Olvidada

Autor: : Destination
Género: Urban romance
Durante seis años, mantuve un amor secreto, sacrificando todo por Mateo. Rechacé un futuro de lujo en Mendoza por vivir a su lado en un pequeño apartamento de Buenos Aires. Mi arte, mi pasión, todo giraba en torno a él, el mejor amigo de mi hermano. Pero la verdad me golpeó sin piedad: yo no era su amor, sino el simple consuelo. El sustituto. Descubrí que mi existencia era solo un eco de Isabella, la exnovia que él jamás pudo olvidar. Con Isabella de vuelta, su obsesión se desató, dejándome en un doloroso segundo plano. Olvidó mi cumpleaños, me humilló en una fiesta que organizó para ella. Luego, me atacaron, y él, sin dudarlo, me exigió disculpas. Supe que estaba sola cuando, tras un accidente, me abandonó en el hospital, priorizando sus celos por Isabella. ¿Seis años de mi vida malgastados en una cruel farsa? La indignación y el dolor me calcinaron. ¿Cómo pudo ser tan ciego? ¿Y yo, tan estúpida? Era suficiente. Borré su número, cada recuerdo, cada rastro. Regresé a mi Mendoza, a un futuro predeterminado. Un matrimonio arreglado. ¿Podría Julián Aguirre, mi prometido, sanar lo que Mateo había destrozado, o la herida era demasiado profunda? Mi nueva vida, mi verdadera vida, comenzaba ahora.

Introducción

Durante seis años, mantuve un amor secreto, sacrificando todo por Mateo.

Rechacé un futuro de lujo en Mendoza por vivir a su lado en un pequeño apartamento de Buenos Aires.

Mi arte, mi pasión, todo giraba en torno a él, el mejor amigo de mi hermano.

Pero la verdad me golpeó sin piedad: yo no era su amor, sino el simple consuelo.

El sustituto.

Descubrí que mi existencia era solo un eco de Isabella, la exnovia que él jamás pudo olvidar.

Con Isabella de vuelta, su obsesión se desató, dejándome en un doloroso segundo plano.

Olvidó mi cumpleaños, me humilló en una fiesta que organizó para ella.

Luego, me atacaron, y él, sin dudarlo, me exigió disculpas.

Supe que estaba sola cuando, tras un accidente, me abandonó en el hospital, priorizando sus celos por Isabella.

¿Seis años de mi vida malgastados en una cruel farsa?

La indignación y el dolor me calcinaron.

¿Cómo pudo ser tan ciego?

¿Y yo, tan estúpida?

Era suficiente.

Borré su número, cada recuerdo, cada rastro.

Regresé a mi Mendoza, a un futuro predeterminado.

Un matrimonio arreglado.

¿Podría Julián Aguirre, mi prometido, sanar lo que Mateo había destrozado, o la herida era demasiado profunda?

Mi nueva vida, mi verdadera vida, comenzaba ahora.

Capítulo 1

"Lucas, he aceptado."

Mi voz sonaba tranquila por el teléfono, demasiado tranquila.

Mi hermano, Lucas Navarro, se quedó en silencio al otro lado de la línea. Podía imaginarlo en la bodega de Mendoza, con el ceño fruncido.

"¿Aceptado qué, Sofía? No me digas que..."

"Sí," lo interrumpí. "He aceptado el compromiso. Conoceré a Julián Aguirre."

Un suspiro de alivio se escapó de Lucas.

"Por fin. Sofía, es la mejor decisión. Papá y mamá estarán felices. Julián es un buen hombre, un cardiólogo respetado. Es lo que te mereces."

Su alivio se sentía como una crítica a mi vida actual.

"Solo tengo una condición," dije, mirando alrededor del pequeño y desordenado apartamento en Buenos Aires. "Necesito un mes. Para terminar mis cosas aquí."

"Claro, hermanita. Lo que necesites," dijo Lucas, su tono más suave ahora. "Julián es un tipo paciente. De hecho, es amigo de Mateo. ¿Te acuerdas de Mateo Vargas? Mi amigo, el jugador de polo. No sabía que se conocían."

