Llevaba seis años con Mateo, una relación secreta que hoy, en mi cumpleaños, estaba lista para revelar al mundo entero.
Pero mi mundo se vino abajo cuando escuché a Mateo, mi Mateo, decir que yo solo era "cómoda", una "sustituta" mientras esperaba que Sofía, su primer amor, regresara.
En la fiesta de Sofía, me presentó como su "vecina", y luego, frente a todos, él me empujó, dejándome caer y torcerme el tobillo, mientras corría a consolar a Sofía, quien me había tendido una trampa.
Nunca me vio, ni mi dolor, ni mi humillación. Fui invisible para él, una sombra, hasta el punto de que, con 39 grados de fiebre, me dejó en una clínica sola para ir a atender un rasguño insignificante de Sofía.
En ese instante de abandono absoluto, mientras veía sus fotos de amor con Sofía por toda la pared de su estudio, entendí todo: fui una idiota, ciega, entregando seis años de mi vida a un fantasma. Marcando el número de mi hermano Leo en Argentina, le dije: "Tenías razón. Dile a papá que acepto casarme con Javier Acosta."
Llevaba seis años con Mateo. Seis años en secreto.
Hoy, en mi cumpleaños, iba a terminar con todo eso.
Reservé en nuestro restaurante favorito, el que tiene vistas a la Giralda. Tenía todo planeado: una cena romántica, una botella del mejor vino y, finalmente, la gran noticia.
"Mateo, vamos a hacerlo público."
Esa era la frase que ensayaba en mi cabeza mientras me arreglaba.
Pero entonces, escuché voces en el patio que compartíamos. Era Mateo, hablando con sus amigos.
"¿Seis años, tío? ¿Y todavía no se lo has dicho?"
"¿Para qué?" la voz de Mateo sonaba despreocupada, casi aburrida. "Isa es... cómoda. Ya sabes, siempre está ahí. Pero Sofía ha vuelto."
Sofía. Su primer amor. La razón por la que nuestra relación siempre fue un secreto.
Un amigo se rio. "¿Así que la bailaora era solo una sustituta mientras esperabas a la niña bien?"
Mi corazón se detuvo.
"No lo digas así," respondió Mateo, pero no había convicción en su voz. "Es solo que... con Sofía es diferente. No quería ofender su memoria."
Ofender su memoria. Como si Sofía estuviera muerta y no estudiando en Londres. Como si yo, Isabella Vargas, que le había entregado seis años de mi vida, fuera un fantasma sin importancia.
La puerta de mi apartamento se abrió. Era él.
"Isa, cariño, ¿estás lista?"
Me miró, sonriendo con ese encanto que siempre me desarmaba. No dije nada. No podía.
"¿Qué pasa? ¿No te gusta el vestido?"
Me miré en el espejo. El vestido rojo que había comprado para nuestra gran noche. Ahora parecía el disfraz de una tonta.
Se acercó, intentando abrazarme por la espalda. Me aparté.
"Tenemos que irnos," dijo, su tono un poco más forzado. "Es la fiesta de bienvenida de Sofía. Te lo dije."
Sí, me lo había dicho. Y yo, estúpidamente, había aceptado ir. Él dijo que era para demostrarle a todo el mundo, y a ella, que había seguido adelante.
Qué ingenua.
"No quiero ir."
"Vamos, Isa. No seas así. Es importante para mí."
Su mano encontró la mía. Estaba fría.
"Demostraremos que lo nuestro es real," susurró, mirándome a los ojos.
Y como una idiota, le creí una vez más.
La finca de la familia de Sofía era un mundo aparte. Lujo, gente con ropa cara y sonrisas falsas. Me sentí fuera de lugar desde el momento en que puse un pie allí.
Mateo me sujetaba la mano, pero su mirada recorría la multitud, buscándola.
Y entonces la encontró.
Sofía Montero era exactamente como la había imaginado. Elegante, con un aire de superioridad que no intentaba ocultar. Se acercó a nosotros, ignorándome por completo.
"Teo, mi amor, has venido."
Su voz era melosa. Se colgó de su brazo.
"Sofía, te presento a Isa. Mi... vecina."
Vecina. Después de seis años, eso era todo lo que yo era.
Sofía me dedicó una mirada rápida, una sonrisa condescendiente. "Ah, sí. La bailaora. Qué exótico."
La noche fue una tortura. Mateo intentaba dividir su atención, pero era obvio dónde estaba su corazón. O más bien, su obsesión.
El momento cumbre llegó cuando Sofía, después de varios cócteles, me acorraló cerca de la piscina.
"Así que tú eres la que lo ha estado entreteniendo," dijo, su voz ya no tan dulce. "¿De verdad pensaste que alguien como él se quedaría contigo?"
"No sé de qué hablas."
"Claro que lo sabes. Mateo es mío. Siempre lo ha sido."
Se acercó más, su perfume caro mareándome. De repente, tropezó, o fingió tropezar. La copa de jerez que llevaba en la mano voló por los aires y aterrizó directamente sobre mi vestido blanco.
"¡Oh, Dios mío!" gritó, llevándose las manos a la cara. "¡Mira lo que me has hecho hacer!"
Empezó a llorar, un sollozo dramático que atrajo todas las miradas.
Mateo corrió hacia nosotros. Ni siquiera me miró. Fue directo a Sofía.
"¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?"
"Ella... ella me ha empujado," sollozó Sofía.
Miré a Mateo, esperando, rezando para que viera la mentira.
Pero él solo me miró con furia. "¡Isa, qué demonios te pasa!"
Me empujó. Fuerte. Perdí el equilibrio y caí hacia atrás, torciéndome el tobillo. El dolor fue agudo, pero no tanto como la humillación.
Mateo ni se dio cuenta. Cogió a Sofía en brazos y se la llevó, mientras ella me miraba por encima de su hombro con una sonrisa triunfante.
Me quedé allí, en el suelo, con el vestido manchado y el corazón hecho pedazos. Nadie se acercó. Yo era invisible.