Sentí una punzada en el estómago.

"Sí, me acuerdo de él," mentí.

Justo en ese momento, la puerta del apartamento se abrió.

Mateo Vargas entró, con su equipo de polo al hombro. Escuchó mis últimas palabras.

"¿Hablando de mí?" preguntó con una sonrisa arrogante.

Se acercó y me quitó el teléfono.

"¡Lucas! ¿Qué tal, hermano? Sí, estoy con Sofía. La estoy cuidando bien," dijo, guiñándome un ojo.

Colgó antes de que Lucas pudiera responder.

"¿Un prometido, Sofía?" preguntó, su sonrisa desapareciendo un poco. "¿De qué hablabas con tu hermano?"

Vivíamos juntos en secreto desde hacía casi dos años. Llevábamos seis años en una relación que nadie conocía.

"No es nada," intenté desviar el tema. "Solo cosas de familia."

Mateo se encogió de hombros y se sentó en el sofá, atrayéndome hacia él.

"Sabes que no podemos decirle a Lucas. Es mi mejor amigo, se volvería loco si supiera que estamos juntos. Es demasiado protector contigo."

Me besó la frente.

"¿Somos algo, Mateo? ¿O solo estoy aquí... esperando?" pregunté, mi voz apenas un susurro.

Él se rio, una risa encantadora que siempre me desarmaba.

"Claro que somos algo, tonta."

Me dio un beso rápido y se levantó para ir a la ducha.

"Pide algo de comer. Tengo hambre."

Lo vi desaparecer por el pasillo. Me quedé quieta en el sofá. Su respuesta no me había tranquilizado. Una idea dolorosa se había instalado en mi mente desde hacía meses, una idea que no me atrevía a decir en voz alta.

Quizás para él, yo solo era una sustituta.

El recuerdo de cómo empezamos era agridulce. Tenía dieciocho años y él veintitrés, el mejor amigo de mi hermano, la estrella de polo que todas las chicas admiraban. Venía a nuestra bodega en Mendoza y siempre era amable conmigo, la hermana pequeña de su amigo.

Una noche, durante la vendimia, estábamos solos en la terraza. Él estaba triste, acababa de romper con su novia de toda la vida, Isabella Rossi. Habló de ella con una pasión que nunca había usado para hablar de nadie más. Yo lo escuché, intentando consolarlo. Esa noche, me besó por primera vez.

Fue suave y lleno de una tristeza que yo, en mi inocencia, confundí con vulnerabilidad.

Creí que podía ayudarlo a sanar. Creí que su corazón, con el tiempo, sería mío.

Durante seis años, rechacé todas las propuestas de matrimonio que mi familia me presentaba. Por él. Dejé la vida de lujos en Mendoza para vivir en un pequeño apartamento en Buenos Aires, para estar cerca de él, para apoyar su carrera, para vivir nuestro amor secreto.

Y durante seis años, cada vez que le pedía que habláramos con Lucas, él se negaba.

"Aún no es el momento, Sofía. No quiero problemas con tu hermano."

La dolorosa verdad llegó una noche, hace unos meses, en una fiesta del club de polo. Uno de sus amigos, borracho, se me acercó.

"Eres una buena chica, Sofía," balbuceó. "Te pareces a ella, ¿sabes? A Isa. Por eso Mateo está tan cómodo contigo. Eres como una versión más tranquila de Isabella."

Isabella Rossi. El nombre resonó en mi cabeza.

Esa noche, cuando llegué a casa, busqué su nombre en internet. Encontré docenas de artículos de sociales, fotos de ella y Mateo juntos. Eran la pareja dorada del polo. Vi la forma en que él la miraba en las fotos, una devoción total, una admiración que nunca había visto en sus ojos cuando me miraba a mí.

Leí sobre su ruptura, justo antes de que él y yo empezáramos. Ella se había ido a Europa con un millonario.

Entendí. No era solo que me pareciera a ella. Era que mi pasión por el arte, mi forma de hablar, todo lo que él decía que amaba de mí... eran ecos de ella. Yo era un consuelo. Un reemplazo seguro y conveniente.

El amor que yo sentía era real. El suyo era una sombra, un fantasma.

Por eso, esa mañana, había llamado a mi hermano. Era hora de terminar con la farsa. Era hora de volver a casa.

Capítulo 2

A la mañana siguiente, Mateo se despertó inusualmente temprano.

Normalmente, dormía hasta tarde, especialmente si no tenía entrenamiento. Pero hoy, a las siete de la mañana, ya estaba en la ducha.

Lo observé desde la cama mientras se vestía. Eligió una de sus mejores camisas, unos vaqueros caros y se peinó con un cuidado que rara vez le veía.

"¿Tienes algo importante hoy?" pregunté, intentando sonar casual.

"Sí, una reunión," dijo, sin mirarme. Se inclinó y me dio un beso rápido en la mejilla. "Pórtate bien. Volveré más tarde."

Se fue, dejándome con un sentimiento de inquietud.

Su teléfono, que había dejado cargando en la mesita de noche, vibró. La pantalla se iluminó.

Era un mensaje de un contacto guardado como "Isa" .

"Ya estoy en el aeropuerto. No puedo esperar a verte. ❤️"

Mi corazón se detuvo. Así que había vuelto. La verdadera dueña de su corazón estaba de vuelta en Buenos Aires.

En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Era Mateo.

"Olvidé mi reloj," dijo, caminando hacia la mesita de noche.

Rápidamente, me di la vuelta y fingí estar dormida. Mi corazón latía con fuerza. ¿Había visto que yo había visto el mensaje?

Cogió su reloj y me miró.

"¿Sigues durmiendo?" susurró.

No respondí. Después de un momento, sentí que se iba y la puerta se cerró suavemente.

Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.

Me levanté de la cama. Su preocupación por si yo había visto el mensaje no era por miedo a perderme. Era por miedo a que yo le contara a Lucas. Ese era su único temor.

Comencé a moverme por el apartamento. Ya no con tristeza, sino con una fría determinación.

Abrí el armario y saqué una maleta. Empecé a guardar mis cosas, solo las mías.

Cogí un cenicero de cerámica que yo misma había pintado. Recordé cómo Mateo se quejaba del olor de mis pinturas. Lo dejé sobre la mesa del comedor.

Tomé el juego de tazas que habíamos comprado juntos. "Demasiado bohemio," había dicho él. Las dejé en el escurridor.

Fui descartando sistemáticamente cada objeto que nos unía, cada recuerdo compartido. Era como limpiar una herida, un proceso doloroso pero necesario.

Mateo regresó por la tarde. Entró silbando, con una sonrisa que no le había visto en mucho tiempo.

No preguntó por qué mi maleta estaba medio hecha en la esquina de la habitación. No notó los espacios vacíos en los estantes.

"¿Qué tal el día?" preguntó, tirando las llaves sobre la mesa.

"Bien," respondí.

Su felicidad era tan genuina, tan radiante. Era la felicidad de un hombre que había recuperado algo que creía perdido.

Su teléfono sonó. Vio el nombre en la pantalla y su sonrisa se amplió.

"Hola," dijo, su voz suave y llena de afecto. Se alejó hacia el balcón para tener privacidad.

Lo observé hablar, gesticular, reír. Toda su atención estaba en esa llamada, en ella. Yo, sentada en el mismo cuarto, podría haber sido invisible.

La noche llegó. Mi teléfono empezó a vibrar sin parar justo a la medianoche.

Eran mensajes de mi familia, de mis amigos de Mendoza.

"¡Feliz cumpleaños, Sofi!"

"¡Te queremos, hermanita! ¡Que cumplas muchos más!"

"Amiga, ¡feliz cumpleaños! ¡Te extrañamos!"

Leí cada mensaje con una sonrisa triste. Al menos alguien se acordaba.

Miré a Mateo. Estaba profundamente dormido en el sofá, su teléfono caído de su mano. Lo había olvidado por completo.

El contraste era brutal. El amor y el recuerdo de los que estaban lejos, y el olvido total del hombre que dormía a mi lado.

Mi cumpleaños número veinticuatro había comenzado. Y con él, mi decisión se solidificó.

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